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LARACHE vista por… ITZIAR GOROSTIAGA (3)

En 2010, Zohra el Guennouni me llamó diciéndome que estaban organizando una actividad para concienciar a los vecinos de la Medina de Larache a mantener las calles limpias y a pintar las fachadas de sus casas… Y nos juntamos un grupo de amigos: Soltani, su hija Qodsya, Abderrahman, Abdelkader, Aziz, Majid, Radia, Ahmed, Itzia… Fue una jornada intensa, en la que aprovechamos para que los niños realizaran otra actividad más: pintar. Y de ahí surgieron estas fotografías de Itzi, que tiene un ojo especial para los niños. Vale la pena disfrutar de la luminosidad de sus rostros, y compartir el recuerdo imborrable de ese día.

Y es que, como ya he dicho en alguna otra ocasión,  Larache también es, y sobre todas las cosas,  su gente…

Los niños de la Medina de Larache son revoltosos, como todos los niños, llenos de vida, con unas ganas insaciables por aprender.

Son despiertos, alegres y aún conservan esa ingenuidad y curiosidad que se va perdiendo en esos otros niños que sólo viven para internet y los videojuegos.

Itziar capta toda la naturalidad, la espontaneidad, la sorpresa de sus miradas. Con su cámara, parece abrazarlos con la calidez que sólo alguien como ella puede transmitir.

Sergio y Qodsya

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mi novela «SOMBRAS EN SEPIA» según Abdellatif Limami (Universidad de Rabat)

 

Minoría existencial y minoría nostálgica en la novela «Sombras en Sepia» de Sergio Barce

Artículo de ABDELLATIF LIMAMI 

Profesor de la Universidad de Rabat 

publicado en el Semanario «La Mañana» de Casablanca (16-08-2006)

Todos somos al fin y al cabo una minoría existencial o nostálgica. Gozamos y sufrimos de la misma manera que los que pertenecen a nuestra misma categoría social, religiosa o mental, y nos identificamos plenamente con el sentimiento de añoranza que sólo comprenden aquellas personas que sufren de la misma situación. Con la última novela de Sergio Barce, nos encontramos en el centro de esta noción de minorías: unas existenciales, en el sentido sartiano del término (luchar para poder sobrevivir), y otras, más psicológicas, vinculadas estrechamente con el sentimiento de impotencia frente al recordar nostálgico. Y en estos parámetros se inscribe “Sombras en sepia”: una minoría existencial que cruza el estrecho en pateras en busca del soñado e idílico paraíso dorado; y una minoría de corazones que palpitan en la otra orilla, prisionera de un tiempo que nunca se fue ni se desvaneció, y que sigue siendo, humanamente hablando, casi como aves sin nido. De tal forma, nos encontramos en este relato, llevados por el ritmo infinito de una novela que, a alta velocidad, nos traslada de un movimiento a otro:

Por una parte está el presente de la narración, centrado en el casual e inoportuno encuentro entre un español larachense ubicado en Málaga (Abel) y una mujer que acaba, con un niño de cuatro meses, de cruzar el estrecho en patera (Nadja / Zakarías); por otra parte, y a través del flash back esta vez, topamos con el soplo nostálgico que nos narra historias truncas, nunca acabadas, cargadas de un sentido plural: las de un malagueño cuyo corazón late todavía en el Larache de la infancia y adolescencia.

En fin, y en una marcha casi solitaria, la narración nos conduce a una desesperada búsqueda del protagonista (la de Nadja) que se transforma finalmente en una búsqueda de sí mismo. Pero qué más da si el acto de buscar, legítimo en el ser humano, conduce a uno a encontrarse consigo mismo y a mover cenizas con el propósito de reavivar el fuego: la desesperación de los convidados al cementerio del Mediterráneo, excluidos y marginados en su propia sociedad de origen; y el pesar y sufrimiento de una minoría que, aún bien instalada e integrada en su nuevo espacio, se siente frustrada por un mundo implacable en que prevalecen el lucro y el egoísmo.

Se trata de unas minorías que viven y que sangran ante la indiferencia de todos: la vida queda sostenida aquí por el nostálgico recordar (una historia inocente, una amistad, un romance de amor…) y la gangrena motivada en el relato por el espectáculo desolador de un “rebaño” condenado en las profundidades del mar por ser marginado y desprovisto de una seña de identidad. Pero es también gangrena el triste espectáculo de un Larache que va acabando con su historia a favor de una política del cemento y del lucro; y el del despiadado mundo occidental en que la lógica del consumo determina el ser o el no ser. Así, del presente de la narración, que implica la cruda realidad de las pateras, nos trasladamos al nostálgico recuerdo que nace de chispas y cenizas, y finalmente a la búsqueda del otro, es decir de si mismo.

La trayectoria podría ser calificada incluso de hernandiana: vivir con tres heridas: la de un mar-cementerio, la de rostros postergados y finalmente la de una seña identitaria en que pasado, presente y futuro se confunden y en la que, encontrar al otro es encontrar a sí mismo.

“Sombras en sepia” narra la historia de un hombre mayor, viudo y jubilado, cuya monótona vida va a ser alterada de pronto al encontrar en la playa a una joven marroquí con su bebé recién llegados en una patera. El encuentro dará lugar a un romance y a una entrañable relación cuyo desenlace será sin embargo trunco, a causa de la llegada del marido de la joven para llevársela a Marruecos. Entonces, y en un acto de desesperación, el protagonista emprende un viaje a Marruecos, en busca de Nadja. Pero en realidad, estaba en busca de sus propias raíces.

Según los miembros del Jurado, esta búsqueda le sirve al protagonista “como itinerario espiritual de regreso a un mundo al que emigró y que le crea la sensación de desasosiego, de no sentirse perteneciente ni al Marruecos perdido, ni a la España en la que vive en soledad”. Esto corrobora el alto significado del título: “Sombras en sepia” que deja entrever a una especie de fantasmas que aparecen en una de estas antiguas fotos en blanco y negro, convertidas con el tiempo, en un fondo oscuro y amarillento.

La novela, ganadora de la primera edición del Premio de Novela “Murcia Tres Culturas”, convocado por el ayuntamiento de Murcia -dicen los primeros recortes de la prensa- es una esperanzadora muestra de la convivencia entre “la comunidad marroquí y la española”, (La Opinión, 20 de octubre de 2005, Murcia) y un acto de fe de “una persona muy involucrada en la integración de la cultura marroquí en nuestro país”. La calidad de la obra, la atestigua la alta calidad intelectual de los miembros que integran el jurado: Luís Mateo Díez, Premio Nacional de Narrativa y miembro de la Real Academia de la Lengua Española, Clara Janés, poeta y traductora (Maître es Lettres por la Universidad de la Sorbona), Jon Juaristí, Premio Nacional de Literatura y ex Dctor del Instituto Cervantes, Luís García Montalvo, escritor, y Manual Borrás, editor.

El protagonista de la novela, Abel Egea, es un ex larachense instalado en el presente de la narración en Málaga. Pero más que el retrato físico, del cual tan sólo sabemos que es un hombre corpulento, de espaldas anchas, con sesenta y siete años, un “escaso cabello gris”, un “pequeño bigote gris asaetado de canas” y una “prominente barriga” que “le recriminaba sus años de inactividad”, lo que más prevalece en la presentación del personaje es su retrato moral: un ser prisionero de un rutinario paisaje de ladrillos, cuya vida es concebida como una tomadora de pelo y cuyo futuro, una lucha contra quienes, cada día, le restaban veinticuatro horas de existencia. El personaje da finalmente la impresión de alguien que “deambula por el insomnio de su locura” (y cuya vida había pasado tan de prisa que era imposible tener ya sesenta y siete años: “-He vivido –dirá el protagonista en un intento sintetizador de su existencia- en un permanente desarraigo. No sé qué hacía allí, pero sabía que tampoco podía volver. Los que nacieron en Marruecos, y que nada tenían que ver con el ejército…. Te hablo de la población civil, la que nos quedamos tras la independencia, la que apostamos por trabajar en el Marruecos libre, en nuestro país, porque nos sentíamos tan marroquíes como vosotros, hubiésemos deseado permanecer en nuestros pueblos… Nosotros éramos felices en Larache, /…/ Muy felices. Todos nuestros amigos estaban aquí… Pero llegó la marroquinización y no se nos permitió obtener la doble nacionalidad, se nos exigía permiso de residencia incluso a los que habían nacido aquí y llevaban toda su vida en Marruecos, sin conocer otro lugar más que éste…De pronto, éramos extranjeros. Insensatos, creímos que, por consiguiente, éramos españoles… Allí tampoco nos querían. Cuando llegamos a España, nos decían que íbamos a robarles los puestos de trabajo /…/ Así que, de pronto, no éramos españoles, pero tampoco marroquíes…”

Samir, un personaje larachense, al escuchar el discurso del protagonista, le dirá: “he descubierto que escondes más heridas de las que tú mismo crees tener”.

En esta soledad existencial, el azar le hace encontrar al protagonista a una joven con su hijo de cuatro meses (Nadja y Zakarías), recién salvados milagrosamente de una patera y cuya vuelta al país de origen representa una vuelta a los infiernos. Nadja es una niña marroquí de 17 años de agradables facciones, suaves contornos y hermosos ojos verdes de oliva, originaria de Tlata de Reixana. El escaso español que posee, sólo le permite afirmar su deseo de no volver al país y de encontrar cobijo y trabajo en España: “- Mi dijeron qui lispania mucho trabaja. Io viene a Hispana sola con mijo. Io necesita dinero para Zacarías. Io busca trabaja por papeles. Safi”

El encuentro en sí va a desenclavar una vuelta atrás, provocando así, en cierta medida, una reconciliación del personaje con su pasado, y recordándole incluso su primer amor de niño en Marruecos con Salma, cuyo parecido con Nadja es producto del azar: “Todo había sido un simple espejismo que le había aparecido por casualidad o por un accidente retórico”, “Se fue así reconciliando con un pasado que tenía postergado de manera canallesca, como si tuviera algo de qué avergonzarse”. “Nadja ha conseguido algo, y tengo que reconocerlo. Me ha hecho volver a pensar en Marruecos, en Larache.”

La Medina de Larache

Tal situación, genera dos discursos que caracterizan y definen a dos minorías: la de los inmigrantes clandestinos y de su mundo, por una parte, y por otra, la de una minoría de españoles que tuvieron que dejar Marruecos y “condenarse” así a vivir entre el aquí y el allá. Las condiciones de la minoría de inmigrantes vienen especificadas en el relato a través de tres pausas: la de la imaginación del protagonista, que concuerda con la realidad y la de dos espacios muy representativos que son la Subdelegación del Gobierno (en España) y la alusión a la Asociación Pateras de la vida (en Marruecos) que intenta, desde dentro, ayudar y rescatar a algunos de los inmigrantes clandestinos, del sucio comercio de los traficantes de humanos.

Si la llegada de Nadja y su hijo a España en patera inicia el relato, las condiciones de esta travesía sólo aparecen al final. En un esfuerzo de recreación, Abel entreverá a Nadja, con Zakarías en brazo: “caminando por la orilla del Lükus y cruzando esas montañas que se enfurecen con el invierno, los bosques inhabitables, las llanuras resecas. Una ruta arisca, imperdonable, pretoriana. Un territorio poblado de sepulturas anónimas, de esqueletos desintegrados, de fantasmas abatidos en absurdas guerras”. La imaginará también: “ con los pies ensangrentados, las zapatillas de deporte húmedas y rotas, los cabellos asidos por el sudor de la cara, dirigiéndose con determinada fascinación a una inexistente Europa engalanada por los estafadores. Su llegada a una incierta playa tangerina, la espera interminable en una noche como boca de lobo hasta embarcar en una patera maltrecha e inquietante…”

La primera parada de estos inmigrantes se opera en los lugares insalubres y escondidos donde se refugian los inmigrantes antes de emprender lo que muchas veces es un “viaje sin retorno”; lugares controlados por una mafia que hace del ser humano el objeto de su lucro y donde procuran intervenir los ejecutivos de la Asociación Pateras de la Vida para ayudar y corregir, como pueden, el tiro. El lugar en sí es “uno de los refugios preparados para los ilegales”, y cuya descripción hace resaltar las condiciones más inhumanas, que escapan a veces a las cámaras y a las plumas: una casa “demasiado poblada para sus escuetas dimensiones” y en cuyo interior yacen almas perdidas; habitaciones abiertas donde “dormitaban una treintena de personas, en su mayoría de raza negra, junto a los que se reconocían también a los marroquíes más olvidados. Todos se hacinaban igual que desperdicios o que despojos, la escoria de la que nadie quería saber nada de nada; mejor muertos que ociosos, mucho mejor lejos, en países desarrollados que pudieran explotarlos a gusto, que delinquiendo en su propia tierra. Formaban un buen cuadro de almas perdidas”.

El cuadro final es el de unas “caras inexpresivas” tumbadas sobre “esteras sucias y malolientes” en un clima donde predominan: “la suciedad, el mal olor y el deterioro”. Es un mundo, dirá el narrador que “violaba una intimidad vergonzosa” y cuyos moradores no eran más que “simples réplicas almacenadas”. Un lugar finalmente donde mejor se entiende –dirá Abel- “la vacuidad de nuestras fronteras, la artificialidad de nuestras diferencias, esa impostura instalada en el poder que nos conduce a ciegas a seguir a unos líderes manipuladores y ególatras”. Una de las imágenes más esperpénticas que ofrece el lugar es la de una mujer embarazada que sufre, en la resignación más absoluta, su amargo destino: “Una mujer embarazada estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Sus pies mostraban las huellas del sufrimiento, llenos de cicatrices y eccemas, con un par de uñas rotas, con sangre coagulada”.

En cuanto al otro espacio, situado esta vez en la otra orilla, es el relativo a la Subdelegación del Gobierno donde “marroquíes que se apiñaban en una de las puertas acristaladas”, negros africanos y sudamericanos “sentados en silencio en los informales sillones negros de trazas modernistas” y donde “guardar su turno” era una angustia permanente y una necesidad absoluta. El clima general es tan desolador como el primero: una mujer que parecía como “una forzuda sacada de un parque de atracciones de los años treinta o cuarenta”; el triste espectáculo de seres que “mataban su espera desesperadamente dando pequeños paseos en círculo” mientras que otros “charlaban en jergas incomprensibles”, con voces reducidas a “un murmullo resignado”, y conversaciones en que se pisaban lenguas que se confundían “en una ridícula torre de Babel”. En esta caótica dependencia, los funcionarios serán entrevistos por el protagonista narrador como representación de “la nueva clase dominante” o “nueva burguesía funcionarial que pasaba por encima del resto de la ciudadanía”, es decir, “los nuevos privilegiados” de la patria. El panorama final es el de una “ciénaga burocrática”. El propio discurso del responsable de inmigración denota cierto pesar por la situación, pero que no altera en absoluto la implacable lógica maquinaria administrativa: “Muchas veces he de cerrar un expediente con una propuesta de expulsión, y sé, en mi fuero interno, que probablemente esté matando la esperanza de alguien que merecería otra suerte/…/ Pero las cosas son así, es imposible acertar en todos los casos. Cometemos muchas injusticias, involuntariamente.”

Frente a esta situación, la voz rebelde del protagonista se levanta en forma de protesta en contra de quienes juegan con la vida de desgraciados y se aprovechan de ellos: “Detestaba a los que jugaban con la vida de esos desgraciados y a los que, sobre todo, se aprovechaban de mujeres sin futuro para darse un festín con ellas /…/ La mayoría son pequeños delincuentes, raterillos. Algunas mujeres vienen con la esperanza de casarse, es otra fórmula que les permite mantenerse a flote. Y la vergüenza es que todo esto ocurre en un país de emigrantes…” Dice Abel en una discusión con David, y refiriéndose a la estancia de los dos en tierras magrebíes: “en mis tiempos éramos nosotros los que buscábamos las habichuelas en su tierra”.

Este discurso, reiterado más de una vez en la novela, expresa el malestar de una franja de la población española que contempla con resignación el mundo infernal de los ilegales, llegando incluso al extremo de auto-culpabilizarse por alimentar inconscientemente la filosofía de los nuevos fascistas “que sólo comen en los Mc Donald’s y estudian guerrilla urbana contra los mendigos y los inmigrantes negros en las consolas de sus juegos interactivos”.

“Nosotros hemos sufrido la emigración, jai, y sabemos lo dura que es esa vida. Y, en realidad, estamos en deuda…Hoy es ella y el niño, mañana pueden ser nuestros propios nietos”. “Todos somos emigrantes. Créame. Ahora gozamos de una buena racha, pero nadie puede asegurarnos que dentro de cuarenta años no estarán nuestros nietos cruzando el mar para buscarse su futuro. El mundo es redondo y da muchas vueltas”.

Como queda señalado antes, el encuentro del protagonista con Nadja no hace más que activar un fuego apenas enterrado, hasta tal punto que nos encontramos, desde la primera página de la novela con el fantasma de un hombre viudo, quien, a sus sesenta y siete años, y desbordado por la nostalgia, no ha podido dejar el pasado atrás y olvidarlo; un ser que seguía viviendo “acompañado por la presencia inquietante de las ausencias y por la inesperada intromisión de un horizonte imposible”; un ser finalmente cuyo futuro “había dejado de existir” para darle paso a lo único que le quedaba: un recuerdo “con imágenes permanentemente en evolución, igual que fragmentos de películas que se proyectaran en una pantalla recóndita”. Son detalles, pero que se mantienen y que “son la esencia del recuerdo y la mejor coartada para el progreso”.

El recordar aquí es primero y sobre todo el Larache de la infancia. “Aquí -afirma el protagonista refiriéndose a esta ciudad – es donde fui realmente feliz”. Larache, prosigue el personaje en otro contexto, “es mi única bandera”; sobre todo cuando sabemos que allí es donde están enterrados sus padres. Su historia empezó cuando su padre decidió “buscar fortuna en tierras magrebíes”. Pero, desde entonces, en sus pupilas, en su corazón así como en el aire que penetra sus pulmones, todo se resume en vivencias, sensaciones y sentimientos larachenses. Pero la memoria, como bien lo señala el protagonista, es también “un penoso recordatorio de nuestras pequeñas miserias”. Y en efecto, el espacio larachense recreado y que corresponde al presente de la narración, es un mundo en decadencia, en el sentido de una progresiva destrucción de su alma y de su carga histórica. Así aparecen en el relato los vestigios del pasado o, simplemente la morada o espacios de la infancia: la casa Raisuni, cuyas paredes estaban cubiertas “de enredaderas” que “disimulaban las grietas inmisericordes y las manchas de humedad”; el antiguo casino que ya no está en su solar por haber desaparecido; el Castillo San Antonio que no es más que un viejo guerrero malherido:

Castillo Laqbíbat (o de San Antonio)

“Se había imaginado verlo ahí, chulesco, erguido con sus robustos muros desafiando al mar, como el paladín que siempre había sido, defensor romántico de la ciudad frente a los ataques de Poseidón. Pero no era así. En su lugar se encontró con un viejo guerrero malherido” con paredes “erosionadas por la rapiña insensata del olvido”. Es el Castillo Laqbibat, que aparece como “ladeado, de rodillas, perdida su dignidad, vencido y humillado por la desidia de las autoridades que lo habían abandonado a su triste suerte, con sus muros mordisqueados” con “piedras que se habían ido desprendiendo de los muros”, “grietas profundas”, “cúpulas resquebrajadas”, “hondas incisiones en las paredes hechas a base de hachazos gigantes” tal “un cáncer inesperado y triunfante”.

Es el Teatro de España que, de un espacio de esplendor que acogió a ilustres artistas (Antonio Machín, Antonio Molina), ha dejado “su lugar decimonónico y majestuoso a un edificio impersonal de apartamentos”; el cine Ideal, única construcción del art deco del norte del país y que hoy no es más que “un solar donde unos camiones estaban descargando material para los cimientos de algún otro inmueble globalizado”; la avenida, felicidad de ayer, hoy “un viejo decorado al que ya le faltaba una parte importante de la tramoya”; la propia casa de la infancia no es más hoy que “una sombra del pasado”, un solar de “escombros y de maderas mojadas y de vigas y ladrillos amontonados de manera impúdica” que cubrían sus sueños de adolescente, una especie de “úlcera sangrante”…

La política del lucro de los sucesivos responsables de la ciudad ha prevalecido más que la fibra histórica que hubiera podido darle al país otro monumento histórico y otra riqueza turística. “Lo que importa a esa gente -dirá el protagonista- es el negocio, aunque haya que saltarse las leyes y las normas de buena convivencia….”.

Pero, a pesar del trise panorama, Abel Egea permanece fiel a su amor por esta ciudad que constituye su única bandera: “yo sigo amando todo esto, con sus heridas, con sus ausencias, con sus gangrenas”; sobre todo porque allí es donde ha aprendido a ser tolerante y a convivir con las demás culturas y religiones: “el señor Beniflah les daba tanto la bienvenida como sellaba de manera solemne el ritual de esa celebración que congregaba cada año a la familia, al mejor amigo del señor Beniflah, un cristiano, y a otro hebreo y a un musulmán para sentarse todos juntos alrededor de la misma mesa y recordar, con la lectura de varios textos, la liberación del pueblo de Israel…”

“Era un tiempo increíble. Mis amigos musulmanes acudían a mi casa en las Navidades y, el día de Reyes, recibían algún obsequio /…/ Yo acudía a la fiesta del Mulud y a la del Aid el Kebir, lo que confirma el larachense Yebari, con sentir y nostalgia, en comparación con las atrocidades del mundo actual, determinadas por el rechazo del otro, el fanatismo y el individualismo: “hablando con mi hermano, comentábamos lo curioso que era el que conviviésemos en Larache tantas culturas y nunca, nunca, hubo un solo problema /…/ Había iglesias católicas, mezquitas y sinagogas, y nos respetábamos por igual”.

El mismo discurso lo recoge Samir, otro personaje de la novela, haciendo hincapié en la cruda realidad que emite hoy la televisión: la de judíos y musulmanes que se sangran a diario cuando la posibilidad de convivencia es real: “Es difícil para ellos entender que un judío y un musulmán puedan compartir una fiesta, que puedan estar sentados a la misma mesa “, “ cómo van a creerme si sólo escuchan hablar en las televisiones europeas del terrorismo islamista”. Abel, recogiendo las palabras de su difunta esposa Carlota, notará con razón que “vivimos una época de miedo, una época de sinrazón, una época de iluminados; y como nativo del país, que se siente parte integrante de la problemática de su población, hará suyo el dolor de ver o leer casos de marroquíes detenidos o perseguidos por terroristas o supuestos terroristas: “Cuando las noticias hablan de que han detenido a un marroquí vinculado con un grupo terrorista, sufro. Sufro tremendamente. Porque pese a mi nacionalidad, me sigo sintiendo de aquí”.

Este discurso del protagonista, con el que cerramos esta presentación, es más que un testimonio de fidelidad a este espacio que lleva en él como “un pedacito entrañable”. Es un acto de amor que conlleva significados plurales, de acuerdo con el espíritu general de la obra: salvaguardar el recuerdo y las tiernas convivencias, reintegrar una imagen auténtica a veces ensuciada por la ignorancia de uno o por las actitudes fanáticas de otro; realzar el lado humano que tiene uno, antes de ser un simple sujeto de una sociedad de consumo…..en fin, y a través del recuerdo, mostrar cómo uno no puede, a pesar de los pesares, ser despojado de su identidad que lo llama desde las profundidades: que sea Nadja o Abel, dos minorías y dos voces todavía calladas.

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LARACHE – Mis fotos 7

Larache no es sólo una ciudad, mi Larache es mi gente, y en las fotografías que voy colgando les rindo de alguna manera mi pequeño homenaje, que es una sencilla declaración de amistad, de cariño, de afecto… Algunos hace mucho que no los veo, pero siempre están ahí, al igual que yo lo estoy para elllos, lo sé, y lo saben. Me encanta la pluralidad de todos ellos, la que aprendimos en nuestro pueblo, somos de distintos credos, de diferentes creencias, pero nos une algo inquebrantable.

Alberto, Zohra, Aziz, Itziar, Ahmed, Mohammed, Abderrahman, Sergio, Maru (mi madre) y Fatima, en el Cafe Lixus de Larache

JAVI LOBO Y MESSOD OBADIA

Desde el pasado al presente, lo mejor de ir a menudo a Larache es que el número de los míos nunca disminuye, al contrario, poco a poco a quienes forman parte de aquellos años de infancia, como Javi, Messod, Sibari o Emilia, se incorporan los que año tras año se cruzan en mi vida y se adhieren a la piel de mi memoria.

QODSIA Y RADIA

Sergio, Sibari & Rachid

Carmen & Hanan

Hanaa, Naoual, Siham & Ettaya

Ange, Fatima & Sibari

Antonio y Julia

A veces, sólo basta con vernos, saludarnos, abrazarnos, y esa corriente mágica surge espontánea, hay un invisible hilo que nos une, y eso te hace sentirte especial, privilegiado.

Charo, Aicha y Maria Dolores

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LARACHE vista por… PLINIO EL VIEJO (s. I d.C.)

Máscara del dios Oceanus, encontrada en Lixus. Museo de Rabat

Repasando por encima cuanto ya he escrito y reproducido acerca de Larache, parece lógico que también se hable de su mitología y de sus orígenes, reales y literarios.

Tomando tanto “Larache a través de los textos” de Mª Dolores López Enamorado (Consejería de Obras Públicas y Transportes de la Junta de Andalucía, Sevilla, 2.004), como “Larache: Evolución urbana” de Guillermo Duclos y Pedro Campos (Junta de Andalucía. Sevilla, 2001), me permito reproducir parte de la información que ofrecen acerca de los vestigios de la ciudad y de las primeras obras literarias en las que aparece mencionada de una u otra forma.

«Situado al borde de la llanura del Garb, en la costa noroccidental de Marruecos, el territorio donde se asienta la llamada al-´Arâ´is (jardín de las flores) o al´-Arâ´is bani´Arüs (los viñedos de la tribu de Arós) se extiende por la coronación y el declive septentrional de una lata loma que se asoma al océano y cuyo pie lame la desembocadura del río Lucus…

…Los restos arqueológicos de la ciudad de Lixus se hallan junto al río Lucus, sobre unas colinas situadas a unos 3,5 Km. al este de Larache. Denominada Gemes por algunas crónicas portuguesas, las fuentes medievales árabes la denominan T´semis o Xammix, topónimo que aún hoy siguen utilizando los habitantes de la región para referirse a la antigua ciudad.»  (de “Larache, evolución urbana”)

LIXUS

«Según la tradición, hacia el año 1.100 a.C., los fenicios fundan tres ciudades en Occidente: Gades (en la península ibérica, actual Cádiz), Utica (en Túnez) y Liks, Lixos o Likus, en la margen derecha del río Lucus y a unos cuatro kilómetros del mar, en una colina conocida actualmente en la zona con el topónimo de Shemmish.

A esta ciudad fenicia, y más tarde romana, hacen mención las fuentes clásicas: el periplo de Scylax de Caria, del s.VI a.C., se refiere a ella como ciudad fenicia. En la “Historia Natural”, Plinio el Viejo, s.I d.C., sitúa en Lixus el Jardín de las Hespérides, con sus árboles cargados de manzanas de oro. Por otra parte, el Periplo de Hannón, s.V a.C., narra una expedición cartaginesa en la que las naves atravesaron el Mediterráneo de Este a Oeste, pasaron Gibraltar, siguieron la costa africana del actual Marruecos y penetraron en el golfo de Guinea. En él se hace  referencia a los lixitas, habitantes de Lixus.

Dice Plinio el Viejo en su descripción de Lixo en su Historia Natural:

El comienzo de la tierra se llama las Mauritanias, reinos hasta el emperador Gayo, el hijo de Germánico; por la crueldad de aquél fueron divididas en dos provincias. Los griegos dan el nombre de Ampelusia al cabo más lejano del Océano. Más allá de las Columnas de Hércules han desaparecido las poblaciones de Lisa y Cotas, ahora está Tánger, fundada en otro tiempo por Anteo; después el emperador Claudio, al hacerla colonia, la llamó Julia Traducía. Dista de Belo, población de la Bética, treinta mil pasos por la ruta más corta.

PLINIO EL VIEJO

A veinticinco mil pasos de ella en la costa del Océano está la colonia de Augusto Julia Constancia Zulil, separada del poder de los reyes y obligada a pasarse a la jurisdicción de la Bética. A treinta y dos mil pasos de ella está Lixo, convertida en colonia por el emperador Claudio. Los antiguos hablaron de ella con muchísimas leyendas: allí estaba el palacio de Anteo y tuvo lugar su lucha con Hércules, también estaban los Jardines de las Hespérides. Por lo demás, desde el mar se extiende un estuario con un curso muy sinuoso, que ahora se cree que eran las serpientes que estaban a modo de guardia. Encierra dentro de él una isla, que es la única que no inundan las mareas, a pesar de que el espacio circundante es un poco más elevado que ella. También queda allí un altar de Hércules, y, excepto unos acebuches, nada de aquél aurífero bosque del que hablaban.

Por supuesto que no se extrañarían tanto de las tremendas patrañas griegas publicadas acerca de estos lugares y del río Lixo quienes pensaran que nuestros autores, y no hace mucho, han transmitido algunas cosas no menos prodigiosas: que esta ciudad era muy poderosa e incluso mayor que Cartago Magna; que, además, estaba situada  frente a ella y a una distancia casi inmensa de Tánger, y otras cosas que Cornelio Nepote se creyó enseguida.

A cuarenta mil pasos de Lixo en el interior está otra colonia de Augusto, Baba, llamada Julia Campestre…

Pero si la tradición literaria sitúa el nacimiento de Lixus en el siglo XII a.C., los hallazgos arqueológicos no permiten ir más allá del s.VIII a.C. Sabemos que, a partir del s. III a.C. Lixus conoce una prosperidad urbana importante, que se extiende a lo largo de varios siglos. En el 42 d.C., bajo el reinado del emperador Claudio, Lixus se convierte en ciudad romana, siendo la época en la que se construyen varios monumentos públicos y casas privadas ricamente decoradas.

La cabeza del dios Océano antes de su degradación: fotografía tomada por Henri Stern (en 1967?) (archivos fotográficos del Centro Henri Stern, ENS/CNRS, París).

 A finales del s.III y durante el s.IV d.C. se construye una muralla que reduce a la mitad la superficie inicialmente habitada. Ahí comienza una etapa de imparable decadencia.

…A unos 30 kilómetros de Lixus se encuentra el Cromlech de M´Zora, primer vestigio de ocupación humana en lo que sería, muchos siglos después, la región de Larache.

Por lo que respecta a la ciudad de Larache, poco sabemos de ella hasta el s. XIII d.C.. Las escasas referencias que se dan en los textos medievales hacen muy difícil precisar cómo era esa ciudad, a orillas del río Lucus. Los principales historiadores árabes no la mencionan, y tendremos que esperar al s.XV para que el nombre de Larache aparezca en los textos de los autores (historiadores y viajeros) de la época.»

(del prólogo de “Larache a través de los textos” y parte del texto de Plinio reproducido por la profesora María Dolores López Enamorado para su libro)

En fin, Larache, Lixus, Lixo, Lucus, al-´Arâ´is o al´-Arâ´is bani´Arüs, encierra mil historias y mil leyendas, una mitología que ha sobrevivido a lo largo del tiempo. Y hoy, en pleno siglo XXI, las viejas ruinas romanas de Lixus parecen temblar ante el cerco al que están siendo sometidas de nuevo. Ahora no se trata de salvajes hordas enemigas, de cartagineses o de beréberes, se trata de bárbaros venidos de oficinas inmaculadas en las que guardan sus planos que ya no describen estratagemas, emboscadas o luchas cuerpo a cuerpo, en ellos se diseñan carreteras, edificios y restaurantes. La vanguardia ya está allí, a escasos metros del saqueado mosaico del dios Okyanus, con una decena de excavadoras amarillas que ronronean a la espera de la orden de ataque…

Sergio Barce, febrero de 2011

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LA CIUDAD DEL LUCUS, novela del escritor larachense LUIS MARÍA CAZORLA

Tengo una primicia, que mi amigo y paisano Luis María Cazorla me ha brindado en bandeja: anunciar que acaba de ver la luz su nueva novela La ciudad del Lucus (Editorial Almuzara), y quizá sea una de las primeras personas en publicitarla.

He tenido el privilegio de recibir el borrador del manuscrito y leerlo antes de ser publicado (digo privilegio porque lo es el gozar de la confianza de Luis). Recuerdo que me llegó el pasado año un paquete, algo voluminoso. Al desempaquetarlo, un leve estremecimiento recorrió mi espina dorsal: “La ciudad del río Lucus” leí, y como siempre me ocurre cuando me topo de súbito con algo relacionado con Larache, una entrañable alegría me asaltó, de modo que lo abrí no sin cierta ansiedad. Luis me enviaba quinientas ochenta y ocho páginas, a un espacio. Me di cuenta en seguida, desde el primer párrafo, que ahí había un trabajo duro, detallista y concienzudo.

En efecto, Luis María Cazorla se ha atrevido a algo mucho más que narrar una historia que nace de su imaginación para “plantarla” en medio de un escenario determinado que sólo sirva de decorado. Al contrario, se ha documentado de tal manera para afrontar esta empresa que uno no tiene más remedio que rendirse a este trabajo.

Lo fascinante es que no sólo cuenta con toda la exhaustiva información de los hechos políticos y militares que sucedieron en Marruecos, en especial en Larache, a principios de siglo y que desembocaron en la creación del Protectorado, sino que también conoce la realidad y los personajes reales que vivían a pie de calle, por así decirlo. Las tiendas, los comercios, los pequeños negocios, son descritos con exactitud, al igual que la ciudad de Larache, en la que Luis nació y creció (eso se nota en seguida). Y vemos cómo André de Laroche, José Luis Ninet, el padre Castellá, el padre Cantéliz, Leandro Campos (dueño del Bar el Murciano), Hicham ben Achech (un personaje cuya aparición en el relato me encanta), José Cohen, Abraham Muchatiel, Alí Sintal, Akalay… quienes forman parte de la pequeña historia, se entremezclan, gracias a la hábil narrativa de Luis Cazorla, con personajes que han pasado a la Historia con mayúsculas: el entonces comandante Fernández Silvestre, El Raisuni, el cónsul Zugasti… por citar sólo algunos de los actores de esta estupenda obra. De manera que estamos ante una novela histórica absoluta.

Luis María Cazorla, gracias a su larga experiencia profesional, a su trato con numerosas personalidades de la diplomacia y de la política, ha sabido plasmar de manera realista los entresijos, los difíciles equilibrios y las disputas que acontecieron en esos años convulsos. Su pluma de narrador dota además a los personajes históricos de personalidad, los convierte en seres de carne y hueso, con lo que la novela gana en realismo, en viveza, en aventura literaria.

Baste, como botón de muestra, este párrafo en el que describe uno de los encuentros entre Silvestre y el Raisuni:

Cherif Mulay Ahmed el Raisuni

    Silvestre conocía bien el carácter pedigüeño de los notables marroquíes. El Raisuni, por muy prominente que fuera entre ellos, tenía ese carácter muy arraigado. Los  hechos concretos a los que se había referido pronto –reflexionó para sí Silvestre- se acabarían traduciendo de forma inexorable en exigencias revestidas de peticiones de dinero y material.

La pronta y un poco atropellada mención al respeto de las leyes y autoridades locales sonó a clara advertencia que incomodó a Silvestre. Éste, para evitar los tejemanejes de los franceses y sus semsares, había prohibido al caíd, al nadir y al almotacén de Alcazarquivir que preparasen documentos de compraventa de casas de la ciudad y de terrenos en el campo sin su previo conocimiento. Haciendo caso omiso a las protestas del Majzen, de la campaña adversa de la prensa francesa y de las llamadas a la prudencia del ministerio de Estado, había mantenido su orden. Sabía que el Raisuni se había molestado por ello, no tanto porque le afectara directamente de modo significativo, sino por constituir un síntoma de que el ejercicio de su autoridad iba a verse interferido por las bigotadas del jefe militar español. Este proceder confirmaba, además, que las dificultades con las que sus recaudadores se habían topado para cobrar impuestos por la interposición de Silvestre no era algo aislado. Todo ello constituía una forma de entendimiento que el jefe militar español tenia de su acción política, en ciertas ocasiones incluso discrepante de lo que la legación en Tánger y el consulado en Larache le transmitían.

El Raisuni, por su parte, estaba lanzado en cumplir los propósitos que anidaba en su segunda reunión con Silvestre. Había comprobado el día anterior que era cierta la fama de impulsivo e impaciente atribuida al militar español después de algunas semanas de estancia en Larache y Alcazarquivir. El jerife había logrado templarlo en la entrevista del día anterior, aunque no se le había escapado que Silvestre estuvo en varios momentos a punto de estallar ante las divagaciones del astuto bajá de Arcila.

Aquella mañana se había encontrado con un Silvestre más calmado y reflexivo, y estaba dispuesto a aprovechar la oportunidad que se le ofrecía…

Cazorla entra en la psicología de estos personajes y nos metemos en sus reflexiones, en sus dudas, en sus impulsos.

General Fernández Silvestre

Y como larachense, dota a la historia que cuenta de una rica vida interior: no sólo describe perfectamente la ciudad que tan bien conoce, de igual forma reconstruye las antiguas calles, los viejos edificios y los paisajes, revive a las personas que los habitaban (Luis visitó, mientras escribía la novela, cada uno de los lugares donde se desarrollaron los sucesos reales) y recupera voces, giros, palabras y dichos (el vocabulario es rico en matices, y el lenguaje utilizado en el Marruecos de la época enriquece aún más la autenticidad del relato).

Un mosaico completo, en fin, de una época y de una historia tan fundamental en nuestra historia reciente como desconocida para una gran parte de los futuros lectores.

Quizá las propias palabras de Luis María Cazorla, en la “Nota del autor” que se contiene en el libro, sean más elocuentes de lo que yo pueda ser en este pequeño comentario.

“Parece difícil, sobre todo en el campo de la creación literaria, pero si el escritor ahonda en sí mismo acaba encontrando una explicación a ¿qué ha desencadenado en mí la fuerza interior necesaria para escribir el libro en cuestión?

A veces es un relámpago que ilumina cegador y desgarra con fuerza el velo de la indefinición intelectual inicial de quien lo recibe. Otros es un lento poso de vivencias, sensaciones, recuerdos, realidades y apariencias de realidad forjadas por la imaginación que se solidifican hasta convertirse en una nueva realidad a veces más poderosa que la fáctica. Este poso se va nutriendo a los largo de los años de sucesivas capas hasta que un especial estado de ánimo, una maduración sólo apreciable por el futuro autor, o un aliento etéreo e indefinible ponen en marcha el aluvión que culmina en el libro.

Esto último es lo que me ocurrió a la hora de comenzar el largo camino de algo más de tres años que ha terminado con La ciudad del Lucus entre tus manos, lector.

Muchas capas se han acumulado hasta formar el sólido poso en el que se asienta esta novela. Han revoloteado en mí las imágenes de mi abuelo, José María Cazorla García, que, primero como soldado y después como comerciante, se asentó en Larache en los muy primeros años del Protectorado español en Marruecos; de mi padre, Luis Cazorla Navarro, que nació en esta ciudad en 1920 y en ella empezó su destacada carrera de abogado y de interventor militar; de mi madre, Soledad Prieto Caro, que llegó allí casada, abandonando en prueba de amor su ambiente, muy distinto, en Madrid. También he tenido muy presente mi infancia en Larache: El Balcón del Atlántico, la música marroquí y la militar, la Legión desfilando airosamente, el embarcadero del puerto, la Plaza de España, la calle Chinguiti, la iglesia del Pilar, el colegio de los Maristas… Todas estas capas han sido debidamente aceitadas  por permanentes recuerdos familiares, por ávidas lecturas, por frecuentes viajes a aquellos lugares, por conversaciones con familiares –José y Luis Navarro, entre otros- y con amigos –Julián Martínez Simancas y José Edery, por no citar más- impregnadas de vivencias similares y a veces anudadas por relaciones de varias generaciones.

En este poso fértil, como las tierras que riega el río Lucus, la galopante madurez, el creciente interés por los episodios históricos sobre los que se asienta el libro y el impulso que mi vocación literaria recibió al quedar finalista en un premio con otra obra, hicieron las veces de detonante del esfuerzo que se traduce en La ciudad del Lucus.

Quiero dejar constancia de mi hondo agradecimiento a mi mujer Carmen González-Serrano, que ha respetado mis largos retraimientos, me ha acompañado en los esforzados viajes de investigación, y me ha alentado siempre con equilibrio exigente; a Rosario Herrero, a quien debo mucho como competente documentalista cuyas manos generosas siempre han estado abiertas para orientarme; a Manuel Vidal, entusiasta lector de todo lo que escribo, en quien La ciudad del Lucus halló desde sus primeros momentos de gestación notable estímulo; a Antonio Zoido, que fue uno de los primeros lectores del original y que me animó mucho con su calificación de “galdosiano”; a Javier Jiménez-Ugarte, excelente y entregado diplomático, que, como cónsul de España primero en Melilla y después en Tetuán, siempre me alentó y me brindó ayuda en mi tarea; a Alejandro Díez, Guadalupe Díaz, Ángela García Burgos y Montserrat Planas por su permanente empeño en hacerme las cosas más fáciles, y, por fin, a Manuel Pimentel y a la Editorial Almuzara por el interés entusiasta que desde nuestro primer contacto mostraron por el libro que encabeza estas líneas.    Luis María Cazorla”

Estamos, pues, ante una novela que atraerá a quienes sienten interés y curiosidad por Marruecos, su historia y la que le tocó compartir con España, que llamará la atención de los estudiosos de ese período, pero que también hará disfrutar a los amantes de las novelas históricas.

Es un viaje en el tiempo, viaje a un pasado romántico, a un pasado de aventura absoluta. Es un viaje de regreso al Larache de los antepasados más cercanos de Luis María Cazorla.

La editorial Almuzara, con Manuel Pimentel al frente, y con Antonio Cuesta y Javier Ortega, ha acertado en apostar por este libro. Como admirador del trabajo de Luis, sólo me queda esperar que su novela sea todo un éxito, que lo merece.

Sergio Barce, febrero 2011

Ya he hablado en mi blog de Luis María Cazorla como jurista, y no han cesado de llegarme comentarios alabando su trayectoria. Dije entonces que me quedaba por hablar del Luis María Cazorla escritor de ficción. Ya lo tenemos aquí con su nueva novela.

Pero no querría que pasara esta ocasión sin mencionar sus otros libros publicados, tanto de relatos: “El proyecto de ley y once relatos más” o “Cuatro historias imposibles”; como de novelas: “Ni contigo ni sin ti” y de “Cerca del límite” que fue finalista en 2007 del Premio Internacional de Novela “Javier Tomeo”.

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