«Para Sergio Barce, esta cajita de grullas y de libélulas que comparten su amor por los libros y por las palabras que nos han unido. Cómplices de cine y de fronteras. Un abrazo grande.»
Esta es la dedicatoria que me escribió Guillermo Busutil en un ejemplar de su libro <Papiroflexia>, que es precisamente una cajita de grullas y de libélulas que aman los libros y las palabras, y que también es una declaración apasionada de amor por la literatura a base de sentencias, frases y juegos de palabras repartidas en pajaritas de papel que Guillermo ha ido dejando por el camino para que no nos perdamos. Aforismos, haikus, ideas, sugerencias, sentencias sin recurso, frases lapidarias y frases de amapola, dedicatorias encubiertas y letras enhebradas pero con orden y concierto. <Papiroflexia> es casi un musical. Un largo poema sin rima. Un sendero trazado en prosa que parece nacer a la orilla de una playa en Alejandría. Un libro que se lee muy despacio, para que las palabras den vueltas en el paladar.
«Ojear los libros es intentar averiguarlos por una mirilla»
«Hay árboles que sueñan encarnarse en libro»
«Las librerías de antiguo son bibliotecas de objetos perdidos»
«Leer a media voz convierte por un instante las palabras en mariposas»
«Los poetas escriben con el vaho un beso en las ventanas»
«Atrévete a leer, no está de moda»
No hay sentencia recurribe, dije antes, porque Guillermo Busutil sabe de lo que escribe. <Papiroflexia> se llama esta cajita llena de grullas y de libélulas, que ha editado Fórcola para nuestro deleite.
Sergio Barce, 28 de enero de 2024
SERGIO BARCE, GUILLERMO BUSUTIL Y MOHAMED EL MORABET en el Festival de Cine de Nador
En la Página de los Libros, de IDEAL, se publica el pasado 13 de enero, la reseña que el poeta José Sarria ha escrito sobre mi libro «El mirador de los perezosos», bajo el título <La narrativa memorística de Sergio Barce>. Aquí tenéis el artículo completo:
Esto es un lujazo. Acaban de aparecer sendas reseñas rubricadas por José Sarria (recién galardonado en Italia con el Premio Pablo Neruda a su trayectoria poética) sobre mi libro El mirador de los perezosos (Ediciones del Genal – Premio Andalucía de la Crítica 2023), que se han publicado, la más resumida, en <Cuadernos del Sur>, y, la más extensa, en <Todo Literatura-República Ibérica de las Letras>.
Mientras escucho <Woman from Donori>, acabo la lectura de Cuerdas al aire, el nuevo pequeño libro de Juan Pablo Caja. Digo pequeño porque sus dimensiones son menores a las habituales, como es habitual en las publicaciones de la editorial Minúscula. Pero también es una bella edición, muy cuidada, y agradable para leer.
Como ocurre en todos los libros de Juan Pablo Caja, hay muchas historias entremezcladas y muchos personajes que se cruzan, que salen y que entran de sus páginas, y hay mucha socarronería y humor fino, y muy buena narrativa para contarnos estas también «pequeñas» historias que, en gran parte, ha vivido el propio autor.
Cuerdas al aire es un homenaje a una de sus pasiones: la guitarra. Un homenaje dulce y sencillo, pero también profundo y hasta melancólico. Hay mucho rasgueo de cuerdas en estos capítulos que se siguen con un ritmo country y acústico, contados desde un escenario para pocos espectadores, con mucha cerveza (incluso caliente) y con un cierto regusto amargo por el paso inexorable de los años.
Escribe Juan Pablo: «¿Por qué tantas cosas envejecen parecido? Esta tarde he estado estudiando una pieza de Stefan Grossman y John Renbourn, <Woman from Donori>. Está en un disco de finales de los setenta, que compré cuando lo sacó en España el sello Guimbarda, la discográfica que en esa época nos traía el folk internacional. Miro mis manos mientras practico y no sé por qué me pongo a pensar en todas las manos, en las maderas de las guitarras y en casi cualquier objeto, en cualquier cosa. En cómo envejece todo y qué rasgos comunes tiene el paso de los años. La madera que se va curando, se seca, y, aunque la vibración que se transmite desde las cuerdas a la tapa mantiene y desarrolla la flexibilidad del material, esa elasticidad va adquiriendo una calidad muy diferente con los años. Aparecen grietas, quebraduras.Aumenta la resonancia pero no la exuberancia del sonido, no la riqueza de armónicos. Es una vibración intensa pero seca, que perdura, aguda, penetrante. Las notas largas en el aire. Y eso es algo que, al tocar guitarras de más de, no sé, cincuenta años, me ha parecido siempre esencial, común a todas. Algo que cada vez más siento que comparto con ellas, que comparten mis manos, mi respiración, a medida que cumplo años. Por qué una persona y unas tablas de madera han de envejecer igual, de manera análoga. Por qué se secan pieles y maderas. Arterias y diapasones.Más curados, más frágiles y, a la vez, más duros. No sé. Tampoco sé, es cierto, si esto son figuraciones mías y no soy siquiera capaz de juzgar la diferencia entre guitarras: a lo mejor ahora suenan diferentes porque se construyen diferente, porque las maderas son otras…« Qué bello párrafo para describir nuestro envejecimiento y el de las guitarras, en paralelo, a la vez, embozados por el olor de esa madera agrietada y por el sonido de las canciones que nos propone.
Cuerdas al aire se lee de un tirón. No es muy extenso el libro. Un libro minúsculo, ya lo he dicho. Pero que es, a la vez, un tema musical, tocado con mano lenta en una vieja guitarra, que escuchamos traducido por las palabras cálidas y cercanas de Juan Pablo Caja.
Hay, entre distintos tratadistas e historiadores, una controversia: el golpe de Estado del 36, ¿se inició antes en Larache o en Tetuán? ¿Tal vez en Melilla? Según he indagado, el primer disparo, quiero decir, la primera bala que sale de un arma de fuego en Marruecos y que da lugar a la guerra civil, acaece en Larache. No es ningún mérito para mi pueblo, al contrario. Es una mancha, pero fue así. Y los golpistas, los falangistas y fascistas, se hicieron fácilmente con el control de Larache. He de decir también, en descargo, que hubo algo de resistencia. De ahí los disparos, la depuración y los fusilamientos. El doctor Matamala, a decir de todos un hombre piadoso y justo, abnegado médico que no desatendió a ninguna persona humilde, fue sacado de su casa en pijama y fusilado sin más. Por republicano. Sólo es un ejemplo.
En la nueva novela que escribo, dedicada a la figura de mi abuelo Manuel Gallardo, hay lugar para hablar de soslayo de todo esto, porque, además de los antecedentes familiares (la mayoría de mi familia es republicana por transmisión sanguínea) está también la propia convicción de que ellos merecen un reconocimiento y no el olvido. Es el caso de mi tío abuelo, por la rama paterna. El hermano de mi abuela María Salud Cabeza, todo un personaje en Larache que se enfrentó a los fascistas sin ser detenida y sin ser censurada, una madre coraje; su hermano, como digo, hubo de huir por rojo de Larache. Lo hizo pegando tiros subido en una camioneta para poder pasar la frontera hacia la zona francesa. Luego, logró llegar a Barcelona, donde luchó en el último bastión, hasta que hubo de cruzar otra frontera que, irónicamente, lo llevaba de nuevo a tierra francesa. No se portaron bien los franceses con los españoles republicanos. Los hacinaron, los encerraron, los deportaron a muchos de ellos, porque la Francia de entonces era pro-nazi, que no se nos olvide este detalle histórico, tan vergonzoso para el país de la libertal, la igualdad y la fraternidad. Y ese fue el caso de mi tío abuelo, que se llamaba Manuel Cabeza Aranda. Las autoridades francesas lo entregaron a la Gestapo por ser republicano español, y fue ingresado primero en el Stalag VII-A Moosburg, desde donde escribía cartas a su familia, y luego trasladado al campo de concentración de Mauthausen, de infame recuerdo. Abajo tenéis su filiación y sus datos personales, que ha hallado mi primo Antonio Barce rebuscando en archivos gaditanos. Como se comprueba, murió a mano de los nazis apenas un mes antes de cumplir los treinta años. Sólo pudo aguantar cinco meses en el campo de la muerte.
Y todo esto lo escribo porque hace apenas unos días, justo cuando mi primo me enviaba su descubrimiento, un amigo, Rafael Guerrero Moreno, con el que comparto el formar parte de la junta directiva de la Asociación Foro Ibn Rushd, ha sido galardonado con el Premio Lorca, en el Festival Internacional de Cine de Granada, por el documental que ha dirigido titulado «Rotspanier: los esclavos españoles del nazismo«, un documental que recupera precisamente la memoria de aquellos 70.000 esclavos españoles que, durante la ocupación nazi de Francia, fueron utilizados para construir el Muro Atlántico de la costa gala. Y una cosa ha llevado a la otra. Como si nos uniesen invisibles hilos que nos llevan a tratar entre todos de no olvidar y de mantener viva la memoria histórica, le pese a quien le pese.