Archivo de la etiqueta: Editorial Tusquets

“PATRIA”, UNA NOVELA DE FERNANDO ARAMBURU

Se ha escrito ya tanto de este libro que presumo que nada nuevo voy a aportar. Sin embargo, no me resisto al menos a escribir unas breves líneas.

Hacía ya un tiempo que no me encontraba una novela con una estructura tan sólida y tan bien armada. Últimamente priman más los libros comerciales, de lectura fácil, especialmente en España. Pero Patria (Tusquets, 2016) demuestra que la calidad se compagina bien con el éxito de ventas. Eso es poner una pica en Flandes.

La novela Patria, desde fuera de Euskadi, la entendemos, evidentemente, de una manera concreta, la interiorizamos tratando de comprender a cada uno de los personajes que, sin duda, ejemplifican a diferentes maneras de ser vasco. Aramburu conoce bien su pueblo, y eso me tranquiliza, en el sentido de que no temía, al avanzar la lectura de la novela, que me estuviesen estafando, sino todo lo contrario. En Euskadi, sin duda, habrá dado lugar a muchos comentarios, poliédricos, no me cabe la menor duda, porque abre muchas espitas que estaban cerradas.

FERNANDO ARAMBURU

FERNANDO ARAMBURU

Fernando Aramburu crea personajes tan bien definidos que acabas por ponerles rostros e intuyes cada una de sus reacciones cuando se están enfrentando a un hecho concreto, porque el autor logra que los conozcamos hasta en el más mínimo detalle. No hay paisaje externo sin paisaje interno. Aramburu hunde su escalpelo hasta el fondo.

Es, sin ninguna duda, la historia de dos madres, dos mujeres vascas que se ven envueltas de una manera muy distinta en lo que se ha venido en llamar el “conflicto vasco” y, sobre todo, en el día a día de esta sociedad que, tras el abandono de las armas por parte de ETA, se ha de enfrentar ahora a otro “conflicto” complicado y difícil: el de recuperar la normalidad y tratar de perdonar los errores cometidos, porque lo que sí queda claro de todo esto es que todos han cometido errores y excesos. Pero sin duda se intuye la esperanza abriéndose paso al acabar la novela, y eso atempera cualquier temor sobre el futuro.

El enfrentamiento entre esas dos mujeres que primero fueron amigas y luego accidentales enemigas irreconciliables por lo que hacen o dejan de hacer sus hijos, por lo que les empuja a hacer o dejar de hacer quienes viven en su entorno, es la que marca el devenir de la historia. Ellas nos descubren cuánto dolor hay detrás de muchos hogares vascos, cuánto sufrimiento acumulado. Pero Fernando Aramburu no descuida al resto de los personajes, y todos ellos, uno a uno, conforman una vida dentro de todas estas vidas. Sus páginas estremecen y emocionan, y lo sorprendente es que estas emociones las transmiten todos los personajes, quiero decir que a veces los que nos pueden causar más simpatía en esta historia son los que nos emocionan y a veces los que causan nuestra reacción son los que nos pueden causar más antipatía, porque, en definitiva, todos son seres humanos, y Fernando Aramburu habla del ser humano.

El título del libro es, no cabe duda, otro acierto: Patria. Lo resume todo. La patria como tierra amada, la patria como tierra de los nuestros, pero la patria también como enfermedad, como instrumento de manipulación, como arma arrojadiza, como cárcel. Hay muchos ejemplos a lo largo de la Historia, incluso en la que se está escribiendo ahora mismo, del uso del patriotismo para radicalizar a la gente en un sentido u otro, aunque generalmente sólo es para saciar el interés de unos pocos.

Escrita con el temple de los grandes narradores, narradores con letras mayúsculas, Patria hay que leerla tanto por su calidad literaria y narrativa, como porque a estas alturas viene bien que nos abran los ojos.

Sergio Barce, enero 2017

patria

 

Etiquetado , , , ,

Otros libros, otros autores: UN MOMENTO DE DESCANSO (2011) de ANTONIO OREJUDO

Buena novela. Buena y divertida, y mordaz e irónica. Me la recomendó Pablo Cantos hace días mientras dábamos una vuelta por el Fnac de Málaga, garantía de que iba a leer algo de calidad, y ha acertado con su sugerencia. Me lo he pasado muy bien con las tribulaciones del propio autor, que se torna en el narrador de la historia, centrada en el encuentro con un viejo amigo, Cifuentes, al que ha dejado de ver durante los últimos diecisiete años. Todo lo que le revelará de lo acontecido en su vida durante esos años será tan inesperado como desconcertante. Su paso por una Universidad americana, su separación de Lib, la relación con su hijo Edgar, tan especial y tan caótica, su teoría de la conspiración… Porque además de diversión, en la novela hay también lugar para algo de misterio y de intriga, y nada desentona, al contrario, todo fluye adecuadamente en una estructura bien trenzada.

<Cuando se despertó llovía a mares. Se dieron un chapuzón en la piscina climatizada del hotel, que imitaba unos baños romanos con columnas de mármol sintético; desayunaron un country breakfast y dieron un paseo por el mall cubierto, donde se encontraba el Holiday Inn. Como a Edgar le encantaba inspeccionar nuevas cadenas de supermercados, entraron en una que no conocían, Snuckers, y aprovecharon para comprar algunas provisiones y productos de limpieza. A Cifuentes le asustó el entusiasmo de su hijo al percibir una vaga posibilidad de compra, y se sintió obligado a ejercer de padre.

-Edgar, lo primero que hay que hacer al entrar en un nuevo supermercado es desenmascarar su retórica, adivinar el criterio de distribución, familiarizarse con las marcas y luchar contra las fuerzas que impelen a comprar. Hay un protocolo de seguridad básico. Primera norma: no entrar jamás con el estómago vacío. Los ambientadores de especias y las combinaciones cromáticas de las secciones de alimentación inciden con virulencia en los sistemas que no han iniciado procesos digestivos. La actividad pancreática anula esos estímulos. Sólo tienes que comer unas galletitas antes de entrar. La megafonía interna también difunde sugerencias subliminales de compra. Por lo tanto, segunda norma del protocolo de seguridad básico: lleva tu propia música y escúchala con auriculares. Aunque nada es tan efectivo como mantener la tensión durante el proceso de compra y preguntarse de modo consciente dos y hasta tres veces por qué y para qué queremos lo que nuestra mano acaba de alcanzar. Es importante verbalizarlo, oírte a ti mismo la pregunta. ¿Para qué diablos quiero esto? Los compradores compulsivos y los adictos al sexo responden a los mismos estímulos y tienen la misma inflamación del córtex. Parece increíble, pero los supermercados idean estrategias de excitación sexual para vender sardinas en aceite o salsa de tomate.

-No me lo creo.

-No te lo crees porque no mantienes la conciencia durante el proceso de compra.

-¿Qué es el proceso de compra?

-Hacer la compra.

-¿Y por qué no lo llamas hacer la compra?

-Porque eso no cambia las cosas, Edgar. Mira, dame eso que acabas de alcanzar, ¿qué es?

-Un desincrustador de coffee-maker.

-Tú has cogido un desincrustador de coffee-maker y yo he cogido un limpiador con olor a bosque. Ahora tómate la molestia de analizar la sección de limpieza donde nos encontramos. A la derecha, a la altura de ti mano, están los productos caros e inútiles. Eso lo sabe todo el mundo, te lo enseñarán este año en el High School. Ahí estaba el desincrustador de coffee-maker, ¿verdad? Bien. A la izquierda, el lugar adonde se dirigen por instinto o por reflejo adquirido los clientes contraculturales y los zurdos, los que de algún modo son conscientes de esta manipulación pero desconocen los procedimientos, están los artículos más caros y más inútiles todavía. Los supermercados detestan a ese segmento de clientes, y le tienden trampas como esta.

-¿Y dónde están según tú los productos que se deben comprar?

-Abajo, siempre abajo. Ahí es donde estaba el limpiador con olor a bosque. En la civilización occidental cada vez hay menos gente dispuesta a ponerse en cuclillas.”

Antonio Orejudo

El mundo universitario y el de los profesores, geniales algunos de estos personajes, los extraños Centros de investigación científica que usan a voluntarios para sus experimentos, la manipulación a la que estamos sometidos en todos los ambientes, las tensiones sexuales a cierta edad, las delirantes escenas del asedio policial, los retratos de cada uno de los personajes que pueblan la novela, el acertado análisis de la psicosis americana por la discriminación racial, las subtramas que a veces no se sabe muy bien si son reales o inventadas por el personaje de Cifuentes… En fin, toca tantos asuntos que es difícil resumirlo, pero es una delicia leerla, con algunos diálogos realmente desternillantes como el que reproduzco a continuación, utilizando las frases que se suponen pronunciadas en inglés tal y como la entendería un hispano parlante en su traducción literal…

<No tardó en aparecer un coche patrulla, que se detuvo a mi lado. Uno de los dos policías, no el que se acababa de divorciar, sino el otro, el que tenía un hijo que era una promesa del tenis en pista rápida (diecisiete años y 25 puntos ATP. ¡Y la temporada no había hecho más que empezar! Su talón de Aquiles era la tierra batida, pero estaba trabajando duro), me saludó en español por la ventanilla.

Dice hola, amigo.

Digo hola.

Dice ¿hispánico?

Digo español.

Entonces cambió al inglés.

Dice ¿qué estás tú haciendo aquí?

El cambio de idioma tenía connotaciones hostiles, como si dijera venga, vamos a hablar en serio.

Digo he venido a visitar a my friend, pero está en una reunión.

Dice ¿esas flores son para él o ella?

Digo sí, ellas son.

Dice ¿es hoy su cumpleaños de él o ella?

Digo no, ello no es.

Dice ¿entonces?

Digo se ha portado muy bien conmigo y quiero agradecérselo.

Los policías se miraron y volvieron a cambiar al español:

Dice ¿dónde está tu carro, amigo?

Digo yo no he venido en carro.

En español debían de saber sólo la fórmulas de diccionario, porque otra vez pasaron al inglés.

Dice ¿has venido caminando en la noche?

Digo he venido por tren. Vivo en Nueva York.

Los policías volvieron a intercambiar miradas, como si ese dato me hiciera sospechoso definitivamente.

Dice hemos recibido una llamada. Al vecindario no le gusta que estés aquí merodeando. Se siente amenazado. El ramo de flores le disturba. Es mejor que te vayas. Deja el ramo en la puerta. Cuando él o ella llegue lo encontrará.

Pensé dejarme de tonterías y marcharme. Yo era un extranjero y lo más prudente era retirarse. Pero no lo hice. Había una injusticia intolerable en aquella situación con los policías instándome a que me fuera de un lugar público, y no me dio la gana.

Digo preferiría darle el ramo de flores en persona, si no le importa, oficial.

Dice el vecindario está inquieto. No se siente a salvo contigo merodeando por aquí. Deja el ramo en la puerta y nosotros te llevaremos a la estación. Este barrio no es seguro en la noche, ¿okay?

Digo no, no está okay, oficial. Soy un ciudadano europeo. Esto es un país libre y yo tengo mis derechos. Esperar a una persona en la calle para entregarle un ramo de flores en agradecimiento a su trabajo está bajo la ley.

Esto lo dije bien alto, para que lo oyera el guardia aficionado a la pesca submarina, que seguro que estaba mirando y prestando atención para contárselo luego a Makenzie. Esta vez los policías no respondieron. Pusieron el coche en marcha y cuando ya parecía que se alejaban giraron ciento ochenta grados. Los neumáticos chillaron como en las películas, y cuando el coche se detuvo frente a mí, los agentes salieron armados con subfusiles y se parapetaron tras él. El padre de la estrella del tenis se dirigió a mí por altavoz:

Dice deja el ramo de flores sobre el suelo. Túmbate boca abajo con los brazos en cruz. Muy despacio.

Intenté razonar, pero el padre del tenista repitió la fórmula en un tono aún más amenazante. Solicitaba mi cooperación: que dejara el ramo de flores y que me tumbara.

Obedecí de mala gana. Me fastidiaba además que Makenzie pudiera estar viendo todo eso desde una ventana fabricada con hépsilon. Entonces, el policía recién divorciado se me acercó con cautela, retiró el ramo con la punta del pie, me pisó la cabeza, me esposó las manos a la espalda y me levantó tirándome del pelo. Me cacheó sin miramientos y  me requisó todo lo que llevaba en los bolsillos, mientras recitaba el consabido Miranda Warning:

-Tú tienes el derecho a permanecer silencioso. Cualquier cosa que tú digas puede y será usada contra ti en una corte de la ley. Tú tienes el derecho a un abogado. Si tú no puedes costearte un abogado, uno será designado para ti. ¿Tú has entendido estos derechos tal y como te han sido leídos?

Digo sí, yo los he.

De un empujón me metió en el coche patrulla, y me llevaron a comisaría.”

Y en estos tiempos de crisis, depresión y desánimo, qué bien viene un libro que te haga sonreír como lo hace “Un momento de descanso”.

Sergio Barce, septiembre 2012

Antonio Orejudo nació en Madrid en 1963. Autor de <Fabulosas narraciones por historias>, <Ventajas de viajar en tren> o <Reconstrucción>.

Los fragmentos de la novela los he tomado de la 1ª edición de la Colección Maxi Tusquets, publicada en septiembre de este año.

 

Etiquetado , , , ,

Otros libros, otros autores: AFTER DARK de HARUKI MURAKAMI

Sobre la mesa hay una taza de café, un cenicero y, al lado de éste, una gorra de béisbol de color azul marino con la B de los Boston Red Sox. Posiblemente le vaya un poco grande. En el asiento contiguo descansa un bolso bandolera de piel marrón. A juzgar por lo abultado del bolso, la chica ha ido embutiendo en él de forma apresurada todo cuanto le ha venido a la cabeza. Alza la taza a intervalos regulares y se la lleva a la boca, pero no parece que saboree el café. Tiene la taza delante y se toma el café porque eso es lo que tiene que hacer. Como si se acordara de pronto, se pone un cigarrillo entre los labios y lo enciende con un mechero de plástico. Achica los ojos, lanza le humo de manera libre y fácil, deja el cigarrillo en el cenicero y, luego, se acaricia las sienes con la punta de los dedos como si quisiera alejar el presentimiento de un futuro dolor de cabeza.”

 

    Comencé “Alter Dark” con grandes expectativas. De hecho, intuía que podría encontrarme con otra maravilla parecida a “Al Sur de la frontera, al Oeste del sol”, pero me equivocaba. A medida que la novela avanza, sinceramente, la historia va perdiendo fuelle. Es como si Murakami no supiera muy bien qué hacer con los elementos que ha ido creando en las primeras páginas, especialmente con los tres personajes que articulan la historia central: Takahashi, Mari y su hermana Eri. Y está Shirakawa, un personaje extraño y perturbador, quizá lo mejor del libro.

 “No tiene mal gusto. Tanto la camisa como la corbata parecen caras. Posiblemente sean de marca. Mirándole el rostro, uno diría que es inteligente, de buena familia. El reloj que luce en la muñeca izquierda es fino y elegante. Gafas estilo Armani. Tiene las manos grandes, de dedos largos. Lleva las uñas muy cuidadas y en el dedo anular luce una fina alianza. Sus facciones son anodinas, pero traslucen una gran fuerza de voluntad. Rondará los cuarenta años, el contorno de su cara no presenta muestras de flacidez. Su aspecto recuerda una habitación bien ordenada. Nadie diría que va pagando los servicios de prostitutas chinas en los <love hotel>. Y, mucho menos, que las golpea de forma injusta y brutal, que las deja desnudas y se lleva su ropa. Pero eso es lo que ha hecho. <No ha podido evitarlo>.”

     Hay buenos instantes, destellos de su extraordinario pulso narrativo, casi siempre relacionado con este personaje atormentado, oscuro y violento que luego se muestra débil y asustado. El personaje de Shirakawa es el que, a mi juicio, levanta más interés; sin embargo, queda al final en un segundo orden cuando en realidad es el personaje del que, al menos en mi caso, hubiéramos deseado conocer más, tal vez por ese lado retorcido que nos ha mostrado con la indefensa chica recién llegada de China.

    Pese a esos buenos momentos de la novela que, como digo, los hay, se intuye un algo indefinido que la lastra y que no se concreta. En realidad tengo la vaga sensación de que no es una historia que a Murakami le entusiasme especialmente, al menos no en su totalidad. Es como si hubiera estado tentado de tomar tres caminos diferentes sin que se haya atrevido a decidirse por ninguno, por esa razón se queda en la encrucijada.

“-Escucha, se me ha ocurrido una cosa. Intenta pensar lo siguiente. A ver, que tu hermana está en alguna parte, no sé dónde, en otro Alphaville, y que alguien la está maltratando con una violencia irracional. Y que ella está lanzando alaridos mudos, derramando sangre invisible.

-¿En sentido figurado?

-Tal vez –dice Takahashi.

-¿Es ésa la impresión que te dio cuando hablaste con ella?

-Ella se encuentra sola, perdida entre un montón de problemas, se siente incapaz de seguir adelante y está pidiendo ayuda. Y lo manifiesta torturándose a sí misma. Y esto no es sólo una impresión mía, es algo mucho más preciso.

(…)

-¿Sabes? Eri ahora está dormida –dice Mari, como si le hiciera una confesión-. Profundamente dormida.

-A estas horas, todo el mundo lo está.

-No es lo mismo –dice Mari-. Ella no quiere despertar.”

   Es precisamente la situación de Eri la que quizá ralentiza la lectura del libro. Esas largas descripciones de su habitación, de su sueño interminable y voluntario, el televisor con esas imágenes que al final no son más que un artificio en la novela y que desestabilizan la obra.

  Ya digo que, a mi juicio, y cada juicio es personal y a veces erróneo, pero es el que cada uno experimenta cuando lee un libro, a mi juicio, digo, “After Dark”, con sus aciertos, está lejos del mejor Murakami.

 Sergio Barce, julio 2011

Haruki Murakami

Haruki Murakami nació en Kioto (Japón) en 1949. Otras obras suyas son “Tokio blues. Norwegian Wood” (Noruwei no mori, 1987), “Kafka en la orilla” (Umibe no Kafuka, 2002) o “Al Sur de la frontera, al Oeste del sol” (Kokkyô no minami, taiyô no nishi, 1992).

  Los párrafos de la novela los he tomado de la edición de Tusquets, con traducción de Lourdes Porta Fuentes.

Etiquetado , , , , , , ,

LUIS MARTÍN SANTOS, escritor larachense

En 1961 se publica una de las obras cumbres de la literatura española del siglo XX, la novela “Tiempo de silencio del escritor Luís Martín Santos, nacido en Larache en el año 1924.

“No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada. Es cuestión de aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de hacer que tú quieras hacer porque tu libertad sigue existiendo también ahora. Eres un ser libre para dibujar cualquier dibujo o bien para hacer una raya cada día que vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más larga, porque eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo puede impedir.”

Cursó estudios de Medicina en la Universidad de Salamanca, doctorándose en Psiquiatría, llegando a ser el director del Hospital Psiquiátrico de San Sebastián. Durante la dictadura franquista, militó en el Partido Socialista y estuvo en permanente contacto con los nuevos escritores de la posguerra.

El éxito e influencia de la única novela que logró publicar en vida, y que supuso un cambio radical en lo que venía publicándose en España, se truncó en 1964 cuando Martín Santos falleció inesperadamente a causa de un accidente de tráfico. En el año 70, la editorial Seix-Barral recopiló varios textos suyos en el libro miscelánea “Apólogos”.

“La celda era más bien pequeña. No tiene forma perfectamente prismática cuadrangular a causa del techo. Este, en efecto, ofrece una superficie alabeada cuya parte más alta se encuentra en uno de los ángulos del cuadrilátero superior. Aparentemente, cada dos células componen una de las semicúpulas sobre las que reposa el empuje de la enorme masa del gran edificio suprayacente. Estas cúpulas y paredes son de granito. Todas ellas están blanqueadas recientemente. Solo algunos graffiti realizados apresuradamente en las últimas semanas pueden significar restos de la producción artística de los anteriores ocupantes. Las dimensiones de la celda son más o menos las siguientes. Dos metros cincuenta de altura hasta la parte más alta de la semicúpula; un metro diez desde la puerta hasta la pared opuesta; un metro sesenta en sentido perpendicular al vector anteriormente medido. Dadas estas dimensiones, un hombre de envergadura normal solo puede estirar a la vez los dos brazos -sin estropear la materia opaca- en el sentido de las diagonales.”

Tiempo se silencio” se convirtió en una de las obras obligadas en los planes de estudios en la asignatura de literatura (aún recuerdo que varias de sus escenas me impresionaron muchísimo por su dureza cuando lo leímos en BUP). En ella se retrata la realidad de una España miserable que soportaba el peso de la posguerra, convirtiéndose en el retrato más crudo y veraz de lo que estaba sucediendo en el país, más en concreto en el Madrid de 1949. Su estilo, que rompía con la novela realista del momento al introducir cambios estilísticos hasta entonces inauditos, fijó el nuevo camino por el que se adentrarían otros autores experimentales.

Su novela comienza así:

“Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien. He dejado el teléfono. He dicho: «Amador». Ha venido con sus gruesos labios y ha cogido el teléfono. Yo miraba por el binocular y la preparación no parecía poder ser entendida. He mirado otra vez: «Claro, cancerosa». Pero, tras la mitosis, la mancha azul se iba extinguiendo. «También se funden estas bombillas, Amador.» No; es que ha pisado el cable. « ¡Enchufa!» Está hablando por teléfono. «¡Amador!» Tan gordo, tan sonriente. Habla despacio, mira, me ve. «No hay más.» «Ya no hay más.» ¡Se acabaron los ratones! El retrato del hombre de la barba, frente a mí, que lo vio todo y que libró al pueblo ibero de su inferioridad nativa ante la ciencia, escrutador e inmóvil, presidiendo la falta de cobayas. Su sonrisa comprensiva y liberadora de la inferioridad explica -comprende- la falta de créditos. Pueblo pobre, pueblo pobre. ¿Quién podrá nunca aspirar otra vez al galardón nórdico, a la sonrisa del rey alto, a la dignificación, al buen pasar del sabio que en la península seca espera que fructifiquen los cerebros y los ríos? Las mitosis anormales, coaguladas en su cristalito, inmóviles -ellas que son el sumo movimiento-. Amador, inmóvil primero, reponiendo el teléfono, sonriendo, mirándome a mí, diciendo: «¡Se acabó!». Pero con sonrisa de merienda, con sonrisa gruesa. «Qué belfos, Amador.» La cepa MNA tan prometedora. Suena otra vez el teléfono. Lo olvido. «¿Por qué se ríe, Amador? ¿De qué se ríe usted?» Sí, ya sé, ya. Se acabaron los ratones. Nunca, nunca, a pesar del hombre del cuadro y de los ríos que se pierden en la mar. Hay posibilidad de construir unas presas que detengan la carrera de las aguas. ¿Pero, y el espíritu libre? El venero de la inventiva. El terebrante husmeador de la realidad viva con ceñido escalpelo que penetra en lo que se agita y descubre allí algo que nunca vieron ojos no ibéricos. Como si fuera una lidia. Como si de cobaya a toro nada hubiera, como si todavía nosotros a pesar de la desesperación, a pesar de los créditos. Esa cepa cancerosa comprada con divisas otorgadas por el Instituto de la Moneda. Traída desde el Illinois nativo. Y ahora, concluida. Amador sonríe porque alguien le habla por teléfono. ¿Cómo podremos nunca, si además de ser más torpes, con el ángulo facial estrecho del hombre peninsular, con el peso cerebral disminuido por la dieta monótona por las muelas, fabes, agarbanzadas leguminosas y carencia de prótidos? Sólo tocino, sólo tocino y gachas. Para los hombres como Amador, que ríen aunque están tristes, sabiendo que el último ratón de la cepa MNA perdido nos indica que nunca, nunca el investigador ante el rey alto recibirá la copa, el laurel, una antorcha encendida con que correr ante la tribuna de las naciones y proclamar la grandeza no sospechada que el pueblo de aquí obtiene en la lidia con esa mitosis torpe que crece y destruye, igual aquí que en el. Illinois nativo, las carnes frescas de las todavía no menopáusicas damas, cuya sangre periódicamente emitida ya no es vida sino engaño, engaño. «Betrogene.» Muerte vencida. «Detente, coge el recepto-remisor negro, ordena al Ministro del ramo, dile que la investigación, oh, Amador, la investigación bien vale un ratón.» No rías más y, sobre todo, no eches esas gotitas de saliva que hacen sospechar de tu educación y de tu inteligencia. «En guerra comíamos las ratas. Para mí que son más sabrosas que el gato. De gato estoy ya hasta aquí. Los gatos que hemos tomado. Éramos tres. Lucio, Muecas y servidor.» Proteínas para el pueblo desnutrido. Cuyas mitosis -éstas normales- carenciales, en el momento de la emigración de las motoneuronas hacia el córtex, por falta de tales principios renquean y perecen, tal vez disminuyen su número, tal vez se disponen de modo poco ordenado o deficiente, tal vez siguen mancas de las necesarias ramificaciones. Y así quedamos, incapaces para el descubrimiento de las causas de la neoplasia destructora. Amador me mira. Ve mi rostro ridículo. Eso le hace reír. En el binocular, a falta de electrónico, porque no hay créditos, haciendo un recuento de núcleos monstruosos y Amador, ya con su boina parda, todavía con su bata blanca puesta se va a lo de atrás, donde aúllan los tres perros flacos que sólo de vez en cuando orinan tanto y huelen tan fuerte. Amador, deseando acabar con los perros, como ha acabado con la cepa, espera una orden que yo no doy, sino que miro y escucho, queriendo oír lo que pueda decirme que me saque de esto. «Muecas tiene», dice Amador. Error. No todo ratón es cancerígeno. No todo ratón es de la cepa del Illinois nativo, hábilmente seleccionada entre dieciséis mil cepas, en laboratorios traslúcidos de paredes brillantes de vidrio, con aire acondicionado ex profeso para la mejor vida ratonil. Hábilmente seleccionada a través de las familias de ratones autopsiados, hasta descubrir el pequeño tumor inguinal y en él implantada la misteriosa muerte espontánea destructora no sólo de ratones. Las rubias mideluésticas mozas con proteína abundante durante el período de gestación de sus madres de origen sueco o sajón y en la posterior lactancia y escolaridad. Aunque hermosas, insípidas pero nunca oligofrénicas, con correcta emigración de neuroblastos hasta su asentamiento ordenado en torno al cerebro electrónico de carne y lípidos complejos, que utilizan ahora para hacer recuentos de mitosis en el palacio transparente. Así esa cepa aislada, extinguida ahora aquí por culpa de falta de vitaminas, tras haber gastado en ella los menguados créditos del Instituto. Traídos del Illinois nativo los ratones -machos y hembras- separados los sexos para evitar coitos supernumerarios no controlados. Con provocación de embarazo bien reglada. E n cajas acondicionadas, por avión, con abundante gasto de divisas. Y ahora se han acabado, se han ido muriendo a un ritmo más rápido que el de la reproducción -¡más rápido que el de la reproducción!- y Amador ríe y dice: «Muecas tiene». Muecas vino aquí, a este aire cargado de olor de perro aullador que no orina. Al no orinar, víctima de su violenta carga afectiva, el perro elimina sus esencias por el sudor. Al no sudar más que por la planta de los pies, el perro elimina su aroma también por el aliento, con la lengua fuera así colocada a los fines de la transpiración. Cuando el perro ha sido operado y se le ha colocado un fémur de poliestilbeno o polivinilo, sufre tanto que demos gracias a que -aquí- las desteñidas vírgenes no cancerosas, no usadas, nunca sexualmente satisfechas, anglosajonas no existen para proyectar el rencor insatisfecho sobre la Sociedad Protectora. De otro modo, no hubiera aquí nunca investigación ya que se carece de lo más elemental. Y las posibilidades de repetir el gesto torpe del señor de la barba ante el rey alto serían ya no totalmente inexistentes, como ahora, sino además brutalmente ridículas, no sólo insospechadas, sino además grotescas. Ya no como gigantes en vez de molinos, sino corno fantasmas en vez de deseos. Porque, ¿a quién importan los perros? ¿A quién molesta el dolor de un perro, cuando ni siquiera a su propia madre le importa lo más mínimo?…”

Tiempo de silencio” fue llevada al cine en 1986 por Vicente Aranda, de manera bastante honesta. La película está protagonizada por Imanol Arias, Victoria Abril, Paco Rabal y Charo López.

Después de su prematura muerte, además de la mencionada recopilación, vio también la luz otra novela, aunque inconclusa, titulada “Tiempo de destrucción”.

En 2009, la editorial Tusquets editó la biografía “Vidas y muertes de Luis Martín Santos” de José Lázaro.

Sergio Barce, febrero 2011

Etiquetado , , , , , , ,