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LARACHE vista por… JAVIER LOBO

Javier Lobo en su Balcón del Atlántico

Al enviarme estas fotografías (y otras que ha ido haciendo cada vez que ha regresado a Larache), Javi Lobo me escribía que «estas fotos son de mi Larache. Y digo de «mi Larache» porque un trocito de ella me pertenece. Para mí tienen un valor incalculable, de cada foto crearía un comentario que lo plasmaría hasta el fín de mis días…«

A Javi y a Angela, su mujer, les ocurre como a mí. No podemos dejar de volver, ni podemos dejar de sentir algo especial cada vez que vemos de nuevo las calles de Larache…

Ya estamos entrando por la antigua carretera, el cartel nos da la bienvenida, y dejamos atrás Lixus y las salinas. El primer nudo en la garganta se siente cuando vemos el perfil de la ciudad desde una curva, dibujada sobre el mar, como esperándonos…

Ineludiblemente, buscamos nuestras casas, los lugares donde vivimos, donde lo hicieron nuestros padres, quizá donde nacieron ellos, esas calles que van desapareciendo poco a poco borrando la prueba de los recuerdos que todos guardamos. Javi Lobo fotografió su calle y el callejón de enfrente, donde creció rodeado de amigos, donde se grabaron las primeras muescas en su alma.

calle donde vivía Javi Lobo

y el callejón de enfrente

Y ese león, uno de los que franquean la entrada al Jardín de las Hespérides, una de las dos fieras a las que todos nos montamos en nuestra niñez (y ahora para recoerdarlo). Parece mentira que unas esculturas formen parte de nuestra memoria, que hayan cobrado vida y nos parezca que, de alguna manera, respirasen con cierta resignación cuando nos subíamos a sus fríos lomos. Ahora pasamos a su lado, los miramos con ternura, y nos parecen diminutos, de fieras han pasado a mansos felinos, y el hermoso jardín también queda en nuestra memoria, con chita metida en su jaula, y con los cañones aún en pie, y con las parejas de novios paseando y abrazándose al anochecer… Y ya veo que Javi tampoco pudo evitar echarle una foto, para guardárselos, porque los leones también son «suyos», y nuestros.

A Javi Lobo le encantan las fotografías en blanco y negro. Hace algunas impresionantes, ya las iré colgando en el blog, y como botón de muestra ese carrito en una esquina, que me hace recordar al que siempre estaba apostado (sigue aún) junto a la academia de Don Aurelio, a la izquierda del patio de la iglesia. Ese carrito que asaltábamos antes de entrar en el Ideal, en el que comprábamos cartuchos de garbanzos fritos y garrapiñadas y pipas… O ese carro al que arrastra ese burro cansado y viejo, una estampa que es otra imagen que forma parte de nuestras calles…

Y su cámara también captó las heridas, las hemorragias incurables del Cine Ideal, ese mismo que Sara Fereres describía en su libro como el cine más moderno de Larache cuando se construyó. Un edificio art-decó, precioso, que era referencia de la ciudad, uno de sus edificios emblemáticos, inmueble catalogado por su valor arquitectónico pero que, ya lo anunciaba esa imagen desvalida de Javi, estaba condenado a ser pasto de los especuladores.

Cayó, lo borraron, y en su lugar se ha levantado un gigante de cemento que oscurece la vieja calle Chinguiti, la avenida Hassan II, y la hace más triste y más extraña,y más inhóspita. Pero ya sabemos, Javi, Angela, que pueden hacer desaparecer sus ladrillos, sus ojos de buey, su perfil de barco de recreo, pero jamás borrarán las imágenes que vimos en su pantalla rectangular, la ilusión de las películas que pasaban por su viejo proyector, ni siquiera las voces de los actores que retumbaban en su sala, que nos las hemos guardado nosotros hurtándolas a los saqueadores, ni tampoco el eco de las voces de los espectadores gritando «¡radio!¡radio!» cuando se desenfocaba la imagen o había algún corte inoportuno…

Cine Ideal

Y como la vida misma, Javi Lobo da la espalda a las heridas, que ya no cicatrizan, y descubre de pronto lo mejor de Larache. Sonreí cuando vi el título que Javi le daba a la última fotografía que cuelgo hoy. Está tomada en la calle Mulay Ismail, junto a los jardines del Balcón. Es una niña que se gira sólo un poco para mirar directamente a su cámara. Esa niña larachense irradia vida, supura futuro, le brillan los ojos y su sonrisa apaga el entorno. Hay ángel en su mirada. Pero Javi la describió con una sola palabra: «Felicidad».  Javi, cómo se nota que te contagió su alegría.                             Sergio Barce, abril 2011

FELICIDAD


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LARACHE vista por… SARA FERERES DE MORYOUSSEF

En su exquisito libro “Larache, crónica nostálgica” (Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, 1996), la escritora larachense Sara Fereres de Moryoussef, se acerca a la ciudad en la que vivió y creció con la nostalgia propia de la distancia, tanto física como temporal. Igual que a otros autores, como León Cohen, Cristina Martínez o yo mismo, ese retroceder en el tiempo y en el espacio para recuperar la memoria del Larache particular de cada uno de nosotros, conlleva, casi ineludiblemente, el barniz de la idealización. Y es que, cuando la experiencia vital está llena de dulces sabores, las palabras brotan cadenciosas pero pasionales, trémulas a veces pero emocionadas. Sara Fereres no puede evitar una declaración de amor a Larache en cada página de su libro, que es una crónica nostálgica, sí, pero una crónica palpitante también.

Molly Benarroch, Jacobi Benay, SARA FERERES y Anita Benarroch

Se detiene en la descripción del Larache en la que Sara vivió, en cada calle, en cada edificio, y lo hace sin prisas, demorándose en los recuerdos.

Fue durante la década de 1940-50 cuando la ciudad tomó gran empuje. Se construía más, pues había mucha gente nueva de la Península. Casi todas las calles transversales ya tenían vivienda. Se abrieron nuevos comercios y se instalaron más bares y restaurante. Otro cine nuevo surgió, llamado María Cristina, y la gente se expandió viviendo hasta en lugares que antes eran campos pelados.

Como a unos cuarenta metros de nuestro edificio, atravesando la calle Cervantes, se encontraba el Banco Español de Crédito. Era un hermoso edificio cuyas paredes estaban cubiertas de mármol gris, si mal no recuerdo, y que aún existe. Un poco más adelante podíamos ver la única iglesia del pueblo. Pequeño pero atractiva. Muy sencilla, sin ningún estilo, aunque acogedora en su modestia. Estaba situada al fondo de una especie de plazoleta, decorada con macizos de plantas y flores, entre unos setos divisores. No era una gran cosa, sino más bien una iglesia muy adecuada para el pequeño pueblo que era Larache.

De los dos únicos quioscos de diarios y revistas que teníamos, el de Cremades era el más completo. Allí vendían toda clase de lecturas y comiquitas para los niños: Mari-Pepa, Juan Centella, Tarzán, El Fantasma, los de Walt Disney, etc… Cromos para coleccionar y cartones para recortar y armar barcos, casas, automóviles… Ahí no se vendían <chucherías>. Esto que existe hoy en todas partes era, durante mi infancia y parte de mi juventud, casi desconocido entre nosotros. Supongo que por esos mismo apenas había un par de dentistas o tres en Larache.

(…) Dejando atrás la iglesia y Cremades nos encontrábamos en la parte comercial de la avenida. El edificio de los Gallego, separado por un pasaje de otro edificio, la Banca Gallego. Los cafés o tascas, digamos más exclusivos, estaban allí mismo en la avenida: el Café Mau y el Canaletas, con la pastelería de Orozco que los separaba.

Para ir a la calle Chinguiti, el <paseo> de la ciudad, salíamos de la Canaletas y tomábamos a la derecha para entrar al pasaje que nos conducía directamente a ella. La avenida y la calle Chinguiti eran paralelas. En estas calles se encontraban los dos cines y una serie de comercios con toda clase de artículos. También las otras dos buenas pastelerías que teníamos: La Suiza, casi frente al Teatro España, y la <del valenciano> que era también heladería en verano y se hallaba casi al final del paseo. Lo mismo que La Suiza, estaba situada frente al otro cine llamado Cine Ideal.

(…) …teníamos el Cine Ideal que era eso, ideal. Bonito, nuevo y moderno, con asientos tapizados y todo él <sha´aleando>. Allí se estrenaban buenas películas y, como es natural, no nos las perdíamos.”

CINE IDEAL en la calle Chinguiti – hoy Avda. Hassan II

Sara Fereres, como digo, hace un recorrido por todo el pueblo, dedica un capítulo al Zoco Chico, a la época de la guerra, que tanto sufrimiento trajo a gente maravillosa de Larache, condenados al ostracismo por sus ideas, y también describe la playa y el paso del río en barca, cómo no, y las fiestas, el ´Id-el-Kebir, el Purim… Una descripción fiel de la convivencia que mantuvieron las tres religiones en Larache, un ejemplo que no nos cansamos de mostrar al mundo.

Así relata la fiesta del ´Id-El-Kebir y la romería a Lal-la Mennana.

“La fiesta grande era el ´Id-El-Kebir. En Larache dedicaban ese día a honrar a una santa mujer, Lal-la Mennana que estaba enterrada justamente en el cementerio emplazado en todo el centro de la ciudad y que llevaba su nombre.

Ese era un gran día para los musulmanes. Se iniciaba en la víspera. Al día siguiente, desde el amanecer, comenzaban a reunirse los fieles en el entorno del Zoco Chico, cerca de la mezquita y de allí partía la procesión que los llevaría a través de la Avenida Generalísimo Franco hasta el cementerio, donde después de rendir honores a la santa, terminaba la romería.

El propósito era llevar ofrendas a Lal-la Mennana. Los principales entre ellos se llamaban <shrifis>, o sea jeques y precedían la caravana que componía gente llevando ofrendas. El <shrif> iba montado a caballo o mula, de preferencia blanco.

Él mismo iba vestido de blanco. .. (…) Había muchas paradas y en cada una de ellas los devotos <´issauis<, una secta de derviches, se dedicaban a bailar al son de tambores y chirimías, esas flautas morunas de sonido monótono y agudo. Los movimientos eran rítmicos pero violentos. Giraban la cabeza como si fuera un trompo y se excitaban a tal punto que perdían la noción del dolor. Los he visto cortarse, pincharse con hojas de chumberas llenas de espinos largos y agudos, golpearse con hachas la cabeza y sangrar. Hasta caminar sobre carbones encendidos y levárselos a la boca, sin que demostraran sentir dolor…

(…) Curiosamente, la hija de los cuidadores de nuestra huerta era una <´issauía>. Una vez le pregunté cómo hacía y me mostró como se <haireaba> ella al seguir ese ritmo tan enloquecedor. Me dijo que era fácil y que lo intentara. Muy imprudentemente seguí su consejo y terminé vomitando a causa del mareo.”

Y la fiesta del Purim:

“Para la fiesta del Purim todas las casas hebreas de Larache se convertían en pastelerías.

Esta fiesta es la más dedicada a los niños del pueblo judío. Es un día de regalos y golosinas. También los indigentes la disfrutaban. Fiesta alegre para visitar a los amigos y a la familia. Igual que para recibir. Día de puertas abiertas hasta el anochecer.

(…) A la entrada de cada casa se ponía sobre un mueble o mesita una bandeja llena de moneda fraccionaria, para tenerla a mano y ofrecer su óbolo a cualquiera de los tantos indigentes que se presentaban durante el día con ese propósito. Llegaban hombres, mujeres y niños. A cada quien se le daba lo que correspondía: moneda fraccionaria para niños, pesetas o <duros> para los adultos. Los pequeños de la casa ofrecían a los críos y los adultos los hacían a los mayores.”

Avenida Chinguiti – cine Ideal (otra perspectiva)

Sara dedica un hermoso capítulo a un hombre, Abd-el-Kamel, lleno de cariño, ternura y afecto (pero que no transcribo porque creo que merece la pena que lo descubra el lector de este relato). Uno de los más conmovedores de su libro, y que me recuerda mucho a mi cuento “Mina, la negra”.  Y es que, aunque de épocas distintas, las experiencias en Larache nos unen a todos, vivencias casi paralelas que saltan de un decenio a otro, pero que no dejan de estar marcados a fuego por la misma tierra, por la misma gente, por la misma sangre.

Sergio Barce, abril 2011

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LARACHE vista por… MOHAMED BOUISSEF REKAB

Mohamed Bouissef Rekab, al que conocí en Tánger hace bastantes años, es un escritor marroquí con un verbo barroco cuando habla, exagerado, por ascendencia andaluza, y de una simpatía desbordante. Cuando escribe, por el contrario, esa misma pasión la vuelca de una forma diferente, con un lenguaje crudo, descarnado y poco artificioso. Es capaz de embarcarse en historias realmente duras, que me hacen recordar a veces a Mohamed Chukri, como en la que, según mi opinión, es su mejor novela: “Aixa, el cielo de Pandora” (Quórum Editores – Cádiz, 2007).

“En una acera, alejada de todo el tumulto, iba Aicha despacio, mirando para todos lados, esperando que alguien la abordada para ir a “vivir” un momento de alegría; mas su deseo moría muy cerca de su cuerpo desmoronado. (…) Como de costumbre, iba descalza, los dedos liberados –hacía años- de la asfixia de los zapatos; las plantas de los pies hacían de suelas –por tenerlas duras como una roca, no sentía las chinitas que iba pisando. (…) La cara la llevaba muy embadurnada, pintarrajeada de colores rojizos, obtenidos con carmines desconocidos; espolvoreada, con talcos baratos, por ambos lados hasta las pequeñas orejas en las que llevaba unos pendientes de bisutería; las pestañas y las cejas con alcohol, negrísimas. El pelo, que antaño fuera castaño, ahora lo llevaba rojizo con alheña; henna que compraba en un bacalito del Zoco Chico para cubrirse las canas; en esas tienduchas, los viejos vendedores de hierbas, ya la conocían bien. Falsa pelirroja. La boca pequeñita y desdentada, como chupada hacia dentro. Un solo diente en toda la boca.

No quería saber lo que esa gente pretendía obtener con esos chillidos, ella esperaba que sus “clientes” le hicieran propuestas para dirigirse al Balcón del Atlántico y acercarse a su escondite; la falda de tablas se le levantaba con la brisa que soplaba y ella ni se preocupaba de impedir que se le vieran los muslos, flacos y ya arrugados…”

En “Aixa, el cielo de Pandora”, Bouissef nos cuenta la vida de una prostituta muy conocida en Larache, Aichaa Rahmuniyya, con la que muchos chicos se iniciaron en el sexo. Ambientada en su mayor parte entre la época del Protectorado y los primeros años tras la independencia de Marruecos, aunque nostálgica, la novela es dura, nada complaciente, y nos va desgranando la vida llena de sinsabores de esta mujer que, sin embargo, hasta su vejez siempre trató de conservar su orgullo y su dignidad.

Bouissef rodeado de los escritores Lahchiri, Sibari y Akalay, en el Colegio Luis Vives de Larache

La narración es sencilla, logra que las descripciones de los personajes y de sus peripecias sean siempre creíbles, entiendes sus reacciones porque te ha dado la información precisa para que éstas tengan sentido. También logra recuperar aquel ambiente en el que las tres religiones convivían en la ciudad de una manera natural con pequeñas pinceladas de la vida diaria. La mirada de los niños, en este caso, le sirve para “filmar” los hechos de una manera candorosa, desprovista de punto de vista, pero sin ocultar que Bouissef añora ese tiempo de tolerancia.

Tomamos la Puerta de la Medina y al entrar al Zoco Chico doblamos a la izquierda, nos metimos por el barrio de el-Guebibat. Al llegar junto a un vendedor de sfench (buñuelos), mi amigo me invitó a merendar… (…) Teníamos enfrente el mausoleo de Sidi Mohamed Cherif. Cosa curiosa, lo veneraban judíos y musulmanes. En ese preciso momento pasaron dos judías y una musulmana cerca de donde estábamos y entraron en el pequeño recinto del mausoleo (conocíamos a las judías por su atuendo y su pañuelo negro –que también usaban como rebozo con una de sus manos-; llevaban indumentaria occidental y hablaban en español, era un español raro, pero español; a las musulmanas las reconocíamos por su inconfundible chilaba o porque llevaban haike; rara la musulmana que fuera vestida a la usanza europea).

-¿Qué le pedirán a Sidi Mohamed Cherif? –Dije señalando a las tres mujeres.

-Las judías no sé lo que podrán pedirle, pero las musulmanas seguramente le pedirán que les dé marido, trabajo, que el marido o el hijo salga de la cárcel, que nunca enfermen y cosas así… ¿Por qué no vendrán también las nesranías? Porque si Sidi Mohamed Cherif es bueno con musulmanes y judíos, también lo tendrá que ser con los cristianos. Vamos, digo yo…

En ese momento salían del mausoleo unas mujeres judías. Iban charlando entre ellas, con una mano tapándose la cara con el inconfundible pañuelo negro que les cubría la cabeza.

-Rabbi Galili no nos defraudará. Él nos ayudará para que nuestro mazzan sea bueno…

-Sí, hermana; Rabbi Galili no nos puede olvidar…

Sus voces apenas nos llegaban, pues el rebozo las apaciguaba.

-¿Quién será Rabbi Galili? Porque aquí está enterrado Sidi Mohamed Cherif…

-¡Oye, es verdad! No entiendo nada…

Nos lavamos las manos –que chorreaban aceite- y la boca con el grifo público que había cerca y decidimos bajar la pendiente…”

Bouissef en el Zoco Chico de Larache

Mohamed Bouissef Rekab conoce bien Larache, y a muchos larachenses. Eso se palpa en el libro, se nota en sus descripciones, en la manera afectiva y cercana con la que construye a los personajes, como digo, muchos de ellos reales. También demuestra Bouissef, a través del narrador de la historia, su humanidad, especialmente en la forma como el protagonista va desvelando y descubriendo la otra vida de Aicha.

Niños y niñas eran hijos de militares y policías españoles y musulmanes o de comerciantes españoles, musulmanes y judíos –los judíos no eran del barrio, pero se acercaban a jugar con los demás chiquillos-; también había algunas familias pobres que nadie sabía de dónde procedían, a este último colectivo pertenecían Aicha y su madre –los cristianos y los musulmanes vivían en barriadas diferentes, una frente a la otra-. Los niños se ponían a jugar en la calle que se había formado entre ambas barriadas, que los unía. Los judíos, en general, tenían sus casas por la calle Real, donde está la judería; por esa parte había viviendo además de los judíos, musulmanes y cristianos; y de ahí, muchos niños hebreos se iban hasta los otros barrios para jugar con sus compañeros de escuela, fueran cristianos o musulmanes.

(…) Aicha estaba prendada de Claudio… (…) Las niñas musulmanas le echaban en cara esa peculiaridad. No se podía querer a un nesrani, aunque jugara con niñas nesranías. Dios prohíbe que se toque un infiel; así que si te quieres enamorar, vete con un meslem; <déjaselo a Isabel, ella es nesranía como él> (…) ¿por qué ella no podía salir con Claudio? ¿Qué tenía que ver la religión con los sentimientos? ¿Por qué los chicos musulmanes podían besar y abrazar a las nesranías y a las libudías y ella, chica musulmana, no podía ser abrazada y besada por un nesrani o un libudi? No encontraba ninguna respuesta…”

Hay pequeños detalles de la vida cotidiana que enriquecen esta magnífica novela. La sinceridad de Mohamed Bouissef al abordar la religión, el sexo, las dificultades en las relaciones interculturales –especialmente las religiosas-, la política o la visión del otro desde diferentes prismas, es loable. Bouissef afronta la vida abiertamente, y no se amilana al exponer su punto de vista sobre cuestiones espinosas ante las que otros se autocensurarían.

Cruzamos el río Lukus en barca de pago… (…) Nos fuimos por ahí a corretear y a mirar a las niñas españolas y judías, que eran las que se ponían bañador; no dejábamos de mirarles los muslos y los brazos a las chicas que se bañaban y a memorizar imaginaciones e imágenes para cuando estuviéramos solos; las musulmanas se quedaban con su ropa a contemplar, a sudar y a odiar profundamente a los hombres que se refrescaban, y a decirse entre ellas que si las nesranías y las libudías se bañaban y no pasaba nada malo, ¿a qué era debido que sus maridos, hermanos o padres les prohibieran hacerlo? Algunas se metían en el agua, desafiando esas prohibiciones, generalmente con una combinación transparente, y cuando salían estaban más apetitosas que las mujeres de los bañadores…”

Pero el acierto de Bouissef es que engarza los hechos reales que van aconteciendo en Marruecos durante la época en la que se desarrolla esta novela con las vidas cotidianas de los protagonistas, especialmente del narrador que es quien cuenta, a través de sus propios recuerdos y de lo que ha oído de otros, no sólo la trágica existencia de Aicha desde su niñez hasta su muerte sino también la de él mismo y de quienes les rodean. Es también, pues, un gran fresco humano con un trasfondo histórico siempre ambientado en Larache.

“En el Café Central nos dejaban sentarnos aunque no consumiéramos nada; el dueño, Pepe, era amigo de todos y dejaba que los jovencitos se sentaran; ¡siempre que no arméis jaleo y molestéis a los clientes! –solía decirnos-. Nos gustaba sentarnos ahí para oír a los mayores hablar de los acontecimientos que estaba viviendo el país. Los nombres de Abdeljalak Torres, de Al-lal Farsi, de Al-lal Benabdel-lah, de Mohamed V, junto a muchos otros, eran los que más se oían mencionar. Uno de los contertulios hablaba siempre de un larachense, de un tal Abdesamad Kenfaui, que había sido nombrado director del primer grupo teatral profesional del Marruecos independiente. Nosotros no conocíamos a ninguno de los mencionados, pero a fuerza de ser nombrados delante de nosotros, nos familiarizamos con ellos…

(…) También hablaban de un personaje que sí conocíamos de oídas desde hacía mucho tiempo; se trataba de Sliman Laraichi; otro gran hombre de Larache. Trabajó en la resistencia contra los franceses junto a  Mohamed Zerktuni; nosotros no lo habíamos visto nunca, pero sí lo conocíamos porque todo el mundo hablaba de él como de un héroe que lo había dado todo por la independencia.

(…) Los contertulios del Café Central no se atrevían a mencionar los graves incidentes que estaba viviendo la ciudad, por temor a que entre la gente hubiera algún policía camuflado.

-No recuerdo que la policía española haya matado a gente en Larache… ¿No crees que hubiera sido mejor que los españoles siguieran con nosotros?

-No sé. Es algo que no me he planteado. Nuestros vecinos son españoles y nos sentimos bien con ellos. Pero creo que se van a ir casi todos a España. Dicen que no tienen nada que haber aquí.

-¡Ya verás como todo va a cambiar cuando no tengamos vecinos españoles! ¡Seguro que los echaremos de  menos!”

Una novela amarga, sin duda, muy real, muy sincera, descarnada, pero en la que siempre se atisba un aire de calidez y de ternura; y es una novela que mantiene el pulso durante toda la narración. Francamente me parece uno de los retratos más impresionantes que he leído de una mujer que, para sobrevivir, ha de prostituirse y someterse a las peores vejaciones. Y también es una historia muy emocionante.

Además de nuestros encuentros en Tánger, en Larache y en Fuengirola, guardo con especial cariño el día que me llamó para que yo presentara su novela en Málaga. Fue un halago, y un placer hacerlo para un amigo. Recuerdo que lo hicimos en la Librería Proteo, y que luego pasamos un rato agradable lleno de risas y buen vino.

El ejemplar que guardo de su novela contiene las palabras que me escribió en la dedicatoria y que ahora, con el tiempo, están llenas de nostalgia. Dicen: “Málaga, 13-12-2007. A Sergio Barce con todo mi afecto. Es, seguro, el mejor lector que puede tener mi Aixa”. Como decía al principio, Mohamed Bouissef es muy exagerado.

“Aicha empezó a soñar con el momento en que le anunciaron que algo podía brillar en su horizonte; su vida se estrellaba entre riscos desconocidos –y ella lo desconocía- y abría el camino a las cenizas de sus ansias y de sus pensamientos”

Sergio Barce, marzo 2011

 Mohamed Bouissef Rekab, nació en Tetuán, Marruecos, en 1948. Como otros escritores marroquíes como Mohamed Akalay, Abderrahman El Fathi, Said Jedidi, Mohamed Lahchiri o Mohamed Sibari, escribe en lengua castellana, siendo uno de los miembros fundadores de la Asociación de Escritores Marroquíes en Lengua Española. Licenciado en Filología Hispánica, se doctoró en la Universidad Autónoma de Madrid; ha sido profesor en el Instituto Mulay Yusef de Rabat, redactor y presentador en la televisión marroquí, y también profesor de español en el Instituto Cervantes de Tetuán, en la Escuela Superior de Traducción Rey Fahd de Tánger y Catedrático del Departamento de Hispánicas de la Facultad de Letras y CC. HH. de la Universidad de Tetuán. Desde 2006 es profesor de Literatura Española en la UNED (Centro Asociado de Ceuta).

Ha publicado, además de artículos y estudios en diferentes publicaciones científicas, varias novelas como “El vidente” (1994), “Desmesura” (1995), “Inquebrantables” (1996), “El Dédalo de Abd-el-Krim”, “Los bien nacidos” (1998) o “La señora” (2006).

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LARACHE vista por… MOHAMED LAABI

Parece que en las últimas fechas los escritores larachenses se prodigan mucho más que antes. Al menos ésa es la sensación. Hoy presento la última obra de investigación y recopilación de Mohamed Laabi, al que me une una larga y estrecha relación, como ya he comentado en alguna otra oportunidad.

Tras sus anteriores obras “Voces de Larache” (AEMLE-AECI – Tánger, 2005) y “Viajes a Larache I. Antología de los viajeros españoles a Larache” (Dar e-Laraïch – Tánger, 2007), obras en las que aglutinaba tanto poemas de escritores larachenses, en el primero, como una selección de textos de viajeros que recalaron en Larache durante diferentes épocas, en el segundo, ahora Laabi se decanta por recopilar diferentes textos literarios de numerosos escritores (distintos en la época en la que escribieron y distinto en su origen) que tienen como nexo común el haber dedicado bien sus versos, bien su prosa, a describir o a evocar el Zoco Chico de Larache.

Mohamed Laabi & Sergio Barce, en el Instituto Cervantes de Tánger

Y, en efecto, lo que hace con este libro es ofrecernos una “visión” histórica de cómo fue y de cómo es la ciudad pero vista desde ese enclave determinado y tan especial, un lugar físico concreto que es quizá el espacio neurálgico con más simbología y sabor de la vieja ciudad.

 Dice Mohamed Laabi en el prólogo:

Larache representa para mí el combustible indispensable para la escritura, o sea todos mis proyectos de investigación  y de escritura giran en torno a esta ciudad marroquí.

Priman en esta deliciosa y cuidada edición de “Un paseo por el Zoco Chico (Larache)” (Dar Laraïch – Tánger, 2010) la selección de fotos antiguas que nos muestran detalles tanto de su arquitectura como de la vida cotidiana que se ha desarrollado en este lugar de encuentro en diferentes épocas y etapas de la historia. Y acompañando a estas imágenes en blanco y negro, como dije más arriba, los textos de escritores, viajeros o poetas que pasaron, vivieron o disfrutaron del entorno, del color y de la vida de este pequeño rincón que todos los larachenses revivimos cada vez que pensamos en nuestra ciudad: el Zoco Chico.

Zoco Chico de Larache

Sólo me cabe agradecerle a Mohamed Laabi que se haya acordado de mí y haya tenido a bien el incorporar en su libro un humilde fragmento de lo que he escrito sobre ese mismo lugar.

Y muy acertado y emocionante, que Laabi dedique esta recopilación de textos e imágenes, a quien supo plasmar mejor que nadie a los larachenses y a Larache con su cámara de fotos: nuestro paisano Driss Sbaihi, que desapreció en el mejor momento de su vida y al que es imposible olvidar por su cariño y su trato cercano y entrañable.

Sergio Barce, marzo 2011

Zoco Chico

Mohamed Laabi nació en Larache. Diplomado por la Escuela de Traductores de Toledo, es profesor de Lengua y Literatura Española. Ha impartido conferencias en las Universidades de Granada, Barcelona, Sevilla, Huelva o Córdoba, y ha escrito numerosos artículos tanto en prensa como en revistas científicas.

Mohamed Laabi

Como queda dicho, ha editado tres libros: “Voces de Larache”, “Viajes a Larache I” y “Un paseo por el Zoco Chico (Larache)”.

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LARACHE vista por… LUIS MARIA CAZORLA

Aprovechando el recordar a todos que mañana día 22 de marzo, a las 19:30, en la Sociedad General de Autores y Editores, en Madrid, se presentará la novela “La ciudad del Lucus” del escritor larachense Luis María Cazorla Prieto, novela publicada por la editorial Almuzara, he pensado que sería el mejor momento para leer cómo describe Luis Cazorla el Larache de los primeros años del pasado siglo.

En esta novela, de la que ya podéis encontrar varios artículos míos en este mismo blog, Luis María Cazorla describe ese Larache de inicios del siglo XX con detalle y con exactitud histórica. Además de su trama sobre las intrigas y luchas que se produjeron en Marruecos por parte de la potencias europeas para hacerse con el control del país, y las disputas de estos mismos países con el sultán y con El Raisuni, además de todo ello, como digo, hay una constante referencia a la vida cotidiana que se desarrollaba en esos tiempos en Larache. Resulta curioso leerlo, porque parece escrito por alguien que hubiera estado viviendo en la ciudad en aquellos años, y descubrimos, en pinceladas que van salpicando la historia, cómo eran sus calles, cómo se construían edificios o cuándo se edificó algún que otro inmueble emblemático de la ciudad del Lucus. Y esto es otro activo de la novela de Luis. Sirvan como ejemplo tres fragmentos que he escogido del libro:

 “Absorto por el panorama que se ofrecía a sus ojos curiosos, Cantéliz acabó topándose en el lado izquierdo del Zoco Chico con la mezquita Naziria y, frente a ella, con el callejón donde estaban situados los principales hornos de la ciudad. Un suave olor agradable le anunció su proximidad con varios metros de antelación.

Aunque el callejón era corto, la homogeneidad de las casas que lo delimitaban y el enjambre de personas que por allí pululaban le dificultó dar a la primera con el horno de Hicham. En pocos metros se agolpaban indígenas vestidos con amplios seruales, cuya parte trasera se descolgaba hasta las pantorrillas, y con una especie de chaleco o bedaia, descolorido por el uso, a través del cual se podían apreciar fuertes torsos y poderosos brazos embadurnados de restos de harina; mujeres recubiertas con enormes caftanes y holgados jaiques; hombres coronados por xambrinos o sombreros de paja coloreada, que hacían olvidar el resto de su vestimenta; algún que otro transeúnte vestido de negro desde los zapatos hasta el sombrero de ala corta y, por fin, varios individuos vestidos a la europea con traje de tonos claros que se fundía con el colorido que prevalecía en aquel entorno. La sotana amarronada del padre Cantéliz puso la guinda en la variada paleta cromática. No había dos personas iguales, cada cual revelaba con su indumentaria un origen distinto y un cometido singular. No resultaba sencillo explicar cómo aquella abigarrada composición formaba un conjunto gobernado por una armonía interna que cada elemento particular respetaba para no alterar el equilibrio inestable que el franciscano observaba en esos momentos.”

“Tras despedir a Zugasti, Ninet decidió salir a dar un paseo. Necesitaba respirar, estirar las piernas. Lo que menos le apetecía en esos momentos era encerrarse en su oficina o subir a casa. Atravesó a paso lento y meditativo la vieja plaza de armas del siglo XVII donde se asentaba el Zoco Chico. Se dirigió hacia Bab el-Barra o Puerta de Afuera de la medina. La franqueó entre los dos fuertes baluartes que la flanqueaban y pasó por debajo del revellín que, poderoso y desafiante, la defendía. Tomó el camino hacia la playa del desembarcadero, en la que las últimas horas del día se desvanecían ante el empuje irresistible de la noche. No pudo ir lejos porque la rampante oscuridad se lo impidió, no era recomendable adentrarse por esos lugares de noche y sin protección.

Iba ya de regreso cuando, ayudado por la última luz, reparó en el volumen de tres edificaciones en obras que emergían en la gran explanada que se extendía ante la puerta de la medina. <Para eso sí que está sirviendo lo de Algeciras>, musitó. <La autorización general concedida por el sultán para que los extranjeros puedan comprar y edificar en un radio de diez kilómetros en los ocho puertos abiertos al comercio parece que, al menos en Larache, está empezando a dar sus frutos>, reflexionó según traspasaba la Puerta de Afuera.”

Con el peso del calor en su cenit remontó el polvoriento camino que, después de superar un ligero desnivel, conducía a la amplia superficie que se extendía delante del cementerio de Lal-la Menana La-Mesbahía. Entre las cuatro y cinco modestas y desvencijadas construcciones que pugnaban por levantarse allí, descollaba una que, acreedora también a tales adjetivos, se mostraba algo más consistente. Supuso que aquel era el fondac donde Ben Slimi debería estar. La vaharada de calor, mezclada con olor a especias y fritangas que le azotó al traspasar el desvencijado umbral del establecimiento le hizo olvidar por un instante el cansancio que le atenazaba…”

“La ciudad del Lucus” va a ser presentada por el propio autor junto a Andrés Amorós, Luis Alberto de Cuenca, Julia Navarro y Manuel Pimentel.

Sergio Barce, marzo de 2011

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