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TÁNGER DE NUEVO, DE LA MANO DE FERNANDO CASTILLO Y DOMINGO MOLINA

Hace cuatro años escribí una reseña sobre uno de los mejores libros dedicados a Tánger: Un cierto Tánger, escrito por Fernando Castillo. Para quienes deseen leerla, aquí tenéis el enlace: 

https://sergiobarce.blog/2020/06/30/un-cierto-tanger-un-libro-de-fernando-castillo/

Editorial Renacimiento acaba de publicar un pequeño lidro escrito por el mismo autor, Fernando Castillo, titulado Explorador de bulevares. Y, claro, pensé, si hay un bulevar no podrá faltar el buvelar Pasteur, y compré el libro. Una edición preciosa para la colección El Clavo Ardiendo. Y, en efecto, ahí está Tánger y el bulevar Pasteur. (En realidad, Fernando ya me lo había anunciado).

Es un libro que habla tanto de las ciudades que le fascinan a Fernando Castillo como de esas mismas ciudades que, vistas desde el paso de la Historia y desde la propia imaginación del autor y de las leyendas o de la mistificación que las rodean, se crean en el imaginario colectivo a fuerza de sueños y quimeras. Y así nos lleva a Shangai, al París ocupado, a Lvov, a Toledo, a Estambul, a Vilna, a Berlín, a Alejandría, a Tánger… Un recorrido sin desperdicio que se compacta en pequeños capítulos, casi escritos a vuelo pluma, remitiéndonos a obras inmortales de la literartura o del cine (El tercer hombre y Viena o Durrell y Alejandría, por ejemplo) y a historias en blanco y negro o en un claroscuro tenebroso.

En el capítulo dedicado a Tánger en Explorador de bulevares, Fernando Castillo escribe una de las mejores frases que he leído dedicada a la ciudad y que abre precisamente es capítulo: «Tánger, ciudad con nombre de hotel destartalado…» Magnífica descripción.

Ya digo que este librito es una auténtica delicia.

También acabo de leer otro título dedicado a Tánger, aunque en esta ocasión es un libro centrado en su totalidad en la ciudad marroquí: Cuadernos tangerinos, de Domingo Molina Laguía, que ha publicado Colibrí de Poesía. Esta obra tiene un subtítulo: «Poemas y prosa poética«, porque Domingo Molina hace un recorrido por Tánger desde el verso y desde la prosa, alternando de esta manera ensueños, experiencias y fantasía. Reproduczo uno de los pequeños relatos poéticos que forman parte de este libro, titulado Iberia:

«Una conversación a su izquierda en español, a su derecha en árabe, a su espalda en francés. Frente a él el Instituto Español «Severo Ochoa», el Instituto «Cervantes» y el Consulado de España. Cogollo español junto a la «Grand mosqué». No se duerme y no es por el calor. De aquí a las discotecas que abren a la una y se ambientan después de las dos.

Los amigos se saludan y se acuerdan las compañías de la noche. En este bazar, que no cierra, todo se ofrece y se vende. La <virtud> de las doncellas, el hachís adulterado. Se saludan con dos besos en la mejilla y se miran sin pudor y con descaro. Se ocultan tras el velo y las gafas de sol, la chilaba y el carmín. Se ofrecen recatadas y risueñas, perfumadas, a destajo o por horas, o por VISA, o papeles, o contrato, o por nada, casi nunca.

Los cachorros tangerinos se presentan a caballo o en modernas carrozas derrapando, llamando la atención. El insomnio no los vence, se retiran agotados. Desayunan a las doce, al mediodía, en sus casas, en las playas, en sus cafés favoritos.

Es la una treinta, pocas chicas van quedando. Comienza la procesión de los cláxones de la fiesta de las bodas en las calles; que se escuchen, que se vea que se han casado en verano y lo están celebrando con esta procesión de coches e invitados; no hay descanso.

Así contempla la noche este turista de prestado.

Vol.2. Tangerinos 18. Tánger, Plaza Koweit, Café <Bristol>, barrio español. 14/08/2008. 01 h.»      

                         

 

 

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RIPLEY EN TÁNGER

«…

-Cincuenta dirhams a la ciudad, ¿de acuerdo? -le dijo Tom en francés al taxista que abrió su portezuela-. Hotel Minzah. -Tom sabía que no había taxímetros. 

-Suba -fue la brusca réplica en francés.

Tom y el conductor cargaron las maletas.

Luego salieron como en un cohete, pensó Tom, pero la sensación no se debía a la velocidad sino a los baches del camino y al viento que entraba por las ventanillas abiertas. Heloise se agarraba al asiento y a un asidero de cuero. El polvo entraba por la ventana del conductor. Pero, al fin, el camino mejoró, y se dirigieron al racimo de casas blancas que Tom había visto desde el avión.

Había casas a ambos lados, edificios de un ladrillo rojo que parecía sin cocer, de cinco o seis pisos de altura. Giraron por una calle principal, por cuyas aceras circulaban hombres y mujeres con sandalias. Había un par de cafés con terraza, y niñitos temerarios que cruzaban la calle a todo correr, obligando a los conductores a frenar bruscamente. Aquello era sin duda el centro de la ciudad, polvoriento, grisáceo, lleno de tenderos y vagabundos. El conductor se puso a la izquierda y paró unos metros más allá.

Hotel El Minzah. Tom salió y pagó, añadiendo diez dirhams más. Un botones vestido de rojo salió del hotel para ayudarles.

Tom rellenó la ficha de registro en aquel formal vestíbulo de altos techos. Por lo menos parecía limpio. Entre sus colores predominaban el rojo y el granate, aunque las paredes eran de un tono blanco crema.

Minutos después, Tom y Heloise estaban en su <suite>, un término que a Tom siempre le parecía lúdico y elegante. Heloise se lavó las manos y la cara de un modo rápido y eficiente, y empezó a deshacer el equipaje, mientras Tom obervaba el panorama por la ventana. Estaban en el cuarto piso, contando según el sistema europeo. Tom miró el panorama de edificios blancos y grisáceos, de no más de seis pisos, un desorden de ropa tendida, algunas banderas andrajosas e inidentificables colgando de sus postes en los tejados, montones de antenas de televisión y más ropa tendida sobre las azoteas. Abajo, visible desde otra ventana de la habitación, la clase adinerada, en la que él podía incluirse, se bronceaba, dispersa por el jardín del hotel. El sol había desaparecido del área que rodeaba la piscina del Minzah. Más allá de las figuras horizontales en bikini y bañador, había una hilera de mesitas y sillas blancas, y aún más allá, agradables y bien cuidadas palmeras, arbustos y buganvillas en flor.

A la altura de las piernas de Tom, un aparato de aire acondicionado irradiaba aire fresco, y él tendió las manos, dejando que el frío le entrase por las mangas. 

Chéri! -Un grito de suave desesperación de Heloise. Luego una leve carcajada-. L´eau est coupée! Tout d´un coup! –continuó-. Como dijo Noëlle. ¿Te acuerdas?

-Durante cuatro horas al día, ¿no dijo eso? -Tom sonrió-. ¿Y el retrete? ¿Y el baño? -Tom entró en el lavabo-. ¿No dijo Noëlle…? ¡Sí, mira esto! ¡Un cubo de agua limpia para lavarse!

Tom se lavó las manos y la cara con el agua fría y, entre los dos, acabaron de deshacer todo el equipaje. Luego salieron a dar una vuelta.

Tomo hizo tintinear las exóticas monedas en el bolsillo derecho del pantalón, y se preguntó qué sería lo primero que pagaría con ellas. ¿Un café? ¿Postales? Estaban en la Place de France, una plaza en la que desembocaban cinco calles, incluyendo la rue de la Liberté, donde estaba su hotel. 

-¡Mira! -dijo Heloise, señalando un bolso de piel repujada. Pendía en el exterior de una tienda junto con chales y cuencos de cobre de dudosa utilidad-. Es bonito, ¿no, Tome? Original.

-Humm… Es mejor mirar primero otras tiendas, ¿no, querida? Vamos a dar una vuelta-. Ya eran casi las siete de la tarde y una pareja de tenderos empezaba a cerrar, observó Tom. De pronto le cogió la mano a Heloise-. ¿A que es fantástico? ¡Un país desconocido!

Ella sonrió. Tom vio curiosas líneas oscuras en sus ojos color lavanda, surgían de sus pupilas como radios de una rueda; una imagen muy dura para algo tan hermoso como los ojos de Heloise.

-Te quiero -le dijo Tom.

Avanzaron por el boulevard Pasteur, una amplia calle con una ligera pendiente hacia abajo. Había más tiendas, y toda la mercancía estaba muy apretujada. Niñas y mujeres arrastraban largas faldas, los pies calzados con sandalias, mientras los niños y los jóvenes parecían preferir los vaqueros, las zapatillas deportivas y las camisas de verano.

-¿Te gustaría tomar un té helado, cariño? ¿O un kir? Seguro que aquí hacen muy bien el kir.

Luego volvieron hacia el hotel y en la Place de France, siguiendo el esquemático mapa del folleto de Tom, encontraron el Café de París. Una larga y ruidosa hilera de mesas redondas y sillas se extendía a lo largo de la acera. Tom ocupó la última mesa que quedaba, y cogió una segunda silla de una mesa cercana.

(…) 

-¿Qué haremos mañana? ¿El Museo Forbes, los soldaditos de plomo? ¡Está en la Kasba! Y luego el Zoco.

-¡Sí! -dijo Heloise, con la cara súbitamente iluminada-. ¡La Kasba! Y luego el Zoco.

Ella se refería al Gran Zoco, el gran mercado. Comprarían cosas, regatearían, discutirían los precios. A Tom no le gustaba regatear, pero sabía que tenía que hacerlo para no parecer idiota y pagar el precio de los idiotas.

Camino del hotel, Tom no se molestó en regatear por unos higos verde pálido y otros más oscuros que tenían un magnífico aspecto, además de unos hermosos racimos de uvas verdes y un par de naranjas. Se lo llevó en las dos bolsas de plástico que le había dado el vendedor.

-Quedarán muy bien en nuestra habitación -dijo-. Y también le daremos a Noëlle.

Descubrió, para su placer, que volvían a tener agua. Heloise se duchó, seguida de Tom, y luego se tumbaron en pijama en la inmensa cama, disfrutando de la frescura del aire acondicionado.

-Hay televisión -dijo Heloise.

Tom ya la había visto. Se acercó e intentó encenderla.

-Es solo por curiosidad -le dijo a Heloise.   

No funcionaba. Examinó el enchufe, parecía estar bien conectada, en la misma red que la lámpara de pie.

-Mañana -murmuró Tom, resignado, sin importarle mucho- le diré a alguien que la arregle.

A la mañana siguiente visitaron el Gran Zoco que había ante la Kasba…»

Estos párrafos pertenecen a la novela Ripley en peligro (Ripley under water), de Patricia Highsmith, con traducción del inglés de Isabel Núñez, para Anagrama.

Aunque la mayor parte de la trama transcurre en Francia, hay una parte curiosa, no muy extensa, que se desarrolla en Tánger, pero, como se puede leer, resulta curioso cómo Highsmith describe la ciudad que, como es evidente, no conocía en profundidad, porque es llamativo el hecho de que sus personajes salgan del Hotel Minzah, lleguen a la Place de France y bajen por el boulevard Pasteur y luego, cuando regresan, «descubran» el Café de París gracias al mapa del folleto que lleva Tom Ripley, cuando ya han pasado antes por la puerta del local. En fin, sólo es un apunte anecdótico.

También me han llamado la atención algunas descripciones o frases relativas a Tánger, a Marruecos o a su población. Por ejemplo, cuando la autora describe el centro de Tánger como un lugar «polvoriento, grisáceo, lleno de tenderos y vagabundos…». Describir a la ciudad que posee la luz y el azul más radiantes como una ciudad grisácea…

En el recorrido por las calles de Tánger que efectúan sus personajes nos conduce hasta el Café Hafa (que a Tom Ripley no le gusta), el hotel Rembrandt, el Hotel Ville de France, el Nautilus Plage, el The Pub… 

Dejando a un lado Tánger, he de decir que es otra excelente novela de Patricia Highsmith con Tom Ripley de protagonista, un psicópata asesino elegante y contradictorio, uno de esos personajes inolvidables que se quedan grabados a la memoria.

Recomiendo con fervor la adaptación en serie de televisión que se ha estrenado no hace muchos meses y que es una de las mejores que he visto últimamente. Me refiero a Ripley, bajo la dirección de Steven Zaillian, en un blanco y negro hermosísimo y fascinante, y donde el actor Andrew Scott recrea al mejor Tom Ripley que he visto en cine. Sin embargo, no hay que olvidar a otros excelentes actores, muy dispares entre sí, que también han encarnado a Ripley con anterioridad, como Alain Delon en la obra maestra A pleno sol (Plein soleil, 1960) de René Clément; el inolvidable Dennis Hopper en El amigo americano (Der amerikanische freund, 1977) de Wim Wenders; el entonces jovencísimo Matt Damon, en uno de sus mejores trabajos, en la también magnífica El talento de Mr. Ripley (The talented Mr.Ripley, 1999) de Anthony Minghella o el gran John Malkovich en la fallida El juego de Ripley (Ripley´s game, 2002) de Liliana Cavani, quizá la peor de estas adaptaciones. Hay algunas otras cintas, que no he visto, como Ripley under ground (2005) con Barry Pepper como Tom Ripley, dirigido por Roger Spottiswoode. Pero, como digo, la serie Ripley es la que con mayor profundidad refleja al personaje creado por Patricia Highsmith.

Sergio Barce, 20 de julio de 2024

   

              

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«CONVERSACIONES SECRETAS SOBRE TÁNGER», UN LIBRO DE ABDELKHALAK NAJMI

Abdelkhalak Najmi, traductor, intérprete y articulista en prensa tanyaui, gran conocedor de la literatura creada a partir de la ciudad de Tánger, se ha atrevido a un reto curioso y hasta arriesgado: rascar en el interior de los autores que hemos escrito sobre Tánger y mostrar a plena luz del día todo lo que nos ha llevado a elegir esta ciudad como inspiración o como motivo de creación, de investigación o de simple ambientación literaria. En otras palabras, Najmi con su libro “Conversaciones secretas sobre Tánger” nos hace hablar de Tánger para a la vez volver a escribir de Tánger y soñar con Tánger y, en fin, vivir Tánger. Y, para quien nos lea en estas conversaciones, embozarse con su espíritu.

Es fácil enamorarse de Tánger, es una ciudad femme fatale…” Esta frase es de Alberto Gómez Font, y expresa en pocas palabras lo que muchos sentimos por esta ciudad. Javier Valenzuela lo apuntala al confesar que “Tánger es para mí la Sherezade de Las mil y una noches”.

El poeta tanyui Farid Othman-Bentria explica que “Tánger es una librería y por eso nos da sensación de libertad, por eso hay un Tánger para cada uno y es mejor escoger el Tánger que nos toca y no cualquier otro…”

Rocío Rojas-Marcos reconoce que “…la primera vez que crucé a Tánger fue con 12 años… Recuerdo muy bien una sensación extraña de trascendencia. …en mí despertó una fascinación que nunca se me ha pasado”. 

José María Lizundia llega a afirmar que “Tánger es sobre todo un culto cuasi religioso, una expansión emocional tan inaudita como potente”, pero la sentencia más tajante pertenece a Leopoldo Ceballos cuando dice que “Tánger fue una ciudad única e irrepetible. No es un mito, existió. El mito de Tánger es una falsedad…”

Todas estas frases forman parte de las jugosas e interesantes conversaciones que Abdelkhalak Najmi ha mantenido con 31 autores. No está nada mal para exponer una visión compleja, dispar y hasta contradictoria a veces sobre el Tánger actual, sobre el Tánger internacional y, sobre todo, sobre el Tánger personal e íntimo de cada uno de nosotros.

Quiero destacar algo que puede pasar desapercibido del libro de Najmi y es el hecho de que ha transcrito esas charlas mantenidas con todos nosotros sin censura alguna, sin cortar ninguna de las preguntas formuladas ni ninguna de las respuestas recibidas. Se nota que la libertad que respira Tánger la lleva en las venas. Y también alabo que haya incluido en sus “interrogatorios” a personas tan imprescindibles y fundamentales, por su magisterio, como son Pedro Martínez Montávez o Ramón Buenaventura (uno de los pocos autores que me ha hecho llorar con una de sus novelas tangerinas).

No sé cómo expresar mi agradecimiento a Abdelkhalak Najmi al contar conmigo entre los 31 autores seleccionados, pero me halagó que me ofreciese la oportunidad de expresar lo que Tánger significa para mí, ciudad a la que he dedicado parte de mi obra narrativa. Quizá deba hacer mío el sentimiento profundo que traslada Gonzalo Fernández Parrilla en este mismo libro cuando dice que “me siento marroquí de alguna manera”. Siempre me he sentido así. Y, aunque mis raíces están en Larache, también me siento un poco tanyui, si se me permite la osadía.

“Conversaciones secretas sobre Tánger”, que ha publicado Diwan Mayrat, ya es un libro fundamental para tener una seria referencia de lo que se ha escrito y sobre lo que se escribe acerca de Tánger. Un libro que está calando profundamente (me asombra la capacidad de Abdelkhalak para hacer este incansable “tour” de presentación que está realizando por toda la geografía tanto española como marroquí) y que pasará a formar parte de nuestras bibliotecas como obra de consulta.

Como decía antes, feliz de estar presente en estas conversaciones junto a tantos autores a los que me une el lazo de la amistad y la admiración. Igual al que me une a Abdelkhalak Najmi.

Sergio Barce, 17 de febrero de 2024

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PRIMER CAPÍTULO DE «MALABATA», UNA NOVELA NEGRA DE SERGIO BARCE

Ya traté de embaucaros con el primer capítulo de mi novela El libro de las palabras robadas (Ediciones del Genel, 2016). Hoy lo hago también con el primer capítulo de otras de mis obras: Malabata (Ediciones del Genal, 2019), una novela negra ambientada en el Tánger de la postguerra, en la que aparece por vez primera el personaje del inspector Amin Hourani (que amenaza con reaparecer en una nueva entrega). 

Malabata arranca así: 

     «Un par de días después de su regreso del desierto de Erg Chebbi, Amin Hourani entró en el Café Colón. Llevaba aún prendido el excitante sabor nocturno de Yamila y saber que volvería a verla en pocas horas abría una pequeña puerta a la esperanza que tanto necesitaba ahora. Se dirigió a la mesa en la que estaban sentados Augusto Cobos y Paul Bowles. Los dos escritores discutían tal vez sobre la novela que Augusto acababa de publicar. Los saludó con un ademán y se dejó caer en la silla que quedaba vacía.

—¿Te encuentras bien, Amin?

La pregunta le llegó como si le gritaran desde muy lejos y reaccionó moviendo la cabeza de un lado a otro. Pese a la decepción por tantas cosas como habían ocurrido en las últimas semanas notó la mano de Paul presionándole el hombro con una inesperada calidez. Su mirada, atravesando el humo que se rizaba desde el Olympic Bleue que sostenía Augusto Cobos entre los dedos, se perdía en la calle que encuadraba el ventanal.

—Mi mejor hombre ha muerto y no he podido hacer nada por evitarlo —dijo.

El inspector jefe Hourani no podía librarse de la imagen de Christian Tesson yaciendo sobre el frío mármol en el depósito de cadáveres, solo y olvidado, algo que le costaba asimilar porque creía que el subinspector no merecía ese final tan trágico. La vida termina siendo injusta demasiadas veces, pero si meditaba en profundidad sobre todo lo ocurrido tenía que admitir que en realidad nada podía haber acabado bien en esa historia. Ahora le parecía que había transcurrido un siglo y, sin embargo, todo se desencadenó tras el asesinato de Jacques Duhamel, cometido apenas unas semanas atrás.

Hourani recordaba que miró una y otra vez ese cuerpo tendido sobre un charco de sangre, una sangre oscura y densa que se había extendido rodeando al cadáver como una suerte de amenaza de sombras. Observó que la boca, torcida a un lado, hacía intuir todo el horror del crimen. Le habían cortado el cuello de un tajo después de apuñalarlo al menos una treintena de veces y tenía las manos agarrotadas, como si hubiese intentado contener la sangre que había explotado en su yugular. Una carnicería. Y además de todo eso, Jacques Duhamel había sido sodomizado con una violencia exacerbada destrozándole el ano hasta convertirlo en una masa deforme de sangre, carne y piel arrancada a tiras. Amin Hourani era incapaz de imaginar cuánto debió de sufrir.

En el charco se distinguían las huellas de los zapatos de los agentes que merodeaban alrededor del cadáver y del médico que habría de certificar su defunción y, como pequeños sellos de lacre, unas monedas recubiertas también de sangre. Se atusó el bigote meneando la cabeza de un lado a otro, con el fez inclinado a la derecha, como un perro de presa que oteara los alrededores antes de lanzarse a la caza.

—Dime, jay, ¿no viste anoche a nadie por aquí cerca? —se dirigía a un hombre que aguardaba a su lado, de unos cincuenta años, enjuto, al que la chilaba parecía quedarle demasiado grande. Lo vio menear la cabeza de un lado a otro, con aire orgulloso. No parecía impresionado en lo más mínimo por lo ocurrido.

Hourani miró hacia el final de la calle de la Tenería, pero se topó con el muro que levantaba la neblina de la madrugada. No había curiosos cerca, aunque no dudaba de que los estarían observando desde los ventanucos. Se alejó lentamente del hombre al que había estado interrogando hasta alcanzar al subinspector Tesson que parecía absorto en sus pensamientos. Sujetaba una libreta entre las manos y llevaba un sombrero negro de ala corta echado hacia atrás y un traje gris marengo algo gastado, de corte italiano, camisa blanca y una corbata negra que se había aflojado al desabotonarse el cuello de la camisa.

—¿Qué ha sacado del vigilante, jefe?

—Tiene un cuarto de madera cerca de la puerta principal. Se queda toda la noche dentro, sin salir, y hace de vigilante. Aunque no sé qué podría hacer si alguien tratase de entrar. Tu sais… —suspiró y miró a su alrededor, por encima de los agentes que seguían buscando alguna pista entre la basura que se agolpaba a la puerta trasera de La Mar Chica—. No ha visto ni escuchado nada.

—Eso no se lo cree nadie —farfulló Tesson chasqueando la lengua—. Pero no va a abrir la boca.

La sirena de un vehículo policial se acercaba a toda velocidad y su estridente sonido inundó la calle. El sol comenzaba a levantar y los primeros rayos de la mañana cayeron justo sobre el inerte rostro de Jacques Duhamel. Eso produjo un efecto óptico atroz resaltando la sangre reseca en su piel ceniza. El subinspector lo observaba en silencio balanceando levemente su cuerpo.

—Es como si lo hubiese violado un batallón de hombres… —dijo el comisario jefe tras atusarse el bigote.

—¿Llevará usted el caso? —preguntó el otro con voz apagada tocándose el borde del ala del sombrero.

—Será lo más prudente.

—De acuerdo. ¿Me necesita para algo más?

—Tesson… No se lo tome a mal, pero es lo mejor para todos.

Miró a su ayudante con sus ojos oscuros y profundos sin ganas de mantener ninguna discusión. Christian Tesson había fruncido el ceño, apretando los dientes, y luego dobló la libreta entre sus manos airadas. Llevaba demasiado tiempo con cuadernos en blanco y silencios recelosos a su alrededor, y aunque creía adivinar que al igual que él Amin Hourani había aterrizado en Tánger buscando su refugio, escapando quizá de algo inconfesable, también sabía que era un hombre prudente y cabal que nunca haría nada que perjudicara a sus subordinados. Y en esta ocasión además la razón lo asistía por completo.

—Le veré en la comisaría —dijo al fin dándole la espalda.

—¡Sólo un par de cosas más! —apuró el inspector jefe—. ¿Sabe cuánto dinero hay tirado en el suelo?

Se fijó entonces en las monedas embalsamadas por la sangre del joven Duhamel.

—Francamente, no me había detenido a… —la comisura de sus labios pareció crisparse o al menos eso le pareció a Hourani. Luego se encontró con una vaga expresión de angustia en su mirada—. ¿Cuál era la segunda cuestión? —preguntó apremiante.

No podía disimular un cierto desasosiego, como si le incomodara continuar allí por un instante más. Notaba que a Hourani le costaba empujar a sus intenciones o a sus órdenes o a lo que fuese que quisiera decirle.

—Límpiese el zapato… —le sugirió entonces en un murmullo de disgusto.

El subinspector bajó la mirada y advirtió unas salpicaduras de sangre que le cubrían la puntera del zapato derecho. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo del pantalón y frotó la mancha concentrando en ella toda la cólera acumulada hasta que desapareció por completo. Al incorporarse se dio de bruces con los ojos de su superior que se limitaba a asentir levemente con la cabeza.

—Hoy hemos actuado como una auténtica manada de elefantes —dijo arqueando las cejas—. Como unos arrogantes y estúpidos principiantes.

—Lo siento.

Sabía que el reproche iba dirigido a él puesto que era el oficial de mayor graduación de los que se encontraban en el escenario del crimen, pero su disculpa era fingida. Sólo deseaba marcharse de allí lo antes posible, así que dio media vuelta y se alejó con paso firme. Hourani lo vio llegar a la esquina caminando con los hombros caídos, como si soportara un gran peso a sus espaldas, hasta girar sin mirar atrás. Desapareció con la determinación de quien abandona un lugar definitivamente. Echó entonces una ojeada a los agentes que seguían moviéndose a su alrededor.

—¡Abdel! Ayi, ayi! —llamó de pronto al más joven de sus hombres que estudiaba con curiosidad la expresión de la víctima—. ¿Qué haces? —el agente respondió encogiéndose de hombros—. Ayi! ¿Qué hacías? Dime, ¿qué estabas haciendo? ¿Es que nunca has visto un cadáver?

A Abdel le parecía que el inspector jefe era de esa clase de hombres destinados a grandes empresas. Le imponía su estatura y su mirada implacable, sus manos fuertes y grandes.

—Es el primer muerto que… ¿Puedo comentarle algo, señor? —fue su ilusión por hacer bien las cosas la que lo envalentonó, y Hourani asintió—. Hace un tiempo estuve en el nuevo Kursaal Internacional…

Bajó los ojos como si al decir aquello se hubiese avergonzado. El fino vello que le crecía en el bigote como una sombra pálida acentuaba su aspecto frágil y adolescente. Amin Hourani lo miró de arriba abajo. Le costaba imaginarse a ese chico en ese local, entre los habituales que bajaban del Monte Viejo y los clientes que llegaban en sus lujosos yates desde Montecarlo o la Florida. Pero intuyó que le tenía reservado algo interesante.

—¿Te invitaron? —le preguntó sin evitar un tono socarrón en la pregunta.

—Fui con el inspector Medina. Seguíamos a esos americanos que…

Hourani asintió con la cabeza interrumpiéndolo con un ademán. Él mismo se lo había impuesto a Medina como compañero, aunque le jodiera trabajar con los novatos. Se podía acusar a Sebastián Medina de muchas cosas, pero nadie dudaba ni de su entrega cuando trabajaba ni de su lealtad con los compañeros. El inspector jefe vio llegar a la ambulancia que se llevaría al cuerpo de Jacques Duhamel. Por un segundo pensó en lo absurdo que resultaba utilizar una ambulancia para transportar un cadáver.

—Al grano.

—Aquella noche ocurrió algo que podría tener algo que ver con lo sucedido —Abdel se llevó las manos a la espalda como si diera un parte de guerra—. Este hombre… Jacques Duhamel, apareció por detrás del escenario e interrumpió el espectáculo; la música cesó y se armó un pequeño alboroto en el cabaret. Parecía estar borracho y derribó varias mesas buscando la salida. El inspector Medina me dijo que le pareció que iba herido. Entonces alguien gritó que necesitaban un médico. Entre los espectadores estaba el doctor Mazzoni y se dirigió de inmediato a los camerinos. El inspector me ordenó que siguiese al médico por si había algún problema. Hallé un herido por arma blanca. Sólo había sido una disputa entre borrachos que se peleaban por una prostituta y me marché al poco, en cuanto llegó la patrulla.

—¿Una puta trabajando entre bastidores en el nuevo Kursaal? —Hourani se ajustó el fez—. No se permite que entren solas, y si alguna lo hace es porque llega bien acompañada.

—Tal vez me equivoque, señor. Tal vez fuese una de las bailarinas del espectáculo.

—Pues ése es un detalle que no debiera pasarte desapercibido —alisándose el bigote miró a Abdel con fingida reprobación. A veces debía de actuar con arreglo a su rango—. Je ne peux pas y croire! ¿Es que te parece lo mismo una puta que una bailarina?

—Mi padre decía que las prostitutas tienen algo de artistas porque para verlas hay que pagar entrada.

Hourani se rio de su ocurrencia y el joven esbozó una sonrisa mirando de soslayo a su alrededor. Rezó para que nadie más lo hubiese oído. El inspector jefe pensó que era inútil tratar de mostrarse severo cuando enfrente tenía a un hombre aún íntegro.

—Es una manera curiosa de enfocar el asunto. Pero continúa, Abdel.

—Pues verá, señor. Me encontré con dos hombres, dos españoles. Uno estaba tan borracho que apenas reparé en él. Estaba en el suelo cubierto de vómitos. Y había otro malherido, con un corte en la cara. Le habían dado un buen navajazo. El doctor Mazzoni lo atendió enseguida y comentó que su rostro quedaría marcado para siempre.

Amin Hourani chasqueó la lengua y entornó los ojos, abrochándose la chaqueta de doble pecho, cepillada con cuidado. Llevaba la raya del pantalón perfectamente marcada, la corbata impecable, al igual que la camisa celeste. Incluso en el color rojo del fez se presumía su pulcritud. Metió las manos en los bolsillos y luego miró por encima de Abdel.

—¿Y qué hiciste entonces?

—Me acerqué a él. En cuanto me identifiqué pareció calmarse. Aunque la herida tenía mala pinta no le di importancia a lo ocurrido porque se trataba de una simple riña. Además, me tranquilizó que el inspector Medina hablase con ese hombre que le prometió acudir a la comisaría para denunciar los hechos —Abdel añadió esto último forzando la voz con la intención de mostrarse como un agente que sabe por dónde pisa o tal vez para cubrir su propia intervención—. Imaginé que la patrulla que llegaba en ese momento se encargaría del asunto y detendrían al agresor, al que ese hombre había identificado como Jacques Duhamel.

D´accord —el inspector jefe sonrió sin ocultar una inesperada simpatía por ese agente bisoño y entusiasta—. Profetizo que un día ocuparás mi puesto. Sí, Abdel, llegarás alto.

Incha Al´láh! Gracias, señor.

—Este es un mal asunto, jay. Un feo asunto.

—No comprendo —el agente se sintió aturdido.

—Abdel, si ése fuese un muerto de hambre probablemente yo no estaría aquí y a nadie le importaría ese cadáver. Pero cuando la víctima es el hijo de uno de los hombres más ricos de Francia lo que llevamos entre manos se transforma entonces en un turbio asunto.

Dieron unos pasos alrededor del cuerpo. La actitud de Hourani evidenciaba que su cabeza no cesaba de trabajar. La luz metálica de la mañana cubría su piel oscura como una capa de espeso aceite. Con la punta del pie señaló entonces las pesetas teñidas de bermellón.

—Cuando comprueben cuántas monedas hay ahí tiradas, infórmame.

Volvió a dar unos pasos separándose de Abdel. Calculó que desde la puerta de servicio de La Mar Chica hasta el lugar donde yacía el joven no habría más de diez metros. De noche no debía de resultar nada fácil poder verlo confundido con la basura que se amontonaba allí. La gente salía por la puerta principal buscando el puerto, la avenida y la subida al boulevard y Jacques Duhamel había muerto entre bolsas, desechos y un denso olor a orines. Había muerto como un perro sarnoso. Un perro al que habían torturado de la manera más sádica. Desvió la mirada y se quedó quieto observando cómo los enfermeros levantaban el cuerpo, lo depositaban sobre la camilla y finalmente lo cubrían con una sábana blanca.

 

Amin Hourani era un hombre hecho a sí mismo. Pertenecía a una vieja dinastía de desarraigados. Hijo de emigrantes marroquíes, pero de nacionalidad belga, había nacido en Beirut, a donde regresaría siendo ya adulto para abandonarlo de nuevo. Se marchó del Líbano a bordo del Gizéh con la única compañía de su maleta de madera. Y dos semanas más tarde, bajo un fuerte aguacero, desembarcaba en Tánger. Lo hizo justo al inicio de la cuarta oración que él cumplió en la cubierta del mercante arrodillándose en dirección a La Meca. Eso ocurría pocas semanas antes de que se permitiese al general Franco ocupar la plaza.

Llegaba a Marruecos con la experiencia de sus años de policía en Bruselas y su trabajo de asesor en Beirut con el ánimo maltrecho y la vaga ilusión de reconstruir su vida en el país de sus ancestros, aunque él no lo conocía más que de boca de su abuelo. La tristeza de ese cielo grisáceo lo compungió hasta el extremo de hacerle recordar el entierro de su padre, sepultado en tierra extraña sin la compañía de ninguno de los suyos. Al bajar al muelle pensó que la suerte estaba echada.

Incha Al´ láh —murmuró cuando sellaron su pasaporte.

Once años después de aquel primer día el inspector jefe Amin Hourani se consideraba ya un tanyaui de los pies a la cabeza. Y tenía muy claro lo que significaba ser un auténtico tanyaui: no eres de ningún sitio, careces de patria y desconoces tu bandera, pero sabes quiénes son tus amigos y dónde deberías morir.

Una vez que la ambulancia se llevó el cuerpo de Jacques Duhamel, Amin Hourani decidió caminar solo y sus pasos lo llevaron a la Pensión Fuentes. Llegó sumido en sus recuerdos, fumando uno de los puros cubanos que la señora Hutton solía enviarle cada mes, y al instante percibió la incomodidad que su presencia acababa de provocar en algunos de los clientes. Se sentó en una de las mesas más apartadas y en seguida Manuel le sirvió un vaso y una tetera humeante junto al periódico del día. Vertió el té y luego se echó atrás acomodándose en la silla mientras daba otra calada al puro. Siguió con la mirada los movimientos autómatas de Manuel hasta que a hurtadillas alguien se le acercó por la espalda y le habló al oído.

—Jefe, ¿es cierto que le han cortado el cuello al hijo de monsieur Duhamel? —el olor a coñac oxidado que le llegó del intruso hizo que Hourani reconociese al viejo Anselmo, perenne aspirante a periodista de sucesos. La voz se había barnizado con un fingido y torpe tono de seducción—. Dígame algo que no se sepa, que pueda publicar en el España.

—Creemos que es obra de los masones —deslizó como si compartiera con Anselmo una información reservada—. Lo han ejecutado siguiendo un viejo ritual empleado por una de las logias más antiguas, tu sais.

—¡Menudo notición me está pasando, jefe! —Anselmo sacó un pequeño bloc de la americana de pana que colgaba de sus hombros con deslucida elegancia y escribió algo con un lápiz—. ¿Algo más, jefe? Siempre que no le comprometa, por supuesto.

—Que como publiques algo de la estupidez que acabo de inventarme te mando al inspector Medina.

—¡Joder!

El aliento nauseabundo de Anselmo desapareció y Hourani recuperó algo de la placidez que solía hallar en el café de la Pensión Fuentes. Desplegó el periódico que había sobre la mesa. En su portada leyó la noticia de la victoria del partido Wafd en Egipto. El artículo explicaba que algo se movía bajo los cimientos de los países árabes, pero sin profundizar en ese nuevo aire de independencia que comenzaba a soplar. Luego, dejando el periódico a un lado, Hourani pensó vagamente en Jacques Duhamel, en el tajo abierto en su cuello, en las puñaladas que cosían su torso, en la manera salvaje y ruin como había sido violado, en la indignidad del género humano, algo que siempre le sorprendía pese a su larga experiencia con lo más ignominioso y lo más bajo del hombre, y quizá por esa misma razón enseguida la imagen de la víctima fue borrada por aquella otra que guardaba de su llegada a Tánger. Era la imagen del día en el que en la cubierta del Gizéh se había arrodillado bajo una intensa cortina de lluvia que fue abrazándolo poco a poco. Podía notar aún aquellas gotas de agua que se escabulleron entre su cabello, colándose por el cuello de su camisa, chorreándole por la cara, y cómo la ropa mojada se fue adhiriendo a su cuerpo como una incómoda segunda piel. Y también era capaz de recordar la voz del almuédano orando desde la Gran Mezquita y cómo él fue repitiendo las aleyas jurándose que redimiría su vida desde la nada, seguro de que en Tánger lo esperaba la felicidad que hasta ese momento le había sido tan esquiva. Mientras rezaba, sus lágrimas saladas se mezclaron con el agua de lluvia. Continuó con el rezo, aferrado a él para poder seguir adelante. Sólo le quedaba la oración y la vieja maleta que sujetaba con una cuerda, la misma vieja maleta que vio a su abuelo cruzar todo el norte de África y a su padre salir del Líbano para llevar a toda su familia a tierras belgas. Recordaba con nitidez que su boca le temblaba, como el resto del cuerpo, y que en medio del rezo pronunció el nombre de Salwa. Sabía que era la última vez que iba a pensar en ella, que cuando bajase al muelle dejaría su recuerdo en el barco como un equipaje sin dueño, pero repetía su nombre como si se tratara de otra aleya, dolorosa y descarnada. Podía aún sentir la fragilidad del cuerpo de Salwa. La había estrechado entre los brazos el último día que había pasado en Beirut. Fueron apenas unos minutos, escondidos en el taller de su hermano, envueltos en el sándalo y el cuero. Había sentido bajo el caftán su cuerpo menudo, espigado, en el que los huesos parecían de cristal. La había palpado con las manos abiertas aprendiéndose de memoria cada pliegue, cada sombra, cada silencio. Los labios se le habían enredado con su cabello negro y ensortijado que olía a campo abierto. Notaba la calentura de su respiración, el abismo que comenzaba a separarlos, el desmayo que atenazaba a Salwa y que le impedía decir palabra. Hourani logró hablar y lo hizo por los dos. Nada podía hacerse. Salwa había decidido antes, incluso mucho antes de conocerlo, y tendría que partir sin ella. Sólo había conseguido atrapar su intensa mirada memorizando aquellos ojos negros que no se habían cerrado mientras había durado su beso, aquellos ojos negros que lo habían traspasado hasta llegarle al estómago escarbando con una desesperación de agonía. Jamás había sentido un dolor como ése, que lo obligaba a abrir la boca para respirar y a dar bocados al aire para tratar de no desfallecer. Jamás antes había sido tan consciente de que estaba solo, terriblemente solo.

—Buenos días, inspector jefe.

Amin Hourani pareció despertar. Levantó los ojos y reconoció al hombre que acababa de saludarle al pasar a su lado. Era el director de las Galeries Lafayette.

—Buenos días —respondió segundos después no sin cierto esfuerzo.

Miró la tetera tratando de calcular el tiempo que llevaba allí sentado. Se llenó otro vaso, abrió de nuevo el periódico y buscó el número de la lotería agraciado en el día anterior, pero como siempre no era el elegido por Medina…» 

 

Foto de Fran Morales
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PRIMER CAPÍTULO DE «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS», DE SERGIO BARCE

Intentaré embaucaros con mis obras. Hoy os regalo el primer capítulo de una de las novelas de las que me siento más orgulloso: El libro de las palabras robadas (Ediciones del Genel, 2016). Advierto que se trata de un libro adictivo. Si os animáis a leer estos párrafos, necesitaréis haceros con el libro para seguir leyendo.

   «Moses Shemtov estaba de pie dándome la espalda con las manos metidas en los bolsillos y las piernas entreabiertas, su figura achaparrada silueteada contra el ventanal. Presumí que, desde la privilegiada atalaya de su consulta, sus ojos se perdían en el boulevard: el mirador con los viejos cañones vigilando el mar, la boca del puerto, su pasado glorioso. Apenas me había dirigido unas palabras, pero yo sabía que mi inesperado regreso le había alegrado.

−Dime, ¿quién era ese cuarto espectro que viste tras tu madre? −preguntó quedamente al girarse.

Nos miramos. No iba a decírselo y él lo sabía. Cuando sacó el móvil, dejé de respirar unos segundos como si mi sangre se hubiera congelado, y noté que algo en mi vida llegaba a su final, que ya no habría vuelta atrás. Pero hasta ese momento las cosas no habían sido tan fáciles.

Comencé a hablarle por primera vez del asunto varias semanas después de que Sara sugiriera que lo visitase, cuando ella comprendió que, pese al códice, si no hacía algo al respecto nuestro pequeño mundo podría llegar a quebrarse en cualquier momento. En esos instantes mi relación con Sara parecía naufragar sin remedio, y yo, por supuesto, no estaba dispuesto a que las circunstancias nos vencieran, quería luchar por ella, tenía que vencer por ella. Merecía la pena, era lo único que realmente merecía la pena porque ya sabía entonces que Sara lo significaba absolutamente todo para mí.

Las sesiones anteriores habían servido para tantearnos, para que Moses Shemtov se hiciera una idea de con quién bregaba. Le costó trabajo ganarse mi confianza, pero una vez que lo hubo logrado mi incontinencia verbal fue mi válvula de descompresión. Era un hombre listo, experimentado, aunque me resultaba extraño que siguiera ejerciendo en la ciudad. No había podido librarse de su embrujo, supongo, y con setenta y tres años seguía ahí, al pie del cañón, pese a las habladurías.

Le conté a Moses que había encontrado a mi madre recostada en un diván de cuero, con un vago aire de melancolía, vestida tan solo con unas enaguas blancas de encajes bordados a mano y con una fina medalla de oro al cuello. Y que también la había visto en ropa interior, arrebatadora. Le conté que siempre llevaba el cabello suelto y lacio sobre sus hombros desnudos, como una modelo de los sesenta que posara para David Hamilton. En las ocasiones en las que ella había aparecido, lo había hecho con no más de veinticuatro años, la edad con la que me tuvo. La sensación que me producía era como la de estar observándola mientras se movía en el interior de un diminuto acuario. Si me hablaba, jugueteaba con el pelo enredando las puntas entre sus dedos, que luego se deshacían solas. También le confesé que, en todas esas veces que la había descubierto en el interior del espejo de mi dormitorio, había tenido la sensación de que mi madre tenía la piel más blanca de como la recordaba, quizá porque ahí era más joven, y que sus labios irradiaban una sensualidad excesiva. Fuera como fuese, lo cierto es que, salvo la primera vez que sucedió, cuando terminábamos de hablar no me planteaba si podía tratarse de una alucinación o no, simplemente era algo que ocurría, sin más; y esos encuentros dejaban un sabor dulce en mi boca.

Moses me miraba ahora sentado frente a mí, con las piernas cruzadas, sus ojos caídos protegidos por la montura de las gafas, moviendo entre los dedos su bolígrafo de oro. Hasta ese día no había conseguido nada en absoluto salvo mis confusas divagaciones, pero ahora todo era diferente.

−¿No crees que sería conveniente que comenzaras por el día en el que la viste por primera vez? Quiero decir por el día en el que te reencontraste con ella… −añadió frunciendo el ceño.

−Me parece bien –dije, asintiendo con la cabeza. Y me puse a hablar…

Ágata (nunca la llamamos mamá) resurgió el mismo día en el que su marido, mi padre, amenazó a una mujer con robarle el bolso y se presentaba mi tercera novela. Fue un día de enero, desapacible, con las nubes bajas y encapotadas en un cielo gris. Había una especie de tristeza natural que deslucía el color de los edificios, y las calles aparecían inusualmente solitarias. Recuerdo que habíamos llegado a la consulta del doctor Cascales cinco minutos antes de la cita fijada, aunque no entramos hasta una hora después. El tiempo se nos echaba encima.

Mi padre no paró de protestar desde que llegamos y se mostró especialmente inquieto con algo que yo no era capaz de adivinar. Cuando le preguntaba qué le ocurría, se limitaba a refunfuñar y a mirar para otro lado.

Yo tenía que estar a las ocho y media en la Librería Proteo, no podía fallar a la presentación de mi propia obra, así que también me pasé buena parte de la espera mirando al reloj. Damián no me acompañaría, no lo había hecho con las dos primeras novelas así que tampoco podía esperar un cambio a estas alturas. Mi padre no me perdonaba que para firmar mis libros hubiese eliminado su apellido… Él se llamaba Damián Urrea… En fin, yo prefería utilizar el de Ágata: Vázquez. Cuando comencé a hacerlo pensé que era un bonito homenaje a mi madre y a su mujer, pero él nunca supo apreciarlo.

La cita con el oculista la había concertado mi hermana Silvia mucho antes de que supiéramos que ese mismo día El libro de las palabras robadas comenzaría a dar sus primeros pasos, de manera que había decidido cumplir con el trámite del especialista y luego marcharme de inmediato al acto. A eso de las siete menos veinte llegó por fin nuestro turno.

Me incorporé, dejando la gabardina junto a mi padre, para seguir a la enfermera por el corredor. Damián vio cómo me alejaba alzando apenas los ojos de la revista de decoración que ojeaba sin interés desde hacía una hora. Me di cuenta de que él clavaba sus ojos en las piernas de la mujer que estaba sentada en el otro sillón de la sala de espera, con tal fijeza que ella se removió en el sillón. También intuí que le había dedicado alguna palabra entre dientes, pero lo vi hundir de nuevo su mirada en el mobiliario de las casas americanas de la Florida.

El caso es que, cuando el doctor Cascales terminaba de comprobar mi visión, y ya me guardaba en el bolsillo de la camisa la cartulina con mis nuevas dioptrías, la puerta se abrió de golpe y la enfermera asomó la cabeza visiblemente alterada.

−Señor Urrea, venga enseguida…

La alarma en su voz hizo que yo diera un salto, convencido de que algo le había ocurrido a mi padre. Pero en cuanto llegué a la sala de espera, lo encontré cómodamente sentado con la misma revista entre las manos. La única variación que aprecié a vuelo pluma fue que ahora ocupaba el sillón en el que antes estuviera sentada la mujer que había dejado aguardando su turno.

−¿Papá?

Levantó la cabeza, soltando la revista, y se limitó a hacerme la pregunta más obvia.

−¿Ya puedo pasar?

Me giré sobre los talones, sin comprender para qué me había hecho salir la enfermera de esa manera.

−¿Cuál era la urgencia? −la reprendí, aunque inseguro.

Ella se mordió los labios, y luego se estiró la bata blanca como un acto reflejo. A continuación, miró a su jefe, que se limitó a encogerse de hombros descargando la responsabilidad en su auxiliar. Nerviosa, nos dijo que mi padre había molestado a la señora que tenía cita después de nosotros, y que con su actitud había conseguido que se marchara muy alterada, casi llorando.

−¿Que mi padre la ha molestado? –miré a Damián, que me evitó refugiándose de nuevo tras el papel cuché−. ¿De qué me está hablando?

La enfermera continuó diciendo que la amenazó con robarle el bolso. Las dos creyeron que mi padre estaba de broma, pero, a continuación, se incorporó y le puso una mano en la pierna y la mujer se levantó preguntando qué era lo que hacía, y mi padre, según la enfermera, le replicó que tenía labios de putona, y que si no le daba el bolso tendría que quitárselo a la fuerza. Entonces la señora no aguantó más y se marchó sollozando.

−No puede ser… −musité, sin dar crédito a lo que estaba oyendo. Mi padre se había levantado y miraba con reprobación a la enfermera; luego dio unos pasos y se detuvo en el vano de la puerta, como si no estuviese muy seguro de si debía salir o no de la consulta−. ¿Eso ha hecho mi padre?

Apenas me salían las palabras, que se quedaron en mi boca igual que trozos de pan seco. Por primera vez desde que acudía a la consulta, me fijé con atención en ella, en su rostro ovalado, en sus largas pestañas y en su mandíbula, delgada y huesuda, incluso en la manera tan delicada con la que fruncía el ceño. Trataba de descubrir un punto vulnerable, un detalle físico que delatara su baja catadura moral. Por el contrario, intuí que debía de tratarse de una persona incapaz de inventarse una cosa así.

−Lo siento, de verdad… −añadió con simpleza.

−Gracias, Merche. Espéreme en mi despacho…

La chica se alejó por el corredor, y el doctor Cascales y yo miramos a mi padre, que seguía en la puerta de entrada con una mano apoyada en el quicio. Ahora parecía abatido.

−No sé cómo disculparme… −dije en su nombre.

−Elio, le aconsejo que lleve a don Damián a un neurólogo. No estaría de más que le hiciesen un chequeo a fondo…

Creo que asentí, y luego me acerqué a mi padre y lo agarré del brazo.

Durante el trayecto hasta llegar a su casa conduje en silencio, y él no movió un músculo, la mirada perdida, las manos lacias en el regazo. El coche avanzando por las calles que iban oscureciéndose engullidas por el anochecer, y las nubes aplastando la ciudad.

−¿Quieres que suba contigo?

Levantó una mano deteniéndome para que no lo siguiera. Lo vi caminar hasta el portal, arrastrando los pies, abrir la cancela y entrar sin dedicarme un solo gesto de despedida. Era evidente que se estaba produciendo un extraño cambio en nuestras vidas sin que yo pudiera evitarlo de ninguna de las maneras. Metí primera, y salí de esa calle deseando llegar a la librería cuanto antes y olvidarme del incidente por unas horas.

−Eso ocurrió antes de que vieras a tu madre por primera vez… −me dijo Moses.

−Podría decirse que sí, aunque supongo que hubo una extraña confluencia de acontecimientos impredecibles en muy poco tiempo.

Él asintió, como si mi respuesta le hubiese aclarado algo, pero al instante me preguntó a qué me refería. Sacudí la cabeza, y le confesé que hubo momentos en los que las palabras de Ágata me desconcertaron.

−No quedará nada de nosotros cuando la arena del desierto lo cubra todo y ningún río desemboque en el mar… −me dijo mi madre en una ocasión, bajando la voz como si me hiciese una confidencia−. No saben explicármelo, Elio, pero algunos ya han estado allí, y al volver no recuerdan nada. Van como locos, sin respetar los límites de velocidad. Si cumpliesen las normas, los recuerdos no se les borrarían y podrían aclararme mis dudas. Uno de los que no para de ir y de venir del futuro es tu abuelo. Corre demasiado, y un día tendrá un accidente y no volveré a verlo…

−No supe qué responderle –le dije a Moses.

Vi que echaba el cuerpo atrás y que se arreglaba la americana, meditando quizá sobre lo que escuchaba.

−Ágata debió de ser una mujer muy interesante… Y si fuese cierto que en esa otra dimensión se puede viajar en el tiempo… −su rostro se iluminó, como si le ilusionara esa posibilidad−. Es curioso cómo nuestra mente proyecta hechos reales del pasado en un mundo imaginario, una treta del subconsciente− añadió.

A veces Moses se quedaba ahí sentado escuchando con aparente atención, pero otras parecía tan ausente… En ese momento tenía la sensación de que nunca podría resolver mi problema, y me preguntaba si merecía la pena seguir pagándole. Había quien decía que sólo era un charlatán, que sus métodos eran añejos e inútiles, y que por eso apenas le quedaban ya unos cuantos pacientes europeos.

Moses posó el bolígrafo en sus labios, y levantó los ojos.

−Volvamos a ese día en el que tu madre irrumpió por sorpresa en tu vida… ¿No sería una simple proyección en tu imaginación causada por lo ocurrido en la consulta? Una especie de defensa evasiva…

−No lo sé –respondí; pero, tras reflexionar unos segundos, añadí:– Ese día hubo un incidente más. Mi desconcierto no me lo creó mi padre… Mi desconcierto me lo causó otra persona…

Me removí intranquilo en mi sillón, y me di cuenta de que de pronto Moses me miraba con tanta atención que podría dibujar mi rostro con los ojos cerrados.

−¿De quién me estás hablando? –me preguntó intrigado. Era como si de pronto hubiese metido la conversación sobre Ágata en uno de los cajones de su escritorio. Fue la mejor manera de despejar las dudas sobre su compromiso conmigo.

−Sucedió al terminar la presentación de mi novela –respondí−. Estábamos ya en la puerta de la librería cuando un hombre se me acercó… Se me acercó muy decidido, extendiéndome la mano. Cuando estreché la suya, noté la piel fría y húmeda, los dedos huesudos, y el anillo que llevaba se hincó dolorosamente en mi mano; pero también sentí su urgencia por abordarme al dar ese férreo tirón para atraerme hacia él. Logré clavar los pies en el último momento. Enseguida el otro cedió, aunque sin soltarme. Continuamos unos segundos con ese absurdo forcejeo hasta que, al prestar atención a lo que ese tipo me decía entre dientes, dejé de resistirme.

−¿Sabe que ha puesto en peligro a este viejo, hijo de puta? –los ojos del hombre centelleaban, y su aliento, aguardentoso, me golpeó en la cara−. Dígame, ¿cómo conoce esa historia?

Miré en derredor, con la vaga esperanza de que alguien me sacara del atolladero. Sin embargo, los demás conversaban animadamente sin percatarse de la tensión que se había levantado entre ese tipo desarrapado y engreído y yo.

−¿De qué me está hablando? –logré balbucear al fin.

−¿No lo sabe? ¡Deberíamos desenmascararle! Y entonces, ¿qué es lo que haría? Nada, no podría hacer nada. Si tuviésemos las manos libres, le humillaríamos −la garganta se le desgarró cuando añadió esto último, la mirada sangrante, como si contemplara en ese mismo momento lo que anunciaba.

La boca de ese hombre desprendía un olor agrio y candente, como si hubiese estado bebiendo sin parar. La barba rala, la chaqueta deshilachada en las mangas, roída en los codos y en los bolsillos. En su mirada sólo se atisbaban ausencias y desencantos, apenas un brillo en el fondo de su desvarío. Pero la rabia se había adueñado de él, escupiéndome una diatriba que yo trataba de descifrar como podía.

−Pero no sé realmente…

−¿Qué es lo que ha hecho esta noche, señor Vázquez? ¿Qué es lo que ha estado haciendo hasta hace sólo un instante?

−Yo… −titubeé, con la sensación de que una ráfaga de hielo me atravesaba el pecho−. Sólo presentaba mi novela…

−¿Su novela? –negaba con la cabeza, sus dedos aferrados a mi mano como si pretendiera apropiársela, escapar con ella; y eso inoculaba el miedo−. ¿En serio me está diciendo que es su historia?

Me sentía tan confuso que dudaba incluso de que el acto organizado por la editorial hubiera sucedido. Lo único de lo que podía tener alguna certeza era que ese hombre, al interpelarme utilizando el apellido de Ágata, sólo me conocía por mi obra.

−Yo a usted no lo he visto en toda mi vida… −la voz comenzaba a resquebrajárseme. Quería pedir auxilio. Allí estaban mis amigos, algunos familiares, sería muy fácil que acudieran a ayudarme en cuanto levantara la voz. Pero seguía ahí paralizado frente a ese extraño que me hincaba sus pupilas glaucas como arpones llameantes. De pronto, pareció reaccionar.

−Si eso es cierto, si realmente no conoce a este hombre cansado y humillado, ¿cómo va a explicar que haya escrito sobre mí, señor Vázquez? –su mano me apretaba ahora con una fuerza inverosímil, ajena a ese cuerpo mayor y aparentemente agotado, el anillo hundiéndose en mi piel−. ¿Quién le ha hablado de este anciano y de El libro de las palabras robadas? He de saberlo, ¿me comprende? Es cuestión de vida o muerte para nosotros… ¡Dígamelo! ¿Quién?

Su voz se había hecho grave y rencorosa, pero no levantaba el tono quizá para evitar llamar la atención. Por algún extraño motivo, nadie se nos acercaba. Un misterioso cinturón invisible parecía mantenerlos a raya.

−No entiendo de qué me habla… Es una novela de intriga, de ficción, ¿comprende? Una invención mía sin base alguna en la realidad…

El hombre frunció el ceño y se mordió los labios, tal vez creyendo que trataba de engañarlo. Miró a su alrededor, nervioso, y dio un paso hasta acercarse más de lo que yo hubiera deseado. Su penetrante olor a humedad y a sudor me hizo echar la cabeza atrás.

−Yo soy ése al que usted ha llamado Jesús Ortega… Cambiar mi nombre no es suficiente para embozar la historia… –abrió los ojos, alucinado−. Aún nos queda aliento suficiente para evitar esta calamidad, y vamos a hacer algo… Oí que en su novela habla de ella sin pudor alguno, como si la hubiese conocido igual que yo… De ella… También oí que describe detalladamente El libro de las palabras robadas, como si pudiera enseñarlo igual que a un cuerpo desnudo. Y, para colmo, se permite el peligroso lujo de ponerle el mismo título –soltó una risita antipática−. El único que es uno y son millones… El libro de las palabras robadas debiera volver a estar en poder de quienes pueden protegerlo. Sólo merece ser desenmascarado, pero sabe que no podemos hacerle nada por respeto a ella –y corrigió enseguida su propia frase en un hilo de voz, exhausto:– Sólo por respeto a ellas…

−¡Déjeme en paz! –di un tirón y, al fin, logré librarme de su mano; pero, enfurecido ahora, trataba de continuar conminándome a que le respondiera a sus requerimientos.

−¡Yo soy Jesús Ortega! –añadió en tono delirante. Me sentía agarrotado, incapaz de dar un paso, como si dos deseos opuestos lucharan sin tregua. El hombre parecía absolutamente fuera de sí, como si algo lo desbordara−. Él cree que no lo sé, pero le oí hablar de usted, y por eso estoy ahora aquí. Tenía que venir a verlo. Su novela no le pertenece, señor Vázquez.

−¡Elicito! –mi cuñado se acercaba con un ejemplar en la mano−. ¡Elicito! −al escuchar mi nombre por segunda vez, el hombre pareció estremecerse.

−Elicito… −repitió él entre dientes, escudriñándome con una intensidad inesperada. De alguna manera su reacción me desconcertó, era como si no supiera qué estaba haciendo allí.

−¡Arturo! –gritó Joan Gilabert−. ¡Arturo Kozer!

Su rostro se crispó, miró en derredor, y sin mediar palabra se cerró la chaqueta, levantándose la solapa, como si de pronto hubiese notado un frío glacial, y, dándose la vuelta, se precipitó hacia la salida empujando a todo aquél que lo estorbaba en su camino.

−¡Apártense, hijos de puta! –maldecía mientras escapaba de la librería−. ¡Hijos de puta!

Aturdido aún, no terminaba de asimilar sus palabras. Me temblaba el cuerpo, y me miré la mano derecha. Su anillo me había arañado levemente.

−No me la has dedicado, cuñado –me dijo Lorenzo al darme mi novela.

Me limité a firmársela, sin ánimo para pensar en algo original, justo en el instante en el que mi editor y Francesca se acercaban. Lorenzo me sonrió, y se fue en busca de Silvia.

−El tipo que antes estaba contigo, ¿era realmente él? –la pregunta le brotó a Joan Gilabert en un aliento sarcástico, como si además de impresionarle lo ocurrido de alguna forma lo alegrara.

−¿Le conoces? –arrugué la frente, buscando un cigarrillo en el bolsillo interior de mi chaqueta.

−Por supuesto –replicó con autosuficiencia. Me clavaba sus ojos vacíos, con expectación, con ese aire de inventor lunático que le conferían sus cabellos prematuramente canosos y escasos que aún mantenía en el segundo hemisferio de su cabeza−. Tú, ¿no? –su asombro se adelantó a mi respuesta.

−¿He de saber quién es? –pregunté encendiéndome un pitillo. Exhalé una calada profunda mientras Francesca me observaba en silencio, con su gesto más suave.

−¡Has tenido a tu lado a Arturo Kozer! ¡Joder, Elio! Cómo explicarlo… Arturo Kozer es una especie de leyenda, un auténtico cabrón que rompió con el mundo hace muchos años. Ya era hora de que saliese de donde quiera que haya estado escondido –dijo Joan Gilabert asintiendo pensativo−. Es un genio de la escena, o al menos lo fue en su día… Si no lo conocías, ¿de qué estabais hablando? Francesca os vio… −de pronto, terció su sonrisa más artificiosa−. Dime que tu novela le ha fascinado…

−Parece que no le ha hecho mucha gracia que lo hayas reconocido…

Después de tantos años aún no comprendía cómo era posible que un ciego pudiera conseguir que se sintiese la intensidad de su mirada. Sus ojos eran claros, de un gris celeste, y sus pupilas inmutables se clavaban igual que navajas. Francesca, su mujer, trabajaba con él en la editorial y era su lazarillo cuando no utilizaba el bastón.

−¿Qué te ha dicho?

−No hablábamos… Sólo trataba de convencerme de que él es Jesús Ortega… −al repetirlo, me daba cuenta de que ese hombre acababa de tenderme una trampa insalvable.

−¿Jesús Ortega? –meditó un instante, con gesto descreído. Luego, se mostró de nuevo entusiasta−. ¿Ahora se cree el protagonista de El libro de las palabras robadas? ¡La presentación de una novela tuya y un lunático suelto! Quizá ha perdido definitivamente la chaveta… Hace años, la mujer y el hijo de Kozer murieron en un accidente de coche… −al oírlo, apenas reparé en el hecho en sí, pero noté que Francesca le presionaba el antebrazo como si le describiera mi reacción, y tal vez por ello continuó−. Desde entonces se convirtió en un tipo mucho más excéntrico de lo que ya era… Pero de ahí a que ya comience a creer que es el personaje de una novela… Aunque mirando el lado positivo, te puedes sentir orgulloso de que haya escogido una de las tuyas, se podría decir que es un reconocimiento a tu talento. Lástima que no te haya partido la cara delante de todos… −levantó los brazos como un sumo sacerdote, riéndose−. ¡Elio Vázquez agredido por Arturo Kozer en la presentación de su nueva novela! ¡Habríamos vendido un montón de libros, joder!

−También me ha hablado de El libro de las palabras robadas, como si de veras existiese algo así…

Mi mirada no atendía a mi editor, se había quedado varada en el intento por traspasar la barrera humana que me impedía comprobar si ese tipo hosco y malcarado continuaba en la puerta de la librería o, por el contrario, había optado por marcharse y olvidarse de mí. Pero luego me di cuenta de que Francesca hacía lo mismo que yo mientras que Joan Gilabert seguía riéndose solo, tratando de embozar su gesto meditabundo y preocupado.

El libro de las palabras robadas – Sergio Barce»

 

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