Leyendo los ensayos del último número de la revista Dos Orillas, en la que participo, y de la que daba cuenta días atrás, me topé con un exhaustivo estudio del historiador e investigador Antonio Bravo Nieto, titulado Una guía desconocida de la ciudad de Tetuán: El Tetuán artístico y pintoresco de Juan Beigbeder y Antonio Got.
Y me di cuenta de que hacía mucho que no nos escribíamos. En su día, fue muy generoso al enviarme planos, fotos y documentación relacionada con edificios de Larache, que conoce en profundidad, y que se pueden consultar y ver en este mismo blog. De pronto me vino a la memoria un correo que me envió en mayo de 2013 en el que me contaba, detallada y exquisitamente, qué sensaciones le habían causado mis novelas Sombras en sepia y Una sirena se ahogó en Larache, que le había hecho llegar por entonces. Y al releerlo, le escribí y le pedí permiso para ponerlo aquí, a lo que ha accedido.
ANTONIO BRAVO NIETO – foto sur.es
De lo que me escribía por entonces, me llamó poderosamente la atención que mis novelas hubieran sido capaces de atrapar a un lector tan contumaz y voraz, y quizá por eso agradecí tanto sus palabras y que ahora comparto con todos. Esta mañana han salido para Melilla mis dos últimas obras: El libro de las palabras robadas y Paseando por el Zoco Chico, Larachensemente. Sólo espero que le causen el mismo efecto.
Para quienes no lo conozcan, Antonio Bravo Nieto es Doctor en Historia del Arte, académico correspondiente de las reales academias de Bellas Artes de San Fernando, de la Historia y de Bellas Artes de San Telmo, siendo nombrado Cronista Oficial de la Ciudad Autónoma de Melilla en 2004) Ha colaborado en diferentes proyectos de investigación con varias universidades e instituciones: UNED, Universidad de Málaga, Escuela Nacional de Arquitectura de Tetuán, Estudios Melillenses e Instituto de Cultura Mediterránea. También ha formado parte de varios grupos de investigación: del Proyecto Patrimoines Partagés (proyecto Euromed Heritage de la Unión Europea), de Modern architecture in the mediterranean sources, characterization, preservation, y de Architecture Beyond (proyecto COST). http://www.architecturebeyond.eu/ Ha recibido varios premios de investigación y un diploma Europa Nostra por sus trabajos relacionados con la restauración del patrimonio, habiendo desarrollado investigaciones sobre la arquitectura de los siglos XIX y XX, la arquitectura militar y fortificaciones en la Edad Moderna y la historia de Melilla y el norte de África en general. En fin, que una persona con su currículum dedique su tiempo a leer mis novelas es para sentirse satisfecho. Sergio Barce, octubre 2014
Estimado amigo Sergio
Cuando uno se dedica a leer no por placer, sino por trabajo, que es mi caso, llega un momento que sólo devoras libros de ensayo y de los temas que se supone te «interesan» profesionalmente. El placer lo vas dejando y dejando y al final ya casi ni guardas tiempo para leer por el gusto de leer. Yo te confieso que estoy alineado en el primer «tipo» y sólo hago incursiones rápidas y concretas cuando mi mujer me recomienda alguna de las muchísimas novelas que lee.
Atrás queda mi imagen de lector compulsivo, capaz de tragarse El Señor de los Anillos en dos días de lectura de casi 20 horas diarias (dos días de desaparición física y mental), y todavía me asombro cuando lo recuerdo.
Esto, para decirte que esperaba un momento adecuado para leer tus novelas. Tenía que ser algo especial para que nada me interrumpiese. Y la excusa perfecta ha sido un viaje que inicié el día 23 a Ginebra (un Congreso tedioso y gris, como la ciudad), en cuyas idas y vueltas, y en los ratos de hotel, tenía pensado empezar a leer tus obras.
Comencé por Sombras en Sepia. Lo abrí en el avión de Melilla el 23, y me enganchó totalmente. Lo terminé el viernes 24. De esta novela me gustó la forma en la que afrontas el retorno a Larache y también la actitud personal ante el tema inmigratorio, sin contar la forma en la que el protagonista inicia la búsqueda. Hubo para mí momentos de intensidad como cuando se conocen Abel y Samir, y la forma que tienes de narrar la amargura de una ciudad que fue y ya no existe me emocionó. Yo también he visto evolucionar a Larache desde el año 1990. No sé si te conté que la primera vez que estuve en Larache fue ese año. Me acababa de casar y conseguí convencer a mi mujer para hacer un viaje por todo el norte de Marruecos en coche. No había investigado aún nada sobre estas ciudades, pero algo me atraía de ellas por las narraciones de personas mayores que vivieron esa época y por los libros que había podido encontrar. El viaje, enero de 1990, representó la firme decisión de volcar parte de mi trabajo en esa zona, por lo que es fácil adivinar que me atrapó totalmente. La entrada a Larache fue muy sugestiva (o casi tópica), porque veníamos desde el Sur y recalamos, como no, en la inefable Casa de España, donde al sentarnos con un Bon Jour y prepararnos para pedir el socorrido «Sole Menier «, se nos acercó un camarero (que luego supimos que llamaban Pelé) con una chaqueta de un verde fosforescente rabioso y nos dijo: «¿Qué van a tomar los señores, una San Miguel?” …entonces ya pudimos entender una cosa: habíamos llegado a casa. La ciudad nos encantó, pasearla y vivirla varios días de estancia en el entonces más que decrépito palacio de la duquesa de Guisa. Luego Tetuán y Tánger fueron otra cosa, otras vivencias y otros impactos, pero Larache siempre se nos quedó grabado en los paseos nocturnos que hacíamos por la medina, bajando al puerto, y verla ir empeorando año tras año no deja de producirnos una gran tristeza.
Y luego las aventuras de Tami (Una sirena se ahogó en Larache) la inicié el viernes 24 y la he terminado hoy en el avión Ginebra-Málaga, hacia las 9 de la mañana. Estos benditos viajes de trabajo que me han hecho levantar a las 3 de la mañana pero que me permiten volcar las horas que sean necesarias para leer una novela. Aquí vuelves a la ciudad, pero de una forma más poética porque los sueños del niño se mezclan de una forma extraordinaria con un entorno hostil pero al mismo tiempo amable: Tami tiene ángeles y demonios en su vida, como todos, pero él en su corta experiencia ya va determinando qué tipo de vida será la que pudiera vivir, si se le permite hacerlo, claro. Te felicito por tu compromiso social que está desnudo en tus dos obras, y casi te agradezco que el pederasta de la novela se llame Pierre y no Pedro, cosa que en estos momentos de falta de optimismo nacional casi no te hubiera perdonado. Al final con esta obra me pasa como con La Vida Perra de Juanita Narboni (verdadero motivo de mi primera visita a Tánger en ese recordado 1990). En ambas tuve la añoranza posterior de haberme hecho un croquis geográfico de las andanzas de Tami por una ciudad viva, y en permanente transformación: las idas y venidas, que en el caso de Larache también deberían haber incorporado un plano de secciones por las terribles pendientes.
Te acercas a Larache mediante la elaboración de tus recuerdos y la búsqueda de la realidad. Yo me acerqué mediante la búsqueda documental, más como investigador, pero en el fondo mi Larache también es una creación en la que encajan perfectamente edificios con nombres de autores, épocas, planes de organización y que siento como mía de alguna manera. Esto lo comparto con otras ciudades, Melilla por supuesto, y sobre todo Tetuán, y Tánger, cosa que no he conseguido nunca en las otras ciudades españolas que conozco y donde he vivido como Málaga, Badajoz y Oviedo.
Me temo que soy un norteafricano compulsivo, y que mi vida y mi casa están de este lado del océano. Tal vez se me ocurre que Melilla tendría que ser también objeto de tu curiosidad y dedicarle una de tus novelas, seguro que eres capaz lo que tantos pretenden y no consiguen nunca: llegar a su verdadero espíritu.
Quiero agradecerte que hayas convertido este gris viaje ginebrino en una suma de sentimientos tan reales y tan intensos. Mi sincera enhorabuena y muchos ánimos para seguir contándonos a tu forma ese tiempo que ya no existe pero que sigue presente en nosotros.
Mamy Blue es uno de los relatos que forman parte de mi nuevo libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Jam Ediciones – Generación Bibliocafé – Valencia, 2014). Y es una pequeña historia de esas que, de tarde en tarde, te trae de regreso la memoria, inesperadamente.
Sergio Barce, septiembre 2014
Este es el enlace para escuchar el tema musical que da título al relato:
Mamy Blue
Recuerdo que un día me quedé pegado al escaparate del Bazar Eléctrico, el que estaba en la avenida Hassan II, junto a la tienda del susi que hacía esquina con la calle Cervantes. Me había quedado allí mirando la portada del disco de los Pop Tops. El disco de 45 rpm se exhibía en el escaparate de la izquierda, entre aparatos y componentes eléctricos, que era lo que realmente vendían allí, como una especie de extraño pájaro tropical que menudeara por entre cardos y chumberas. Los Pop Tops estaban liderados por Phil Trimm, y el grupo lo formaban siete miembros, con el aspecto típico de la época, medio hippies, flower power, con melenas, vistiendo, como tenía que ser, pantalones campana bien ajustados y camisas de cuello alado y floreadas, y a veces con un chaleco abierto. El disco en cuestión contenía la canción que se escuchaba entonces por todas partes: Mamy Blue. Y yo quería ese disco.
Acabó por aparecer por mi casa, pero no sé si lo compró mi padre, lo que dudo, porque a él le gustaban Paul Anka y Elvis, y también Frank Sinatra, o conseguí que me lo regalasen, lo que ahora me parece incluso sorprendente. Fuera como fuese, la canción estaba en el aire, y en Larache se escuchaba en el Casino, y escapaba de los tocadiscos y de las radios por las ventanas de las casas.
Tengo la imagen de Phil Trimm, con un pañuelo anudado a la frente, sus dientes separados, rodeado de aquel numeroso grupo de los Pop Tops, enmarcados en la pantalla de la televisión, en blanco y negro, como si el mundo, más allá de Larache, fuese gris.
Es curioso, pero asocio rápidamente Mamy Blue con Los invencibles de Némesis, y con Los intocables, El Santo, Misión: Imposible, Los vengadores, Jim West, El gran Chaparral… Blanco y negro también (en la pantalla de nuestro televisor, claro), pero un blanco y negro que era pura fantasía, acción, aventura, con bandas sonoras inolvidables, y con actores memorables e irrepetibles. Pero, por encima de todos, la asocio con Napoleón Solo e Illya Kuryakin, es decir, con Los agentes de Cipol. Y no me pregunten por qué.
Me tiraba al suelo, bajo la mesa de madera del salón, y desde allí veía a mis héroes. Soñaba con ser Kuryakin. Me gustaba su nombre. Sonaba enigmático, a algo lejano. Illya Kuryakin bajo las órdenes de Alexander Waverly. Yo entonces tenía el cabello rubio y lacio, como Kuryakin. Por eso pensaba que podía ser él.
Entonces era todo muy pop: James Bond y las chicas Bond, Raquel Welch, Barbarella, Julie Christie, The Beatles y el submarino amarillo, el Fantomas de los sesenta, Modesty Blaise… Los bailes de disfraces en el Casino se impregnaban de todos estos iconos y de otros muchos. Y Mamy Blue sonando en el tocadiscos, que llamábamos «picú».
«Oh, Mamy, oh, Mamy, Mamy Blue, oh, Mamy Blue…».
También las chicas de Larache eran muy pops. Llevaban faldas muy cortas y felpas anchas. Ya fuesen cristianas, hebreas o musulmanas. La palma se la llevaba una chica que se llamaba Salwa. Era de película. Y yo la seguía muchas veces por la calle, a cierta distancia, disimulando, como si llevara el mismo camino que ella.
Recuerdo las piernas espectaculares de aquellas chicas. Las había realmente preciosas. Pero esas jóvenes, las de la generación de Marisa Fernández Carrillo, Marilé Yepes o María Ortega Ayllón, eran algo mayores que yo (en la niñez, la diferencia de edad parece abismal), y, por tanto, inaccesibles. Yo solo era un niño comparado con ellas, que ya comenzaban a tontear. Me conformaba entonces con levantarles las faldas a las niñas de mi edad, en el patio del colegio Santa Isabel.
Pero era Marisa Alguacil la que me dejaba con la boca abierta. También era mayor que yo. Prima de mi madre, vivió en nuestra casa de Mulay Ismail una corta temporada. Venía de Alcazarquivir, y tuvo que pasar en Larache un tiempo, que se hizo corto. Dice mi madre que solo tenía ojos para Marisa, que me la quedaba mirando embobado, sin abrir la boca, y hasta demoraba el bajar a la calle para jugar con mis amigos Javi Ruiz y Juan Carlos Fernández, que me esperaban con inusitada paciencia en los jardines del Balcón. Yo quería esconderme en los ojos claros de Marisa.
Las niñas de mi niñez: Silvana Fesser, Matilde López Quesada, Amina, Fatima el Bouthoury, Conchi Lama, Yamila Yacobi, Pepona, Gabriela Grech… Me peleé con mi amigo José Gabriel por culpa de Silvana, por un beso en la mejilla que le dio a él y no a mí. Y eso que yo era Illya Kuryakin, que incluso algunos me apodaban Django. Pero José Gabriel era más alto e, incluso, más rubio. Me venció en ese duelo.
Pero he de confesar que Mamy Blue sonaba de otra manera con Fatimita. Fatimita era una chica que trabajó una temporada en nuestra siguiente casa, a la que nos mudamos en la avenida Mohamed V, en el edificio de Uniban. Ayudaba a mi madre con los quehaceres del hogar. Ya éramos tres hermanos: dos niñas y yo (y faltaban por llegar otras dos niñas más). Así que había faena en la casa.
Fatimita era delgada, fibrosa, de piel canela, muy guapa y muy alegre. Podría ser cuatro años mayor que yo, es decir, ella tendría entonces unos quince. Me acuerdo que me agazapaba en el pasillo, vigilándola mientras ella alisaba las sábanas de las camas, y cuando estaba más inclinada, sin posibilidad de que pudiera reaccionar, entraba en la habitación a la carrera y me echaba encima suya, por sorpresa, derribándola sobre el colchón, y entonces le hacía cosquillas. Confieso, sí, confieso que aprovechaba para hacer rápidas exploraciones por su cuerpo, que no era como el mío. Y yo quería descubrir lo que imaginaba, o lo que había visto en alguna película francesa. Ella no paraba de reírse, y cuando lo decidía se zafaba de mí sin mucho esfuerzo, hasta con elegancia. Cuando la tenía bajo mi cuerpo me gustaba verla carcajeándose; exudaba una alegría que no he vuelto a ver, como si ningún problema pudiera acecharla en toda su vida. También me gustaban sus dientes, blancos y alineados, con una rara perfección natural, que parecían brillar al asomar entre sus preciosos labios.
Fatimita siempre llevaba su pelo recogido bajo un pañuelo, que, a veces, en el forcejeo, yo le quitaba. Ella, como siempre, se reía. Volvía a ponérselo, y safi. Creo que ella se divertía con ese mocoso que era yo entonces, barruntándose sin duda mis verdaderas intenciones, que debían ser las mismas que las de todos los niños de mi edad. Las mujeres siempre han madurado antes, ya lo sabemos.
Aún me llega el eco de sus carcajadas, descontrolada cuando las cosquillas la vencían, y también el fulgor irrepetible de su sonrisa fresca y cándida.
Pero volvamos a mi confesión de antes: que Mamy Blue sonaba de otra manera con Fatimita. Y eso es verdad. Porque lo que ocurría es que Fatimita sobresaltaba a toda la familia cuando, mientras limpiaba el polvo o ponía orden en el salón, de pronto, de improviso, se acercaba al tocadiscos, levantaba el brazo y lo dejaba caer, y la aguja se estrellaba contra el vinilo, que había comenzado a girar. La canción saltaba al aire con un gruñido previo que nos hacía dar un respingo o un salto. A Fatimita le encantaba Mamy Blue, que tarareaba mientras fregaba el suelo, de rodillas, como se hacía entonces, y yo volvía a espiarla, pero supongo que en esos instantes se me caería la baba, atontado: allí estaba, trabajando, pero moviendo el culo suavemente, al compás de la música, y yo le clavaba las pupilas como si descubriera un milagro.
Fatimita pronunciaba Mamy Blue con tal suavidad que parecía que acariciara las palabras. Los labios se convertían en un corazón. Y cuando la canción acababa, yo me lanzaba sobre ella como una red, atrapándola, y su risa inundaba todo el corredor… Se llamaba Fatimita, y, mientras fregaba, bailaba suavemente Mamy Blue. Y ella me hipnotizaba.
Cuando se publicó Sombras en sepia en 2006, recuerdo que el poeta Salvador López Becerra me confesó que se había leído la novela de un tirón, en una noche, porque no había podido dejarla. Y añadió: tu narrativa es poética. Confieso que me encantó este comentario.
El pasado julio, años después de aquello, otro poeta, el profesor José Luís Pérez Fuillerat, me envió una extensa reseña escrita a vuela pluma tras leer el mismo libro, mi novela Sombras en sepia. Y me parece que algo hay de común en lo que ambos poetas descubrieron en sus páginas.
Leer las palabras de José Luís Pérez, ha sido como volver a escuchar hablar de algo muy querido que queda ya atrás, entre sombras descoloridas; esa es la sensación cuando alguien me comenta sus impresiones sobre mis anteriores libros. Pero siendo José Luis Pérez Fuillerat un escritor consagrado y un lector voraz, sus palabras no me han dejado indiferente.
Jose Luis Pérez Fuillerat
José Luis Pérez Fuillerat es autor de los libros de poemas Íntimo (1991), Versos de entrega (1994), Zona marítima (2012), Refugio de imposibles (2012) y Caleidoscopio interior (2013), y próximamente aparecerá su libro de cuentos Relatos vinculantes.
Sergio Barce, septiembre 2014
Acabo de leer Sombras en sepia, del escritor Sergio Barce Gallardo, premiada en el I Certamen de Novela “Murcia Tres Culturas”, en 2006.
Si hay que detener su lectura es solo para beber agua, respirar hondo o tomar un lápiz para anotar algo al margen de la página leída.
Creo que, además de ser una “novela contemporánea”, es la novela del autor. Autodiegética, es decir casi enteramente autobiográfica, con la excepción de la trama, la relación entre los actantes, Abel Egea, Nadja y el casi fantasmal Mustapha, incómodo para un lector sensible. Realista desde luego, pues el final no podía ser de otra manera en un tiempo actual. El lector sabe ya, mediante una prolepsis descrita en dos páginas y media (págs. 200-202), cuál es el final en la relación Abel, setentón, y Nadja, joven marroquí de 17 años junto a su hijito Zacarías. Por lo tanto, lo interesante de toda esta novela está en la emoción que suscita en el lector al identificarse, ineludiblemente, con los sucesivos “juegos” nostálgicos del Larache de su niñez y juventud, hábilmente descritos por el narrador, como enzerani convencido, desde una perspectiva espacial malagueña (citas de El Palo, el mercadillo del barrio de Huelin, calle Héroes de Sostoa, carretera de Cádiz…) y temporal, de añoranza de esos años de adolescencia.
Nadja y Tlata de Reixana, el pequeño pueblo de la joven, a pocos kilómetros de Larache, “pequeño paraíso que dio cobijo a la familia Egea”, son en realidad el alma del autor (fautor, que diría Oscar Tacca), con las vivencias más enraizadas en esa ciudad marroquí donde vivió con su familia hasta cumplir los 13 años (“-Vengo de Málaga, pero viví aquí muchos años. No sé si me creerá, pero siempre digo que soy de Larache. Aquí es donde fui realmente feliz” – pág. 49).
Como lector identificado con el tema, la trama y su desarrollo, me atreveré a comentar algunos aspectos que me han dejado “enganchado” a esta novela, mezcla de tradición barojo-galdosiana (nada de experimentación, por otra parte innecesaria) y novedosa en cuanto a su episódica forma de estructurarla, el juego de avance-retroceso que te hace contemplador continuo y enamorado de esa aparente realidad de lo narrado. Nunca confundido. Siempre paseando por las calles descritas, estrechando la mano de los mismos amigos, incluso participando del temblor del erotismo contenido del actante-sujeto, Abel Egea.
Cito numéricamente:
1. El pasado es siempre prólogo imborrable. De ahí que la nostalgia sea el leit motiv de la novela.
2. Es la nostalgia de un jubilado, viudo y con una sola hija, que verá convertida la monotonía propia de ese estado en una peripecia digna de ser vivida (y contada): el encuentro con una joven inmigrante en una playa de Málaga, cuando “un cielo azul profundo ametrallado de diminutas estrellas” le hizo abrir los ojos.
3. Ojos abiertos para inmiscuirse en una vida ajena, y soñar con una nueva familia, menos (o quizás, más) buscada (soñada).
4. Esta es la diégesis de la novela: voces de personajes, espacios, tiempos y sucesos son tan verosímiles que transportan al lector a un mundo y una sociedad cercanos.
5. El mundo de la emigración. Pero el deseo siempre presente de tener que volver al origen. Ese mismo deseo que se instala en Nadja al responder a la llamada del marido, Mustapha, y la necesidad de “volver” a las vivencias inolvidables del pasado en Larache, tal como confiesa el narrador constantemente.
6. El tema de la hospitalidad entre los habitantes de Tlata de Reixana y Larache es el símbolo de la buena convivencia entre las tres culturas: «-Yo soy Samir- le estrechó la mano apretándola con fuerza-. Ahora te vas a cambiar, te vas a poner una chilaba y vas a comer en casa» (pág. 47). “Aquí en Larache vivimos las tres culturas sin problema alguno» (pág. 55). También en el recuerdo de la relación tan cordial entre un cristiano, Abelardo Egea, padre de Abel, con un musulmán, Mustapha Ben Laabi y un judío, Jacobbi Cohen.
7. Aquí tenemos uno de los resultados de la lectura de esta novela: la catarsis que produce en el lector, obligándole a superar tópicos xenófobos. Curiosa la definición que se hace de Suecia, como una casa de locos, donde vive su hija.
8. Pero quizás lo que más sorprende sea la relación entre el anciano Abel y la jovencita inmigrante marroquí, Nadja. Nada que se parezca a la Lolita de Nabokov. Pero nada hay más hermoso que el pasaje de erotismo contenido de la pág. 189-190, interrumpido por el llanto del niño Zacarías. Y sobre todo en la pág. 215, cuando Abel “quería sentir su agitación (la de Nadja), su ansiedad vibrante y emocionada…” que a este lector le recuerda los versos del poeta sufí, Ben Farach, de Jaén (s. X) cuando dice en su poema “Castidad”:
“Y pasé con ella la noche / como el pequeño camello sediento al que el bozal impide mamar […,] que no soy como las bestias abandonadas / que toman los jardines como pasto».
9. Detalles importantes de narrador total son los relatos intercalados: el ahogamiento del nieto de la Motrilica; el recuerdo de los años vividos y disfrutados con su mujer, Carlota; la relación entre David y Lidia, sus fieles amigos; la historia del Monstruo, que solo era un pobre infeliz, llamado Eneas Martín Jiménez, que trabajaba como mulero para la legión….
10. En definitiva: una galería de varias estancias formadas por un gran cuadro de entrada y varios aguafuertes intercalados, plenos de colorido, de lenguaje kinésico y, sobre todo, de un hondo y sincero sentimiento nostálgico, desde una realidad esperanzada: “Las nubes grises iban quedando atrás y, a cada metro que avanzaba, el día se hacía más celeste…”
Un lector que ha disfrutado con esta novela:
José Luis Pérez Fuillerat Málaga, 15 de julio de 2014
Este pequeño fragmento sobre su paso por Larache pertenece a la crónica de viaje escrita por el cónsul de España en Mogador, José Álvarez Pérez, que editó, bajo el título de El país del misterio, Eduardo de Medina en Madrid, en 1877.
José Pérez Álvarez, entre otros cargos, fue vicecónsul en Casablanca, Civitavecchia y Túnez, y ascendió a cónsul en Portugal, de donde fue cesado, y ya en 1873 pasa a ser cónsul en Mogador hasta 1879, cuando es destinado a Singapur.
Pero hay que destacar la labor de Álvarez Pérez como escritor, aventurero y viajero. Escribió varias obras sobre la realidad marroquí, siempre desde su cargo de cónsul, como Mogador: memorias comerciales redactadas por el cuerpo consular de España en el extranjero, en 1877, y también narraciones y libros de viajes, como el mencionado El país del misterio y el titulado Las cacerías en Marruecos: aventuras auténticas de un español. También publicó dibujos en varias revistas.
El profesor larachense Mohamed Laabi recogió igualmente el texto sobre Larache en su libro Viajes a Larache: Antología de los viajeros españoles a Larache (Litograf, Tánger, 2007).
LARACHE, AÑO 1875: UNA BODA HEBREA
Por el cónsul José Álvarez Pérez
Aun cuando no lo parezca a primera vista, Larache tiene pretensiones de ser el puerto militar del Imperio, y su entrada está defendida por 22 cañones, repartidos en dos baterías, situadas sobre la punta en que está construida la ciudad; pero su principal defensa consiste en la barra, que no permite el paso sino a buques de pequeño calado, pues durante la bajamar, apenas sí se encuentra un metro de agua.
Aun cuando está asentada en una fértil comarca por causa de su barra, cerrada como todas las del litoral marroquí, es un mercado secundario para la exportación y la importación, saliendo sólo algunos granos y lanas en cambio de los artículos de Europa que necesitan para su consumo.
Acuden a su puerto muchos barcos portugueses de la provincia del Algarbe y muchos españoles de Huelva, Ayamonte y Cádiz, que van a pescar en lo que ellos llaman “mar de Larache”, y hacen escala en este puerto para refrescar sus víveres, hacer aguada y dedicarse un poco al contrabando. El que suelen hacer en este puerto y en Tánger, aunque en corta escala, porque la índole del negocio no sufriría más, es en la moneda de cobre marroquí que cambian por plata e introducen luego en España, donde, a despecho de la razón y de la autoridad, circulan los ochavos morunos. En la plaza corren también las pesetas españolas, pero sólo para el gasto ordinario de las casas y en el comercio al menudeo, y aun así con exclusión de las gastadas, horadadas, isabelinas, y las acuñadas después de la revolución, que no tienen curso. La población de Larache es bastante regular para lo que, en general, son los marroquíes, pero carece de animación, y si no tuviera el ameno campo que la rodea, sería insoportable.
Según he podido averiguar, debe su fundación a los beréberes, que levantaron sus murallas a cuatro kilómetros al Nordeste de la actual ciudad. Con el nombre de Lixus sufrió todas las vicisitudes que sus vecinas de África, y como ellas, pasó a poder de los árabes, a los que se la arrebataron los portugueses en 1504, recobrándola los moros diez años después. Muerto Muley Hamlet (Ahmed Eddahbi), el 14 de agosto de 1603, dividió su reino entre sus cinco hijos, por cuya causa se encendió la guerra civil en sus Estados, viviendo Muley Chekg (Chaij) a España a solicitar el apoyo que Felipe III le accede en cambio de la fortaleza de Larache, cuyas fortificaciones se aumentaron y repararon, según reza en una lápida que en las citadas murallas aún hoy se conserva. Algunos años después, Muley Ismail, auxiliado por cinco fragatas francesas, sitió la plaza, y aunque tuvieron que retirarse, la penuria y decadencia en que había caído nuestra patria durante el reinado del débil Carlos II, obligó a sus defensores a rendirse al siguiente año, después de sufrir un apretado cerco de cinco meses sin recibir ningún socorro. Desde entonces, y salvo una algarada que contra la ciudad hicieron los franceses en 1765, no registra la historia sucesos más notables que una desgraciada expedición austríaca en 1830 y el bombardeo que le hizo la escuadra española el 25 de febrero de 1860.
1860: el buque Isabel II bombardeando Larache
Aquí hablan todos el español, y la gente es tan amable que, apenas llegué, trabé relaciones con algunas de las principales familias indígenas. Una de ellas, hebrea por cierto, me convidó a una fiesta que celebraba con motivo del casamiento de una hija, y como la ceremonia no deja de ser curiosa, voy a dar a usted una ligera idea de ella antes de concluir esta crónica.
El matrimonio entre los hebreos marroquíes, al par de ser una cosa muy seria, porque las ceremonias duran nada menos que ocho días, agradaría en extremo a nuestro apóstol del amor libre, la célebre Guillermina Rojas, por la facilidad con que se disuelven, quedando los ex cónyuges en disposición de contraer nuevos lazos. Cuando un judío quiere casarse, encarga a dos de sus parientes o amigos que arreglen el asunto, y cuando ya se han convenido en la cuestión metálica, que para ellos es la esencial, acude a la sinagoga con el padre de la novia, y cogiendo los dos la falda de la hopalanda del sabio (rabino), juran, el suegro dar su hija al pretendiente, y éste aceptarla por esposa. Estos son los esponsales, y el que falte a su juramento paga una multa que de antemano se fija. Pasado un año, con gran pompa y acompañamiento de músicos y bailarines, que danzan llevando sobre la cabeza una bandeja llena de tazas, los deudos de la novia la lleva lujosamente vestida al baño público y la sumergen en el agua mientras rezan una corta oración, dando a esta ceremonia una gran importancia, porque si flota sobre el agua un solo cabello, o no está bien cubierta la más pequeña parte del cuerpo, es señal segura de que el matrimonio será desgraciado. Del baño, siempre con la misma solemnidad y con agudísimos y estridentes gritos que lanzan los acompañantes, se dirige la comitiva a la casa del futuro esposo que a la puerta espera rodeado de sus amigos y parientes. Uno de estos ofrece a la novia un vaso de agua, que debe arrojar con toda su fuerza después de haber bebido. En el baño se puede saber a punto fijo el grado de felicidad de los que van a casarse, y por los pedazos en los que se rompe el vaso se computan los hijos que ha de tener el matrimonio. Una vez dentro de la casa, sientan a la novia en un trono que llaman Tálamo, como nosotros al lecho nupcial, y allí, cubierta de pies a cabeza con un tupido velo, permanece inmóvil mientras los convidados comen y beben en grandes mesas dispuestas al efecto y servidas por los padres y parientes de los novios. Terminada la fiesta, que se prolonga hasta las altas horas de la noche, se retira la concurrencia, levantan a la novia del Tálamo y duermen con ella dos de sus más cercanas parientes, repitiéndose esto por espacio de siete días. El octavo tiene lugar la bendición, a la cual asistí.
Como los anteriores, se inauguró por una orgía presidida por la novia, cuya obligada inmovilidad me hacía sufrir, considerando lo que ella habría padecido en aquellos ocho días. Cuando ya el apetito de los convidados estuvo satisfecho, se levantó el sabio, que a causa de las frecuentes libaciones no se podía mantener en perfecto equilibrio, cogió el libro de la ley, y con torpe voz y en un español anterior al que en tiempos de don Pelayo debía hablarse en nuestra patria, nos leyó el contrato matrimonial y los deberes que el nuevo estado imponía a los cónyuges. Murmurando en hebreo varias oraciones, puso en manos de los novios dos anillos consagrados, y haciéndose servir un vaso de vino aguado, en el cual bebieron él y los novios, terminó diciendo:
-Quedáis legalmente unidos según los ritos y ceremonias prescritas por nuestros santos sabios de Castilla.
Hecho esto, bajó la novia del Tálamo y empezó el baile, que es obligatorio para los convidados, echando el bailarín, en una bandeja que le presentó la novia, cinco monedas. La ofrenda puede ser en oro, plata o cobre, pero las monedas han de ser cinco, porque este número es cabalístico y libra el mal de ojo. El producto de esta cuestación pertenece al sabio (rabino). En todos los países, después que el sacerdote ha echado la bendición a los esposos, todo el mundo se esquiva prudentemente, dejándolos entregados a su felicidad, pero los hebreos no lo hacen así. Concluido el baile, recoge el sabio (rabino) sus honorarios, y las muchachas que acompañan a la novia la llevan en triunfo a la cámara nupcial, adonde la sigue el novio en hombros de los jóvenes de su edad, quedándose todos a la puerta, a la cual no cesan de llamar diciendo chistes de todos los colores. Al cabo de un rato, la alcoba se abre, y la madre de la novia expone al público ciertas prendas interiores, por las cuales quedamos todos convencidos de que la virtud de la joven no había sufrido ningún tropiezo antes del matrimonio.
¿No es verdad que todo esto es muy curioso? Lo cierto es que aquella escena me impresionó bastante; toda la noche estuve pensando en la novia, y aún ahora me parece verla con su rica falda de brocado de oro, que tan bien dibujaba sus formas, aumentando su mérito con el encanto de lo misterioso, con su esbelto talle ceñido con una rica faja de seda listada de oro, asomando por bajo una marlota de terciopelo bordado de oro y piedras preciosas, y su linda cabeza, con sus negros ojos y ondeado cabello, que resaltaban con extraordinario vigor sobre su cutis blanco y transparente.
El 25 de julio de 1875, al rayar el alba, salí de Larache, y ayer 24, a eso de las dos o las tres de la tarde, eché pie a tierra en esta ciudad. Eso quiere decir que pasé pocas horas en la ciudad del Lucus, pero fructíferas.
Salí de Larache al amanecer, atravesando lindas y fértiles vegas, dirigiéndome hacia Mehdía…