Archivo de la etiqueta: LARACHE

ZOCO CHICO DE LARACHE… por RAMÓN TARRÍO

Ramón Tarrío

Ya es hora de que haya un poco de música en el blog… Al hablar de «Larache vista por Paloma Fernández Gomá» hacía referencia a que sus versos habían sido musicalizados por el cantautor Ramón Tarrío. Pues bien, Ramón ha tenido la gentileza de enviarme el enlace del vídeo de su adaptación musical de los versos que Paloma dedicó al «Zoco Chico de Larache«, en el que, además de la excelente música que hace, incluye alguna imagen del día que actuaron en Larache dentro del Festival de Música que en el 2007 organizamos «Larache en el Mundo» y «Almada» en el Castillo de las Cigüeñas, y al verlas me han venido los recuerdos de aquel encuentro que tanta repercusión tuvo en la ciudad. Y sé que a Ramón Tarrío y a los componentes de su grupo, también les resultó una experiencia inolvidable.

Disfrutad de su música:

http://www.youtube.com/watch?v=Cevw7-Ayb20

Etiquetado , , , ,

LARACHE vista por… PALOMA FERNÁNDEZ GOMÁ 1

Paloma Fernández Gomá, aunque nacida en Madrid, reside en Algeciras desde 1969. Diplomada en Geografía e Historia, Paloma es una de las voces más destacadas de la actual poesía española. Su obra está recogida en distintas antologías, y ha sido traducida al mallorquín, árabe, inglés, francés e italiano; también es objeto de estudio por las profesoras Susana Medrano de la Universidad San Juan Bosco de la Patagonia, en Argentina, y Lola Hidalgo Calle de la Universidad de Tampa, en Florida  (USA).

Fundó y dirigió la revista  “Tres Orillas”, y actualmente, tras crearla, edita y dirige la revista intercultural “ORILLAS”, con el patrocinio del Ateneo de Algeciras.

En el año 2007, el Ayuntamiento de Málaga publicó, dentro de la colección “Ancha del Carmen”, el libro de poesía de Paloma Fernández Gomá “Ángeles del desierto”, en el que hay varios poemas dedicados a Larache. Como curiosidad, el diseño de la portada y la maquetación de esta colección, es obra de Antonio Herráiz, íntimamente vinculado también a Larache, y de quien también escribiré próximamente.

Hoy me permito reproducir, con la aquiescencia previa de Paloma, tres de esos poemas dedicados a Larache, y próximamente colgaré en este mismo blog algún otro, porque, como el buen vino, su poesía ha de ser escanciada poco a poco.

 

LARACHE

Al otro lado del Lucus

la orilla es verde y lleva azahar,

reposa entre naranjos esparciendo

el aroma del néctar

o la pulpa jugosa que habitó el fruto.

Sobre el mar el filamento gris

de las raíces rezuma

el óxido enmohecido.

La orilla se imanta de bronce

cercando el límite con eco de retorno,

el que condujo la sombra a pie de árbol.

En el limo resbalaría la tarde

que, aturdida, ha de buscar en el curso del agua

el eterno lamento de un tiempo deshabitado

vacío de cántaros,

hostil al recuerdo,

inacabado

que lejos de ausentarse

rememora épocas

de siembra.


Desde estas publicaciones, Paloma Fernández Gomá siempre ha dado entrada a los escritores que han tratado de acercar, a través de sus creaciones, la cultura española y la marroquí; también ha organizado o formado parte de actividades literarias en las que ha estado muy presente esta inquietud suya por tender puentes entre ambos países. Tanto en Algeciras como en Jimena de la Frontera, Paloma ha tenido la generosidad de contar conmigo para presentar alguno de mis libros, así como con otros escritores vinculados con Marruecos, y especialmente con Larache, tal es el caso de Mohamed Sibari, León Cohen o Mohamed Akalay.

CAFÉ CENTRAL

La hoz de la tarde se ensancha

en el hueco de las estrellas

y las manos deshojan multitud de frases;

después queda la cita en las terrazas de las aceras

junto al bullicio del paseo.

Así quedaría la voz dilatada

aguardando el ocaso de las horas

que se avecinaban en reposo itinerante

aproximándose a las olas.

La noche es plenitud

en la plaza

y el café Central queda

cerrando sus puertas.

La mirada me devuelve al límite de la noche

hasta donde no llega el olor del tronco reseco,

pues habrá de transitar derroteros de espuma

hasta sembrar una orilla de enredaderas.


Paloma Fernández Gomá es miembro de honor de la AEMLE (Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española) y fue asesora literaria del Instituto Transfronterizo del Estrecho de Gibraltar, hasta su cierre. En la actualidad es miembro de la Junta Directiva de la “Asociación de Críticos Literarios y Escritores de Andalucía”, y de la “Asociación Mujeres y Letras”, Barcelona y pertenece, entre otras entidades, a la “Fundación Al-Idrisi” de cooperación hispano marroquí.

Su poesía es calma y cuidada, con un constante juego de elegante adjetivación; construye versos medidos, premeditadamente musicales, que convierten su lectura en un auténtico placer, pero si, además, es Paloma quien los lee, los transforma. Ella sabe darles la entonación, la pausa, la cadencia oportuna, y aun cuando son excelentes sabe bien cómo enriquecerlos cuando los ofrece a su auditorio. Ese equilibrio que muestra en sus poesías lo traslado a su trato personal, siempre atenta, siempre deferente y colaboradora, una mujer generosa, con una curiosidad y una inquietud nunca saciadas.

LALLA MENANA (Patrona de Larache)

Permanece tu espacio en extrema quietud,

en él no habrá de saciar su sed el expolio;

allí reposan las alas de tu aliento

y tu nombre cubre la hierba amasada

de pretéritas mañanas, herencia

de la más extensa paz;

siempre plena y en cadencia

recorre el trayecto de celestes andaduras,

en pos de quimeras, que el viento trazara

en la membrana de aquellos días.

En el seno del estío, el oleaje

recibe tu eco más nítido,

Lalla Menana,

para surcar horizontes

y tender la mano.

Los poemas de «Ángeles del desierto» han sido musicalizados por nuestro común amigo el cantautor Ramón Tarrío, y el CD lleva este mismo título, y que os recomiendo. El enlace a su página web la tenéis en este mismo blog.

 

 Entre las obras de Paloma Fernández destacan: <Paisajes íntimos>, <Umbral de vigilia>, <Sonata floral,  que ha sido Premio de Poesía Victoria Kent en 1999, <Senderos de sirio> galardonada con el Premio de Poesía María Luisa García Sierra o <Cáliz amaranto>, finalista del Premio de la Crítica de Andalucía en 2005, además de la ya mencionada <Ángeles del desierto> entre otras. Coordinó el libro Arribar a la Bahía, encuentro de poetas en el 2000.

Paloma Fernández Gomá ha sido reconocida con la Mención Honorífica Extraordinaria de la Asociación de Mujeres Progresistas Victoria Kent de Algeciras por su labor intercultural y ha  recibido el Premio La Barraca de las Letras y el Teatro, concedido por la Diputación de Cádiz-Fundación Dos Orillas a su obra literaria y cultural.

Sergio Barce, febrero 2011

Etiquetado , , , , , , , , , ,

«MORO», UN RELATO DE SERGIO BARCE

Este relato lo escribí en julio de 2003, y forma parte de mi libro de cuentos Últimas noticias de Larache, Edit. Aljaima, Málaga, 2004. Lo cuelgo en el blog con algunas pequeñas modificaciones

   El Renault 10 de mi padre ya estaba listo a la puerta del edificio de la Unión Bancaria Hispano Marroquí, cargado hasta los topes, con toda una vida aprisionada en paquetes y en bolsas de plástico. Mi madre se había abrazado a Mina, que había pasado los últimos años con nosotros, y luego lo hizo con Pepita, la mujer de Manolo Álvarez. Yo me había sentado en los escalones de entrada al banco, que era además el edificio donde también vivíamos, en el segundo piso. Nos habíamos mudado allí después de muchos años en Mulay Ismail.

Con mi madre y mis hermanas Marisol y Mónica, a la puerta de nuestra casa, donde estaba también UNIBAN, hoy Banco de Marruecos, en Avenida Mohamed V

   De aquel día, sólo recuerdo que hubo mucho llanto y excesivas promesas. Mustapha, el chico que traía la compra de la Plaza, apareció a última hora con carne de cordero.

   -Ilispania carne no buena, Maru –le dijo a mi madre, como excusa para su regalo de despedida.

   -No podemos llevarla, Mustapha. Pero gracias. Quédatela tú.

   Luisito Velasco, Lotfi Barrada, César Fernández y Pablo Serrano estaban sentados a mi lado, en los escalones grises. Nos habíamos conjurado para escribirnos y volver a vernos muy pronto. Éramos excesivamente ingenuos. Creíamos controlar el tiempo, nuestros destinos y el de los demás. Nada sucedió como habíamos imaginado.

   Yo sentí un extraño desconsuelo, como si barruntara que todo iba a acabar ahí. Pensaba en Javier, y en Isabelita Matamala, que se habían marchado mucho antes, con los que también había hecho en su momento las mismas promesas y que nunca cumplimos. Sólo Luisito y Lotfi serían capaces de escribirme más tarde, aunque luego el tiempo se encargaría de diluir aquella hermandad presuntamente inquebrantable. A Pablo Serrano lo vi en Málaga una sola vez.

   Pablo, que era bastante bruto, fue el que menos habló entonces. Nuestras palabras se confundían en meandros esquivos, en frases huecas que sólo trataban de ahuyentar la ineludible despedida.

Junto a mi madre, con mi hermana en brazos, y Pepita Rodriguez y Miguel Álvarez. Apoyado sobre el Renault 10 de mis padres, matrícula de Larache

   Observábamos a mi padre tensar los ganchos del pulpo que sujetaba los bultos que iban en la baca del coche y descubríamos en su rostro una tensión árida y huidiza. Era como si no quisiera pensar demasiado en lo que hacía. Mi padre estaba a punto de dejar su pasado arrumbado en cada esquina de su pueblo, a punto de abandonar las huellas de su niñez en las callejuelas del barrio de Las Navas, a punto de soltar las amarras que aún lo ataban a las ilusiones de su juventud, a punto de separarse de los restos de una mujer indómita y única, los de su madre, mi abuela Salud, a punto, en fin, de embarcarnos a todos en el Ibn Battuta hacia un futuro incierto y demasiado lejano.

   Yo aún sentía un escalofrío en las entrañas, una especie de hielo incrustado en el estómago que me hacía tiritar. Lo había sentido desde que, la tarde antes, me había marchado con Luisito Velasco para pasar juntos las últimas horas en Larache. Engullí ese tiempo raquítico con la ansiedad del hambriento, con la gula del pecador más indecente, pero se me escapó por entre los dedos con la insolencia de las manecillas del reloj. Nada las puede detener.

   Habíamos dormido uno pegado al otro, y habíamos llorado durante una larga noche sin crepúsculo. Cada uno perdía la mitad de su alma infantil, y sufrimos el desgarro incruento de la separación, nosotros que habíamos crecido juntos. Y ambos comprendimos que las lágrimas, por muy abundantes que sean, no consiguen descifrar el inextricable significado del destino. Luisito  y yo habíamos sido uña y carne, más que hermanos, y sabíamos que nuestro pequeño mundo agonizaba, que nos alejábamos sin guardar la más mínima certeza de volver a vernos. Todo eso nos sumió, a la mañana siguiente, en un profundo silencio que no se quebró ni siquiera cuando fui a subirme al coche de mi padre.

   Seguía aún entre las ácidas ascuas de la noche, cuando, de pronto, apareció el susi del bacalito de al lado, con su babi azul y el mostacho trasquilado. Llevaba una pequeña bolsa de papel arrugada entre las manos. Se acercó a mi madre. Hablaron en voz baja. Vi que a ella comenzaba a traicionarle la amargura. Luego, los dos se giraron para mirarme con curiosidad. El susi se acercó a donde seguíamos sentados y me dio la bolsa de papel arrugado. Estaba llena de caramelos.

Avenida Mohamed V

   -Para ti, jay. Para el viaje, que es muy largo, por Dios.

   Yo continué allí sin moverme, no sé ni siquiera si le di las gracias. El susi se metió las manos en los bolsillos del babi azul, me dio la espalda, se despidió de mi padre y regresó al bacalito arrastrando los pies, pensativo. En ese instante, me di cuenta de que casi nadie de los que rodeaban a mis padres decía una palabra. Y, desde hacía unos minutos, los amigos se habían ido arremolinando alrededor del coche, como cobijando a mis padres con sus últimos abrazos.

   Me puse a pensar en Juan Yankovich, en Taha, en el hermano Espinosa, en Matilde, en José Gabriel, en Colomé, en los Sedeño, en Carlitos Tessainer, en Gabriela Grech, en la señorita Puri Paz, en Fatima, en Emilio Gallego, en Marina Gambero, en Javier Ruiz, en mi primo Antonio Abad… era un mar de nombres y de historias. En cuántos pensarían mis padres.

   -¿Y Silvana? –pregunté a Luís súbitamente, despabilando así de mi extraña ruta por esos nombres.

   -En su casa.

   Salí corriendo. Me metí en el callejón sin salida. Asía la bolsa de los caramelos con todas mis fuerzas. Corrí como si me empujara un viento iracundo hasta llegar a la casa de Silvana Fesser. Llamé a la puerta, con la respiración atolondrada y demasiado excitado como para recobrar el ritmo de mi corazón. Abrió su madre. Silvana no estaba allí, así que le di la bolsa de caramelos a aquella mujer que no entendía nada.

   -Dígale que es de mi parte –balbuceé con un leve temblor en la mandíbula. La mujer sonrió con una dulzura llena de conmiseración.

   Para cuando volví con mis amigos, el equipaje ya estaba fatalmente asegurado en la baca. Mis hermanas pequeñas estaban sentadas en el asiento de atrás del coche. En pocos minutos, todo comenzó a correr, a pasar ante mi vista con una especie de inusitada armonía. Manolo López Gambero, Abdelazziz Hakhdar, Manolo Alvarez, Juanito Vargas y los demás compañeros de trabajo volvían a abrazar, uno a uno, a mi atribulado padre. Mi madre, por su parte, se había aferrado a un pañuelo empapado de rocío que le servía, además, de refugio para ocultar su cara desencajada.

Sergio Barce y Antonio Abad, en el Balcón del Atlántico

   Algunas niñas aparecieron con Juan Carlos Palarea. Conchita Lama me miró con sus inmensos ojos aguamarina, como si fuese el último reflejo del Atlántico. En apenas un minuto, me vi al lado de mis hermanas metido en el coche, avanzando lentamente por la avenida Mohamed V. Sólo escuchaba el llanto reprimido de mi madre, el silencio sepulcral de mi padre, las voces que nos despedían a gritos y que se apagaban poco a poco a nuestras espaldas. Luisito se había quedado con el brazo medio encogido, dudando si yo conseguía verlo allí parado en el bordillo de la acera, entre tantos adultos que agitaban sus pañuelos enmudecidos. Pero sí, lo veía llorar desde mi miedo a la frontera, lo veía llorar solo, detrás de mis propias lágrimas.

   Mi padre aceleró. Fue un acto de rabia y de huida, pero también de valentía, y de temor a que le embargara el arrepentimiento. Pero ya todo estaba escrito y no había vuelta atrás. Había perdido de vista a Luisito. Pegué la frente contra el cristal, tembloroso y repentinamente acobardado.

   Al girar en Cuatro Caminos, la vi. Silvana caminaba al lado de su padre. Pegué mi cara aún más contra el cristal del coche. El vaho de mi respiración lo empañó hasta cubrir de una niebla imposible aquel rostro lleno de candor, de ojos celestes y suaves pómulos. La borré con mis ansias, con un garabato de aliento desesperado. Jamás volví a verla.

   El viaje hasta Tánger fue tan silencioso que duró un suspiro. Yo permanecí con la cabeza hundida entre los hombros hasta llegar al barco, como si me hubiese tragado la lengua. Todo quedaba lejos, así, sin más.

   Cuando veo a los emigrantes marroquíes viajar por las autovías en dirección a Algeciras, con todos esos bultos pertrechados en los maleteros y en las bacas de sus vehículos, no puedo evitar el ver de nuevo a mi familia en aquel Renault 10 amarillo, con matrícula de Larache, desembarcando en el mismo puerto de Algeciras al que ahora ellos se dirigen. No hay diferencia alguna. Todos viajamos con la misma memoria a nuestras espaldas.

   Pocos días después, ya en Málaga, asistí a mi primera clase en mi nuevo colegio. El profesor, un hermano marista al que apodaban El Pichi, me presentó de mala gana al resto de la clase. Me sentaron en un pupitre que había quedado vacío pocos días antes. Manolo Franquelo, mi compañero de mesa, me susurró que el niño que antes ocupaba mi sitio había muerto la semana anterior. Yo ahora ocupaba su ausencia.

   Entonces El Pichi se acercó a mí. Me ordenó que abriese el manual de inglés y que leyese un párrafo, un párrafo que me señaló con un dedo inquisitorial. Luego apoyó, de manera amenazadora, su puño cerrado en mi cabeza. Yo jamás había oído antes una palabra en inglés y, mucho menos, lo había visto escrito, porque en Marruecos sólo estudiábamos francés. De manera que comencé a leer. Imagino que pronuncié esas letras absurdas como mejor pude, quizá imitando el acento francés. El profesor no tardó en hacerme callar de inmediato dándome un coscorrón, que provocó el consiguiente alboroto de los chavales que se mofaron de mi ignorancia. Pese al dolor del golpe y al de la humillación pública, no me atreví a levantar la cabeza ni a quejarme, pero entonces él siseó para que le prestara atención.

Sergio Barce, con Rachid Serroujk

   -Así que no sabes leer este texto… –sus ojos pequeños y huidizos se achicaron, como si me escrutara para cerciorarse de que permanecía atento a su discurso. Se llevó las manos a la espalda, dio unos pasitos en la tarima, junto a su mesa, y entonces arrastró su siguiente palabra con un desprecio desconocido: Moro… Moro –repitió.

   Mi pupitre se agigantó, como engulléndome, y yo me convertí en un insignificante insecto, notando mis mejillas arder como ascuas. Por primera vez en mi vida me sentía solo, acobardado y extranjero.

   Permanecí encerrado en mi dormitorio durante toda la tarde. Mi habitación no tenía ventanas. Era un séptimo asediado por otros bloques de ladrillo visto y terrazas anónimas. Echaba de menos a Lotfi Barrada y a Juan Carlos Palarea y a Yankovich y a José Gabriel… Pero en ese instante, milagrosamente, mi paisaje se dibujó en el techo arrugado de la habitación. Tumbado boca arriba, mis ojos veían las callejuelas de mi pueblo, y recé con todas mis ansias para despertar de esa pesadilla, para despertar en la habitación de Luisito, para despertar donde nunca me habían humillado, donde siempre me había sentido seguro y feliz.

Sergio Barce

Etiquetado , , , , ,

LARACHE – Fotos 6

Abderrahamn, Sergio & Luis

Voy publicando en el blog noticias e informaciones sobre creadores larachenses, pero lo verdaderamente importante es su gente, la que aprecio, la que me hace sentir que pertenezco a un lugar realmente especial. Quienes van apareciendo en las fotografías tienen algún significado que traspasa la simple amistad, son como parte de mi familia. Como Abderrahman el Anjeri, una persona tan excepcional como entrañable, una persona comprometida, y Luis Velasco, Luisito, es mi hermano, tan simple como eso.

Con mi madre, Maria Gallardo, y mi segunda madre, Rashida

Rashida es mi segunda madre, le encanta que se lo diga, y es verdad. Mi madre, María Gallardo, sigue yendo y viniendo de Larache en cuanto tiene un hueco. Tiene la excusa perfecta: voy a ir, vaya a ser que sea mi último viaje… Con esto ha conseguido ir a Larache cada dos meses en los últimos dos años…

RAYAN

Rayan es el futuro. Si como parece hereda los genes de sus padres, Hanan y Faris,veremos crecer a una persona honesta y cariñosa, tal vez herede la bondad de su padre y la generosidad y belleza de su madre (aunque eso ya se veía al poco de nacer).

MARIA, LOLA, ANGELES Y CHONI

María, Lola, Ángeles y Choni comprando especias en Larache… Menudo grupo. Las risas estallaban por donde aparecían. La felicidad les transpiraba, sólo hay que verlas en esta imagen. La verdad es que era fácil caer ante sus encantos… Y aunque nos falta María, todos sabemos que sigue en Larache, a donde, cumpliendo su último sueño, Ángeles y Cristóbal la llevaron de regreso.

Y Zohra el Guennouni es otra flor larachense, una luchadora incansable porque no se pierda la esencia de la ciudad. Ella, sus hermanos Ahmed y Mohammed, y su marido Alberto, otro pequeño grupo entrañable.

Etiquetado ,

GABRIELA GRECH, fotógrafa larachense, en Televisión Española

Gabriela Grech

Se emitió ayer, 30 de enero, el programa TV Española «Shalom», donde se habla de los judíos de Marruecos. Interviene en él Gabriela Grech, fotógrafa larachense de la que ya se ha colgado en este blog parte de su trabajo. En el programa se ven sus fotografías, tanto de Larache como las que hizo a Curro en la Casa de España. Muy emotivo, seguro que gustará a los paisanos que les recuerdan. Gabriela resalta en su intervención la composición que hizo con imágenes de las lápidas de los cementerios cristiano, hebreo y musulmán de Larache, y subrayó la convivencia pacífica que tanto nos enriqueció a todos.      Sergio Barce

Para ver este programa, cuya duración es de apenas 15 minutos (Gabriela aparece a partir del minuto 6 aproximadamente), podéis hacerlo en el siguiente enlace:

http://www.rtve.es/mediateca/videos/20110130/shalom-encuentro-hispano-marroqui/1001475.shtml

Etiquetado , , , , , , ,