«Para leer una novela tan negra y sensual como La emperatriz de Tánger, de Sergio Barce, no hay nada mejor que hacerlo con unas cuantas cervezas a mano…» (C.Bukowski)



“…Puede que no hubiera padre más feliz. Puede que no existiera abuelo más dichoso. Era el primer niño en una familia poco extendida. Un niño viene a ser garante del propio linaje. Una niña fortalece la estirpe ajena. En él confluían la honra del padre y la de la madre. Ambos pertenecían a la misma familia y estaban emparentados por su tío paterno más cercano.
El padre no iba a ver al recién nacido. Se ocupaba de los preparativos que exigía el feliz acontecimiento. No vería a su esposa tras los primeros días del parto. El niño no salió de aquella habitación, cerrada a cal y canto, por miedo a una fatal corriente de aire. La madre, bien abrigada para no coger frío, no abandonaría el lecho hasta el séptimo día de haber dado a luz, día en el que se le pondría nombre al recién nacido. No lo apartaba de su seno, lo amamantaba cada vez que renegaba o se echaba a llorar. Sólo lloraba cuando tenía hambre. Ummi Attalibía no dejaba de visitar a la madre y aportarle caldos para que tuviera más leche y se repusiera; también le llevaba platos apetitosos para que se fortaleciera y regenerara la sangre que había perdido en el parto.
Una inmensa alegría reinaba en toda la casa. Grandes y pequeños desfilaban por la habitación donde estaba la madre y se asomaban a contemplar el semblante del recién nacido. Unos y otros proponían el nombre que les agradaba, aun a sabiendas de que era el abuelo quien guardaba ese secreto y que no lo desvelaría hasta la mañana del séptimo día, en el momento de sacrificar el cordero. El padre y la madre también lo desconocían y quizá ni fueran consultados. El abuelo fue el primer hombre que se acercó a conocer al niño. Le sonrió y le susurró palabras amorosas. Lo aunó al islam musitándole la llamada a la oración en la esperanza de que aquel mismo día quedara grabada en su memoria…”
“…Nuestro amigo acreditó su independencia y madurez cuando por vez primera viajó solo a Tánger, una ciudad que conocía de forma vaga. Era la capital diplomática del Marruecos independiente, libre de la dominación francesa. Una ciudad internacional que no estaba bajo mandado francés o español. Ciudad cosmopolita y plurilingüe en la que circulaban varias monedas y donde la gente se vestía a la europea o usaba chilaba y fez con turbante. Allí había cafés por doquier; automóviles y carros que transitaban por sus calles, incluso por las más angostas. Enclavada entre dos mares, era la puerta del Estrecho de Gibraltar.
Nuestro amigo llegó a Tánger como beduino que recala en el zoco Semmaín. Al bajar del autobús y echar pie a tierra no sabía hacia dónde encaminarse. Tiró por la calle que tenía enfrente. Empezó a preguntar por el Zoco Chico. Un nombre que recordaba. Lo encontró y allí dio con un pequeño café que a él, sin embargo, se le figuró grande. Estaba abarrotado. Los parroquianos, arremolinados junto a las mesas, hablaban por los codos, fumaban cigarrillos y kif en una pipa muy alargada y jugaban al dominó o a las damas. No entabló relación con nadie en el café. Se familiarizó con la nitidez de la pronunciación tangerina, daba la sensación de que vocalizaban como maestros de escuela. Se puso a observar a la gente que transitaba sin rumbo determinado. Se percató de que las tiendas, a pesar de lo avanzado de la hora, seguían abiertas. Cerca del café había una papelería y vio que el dueño estaba colocando algunos periódicos; decidió acercarse y ojeando lo que tenía descubrió un ejemplar de la revista Arrisala. Se la compró, volvió al café y empezó a leerla. Consiguió aislarse de quienes hablaban a voz en grito sin pensar que podían molestar a los demás. Por primera vez se sentaba en un café, en plena calle, sin temor a miradas escrutadoras que pudieran descubrirlo y luego dar cuenta del hecho a su padre. En Tánger se sentía libre. En aquella primera noche había ejercido su libertad. Se había sentado en una mesa del cafetín, estaba tomando un café y leyendo una revista…”

ABDELKARIM GALLAB
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Agosto de 2015. Carta a Malika.
“…Sé ahora que tenía razón, que tenía valor, que tenía suerte. En este mundo en guerra permanente, había en ti un jefe, un general, un rey, un brujo poderoso, judío sin duda.
Ahora estoy solo celoso de aquel padre, de aquel hombre, de su dicha y hasta de su muerte.
Se murió un día en que le dijiste claramente, delante de nosotros, que el sexo se había terminado. Terminado.
<Se acabó el seco para ti, Hamid. Ni esta noche. Ni mañana. Ni nunca.>
Tenía 65 años.
No dije nada.
Se quedó viendo con nosotros el capítulo de la telenovela egipcia hasta el final, y luego se fue.
Nunca volvió con nosotros, entre nosotros.
Tú nunca volviste a reunirte con él en plena noche, mientras nosotros dormíamos.
Lo habías castigado, exiliado, matado.
Como siempre, obedeció.”
Julio de 2010. Carta de Vincent.
“…No te he olvidado.
En ningún momento.
Tienes que volver.
Debes hacerlo, Ahmed, debes hacerlo.
Sin haberlo visto nunca, estoy seguro de que conoces a mi padre mejor que yo. ¡Vuelve!
Al final del todo, le vino a la memoria una canción judía-marroquí de su madre. Hak, a mama. La cantaba muy bajito y se quedaba dormido.
Son las únicas veces en que le oí pronunciar palabras en árabe. Otra persona estaba entonces delante de mí, lejos de Francia, de su realidad, de su política y de su historia. Él: un crío en su mellah, en su gueto, en su paraíso perdido.
Se fue, mi padre. Murió. Y la canción Hak, a mama se quedó….”
Julio de 2005. Carta a Emmanuel.
“…Con 30 años, ya ni siquiera hablo árabe como antes. Al teléfono, mis hermanas se ríen de mí. Ahora tengo un acento raro en esa lengua.
Mi lengua ya no es mi lengua. ¡Qué tragedia! ¡Y qué tristeza! No podré volver atrás. El Ahmed que soy, en el fondo, lo conocí solo hasta los 17 años. En el cementerio de Salé, por voluntad propia, te ayudé a matarlo.
Había que cambiar. Había que transformarse. Había que dominar la lengua francesa. Esa era la vía regia para salir de la miseria, ser libre, ser fuerte.
Tú dijiste eso, tú me lo dijiste sin dudar un solo instante…”
“…Durante los segundos en que tendí el ramo de flores a Gérard, comprendí el mensaje de Simona y me creí liberado del influjo de su hijo. Pensé que podía conseguirlo.
Paso al acto. Le doy las flores a él y me voy. Hazlo, Lahbib. Hazlo. Tiene 45 años. Tiene una gran casa en Rabat, tiene un gran puesto en la embajada de Francia, tiene la virilidad que deseas, su sexo que adoras, ese vello suyo que te vuelve loco, pero tú, tú, Lahbib, solo tienes 17 años. En el mundo, hasta en el Marruecos que te oprime y te asfixia, hay otra cosa. El aire pertenece a todos. A todos nosotros y nosotras. Puedes vivir mientras respires el aire que te pertenece.
Solo tienes 17 años, Lahbib.
Tú, Ahmed, tienes dos años menos que yo. 15 años. Somos amigos, colegas, hermanos. Hemos conseguido seguir siéndolo, siempre. Hermanos que se pelean, que disputan, que se mantienen juntos a pesar de todo. Hermanos que respetan la promesa. La única promesa que cuenta. Encontrarse una vez por semana delante de los trenes que pasan, hablar de nosotros, tú y yo sin ellos…”