Lalla no es una mujer cualquiera, ni una metáfora en el tiempo perdido sobre las arenas del desierto y la mar. Lalla es el Amor completo.
SLB
Lalla es el cansancio y su ausencia.
La agilidad del sueño.
Púa herida en mi rosal.
SLB
Lalla, el Sahara quisiera ser inmenso para caber en tus inabarcables ojos.
SLB
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Lalla es el cuerpo para un amor de arena.
El aliento profundísimo de la luz y el desgarro.
Un lugar sagrado con sus milenios y derrotas.
Mi estrategia.
SLB
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Sobre la arena, hincada en sus entrañas, huérfana de
malicia, la luna cabalga como un tuareg imitando la
danza de los ojos de Lalla.
SLB
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ATARDECER EN LARACHE
de Paloma Fernández Gomá
El flujo de las mareas acerca vacías conchas
al palacio de las Cigüeñas,
recreando un espacio dormido de arena
y sonámbulas siluetas
que se dilatan sobre las aceras del paseo
junto al eco del agua,
en efímero y lento oleaje,
emanando tamices imperceptibles
que asoman su círculo tatuado
a través de los espejos, reflejándose
en las calles contiguas,
hasta llegar a ceder sus huecos a las estrellas.
Oráculos remotos predicen
el luto de las Hespérides.
La planicie de la noche se traslada
junto al rumor de cavidades marinas
donde son tañidos los crótalos de las estaciones
y anunciada la víspera.
Después agosto emerge desde su arco
de tormenta en declive,
dibujando órbitas sobre algún estanque,
horadando el tiempo con su yunque
de incógnitas y predicciones,
lamentando la erosión del vaho
o invadiendo sombras de vetustos presagios,
enmascarando la estéril línea del progreso
con baratijas de ultramar, parabólicas de azotea
y los tatuajes de Madame Sofí.
Escribe Carmen Aranegui:
«…Trasladarse a otro lugar y hallar algo inesperado son premisas que estimulan la mente. Lixus es una colonia fenicia idealizada por una leyenda griega que comienza con el viaje de Hércules al Jardín de las Hespérides, junto al que descubre un inmenso Océano. El filtro arqueológico sitúa en aquel paraje hechos tangibles protagonizados por seres que se mueven en un escenario pragmático y acaban por imponer su sello a un sitio que, de ese modo, se reconoce como ciudad histórica. Aparece entonces una comunidad de navegantes, salazoneros y comerciantes, compuesta por hombres y mujeres que hablan unos púnico y otros libio, interlocutora tanto de su entorno inmediato y, en especial, del sur de la península ibérica, como del tráfico de ultramar que supera el círculo del Estrecho y explica la dinámica de toda la fachada atlántica, rápida en su evolución hacia la complejidad social.
De este modo la historia prevalece sobre el mito que, sin embargo, suyace en el trasfondo de Lixus, asociado a un santuario que los textos siempre recordaron y que ahora sabemos no solo cómo fue, porque se han identificado mejor sus edificios, sino también que fue ampliado cuando se instituyó la monarquía mauritana en el país, y que, finalmente, se transformó en espejo dinástico de Juba II.
El mito siempre enmascara algo real que se relaciona mejor con la filosofía de un lugar que con su historia fáctica. Algunas veces el poder construye un mito que se fija en una sede, urbana o simplemente paisajística. Puede ocurrir que el mito recaiga sobre una persona y la sacralice. Lugares y personas mitificados quedan impregnados de una dualidad donde lo fantástico y lo histórico se retroalimentan.
Juba II es el artífice que retoma el mito fundacional de Lixus para helenizar el Reino de Mauritania, vasallo de Roma. En su tiempo, la monarquía tenía los días contados porque Roma estaba implantando la división provincial a la vez que transitaba de la República al Imperio. La suerte estaba echada…»
ME LLAMO SULEIMÁN de Antonio Lozano
por Sergio Barce
Me llamo Suleimán. No te preocupes si no lo recuerdas, si no recuerdas de qué me conoces. Aquí, nadie me conoce. A menudo hasta siento que soy invisible, pero no, no lo soy. Aunque a veces me gustaría serlo. Mucho. Por ejemplo, cuando bajé del cayuco que me trajo hasta la playa y descubrí que muchos blancos en bañador, unos tumbados en la arena y otros jugando a la pelota, o corriendo por la orilla, me miraban asombrados, deseé ser invisible…
Así comienza Me llamo Suleimán, la novela de Antonio Lozano.
La voz de Suleimán resuena aún en mi cabeza al acabar el libro. Puedo imaginarlo. Antonio Lozano le ha dado alma a ese joven, casi un niño al comenzar su historia, que abandona su tierra para escapar de la miseria.
Dice Suleimán al hablar de su pueblo: “la felicidad, allá, significa no darse cuenta de que la miseria se come a tu familia, a tus vecinos, a tu ciudad. A tu país”
Estremecedor acompañar a Suleimán por las páginas escritas por Antonio, como si formásemos parte de él, como si fuésemos él, y la experiencia es traumática.
Antonio me hace viajar en un camión destartalado desde Malí, cruzando el inhóspito Sahara, hasta la frontera con Melilla. No es amable, porque no me oculta ninguno de los padecimientos de ese viaje descorazonador. Un viaje de injusticias. Me hace sentir además la vergüenza que siente Suleimán encerrado en ese camión, como un cerdo. Cuenta Suleimán que, después de aquello, cuando veía un camión con cerdos sentía rabia; y dice: “siento rabia porque los veo y me reconozco, no lo puedo evitar. Sobre todo en la mirada, sobre todo en la manera de ir, de dejarse llevar”.
Yo decido seguir a Suleimán, y aunque pasamos malos tragos, creo que Antonio va a dejarnos cruzar la valla. Me equivoco. Después de pasar tan malos momentos, sin embargo, no es esa su historia. Antonio me muestra la realidad de Suleimán, y esa realidad es más dura, más inclemente.
Antonio juega con las palabras y hace que Suleimán pronuncie frases lapidarias ante las que me quedo ensimismado, sin fuerzas.
Suleimán dice: “lo único mejor en el camión era que llevábamos con nosotros la esperanza de alcanzar lo que buscábamos, y eso, en el autobús, había muerto. Se había acabado, habíamos cambiado la esperanza por la vergüenza, por el fracaso. Y eso es peor que el más apestoso de los olores”.
Y añade más adelante: “nadie está para hacer amigos en esos viajes, para contar su vida. Como mucho, para compartir tu miedo, el horror”.
Y es que hay tanto dolor en este viaje de huida de la miseria…
Antonio describe una escena desgarradora cuando ya viajamos en el cayuco en dirección a Canarias. Yo leo las palabras de Antonio y escucho la voz agarrotada de Suleimán:
“…Fue al amanecer cuando un grito horrible rompió ese silencio, nos sacó a todos de nuestros pensamientos y oraciones. Lo había lanzado una de las madres, al darse cuenta de que su hijo no respiraba. El de Burkina se lanzó sobre ella, cogió al niño y le tocó el corazón, y después el pulso. Intentó devolverle la respiración apretándole el pecho con sus manos, pero no había nada que hacer. Lo volvió a poner en silencio entre los brazos de la madre…
(…) oía los gritos de Yunus ordenándome que lo echara al mar, y eso hice.
(…) El llanto de la mujer no se apagó, y sigue vivo aquí, dentro de mi cabeza”.
La emoción de este libro no sólo la transmite el dolor de esos personajes que nada tienen, también la noto en pequeños detalles que Antonio convierte en casi mágicos, como cuando a Suleimán, en el Centro de Acogida, ya en España, le dan material escolar.
Cuenta Suleimán: “El director, aquella tarde, nos repartió a cada uno una mochila con cuadernos y libros que, nos dijo, ya aprenderíamos a leer, y un estuche con bolígrafos, lápices de colores, goma, regla, en fin, una maravilla. Eso nos pareció, no te puedes imaginar cómo se nos abrieron los ojos, sobre todo con los lápices de colores. No es que no los hubiéramos visto antes, pero tan nuevos, y además nuestros… La verdad es que eso nos ayudó a pasar esa noche con la ilusión de que al fin, al día siguiente, empezarían a ocurrir cosas nuevas en nuestras vidas. Cosas nuevas y buenas…”
Suleimán está en Canarias. Antonio me cuenta ahora detalles de la nueva vida de Suleimán. Lo veo mejor, ha crecido, pero a medida que la historia avanza, descubro otra clase de miserias. El miedo al extraño, al diferente, crea monstruos. Sin embargo, Suleimán parece capaz de sortear los últimos obstáculos para alcanzar su objetivo… ¿Pero deja Antonio que los logre?
Creo que para saberlo solo les queda embarcarse en este emocionante pero inimaginable viaje junto a Suleimán, y dejarse llevar por las palabras sabias y humanas de una persona que transmite una gran generosidad y que escribe como quien respira, sin el menor esfuerzo: Antonio Lozano.
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