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«EL ÁRBOL DEL ACANTILADO» del escritor larachense CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

(…)

Un día que iba al burdel, tan abstraído estaba en sus elucubraciones que, cuando se dio cuenta, había pasado delante del mismo sin detenerse. Se hallaba a unos cincuenta metros: miró hacia la pequeña casa y al instante decidió continuar la marcha. No sabía bien a dónde conducía aquel camino, aunque recordaba vagamente que siendo niño y durante unas vacaciones de verano, junto a Carlos y otros amigos, había estado por aquel lugar. Siguió la marcha, dejó a la derecha unos acuartelamientos allí situados y al poco tiempo se encontró ante un enorme acantilado que se abría al Atlántico. Al instante reconoció el lugar: se trataba de la playa conocida con el nombre de <La Duquesa>, así denominada por ser la preferida de Isabel de Orleáns, duquesa de Guisa. Prendada del lugar, la señora mandó construir unas pequeñas escalinatas que, aprovechando una zona en que el acantilado formaba algunos rellanos, hacían posible el descenso a la playa.

La Duquesa de Guisa

Paco se percató de que, a cierta distancia de donde estaba situado, aparecían aparcados dos automóviles. Cuando se acercó al precipicio vio diminutas figuras abajo: algunos se bañaban, otros tomaban el sol. Eran los miembros de la Casa Real de Francia en el exilio, que en aquellos parajes del norte marroquí habían encontrado un lugar donde asentarse. Llevaban allí establecidos desde 1909 y tanto entre los marroquíes como entre los españoles gozaban de gran consideración. A Paco le pareció distinguir a la duquesa y a su hija, la princesa Ita. Pero, no queriendo resultar indiscreto y aunque aquel lugar era público, decidió caminar por el borde del acantilado en dirección sur. Lo hizo durante buen rato, hasta llegar a unos pinares situados en una gran finca propiedad del Estado, conocidas popularmente como <Viveros> y que desde la entrada de la <Hípica Militar> se extendían hasta el lugar donde ahora él se hallaba.

Buscó el árbol más próximo al borde del acantilado, que era un enorme cinamomo crecido entre pinares, y se sentó debajo: al amparo de su sombra y también para apoyarse en su tronco. Y lo hizo mirando al mar. Notó que la cabeza le ardía, pues el sol apretaba con fuerza y esbozando una sonrisa burlona pensó que su ya notoria calvicie le hacía menester usar sombrero para protegerse. (…)

    Aunque la novela ya ha avanzado casi un tercio, esta escena es crucial en el desarrollo de la trama, casi un punto de arranque, por así decirlo, y es la que, poco después, y por todo lo que sigue, justifica el título de la novela de Carlos Tessainer: <El árbol del acantilado>.

 La ubicación de la trama se hace de manera concisa, y como en el párrafo anterior, las descripciones que efectúa de los lugares donde se desarrollan los acontecimientos son tan ágiles como detallistas. Incluso los pequeños fogonazos históricos que introduce con habilidad ayudan a crear una novela “impresionista”: el camino, las casas, el acuartelamiento, el acantilado, el océano, la playa, los bañistas como figuras lejanas que dibuja en dos trazos, el cinamomo… Ya digo, un cuadro impresionista.

CARLOS TESSAINER

   La novela es, además de un perfecto retrato de la sociedad de la época del Protectorado español en Marruecos, en concreto, en Larache, es también un agudo estudio del problema religioso que se plantea cuando dos personas que se aman y que son de diferente credo deciden unir sus vidas.

   Baste como muestra de ese perfecto retrato de una sociedad y de una época esta escena que, al leerla, me hizo sentir lo que la protagonista debía de estar sufriendo.

(…) No volvió a ver a su padre, le daba miedo. La casa era un continuo desfilar de gente que se abrazaban a ellos llorando, gemían, chillaban. Los rezos se sucedían y en medio de aquellas letanías fúnebres y plañideras, ella se encontraba fuera de lugar. La intolerancia había vuelto a aparecer en su vida. Había enviudado de un marido mezquino y palurdo que la despreció por ser hebrea, de un ser que, procedente de un mundo cerrado y lleno de prejuicios, rechazaba todo lo nuevo y diferente por el mero hecho de serlo, todo lo que podía enriquecerle. Ahora había muerto su padre, un viejo judío anclado en el pasado, que, creyéndose miembro del pueblo elegido, se consideraba superior. Y en esa cerrazón de sesera, había llevado su intransigencia hasta lo que María juzgó inaudito. Dentro de su rechazo a la intolerancia, fue más benévola con el padre, tal vez porque era el que la había engendrado. Quizás porque estimó que aun siendo relativamente culto, al ser anciano, le había resultado más difícil aceptar lo que no pertenecía a su mundo; o posiblemente porque no la despreció tanto como Ignacio. Pero, a partir de entonces, se reafirmó más si cabe en la idea que no sólo lo suyo era lo bueno, que la razón no estaba exclusivamente en una sola parte y que el aceptar y valorar lo diferente, lo de los demás, abría las puertas a un mayor enriquecimiento. Era una inquietud que a ella le llenaba de vida. Revalidó así el desprecio hacia la intolerancia de dos muertos, su marido y su padre, y deseó que con ellos aquella condición no hiciese acto de presencia más en su vida.

Creía que conocía a casi todos los hebreos de la ciudad, pero le sorprendió ver aquel tropel de gente extraña. Y no debían de ser de fuera, pues, por mucha prisa que se hubiesen dado, no podían haber llegado a tiempo para el entierro. Se agarraba a su madre con fuerza mientras Miguel estaba con los varones. Se llevaban ya a Samuel y la casa se llenó de alaridos que la desconcertaron y le causaron pavor: nunca había asistido a una situación igual. Mujeres que no conocía chillaban aparentando dolor con gritos desgarradores y la retahíla de los rezos parecían salir del suelo. Ella estaba emocionada y triste: lloraba sin aspavientos. Pasó una mujer desconocida y encarándose con ella le chilló: <¡Malograda, mésate el cabello, que se llevan a tu padre!>. Le acompañaba otra que, en señal de duelo, se daba palmadas en la cara; cesó, como por arte de magia, en sus muestras de dolor y, dirigiéndose a la compañera, apostilló con impertinencia: <¡Déjala, es la viuda del cristiano!> (…)

Basada en una historia real acontecida en Larache, Carlos Tessainer <disfraza> a los protagonistas con nombres ficticios. La cercanía con la que crea ese universo tan especial, el de una sociedad concreta en un tiempo concreto de la Historia, hacen de <El árbol del acantilado> una novela sugerente, curiosa, muy actual a la vez.

Los protagonistas se hacen de carne y hueso, importante para que nos creamos lo que se nos relata, y Carlos Tessainer desnuda sus desdichas, sinsabores e ilusiones con el objetivo de denunciar un tipo de injusticia que se ha repetido toda la vida, una de las injusticias más dolorosas y, a mi entender, más irracionales. En este sentido, me parece que los personajes que deambulan por esta historia de amor, porque esencialmente es la historia de un gran amor, están perfilados con precisión: Paco y María, los padres de ella, Samuel y Chimol, especialmente el personaje de Samuel que pare mí representa el arquetipo perfecto del pensamiento intransigente y rígido, pero también, por supuesto, Sol Cohen, la que fuera amante, pareja, confidente y amor verdadero del general Fernández Silvestre. Otro acierto que sea ella, por su pasado, por su propia vida, la que acoja a quien huye por defender su futuro.      

Procesión del Corpus en Larache

Estamos pues, ante una aparente curiosa contradicción: para contar una historia llena de oscuridades y sinsabores, Carlos Tessainer utiliza el colorido de sus pinceladas impresionistas. Y esto resulta ser un acierto.

Pero, además, con esta obra nos enfrentamos con una demoledora denuncia a la intransigencia y a la intolerancia. Un hermoso canto a la libertad y al amor, y también a la convivencia y al respeto al otro que, tanto Carlos como yo, aprendimos en Larache. Baste como muestra este párrafo de la novela:

(…)   -¡Ay, María! ¡La religión! –le contestó su marido-. Judíos, musulmanes o cristianos, ¡qué más dará! Mira, cuando oigo la llamada a la oración desde el alminar de las mezquitas; cuando los cañonazos y la sirena, a la puesta de sol del mes de Ramadán, anuncian que la jornada de ayuno ha finalizado y las calles se quedan desiertas, muchas veces se me ha puesto carne de gallina. Pero es, sobre todo, el cariño con que en su inmensa mayoría tratan a sus mayores, el celo exquisito con que se ocupan de ellos, respetando sus incapacidades y manías; es la veneración con que conducen a sus difuntos al cementerio –aunque estos sean tan pobres que no tengan donde caerse muertos- lo que ha provocado que en más de una ocasión se me salten las lágrimas y note una punzada en el pecho. ¿Sabes por qué, María? Pues porque detrás de las creencias musulmanas está lo mismo que detrás de las de los cristianos y judíos: la petición al mismo Dios de que se acuerde de nosotros…

Al leer esto último, me sentí transportado a Larache. Cuántas veces vimos esos cortejos fúnebres que pasaban raudos por las calles, y así era como se reaccionaba, te quedabas quieto y les veías pasar, respetuosamente, y la voz del almuédano que, siempre, siempre, te hace vibrar. Y no nos engañemos, Carlos lo que hace es escribir lo que él sentía cuando presenciaba las ceremonias, ahí es él mismo.

Una novela, en definitiva, llena de pasión, de historia con h minúscula y con h mayúscula, de anécdotas, de curiosidades, y escrita con verdadero entusiasmo.

Y le dice Paco a María:

(…)  -¿A que es el sitio más bonito que nunca has visto? A partir de ahora será nuestro lugar…

Y entonces comprendes que la intransigencia no puede vencer.

Sergio Barce, junio 2012

EL ÁRBOL DEL ACANTILADO se publicó en 2006. Editorial Sarriá – Málaga.

Y fue Finalista del X Premio de Novela Fernando Lara 2005.

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CARLOS TESSAINER Y TOMASICH, escritor larachense

CARLOS TESSAINER

    (…) <Como en un pueblo forzosamente abandonado por sus habitantes y luego anegado por las aguas de un embalse… vivimos en un mundo que ya no existe -nuestro pueblo, nuestro lugar- y que, sin embargo, siempre nos deleitamos en revivir en las conversaciones.

Europeos procedentes de Marruecos y dispersos por medio mundo nos sorprendemos al encontrarnos en los más dispares y recónditos lugares y al instante una singular camaradería se establece entre nosotros. La animada y larguísima conversación que entonces se entabla nos hace cómplices de un pasado que otros no comprenden <¡Ah! ¿pero es que sois moros?> y sirve de bálsamo para una herida mal curada que anida en el fondo de nuestro ser.
No somos racistas, ni colonialistas, ni imperialistas; todo lo contrario. Tras los procesos de independencia, siempre se ha puesto el énfasis en la justa lucha de los pueblos colonizados por el logro de su libertad. Pero pocas veces se ha mencionado el hecho de que, a causa de ello, cientos de miles de europeos, nacidos y criados en remotos lugares de África y de Asia, un día se vieron obligados a abandonar aquella tierra que, en el sentido amplio de la palabra, era para ellos la suya. Trasplantados todos nosotros a la Europa de nuestros mayores, somos así testigos de un episodio político -el colonialismo- del que no sólo fueron víctimas los pueblos conquistados.

Desvelado por el motivo que tendría mi abuela para que la acompañase al día siguiente, era como si la congoja que ya sentía dentro de mí fuese una especie de almuédano que de forma inconsciente me estuviese anunciando todas las reflexiones que acabo de contar y a las que, lógicamente, he llegado con el transcurso del tiempo.

A través de las ventanas, abiertas para aliviar el calor estival, llegaba ronco y furibundo el rumor del oleaje precipitándose sobre el acantilado. El bramido del mar y el inicio de una brisa fresca y gratificante me hizo comprender que se había iniciado la pleamar.

Como para quien vive largo tiempo junto a una estación de ferrocarril llega un momento en que no oye el paso de los trenes, igual nos ocurría a nosotros con el mar. A veces, en invierno, veíamos al Atlántico presa de gran agitación estrellándose contra las rocas de la costa, incluso sepultando momentáneamente bajo sus aguas el semáforo en que finalizaba el espigón que daba acceso al puerto. Y no obstante, especialmente fuerte debía ser el temporal para que el rugido del mar nos hiciese caer en la cuenta de su existencia.
Aquella noche, sin embargo, tal vez la vigilia o quizás los nervios me hicieron reparar en el rumor de un oleaje que también dejaría. A pesar de esta nueva pérdida que mi mente ahora sumaba a la de tantas otras, fue ese ruido monótono y profundo lo que, junto al alivio de la temperatura que se produjo, me hizo conciliar el sueño.

Dormí profundamente. Siempre he soñado mucho en el transcurso de la noche: la zozobra de mi mente hizo que en aquella ocasión soñase con las situaciones más distintas y peregrinas, donde se mezclaban personas y circunstancias en lo que, ya despierto, me pareció en principio un auténtico lío. Pero aquel caos tenía, no obstante, un hilo conductor: a lo largo del sueño fueron desfilando por mi mente distintas personas -casi todas ellas amigos o compañeros de colegio- que, pertenecientes a diversas etapas de mi aún corta edad, protagonizaban, bien por separado o en grupo, distintos episodios -o sueños- ordenados cronológicamente y en lugares dispares y reales de la ciudad. Así, soñé con mi amiga Mariuca jugando en el Jardín de las Hespérides; con mis amigos Cholo y Miguel buscando cigarrones en el Balcón del Atlántico; con Eduardo, Pili y Maite fabricando quimeras en nuestro primitivo laboratorio…

Dicen los que han estado a las puertas de la muerte que hay un momento, quizás un instante, en el que, de manera vertiginosa pero ordenada, se sucede por la mente todo lo vivido hasta entonces. Quizás no sea necesaria la inminencia de la muerte física para que ello ocurra. Hay otras formas de morir, y yo al dejar Larache moría un poco. Aquella noche de incesantes sueños era la prueba de que mi subconsciente hacía una especie de balance de lo vivido hasta entonces. Su destino no era la Otra Vida, pero sí otra vida que a las pocas horas me envolvería y que se anunciaba con una mezcla de ilusión, dolor y vértigo>.

 Este párrafo pertenece al primer capítulo de la novela <Los pájaros del cielo>, del escritor larachense CARLOS TESSAINER Y TOMASICH, y es toda una declaración de principios que suscribo en su integridad.

Aunque en otro capítulo transcribiré párrafos de su obra que hablan de Larache, es decir, Larache vista por Carlos Tessainer, como aperitivo para quien se acerca por vez primera a su obra narrativa creo que este extracto de su novela es elocuente.

Carlos Tessainer nació en Tetuán en 1956, pero es y se siente larachense porque allí es donde vivió durante su infancia y adolescencia. Es Doctor en Geografía e Historia, de ahí que haya escrito quizá el mejor ensayo sobre la figura del Cherif Raisuni: <El Raisuni, aliado y enemigo de España>, editado por Algazara, en Málaga, en 1998, libro del que ya he hablado en otra ocasión, pero al que prometo volver. Y también publicó en 1994: <Francisco de Asís, el rey consorte>.

Como novelista, Carlos tiene publicados dos magníficos libros ambientados en Larache: <Los pájaros del cielo> (Ediciones Sarriá – Málaga, 2001), novela de la que he escogido el extracto anterior, y que recomiendo, y <El árbol del acantilado> (Ediciones Sarriá – Málaga, 2006), quizá su obra más representativa, con la que fue finalista del X Premio de Novela Fernando Lara 2005. Cuenta la historia de un amor, pero también el relato del reencuentro entre dos religiones y dos culturas separadas durante cerca de quinientos años. Tras un largo y amargo desencuentro, los sefardíes y los españoles volvieron a encontrarse en el Protectorado español del norte de Marruecos…

Pero como digo, prometo volver sobre estos dos libros para que os deleitéis con su manera de escribir sobre Larache.

Para terminar este breve artículo, no puedo evitar transcribir también algo que Carlos me contaba hace muy poco de cuando vivíamos en el mismo edificio del Balcón Atlántico –por cierto, yo también me embelesaba como él mirando esa araucaria que presidía Villasinda-, y lo que me contaba Carlos era lo siguiente:

<Sergio, ayer por la noche <navegué> por parte de tu blog. De pequeño, te recuerdo igual a la fotografía en que apareces solo en la fuente de  azulejos que había en la Plaza de España, con tu cabeza grande y redonda, que no se parece en nada a <la que ahora tienes>. No creo que te cabrees por lo que te comento, que lo hago desde el recuerdo y con profundo cariño.

     Sale una foto entrañable y a la vez triste para mí, que es la casa del Balcón del Atlántico donde vivíamos, que de la humedad que corroe su fachada, parece que ha sufrido un incendio. Sé bastante acerca de la construcción de este edificio, pero ahora no quiero divagar.

Edificio en el que vivimos, avenida Mulay Ismail, Balcón Atlántico. Foto de abril 2012

     Dices que fue vuestra primera casa en Larache. Puede que en puridad sea cierto. Pero cuando se casaron tus padres, su primera casa fue justo encima de donde vivíamos nosotros, en el portal anterior al que tú recuerdas. Entonces era la calle General primo de Rivera nº 7 y luego fue y es Muley Ismail 17 (o quizás 19, que ya se me va la olla).

     Tus padres alquilaron esa pequeña y bonita casita (o piso). Lo alquilaron porque quedó libre al marcharse los que allí vivían. ¿Y sabes quiénes eran? pues Paco y María, los <personajes> que llevé a mi novela de <El Árbol del acantilado>.  Ya ves <los círculos de la vida>. Yo era muy pequeño; creo que debía tener tres o cuatro años. Tus padres eran veintiañeros. Tu madre era <Maru, la de Barce>. Pero cuando en casa se referían a ellos, siempre hablaban de <los recién casados>. Es una muletilla que se me ha quedado grabada en la mente. Lo que no sé es si tú naciste viviendo tus padres allí y al poco tiempo os fuisteis al portal de al lado. Pregúntale a tu madre. Pero <seguro que te fabricaron allí>.  Espero que no te moleste lo que te digo y por el contrario, te haga ilusión.

     El piso que tú recuerdas, en él vivía un compañero de trabajo de tu padre, que era José Luis Amado y su mujer Carmeluchi, con sus hijos Mariuca y José Ramón. Quedó libre el piso de al lado del que tú recuerdas, al marcharse el doctor Mayor, que pasaba allí su consulta. A él se mudaron los Amado, y tus padres, se mudaron al que ellos dejaron vacío. Con la primera amiguita que tuve (Mariuca), ayudé a tu madre en más de una ocasión a hacer tu cuna (sería en vacaciones), pues no sé por qué, <íbamos a casa de Maru>; dirás que estoy loco, pero recuerdo una <canción> que te cantábamos y que decía: <Hola, hola, hola, Pirulo es una bola; ea, ea, ea, el niño se mea>. Ellos se marcharon a Casablanca en 1964, y después a Madrid    

     Uno de mis sobrinos me dice que tengo mi <disco duro> lleno de información  inútil. No sé, a lo mejor sirve para que alguien de vez en cuando sienta satisfacción al oír cosas que no sabía o tal vez tenía olvidadas. 

     Un abrazo, Carlos>

 Querido Carlos, ojalá todos tuviésemos el disco duro lleno de información inútil como la que cuentas, porque gracias a esa información inútil la vida es un poco mejor.

Sergio Barce, mayo 2012

BALCÓN ATLÁNTICO

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EL RAISUNI, ALIADO Y ENEMIGO DE ESPAÑA, un libro del escritor larachense CARLOS TESSAINER

El Cherif Raisuni con su hijo

Una de las figuras históricas que más me han fascinado siempre de Marruecos ha sido El Raisuni. Tanto, que escribí una novela de aventuras (aún inédita) titulada “Yebel Alam” inspirándome en este personaje contradictorio y polémico.

Luis María Cazorla lo ha utilizado también en su novela “La ciudad del Lucus”, de la que podéis encontrar información en este blog (artículos aparecidos el 9 de febrero y 21 de marzo de 2011), y que también aparece en su nueva novela, de próxima aparición: “Los asesinatos de Cuesta Colorada”. Su retrato del Cherif y su relación con el general Silvestre es magnifico, desvelando de manera novelada los detalles de la larga lucha que mantuvieron ambos personajes históricos.

Pero probablemente el trabajo más profundo que se ha realizado sobre Muley Ahmed El Raisuni sea el libro de ensayo histórico “El Raisuni, aliado y enemigo de España” del escritor también larachense Carlos Tessainer y Tomasich.

Este libro, editado en Málaga por Algazara en el año 1998, desmenuza la vida de El Raisuni desde su nacimiento hasta su muerte con una profusión de datos deslumbrante, que demuestra el trabajo concienzudo y detallista de Tessainer. Con su lectura asistimos a la evolución de un personaje que primero fue un hombre romántico y aventurero y que, con los años, se convirtió en un bandolero que se vendía al mejor postor. Al igual que Cazorla, la relación entre Raisuni y Silvestre ocupa una parte importante del ensayo.

“…sus temores ante la campaña antirraisunista llevada a cabo por inspiración de Fernández Silvestre, eran fundados. Notables marroquíes como Dris er Riffi (antiguo jalifa del Cherif) y Hadi Abd es Selam Tazi, llevaban con buenos resultados la campaña política de desprestigio contra Muley Ahmed, propalando entre las cabilas la creencia de que El Raisuni, con el apoyo alemán, sólo luchaba en beneficio propio; le acusaban también de traidor, de pactar con los cristianos, de quienes había recibido un anticipo de veinte mil duros y quienes acabaría entregando todo Marruecos.

Muley Ahmed El Raisuni a caballo

Esta creencia cobró sobre todo fuerza en el sector norte de las cabilas de Yebala (Anyera, Beni Ider, El Haus y Uadrás). Con ellos se refugió el emir Abd el Malec Mehidim; cuando El Raisuni pretendió que se uniera a él se negaron, afirmando su independencia frente al Cherif.

Estas cabilas obedecían al todavía sultán de la rebeldía Sidi al Hassan.”

Hay una extensa bibliografía que Carlos Tessainer hilvana para contar cronológicamente la evolución de los acontecimientos políticos que jalonan la trayectoria de El Raisuni. Curiosamente ahora me parece que ambos libros, este ensayo histórico y la novela de Luis Cazorla, se entrelazan de una manera singular, y entre estos dos autores larachenses reconstruyen el universo raisuniano: uno como investigador, otro como narrador. Y gracias a estas obras conocemos al detalle, a los fuertes cimientos históricos que sustentan a ambas, la vida y avatares de uno de los mitos de la cultura marroquí.

“…El 25 de septiembre de 1915, en el aduar Jolot (cabila de Beni Gorfet), fue firmado un pacto secreto entre Muley Ahmed y el Gobierno español (representado por Juan Zugasti y Emilio Barrera).

Raisuni

(…) en el pacto se llegó a una fórmula según la cual Muley Ahmed reconoció al Jalifa y su Majzen, de quien se consideró funcionario, pero nada más. Como dato curioso añadir que por el pacto el Cherif, como prueba de sinceridad, envió en calidad de rehenes para que vivieran en Arcila a una de sus mujeres con el hijo de ambos, a los que acompañaron una esclava y dos criadas. Llegaron a la mencionada ciudad a fines de septiembre de 1915, permaneciendo allí hasta principios de febrero de 1919, en que nuevamente se produjo una ruptura de relaciones con él.

Como en situaciones precedentes, antaño con el sultán ahora con las autoridades españolas, siempre que pactó salió fortalecido. Ya se ha visto cómo, a pesar de su innegable poder, su liderazgo era bastante discutido. Tanto la acción de Sidi el Hassan como la política de Fernández Silvestre, redujeron considerablemente su prestigio.

Mas ahora, un Gobierno español empeñado en poner fin a las hostilidades para acabar con una guerra nunca deseada, para iniciar realmente el ejercicio del Protectorado, para garantizar la total neutralidad española en la I Guerra Mundial; y sobre todo el asesinato de Ali Akalai, precipitaron unas negociaciones de las que el Cherif obtuvo armas, dinero y un pequeño ejército bajo su control pagado por España. Se constituyó de nuevo en autoridad del Majzen y su poder semiindependiente, difícilmente podría ser frenado en el futuro…

El libro de Carlos Tessainer es profuso en documentación, un detallado recorrido histórico que nos lleva hasta la muerte del Cherif El Raisuni siendo prisionero de Abd el Krim. Un manual imprescindible para quien desee conocer al Cherif y la época en la que vivió.

Carlos Federico Tessainer y Tomasich vivía junto a mi casa, en el Balcón del Atlántico. Yo apenas le recuerdo, pero mis padres le guardan mucho cariño. Próximamente dedicaré un artículo sobre sus magníficas novelas ambientadas en Larache, y hablaré de Carlos Tessainer como escritor larachense.

Sergio Barce, marzo 2012

Sean Connery como Muley Ahmed El Raisuni en «El viento y el león» (1975)

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LARACHE: en recuerdo de DON AURELIO – artículo del escritor larachense CARLOS TESSAINER

En Julio de 2006, LARACHE EN EL MUNDO editó el Número 4 de la Gaceta Informativa de Larache. En ese número se incluyó un precioso artículo del escritor CARLOS TESSAINER Y TOMASICH -de quien en pocos días hablaré como novelista y creador larachense- dedicado al músico Don Aurelio Gómez, del que escribía hace unos días. Ese artículo de Carlos venía motivado por el Homenaje que le rendimos durante el I Festival de Guitarra y Cante que organizamos en Larache en 2005, partiendo de una idea de Ahmed el Guennouni. Aquel acto fue uno de los más emocionantes que he vivido en Larache. Aún recuerdo la febril actividad de Ahmed el Guennouni, obsesionado por cumplir una promesa, y cómo nuestra amistad se fue reforzando con el paso del tiempo y de nuestro empeño por sacar cada año ese festival, y ese día especialmente aquel grupo de larachenses que había regresado a la ciudad sólo para asistir al acto, y cómo la emoción los embargaba recorriendo las calles de la que fuera su ciudad más querida.   Sergio Barce, diciembre 2011.

 Así lo contaba Carlos Tessainer:

Larache:

en recuerdo de Don Aurelio

por Carlos Tessainer

Cuando hace algunos años alguien que dijo ser de Larache me hizo llegar su tarjeta de visita con el encargo de que me pusiera en contacto con él, estuve un tiempo dudando. Aquella persona se apellidaba Gómez y por más vueltas que le daba no recordaba a nadie conocido de mi ciudad que tuviese ese apellido. Aproximadamente una semana después volvió a mandarme su tarjeta, pero esta vez con una anotación tras su nombre y apellidos que rezaba: Soy el hijo de Don Aurelio. ¡No hizo falta más!  

Jose Luis Gómez

 Poquísimos larachenses de nacimiento o adopción debe haber –de la década de los años veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta y aun de los primeros setenta del siglo XX- a los que el solo nombre de Don Aurelio no les sea suficiente para saber a quién se hace referencia y, si además, se añade “el músico” no hay ya lugar para la duda. 

DON AURELIO, rodeado de la Banda de Música

 Como más adelante se detallará, y dentro de la I Edicióndel Festival de Guitarra y Cante celebrado en la ciudad de Larache en Agosto de 2005, se ha rendido homenaje a la figura de Don Aurelio por su aportación valiosa y continuada durante tantos años a la vida cultural larachense.

Don Aurelio Gómez Paños nació en el pueblo de La Gineta (Albacete) el 1 de Octubre de 1.903. Ya en los primeros años manifestó su inclinación y talentos musicales, iniciando estudios de solfeo y clarinete en su pueblo de nacimiento (bajo la dirección de Don Antonio Guzmán), pasando posteriormente a Albacete para cursar estudios de piano con Don José Espinosa.

Ahmed el Guennouni

Pero, no obstante, como suele ocurrir con las personas especialmente dotadas para las artes, puede afirmarse, sin lugar a dudas, que Don Aurelio fue esencialmente un autodidacta. Llegó por primera vez a Larache para realizar su servicio militar en 1.924, finalizándolo en 1.927. Ya convertido en civil, comenzó a ejercer en la ciudad como pianista, compaginando su trabajo en la primitiva sala de cine que hubo en Larache Cinema X (entonces el cine era aún mudo) con otro en el Café Marroquí.

Regresó a La Gineta en 1.928, pero su destino parecía estar echado para quedar unido a la ciudad del Lukus. En 1.929 el propietario del Cinema X, Don Isaac Benasuly, fue a buscarle a La Gineta y con él regresó a Larache. En esa ciudad ya había conocido a la que luego sería su esposa, Catalina Díaz Bosch, hija de un militar allí destinado, por lo que a una buena oferta laboral, sin duda contribuyó también a su regreso el romance que allí había dejado. Lo cierto es que en 1.929, el año de su vuelta a Larache, contrae matrimonio con ella en la antigua Iglesia de San José, situada al final de la calle Real. El nuevo matrimonio se estableció en el primer piso del edificio situado en la calle Daisuri número 11, donde nacerían sus doce hijos y donde vivirían hasta el final de su larguísima residencia en Larache.

Para el mantenimiento de su familia y de los numerosos hijos que pronto comenzaron a nacer, Don Aurelio contaba con un arma esencial, con aquella facultad para la que estaba sobradamente capacitado: la música. Pero es necesario trabajar duro, por lo que comenzó a ejercer su profesión –en agotadoras jornadas laborales- allí donde su presencia era reclamada.

Construido el Teatro España –que fue inaugurado por el dictador Miguel Primo de Rivera- Don Aurelio se convierte en su primer pianista. Ello lo simultaneaba con su trabajo –siempre como músico- en el Café Marroquí y en el Dancing Florida, cabaret para selecta clientela militar situado en el Barrio de Nador. Luego, ya en casa, impartía clases particulares a alumnos de Magisterio que necesitaban preparar la asignatura de música.

Los hijos seguían naciendo, pero nada arredraba a este trabajador infatigable para quien la música no fue sólo su pasión, sino el arma que le permitía, de manera digna, mantener el modus vivendi de su familia. Su fama crecía y los trabajos no hicieron sino aumentar. En 1.934 fue nombrado director de la Escuela Hispano-Árabe de Música de Larache, de la que surgió lo que fue comúnmente conocida como Banda Municipal; en 1.942 el Coronel San Martín le contrata para que forme a la banda de música de la Mehal-la Jalifiana, de la que fue también director hasta la independencia.

Tal fue la labor pedagógica de Don Aurelio en ambos casos que, tras la independencia de Marruecos en 1.956, un 50% de la Orquesta Real de Rabat estaba compuesta por antiguos alumnos de él, entre ellos Sidi Hassan Aidan, que llegó a ser director de la mencionada orquesta. Entre sus alumnos figuran además músicos de la categoría de Camiri (recientemente fallecido) y Sidi Driss Cherradi.

Al respecto, cabe destacarse el hecho de que, cuando en 1.956 el entonces Sultán Mohammed V visitó Larache, tras interpretarla Banda Municipal los preceptivos himnos y marchas, el soberano se dirigió a Don Aurelio preguntándole con verdadero interés si los músicos marroquíes tocaban los respectivos instrumentos utilizando partitura, pues en aquella época era algo inusual. Lo cierto es que los alumnos de Don Aurelio llevaban haciéndolo mucho tiempo. 

Público en el Festival de Larache, Castillo de las Cigüeñas

A los trabajos y cargos anteriormente reseñados, hay todavía que añadir algún otro. Fue también profesor de solfeo y piano en el Colegio Israelita Yudá Leví y, durante muchos años, profesor particular de Isabel de Orleáns, Duquesa de Guisa, trasladándose al palacio para impartir clases a la señora. 

Sergio Barce y Ahmed el Guennouni, presentado el festival

Fue en reconocimiento a su labor que el Jalifa Hassan Ben El Mehdi le condecoró con la Orden Mehdauía. 

Asistentes en el Castillo de las Cigüeñas

 Tras la independencia de Marruecos, algunos de los puestos que había desempeñado desaparecieron, por lo que su vertiente profesional sufrió cambios. Fue en estos años cuando formó una orquesta junto a algunos de sus hijos, conocida con el nombre de Don Aurelio y sus muchachos que acudían a interpretar  distintas piezas musicales allí donde su presencia era solicitada, destacando sus actuaciones en la Plaza de Toros de Tánger. 

Momento de la actuación de Ahmed el Guennouni

 En 1.959 fue nombrado profesor de música del Conservatorio de Tetuán, cargo que desempeñó durante cinco años en que regresó de nuevo a Larache. Es entonces cuando, bajo los auspicios de la Misión franciscana, Don Aurelio funda la Rondalla del Pilar en la que numerosos niños y niñas recibieron formación del maestro en diversos instrumentos musicales.  

Sergio Barce y Abderrahman Lanjeri

Día tras día ensayaban en el salón de actos de la Parroquia de Nuestra Señora del Pilar. Con frecuencia, se trasladaban a diversas ciudades <Tánger, Tetuán, Arcila, Rabat, Ceuta> tanto para actuar como para participar en concursos, obteniendo varios premios. Junto a ello, Don Aurelio seguía impartiendo clases particulares en su domicilio, y en la Iglesia de Larache tocaba el armonio que era de su propiedad.

Algunos de sus hijos heredaron el talento musical del padre, pudiendo vivir de la música, entre ellos Aurelio que fue, durante varios años, pianista de la Orquesta Real de Rabat en el reinado de Hassan II; o Fernando <ya fallecido> que fue director de la Banda de Regulares número 4 de Larache <con acuartelamiento en Alcazarquivir>. Otros, como José Luís, heredaron también el talento musical pero orientaron su vida profesional hacia otros campos. Destacar también el que su hija Araceli, enfermera comadrona, fuese, hasta su matrimonio, enfermera de la <Casa Real Alauí>, asistiendo en tal calidad a algunos de los nacimientos de los hijos de Hassan II.

Don Aurelio Gómez Paños se marchó de Larache en 1.973, no sin antes recibir un caluroso homenaje de despedida. Tras una breve estancia en Novelda, fijó, junto a su familia, residencia en Alicante. Era ya anciano; se ofreció a colaborar gratuitamente con la Banda Municipal, con las parroquias más cercanas, pero su tiempo parecía haber pasado. No obstante como trabajador infatigable que siempre fue, impartía en su domicilio clases particulares de acordeón. Poco tiempo vivió fuera de su querida Larache, pues falleció en Alicante el 1 de Noviembre de 1.974.

Pero Larache no le ha olvidado y quizás sea éste el mejor regalo para Don Aurelio, aunque hayan transcurrido ya muchos años desde su desaparición. Como ha quedado reseñado con anterioridad, la asociación marroquí LARACHE AL MADA en colaboración con la Delegación de Cultura del Ministerio de Cultura de Marruecos en Larache, organizó entre los días 11 al 14 de Agosto de 2.005 la I Edición del Festival de Guitarra y Cante que tuvo como escenario el Castillo de las Cigüeñas <Laqáliq> o de Nuestra Señora de Europa. También colaboról a Asociación Cultural LARACHE EN EL MUNDO, cuyo presidente es Sergio Barce. 

Miembros de Larache en el Mundo – Carmen Allué, Jose Luis Gómez, Pilar Ascaso, Antonio Mesa, Jose Manuel Galindo, José Edery, Sergio Barce, Abderrahman Lanjeri

Pero lo que cabe sobre todo destacar es que en el marco de ese I Festival, se rindió homenaje a la figura tanto de Don Aurelio Gómez Paños como a la del músico larachense Sidi Driss Cherradi, que fue alumno suyo. Lo emocionante es que la iniciativa del homenaje a Don Aurelio partió de Ahmed El Guennouni, presidente de LARACHE AL MADA. Resulta aún más emotivo porque este músico larachense no fue ni tan siquiera alumno de Don Aurelio. Pero en una bonita y fantástica historia que él mismo cuenta, tiempo atrás se la había aparecido en sueños el mismísimo Don Aurelio, entablando con él <conversación>. Conocedor de lo que el difunto había hecho por la música en Larache, se dolió de no haber sido alumno suyo, comprometiéndose en el mismo sueño con el viejo profesor a que su nombre –de cuyas manos tantos músicos habían salido- tenía que ser recordado de nuevo en Larache. Los posteriores contactos con la familia y con la asociación LARACHE EN EL MUNDO materializaron el homenaje. 

Aurelio actuó en homenaje a su padre

 Dentro del programa del Festival, destacar entre otras muchas e importantes actuaciones –sobre todo por lo emotivo de su carácter- la del hijo del homenajeado: José Luís Gómez Díaz. La asociación LARACHE AL MADA entregó diplomas, preparados en colaboración con LARACHE EN EL MUNDO, de agradecimiento a todos los músicos participantes y, a la familia del homenajeado, de manos de sus hijos Aurelio y Cecilia en representación de todos ellos, hizo entrega a la asociación en muestra de agradecimiento de una placa de plata. No era para menos, pues gracias a las gestiones de Ahmed el Guennouni ante el Ministerio de Cultura de Marruecos y a la Municipalidad de Larache, se logró también lo que la familia deseaba desde hacía bastante tiempo: que en la fachada de la calle Daisuri 11, en que Don Aurelio vivió durante cuarenta y cuatro años, fuese colocada una placa que, en árabe y en español, recordaba al músico desaparecido. Con la asistencia de la casi totalidad de los descendientes de Don Aurelio, que para la ocasión se trasladaron a Larache, el viernes 12 de Agosto de 2.005, sus nietos descubrieron la placa conmemorativa en medio de una gran emoción. 

En el Colegio Luis Vives se hicieron varias actividades – Antica, Sergio Barce, Maria Luisa Diéguez, Ange Ramírez

 Sirvan pues estas líneas para dejar constancia del merecido homenaje para recordar a una persona tan significativa y entrañable en esta ciudad, sin la que la historia cultural de Larache, en su vertiente musical, no hubiera sido posible, y a cuya memoria dedico afectuosamente este artículo. 

Una de las actuaciones en el Castillo de las Cigüeñas

 Carlos Tessainer y Tomasich es profesor y escritor nacido en Larache. Es autor de “Los pájaros del cielo” (Edic. Sarriá – Málaga, 2.001) y de  “El Raisuni” (Edit. Algazara – Málaga, 1.998), entre otras obras.

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