Tres fotos que me han ido enviando tres lectores, por tanto, también tres buenos amigos, de la portada de mi último libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal, 2020). La primera desde Tánger, que me hace llegar Saloua El Arfaoui (una foto en la que están muchos de mis títulos); la segunda, es de Pedro Mate Calderoni, también tanyaui, pero que hizo en San Juan de Alicante, y, por último, desde Málaga, mi paisana larachense Pilar Carmona. La puerta azul sigue abriéndose…
Herminia Luque, enorme escritora, que el pasado año obtuvo el Premio Narrativas Históricas Edhasa con «La reina del exilio«, ha escrito una preciosa reseña sobre mi libro de relatos Una puerta pintada de azul, que comparto con vosotros. Aparece publicada en su página web, y la titula del modo más sugerente: Una puerta de melancolía azul. Ya solo ese título la hace más atractiva. Podéis acceder a través del siguiente enlace, por si queréis entrar en su página:
Una espléndida portada (una vieja puerta con su ajada madera azul, su pomo, su cerradura y su ¿aldaba?, también azules, ocupando toda la superficie de tapa dura), nos abre, en perfecta concordancia con el título, Una puerta pintada de azul, el no menos espléndido libro de relatos de Sergio Barce (Málaga, Ediciones del Genal, 2020).
Apenas la abrimos, intuimos ya el implacable paso del tiempo al que da acceso esa puerta. Una pátina de melancolía recubre los escenarios de una ciudad de Larache multicultural, multiamical (esa multiplicidad de amigos de orígenes distintos), un multiverso que no existe ya. O quizá sí, más que nunca, porque Sergio nos recrea con el poder y la infalibilidad de sus palabras la ciudad de su infancia: unas calles donde vivieron los Céspedes, los Navarro, los Barce o la familia Ben Lahsen, edificios tristemente desaparecidos, como los cines Ideal y Coliseo y el teatro España, el Zoco Chico, el Balcón del Atlántico, tan evocador…
Nunca yerra Sergio en la descripción poética de sus personajes: ese José Edery, que vuelve a la sinagoga de su niñez, convertida ahora en una casa privada; ese Abdeslam que abre todos los días, como quien inaugura el mundo, “la doble puerta de madera pintada de azul” (página 51); esa Lalla Sahida, hermosa y compasiva, aunque, tal vez por eso, desdichada; ese Ahmed que vive en una pasado siempre presente, un pasado continuo y redivivo hasta su último aliento…
Hay también una puerta pintada de verde (página 184), la de una antigua tienda de regalos donde vendieron, sin sospecharlo jamás sus dueños, lo mejor del tiempo, el mejor de los tiempos en forma de reloj marca Flica…
Sergio nos ha dibujado en este libro un bellísimo retazo de una geografía emocional, inalterable ya por obra y gracia de su destreza literaria. Abran la puerta azul (o la verde) y lo verán.
Ese color intenso, que huele a madera, se va extendiendo entre mis lectores, y se expande y avanza y al final tizna todo el aire con el azul mar de Larache, que es lo que se esconde tras esa vieja puerta con goznes oxidados que os invito a abrir.
Solo hay que empujar la puerta, con suavidad, y el mundo que he creado está ahí, esperando vuestra visita…
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FOTO ENVIADA POR EMILIO ANDRADE
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ANOUAR ELGUELLAFI
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FOTO ENVIADA POR NAIMA HAYAT
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BERNARDO VILA
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DAVID ROCHA
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CHARO RODRIGUEZ CUADRI
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FOTO ENVIADA POR MARIA BACALL
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CON ALFONSO GONZÁLEZ CACHINERO
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FOTO ENVIADA POR ISABEL FLUXA
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CON FLOR COBO
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FOTO ENVIADA POR MOHAMED LAABI
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CON MARÍA DEL MAR ÁLVAREZ
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CON MUSTA KADDA
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EN LIBRAIRIE DES COLONNES de Tánger
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CON NURIA RICO
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FOTO ENVIADA POR ANTONIO CÉSAR MUÑOZ
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CON MIS HIJOS SERGIO Y PABLO
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CON PACO SELVA Y VÍCTOR PÉREZ
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EMILIO GALLEGO
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FOTO ENVIADA POR NIEVES MARTÍNEZ
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FRANCISCO JURADO
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FRANCISCO NAVARRO
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JOSE LUIS ROSAS
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FOTO ENVIADA POR CARMEN VEGA
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JULEN GONZALEZ CUBEDO
LUIS VELASCO Y RACHID SERROUKH en la Librería Al Ahram de Larache
El relato que cierra mi nuevo libro Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal – Málaga, 2020) se titula Cara de luz. Aquí tenéis el arranque de esta historia con la que recorreréis muchas de las calles de Larache.
«CARA DE LUZ
Larache, año 2010.
Al verlo, nadie diría que es un hombre que ya frisa los ochenta, porque físicamente su apariencia es impecable y representa menos edad. Pero hay quien sabe más de él que el propio Ahmed, que parece haber ocultado en un arcón bajo llave una parte de su vida. La realidad es que, a veces, sufre ausencias incomprensibles y es incapaz de recordar detalles relevantes de su pasado. Su fino humor y la serenidad que transmite lo hacen ser apreciado, respetado y muy querido por toda la gente que lo conoce. El Hach Ahmed el Ouazzani es un artista, un artesano de la madera y un enorme intérprete de laúd y de bandolina. Siempre alardea de que tocó junto a don Aurelio y a Sidi Dris Cherradi, y cuando cuenta esas anécdotas lo hace mirando al vacío, pensativo, con una sombra de nostalgia inevitable en los ojos.
Hoy, como cada jornada, sale de su casa, situada entre la calle Gharnata y la avenida Mohamed Zerktouni. Se detiene en la acera y mira al cielo. Nublado, como cada amanecer. Ahmed sabe que, en menos de un par de horas, lucirá un sol del diablo y que hará tanto calor como el que viene soportando desde primeros de mes. Por esa razón, se ha puesto una candora fresquita, de color beige. Le agrada sin embargo esta hora, porque es más suave de temperatura y aún no hay demasiada gente por la calle.
Camina con las manos cogidas a la espalda, el torso levemente inclinado hacia adelante, lo que provoca que su famosa nariz cyranesca parezca anunciar su llegada unos centímetros antes de alcanzar su meta. Luce Ahmed un bigote que se dejó crecer idéntico al del protagonista de una película egipcia que vio en su juventud, allá por el cincuenta y cinco. Desde entonces, jamás se lo ha quitado. Su apostura y ese bigote, junto a una poderosa mirada que encallaba en cualquier alma cándida, causaba estragos entre las chicas. De cabello agrisado y escaso, aunque repartido aún con una decente proporcionalidad, su bigotito ahora apenas se aprecia, tan blanco, tan deshilachado, que se rasca a ratos como si de un tic nervioso se tratase. Sus ojos negros, que albergan en sus pupilas un aroma a resignación, ahora le lagrimean de manera intermitente, como si reprimiera en todo momento las ganas de llorar. Ahmed ya no es el hombre alto que fuera, pero mantiene esa elegancia en el porte que siempre ha acentuado su delgadez.
Verlo caminar es casi un ritual en Larache, como si formara parte del decorado urbano. Ahmed el paseante, Ahmed el pensativo, Ahmed el maestro. Le llaman de muchas maneras, pero cuando se dirigen a él siempre es El Hach Ahmed. Él que hizo la peregrinación a la Meca a principios del setenta y seis, poco tiempo después de la Marcha Verde, cuando tras ahorrar lo suficiente tuvo para pagar el viaje. Y ahora va a cumplir con el rito de la oración de fayar.
Sus pasos son firmes para un hombre de su edad, y sortea con cierta agilidad los obstáculos con los que se encuentra. Las calles están mal asfaltadas y en las aceras hay losas rotas. Al pasar por la puerta de su taller de carpintería, se resiste a mirarlo porque se le atraganta una cierta congoja, de manera que acelera el paso. Desde que se jubilara, el taller lo regenta su hijo, pero su hijo es un desastre. Las terminaciones de sus trabajos dejan mucho que desear y algunos muebles ni siquiera consiguen mantenerse en pie, desequilibrados o con una pata más larga que el resto. Hace tiempo que ya no quiere saber nada de las quejas que le trasladan sus antiguos clientes. ¿Qué culpa tiene él de que su hijo sea un desmañado?
Aunque tiene cerca de casa la mezquita Hassan II, prefiere desplazarse hasta la de Mohamed VI, emplazada junto al cementerio musulmán, que es más amplia y luminosa. Cuando llega, la voz del almuédano llamando al rezo le da la bienvenida. Deja sus zapatos en la entrada, junto al resto de los otros zapatos y de las babuchas, las zapatillas deportivas y las sandalias que enmudecen sus pisadas respetuosamente, ahí quietas como huellas cinceladas en piedra. Ahmed cumple con las abluciones de rigor y ya dentro nota en la planta de los pies la textura mullida y confortable de la alfombra que cubre el suelo de la mezquita. Luego, junto al resto de los fieles, se inclina y se incorpora repetidamente siguiendo al imán. A veces, pese a que hace un esfuerzo denodado por no distraerse, acaba por pensar en Houria, sin querer, sin resistirse al final tampoco. Houria ocupa buena parte de sus pensamientos de cada día.
Desayuna en el Valencia, después de su lento y pausado caminar por la avenida Mulay Ismail, donde se demora asomándose al Balcón del Atlántico. Le gusta ese ir y venir del mar hasta la costa, ese romper de las olas contra las rocas de Ain Chakka sin más sentido que el de crear una sinfonía de imágenes. Le atrapa ese horizonte difuso que copula con el cielo de manera permanente y que le hace pergeñar una hipótesis absurda, la idea de que quizá el mundo acabe justo allí, donde la vista no llega, y de que sea falso que la tierra es redonda. Pero no se entretiene más que lo justo, y en poco rato llega a la calle Ibn Battuta, por la que sube y cruza hasta llegar a la cafetería, ya en la avenida Hassan II.
El Valencia está en los bajos del anodino edificio que se construyó tras la demolición del Teatro España.
–Un latrocinio imperdonable -suele clamar Ahmed en su perfecto español cuando discute con alguien de la pérdida del teatro, ocurrido hace ya demasiados años.
Le gusta esa palabra: latrocinio. Y mezclar su dariya materno con palabras de su segundo idioma y con algunas expresiones de jaquetía que aprendió de sus amigos hebreos de la Medina, de los que ya solo queda Curro Mellul en la ciudad.
En el Valencia se sienta en una de las mesas de la terraza, que suele ser la misma si no está ocupada por algún intruso. Solícito, le atiende Hassan, que le pone por delante su zumo de naranjas del Lucus, por supuesto, un café con leche muy caliente, cuatro piezas de pan tostado, mantequilla en una concha ovalada de cerámica, mermelada de fresa y de albaricoque, aceitunas aliñadas y un azucarero pequeño con una decena de terrones rectangulares de azúcar blanco.
Ahmed comienza con el zumo, mientras se va untando la mantequilla, del tipo smen que traen expresamente para él, y no de esas que vienen en tarrinas de plástico y que repudia con desprecio, y a continuación extiende la mermelada con la punta del cuchillo. Luego, echa tres terrones y mueve muy lentamente el café hasta que cree asegurarse de que el azúcar se ha diluido por completo. Le da un pequeño sorbo y el primer bocado al pan, y se da cuenta por el rabillo del ojo de que Hassan lo observa desde el primer escalón de la entrada a la cafetería.
-¿Todo bien, Hach Ahmed? -le pregunta Hassan.
Él asiente con la boca llena, y levanta la vista al frente lo justo para ver a Sibari acercarse ayudándose de sus muletas. Viene acompañado de Rachid Serroukh, que trae cara de sueño, restregándosela con una mano, un tanto desaliñado aún, como si acabara de despertarse unos minutos antes y tratara de despabilarse antes de desayunar e ir después a abrir su librería-papelería. Sibari y Rachid, tras saludarlo, toman asiento a su lado, los tres dando la espalda a la fachada para tener una vista panorámica de la avenida.
-¿Lo mismo de siempre? -les pregunta Hassan a los recién llegados.
-Lo mismo de siempre. ¿Para qué vamos a complicar las cosas? -replica Sibari, y Hassan entra y regresa al rato con una bandeja con los cafés, las tostadas, mantequilla y aceitunas, y para Rachid rarif recién hecho.
Ahmed termina su desayuno en silencio, oyendo la conversación entre Mohamed Sibari y Rachid Serroukh, paga a Hassan y se levanta con parsimonia…»