“DUKALI”, un relato de SERGIO BARCE

Me escribía hace unos días mi amigo Jesús Ortega diciéndome que acababa de terminar de leer mi segundo libro, “Ultimas noticias de Larache” (Aljaima – Málaga, 2004), y que de los relatos que lo conforman le habían gustado especialmente “El primer regreso“, “Moro“, “Dukali” y el que da título al libro. Y me escribía entre paréntesis acerca del cuento “Dukali”: es como la sirena antes de ahogarse.

Me llamó la atención su acotación, y al volver a leer este relato me he dado cuenta de que Jesús tiene razón, de que ya en 2001 (año en el que escribí ese cuento) en mi cabeza se estaba fraguando la historia que se convertiría en mi última novela publicada: “Una sirena se ahogó en Larache“. 

Y aunque estoy preparando una reedición de esos cuentos, con otros nuevos, parece una ocasión propicia -cualquier excusa es buena- para colgar el cuento “Dukali” en este blog.

Sergio Barce, abril 2012

DUKALI

Dukali estaba sentado en el techo del castillo de San Antonio, el antiguo Hospital Civil, esa especie de proa que asoma al acantilado medio en ruinas, sobreviviendo a duras penas al inexorable paso del tiempo que va erosionando el pasado de Larache. Allí arriba, Dukali parecía un insignificante e indefenso niño; él, sin embargo, lo veía todo desde lo más alto, como si volase por encima del pueblo. Tenía bajo sus pies todo el acantilado, el balcón del Atlántico, el espigón, la desembocadura del Lükus. ¿Qué más necesitaba para sentirse todopoderoso?

         Dukali tenía ocho años recién cumplidos, mucha imaginación y poca ropa: unas sandalias, un jersey raído, un pantalón corto y otro largo y la chilaba para las fiestas que le trajo su padre de su viaje a La Meca. También tenía un tirachinas, una espada de plástico que le regaló Yebari, el dueño del bazar de la avenida Hassan II, y tres canicas de cristal. Escasos tesoros que Dukali guardaba con cuidado bajo su jergón para que nadie los pudiese encontrar. Sin embargo, en cuanto su madre le necesitaba para algo, los relegaba, olvidados en cualquier lugar; sabía que sólo ella valía algo en su mísera existencia, pese a su enfermedad, pese a la pesadumbre que significaba verla cada mañana recostada en la vieja piel de cordero entre las paredes desnudas de la habitación.

        

Su padre se marchaba con el amanecer y regresaba cuando la oscuridad se había adueñado de las calles. Para cuando volvía, lo hacía con un cansancio abrumador, y Dukali se arrodillaba y le quitaba las babuchas, y, más tarde, le lavaba los pies encallecidos mientras le escuchaba hablar de su pelea en el zoco con el viejo Driss. Detestaba a ese pendenciero que le hacía la vida imposible a su padre, un hombre al que, sin embargo, temía, del que decían que había degollado a un enserani. Dukali prefería que su padre se marchase al mercado de Asilah o a Beni Gorfet para vender su crin a duras penas, aunque tardase varios días en verlo, con tal de que no se encontrara con Driss, con tal de que no fuera humillado en público.

         En ausencia de su padre, Dukali se envalentonaba y cruzaba el río en la barca de Abdussalam o en la de su primo Mohammed, saltaba por las piedras, pasando el espigón, y se marchaba a la playa peligrosa donde se encontraba con Idriss e Ismail. Siempre los encontraba allí jugando a la pelota. A Dukali le gustaba su compañía porque solían estar riendo, como si no les importara nada salvo jugar. Con ellos olvidaba por un tiempo la enfermedad de su madre y el sufrimiento de su padre, dejaba de pensar en el viejo Driss y en la rabia que sentía cuando su padre regresaba sin haber vendido nada por culpa de ese hombre. Con Idriss e Ismail borraba esa pesadumbre y corría por la blanda arena de la playa hasta caer agotado. Sus dos amigos se mofaban de su juego pero lo hacían sin maldad; lo que ocurría es que ellos se pasaban todo el día jugando y por eso eran mejores.

         Al volver por la calle Dos de Marzo, Dukali arrastraba el aroma de la salina. Era difícil negar que había estado en la playa, así que buscaba cualquier fuente y se lavaba la cara, los brazos y las piernas. A veces se demoraba en el Zoco Chico, en el taller de Benasuly, un judío demasiado viejo y demasiado bondadoso, que le ofrecía café y pastas de almendras. Como si retomara alguna conversación inconclusa, mientras él devoraba con apetito las pastas, Benasuly le repetía de nuevo los años en que había trabajado con el padre de Dukali en las salinas del Lixus. Aquel hombre le parecía entrañable, y solitario. Antes de proseguir su camino, recuperadas las fuerzas, Benasuly lo despedía con la misma frase.

        

-Ya sabes, Dukali. No dejes de estudiar. Lo único importante es saber leer y escribir. Así nadie podrá engañarte. Nada más. Ahora daré gracias a Dios por tu inesperada visita –y cerraba entonces el taller, fuera la hora que fuese.

         Luego, Dukali corría sin aliento a casa para ver si su madre necesitaba algo.

         Aquel anochecer Dukali navegaba por el plácido océano que se hundía bajo la proa de su gigantesca nave de piedra, miraba el manto oscuro abriéndose sumiso ante su irrefrenable avance, se creía Simbad y que iba al rescate de una princesa hermosísima, a la que imaginaba con los rasgos de su prima Mina, y que vencía sin apenas esfuerzo a un pulpo gigante. Esa noche su padre estaría fuera, pasaría la noche en algún aduar, intentando vender su parca mercancía. Cuando Dukali se dio cuenta del encanto de aquella luna llena que se había instalado en una esquinita, muy quieta y brillante, tan viva que parecía mecerse allí colgada, fue entonces justamente el instante en el que se deshizo de toda aquella fantasía oriental y percibió que necesitaba hacerle un regalo a su madre, como si algo o alguien le advirtiera de que podía ser el último. De improviso echó en falta a su padre y deseó que algo le hubiese obligado a regresar a Larache.

        

Bajó del techo del castillo utilizando las paredes derrotadas y, con el alma en vilo, corrió por las callejuelas pensando intensamente en su padre y en que algún día lo acompañaría al zoco y le pararía los pies a ese bravucón de Driss. De regreso al Zoco Chico, admiró los trabajos de joyería y los de cuero, pero no encontró lo que buscaba. Sin ápice de desaliento decidió buscar el consejo de Benasuly, pero su vetusto taller tenía sus dos puertas de madera cerradas con candado. Cruzó entonces la vieja plaza de España y subió por la avenida de Mohamed V, hasta la iglesia del Pilar, para bajar desde allí a la avenida de Hassan II y, por fin, frente al Cine Avenida, confundirse con los últimos clientes de la Burraquía. Los farolillos de gas achicaban los pasillos estrechos del zoco y bruñían a las cafeteras plateadas de un brillo amortiguado, antiguo. Buscó el puesto de Hamid.

         -¿Qué quieres? –Hamid era un hombre escurridizo, incapaz de sostenerle la mirada a nadie, pero tenía fama de ser el más honrado de la Burraquía.

         -Algo con lo que poder alegrar a mi madre.

         Hamid sacó una llavecita del bolsillo de su chilaba y abrió el expositor. Sus largos y ágiles dedos asieron con habilidad un pequeño colgante de oro. De la cadena pendía una media luna.

         -Esto le gustará.

         Dukali no se atrevió siquiera a tocarlo. Hamid lo había depositado con esmero sobre el mostrador de cristal y echó un vistazo a Dukali, con muchas reservas. Observó sus dedos sucios, que había apoyado en el borde del mostrador, y sus uñas negras y rotas. Luego vio su jersey agujereado y los churretes en la cara. El chico se limitó a seguir contemplando aquella media luna de oro, a imaginársela en el cuello de su madre. Entonces, la voz impaciente y algo cascada de Hamid lo sobresaltó.

         -¿Traes dinero?

         A Dukali se le atragantaron las palabras y las ideas. Miró a Hamid y luego al colgante. Hurgó en los áridos bolsillos del pantalón y se quedó mudo, palideciendo sus facciones. No se atrevió a sacar las manos vacías.

         -Creo que… –su voz era como un gorjeo salado-. Creo que mi madre tiene uno igual.

         Hamid frunció el ceño y regresó el colgante de oro a su sitio. Sin dirigirle una palabra más a Dukali, se limitó a acomodarse en una silla y a darle un sorbo a un vaso de té que guardaba bajo el mostrador. Dukali se despidió con un movimiento de cabeza que Hamid ignoró.

         De pronto, Dukali volvió a notar esa urgencia, esa sensación de lejanía insalvable con su padre y de temor a que su madre pudiera desaparecer. Todo lo empujaba a correr sin demora, con una angustia irreprimible. Albergaba la certeza de que sólo él podía alejar el peligro, la presencia amenazadora de los djinns, los malos espíritus que acechaban a su madre enferma. Pensó que Simbad no habría dudado un segundo en socorrer a su familia y él haría lo mismo.

        

Con la respiración entrecortada, llegó a su casa. Empujó la puerta atrancada que, al abrir, crujió como mimbre al quemarse. La segura ausencia de su padre se tornó, sin embargo, en desánimo, pero tomó aliento y se acercó a su madre que abrió unos ojos cansados, ajados. Dukali se quedó mirándola. La vio más envejecida, quebradiza e indefensa.

         -¿Qué me traes? -adivinó la mujer, que hablaba como si las palabras se le escaparan a hurtadillas.

         -Un regalo –le dijo Dukali como avergonzado.

         La mujer trató de incorporar la cabeza pero apenas consiguió mover el cuello a un lado. Suspiró de desesperada impotencia. Dukali se sentó al borde del jergón acercándole a la cara sus dos manos cerradas, como guardando algo entre ellas; muy despacio y ceremonioso, temiendo que lo que portaba pudiese escapar, las abrió. Desde su lecho, la mujer, contemplando las manos desnudas y candorosas de Dukali, lo interrogó con los mismos ojos cansados y agotados de antes, de siempre.

         -Mira mamá… Te traigo la luna llena… y es sólo para ti -le dijo Dukali.

         Había tanta sinceridad en esas palabras, vio su madre tanta ilusión en su mirada infantil, que, por primera vez en muchos años, logró sonreírle.

Sergio Barce                           

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4 pensamientos en ““DUKALI”, un relato de SERGIO BARCE

  1. Carlos TESSAINER Y TOMASICH dice:

    Decir que el relato de Dukali, me parece enternecedor y que llega al corazón.

  2. adela manso osuna dice:

    Sergio,me ha parecido realmente precioso.
    Ultimamente,desde hace algun tiempo,me siento muy sensible,sobre todo cuando se trata de niños,cuando he terminado de leerlo,tenia un nudo….
    he tenido que tragar saliva.Me ha gustado mucho.

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