DE NOVELAR
TÁNGER
por Mohamed Lahchiri
Sergio Barce, a quien me une una buena amistad que debemos al hecho de que los dos somos escritores, me pidió hace un par de meses que me hiciera cargo de la presentación, aquí en Ceuta, de esta novela suya –La emperatriz de Tánger– en la que cuenta una historia -nada aburrida- que ocurre en la Tánger internacional de mediados del pasado siglo XX; y a pesar de que no me siento nada cómodo en el papel de crítico o de comentarista, le agradecí que me lo propusiera a mí, que me eligiera a mí y me obligara así a sacudirme esta pereza mía que está peor desde que me jubilé. Creo que me dijo que quería que fuera un escritor ceutí amigo suyo –que cuenta historias como él- el que presentase su novela aquí en Ceuta, que es una ciudad fronteriza en la que se cruzan, se encuentran, conviven dos grandes religiones y dos grandes culturas, y por tanto, dos grandes lenguas, el español y el árabe.
Esta situación de cruce de culturas diferentes la conoce perfectamente S. Barce, pese a no ser de Ceuta, a no haber vivido su infancia en una zona fronteriza, porque su patria chica, esa Larache presente en todos sus libros, o en casi todos, esa Larache vivió –siendo él niño- el cruce, el encuentro de dos religiones (o tres), la musulmana, la cristiana y la judía y de dos culturas, la hispana y la árabe-marroquí; porque esta situación no sólo se produjo durante la época del protectorado español en Marruecos, sino también durante muchos de los años posteriores a dicho protectorado. Y fue en esos años posteriores donde transcurrió la infancia de Sergio Barce, en la ciudad de Larache; una infancia feliz, una infancia que él no puede olvidar y que, en su caso, confirma el dicho de que «la infancia es la patria del hombre». El protagonista de la primera novela de Sergio Barce, En el jardín de las Hespérides, lanza el grito de “Mi patria es mi tierra y mi tierra es Larache”.
En esa infancia feliz, Sergio Barce estuvo rodeado de amiguetes moritos, cristianos y judíos, amiguetes muy queridos, naturalmente; ese querer que parece que alcanza su mayor grado de fuerza y de pureza durante esos años tempranos, unos años que muchas veces son, como dice el título de la célebre película de William Wyler, los mejores años de nuestra vida.
Suele ocurrir en estos casos de cruces de culturas, de lenguas, que siempre hay una cultura que sobresale, que es la dominante –la de la administración- y otra la dominada, y el grupo humano al que pertenece esta última se ve obligado a aprenderse la lengua dominante, para que sea posible la comunicación cotidiana entre los componentes de las dos culturas.
La famosa ley del esfuerzo mínimo suele tener mucho que ver en una situación como ésta. Si tú, por la fuerza de las circunstancias, te has aprendido mi lengua, has resuelto el problema de la comunicación, me has ahorrado el esfuerzo de tener que aprenderme la tuya.
La infancia de Sergio Barce transcurrió, como acabo de decir, entre niños de vecinos españoles y marroquíes (incluidos judíos marroquíes), correteando felices de sol a sol, en las vacaciones y días festivos, también en días no festivos, arrastrando por la pequeña ciudad sus travesuras, la lengua de la cháchara y de los gritos era el español, el castellano, alguna que otra palabra o palabrota o exclamación en árabe marroquí, que el escritor todavía conserva, cómo no, pero nada más.
Esa carambola feliz de encontrarse en una zona fronteriza entre dos o más culturas y crecer impregnándose de esas culturas, crecer bilingüe, esa carambola, esa lotería no le tocó a Sergio Barce (en alguna página de esta novela que presentamos hoy, el autor culpa a los españoles y a los europeos -se culpa a sí mismo- de no haberse tomado la molestia de aprenderse la lengua del país que administraban durante los largos 40 años del protectorado. El inspector de policía Said Barrada, uno de los personajes de la novela nos revela la opinión del autor al respecto, diciendo:
“-Os ocurre a la mayoría de los europeos que habéis nacido aquí, no os molestáis en aprender el idioma del país…”
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