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«LARACHE: MITO E INFANCIA EN LA OBRA DE SERGIO BARCE», POR EL ESCRITOR MARIO CASTILLO DEL PINO

Mario Castillo del Pino, amigo, autor de esa novela maravillosa que es Mi avión herido, me dijo hace tiempo que pensaba escribir sobre el viaje que hizo a Larache acompañado por su familia y por una de mis novelas. Hoy he recibido por fin ese texto, que se ha hecho de rogar. Sin embargo, la espera ha merecido la pena. Al acabar de leerlo, le he enviado un whatsapp a Mario para decirle que ya hablaremos porque, en estos momentos, no podría hacerlo: me ha emocionado demasiado y comienzo a estar mayor para dar ningún espectáculo, por mucha confianza que nos tengamos. En cualquier caso, el texto que ha escrito sobre aquel viaje y lo que ha escrito sobre mis obras ambientadas en Larache, me ha llegado al alma, me ha tocado, me ha hecho volar (por qué negarlo). Es un texto bellísimo en la forma, lo que no me sorprende porque Mario Castillo escribe como quiere; y también es un texto bellísimo en el fondo. Lo he paladeado, primero porque me he sentido reconfortado al descubrir que ese Larache que he ido modelando en mis historias quedará para siempre en el recuerdo de quienes me lean, y segundo porque a quién no le gusta sentir el afecto de un amigo. Yo hoy lo he sentido. Y ahora, ya puedo darte las gracias, Mario.

Espero que disfrutéis de su texto con la misma intensidad que yo.

Sergio Barce, septiembre 2016

 

LARACHE: MITO E INFANCIA

en la obra de Sergio Barce

por Mario Castillo del Pino

   Nacemos demasiado pronto. Seres indefensos y vulnerables. Mal formados e incapaces de mantenernos en pie, de alimentarnos por nosotros mismos, entregados a una experiencia soñada y olvidada. Pero, sobre todo, desposeídos de la habilidad de acumular recuerdos concretos durante los primeros años de nuestra vida. La ausencia de asideros que anclen lo que realmente somos. Es en esa tierra de nadie, aguas pantanosas que desdibujan la realidad bajo una espesa neblina, en donde nace el mito y en donde los sueños más persistentes se nos acomodan para el resto de nuestra vida. Los primeros años de infancia surgen y se recomponen como fantasmas que nos habitarán para siempre, preñados de historias contadas, retazos de memoria ajena que pululan en el entorno familiar, mil veces contadas, mil veces olvidadas. Olores, tactos, luces ocultas en las sombras.

Sergio Barce vivió en Larache algo más de la primera década de su vida. Es en ese momento, a los trece años de edad, en el que desafortunadamente es desarraigado por el destino y traído a tierras extrañas. Digo desafortunadamente porque esa experiencia trunca su letargo infantil, el acogedor, cálido y seguro refugio que para Sergio niño supone Larache. Sin embargo, por otro lado, estoy profundamente convencido de que esos acontecimientos históricos que provocaron el exilio de miles de nativos hispanos en tierras marroquíes es un hecho afortunado, ya que fruto del desarraigo surge todo un corpus literario, una Ítaca milenaria y mitológica a la que todos estamos obligados a retornar. Fruto de esa experiencia, hoy disfrutamos en sus textos de una infancia revisitada, el Avalon difuso que hubiese sido imposible sin la distancia. Por eso es afortunado su exilio y por eso se lo agradecemos sus lectores.

LARACHE (foto página de Radio Larache)

LARACHE (foto página de Radio Larache)

En todos nosotros acontece un momento en la vida en que todo comienza a ser concreto y toma cuerpo. Es ese momento de la adolescencia a partir del cual todo lo vivido es contemporáneo a nuestra memoria y los acontecimientos de nuestra vida tienen fecha en el calendario. Antes de ese punto todo es mítico, velado, irracional. Es por eso que la más tierna infancia, esos primeros años mágicos, no son lugares en un mapa. Esos años son, en definitiva, la geografía del alma.

La mayoría de nosotros compartimos el espacio físico de ambos mundos: el soñado en el duermevela de la infancia y el posterior, fruto de la vigilia aguda y descarnada de la razón; seguimos pisando como adultos los mismos empedrados en donde pateamos nuestros primeros balones soñando que éramos estrellas del fútbol. Todavía continuamos pasando por las mismas calles, pero ahora para, digamos, renovar el carné de conducir o para hacer la declaración de la renta. O entramos en ese mismo portal en donde dimos nuestro primer beso nervioso, pero ahora para recoger el resultado de una prueba médica que nos inquieta o para encargar unos muebles de cocina que no podemos pagar.

Sergio Barce tuvo la “fortuna” de deslindar ambos mundos; los primeros años en África quedaron pues lejos en la distancia y el tiempo. Así, desde el exilio y el desarraigo se fue forjando en Sergio Barce un espacio mítico, inalcanzable. Es en ese entorno plagado de cíclopes, medusas, monstruos y sirenas en donde nos emplaza con una obra dedicada al retorno. El ramillete de libros bellísimos que nos ha regalado a lo largo de los años es su fortuna como poeta y su drama como persona. Para el lector sensible, su Marruecos revisitado es un viaje de introspección hacia lo que realmente somos. Sergio Barce, a lo largo de toda su obra larachense, se vuelve del revés y nos muestra las hilaturas con las que fue tejida su inocencia. Es una traslación vertical, un viaje en el tiempo, una caída a las simas de la memoria. En definitiva, un descenso emocionado por la madriguera que, como Alicia, ha sabido horadar para nosotros.

Sin embargo, sus libros están preñados de desconsuelo y decepción. Al mismo tiempo que nos traslada a las profundidades de su infancia, en algún momento de su vida adulta, tuvo la osadía o el coraje de volver físicamente a los lugares que le inspiraban. Fue, supongo, el pago de una deuda, un compromiso personal, no literario. Es de ese viaje perpendicular del que se nutre su obra, contraposición de la esencia mítica de si mismo y el encuentro con los espacios físicos que la acogen.

Evidentemente todos tenemos nuestro propio Abdelazziz que nos llevara de la mano, todos hemos compartido juegos con nuestros propios Loftis y nuestros propios Dukalis. Todos hemos corrido como Tami por nuestro Zoco Chico y hemos nadado desafiantes en nuestras playas peligrosas. Todos hemos encontrado nuestras sirenas varadas y nos hemos refugiado en nuestros tañidos propios de laúd. Todos hemos soñado largos y emocionados matinales en nuestro propio Cine Ideal. Pero hay una gran diferencia entre su experiencia y la mía. Yo vi crecer a mis amigos, vi envejecer a mis ídolos de infancia, incluso algunos, ya demasiados, se me fueron muriendo por el camino. Vi cómo, después de años de abandono, me derribaron el cine Duque en donde ocultaba la fascinación de unos ojos infantiles. En cambio Sergio Barce y todos los que tienen la “fortuna” de haber conservado intacta la memoria, a los que les guardaron bajo llave los recuerdos míticos de la primera infancia, han tenido que luchar ante la cruel disyuntiva de rememorar la geografía del alma en la distancia, o bien ceder a la tentación de regresar y buscar entre los escombros. Esa disyuntiva define con claridad todas las páginas en las que Larache es la protagonista de su obra.

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

Desde que leí su primer libro hace ya muchos años, Sergio Barce inoculó en mí una inquietud difusa, susurrada, embriagadora, casi opiacea. Larache pasó por tanto a engrosar la larga lista de lugares míticos que atesoro. Sinceramente, nunca pensé que un autor contemporáneo y tan cercano a mí (prometo que nuestra amistad no enturbia un ápice mi criterio como lector exigente) pudiese crearme con tanta intensidad un espacio onírico que me influyese personal e íntimamente con tal virulencia. El Larache mítico de su obra fue creciendo dentro de mí como un ser extraño, me fue habitando y se quedó conmigo para siempre.

Personalmente guardo con celo esos espacios oníricos que me alimentan los mitos. Me gusta protegerlos de la mirada sucia y decepcionada. Los mantengo a la distancia suficiente para que no pierdan el halo tibio y sugerente de lo soñado. La Nueva York de Midnight Cowboy, la Troya de Homero, El Jardín de las Delicias del Bosco, la Venecia de Mann, la Casablanca de Bogart. Todos comparten el privilegio de la ficción pero algunos sufren la desgracia de contar con espacios reales que les han robado el nombre. Los soñados, por fortuna, están a salvo. Sin embargo, los inspirados en escenarios reales están condenados a las hordas de turistas, las cámaras, la decepción. Lógicamente he intentado evitarlos siempre que he podido; no pisar el polvo de mis lugares míticos y dejar que reposen para que me sigan alimentando los sueños. Desgraciadamente no siempre he podido protegerlos. La vida es larga y el mundo pequeño. En algunas ocasiones he sido capaz de crear mundos paralelos, espacios con idéntico nombre (el del mito y el del usurpador mezquino) que han convivido desde entonces sin interferencias. Atesoro, sin embargo, un caso que es excepcional: el Larache de Sergio Barce. El espacio mítico de su obra ha sobrevivido, afortunadamente, a mis botas sucias.

En la primavera de 2013 leí su novela Una sirena se ahogó en Larache. Personalmente creo que es la obra más bella que ha escrito y que encumbra y culmina su serie larachense. Aunque eso el tiempo lo dirá. Dudo que Sergio sea capaz de mantener su pluma alejada del tintero oscuro y espeso de su memoria africana. Fue una obra que me impactó especialmente. Tenía todos los elementos que había atesorado en sus obras anteriores, universos que habían flotado como escombros dentro de un torbellino antes de precipitarse y tomar su forma definitiva. De pronto comprendí que toda su obra anterior no había sido más que un cortejo, un preámbulo, una preparación, un flirteo, un rondar de león al acecho, jugando con su presa. Una sirena se ahogó en Larache es el zarpazo definitivo, la obra que cataliza el mito con el que ha coqueteado durante tantos años. Es una pequeña gran obra dedicada al abandono, el desconsuelo, la vulnerabilidad y, al fin, a la redención y la esperanza.

portada - UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Casualidades del destino, o no, a principios de ese mismo verano de 2013, mi mujer propuso un viaje de familia. Los niños se iban alejando y el viaje del verano siempre ha supuesto un reencuentro, un paréntesis en nuestras vidas paralelas y distantes. El mayor propuso Marruecos. Todos aceptamos ilusionados. He de reconocer, sin embargo, que a mí me asaltó una sombra de duda, un miedo oculto, casi un vértigo. Unos amigos nos recomendaron Assilah, en la costa atlántica. Fue entonces cuando el miedo tomó forma. Sabía que Larache estaba cerca, más al sur. Era un destino fácil de esquivar, las guías para turistas suelen ignorarla para destacar lugares más pintorescos, más a la medida y expectativa de un turista europeo. Pero yo supe desde ese momento que estaba condenado a arrasar la memoria sagrada de mi Larache mítico, que quedaría desde entonces descarnado, expuesto, indefenso bajo los pasos casuales, la mirada trivial, la obscenidad de un selfie. Pude haberlo ignorado, pero no lo hice. El canto hipnótico de la sirena me arrastró sonámbulo. Supe que había perdido la partida, que la atracción hacia el vacío era demasiado irresistible. Rendido, llamé a Sergio y le dije que en unos días visitaría Larache. Me dio el teléfono de un taxista amigo de la familia Barce, de varios de sus íntimos de la infancia, reencontrados, “re-conocidos” tras años de ausencia. No me fue fácil ignorar el miedo cuando identifiqué los nombres que me pasó ilusionado, personajes de sus cuentos, fantasmas de sus novelas larachenses. En los días previos a la partida, releí la Sirena de Sergio Barce. La devoré con gula, con fruición, con ansiedad. En el último momento, casi como un gesto simbólico, metí el libro en mi mochila para que me acompañase.

Unos días después, mientras cruzábamos el mar y el contorno de África se hizo preciso, supe que aquel viaje sería especial. No era mi primera visita a Marruecos. Recordé la primera vez que de niño crucé de Málaga a Tánger a bordo del Ibn-Battuta, cuando mi padre me llevara con apenas ocho años a recorrer el desierto por pistas perdidas en la frontera con Mauritania en 1971 en un destartalado Seat 124. Desde entonces, mis visitas a Marruecos habían sido escasas pero recurrentes. He aterrizado muchas veces en Tetuán, Tánger y Casablanca. He volado sobre el Mediterráneo con el Atlas al frente y el Atlántico perdido en el horizonte. Pero sabía que en esta ocasión sería diferente. Me estaba internando furtivamente en el sueño de otro, profanando sus vivos, sus muertos, sus fantasmas. De alguna manera me alivió el pensar que también eran míos, que el Larache que Sergio Barce nos había confiado en sus páginas sinceras pertenecía a la memoria colectiva de sus lectores tanto como a él mismo.

Llegamos a Marruecos en pleno ramadán. La novena semana del año lunar hace que la vida cambie radicalmente para los musulmanes. Todo se ralentiza, casi detenido. Los restaurantes y bares prácticamente vacíos, las calles desiertas sin el habitual ajetreo vivo y colorido de África. Me resultó extraño. No era el Marruecos que recordaba. Pero me gustó sentir en los silencios la espera paciente. Pasé esos primeros días paseando por la medina de Assilah. Nos refugiamos del calor en las calles encaladas y frescas. Pasamos un día en Chefchaouen, abrumados por el olor esencial a especias y el azul añil de sus paredes. A ratos al caer la tarde, durante esos días de espera, cuando las calles de la medina recuperan la vida, nos refugiábamos cansados en la terraza que da a las murallas de Assilah que miran al mar. Mis hijos se dedicaban a callejear, el mayor con sus lápices y su cuaderno de dibujo, el mediano paseando largamente con un libro bajo el brazo y la pequeña, inquieta, lo capturaba todo con su cámara voraz. Mi mujer y yo nos tomábamos un respiro en la terraza. Yo releía detenidamente el libro de Sergio Barce que siempre me acompañaba como un talismán, un perro fiel, una preparación. Una emboscada.

Tras varios días recorriendo el interior y la costa atlántica, habíamos planeado la visita a Larache para el día siguiente. Nadie en la familia comprendía mi interés y mi insistencia pero se dejaban hacer. Sabían que era importante para mí. De alguna manera, mi visita a Larache se había ido convirtiendo quedamente en el eje de nuestro viaje. Todos lo sabían y estaban dispuestos a acompañarme, a seguir mis pasos sonámbulos. Aquella noche me dormí inquieto, ilusionado, cuando la algarabía de la calle se silenció ya de madrugada.

Como cada mañana, Abdul nos recogió temprano. Queríamos detenernos en un mercado rural a mitad de camino y pasear por las ruinas romanas de Lixus antes de adentrarnos en Larache. Le pedimos que se saliese de la general que va de Tánger a Rabat, así que su Mercedes blanco desvencijado se internó por las carreteras de la costa. Siempre me ha gustado tener el océano cerca. Abdul conoce a la familia Barce desde hace años y durante el camino tortuoso me fue contando historias de Sergio, de su madre. De sus vidas africanas. Yo no solo le dejé hacer, sino que le animaba sutilmente a seguir hablando. Abdul, amable y hospitalario, no se hacía rogar demasiado. Sus historias de la vida durante el protectorado me fueron acercando a la mítica Larache de las páginas de Sergio Barce. En algunos momentos quise vislumbrar en las palabras de Abdul cierto orgullo, incluso nostalgia, de haber sido parte de esa etapa de la historia de su pueblo. Yo esperaba el rencor anidado hacia el colono, silencio tenso al menos. Pero nada de eso ocurrió. Cuestiones políticas e históricas aparte, Abdul se había criado en la mezcolanza cultural del protectorado, era parte de su vida, parte de su infancia. Y nadie reniega del limpio y transparente gozo de los primeros años. En sus palabras quise ver un posicionamiento personal, vital, no político. La mitad de sus mejores amigos de infancia eran españoles. Abdul no renegaba ni sentía vergüenza de sus años españoles. Era su vida, al fin y al cabo.

Tras caminar media hora entre piedras sueltas y sillares insinuados de los restos romanos de Lixus, alcanzamos la parta alta, en donde los muros del templo aún son reconocibles. Sabía que estábamos cerca de Larache, apenas siete quilómetros nos separaban de la desembocadura del río Lucus. Pero me dejé sorprender cuando una vez coronada la colina, miré al sur y la vi. La vi allí en la distancia, sus muros blancos y el acantilado recortado al contraluz del Atlántico. El río desembocando ancho hacia el océano, las casas empinadas que terminan en la escalinata del puerto. Aun en la distancia, creí reconocer las barcas que cruzan el río hacia las playas de la otra banda. Casi pude reconocer a Tami agachado en la orilla junta a su sirena. Ya no pude soportarlo más. Vamos, dije. Y me arrojé a pasos largos colina abajo. Inquieto. Impaciente. Ilusionado. Mi familia me siguió a regañadientes.

Era media mañana cuando Abdul nos dejó en mitad de la plaza de la Liberación, otrora plaza de España. Ovalada, rodeada de arcadas que esconden la frescura de los soportales, me trasladó inmediatamente a los primeros años que Sergio Barce vivió y corrió por esos empedrados. La rodeamos con interés, los bares vacíos, los edificios coloniales abandonados, el olor del pasado. Buscamos primero la librería de Rachid. Teníamos que entregarle un mensaje y un abrazo de parte de Sergio. La librería es amplia y fresca. Me recordó a las librerías de mi infancia; estantes añejos repletos de cuentos infantiles aún en español algunos, textos en árabe, historias descatalogadas de Larache, manuales sobre el Corán; las obras de Segio Barce, cómo no; mostradores con anaqueles de madera bruñida; vitrinas con cristal biselado que atesoran material de oficina que parecen de segunda mano. Pregunté por Rachid, que nos recibió distante y frío. Tras un gesto de duda, confundido, se disculpó pues tenía que marcharse y no podía atendernos como él hubiese querido. Estaba saliendo en ese momento. Tras otra larga pausa que me pareció inhospitalaria, nos dijo que se dirigía al entierro de su padre. Sin más preámbulo, se marchó. Supuse que para Sergio sería importante. Lo llamé al móvil inmediatamente. El padre de Rachid ha muerto, le dije. Supuse que querrías saberlo. Otra pieza se desmoronaba desde la torre desde donde construyó su infancia. Supe que, como Rachid, no tenía muchas ganas de hablar y no le importuné con mis historias de turista casual.

Los primeros pasos por sus calles, me desvelaron algo que ya Sergio me había adelantado. Larache no es una ciudad turística, no es un escaparate para consumistas de imágenes, no es el museo de lo exótico en el que se han convertido muchas ciudades marroquíes. Larache es auténtica y lo supe desde el primer momento que pisé sus calles empinadas. Larache es sucia, desarreglada, caótica, desconchada. Auténtica. Bellísima.

Cruzamos la plaza ovalada y me dirigí sonámbulo hacia la puerta que da acceso al Zoco Chico. Estaba allí, al fin, entre tenderetes con ropas de colores, frutas, especias, pescados. Me detuve nada más entrar, inmóvil, abducido. Metí mi mano izquierda en el bolso que colgaba de mi hombro en bandolera y palpé a ciegas el libro de Sergio. Noté sus bordes y sus páginas, acaricié la cubierta satinada y acogedora. Tami, me dije bajito, a modo de saludo o de eco reencontrado. Mi mujer y los niños se adentraron a curiosear entre los puestos del zoco. Yo me quedé paralizado, mirándolo todo con voracidad, oliendo los colores tibios del medio día, huyendo entre las sombras frescas de los portales, ocultos, sugerentes. Barrí con la mirada la plaza rectangular como si lo buscara. Un niño salió corriendo de un portal y se perdió por una de las callejuelas que bajan a la medina. Esperadme aquí, le dije a mi mujer. Vuelvo enseguida.

Le seguí los pasos. Tuve que acelerar el ritmo para no perderlo. Fui bajando a grandes saltos por las escalinatas que salvan el desnivel hasta el río. Giré en recodos de calles imposibles, observado por mujeres que se asomaban entre la ropa tendida, hombres que se refugiaban a la sombra de los portales, detenidos en el tiempo y refugiados en la inactividad del ayuno. Al fin lo perdí de vista. Me quedé quieto, extenuado, y cuando recobré el aliento fui ascendiendo lentamente por otras calles angostas que no reconocía, deshaciendo mis pasos de vuelta al Zoco Chico. En medio de una callejuela encalada de añil, un letrero grabado en piedra me llamó la atención. Era una placa homenaje al que fuese el último rey taifa de Sevilla. Lo recordé inmediatamente. Sergio Barce lo nombra en Una sirena se ahogó en Larache. Un anciano trabajaba el cuero a la puerta de un taller de curtiduría. Le pregunté sobre la placa y su relación con Larache. Se levantó animoso y en perfecto castellano me contó toda la historia. Pasamos hablando más de quince minutos. Su hija estudiaba aparejadores en la Universidad de Granada y un sobrino vivía en Málaga. Insistió en que pasase a la casa. Llamó a su mujer que con gran algarabía me ofreció té. Le dije que mi familia me esperaba en el zoco y tenía que marcharme. Acababa el Ramadán y nos invitó a comer con su familia para el sábado siguiente. No supe qué decir. La verdad. Volvíamos a España el jueves y nos sería imposible. Agradecido, les ofrecí mis respetos y me marché con la promesa de volver con mi familia. Cuando conseguí encontrar el lugar de nuevo dos horas después, el portal del pequeño taller estaba cerrado. No pude resistirme y le pedí a mi hija que me hiciese una foto con el libro de Sergio y la placa como testimonio de mi lealtad.

MARIO CASTILLO en Larache

MARIO CASTILLO en Larache

Comimos pescado en un pequeño bar junto al puerto y después del almuerzo nos acercamos a las barcas que cruzan la desembocadura del Lucus hasta las playas de la otra banda. Cuántas veces lo había leído en los cuentos y en las novelas de Sergio; cuántas veces imaginado, soñado. Nos tumbamos en la arena al otro lado con la algarabía de fondo de unos niños que se lanzaban al agua desde el espigón, allá en la distancia, a los pies de la medina. Yo releí la escena en que Tami descubre a su sirena varada en la arena. Miré la ciudad blanca al otro lado y lo dejé marchar, imaginando que Tami me miraba mientras leía su nombre en unas páginas ajenas. Tras unas horas, volvimos a cruzar al lado de la ciudad y subimos despacio las calles empinadas. Vimos atardecer desde el mirador del paseo, arriba, en la parte nueva. Cuando el sol se ocultó tras el océano, volvimos nuestros pasos hasta la plaza de España. Abdul nos esperaba con una sonrisa. No preguntó nada. Yo se lo agradecí.

Nos alejamos de Larache en la semioscuridad y cuando cogimos la carretera hacia el norte pude ver el brillo espeso del río mezclarse con las aguas revueltas del Atlántico. Las dos orillas, la ciudad colgada del acantilado, la medina que parece precipitarse hacia el río, las luces que parpadean distantes. Una sirena que agoniza en la playa.

Cuando escribo estas líneas, han pasado ya tres años desde que caminé por las calles de Larache por primera y última vez. A diferencia de otros lugares-mito que han quedado desterrados por la avidez concreta de la realidad, los espacios ensoñados que nos ha legado Sergio Barce siguen igual de vivos en mi memoria como lector. Mis pasos torpes y breves por la ciudad de su infancia no han hecho más que reforzar la bruma velada y difusa que nos regala en sus historias. El Larache de Segio Barce quedará para siempre oculto entre sus luces y sus sombras frescas, sus olores especiados, sus callejuelas estrechas que descienden rodadas hacia el río y el océano, ecos de pisadas infantiles que se pierden en la distancia hasta que se reencuentran con las rocas golpeadas mil veces por las olas de la memoria. Nos quedará el salobre denso del Atlántico que lame el torso bello de una sirena agonizante.

Mi visita a Larache me tranquilizó. Un pensamiento me golpeaba las sienes mientras volvía a subir a bordo en Tánger para encarar de nuevo el trecho de mar que me devolvía al destierro. El de Sergio, el de todos. Un exilio compartido por los que hemos tenido la fortuna de leer la obra larachense de Sergio Barce. Porque de alguna forma nos pertenece a todos. Su recuerdo, su abandono. Tami está a salvo, me repetía sin querer volver la vista atrás mientras la costa africana se diluía en la niebla del estrecho. Tami está protegido de las inclemencias y la erosión del tiempo. Tami nos quedará como un refugio, una esperanza, un recordatorio de que alguna vez todo fue simple y bello.

Rosebud repite para sí Ciudadano Kane en su lecho de muerte. Rosebud. Rosebud. Cuando Sergio Barce intuya cerca el final, retornará con los ojos cerrados a las calles de Larache y buscará. Tami, quizá repita silencioso con una leve sonrisa esbozada. Tami. Tami. Y se dejará ir en paz.

Solo los grandes son capaces de transformar la realidad con la palabra y entregárnosla de vuelta convertida en magia. Yo tengo la fortuna de conocer a uno. Gracias Sergio. Tienes todo mi aprecio como amigo y mi admiración como escritor.

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

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FELIZ AÑO A MUSULMANES Y HEBREOS, POR JOSÉ EDERY

Como siempre, un gusto y un honor recibir un texto de mi amigo el tebib Pepe Edery. Con ocasión de la celebración del nuevo año musulmán y del nuevo año hebreo, una de sus lecciones magistrales que tanto nos enseñan.

FELIZ AÑO NUEVO JUDÍO y MUSULMÁN 

Recuerdo que poco antes de venirnos a España, hace tres décadas y media, hubo en la Esnoga Principal de Rabat en la Avenue Henry Popp un acto inter confesional judeo musulmán por coincidir Rosh Achaná con el Año Nuevo islámico, el primero de Muharram. Dicha coincidencia no se ha vuelto a repetir entre ambas confesiones excepto quizás hace dos años en que coincidieron el mismo día y mes el Yom Kipur con el fin del Ramadán, el Aid el Fitr o Aid el Seguer (“Fiesta Pequeña”).

Aunque El lizcor o “recordar” es una norma de supervivencia y convivencia del judío; memorizar y recordar hechos o leshanén como decíamos en nuestro Marruecos es bueno también. Hace una belhgá de años el Papa Gregorio XIII dijo que el Año Nuevo quistiano tenía que empezar el día de la Brit Milá de Jesús, supuestamente un primero de enero. Pues durante los casi seis siglos anteriores se celebraba el 21 de enero coincidiendo con un equinoccio primaveral. Por lo que es invariable casi como los “muestros” (ZL por Moïse Rahmani) que sufre muy pocas variaciones en otoño el uno de Tichrí.

Pero el Año Nuevo musulmán al ser lunar, pero sin años bisiestos que le regulen como el muestro va desplazándose hacia atrás a lo largo del año. Pero he aquí lo curioso o lo casi ignorado por muchos shudiós, quistianos y mulselmin y que relato ampliamente en las seiscientas páginas de cada una de mis dos últimas obras ketubot: “Viajando por el Magreb” y “Viajando por el Magreb Hispánico”.

 ¿Sabías que el Primero del mes de Muharram que se celebra el Año Nuevo islámico se debe a que recuerdan la victoria y salida de Moisés sobre el Faraón de Egipto?

Al jazú, como diría Joha, voz lo voy a levaer.

Mos dezían muestros sahbim shajenim en Tánger, Tetuán, Arcila, Alcazar y sobre todo en Larache, que la Fiesta del Achor o Achura (de achra que es diez o décimo día) en el mes de Muharram, los primeros diez días son los mejores del mes y el del Achor el mejor de todos. Los sunitas (los muestros del Magreb) en Achura celebran el ayuno y el agradecimiento de Musa (Moshé Rabenu) por su victoria sobre Faraón. Y los musulmanes chiitas, sobre todo en Kerbala (acordarvos de las procesiones y la tostazinas con vergajos, como el Rebí Abraham zl, que se dan en las espaldas) conmemoran el asesinato del Iman Housein Ben Alí, nieto del Profeta Mahoma, y al que consideran el legítimo Califa.

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¿Sabías también que el ayuno musulmán en Muharram tiene su origen en el Yom Kipur o “Día del Perdón” que celebraban los judíos en la península arábica?

Sucedió que Mahoma visitando la ciudad de Medina el décimo día en el mes de Muharram vio que sus numerosos habitantes judíos estaban ayunando. Al preguntarles les respondieron que por el perdón de sus pecados y por agradecimiento al Creador del Holam. Y relata el segundo Califa Omar Ben Khatab quien declaró Muharram como el primer mes del año y denominó Ras as Sana (“Cabeza de Año”) al primer día; que Mahoma ayunó y ordenó a sus seguidores que ayunasen. Y para que en lo sucesivo no coincidiera con el ayuno judío, instauró que se efectuase un día antes al décimo día. Y Mahoma explicó a sus fieles que en dicho día El Dió hizo la mayoría de sus prodigios como: Crear la Tierra y las estrellas, la creación de Adán y el Paraíso y creó a Gabriel y a los ángeles. Y coincide, dicen sus Hadiths, con el milagro de Musa (Moisés) con el Faraón y el nacimiento de Ibrahim (Abraham).

¡¡E instituyó para sus fieles que durante el mes de Muharram estaría prohibido luchar!!- Quizás habría que hacer “recordar” a miles de personas y dirigentes del Próximo Oriente esta prohibición; y que el mes de Muharram es uno de los cuatro meses sagrados del Islam.

¿Y sabías que durante la semana de Ashura fue tradicional en el Magreb, además del ayuno para el perdón de los pecados, visitar los cementerios, purificarse en un río si es posible, dar una generosa sakat (sedaká) y degollar un animal? Es una gran coincidencia con preceptos mosaicos del mes Tichrí.

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Y al jazú, todo lo que voz escrivo y es por lo que disho este alhad en el programa Shalom de TVE mi querido javer el luzido Presidente de la Federación de Comunidades Judías de España Isaac Querub Caro, a preguntas de la endiamantada directora la melillense Coty Aserín de Bendahan. Partiendo de sus premisas de que “la diversidad religiosa y cultural enriquece”; ambos y sobre todo el tanshaui multicultural Querub, defendieron el dialogo inter religioso, así como retomar y continuar la historia en común. Dar solución al drama de los refugiados y emigrantes, y sobre todo dar voz a los musulmanes moderados (yo añadirá “cultos e instruidos”) para activar positivamente el dialogo inter religioso, que desde las Comunidades Judías de España han venido impulsando periódicamente.

En esta línea de armonía y paz de Shalom, me uno a sus propósitos para desear junto con mi familia, a nuestros queridos amigos y paisanos shudiós, muslemin, y quistianos, unas Felices Fiestas y un Feliz Año Nuevo, Leshaná Tová Umetuka 5777, M´brouk al Aid u Ras as Sana 1438

Que ze voz haga todo lo güeno con sajá, buen mazal y perijá para toda vuestra aila (mishpahá), amen  

En Málaga farsheados por berajá del Dió: DR. JOSÉ EDERY BENCHLUCH-  Septiembre de 2016

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VIGON, LA VOZ DEL RHYTHM AND BLUES MARROQUÍ

Vigon es un cantante marroquí nacido en Rabat en 1945, cuyo verdadero nombre es Abdelghafour Mouhsine, que representa al más puro estilo rhythm and blues. Con una extensa discografía, que va desde 1965 a la actualidad, Vigon ha colaborado con artistas de la talla de Jimi Hendrix o los Rolling Stones.

En el siguiente enlace, podéis ver y escuchar una de sus actuaciones para televisión:

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VIGON

VIGON

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En el siguiente enlace, Vigon Bamy Jay (es decir, Vigon, Erick Bamy y Jay Kani) interpretan un clásico…

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«MEDINA VERSUS ENSANCHE», UNA CONCEPCIÓN DE LA VIDA, SEGÚN MÓNICA LÓPEZ

Para comprender cuál es la concepción de la Medina y del Ensanche, como modos de vida articulados, nada mejor que la explicación de que nos ofrece mi amiga Mónica Lóipez en su blog Los colores de la memoria. Podéis leerlo entrando en:

https://loscoloresdelamemoria.wordpress.com/2016/09/07/medina-versus-ensanche/

MEDINA DE LARACHE

MEDINA DE LARACHE

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YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES, POR CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

Carlitos Tessainer y yo nos criamos en el mismo edificio, frente al Balcón del Atlántico. El tiempo ha hecho que, afortunadamente, nos reencontrásemos, él vive en Fuengirola y yo en Torremolinos, es decir, a pocos kilómetros uno del otro. Hace tiempo que Carlitos aporta sus opiniones y sus artículos a mi blog, y eso le da a esta página virtual un plus de autenticidad y de calidad. Nos llamamos a veces, nos escribimos bastantes emails y nos vemos en alguna ocasión. Nos reímos mucho. Yo siempre aprendo de él cuando nos vemos, porque es un portento de memoria. También solemos cabrearnos juntos cuando nos enteramos de que se ha cometido alguna barbaridad en Larache, de esas que nos duelen a todos. Estos días precisamente ha ocurrido esto último con el tema que Carlos aborda en este artículo, y que suscribo íntegramente.  

Sergio Barce, agosto 2016

¡YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES!

Cuando a finales de la pasada primavera mi amiga y paisana Raquel Moryoussef Fereres me dijo que iba a Larache, le pedí que de nuestra ciudad, “hiciese todas las fotos del mundo”, y que tras su regreso, me las mandara.

¡Bien que cumplió el encargo! Y me envió decenas de fotografías. Como creo que a todos nosotros nos pasa, disfruté viendo muchas de ellas; otras, me causaron pesar: lugares irreconocibles, edificios derribados, calles totalmente transformadas. En fin, el lógico desarrollo de cualquier ciudad que, como  ser vivo que es, va siendo transformada por sus habitantes  -los que precisamente la hacen vivir- según las circunstancias, las necesidades y, por supuesto, el transcurrir del tiempo.

Pero entre todas ellas, hubo una imagen  -dos para ser más exactos- que me rompieron el alma y me indignaron. ¡Ya no tenemos Jardín de las Hespérides! No me lo podía creer, pero las fotografías y lo que luego Raquel me ratificó de palabra, no dejaban lugar a dudas.

Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016.

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

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Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

Los cambios toponímicos en las ciudades son frecuentes y lógicos. En España sucedió con el paso de la dictadura a la democracia y en Marruecos con el tránsito del Protectorado a la independencia. No obstante, estimo que siempre debe haber salvedades. Ya en su momento, en mi artículo “La Duquesa de Guisa y Larache” (Boletín trimestral de la “Asociación La Medina”, números 16 y 17, mayo y agosto de 2002) ampliamente reproducido en varias publicaciones, mostré mi disconformidad a que la calle que en Larache llevaba su nombre -Duquesa de Guisa-  a la que se abría la entrada principal de su palacio, hubiese sido en el pasado cambiada de nombre. Yo creo que por absoluto desconocimiento de las autoridades de aquel entonces (mediados de la década de 1960) cuando no por incultura. Sobre todo cuando la Duquesa allí había vivido durante cincuenta y dos años, en su acción solidaria siempre tuvo muy presentes a los marroquíes y las relaciones entre las familias reales  de Orleans y la Alauí, siempre fueron fluidas y amistosas.

Pero ¿que ahora le quiten el nombre al Jardín de las Hespérides? Querría saber de quién ha partido la idea: si del bajá de la ciudad o del gobernador de la provincia. Confieso que durante mucho tiempo, no supe quiénes eran las Hespérides…  Pero cuando me enteré, ya en la adolescencia, que según la mitología griega eran las ninfas que cuidaban un esplendoroso jardín en la parte más occidental de la Tierra entonces conocida y que la tradición situaba al pie de la Cordillera del Atlas, en el Magreb al Aksa, junto al Océano Atlántico, comprendí perfectamente porqué en su momento se le puso aquel nombre al jardín.

Da igual que fuese bajo la administración española  -como fue el caso-  o que lo hubiese sido bajo la marroquí. Le pusieron ese nombre tan acertado a un solar inhóspito situado frente a la fachada occidental del viejo Castillo de las Cigüeñas y que desde el principio surgió como un pequeño jardín botánico. En el pequeño terraplén que separa el castillo del resto de la explanada, había un sinfín de hibiscus (“pacíficos”) y cañas de bambú, ambas muy codiciadas por los niños: los hibiscus, porque les arrancábamos las flores para chupar un líquido dulzón que segregaban del fondo de los pétalos. Para cortar las cañas nos llevábamos navajas pues arrancar sus rizomas resultaba imposible. Con ellas conseguíamos unas largas y finas varas que agitadas al viento, sus silbidos nos transportaban a luchas imaginarias y a veces no tanto, pues en “armonía” nos dábamos varazos los unos a los otros, dejándonos moratones en las piernas. ¡Pero eso era lo de menos! Lo peligroso es que casi siempre aparecía el guarda, con su chilaba color blanco crudo, su fez rojo y un gran palo, corriendo detrás de nosotros para que dejásemos de hacer tropelías. Corríamos como locos y alguno en alguna ocasión, acabó en la comisaría de policía con la posterior reprimenda por parte de sus padres.

En el resto del jardín, fueron plantadas araucarias, por cuyos troncos trepaba la hiedra a su antojo; palmeras canarias, varios juníperos (variedad de coníferas), acacias de flor blanca, falsos pimenteros y hasta un drago, que, por su gran tamaño, sigue siendo en la actualidad digno de admiración. Y en la parte central del jardín, una jaula con un mono o mona, auténtico deleite para todos los niños que íbamos a verla y echarle cacahuetes. Y, junto a la jaula del simio, un estanque de rocalla donde apaciblemente nadaban numerosos patos, que al caer la tarde el guarda recogía y guardaba en una pequeña construcción aledaña para protegerlos durante la noche.

Recuerdos de niñez y primera adolescencia…

El actual Jardín de las Hespérides está hoy muy transformado, pero como decía anteriormente, debemos enmarcarlo dentro del lógico desarrollo de cualquier ciudad, aunque a veces éste no sea precisamente acertado. Descubro en él dos bellos “templetes” de estilo andalusí, blancos y de tejas verdes. Compruebo con pesar cómo senderos de arena, han sido sustituidos por pavimento. ¡El mismo error o atrocidad que el cometido en cualquier parque o jardín de España! Donde al parecer ya los niños no juegan en la arena con los cubitos y las palas…  ¡Ya no veo ni bambús ni hibiscus en el pequeño desmonte sobre el que se alza el castillo! ¡Ya no hay estanque con patos, ni bancos de azulejería andalusí! ¡Me resulta muy difícil reconocerlo!

Cuando vine a vivir a la costa malagueña, a mi casa le puse el nombre de “Hespérides”, el que sigue ostentando para orgullo de quienes en ella vivimos.

La primera novela de nuestro paisano Sergio Barce, no por casualidad lleva por título “En el Jardín de las Hespérides”. Quien lea mi novela “El árbol del acantilado” (finalista del X Premio de Novela Fernando Lara), en las páginas 112-113 y 157 y siguientes, encontrará detalles sobre el viejo jardín, el que casi todos tenemos en mente. Y en el que bastantes años después de la independencia de Marruecos, aún se celebraban en las noches de verano verbenas a las que acudían numerosos miembros de las tres comunidades que en Larache convivían y cuya recaudación, estaba íntegramente destinada a fines benéficos.

Nuestra paisana Mercedes  Dembo  Barcessat  tiene un hermoso poema escrito en jaquetía con el nombre de “Larashe  l´ezziza”, en algunos de cuyos versos queda inmortalizado no sólo el jardín, sino también su antiguo nombre:

Mizmo tus leones siguen impasibles,

taleando fielmente

sobre el mentado Jardín de las Esperides  (sic.).

Un  bel´lá de sicretos guarda  esejardín

de amores enjubilados,

de aventuras prohibidas,

de lágrimas vertidas.

Viendo las fotografías que acompañan a este texto, ya sabéis el nuevo nombre que le han puesto: “Jardin des Lions”, en referencia a los dos hermosos leones de mármol blanco que flanquean la entrada principal. En el de la izquierda figura el nombre en francés; en el de la derecha, en árabe. La lengua española se esfumó, no ha merecido un lugar para el nuevo nombre.

Y si pena me da que hayan cambiado el nombre (sin duda por la misma incultura que condujo a borrar del callejero larachense el nombre de “Duquesa de Guisa” para la calle que así se llamaba), más me la ocasiona si se sabe que fue un español quien donó estos leones a la municipalidad de Larache.

D. Francisco Román Quiñones

D. Francisco Román Quiñones

Efectivamente, fue el empresario y contratista de obras don Francisco Román Quiñones (propietario de la droguería “La América”) quien a comienzos de los años 1930 adquirió estos leones en pública subasta, cuando las autoridades incautaron en el puerto de Larache toda la mercancía que transportaba un barco de bandera italiana, entre la cual se encontraban los leones. Su idea inicial fue situarlos dentro del gran portal de la casa familiar que acababa de ser construida entre las antiguas calles 17 de Julio y Renschhausen (en la actualidad Mohamed Zerktouni  y Taza respectivamente). Pero su mujer, doña  Amalia Fuertes Jordán se opuso a ello, argumentando que eran demasiado ostentosos. Y don Francisco Román, que junto a su mujer y a su hija mayor Angelina habían llegado a Larache en 1912 (ciudad en la que los tres están enterrados), decidió donarlos para ornamento de Larache.

Dª Amalia Fuertes Jordán

Dª Amalia Fuertes Jordán

Postales antiguas atestiguan cómo inicialmente fueron colocados junto a la puerta principal del Castillo de las Cigüeñas -situada inmediatamente antes del edificio de la antigua Comandancia de Ingenieros- para posteriormente, y cuando el Jardín de las Hespérides fue concluido, pasar a ocupar la entrada del mismo.

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Primera ubicación de los leones

No comprendo en primer lugar por qué le han cambiado el nombre al jardín, pues era y es un nombre hermoso y en absoluto ofensivo para ninguna cultura. Bien es cierto que el nuevo nombre no me disgusta, pero que al menos las autoridades gubernamentales y locales de Larache sepan que esos leones que han decidido que den nuevo nombre al jardín, fueron donados a la ciudad por un español. Y que ni eso parece haber valido para que, junto al francés, el nombre del jardín figure también en español. Aquí, no hay incultura, sino una realidad con connotaciones cuanto menos desagradables y poco afortunadas. Valgan pues estas líneas para dejar constancia de lo que considero una ingratitud por parte de dichas autoridades.

Hay una frase rotunda que dice que una imagen vale más que mil palabras. Si se compara la postal del Jardín de las Hespérides de 1971 con la del mes de junio de 2016, bien podemos apreciar que ante lo que era un auténtico jardín, en la actualidad el cemento ha triunfado. ¡No!, no es la imaginación, ni la nostalgia o los recuerdos los que traicionan la mente, haciendo creer que lo de nuestra niñez y adolescencia era mejor. La comparación de las dos instantáneas, hablan por sí mismas.

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«Jardín de las Hespérides, 1971» (imagen tomada desde la fachada lateral del cementerio de Lal-la  Men-nana)

Quizás las Hespérides, al no tener realmente jardín que cuidar, hayan decidido abandonar el lugar que les correspondía, donde la mitología griega las situaba y del que las autoridades gubernamentales o locales de Larache, con sus desafortunadas remodelaciones, su desconocimiento y el incomprensible cambio de nombre, han determinado ignorarlas.

¡No! La incultura de las autoridades, no las exiliaron. Quiero pensar que ellas han decidido marcharse de su jardín. No sé si estarán buscando otro lugar que custodiar. Tal vez lo hayan encontrado. Y en cualquier enclave del antiguo poniente de la Tierra, alguien tenga la inteligencia y el ingenio de acordarse de ellas y en un jardín cualquiera –en un verdadero jardín- dándole su nombre, de nuevo las encomienden la misión para la que fueron ideadas.

Pero para los que en Larache nacimos, vivimos o crecimos, aquel que ya no lleva su nombre, siempre será el Jardín de las Hespérides, en el que el Castillo de las Cigüeñas, los leones sobre los que siendo niños nos subíamos, las palmeras, las araucarias y el drago, permanecen como testigos mudos de un pasado en el que las Hespérides daban muy acertadamente nombre a su jardín, al que sin duda cuidaban con esmero.

Carlos Tessainer y Tomasich

 

 

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