Mi madre se ha marchado de viaje hace apenas un rato.
Es un viaje sin retorno.
Desde hace catorce meses y medio ha luchado con fiereza, pero, al final, la enfermedad ha podido con ella tres días después de cumplir setenta y seis años. Injustamente, le ha impedido realizar ese sueño que tenía previsto para el pasado mes de julio: ir a Larache y a Alcazarquivir con sus nietos. No ha podido ser.
Sin embargo, hoy, sorprendentemente, se ha levantado de la cama en la que ya llevaba postrada unas semanas, ha cogido sus dos maletas: la pequeña, donde lleva su ropa y los objetos de aseo, y la otra, más grande, con ropa de otras tallas, zapatos y juguetes para algunos amigos que lo necesitan. Siempre lo ha hecho así, y estoy seguro de que hoy no ha variado su rutina.
Como este tipo de viaje es más rápido que el habitual, intuyo que habrá llegado ya a Larache. No tengo ninguna duda de esto.
Su decisión ha sido fácil. Se ha ido a donde siempre le han dado cariño, afecto y calor, al pueblo donde siempre ha sido feliz: a Larache. Y como no sé por dónde anda en estos momentos, me la imaginaré en la azotea del edificio donde vivimos allí, mirando a su alrededor, con el Balcón del Atlántico a sus pies, aguardando a que, con el tiempo, mi padre vaya a reunirse con ella, y luego hagamos lo mismo todos nosotros. Es reconfortante saber dónde podrás encontrarlos en el futuro. Tampoco en esto albergo dudas.
Ahora la escucho reírse con Mercedes y con Ange al entrar en el Bazar Yebari, y a El-Hachmi saludarla a voces desde el fondo del local: ¡Maru! ¡Bienvenida a tu casa, Maru! Y ella entrando, con su sonrisa dibujada por la alegría, para recibir otro abrazo más. Allí, en Larache. En su pequeño paraíso, donde siempre la encontraremos.









