
LA EMPERATRIZ DE TÁNGER
de Sergio Barce
Por Encarna León
Delegada Territorial por Melilla de ACE Andalucía
Colaboración en las V JORNADAS CULTURALES del Real Club Marítimo de Melilla, con motivo de la conferencia de Sergio Barce “De Larache a Tánger, un viaje a través de mis novelas”
Tuve la ocasión de conocer, personalmente, a Sergio Barce hace un par de años, concretamente en 2014 con motivo del homenaje al hispanista Mohamed Sibari, que había fallecido el año anterior en su tierra, Larache.
El acto tuvo lugar en el Centro de Estudios, Hispano Marroquí de Málaga, organizado por la Asociación Colegial de Escritores de España y la revista Dos Orillas. Allí se personó, desde Larache, la hija del homenajeado, María Sibari y los ponentes fuimos, Paloma Fernández Gomá, José Sarria, Sergio Barce y yo. En Málaga nos vimos por primera vez, Sergio y yo, pero éramos amigos de antes gracias a internet y a la Literatura. Sergio desarrolló su ponencia, Infancia y Literatura de Mohamed Sibari en Larache, ciudad que tanto ama y recuerda nuestro invitado. Nos intercambiamos libros y así me dedicó su novela, Una sirena se ahogó en Larache (2011) y su antología personal de relatos, Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (2014), recopilación de relatos muy vinculados a esa ciudad, Larache, que siempre lleva con él como agradable y hermoso lastre.
Tengo un recuerdo, unas vivencias en esa ciudad que me emocionaron.
Anécdota del viaje a Larache (1985) con Miguel Fernández.
(Íbamos a Alcira para saborear una langosta. Mediodía.
Plaza de España, bar Central…
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LA EMPERATRIZ DE TÁNGER de Sergio Barce, según ENCARNA LEÓN

» (…)
-¿Qué es lo que está ocurriendo, Francesca?
-No quiero saberlo –balbuceó-. No quiero saber nada de nada.
La observé desde el otro lado de la cama mientras se vestía. Yo me había levantado y estaba junto a la ventana. Había dejado de llover. Aún escuchaba su resuello, sus palabras desbocadas a cada una de mis sacudidas. Hubo instantes en los que parecía ahogarse, que no le llegara el aire a los pulmones, pero no me dio tregua y yo tampoco a ella. Había venido para eso y para nada más. Nos libramos de nuestra represión, dejándonos caer en el vacío de la inconsciencia. Los dos sabíamos que era un encuentro ineludible, pospuesto, y que ya no habría otro. El sudor me chorreaba por los costados y notaba aún la sangre bombeando en mi verga, con los restos de su excitación. Francesca se abrochó los vaqueros, y sin los tacones seguía pareciéndome más pequeña que nunca. Su fragilidad era conmovedora. Me miró desde la puerta, recortada su silueta contra la luz del pasillo. Yo sabía que no diría nada más, que sería inútil hacerle más preguntas, de modo que permanecí callado hasta que se despidió con un suspiro apagado.»
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