
La primera vez que oyó la palabra moro fue en un vagón de tren donde el revisor insultaba a un viejo argelino que no encontraba su billete. Mohamed no sabía qué significaba, pero entendió que debía ser algo poco amable, un insulto. El argelino se puso de pie y empezó a desnudarse como si le hubieran ordenado que se dejase registrar. El revisor le dijo así como vale, vale, ya, estos moros nunca entienden nada.

…estoy triste desde que llegué a Francia, este país no es el culpable de mi tristeza, pero no me ha dado motivos para sonreír…
No olvides nunca, hijo, de dónde vienes. Dime: ¿es cierto que te haces llamar Richard? ¡Richard Ben Abdalá! No pega nada, maquillas el nombre pero el apellido te delata, Ben Abdalá, ¡hijo del adorador de Alá! ¡No pega! ¿Cómo lo has conseguido? ¿Te has cambiado también el apellido? ¡Ah, has suprimido al adorador de Alá y has dejado Ben! Sí, así te confundirán con un judío, eso es, quieres borrar tus orígenes y hacerte un hueco, lograr un taburete entre los fransauis, y si son judíos, mejor. ¿Te ha funcionado el truco? ¿Encuentras trabajo con más facilidad? ¿Lo has hecho para que te dejen entrar en las discotecas? No me contestó, y se marchó corriendo… ¡Richard!
Había conservado de su llegada a Francia unas imágenes que aún hoy recordaba: unas paredes grises, casi negras, unos rostros cerrados, una muchedumbre densa caminando apresurada y silenciosa, un olor extraño a polvo y a perfume vulgar.
Los barrenderos de las calles y del metro eran gente de color. Había ricos; otros, algo menos, pero todos circulaban en coches casi nuevos. Unos enormes carteles publicitarios exhibían a mujeres ligeras de ropa o a animales alabando la calidad de las máquinas de lavar. No entendía qué pintaban en esos anuncios los gatos y los perros. Tuvo que pisar una caca para darse cuenta de que éstos estaban por todas partes en este país. ¿Por qué eran tan numerosos? En su pueblo, un perro era obligatoriamente un intruso, un animal que había que alejar a pedradas. Si un perro o un gato pasaban delante de él mientras hacía el rezo, estaba obligado a anularlo y a empezar de nuevo. Los animales son portadores de gérmenes nefastos para el musulmán. Hay que evitarlos; por cierto, en el paraíso no habrá perros. ¡Eso era pues Lala Fransa! Una extraña promesa.
Dicen que los fransauis quieren a los marroquíes pero odian a los argelinos, los pobres argelinos no han tenido suerte… (…) tienen petróleo y gas (…) y, sin embargo, los argelinos emigran, cada vez son más los que vienen a instalarse en Fransa, qué desgracia, un país tan rico y un pueblo tan pobre.
(…) En Marruecos es distinto. Somos pobres, siempre lo hemos sido. La gente de la ciudad vive mejor que la del campo. Pero nosotros tenemos el majzén, o sea, al caíd, al bajá, al gobernador, a los representantes del poder central que mandan en nosotros. No se sabe cómo funciona, pero el majzén es la gendarmería, la policía y el ejército, y hacen lo que les da la gana. El que es pobre no tiene ningún derecho. Padece y calla. Al que protesta lo hacen desaparecer. Ése es el Marruecos que dejé en 1960 antes de tomar el tren y luego el barco y luego el tren para llegar a Lala Fransa.
La muerte y el tiempo obsesionan a Mohamed, el protagonista. Pero a mi entender, es el tiempo, el devenir y el cambio que supone el paso a la jubilación, lo que mejor funciona en el relato, mientras que la muerte se transforma en algo que ni conmueve ni lamentamos. Tal vez la escritura de Ben Jelloun sea demasiado fría y distante, el cambio de la tercera a la primera persona en el relato se hace de manera abrupta, en este caso perjudicando al propio texto. Sin embargo, como digo, hay buenos pasajes al tratar el paso del tiempo.El tiempo. Le daba igual el tiempo, era su enemigo, el que iba a enfrentarlo por primera vez en su vida a sí mismo y a los demás. Lo comparaba con una cuerda larga que no siempre resiste.
(…) El tiempo tenía varias caras, era un traidor que poco a poco lo iría quebrando para acabar con él…
(…) Le gustaba el cansancio que sentía después del viaje, un bello y pesado cansancio, el del deber cumplido, el de la derrota del tiempo, pues, una vez en la aldea, ya no le hacía caso.
Yamila, su hija mayor, sin tener en cuenta la oposición de sus padres, se había casado con un italiano. Mohamed ya no la veía. Fue doloroso que un no musulmán entrase en su familia. Para él, ella ya no era su hija. Al principio, intentó convencerla, pero Yamila estaba enamorada, se negaba a cualquier discusión, se enfadaba de un modo inhabitual en ella. Es mi vida, no la tuya, no me vas a impedir que viva porque seamos musulmanes. Y además, ¿qué religión es esa que permite a un hombre casarse con una cristiana o una judía y se lo prohíbe a las chicas? ¿Qué significa eso? ¿Crees que seré más feliz con un tipo de nuestra tierra, uno de esos miserables campesinos que me van a encerrar mientras él va a emborracharse con sus amigotes? No, gracias, papá, despierta de una vez, mi vida la decido yo, tú puedes darme tu bendición, si quieres, y, si no estás conforme, no podré hacer nada contra esa estupidez. Estás enfermo, necesitas ayuda. Él agachó la cabeza y se fue, con lágrimas en los ojos. Su mujer intentó calmarlo diciendo que ese matrimonio no funcionaría y que ella regresaría pronto a casa. Él contestó, algo aturdido: ¿qué significa eso de estar enamorada? ¿Qué es este lío que me cae encima como una casa en ruinas y me aplasta la espalda? ¿Acaso tú, yo, nosotros, estábamos enamorados? No sé qué significa eso.
Repetía: quiero una casa grande, más grande que todas esas chabolas de la aldea, tan grande como mi corazón…





<La vieja generación no nos cedió voluntariamente el baluarte>, dice Spielberg. <La generación joven tuvo que arrebatárselo. Había muchos prejuicios con la gente joven y ambiciosa. Cuando hice Night Gallery, mi primer programa profesional en televisión, tuve a todo el personal del plató en contra. La edad promedio del equipo era de sesenta. Cuando me vieron subir al escenario, con aspecto de ser aún más joven de lo que era, casi un bebé para ellos, todos me dieron la espalda, se largaron. Tuve la sensación de que representaba una amenaza para sus puestos de trabajo.
Beatty, que se consideraba un heredero de James Dean, de Marlon Brando y de Montgomery Clift, no podía comprender por qué a ellos los tomaban en serio mientras a él lo trataban como a un playboy.
Beatty había comenzado a salir con Julie Christie, actriz a la que había conocido en Londres en 1965 en una función organizada para la reina. <Julie era la mujer más hermosa y, al mismo tiempo, la más nerviosa que yo había conocido nunca>, dice el actor y director. <Era profunda y auténticamente de izquierdas, y no le divertía nada hacer todo ese aspaviento para la monarquía. No podía esconder sus antipatías por esa clase de ceremonias>. Christie había crecido pobre, en una granja de Gales, y no la impresionaba en lo más mínimo que Beatty fuera una estrella de cine; de hecho, se lo reprochaba. Ella toleraba su profesión sólo porque le permitía apoyar sus miles de causas.
No obstante, iniciaron una relación seria, y la mantuvieron unos cuatro años.
(…) <Si alguna vez existió una estrella para la cual el estrellato no significara absolutamente nada, ésa fue Julie>, dice Robert Towne. <Los convencionalismos le importaban un rábano>. Cheques de cinco cifras se le caían del bolso en el vestíbulo del hotel mientras rebuscaba las llaves, y un día dejó atónito a Beatty al perder un cheque de mil dólares en la calle. (…) y cuando sintió que ya había ganado bastante dinero, dejó de actuar.
Con tendencias paranoicas, Hopper fue empeorando por influencia del alcohol y los fármacos. Se creía perseguido, como Jesucristo, y que moriría a los treinta y tres años. Hasta sus amigos le tenían miedo; pensaban que le faltaba un tornillo.
Según la leyenda, Jack Nicholson se fumó una enorme cantidad de porros durante el rodaje de la escena en que acampan alrededor del fuego, cuando los tres discuten la posibilidad de una invasión de habitantes de Venus. Él ha alardeado de que fumó hierba todos los días durante quince años, pues así ralentizaba el tempo de su trabajo actoral.
La película estuvo lista en poco más de siete semanas. Justo cuando la estaban terminando, les robaron todas las motos del garaje de un mecánico de Simi Valley. Iban tan colocados que hicieron la fiesta de despedida sin darse cuenta de que habían olvidado de filmar la segunda escena de acampada (…) y no tuvieron más remedio que rodarla más tarde…
Dice Buck Henry: <Esos tipos no parecían estar al servicio de Wall Street, sino al servicio del cineasta, y eso marcaba una gran diferencia.
Entre Bluhdorn, Jaffe, Yablans y Evans, Paramount era un manicomio lleno de personalidades imponentes, de egos y temperamentos. Los trabajadores del estudio solían referirse a ellos como <la familia Manson>. Lo raro era que las películas se terminasen, pero no puede negarse que eran tipos listos y que todos amaban el cine. En 1971 Paramount estaba a la cabeza de todos los estudios de Hollywood.
BBS no tardó en convertirse en el antro favorito de una variopinta banda de cineastas y radicales de diversa índole. No había en Hollywood, ni en ninguna otra parte, lugar más en la onda. Sentarse en la sala de proyecciones de BBS a ver <El topo> de Alejandro Jodorowsky, el surrealista film de culto que en Nueva York y Berkeley pasaron en sesiones de madrugada durante toda la década, y fumar un porro con Bert, Bob, Dennos Hopper y Jack Nicholson, era lo más in.
Friedkin era un director muy técnico, muy puesto en lentes y en efectos, pero no especialmente bueno con los actores.
(…) Le gustaba disparar al aire para asustar a los actores, o poner cintas a toda pastilla, cualquier cosa, hasta la banda sonora de Psicosis. A menudo ponía en marcha la cámara sin decir nada a los actores. Era despiadado, y hacía cualquier cosa con tal de salirse con la suya. Al final de la película, cuando el padre Karras está a punto de morir, un cura le da la extremaunción.

El director contrató a un auténtico cura, el padre William O´Malley. O´Malley hizo toma tras toma. No satisfecho, Friedkin dijo al final:
-Bill, no lo estás haciendo como Dios manda.
-Billy, le he dado los últimos sacramentos a mi mejor amigo quince veces; ya son las dos y media de la mañana.
-Ya lo sé. ¿Confías en mí?
-Por supuesto que confío en ti –replicó O´Malley.
Billy le dio una bofetada en la cara con el dorso de la mano. Puede que no fuera una técnica propia de Stanislavski y, naturalmente, escandalizó a los católicos presentes, pero funcionó.
<Cuando hice la toma siguiente, la mano me temblaba>, dice O´Malley. <¡Pura adrenalina!>
Las páginas dedicadas a esta locura son especialmente aleccionadoras de cómo el éxito los devoraba. En el libro hay abundantes ejemplos muy similares, especialmente el largo capítulo que Biskind centra en la locura que se convirtió el rodaje de Apocalypse now.El mundo de Martin Scorsese se derrumbó a su alrededor después del Día del Trabajo de 1978. Había estado viviendo con Isabella Rossellini desde principios del verano. Él, Rossellini, Robert De Niro y Mardik Martin fueron al Festival de Cine de Telluride. <Nos quedamos sin coca y alguien nos pasó un poco de polvo que era una absoluta mierda; nos sentó fatal>, recuerda Mardik. Ese fin de semana, Scorsese empezó a escupir sangre y perdió el conocimiento por primera vez en la vida. De Telluride se fue a Nueva York, donde sufrió un colapso. <Sangraba por la boca, sangraba por la nariz, sangraba por los ojos y el culo. Estuvo a punto de morir>, añade Martin. Rossellini tenía que ir a Italia por un asunto de trabajo, cuando se fue, después de ese fin de semana, pensó que no iba a volver a verlo con vida.
Para decirlo de una manera sencilla, el éxito de La guerra de las galaxias (Star Wars), junto con el fracaso de New York New York de Scorsese, significó que las películas que hacían Lucas (y Spielberg) reemplazaran a las que hacía Scorsese, quien afirma: <La guerra de las galaxias era lo que se llevaba. Y Spielberg. Nosotros estábamos acabados>. Y Milius: <…Nadie se imaginaba lo rico que se podía llegar a ser con esa clase de cine. Como en la antigua Roma. Está claro, hay que echarles la culpa a ellos>. Y Friedkin: <La guerra de las galaxias barrió con todo. Lo que ocurrió con esa película se parece a lo que hizo McDonald´s cuando se consolidó: la gente olvidó el sabor de la buena comida.
Fue un viaje largo y extraño. Cuando, al final de Easy Rider, Wyart le dice a Billy: <La hemos cagado>, no se equivocó, aunque tendrían que pasar más de diez años para comprobarlo. Dennis Hopper y Peter Fonda habían creado un himno para una generación, pero también habían imaginado su apocalíptica destrucción, y muchos de los directores de la década hicieron todo lo posible por emularlos. Como Billy y Wyart, la cagaron. Dice Bogdanovich: <A mediados de los setenta, sentí que yo también la había cagado, y que Friedkin también. Altman, con un fracaso tras otro, se eclipsó. Francis Coppola se volvió loco, y ni siquiera Toro Salvaje hizo negocio. Todo el mundo la cagó, en varias formas y tamaños>. Todos, salvo los directores más tenaces y disciplinados de los setenta, que habían aprendido a caminar por la cuerda floja haciendo equilibrios entre el arte y el comercio, comenzaron a morirse en los años ochenta.
Mientras que los directores de épocas anteriores se mantuvieron activos hasta los sesenta y los setenta años o más, igual que algunos grandes directores extranjeros como Buñuel, Kurosawa, Fellini y Bergman, los directores norteamericanos de los setenta, con pocas excepciones, se apagaron como fuegos de artificio tras brillar un momento demasiado breve, y quedaron fuera de circulación en mitad de su carrera. Friedkin, Bogdanovich, Ashby, Schrader, Rafelson y Penn, todos se hundieron. Sólo Scorsese y, en menor medida, Altman, regresaron. Polanski huyó del país en 1977 después de ser condenado por violación. Milius nunca se recuperó de <El gran miércoles>. Malick dejó el ramo y simplemente desaparecido unos veinte años. Después de <The last movie> la carrera de Hopper también sufrió un bache que duró unos veinte años. Aunque Beatty, De Palma, Lucas y Spielberg alcanzaron la cumbre cuando la década se aproximaba a su fin, de ese grupo sólo Spielberg, siempre de éxito en éxito, llegó a la década siguiente.

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