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Otros libros, otros autores: CERVEZA CALIENTE (Memoria vaga de un verano perezoso) de JUAN PABLO CAJA

Hace unos días Juan Pablo Caja me envió un ejemplar de su novela “Cerveza caliente (Memoria vaga de un verano perezoso)” (bcn press – Barcelona, 2011), con un curioso diseño de portada de Roger Cano que me pareció lo suficientemente sugerente como para imaginar que su interior iba a ser igualmente interesante. Y así ha sido. La verdad es que me lo he pasado francamente bien con su lectura.

“¿Qué título le pongo a estas notas dispersas, a estos recuerdos, si algún día los convierto en un libro?”

Es lo que dice el autor en algún momento del relato; tras leerlo hay que responderle que ha acertado con el título. Y siendo sincero, creo que es el tipo de libro que a uno le gustaría escribir si pretendiera hablar de sus amigos, si quisiera contar algo de alguno de ellos en particular. En el caso concreto de “Cerveza caliente”, con la excusa de narrar la experiencia que supuso trabar amistad con un exiliado húngaro llamado Lajos en los años ochenta, Juan Pablo Caja teje un curioso retrato tanto de la ciudad de Palma donde se desarrolla la historia como de este hombre que subsistía haciendo caricaturas a los turistas, pero también lo es de los otros amigos-personajes que se fueron interrelacionando tanto con Lajos como con Juan Pablo (no sé si he dicho que es un relato autobiográfico, o una ficción biográfica como dice su contraportada, o quizá sean las notas dispersas que antes indicaba él mismo): Sebastián “el freelancer”, Pep, “Huan”, María o Lucía, que es como una sombra que planea constantemente sobre el narrador.

“…el Mini blanco en el que íbamos Lucía y yo se detuvo finalmente frente al semáforo rojo, en las Avenidas, a la altura del Ramón Llull, más exactamente en la esquina del bar El Cañizo (“El Coñazo”, rebautizado popularmente). El motor del coche zumbaba como solamente lo hacían los minis, con aquel ronroneo característico, un poco pasado de decibelios, que subía de vueltas, y volumen, al más mínimo toque de pedal. Creo recordar que estábamos en silencio. Ella y yo. Alguna discusión. O simplemente el silencio que oprime: el que aparece cuando nada de lo que se puede decir sirve; el que, de romperse, solamente conseguiría hacer daño. Más daño…”

grupo Galactus, del que forma parte Juan Pablo Caja (segundo por la izquierda)

Pero es el personaje de Lajos el que centra la mayor parte de la historia, como si fuera el centro de atracción del resto de las historias. Juan Pablo Caja narra con socarronería, desde la distancia de los años, y eso le permite observarlo todo con ese afecto que sólo se le tiene a los amigos que fueron (quizá alguno lo sea aún). La novela, sus notas dispersas, están muy bien escritas porque sabe narrar y crear atmósfera, construir personajes y definir situaciones. Sus descripciones de las calles y de los locales de Palma, en los que introduce pequeñas dosis de humor, me parecen extraordinarias. Como lo son los pequeños detalles que introduce a modo de “salpicaduras”, escenas aisladas, fogonazos de aquellos días. Hay una en particular entre el narrador y Lajos que me parece magistral:

“-Tengo otro sueño que contarte, Lajos. Esta noche. Raro de cojones, y al final tenía que ver contigo.

Trago de cerveza.

-No sé a santo de qué, quizá por las fiestas patronales del lugar, una familia de campesinos aparece en una plaza empedrada de pueblo. Son siete, ocho, quizá diez personas, todos agrupados alrededor del que debe de ser el abuelo, inválido, en una silla de ruedas chirriante y destartalada. El viejo tiene aspecto de enfermo, pálido, y una cara de momia, piel apergaminada, adherida directamente a los huesos, cuatro mechones de cabellos sin vida, mal repartido por una calva de piel mate, con extrañas protuberancias, granos añejos, una verruga. La familia está reunida, apiñada, en el centro de la plaza. Son seis o quizá ocho personas. El abuelo, los padres, los hijos. A la abuela no la recuerdo, no debía formar parte del sueño. A medida que el tiempo pasa y la fiesta avanza, al abuelo le va afectando la bebida. Le van ofreciendo copas de aguardiente y él pasa de la inactividad total, pasivo y enfermo en la silla de ruedas, a una creciente excitación. Se va poniendo cada vez más rojo, más nervioso. Finalmente arranca a cantar. En el sueño ya no veo más que su cara enrojecida, en primerísimo plano, la piel estropeada, las encías desdentadas, el cabello sin vida. Y los ojos brillantes: el abuelo está cantando ya, a voz en cuello, con todas sus fuerzas. Canta, grita, canta, grita. Casi parece que intenta caminar, bailar, pero sigue en la silla de ruedas, erguido, lanzado hacia adelante, chillando.

-¿Y cuándo aparezco yo?, ¿qué tiene que ver conmigo?

-Pues… ahora no consigo recordarlo. Y cuando me desperté lo sabía. No sé, no me acuerdo de nada, pero tengo la sensación de que estabas allí, en el sueño, de que formabas parte de él, y parte importante. Sí importante. Estoy seguro. Pero. No sé cómo. Sí.”

Juan Pablo Caja

No sé si es cierto o no que con esos amigos tratara de publicar las obras del húngaro Karinthy, tal y como lo cuenta en la novela, pero aquellas noches de tertulia bebiendo vino barato o cerveza me traen recuerdos que todos hemos compartido por esa época. Sea como fuere, Juan Pablo Caja trata a todos los personajes con una ternura que parece inevitable, y aunque también es el relato del naufragio de la vida entre Lajos y Margit, su mujer, un paralelismo sabiamente jugado con el del narrador y Lucía, pese a estas derrotas, como digo, al acabar de leer la novela lo haces con una suave sonrisa dibujada en los labios. Un placer.

Olvidaba decir dos cosas. La primera es que Juan Pablo añadió en el interior de su novela la dedicatoria más original que me han hecho: ¡Esta “cerveza” es para Sergio!. La segunda es contar cómo conocí a Juan Pablo. Fue en el Gobierno Militar de Palma de Mallorca. Creo que en el año 86. Él era funcionario civil, yo soldado de reemplazo cuando aún existía la mili. Me destinaron los meses de servicio al departamento de “Hojas”, donde en una oficina diminuta, compartíamos las horas muertas y el oxígeno tres soldados, un teniente y un comandante, además del civil Juan Pablo, que, siento decirlo, creo que nos observaba con curiosidad, tal vez pergeñando algún relato que, quizá, tenga escondido en un cajón. El comandante se apellidaba Moll, y esperaba a que el reloj marcara las diez de la mañana para abandonar la oficina e ir a “conferenciar” con el general en su despacho. El resto de oficiales del Gobierno Militar hacía lo mismo. Lo que allí dentro hacían era jugar a las cartas y despacharse unos buenos lingotazos de ginebra, ron o whisky. Recuerdo que Juan Pablo me sacó alguna vez del encierro y de llevar puesto el uniforme, y que me dejó pasar alguna noche en su casa. También recuerdo que visitamos algún bar del casco antiguo, y que me hizo sentir por unas horas una persona normal. Luego, cuando me licencié, me marché y nunca más supe de él.

Pero llegó internet, google, y el resto de la parafernalia cibernética, y un día Juan Pablo me envió un correo preguntándome con cautela si yo era el Sergio Barce que él había conocido en aquella oficina esquelética del Gobierno Militar de Palma. Y sí, lo era. Y desde ese instante nos hemos escrito periódicamente y hemos ido posponiendo nuestro reencuentro en persona que ahora, con una cerveza de por medio, se hace ya ineludible.

(No quiero dejar pasar esta oportunidad, para recordar el otro delicioso librito que me envió Juan Pablo Caja titulado “Intermedio” (Calima Ediciones – Palma de Mallorca, 2003). En él, con su humor tan característico, reproduce varios textos de campañas publicitarias –Juan Pablo se dedica al mundo de la publicidad, y en este blog tenéis el enlace a su página web- que, según advierte, “encontró” en el cajón de uno de los empleados de la empresa “McCormack & McCormack” que acababa de cerrar sus oficinas en Barcelona. Uno de esos textos es el siguiente:

“La luz de la mañana, nítida, fresca, ilumina el cuarto de baño. Es una estancia corriente, con las paredes embaldosadas de color claro. Todo es claro, luminoso. Solamente un estante junto al lavabo contrasta gracias a los colores, más acentuados, de un par de cepillos de dientes, un tubo de dentífrico, y diferentes frascos de colonias, botes de cremas, y otros pequeños objetos de baño difíciles de identificar así, a simple vista, desde donde estamos viéndolo.

En uno de los rincones del baño hay una pequeña báscula de pie.

Se abre la puerta, y entra una mujer joven. Sobre una camiseta talla XXL y unos pantalones anchos de pijama, lleva una bata ligera.

Entra en el baño, repito, y, de inmediato, estornuda sonoramente. Coge un pañuelo de tisú de una caja que hay junto al lavabo y se lo lleva a la nariz. Sus ojos están llorosos, ligeramente enrojecidos, su nariz congestionada. Vuelve a estornudar. Esta mujer, joven bella, está muy resfriada.

Se mira al espejo. Se da media vuelta y observa su cuerpo reflejado. Sacando los pies de las zapatillas, se sube a la báscula. Observa su peso y deja escapar un lamento amargo. Decepción: ha vuelto a ganar peso. La expresión de su cara es clara.

Baja de la báscula. Coge otro pañuelo y se oye, fuera del campo de visión, cómo se suena. Un sonido elefantino que es inmediatamente seguido por el ruido que hace el pañuelo, cargado de mucosidad, al caer en el fondo de la papelera: como si acabase de lanzar una bolsa de basura al fondo del contenedor.

Vuelve a entrar en el campo de visión. Como si tuviera que asegurarse de que es cierto lo que ha visto antes, la cifra inesperada en la báscula, vuelve a subirse a la misma.

Mira el resultado, los kilos, y ahora la expresión es de alivio: ha recuperado su peso normal.

Se oye una voz en off: ¿Problemas de congestión nasal?

La imagen del baño es sustituida bruscamente por un pequeño frasco de cristal de color azul: el envase de Respirol.

Sigue la voz: Prueba Respirol.”)

Pero ya digo, junto a una buena jarra, para pasar un buen rato con los amigos: “Cerveza caliente”.

Sergio Barce, febrero 2011

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LARACHE vista por… PALOMA FERNÁNDEZ GOMÁ (2)

Ya hice hace unos días una reseña del precioso libro Ángeles del desierto (Colección Ancha del Carmen – Ayuntamiento de Málaga, 2007), poemario de Paloma Fernández Gomá, dedicado a varias ciudades marroquíes, entre ellas Larache. Y como sé que ella no se molestará por mi osadía, tras haber reproducido aquí sus poemas «Larache», «Café Central» y «Lalla Menana», ahora le toca a otros tres inspirados igualmente en Larache y con títulos igualmente emblemáticos: «Lixus», «El Zoco Chico»y «Callejones de Larache».

(Diseño de la cubierta de Ángeles del desierto: Antonio Herráiz)

LIXUS

En la cadencia de los siglos

permaneces ausente

y recuerdas el rumor de voces

acunadas de viento,

el agua que fluye en el anochecer

llevando en su costado

el tiempo transcurrido

donde la hierba estuvo crecida

o pastó el ganado.

Tu ausencia ha cobrado matiz violeta

y vence la inerte mirada,

tornando en claridad

una lengua de fuego, ya fatigada

La poesía de Paloma es tan exquisita que logra fácilmente no sólo transmitir la interioridad de los sentimientos, es que, a la vez, nuestras sensaciones físicas perciben el detallado recorrido de sus versos. Caminamos por los lugares a los que ella nos lleva, y olemos, tocamos, saboreamos..

EL ZOCO CHICO

Zigzagueantes las calles

son recintos del ajetreo de vendedores

exponiendo sus mercancías.

El color cohabita las celosías

y en humedad acoge todo el olor

de la hierbabuena.

Tierna, la fruta rezuma

y abalorios diversos se disponen

en los puestos.

Alfombras, gasas y especias bordean

el intrincado camino del zoco.

Desde el arco se escucha el zumbido

de algunas abejas

que ocasionalmente liban el néctar

de flores abandonadas

junto a la canasta de higos

MEDINA DE LARACHE

Las viejas calles de la vieja ciudad de Larache parecen, en cada poema de Paloma Fernández Gomá, llenarse de gente, palpitar con sus vidas, rezumar con los recuerdos que habitan tras las vantanas entreabiertas.

CALLEJONES DE LARACHE

Las calles se estrechan

en franjas de azulete, verde o amarillo.

La encrucijada se torna claridad,

cuando se hornean tortas de harina

o pan reciente de sal, mínimo de levadura.

El mar va penetrando los dinteles

o filtra el yodo de su acento

a través de ventanas

que se estrechan bajo la techumbre

de callejones sin salida.

El rumor del oleaje resbaló

y fluye, ahora, por la medina

desde la plaza de España

hasta la desembocadura del Lucus

 PALOMA FERNÁNDEZ GOMÁ

Aunque la poesía parece condenada a una extraña marginalidad, lo cierto es que los versos nos apaciguan, y si son como los de Paloma, llenos de ternura y delicadeza, además nos regalan un algo de sosiego que, tal y como se suceden los acontecimientos actuales, quizá sean incluso la mejor terapia para todos. Ahora, tras haber callejeado por la Medina, haber parado en algún puesto del Zoco Chico, no estaría nada mal sentarnos en la terraza del Café Lixus y tomarnos un té con yerbabuena y azahar.

Sergio Barce, febrero 2011

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LUIS MARTÍN SANTOS, escritor larachense

En 1961 se publica una de las obras cumbres de la literatura española del siglo XX, la novela “Tiempo de silencio del escritor Luís Martín Santos, nacido en Larache en el año 1924.

“No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada. Es cuestión de aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de hacer que tú quieras hacer porque tu libertad sigue existiendo también ahora. Eres un ser libre para dibujar cualquier dibujo o bien para hacer una raya cada día que vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más larga, porque eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo puede impedir.”

Cursó estudios de Medicina en la Universidad de Salamanca, doctorándose en Psiquiatría, llegando a ser el director del Hospital Psiquiátrico de San Sebastián. Durante la dictadura franquista, militó en el Partido Socialista y estuvo en permanente contacto con los nuevos escritores de la posguerra.

El éxito e influencia de la única novela que logró publicar en vida, y que supuso un cambio radical en lo que venía publicándose en España, se truncó en 1964 cuando Martín Santos falleció inesperadamente a causa de un accidente de tráfico. En el año 70, la editorial Seix-Barral recopiló varios textos suyos en el libro miscelánea “Apólogos”.

“La celda era más bien pequeña. No tiene forma perfectamente prismática cuadrangular a causa del techo. Este, en efecto, ofrece una superficie alabeada cuya parte más alta se encuentra en uno de los ángulos del cuadrilátero superior. Aparentemente, cada dos células componen una de las semicúpulas sobre las que reposa el empuje de la enorme masa del gran edificio suprayacente. Estas cúpulas y paredes son de granito. Todas ellas están blanqueadas recientemente. Solo algunos graffiti realizados apresuradamente en las últimas semanas pueden significar restos de la producción artística de los anteriores ocupantes. Las dimensiones de la celda son más o menos las siguientes. Dos metros cincuenta de altura hasta la parte más alta de la semicúpula; un metro diez desde la puerta hasta la pared opuesta; un metro sesenta en sentido perpendicular al vector anteriormente medido. Dadas estas dimensiones, un hombre de envergadura normal solo puede estirar a la vez los dos brazos -sin estropear la materia opaca- en el sentido de las diagonales.”

Tiempo se silencio” se convirtió en una de las obras obligadas en los planes de estudios en la asignatura de literatura (aún recuerdo que varias de sus escenas me impresionaron muchísimo por su dureza cuando lo leímos en BUP). En ella se retrata la realidad de una España miserable que soportaba el peso de la posguerra, convirtiéndose en el retrato más crudo y veraz de lo que estaba sucediendo en el país, más en concreto en el Madrid de 1949. Su estilo, que rompía con la novela realista del momento al introducir cambios estilísticos hasta entonces inauditos, fijó el nuevo camino por el que se adentrarían otros autores experimentales.

Su novela comienza así:

“Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien. He dejado el teléfono. He dicho: «Amador». Ha venido con sus gruesos labios y ha cogido el teléfono. Yo miraba por el binocular y la preparación no parecía poder ser entendida. He mirado otra vez: «Claro, cancerosa». Pero, tras la mitosis, la mancha azul se iba extinguiendo. «También se funden estas bombillas, Amador.» No; es que ha pisado el cable. « ¡Enchufa!» Está hablando por teléfono. «¡Amador!» Tan gordo, tan sonriente. Habla despacio, mira, me ve. «No hay más.» «Ya no hay más.» ¡Se acabaron los ratones! El retrato del hombre de la barba, frente a mí, que lo vio todo y que libró al pueblo ibero de su inferioridad nativa ante la ciencia, escrutador e inmóvil, presidiendo la falta de cobayas. Su sonrisa comprensiva y liberadora de la inferioridad explica -comprende- la falta de créditos. Pueblo pobre, pueblo pobre. ¿Quién podrá nunca aspirar otra vez al galardón nórdico, a la sonrisa del rey alto, a la dignificación, al buen pasar del sabio que en la península seca espera que fructifiquen los cerebros y los ríos? Las mitosis anormales, coaguladas en su cristalito, inmóviles -ellas que son el sumo movimiento-. Amador, inmóvil primero, reponiendo el teléfono, sonriendo, mirándome a mí, diciendo: «¡Se acabó!». Pero con sonrisa de merienda, con sonrisa gruesa. «Qué belfos, Amador.» La cepa MNA tan prometedora. Suena otra vez el teléfono. Lo olvido. «¿Por qué se ríe, Amador? ¿De qué se ríe usted?» Sí, ya sé, ya. Se acabaron los ratones. Nunca, nunca, a pesar del hombre del cuadro y de los ríos que se pierden en la mar. Hay posibilidad de construir unas presas que detengan la carrera de las aguas. ¿Pero, y el espíritu libre? El venero de la inventiva. El terebrante husmeador de la realidad viva con ceñido escalpelo que penetra en lo que se agita y descubre allí algo que nunca vieron ojos no ibéricos. Como si fuera una lidia. Como si de cobaya a toro nada hubiera, como si todavía nosotros a pesar de la desesperación, a pesar de los créditos. Esa cepa cancerosa comprada con divisas otorgadas por el Instituto de la Moneda. Traída desde el Illinois nativo. Y ahora, concluida. Amador sonríe porque alguien le habla por teléfono. ¿Cómo podremos nunca, si además de ser más torpes, con el ángulo facial estrecho del hombre peninsular, con el peso cerebral disminuido por la dieta monótona por las muelas, fabes, agarbanzadas leguminosas y carencia de prótidos? Sólo tocino, sólo tocino y gachas. Para los hombres como Amador, que ríen aunque están tristes, sabiendo que el último ratón de la cepa MNA perdido nos indica que nunca, nunca el investigador ante el rey alto recibirá la copa, el laurel, una antorcha encendida con que correr ante la tribuna de las naciones y proclamar la grandeza no sospechada que el pueblo de aquí obtiene en la lidia con esa mitosis torpe que crece y destruye, igual aquí que en el. Illinois nativo, las carnes frescas de las todavía no menopáusicas damas, cuya sangre periódicamente emitida ya no es vida sino engaño, engaño. «Betrogene.» Muerte vencida. «Detente, coge el recepto-remisor negro, ordena al Ministro del ramo, dile que la investigación, oh, Amador, la investigación bien vale un ratón.» No rías más y, sobre todo, no eches esas gotitas de saliva que hacen sospechar de tu educación y de tu inteligencia. «En guerra comíamos las ratas. Para mí que son más sabrosas que el gato. De gato estoy ya hasta aquí. Los gatos que hemos tomado. Éramos tres. Lucio, Muecas y servidor.» Proteínas para el pueblo desnutrido. Cuyas mitosis -éstas normales- carenciales, en el momento de la emigración de las motoneuronas hacia el córtex, por falta de tales principios renquean y perecen, tal vez disminuyen su número, tal vez se disponen de modo poco ordenado o deficiente, tal vez siguen mancas de las necesarias ramificaciones. Y así quedamos, incapaces para el descubrimiento de las causas de la neoplasia destructora. Amador me mira. Ve mi rostro ridículo. Eso le hace reír. En el binocular, a falta de electrónico, porque no hay créditos, haciendo un recuento de núcleos monstruosos y Amador, ya con su boina parda, todavía con su bata blanca puesta se va a lo de atrás, donde aúllan los tres perros flacos que sólo de vez en cuando orinan tanto y huelen tan fuerte. Amador, deseando acabar con los perros, como ha acabado con la cepa, espera una orden que yo no doy, sino que miro y escucho, queriendo oír lo que pueda decirme que me saque de esto. «Muecas tiene», dice Amador. Error. No todo ratón es cancerígeno. No todo ratón es de la cepa del Illinois nativo, hábilmente seleccionada entre dieciséis mil cepas, en laboratorios traslúcidos de paredes brillantes de vidrio, con aire acondicionado ex profeso para la mejor vida ratonil. Hábilmente seleccionada a través de las familias de ratones autopsiados, hasta descubrir el pequeño tumor inguinal y en él implantada la misteriosa muerte espontánea destructora no sólo de ratones. Las rubias mideluésticas mozas con proteína abundante durante el período de gestación de sus madres de origen sueco o sajón y en la posterior lactancia y escolaridad. Aunque hermosas, insípidas pero nunca oligofrénicas, con correcta emigración de neuroblastos hasta su asentamiento ordenado en torno al cerebro electrónico de carne y lípidos complejos, que utilizan ahora para hacer recuentos de mitosis en el palacio transparente. Así esa cepa aislada, extinguida ahora aquí por culpa de falta de vitaminas, tras haber gastado en ella los menguados créditos del Instituto. Traídos del Illinois nativo los ratones -machos y hembras- separados los sexos para evitar coitos supernumerarios no controlados. Con provocación de embarazo bien reglada. E n cajas acondicionadas, por avión, con abundante gasto de divisas. Y ahora se han acabado, se han ido muriendo a un ritmo más rápido que el de la reproducción -¡más rápido que el de la reproducción!- y Amador ríe y dice: «Muecas tiene». Muecas vino aquí, a este aire cargado de olor de perro aullador que no orina. Al no orinar, víctima de su violenta carga afectiva, el perro elimina sus esencias por el sudor. Al no sudar más que por la planta de los pies, el perro elimina su aroma también por el aliento, con la lengua fuera así colocada a los fines de la transpiración. Cuando el perro ha sido operado y se le ha colocado un fémur de poliestilbeno o polivinilo, sufre tanto que demos gracias a que -aquí- las desteñidas vírgenes no cancerosas, no usadas, nunca sexualmente satisfechas, anglosajonas no existen para proyectar el rencor insatisfecho sobre la Sociedad Protectora. De otro modo, no hubiera aquí nunca investigación ya que se carece de lo más elemental. Y las posibilidades de repetir el gesto torpe del señor de la barba ante el rey alto serían ya no totalmente inexistentes, como ahora, sino además brutalmente ridículas, no sólo insospechadas, sino además grotescas. Ya no como gigantes en vez de molinos, sino corno fantasmas en vez de deseos. Porque, ¿a quién importan los perros? ¿A quién molesta el dolor de un perro, cuando ni siquiera a su propia madre le importa lo más mínimo?…”

Tiempo de silencio” fue llevada al cine en 1986 por Vicente Aranda, de manera bastante honesta. La película está protagonizada por Imanol Arias, Victoria Abril, Paco Rabal y Charo López.

Después de su prematura muerte, además de la mencionada recopilación, vio también la luz otra novela, aunque inconclusa, titulada “Tiempo de destrucción”.

En 2009, la editorial Tusquets editó la biografía “Vidas y muertes de Luis Martín Santos” de José Lázaro.

Sergio Barce, febrero 2011

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LARACHE vista por… PLINIO EL VIEJO (s. I d.C.)

Máscara del dios Oceanus, encontrada en Lixus. Museo de Rabat

Repasando por encima cuanto ya he escrito y reproducido acerca de Larache, parece lógico que también se hable de su mitología y de sus orígenes, reales y literarios.

Tomando tanto “Larache a través de los textos” de Mª Dolores López Enamorado (Consejería de Obras Públicas y Transportes de la Junta de Andalucía, Sevilla, 2.004), como “Larache: Evolución urbana” de Guillermo Duclos y Pedro Campos (Junta de Andalucía. Sevilla, 2001), me permito reproducir parte de la información que ofrecen acerca de los vestigios de la ciudad y de las primeras obras literarias en las que aparece mencionada de una u otra forma.

«Situado al borde de la llanura del Garb, en la costa noroccidental de Marruecos, el territorio donde se asienta la llamada al-´Arâ´is (jardín de las flores) o al´-Arâ´is bani´Arüs (los viñedos de la tribu de Arós) se extiende por la coronación y el declive septentrional de una lata loma que se asoma al océano y cuyo pie lame la desembocadura del río Lucus…

…Los restos arqueológicos de la ciudad de Lixus se hallan junto al río Lucus, sobre unas colinas situadas a unos 3,5 Km. al este de Larache. Denominada Gemes por algunas crónicas portuguesas, las fuentes medievales árabes la denominan T´semis o Xammix, topónimo que aún hoy siguen utilizando los habitantes de la región para referirse a la antigua ciudad.»  (de “Larache, evolución urbana”)

LIXUS

«Según la tradición, hacia el año 1.100 a.C., los fenicios fundan tres ciudades en Occidente: Gades (en la península ibérica, actual Cádiz), Utica (en Túnez) y Liks, Lixos o Likus, en la margen derecha del río Lucus y a unos cuatro kilómetros del mar, en una colina conocida actualmente en la zona con el topónimo de Shemmish.

A esta ciudad fenicia, y más tarde romana, hacen mención las fuentes clásicas: el periplo de Scylax de Caria, del s.VI a.C., se refiere a ella como ciudad fenicia. En la “Historia Natural”, Plinio el Viejo, s.I d.C., sitúa en Lixus el Jardín de las Hespérides, con sus árboles cargados de manzanas de oro. Por otra parte, el Periplo de Hannón, s.V a.C., narra una expedición cartaginesa en la que las naves atravesaron el Mediterráneo de Este a Oeste, pasaron Gibraltar, siguieron la costa africana del actual Marruecos y penetraron en el golfo de Guinea. En él se hace  referencia a los lixitas, habitantes de Lixus.

Dice Plinio el Viejo en su descripción de Lixo en su Historia Natural:

El comienzo de la tierra se llama las Mauritanias, reinos hasta el emperador Gayo, el hijo de Germánico; por la crueldad de aquél fueron divididas en dos provincias. Los griegos dan el nombre de Ampelusia al cabo más lejano del Océano. Más allá de las Columnas de Hércules han desaparecido las poblaciones de Lisa y Cotas, ahora está Tánger, fundada en otro tiempo por Anteo; después el emperador Claudio, al hacerla colonia, la llamó Julia Traducía. Dista de Belo, población de la Bética, treinta mil pasos por la ruta más corta.

PLINIO EL VIEJO

A veinticinco mil pasos de ella en la costa del Océano está la colonia de Augusto Julia Constancia Zulil, separada del poder de los reyes y obligada a pasarse a la jurisdicción de la Bética. A treinta y dos mil pasos de ella está Lixo, convertida en colonia por el emperador Claudio. Los antiguos hablaron de ella con muchísimas leyendas: allí estaba el palacio de Anteo y tuvo lugar su lucha con Hércules, también estaban los Jardines de las Hespérides. Por lo demás, desde el mar se extiende un estuario con un curso muy sinuoso, que ahora se cree que eran las serpientes que estaban a modo de guardia. Encierra dentro de él una isla, que es la única que no inundan las mareas, a pesar de que el espacio circundante es un poco más elevado que ella. También queda allí un altar de Hércules, y, excepto unos acebuches, nada de aquél aurífero bosque del que hablaban.

Por supuesto que no se extrañarían tanto de las tremendas patrañas griegas publicadas acerca de estos lugares y del río Lixo quienes pensaran que nuestros autores, y no hace mucho, han transmitido algunas cosas no menos prodigiosas: que esta ciudad era muy poderosa e incluso mayor que Cartago Magna; que, además, estaba situada  frente a ella y a una distancia casi inmensa de Tánger, y otras cosas que Cornelio Nepote se creyó enseguida.

A cuarenta mil pasos de Lixo en el interior está otra colonia de Augusto, Baba, llamada Julia Campestre…

Pero si la tradición literaria sitúa el nacimiento de Lixus en el siglo XII a.C., los hallazgos arqueológicos no permiten ir más allá del s.VIII a.C. Sabemos que, a partir del s. III a.C. Lixus conoce una prosperidad urbana importante, que se extiende a lo largo de varios siglos. En el 42 d.C., bajo el reinado del emperador Claudio, Lixus se convierte en ciudad romana, siendo la época en la que se construyen varios monumentos públicos y casas privadas ricamente decoradas.

La cabeza del dios Océano antes de su degradación: fotografía tomada por Henri Stern (en 1967?) (archivos fotográficos del Centro Henri Stern, ENS/CNRS, París).

 A finales del s.III y durante el s.IV d.C. se construye una muralla que reduce a la mitad la superficie inicialmente habitada. Ahí comienza una etapa de imparable decadencia.

…A unos 30 kilómetros de Lixus se encuentra el Cromlech de M´Zora, primer vestigio de ocupación humana en lo que sería, muchos siglos después, la región de Larache.

Por lo que respecta a la ciudad de Larache, poco sabemos de ella hasta el s. XIII d.C.. Las escasas referencias que se dan en los textos medievales hacen muy difícil precisar cómo era esa ciudad, a orillas del río Lucus. Los principales historiadores árabes no la mencionan, y tendremos que esperar al s.XV para que el nombre de Larache aparezca en los textos de los autores (historiadores y viajeros) de la época.»

(del prólogo de “Larache a través de los textos” y parte del texto de Plinio reproducido por la profesora María Dolores López Enamorado para su libro)

En fin, Larache, Lixus, Lixo, Lucus, al-´Arâ´is o al´-Arâ´is bani´Arüs, encierra mil historias y mil leyendas, una mitología que ha sobrevivido a lo largo del tiempo. Y hoy, en pleno siglo XXI, las viejas ruinas romanas de Lixus parecen temblar ante el cerco al que están siendo sometidas de nuevo. Ahora no se trata de salvajes hordas enemigas, de cartagineses o de beréberes, se trata de bárbaros venidos de oficinas inmaculadas en las que guardan sus planos que ya no describen estratagemas, emboscadas o luchas cuerpo a cuerpo, en ellos se diseñan carreteras, edificios y restaurantes. La vanguardia ya está allí, a escasos metros del saqueado mosaico del dios Okyanus, con una decena de excavadoras amarillas que ronronean a la espera de la orden de ataque…

Sergio Barce, febrero de 2011

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«EL MAESTRO DE GO» (Meijin) (1951) de YASUNARI KAWABATA

Igual que contemplar una película de Ozu o de Mizoguchi. Yasunari Kawabata narra con una elegancia y precisión decididamente conscientes para sumergirnos en la última gran partida de Go, celebrada en 1938. Lo hace así porque el juego de Go, tan extraño como insondable (salvo para los japoneses y algunos conocedores del mismo, por supuesto), lo exige. Cada movimiento de los jugadores, y también de quienes les rodean durante los meses que dura esa gran partida, visualizan de manera perfecta el ritual, el honor y, sobre todo lo demás, el arte que destila ese juego.

“Probablemente no se habría presentado de habérsela pasado por la cabeza la posibilidad de perder, y fue como si su vida terminara cuando la corona de la victoria cayó de su cabeza. Había seguido su extraordinario destino hasta el final”

Contrapone la esencia y la tradición del Maestro, que pone por última vez su título en juego, frente a un joven contrincante más visceral, práctico y moderno, que, sin embargo, representa la ruptura definitiva entre lo viejo y lo nuevo. Kawabata no puede disimular en su novela, sin embargo, su apego hacia el Maestro, su irrenunciable admiración por alguien que hizo de un juego una obra de arte, y aunque con gran respeto, nos muestra en el personaje del aspirante Otake la nueva cara de las cosas, este mundo artificial, en el que sólo impera el más fuerte, el más osado, la nueva cultura del vencedor por encima de cualquier otra valoración ética o moral.

“El Maestro había colocado el juego a nivel de obra de arte. Era como si la tarea, semejante a una pintura, hubiera sido manchada en el momento de mayor tensión. Ese juego de negro contra blanco, de blanco contra negro, tenía el designio y las formas de una creación artística. Tenía el vuelo del espíritu y la armonía de la música. Todo se desvirtuaba si sonaba una nota en falso… La obra maestra de un juego podía arruinarse por la insensibilidad de sentimientos de un adversario”

Cada frase, cada palabra, está escogida al milímetro. La aparente inacción de algunos de sus pasajes es impostada, el verdadero movimientos es tan sutil como la manera de caminar de una geisha. Los movimientos de las fichas, descritos con procelosa delectación (se nota que a Kawabata el juego de Go le hipnotizaba), es como la visualización de una batalla heroica. El sufrimiento de la esposa del Maestro es un claro paralelismo del que sufrían las mujeres de los guerreros de antaño (imagino incluso algunas escenas de “Ran” de Akira Kurosawa).  Yasunari Kawabata cincela, igual que un escultor, una biografía ficticia hasta modelar la figura que se proponía, es decir, la magnificencia del Maestro, su derrota que no es derrota, su final trágico y, sin embargo, honroso porque su cincel ha pulido las aristas y logra que el lector se ponga de parte de ese viejo que lucha contra lo ineludible, sentimos su dolor, su confusión final, y le arropamos.

 

Sergio Barce, febrero de 2011

(Los fragmentos de  la novela los he tomado de la edición de “El maestro de Go” publicada por Emecé Editores, 2010, con traducción del japonés de Amalia Sato)

  Yasunari Kawabata (1899-1972). Escritor japonés, cuya primera novela fue “La bailarina de Izu” (1927). Según parece, Kawabata tuvo una infancia trágica, era insomne y leía constantemente (había estudiado en la Universidad Literatura Inglesa y Japonesa), y pese a que era una persona solitaria, se convirtió en el escritor japonés más popular de su tiempo. Sus títulos más conocidos son “La casa de las bellas durmientes” (1961), “Lo bello y lo triste” (1964), “Mil grullas” (1949) o “País de nieve” (1935). En el año 68 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, y cuatro años después se suicidó.

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