Tánger es una dama perversa, una hechicera, una ladrona. Tánger es un mito, es una metáfora, es una ensoñación. Tánger no existe. Y precisamente porque Tánger ya no existe (los tanyauis saben de lo que hablo), Tina Suau añade en el título de su novela esa certera sentencia: “la vida soñada”.
En los últimos años se ha producido una eclosión de novelas ambientadas en el Tánger internacional o en el actual. Sin embargo, muchas de ellas carecen de ángel y de alma, porque la ciudad es mero decorado de cartón piedra y esas historias podrían haberse ambientado en Estambul o en Saigón sin afectar al resultado. En otras novelas también ocurre que Tánger se convierte en un descarado anzuelo publicitario, y el desconocimiento que demuestra su autor o autora sobre ella y, en especial, sobre sus gentes es tan evidente que, a veces, hasta sonroja. Por eso, el libro de Tina cobra mayor relevancia, porque ella es tanyaui de los pies a la cabeza y evita ese mal uso de Tánger como mero atrezo (sigue la estela de Antonio Lozano o Ramón Buenaventura, por poner dos buenos ejemplos), y porque sabe trasmitir el significado profundo de la experiencia vital tangerina (como los autores antes mencionados). Ella utiliza a Tánger porque la necesita para seguir respirando.
La novela nos cuenta la vida de William Brady, un americano que se instaló en la ciudad en los años treinta y para el que Tina trabajó durante unos meses. Mafioso, asesino, espía, embaucador, amante, honesto sin embargo, que se casó con una torera española, Enriqueta Almenara, famosa en la época de la República junto a su hermana Amalia, conocidas en el mundo taurino como las Hermanas Palmeño. Un matrimonio que, ya de partida, resulta de lo más atractivo. Y Tina Suau abre la puerta de su intimidad, con desparpajo, con la seguridad que le da el conocerla de primera mano.
La estructura elegida de novela negra clásica (Tánger da mucho juego en este sentido) la envuelve con una patina de misterio muy sugerente. A la vez, Tina no elude ni el romanticismo ni la aventura, pero tampoco olvida, como ocurre en toda novela negra que se precie, bucear en el lado más oscuro de Tánger: su oscura etapa fascista, sus bajos fondos, la corrupción política y policial…. Eso y mucho más es esta hermosa y caleidoscópica novela que recorre casi cien años de historia de Tánger de manera lúcida, cálida y nostálgica. Esto último no puede evitarlo. Y me encanta. Porque la belleza de sus páginas radica en esta arrebatada declaración de amor que Tina Suau dedica a “su” Tánger.
«Tánger, la vida soñada» ha sido publicada por Esdrújula Ediciones.
Se echan todos los ingredientes en la coctelera llena de hielo, se agita enérgicamente, y se sirve en un vaso bajo y ancho con dos cubitos de hielo, una rajita de naranja y una ramita de hierbabuena.
Eso es lo que sirvió el barman judío Isaac Toledano en el primer relato que forma parte de Cócteles tangerinos, (De antier, de ayer y de hoy) de Alberto Gómez Font, publicado por Kasbah Editorial.
Ando estos días leyendo este delicioso libro que Alberto ha ido enhebrando año tras año hasta darle forma definitiva (hasta el día de hoy, que nunca se sabe). Dice Emilio Sanz de Soto en el prólogo: «Siempre pensé que un cóctel tangerino debía llevar hierbabuena». Y a fe que lo hay. Porque lo simpático de estos relatos es que siempre, siempre, hay un cóctel que da título a cada uno de los textos y, además, el barman que Alberto Gómez lleva dentro (y que, entre otras tareas y aficiones, ha ejercido y ejerce como tal) nos regala su composición y la manera de prepararlo, como hace con el que abre estas líneas (ramita de hierbabuena incluida).
Llevo poco leído, pero ya me he trasladado con sus personajes (Isaac Toledano, Ignacio Echeverri, los Llauradó…) a un Tánger por el que Alberto transita con ligereza y seguridad como guía y reportero. Lectura deliciosa para degustar con cada cóctel que él nos prepara, sentados en cualquier café del Zoco, en la terraza del Continental o en la piscina de Minzah o del Rembrandt. Da igual. Tánger supura por los márgenes de cada página del libro.
Escribe Alberto Gómez Font: «El olor a sobaquina de Said, su jardinero; el olor a pies del salón de la casa de sus suegros; el olor a amoníaco de los urinarios públicos; el olor a estiércol de la esquina del Zoco Grande donde estaban los burros de carga; el fuerte olor a almizcle de Fátima, su sirvienta; todos eran soportables para Isaac Toledano. Lo único que no podía soportar era el mal aliento en algunos de sus interlocutores, olor con el que se encontraba de frente mucho más a menudo que el resto de los mortales debido a su oficio de barman, pues de todos es sabido que los borrachos sufren de halitosis, y entre los clientes del bar americano del Hotel El Minzah había bastantes con ese mal. Personajes elegantes a quienes no les olían los sobacos, ni los calcetines, ni la entrepierna; pero en cuanto abrían la boca para pedir otra copa o para hacer algún comentario soez sobre el culo de la mora que limpiaba los ceniceros, la vaharada que Isaac recibía directa a la nariz era verdaderamente insoportable, aunque él la recibía con la más amable de las sonrisas, sacada del repertorio que debe tener todo barman profesional...»
Viajar hasta el Tánger de los años internacionales con Alberto Gómez Font comienza a ser un viaje de placer.
Cuando haya avanzado en estos relatos, probablemente haga una pausa, escriba de nuevo sobre ellos y deguste, mientras tanto, alguno de los cócteles tangerinos de Alberto.
«Tanjawi» es el título de un precioso libro de Wenceslao-Carlos Lozano. Como él mismo ya anuncia al comienzo, la amable presión de amigos y familiares casi le obliga a escribirlo, y el resultado es una delicia. De manera que hay que agradecerle a ellos que lo acuciaran para que se animara a hacerlo.
Leer sobre Tánger desde el prisma de un auténtico tanyawi dota a la obra de un valor añadido. Si, además, se trata de alguien con una vida tan interesante como la del autor y que retrata a personajes como los que ha rescatado para que formen parte de su paisanaje, el resultado es un texto que hace gozar al lector. Yo lo he disfrutado. Porque, además, está escrito con una sencillez apabullante, es decir, con soltura y pasión, con pulcritud y limpieza. Y eso se agradece. No hay artificios.
Leemos en «Tanjawi»:
<…En todas esas etapas perduró mi inquebrantable amistad con mi padrino que, aunque dentro de otro orden, también participaba de cierta farándula nocturna no muy bien vista por una sedicente gente de bien que chanchullaba en amores con disimulo, pues en Tánger, habiendo tantas jóvenes casaderas con ancianos pudientes, y mujeres mayores agraviadas dispuestas a desquitarse con jóvenes galanes, las infidelidades conyugales estaban a la orden del día, dándose a menudo el caso de maridos que «ponían piso» a sus amantes, todas nacionalidades y religiones confundidas entre gente pudiente. También se dieron sonados casos de profesores enrollados con alumnas, incluso en el mojigato instituto español, sin que aquello tuviera mayores consecuencias.
Algunos balnearios de la bahía -debía de haber una docena de ellos- eran puntos de convergencia ideales para esos encuentros entre heterosexuales y, por supuesto, entre gays y chaperos, una fauna omnipresente en razón de la permisividad reinante en una ciudad en la que abundaba una materia prima de calidad, y por tanto atraía a numerosos aficionados a los efebos, habitualmente de clase alta -bastantes aristócratas-, entre los cuales no escaseaban los españoles, rostros conocidos del cine y el teatro, diseñadores de moda, en cuyas mansiones de amigos locales organizaban sus saraos y se despendolaban a tutiplén para resarcirse de los rigores morales imperantes en la Península. El Windmill, por ejemplo, era un balneario exclusivo de gays y de ambiente inglés. Solía reunirme con Bazi en el Sun Beach, uno de esos locales playeros cuya atmósfera internacional era de lo más relajada, para tomar el sol entre baño y baño y contemplar desde mi tumbona con un pastis en la mano –Pernod o Ricard– los vaivenes de aquel loquerío…»
Mención especial merecen, a mi entender, las páginas dedicadas a «Grandes mujeres» y, por lo que a mí me atañe, el capítulo en el que homenajea a su inolvidable hermano Antonio. Antonio Lozano, al que me unió una cortísima pero intensa amistad. Un hombre que sólo era corazón, y así lo describe también Wenceslao-Carlos. Jamás lo olvidaré cuando estuvimos juntos en Tánger o cuando presenté su libro «Me llamo Suleimán».
Para quienes gustan de regresar literariamente a Tánger, aquí tenéis algo muy especial.
«Tanjawi» ha sido publicado por Esdrújula Ediciones.
El 14 de febrero, presentaremos mi novela «Todo acaba en Marcela», en el Instituto Cervantes de Tánger. Donde también hablaremos de los relatos de «El mirador de los perezosos». Y al día siguiente, 15 de febrero, el cortometraje dirigido por mi hijo Pablo, «Moro», en la sede del Instituto Cervantes de Larache, donde se rodó parte del film.