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RACHID Y EL SEÑOR LEVY, un relato del escritor larachense LEON COHEN MESONERO

León Cohen también parece cada vez más animado a llenar este blog de buenos relatos, y en esta ocasión me remite «Rachid y el señor Levy«, cuento que incluyó en su libro «La memoria blanqueada«, pero con un final modificado con respecto al original (esto es una manía de todos los esritores, cuando lees algo escrito hace tiempo lo cambiarías de arriba abajo). Es otro cuento para disfrutar.

Sergio Barce

Rachid y el señor Levy

Como cada día el viejo profesor recorría la amplia avenida que separaba su casa de la Facultad. Él no era un profesor cualquiera, tampoco se le podía considerar un emigrante magrebí como había tantos cientos de miles en París. Él era distinto, por algo sus alumnos y sus colegas universitarios le apodaban con cariño y respeto, el viejo profesor.

Aquella mañana, sin saber por qué, los recuerdos le asediaban. Mientras caminaba, en un extraño intento de recobrar su infancia, se detuvo y volvió la vista atrás, como si todo su pasado le siguiera los pasos (todo hombre camina con su pasado a cuestas), como si su memoria fragmentada se extendiera cronológicamente sobre el camino recorrido, entonces recordó…

Ksar el Kebir

Rachid no era un chico corriente. Había nacido en Mechra Bel Ksiri, una aldea de la llanura del Gharb situada a medio camino entre el Norte y el Sur de Marruecos. Cuando nació Rachid, aquél era un pueblecito de colonos franceses en su gran mayoría de origen valenciano (ellos se auto denominaban españoles «naturalisés“). Recalaron allí siguiendo la ruta de la naranja. Sin embargo, aquél no sería el último destino de Rachid, pues muy pronto se trasladaría al Norte, donde su padre se establecería como carnicero. En aquellos tiempos El Ksar el Kebir era la capital comercial del Protectorado Español. Aquél cambio supuso una promoción social para toda la familia y fue determinante para que ocurrieran años más tarde los sorprendentes hechos que voy a narrar.

Desde muy pequeño, al salir del colegio, Rachid solía deambular por el zoco «chico», aunque los Miércoles era cuando más gustaba de entretenerse, aquél día el zoco se llamaba zoco del «arba» o del cuarto día. Ese día venían los fabuladores, sus personajes preferidos. La gente se arremolinaba a su alrededor formando corros en cuyo centro estos charlatanes tan peculiares narraban con incomparable maestría historias de las mil y una noches, mientras un público fiel escuchaba atónito sus fábulas. Dotados de una voz potente y de una memoria prodigiosa, estos encantadores del verbo tenían una indudable capacidad para atraer y mantener la atención de los transeúntes que acababan convirtiéndose en la mayoría de los casos, en sus seguidores.

Zoco Chico de Larache

Otro de los juegos favoritos de Rachid (todo se convertía en juego a esa edad) era llevar al horno sobre una tabla de madera, los seis panes que su madre amasaba cada dos días. Colocaba la tabla sobre su cabeza y salía feliz hacia el horno que se hallaba a doscientos metros de su casa. No sólo disfrutaba durante el trayecto, haciendo equilibrios para demostrar y demostrarse su habilidad, sino también cuando se entretenía con el panadero, ayudándole a introducir el pan en el horno con una rudimentaria pala de madera, y a observar como aquél iba cociéndose entre poderosas llamas que le recordaban el purgatorio de los cristianos. 

En las noches de verano, Rachid solía sentarse a mirar las estrellas. Mientras las contemplaba, se distraía inventando juegos mentales. Le divertía por ejemplo cambiar el lugar y la función de los seres y las cosas. Imaginaba el cielo en lugar del mar o a Dios con forma de mujer, imaginaba a todos los hombres ricos y felices en un paraíso lleno de árboles frutales, de ninfas y de ángeles desnudos, era un poco el mundo al revés. Muchas noches el sueño le sorprendía soñando en un universo feliz. Así pasaron muchas lunas hasta que Rachid se convirtió en un muchacho fuerte y apuesto.

Había completado los estudios primarios, y llegó el día de darle la vuelta a la página y empezar a trabajar. Como solía  suceder en estas ocasiones, el padre de Rachid acudió a un buen amigo y éste accedió a darle el que sería su primer empleo. J. Levy, ese era el nombre del comerciante judío en cuyo almacén Rachid empezó como aprendiz de contable. Fueron sólo unos meses que determinarían su porvenir y su actitud vital. El señor Levy era un hombre sabio y cariñoso cuya personalidad marcaría profundamente la de Rachid.  

Entre otras muchas cosas, enseñó a Rachid que aunque nos llenara de luces y de sombras que el ignorante desconoce, sólo el conocimiento nos hace más libres. Sólo a través de él se abre el abanico y se multiplican las opciones que nos permiten elegir o no con dignidad. Le enseñó que vivir era como caminar y hacer de cada pisada una piedra, una huella, un símbolo que los demás pudieran seguir. Le enseñó que todos somos peores porque tenemos un yo que se afirma contra  el otro. Rachid aprendió, y siguiendo los consejos del maestro, no sólo conquistó Paris y La Sorbona, sino que hizo de toda su vida un vivo ejemplo de cuanto le enseñó el viejo humanista judío. Ser apodado  «el viejo profesor» era todo un título, todo un resumen para una vida dedicada al estudio, la enseñanza y la dedicación a sus semejantes, pensó el doctor Rachid mientras reemprendía el camino de la Facultad. Como dominado por una fuerza invisible no pudo evitar algunos instantes más tarde volverse de nuevo hacía su pasado…  

Era invierno, aunque en aquellas latitudes tanto el verano como el invierno eran estaciones suaves, atemperadas por la proximidad del mar. La noche temprana había sorprendido a Rachid terminando el balance contable mensual. Qué oscuridad,  se dijo mientras caminaba con paso veloz hacia su casa , la lluvia no invitaba a otra cosa. Tardaría todavía un buen rato, pues tenía primero que llegar a la Alcazaba y luego adentrarse por el laberinto de sus callejuelas angostas y tortuosas. Tenía un presentimiento aquella noche, incluso en algún momento le invadió una extraña sensación de miedo, ¿Estaré nervioso? se preguntó mientras aceleraba el paso. Al atravesar la puerta que daba entrada a la Alcazaba, se sintió en casa, sin embargo se equivocaba…

De repente tuvo la sensación de que alguien le seguía, y cosa aún más extraordinaria, la calle estaba iluminada a pesar de no ser aquella, noche de luna. Miró a todos lados, pero no había nada ni nadie que explicara esa claridad misteriosa venida de ninguna parte. Se asustó, aunque saberse cerca de casa, le dio alguna tranquilidad. Ni más tarde, ni nunca, alcanzó a adivinar por qué en aquellos minutos de terror, recordó que su madre estaría aún despierta esperando su llegada. Qué va a ser de ella si no llego esta noche – se preguntó. Por fin llegó, subió las escaleras saltando los escalones de tres en tres. Aquella noche no pudo conciliar el sueño.

Pasaron siete días y siete noches durante los cuales, a su vuelta a casa, Rachid oyó pasos tras él y la enigmática luz iluminó su camino. Guardó el secreto hasta entonces. Todo fue diferente a la noche siguiente. Aquella noche cuando se disponía a abrir la cancela del patio por el que se accedía a su casa, un irrefrenable deseo le hizo volverse. Aquella fue una visión fantasmagórica propia del mundo de los sueños… En la bocacalle, se erguían tres formas humanas de más de dos metros de altura vestidas con túnicas de distinto color. Cada una, aunque sería más apropiado decir cada uno porque los tres se distinguían por una barba canosa y amplia, portaba un candelabro cuya luz, por la fuerza del destello,  no parecía real. A su pesar y como impelido por una atracción indomable, Rachid se dirigió hacia el lugar donde permanecían inmóviles los tres seres que a él se le antojaban como una combinación humano-galáctica. Al llegar a su altura, el joven aprendiz de contable se detuvo como deslumbrado, encantado, atónito, perplejo, asombrado, atolondrado por lo que sus ojos tenían tan cerca.

Fue entonces cuando como surgidas de las profundidades Rachid pudo oír estas palabras: » – Escucha hombrecito; has sido elegido por el Rabbi Levy. Por eso estamos aquí y así permaneceremos mientras tú seas digno de nosotros. Las palabras que vamos a pronunciar no volverás a oírlas nunca más y jamás apareceremos de nuevo ante ti. «

El gigante de la túnica roja habló el primero: «-Yo digo, como símbolo de la Sabiduría, que no es más sabio aquél que acumula más saberes sino aquél que atesora más amigos.» Se hizo el silencio, y de nuevo se oyó otra voz irreconocible que parecía provenir de la figura del centro: «-Yo afirmo, como reprentante de la Honradez, que sólo el hombre honrado es poseedor de la noche y dueño de su vigilia y de sus sueños.» El tercero que vestía una túnica verde se pronunció en estos términos: «-Yo soy la Humildad, y digo que el humílde no es aquél que oculta sus virtudes en un gesto de soberbia, sino el que aprecia de igual manera a los otros y a sí mismo.»

Aquella noche Rachid, como no podía ser de otro modo, tardó bastante en conciliar el sueño, sin embargo, tanto le apremiaba la curiosidad, que trató por todos los medios de dormirse, con el único objeto de preguntarle al día siguiente al señor Levy, el por qué de todo lo sucedido. Así amaneció inevitablemente.

Lo primero que hizo Rachid al llegar a la oficina, fue contarle a su jefe y maestro, todo lo acontecido durante la última semana y más precisamente la noche anterior.  El señor Levy le escuchó con atención, no pudiendo evitar esbozar una sonrisa que parecía delatar su participación en los hechos.  Luego habló:

Mira Rachid, siempre he considerado que entre las muchas virtudes que enriquecen la vida de un ser humano, la sabiduría, la honradez y la humildad son las que nos confieren mayor altura  y dignidad y son también aquellas  que mejor nos protegen de la osadía de la ignorancia, de la tentación de la corrupción y del atrevimiento de la vanidad. Como virtudes primordiales que son, las mandé acompañarte y protegerte mientras trabajas conmigo. Es mi manera de hacerte el heredero de lo más hermoso que aprendí en la vida, pero además lo hago en honor a tu padre, mi amigo y mi igual en tantos aspectos.          

Aquel extraño encuentro, a medio camino entre la realidad y el sueño, y las misteriosas palabras del señor Levy, que tanto tiempo le llevaría comprender, determinarían el comportamiento futuro de nuestro personaje. Nunca más volvió a trabajar con el viejo judío. Poco después emigraría a Francia…

Mientras caminaba, aquella mañana, por fin el viejo profesor se sintió  el continuador de la inestimable herencia que le dejó el señor Levy y pudo vislumbrar el alcance de su magisterio. Por fin comprendió el significado de aquellas figuras alegóricas. 

Al llegar a la Facultad, se topó como cada día con el conserje, se saludaron e intercambiaron unas palabras. El conserje se despidió con una sonrisa cómplice que parecía revelar la existencia o el conocimiento de un pasado común (?).  ¿Acaso el señor Levy… ?     

Nota del autor: La verdadera historia sobre la que se basa este relato mágico, ocurrió entre un joven llamado Jacob C. Levy y un señor de nombre Driss. Fue en Larache, durante el primer tercio del siglo XX. Y es que la historia no cambia si se permutan los protagonistas.   1994-2010     

             

León Cohen Mesonero

León Cohen, en su calidad de narrador, ha publicado relatos en diversas antología como  Caminos para la Paz (C. Ricci, I.López Calvo, 2007), Viajes a Larache (M. Laabi 2007), Calle del Agua (Manuel Gahete y otros 2008), en revistas como “Tres Orillas” y “Entreríos” es autor de los siguientes títulos:  “Relatos robados al tiempo” Año 2003. Editorial: www.librosenred.com,  “Cabos Sueltos” Año 2004. Editorial: www.librosenred.com  y edición en papel del autor en 2004.  “La Memoria Blanqueada”. Año 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones Madrid. www.libreriahebraica.com, y es coautor de “Ufrán Año 2010. Hebraica de Ediciones  Madrid. Y «Cartas y Cortos » está previsto que salga en el primer semestre de 2011.

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MALAGA – Este lunes, 16 de Abril, presentación del libro MÚSICA ANDALUSÍ de JULIO RABADÁN

El próximo día 16 de Abril, a las 19:30 horas,

en la Sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés Málaga

presentación de la monografía ‘Música Andalusí

de JULIO RABADÁN BUJALANCE

por el escritor SERGIO BARCE

y el historiador ENRIQUE SÁNCHEZ MARTÍNEZ.

Monografía exhaustiva sobre la música del periodo Andalusí, tanto desde la vertiente sociohistórica, orígenes y desarrollo, como desde sus aspectos técnicos: ritmos, melodía, armonía, formas musicales, literarias y elementos estéticos, sin olvidar el baile y las diferentes escuelas. Abarcando un periodo aproximado desde los siglos previos a la invasión africana del siglo VII hasta el siglo XVII.

En esta obra se ha tratado de cubrir un vacío, tanto editorial como de investigación, ya que son escasos los estudios sobre esta música donde se abarquen todos sus aspectos de forma unitaria. Actualizando todas las hipótesis, buscando profundizar en su estudio desde los diferentes aspectos o niveles: técnicos y teóricos. Intentando desentrañar todas las imbricaciones, conexiones e influencias, mutuas o no, dentro del contexto de la España medieval y de la cultura islámica de su tiempo.

La obra realiza un recorrido del pensamiento estético, relacionándose con elementos más o menos extramusicales a través de todas las manifestaciones musicales que se produjeron en la España andalusí; moriscas, sefardíes y mozárabes. Obra de interés tanto para historiadores, musicólogos y músicos en general que quieran conocer o ahondar en este aspecto del arte de la España Medieval.

En el libro, Julio Rabadán, en el capítulo sobre las “Formas musicales”, habla de la nuba en Marruecos (Al´Ala) de la siguiente manera:

En Marruecos en general la nuba se compone de un preludio u obertura instrumental de tipo improvisatorio, cuya misión es fijar el modo. Esta es ejecutada al unísono por la orquesta, pero en ritmo libre. A esta obertura se le conoce con el nombre de Mchliah. De seguido, otra pieza instrumental, pero esta vez compuesta sobre un ritmo de carácter binario, llamada Tuchia, que da paso a la primera sam´a (canción), en forma de moaxaja o zéjel, sobre el mizam (ritmo) Basit. Después del ritmo Qaym was nuf, de nuevo vuelta del Btayhim, seguido del Quddam, y finalmente el Daraj. Todos ellos con sus aceleraciones en los puentes conocidos con el nombre de Mussarraf.

Nos han llegado, a través de Al Ha´ik, once de las nubas, de las cuales solo cuatro siguen la regla de unidad de modo. Estas son: nuba Al-Mayah, nuba Rasd-dhil, nuba Irak-ajam y la nuba Hijaz oriental, mientras que las siete restantes no son puras y son: nuba Ramel Al Mayah, que reúne tres modos, el Hassim, el Hamdan y el Inqileb Erramel; la nuba Gran Hijaz que aúna dos modos: el Charki menor y el Mujabneh edil; la nuba Ouchak (la de los amantes), que agrupa a dos modos, el Edhil y el Raml edil; la nuba Rasd, que reúne los modos Zaidan y el Mezmun; la nuba Istihlal, que consta de los modos Irak-arab, la nuba Gharibel al Hassine, con los modos Al garibahalmuharrarah, el modo Sica y, por último, la nuba Ispahán, con el modo Zaward Kamal.

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CARTA A LARACHE, por el escritor larachense CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

CARTA A LARACHE

Querida Larache: mi ciudad, mi pueblo, mi tierra ¡mi madre geográfica! Llevo mucho tiempo sin verte, demasiado. Cuando en 1974 me vi obligado a dejarte, tenía diecisiete años y la vida entera por delante. Ahora me avergüenza reconocer que hubo semanas, posiblemente meses en que no te eché de menos, ni tan siquiera me acordé de ti. Esto hace ya tiempo que cambió, porque conforme uno se va haciendo “charfo”, vuelve la vista atrás y trata de reencontrarse con sus raíces. Espero que no me tengas en cuenta el olvido en que te tuve, porque ahora estás viva y presente de forma continua en mi mente, incluso de vez en cuando en mis sueños; y además por esta carta que, aunque con mucho retraso, quiero que te llegue llena de un cariño infinito. Imagino que al tratarse de “ti”, el cartero te la entregará en la Oficina de Correos, allí donde todos los atardeceres del mes de Ramadán, sonaba la sirena para anunciar a los musulmanes que podían romper el ayuno. ¡No te mereces menos!

             Verás, Larache: Sergio me ha pedido que escriba un “relato” para introducir algo que va a colgar en su blog referente a mí. La verdad es que me lo ha puesto difícil: navegar por el citado blog, leer lo que tus hijos de nacimiento o adopción escriben sobre ti, me ha emocionado profundamente y me pone el listón bien alto.

             ¡Dios mío!, gentes de las tres religiones que allí convivimos, contactando desde lugares tan distintos y distantes del mundo: ¡me ha dejado boquiabierto! Pero sobre todo, me ha emocionado hasta no poder evitar que se me humedezcan los ojos.

 ¿Qué puedo aportar yo a tantos comentarios bellos como te dedican? He leído con especial atención la conversación que tus hijos León y Sergio mantenían paseando por tus calles, sentados tal vez en alguno de tus bares o cafés. Y he decidido arrancar de ese diálogo en que León dice que debe dejarse a un lado la nostalgia y la melancolía para ser realistas; y Sergio se rebela a permanecer impasible y que la desidia y la rapiña te sigan corroyendo, para hilvanar lo que quiero contarte.

 Verás, Larache. Corría el año 1972 y a todos nos entusiasmaba una canción de José Feliciano: “Qué será”. Fuimos a casa de una amiga a oír música y alguien que llevaba el disco lo puso. Pasados unos minutos, la dueña de la casa llamaba a su hija, y al poco tiempo ésta entraba en la habitación para decirnos que quitásemos aquella canción:

-“¿Qué pasa, es que el volumen está demasiado alto?”

-“No, – dijo Pili con lágrimas en los ojos – es que la letra de esta canción , mi madre la identifica con el abandono que está sufriendo Larache”.

 En aquel entonces, no comprendí demasiado; quitamos el disco y pusimos otro. Pero, ¿sabes, Larache?: ya alejado de ti, con muchos años más y el tiempo vivido, he vuelto muchas veces a escuchar la canción y he llegado a entender con pena  lo que aquella larachense sentía. Ahora me identifico con ella plenamente.

“Pueblo mío que estás en la colina

       tendido como un viejo que se muere,

                   la pena, el abandono son tu triste compañía,

                                            pueblo mío te dejo sin alegría”.

 Invito a todos tus hijos a que escuchen la canción porque seguro que una punzada les oprimirá el corazón. La estoy escuchando estos días, para ratificarme en el mismo sentimiento que invadía a la madre de mi amiga en 1972: congoja. ¡Si ella hubiese visto lo que le deparaba a su ciudad en las décadas siguientes!

 Ahora somos nosotros, los que seguimos vivos y llevándote muy adentro, los que sufrimos tu agonía sin comprender el porqué.

 Sergio y León hablan; León y Sergio dialogan y cambian sentires. De mi corazón roto por ti Larache, destilan lágrimas: grandes y enormes, como la luna que Dukali le dio a su madre como regalo.

 Reconozco Larache, que no voy a verte a menudo. Debo ser un mal hijo,  pero te aseguro que en mí y por mí corre la sal de tus salinas, los temporales que te entraban por el mar haciendo ulular persianas, puertas y postes de la luz; corren los días de levante que llegaban en verano y el olor a almadraba que sigue sin resultarme desagradable: todo lo contrario. Corren los enormes bancos de niebla que entrando por tu “Balcón del Atlántico” invadían tus calles y las lluvias torrenciales que te regaban a ti y a tus campos. ¡Eso por no hablar de todos tus rincones, que como arterias y venas te recorrían y recorren! Toda tú estás conmigo.

 ¿Qué embrujo tienes, qué hechizo echaste sobre nosotros? Es verdad, Larache, todos los que en ti nacimos o vivimos, no podemos olvidarte. Alguien en el blog de Sergio decía que nunca había conocido a nadie que hablase con tanta pasión o cariño de su pueblo como lo hace la gente de Larache sobre ti.

 Ya te he dicho, madre geográfica, tierra mía, que no te visito con la frecuencia que debiera, es más y tú lo sabes, que casi no lo hago. Volvía a verte ¡veintidós años después de haberme marchado! Recuerdo una emoción incontenida y cómo con cierto apuro no podía evitar que las lágrimas resbalaran por mis mejillas en más de una ocasión: al recordar a mi padre fallecido, rememorar los recuerdos, meditar sobre la vida que contigo me habían robado…

 Aunque vi derribado el “Teatro España” (al parecer por una mala gestión de los fondos que para su rehabilitación se habían destinado), el “Casino” y el “Colegio de los Hermanos Maristas”, me libré de ver la expoliación que has sufrido después.

 Eso sí, los edificios, sobre los mismos que yo había conocido, habían aumentado en altura, dando a algunas de tus calles una sensación de agobio. En su época, debieron hacerlos con muy buenos cimientos, para poder soportar luego tantas plantas sobre ellos, pues sus bajos seguían siendo los mismos. Pero bueno, con la excepción del “Teatro España” (de indudable valor arquitectónico y larga y rica historia artística), el resto me pareció lógico. La especulación del suelo se ceba sobre cualquier país, y por muy entrañables que nos resultaran, qué duda cabe que los inmensos solares ocupados por el “Casino” y el “Colegio de los Hermanos Maristas” eran piezas codiciadas. Eso sí, podían al menos haber cuidado la estética o mejor dicho, no romperla; y en la antigua Plaza de España o de la Liberación, donde desapareció el “Casino”, construir un edificio en armonía con los restantes, la mayoría de ellos de inspiración andalusí o hispano-árabe, estilo que no creo pueda ofender a autoridad marroquí alguna, pues es consustancial a una cultura común.

 Pude ya apreciar bastante dejadez en cómo te cuidaban: el “Jardín de las Hespérides” era prácticamente un erial y los del “Balcón del Atlántico”, estaban abandonados a su suerte. Habían remodelado la “Plaza de España”, quitándole la fuente alzada que fue construida con azulejos sobrantes de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929; azulejería de considerable valor y belleza y de profundas raíces hispano-musulmanas, que daba al lugar cierta semejanza con numerosas fuentecillas del “Parque de María Luisa” y de los “Reales Alcázares” de Sevilla.

 Me dio rabia esto último, pero me dije que en aras a un modernismo mal entendido, ¡qué disparates no se siguen cometiendo en muchas de nuestras ciudades!

 En aquel viaje pude constatar el cariño de los larachenses de cualquier condición, que se acercaban a mi madre y a mí, nos saludaban apretando con fuerza nuestras manos, preguntándonos por nuestra familia, invitándonos a sus casas o a tomar un café. Como la niña que le regaló a Sergio una postal tuya; eso fue lo que me sirvió de bálsamo para aliviar mi pena por las heridas que ya te estaban haciendo. Creo que me fui en el momento oportuno, el último,  para no ver las barbaridades que contigo han hecho después, para no ser testigo del descuido y el olvido a los que las autoridades te han castigado…

 Luego, tras aquella visita que te hice, me fui derrumbando emocionalmente, porque vino  lo peor. Quiero confesarte algo que nunca he dicho a nadie: cuando fui en 1996, el antiguo chalet de Gomendio (mandado construir por el marqués de Villasinda, que fue su primer propietario y residente) estaba en venta.

 Durante años,  tuve como meta el que me tocase el “cuponazo” o la lotería para poderlo comprar e ir a pasar allí las vacaciones y cuanto tiempo pudiese. Cuando me dijeron que lo habían demolido para construir un bloque de viviendas y pude ver las imágenes en las que se apreciaba cómo también habían construido elevados edificios en los chalets contiguos (por ahora solo uno se ha salvado), fui yo quien se derrumbó.

 Tú sabes que yo vivía en el “Balcón del Atlántico”, frente a lo que ya no existe. ¡Aquel ya no es mi “Balcón del Atlántico”! Con posterioridad, no oigo sino las fechorías que contigo siguen haciendo: que si han construido sobre gran parte de los jardines del “Palacio de la Duquesa de Guisa”, que si el edificio donde vivía la familia Román está en ruinas… y un largo etcétera difícil de asimilar.

 Tu hijo León le decía a Sergio que había que asumir la realidad de haber nacido en un país entonces colonizado, y que las autoridades se habían empeñado en borrar toda huella del colonialismo español. Pero escucha, Larache: a mí hay algo que no me cuadra. Yo nací siendo ya Marruecos independiente, y como te decía antes, no me fui hasta los diecisiete años de edad. Entonces éramos provincia de Tetuán y lógicamente las autoridades gubernamentales y locales eran marroquíes: y las calles se limpiaban, los jardines se cuidaban con esmero, se arreglaban los desperfectos urbanos, había obligatoriedad de encalar los edificios… ¿Qué ha ocurrido para que te hayan convertido en un ejemplo a no seguir? Cuando me hablan de lo bonito y cuidado que está Arcila -a tan solo treinta kilómetros-, de su potencial turístico convenientemente explotado,  de lo limpia y bella que está, no comprendo qué mal has hecho tú para que, teniendo el encanto que tienes, te hayan castigado y te sigan vejando de la manera en que lo hacen. ¡Y me lleno de  desesperación!

 La nostalgia y melancolía que por ti siento, me resultan imposibles evitar. ¿O es que acaso no son ellas las que me han llevado a escribirte? Pero creo que no son excluyentes con el realismo. Nosotros, tus hijos que en la diáspora vivimos, poco podemos hacer por ti, al menos de forma continuada y eficaz.

 Está claro que la solución debe salir de los hijos que aún te quedan en casa, de los larachenses que te habitan. Su futuro, y con  él el tuyo, está en sus manos. Para mí, ésta es la realidad.

 Deben ser los larachenses que allí viven, los que maldicen y reniegan de los desmanes que contigo están haciendo, los que tomen las riendas de la situación. Ejercer de forma institucional toda la presión que de manera pacífica puedan hacer para conseguir que las autoridades de la provincia y del municipio sean hijos tuyos,  preocupados por tu bienestar y futuro, alejando de una vez por todas a aquellos que a ti llegan para ejercer tu gobierno, procedentes de lejanas regiones de Marruecos y que tan solo se interesan por enriquecerse a cualquier precio, aunque para ello tuvieran que vender hasta el mismísimo “Zoco Chico”.

 Hasta entonces Larache, mi querida y añorada tierra, como dice León refiriéndose a ti: “(…) a través de nuestros libros y relatos, es la mejor manera de enaltecerla y mostrarla a  aquellos que no la conocen”.

 Mi deseo de volver a verte, aún no se ha secado del todo, pero por el momento, no quiero ser testigo impotente de cómo te siguen maltratando. No soy cobarde, es que en este sentido tengo las manos atadas, y tú lo sabes. Cuando a los hijos que contigo y en ti habitan, cuando a los buenos larachenses se les colme la paciencia y se conviertan en los auténticos protagonistas del gobierno de la provincia y de la alcaldía de la ciudad; cuando finalmente comiences a salir del pozo en que te hallas, retornaré para ver lo que de ti queda, regresaré para asomarme a la barandilla de “El Balcón del Atlántico” y en cualquier tarde de verano, quizás pueda volver a ver ocultarse el sol en el horizonte infinito de tu mar. Entonces, como Dukali le regaló a su madre la luna llena, todos tus hijos: los de la diáspora y los que contigo viven, te devolveremos como presente el esplendor y la dignidad que te han ido arrebatando. 

Hasta ese día en que Dios quiera que vuelva, ten por seguro Larache que te llevo en lo más profundo de mí ser, que formas parte de mí.

CARLOS TESSAINER (Larache, 1956) es autor, entre otras obras, de las novelas «Los pájaros del cielo» y «El árbol del acantilado«.

LAS FOTOS, SALVO LAS ANTIGUAS DE LA PLAZA DE ESPAÑA Y EL CASINO, SON DE ITZIAR GOROSTIAGA

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FELIZ FIESTA DEL PÉSAJ

Aunque con unos días de retraso con respecto a la fecha de inicio,

no puedo dejar pasar la oportunidad de desear a todos mis amigos y paisanos hebreos

Feliz Fiesta del Pésaj

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EL TRAJE DE BERBERISCA, un artículo de CARLOS AMSELEM

Hablando por teléfono con Carlos Amselem, que últimamente pasa más tiempo en Larache que en París, donde reside, me contaba anécdotas y curiosidades sobre el traje de Berberisca. Me habló de la señora Sonia Cohen, que colecciona estos antiguos trajes, y me pareció que era un buen tema para un artículo, así que, como me gusta que los amigos participen activamente en el blog, le dije que lo escribiera y me lo enviara.

Carlos Amselem y Sergio Barce a la puerta del Hotel España de Larache

Pensé que era un tema curioso para quienes son de Larache y de las otras ciudades de Marruecos en las que, entre los hebreos, mantenían esta costumbre. Siempre he defendido que nuestra riqueza personal y nuestra vision del mundo, la hemos heredado de nuestra manera de vivir en estas ciudades, especialmente en Larache, claro, y que nos brindó la oportunidad casi única de poder convivir con las tres religiones en nuestra vida diaria. Conocernos es respetarnos. Recuperar la memoria común es enriquecernos un poco más.

Sergio Barce

EL TRAJE DE BERBERISCA

Las fotos que aparecen de Teresa, mujer de Carlos Amselem, se hicieron usando los trajes que le cedió para la ocasión la señora Sonia Cohen, de Tánger, que como hemos indicado posee una bellísima colección de trajes de Berberisca.

Entre las ceremonias tradicionales más originales, pintorescas y antiguas de los judíos de Marruecos se encuentra, sin duda, la «noche de Berberisca» o «noche de paños», como también se la conoce. Ceremonia que precede en unos días a la boda, y en la cual la futura novia se viste con el hermoso «traje de Berberisca«.

El traje de paños de la berberisca no está relacionado con la ceremonia nupcial en sí,sino con una ceremonia previa, particular de los judíos del norte de Marruecos (Tánger, Larache, Alcazarquivir, Tetuán), en la que la familia del novio y de la novia, acompañados de sus familiares y amigos, se reúnen para cantar y ensalzar a la novia.

Es una ceremonia que se festeja unos días antes de la boda en un ambiente lleno de emoción y alegría, con <yuyus>, trajes tradicionales, música con antiguas canciones sefardíes y ricos manjares.

No se puede determinar con certeza el origen exacto de esta ceremonia y hay diferentes teorías, aunque la más plausible es la que considera que su  origen estuvo en y que fueron los judíos sefarditas quienes la llevaron consigo al ser expulsados en 1492.

La presencia de trajes de ceremonia relativamente similares en algunos de los países en los que se establecieron los judíos expulsados en el siglo XV es una coincidencia que inevitablemente conduce a España. De las referencias de autores que se han detenido en las comparaciones («es semejante al de la mujer salmantina»; su falda recuerda «al mantelo de nuestras provincias del noroeste»; el vestido evoca «la pompa de la España opulenta del Renacimiento») se podría «deducir provisionalmente que el vestido de terciopelo y oro debe mucho a algunas de las provincias españolas de las que procedemos», sugiere Sarah Leibovici en su trabajo Nuestras bodas sefarditas

El momento más esperado de esta ceremonia es cuando la novia hace su entrada, vestida con hermosos atavíos y joyas, esmeradamente maquillada, con los ojos realzados por el khol, las mejillas arreboladas de carmín, luciendo el rico traje de Berberisca de terciopelo rojo, verde o purpúreo oscuro, bordado de oro, adornado con perlas y piedras brillantes. 

Confeccionado en terciopelo y lujosamente ornamentado con bordados en hilo de oro, recibe en Marruecos el nombre de keswa el k-bira (traje grande).

Con equivalentes similares en las comunidades judías de Turquía, Grecia, Argelia y Bulgaria -así los sugieren textos y testimonios- este traje de ceremonia tenía un uso que se extendía mucho más allá de la estrictamente nupcial.

La novia recibía el vestido como regalo de su padre y, antiguamente, ya casada, lo seguía luciendo en las apariciones públicas de importancia. Este traje, de un gran valor pecuniario, se ha transmitido de madre a la hija mayor a lo largo de cientos de años. Hay crónicas que atestiguan su uso el sábado de saftarray, el día del baño ritual (establecido en un precepto religioso), la noche de berberisca y el día de la ceremonia religiosa que, según la ley judía, debía celebrarse el miércoles («una virgen se casa el cuarto día; una viuda, el quinto«).

También hay constancia de mujeres vestidas de Berberisca el día de la circuncisión y en las principales festividades del calendario judío.

El traje, como ya se ha descrito, se confeccionaba y se confecciona en terciopelo, lujosamente ornamentado con bordados en hilo de oro, y se compone de una serie de piezas que imprimen al conjunto una riqueza visual incomparable: por un lado, la Punta o peto, Kasó o chaqueta, generalmente confeccionado en terciopelo y profusamente bordado con hilo de oro. Por lo general tiene mangas muy cortas para que la novia pueda lucir sobre los brazos gasa fina con hilillos de oro. A continuación, la Chialdeta, zeltita o faldeta, una falda muy amplia, abierta por completo, adornada en la parte inferior con ricos galones de oro, generalmente en forma de franjas circulares, que se repliega de derecha a izquierda.

Anita Benarroch de Ayach y Molly Benarroch de Benhayon con Juanita

El largo de la base puede alcanzar los tres metros. Entre los complementos están las mangas, Kmam, de encaje o seda, puestas debajo de las mangas de la chaquetilla. El cinturón, hzam, que es una lujosa faja de terciopelo y seda, bordada de oro. Y el pañuelo, a veces llamado fechtul, de seda con flequillos. Se anuda a la altura de la nuca y se deja caer libremente, en ocasiones, hasta el suelo.

Corona el conjunto una corona o gemar, una diadema cuajada en perlas antiguas y piedras preciosas. Según la señora Ana Bensadon, que ha vestido de berberisca a varias generaciones de novias en España, el número de perlas del Gemar es de 613, como mizvots –deberes rituales– que hay que cumplir. 

En el traje de berberisca se encuentran lo general y lo particular. Lo general en forma de símbolos –número de piedras del gemar, de adornos circulares de la falda– que son comunes en todo el mundo sefardí. Y al mismo tiempo, las particularidades de lo marroquí se manifiestan en los colores.

Teresa, la bella esposa de Carlos Amselem, ha sido la mejor modelo para mostrarnos estos preciosos trajes de berberisca

En efecto, el verde y el azul indican las ciudades del interior; el rojo y el granate, las ciudades de la costa y el sur; y el morado y negro son particulares de la ciudad de Tetuán.

Actualmente algunos trajes de Berberisca se encuentran en diferentes museos del mundo, en Toledo se pueden ver dos.

Carlos Amselem, abril 2012


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