“A Pierret
Tánger, 25 de enero de 1832
Ahora he llegado a Tánger. Acabo de recorrer la ciudad. Estoy aturdido de todo lo que he visto. No quiero dejar partir el correo, que se va ahora mismo a Gibraltar, sin hacerte partícipe de mi asombro por todas las cosas que he visto. Hemos desembarcado en medio del pueblo más extraño.
El Bajá de la ciudad nos ha recibido en medio de sus soldados. Habría que tener veinte manos y cuarenta y ocho horas al día para darte una idea de todo eso y hacerlo pasaderamente. Los judíos son admirables. Me temo que sea difícil hacer con ellos otra cosa que pintarlos: son perlas del Edén. Nuestra recepción ha sido de las más brillantes para el lugar. Nos han regalado con una música militar de lo más curiosa. Estoy, en este momento, como un hombre que sueña y que ve coas que teme se le escapen.
Adiós, cierro. Comunícale a Félix que os mando a todos un abrazo.”

“…Dejo de componer poemas, pero el deseo de escribir no me había abandonado: seguía estando ahí, vago y doloroso. Las palabras del profesor Talbi me preocupaban y la idea de haber tomado un camino falso al escribir en francés me dejaba perplejo. Había amado a una mujer que no se interesaba por mí y había escrito en una lengua que me rechazaba, había participado en un festín al que no había sido invitado.
Por encima de todo, sentía confusamente que había traicionado al árabe al escribir en una lengua extranjera. Pero lo que más me inquietaba era el haber unido la poesía al amor, que, según el profesor Talbi, era lo que menos importaba a los poetas árabes antiguos. “Fingían estar enamorados”, nos decía, “pero en realidad su única motivación era el amor a la poesía”.
Pero lo más sorprendente era esa necesidad que tenían de la autorización de un maestro. Su deseo de componer poemas solo podía concretarse y tener valor con su consentimiento y bajo su dirección. Para Abou Nowas, como para cualquier otro gran poeta, la poesía se acompañaba de ritos y ceremonias. Mi error había sido precipitarme a ciegas, sin indicaciones y sin guía.
Ahora bien, el profesor Talbi me había sugerido que aprendiese mil poemas. Podía pues seguir su consejo y emprender el camino largo y penoso que me indicaba. La perspectiva de memorizar tantos versos no me asustaba. Lo que por el contrario me parecía imposible era la obligación de olvidarlos después. ¿Cómo eliminar, como borrar lo que uno se ha esforzado -y con qué trabajo- en retener? El arte del olvido es más difícil que el de la memoria.
Pero el profesor Talbi me tranquilizó: no se trataba realmente de olvidar sino de fingirlo.”
Sergio Barce, febrero de 2022