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«EL BLOCAO» (1928), DE JOSÉ DÍAZ FERNÁNDEZ

El blocao (publicado por Ediciones del Viento) es un pequeño libro escrito por el periodista y luego político José Díaz Fernández, libro que tuvo un gran éxito de ventas tras su publicación en 1928.

EL BLOCAO portada
Leer El blocao es leer muy buena literatura. No sólo es un libro más sobre la guerra de Marruecos y sus terribles consecuencias, es también un retrato amargo, duro y, sin embargo, bellísimo de aquella locura que se convirtió en una dolorosa sangría para España y para Marruecos.
Son siete relatos en los que la narrativa de José Díaz te subyuga de una manera absoluta. La crudeza de alguna de las historias sólo muestran la realidad de aquella experiencia que marcó tan profundamente al autor. Y, sin embargo, uno descubre que su visión de aquella tragedia es lúcida y crítica. No ve a los marroquíes como un enemigo que lucha insensatamente contra ese designio que lanzaba a España a ocupar Marruecos porque era su obligación moral y natural, como predicaban por entonces algunos africanistas, sino que los marroquíes luchaban porque se ocupaba su territorio por fuerzas extranjeras.
El primero de los relatos es el que da título al libro, y es, sencillamente, magistral. Magistral en su factura narrativa, y magistral la historia que cuenta. A mí me conmovió su lectura cuando lo leí hace años, y ha vuelto a hacerlo ahora de nuevo al releerlo una tercera vez.

“…Una de mis distracciones era observar, con el anteojo de campaña, la cabila vecina. La cabila me daba una acentuada sensación de vida en común, de macrocosmos social, que no podía obtener del régimen militar de mi puesto. Desde muy temprano, mi lente acechaba por el párpado abierto de una aspillera. El aduar estaba sumergido en un barranco y tenía que esperar, para verlo, a que el sol quemase las telas de la niebla. Entonces aparecían allá abajo, como en las linternas mágicas de los niños, la mora del pollino y el moro del Rémington, la chumbera y la vaca, el columpio del humo sobre la choza gris.
Buscaba a la mujer. A veces, una silueta blanca que se evaporaba con frecuencia entre las higueras hacía fluir en mí una rara congoja, la tierna congoja del sexo. ¿Qué clase de emoción era aquélla que en medio del campo solitario me ponía en contacto con la inquietud universal? Allí me reconocía. Yo era el mismo que en una calle civilizada, entre la orquesta de los timbres y las bocinas, esperaba a la muchacha del escritorio o del dancing. Yo era el náufrago en el arenal de la acera, con mi alga rubia y escurridiza en el brazo, cogida en el océano de un comedor de hotel. Y aquel sufrimiento de entonces, tras el tubo del anteojo, buscando a cuatro kilómetros de distancia el lienzo tosco de una mora, era el mismo que me había turbado en la selva de una gran ciudad.
Nuestra única visita, aparte del convoy, era una mora de apenas quince años, que nos vendía higos chumbos, huevos y gallinas.
—¿Cómo te llamas, morita?
—Aixa.
Era delgada y menuda, con piernas de galgo. Lo único que tenía hermoso era la boca. Una boca grande, frutal y alegre, siempre con la almendra de una sonrisa entre los labios.
—¡Paisa! ¡Paisa!
Chillaba como un pajarraco cuando, al verla, la tromba de soldados se derrumbaba sobre la alambrada. Yo tenía que detenerlos:
—¡Atrás! ¡Atrás! Todo el mundo adentro.
Ella entonces sacaba de entre la paja de la canasta los huevos y los higos y me los ofrecía en su mano sucia y dura. Yo, en broma, le iba enseñando monedas de cobre; pero ella las rechazaba con un mohín hasta que veía brillar las piezas de plata. A veces, se me quedaba mirando con fijeza, y a mí me parecía ver en aquellos ojos el brillo de un reptil en el fondo de la noche. Pero en alguna ocasión el contacto con la piel áspera de su mano me enardecía, y cierta furia sensual desesperaba mis nervios.
Entonces la dejaba marchar y le volvía la espalda para desengancharme definitivamente de su mirada…”

“Para desengancharme definitivamente de su mirada… “ Qué preciosa frase.
Este cuento narra la aburrida vida en un blocao, esa especie de trinchera que era como una tumba anticipada para los soldados que luchaban en Marruecos. Una especie de féretro de tierra y piedra, de arena y de sacos. Y de ese pequeño espacio, José Díaz crea un universo tremendo y terrible.

Regimiento Alcántara - en Annual

Los otros seis relatos El reloj, Cita en la huerta, Magdalena roja, África a sus pies, Reo de muerte y Convoy de amor, encierran pequeños mundos e historias sorprendentes. El reloj es un relato de guerra que nos conduce a la compasión por ese soldado algo bruto que tiene en su enorme reloj un extraño refugio para huir de la realidad del combate. Su final es tan sencillo como desolador.
No hay un cuento en este libro que deje indiferente. Incluso esa historia tremenda de la Magdalena roja, con ese personaje de Angustias López que, en mi opinión, retrata como en ninguna otra obra la forma de ser del revolucionario anarquista y sindical de la época. Idealismo y fanatismo, revolución y desengaño.
Pero quizá sea Convoy de amor el cuento que más impacta, junto al primero, El blocao.

blocao

Convoy de amor es la historia de una desesperación, esa a la que aquella guerra absurda llevó a muchos jóvenes a una muerte sin sentido. Un pequeño convoy, de hombres deshechos, agotados, enfebrecidos por la fiebre del combate y por la fiebre de la abstinencia sexual obligada, han de escoltar a una mujer provocativa e insensata bajo un sol abrasador… Leer este relato es como estar junto a los personajes. José Díaz consigue ese efecto hipnótico del gran narrador que es el de trasladar al lector al lugar de los hechos, y conseguir que los experimente y los sufra vívidamente, Y esta historia te deja con una extraña sensación de derrota, como si al acabarlo fueras más consciente de lo que José Díaz Fernández ha estado contando en todos sus cuentos: el absurdo y la sinrazón de la guerra que enfrentó a España y Marruecos, por el interés de unos y el capricho de otros.

“…Minutos después el convoy de Audal estaba en la carretera, dispuesto a partir. Lo componían el cabo, seis soldados, dos acemileros y dos mulos. En uno de éstos se habían colocado una jamuga para Carmen, que llegó con el coronel entre una doble fila de ojos anhelantes. El coronel la ayudó a subir a la cabalgadura, sosteniendo en su mano, a manera de estribo, el pie pequeño y firme. Fue aquél un instante espléndido e inolvidable, porque, por primera vez y en muchos meses, los soldados del zoco vieron una auténtica pierna de mujer, modelada mil veces con la cal del pensamiento. Ya a caballo, Carmen repartía risas y bromas sobre el campamento, sin pensar que sembraba una cosecha de sueños angustiosos. Diana refulgente sobre la miseria de la guerra, en lo alto de un mulo regimental, mientras los soldados la seguían como una manada de alimañas en celo, Carmen era otra vez la Eva primigenia que ofrecía, entre otras promesas y desdenes, el dulce fruto pecaminoso.
Aquellos hombres se custodiaban a sí mismos. Porque, de vez en cuando, la falda exigua descubría un trozo de muslo, y algún soldado, sudoroso y rojo, exhalaba un gruñido terrible.
El sol bruñía la montaña y calcinaba los pedruscos. Al cuarto de hora de camino, Carmen pidió agua. El cabo le entregó su cantimplora y ella bebió hasta vaciarla.
—¡Qué calor, Dios mío! ¿Falta mucho?
—¡Huy, todavía!…
Le cayeron unas gotas en la garganta y ella bajó el escote para secarse. Pelayo sintió que la sangre le afluía a las sienes como una inundación.
Al devolverle la cantimplora, Carmen le rozó los dedos con su mano. Y Manolo Pelayo estuvo a punto de tirar el fusil y detener al mulo por la brida, como los salteadores andaluces…”

José Díaz Fernández, como tantos intelectuales de valía, lo más granado de nuestra literatura y de nuestra ciencia, hubo de marcharse exiliado de España tras la guerra civil. Un final triste para un escritor inmenso.
                                                                Sergio Barce, octubre 2014

JOSE DIAZ FERNANDEZ

JOSE DIAZ FERNANDEZ

José Díaz Fernández nació en Aldea del Obispo (Salamanca) en 1898. Periodista, trabajó en El Noroeste de Gijón, y tras su regreso de Marruecos en El Sol, de Madrid, y fue director de la revista Nueva España.
Tras el desastre de Annual, se incorpora al ejército y luchará en Marruecos. Sus experiencias en la guerra, las plasmará en su libro El blocao (1928) que obtendría el premio de El Imparcial.
A causa de su oposición a la dictadura de Primo de Rivera, tras ser encarcelado, es desterrado a Lisboa. Tras pasar por la política, al finalizar la guerra civil, se exilió en Toulouse, donde fallecería en 1941.

LA BIBLIOTECA ISLÁMICA DE MADRID TIENE ENTRE SUS LIBROS «EL BLOCAO». EN EL SIGUIENTE ENLACE PODÉIS ACCEDER.

 

http://cisne.sim.ucm.es/search*spi~S18/X?SEARCH=blocao&searchscope=18&SORT=D

 

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LARACHE, EN EL «LIBRO DE ORO IBERO AMERICANO» DE LA EXPOSICIÓN DE SEVILLA DE 1929

PORTADA

Con ocasión de la Exposición Iberoamericana de Sevilla (llamada también Exposición Universal), inaugurada el 9 de mayo de 1929 y clausurada el 21 de junio de 1930, y que fue la primera Exposición Internacional para dar muestra del hermanamiento entre los países de la Península Ibérica con América, se editó un libro catálogo: el Libro de Oro Ibero Americano. Catálogo Oficial.

Libro de oro

En este impresionante catálogo hay páginas dedicadas a Larache, Alcazarquivir y Arcila, que son las que traigo a mi blog. Y como aparece la ciudad del Lucus, Mariano Bertuchi me lo ha hecho llegar como siempre hace cada vez que encuentra algo de mi querida Larache.

Cabe recordar que la impresionante Plaza de España de Larache fue consecuencia directa de esta Exposición de Sevilla, ya que tanto el diseño como el tipo de cerámica y motivos utilizados en la plaza eran réplica de la de Sevilla, construida ex profeso para ese evento. Mientras que en sus bancos aparecen representadas todas las provincias de España en paños de azulejos, así como los bustos de españoles ilustres en sus muros, en la de Larache aparecían (lástima utilizar el tiempo verbal pasado) pasajes de El Quijote.

La reseña en el catálogo es un breve esbozo de historia de Larache, de la que me ha llamado la atención esa mención a la isla de Genra, que luego fue tierra firme; el que en esa época se estuviera montando un museo en Larache con los restos arqueológicos encontrados en Lixus (se indica en el catálogo que ya había más de 2.000 objetos) que obviamente nadie sabe desde hace tiempo dónde estarán; la descripción del Vivero y del Campo de Experimentación para agricultores y ganaderos o los detalles que se cuentan de la yeguada de Smidel-Má.

En fin, que me ha parecido un documento tan curioso como relevante para subrayar una vez más que Larache siempre ha sido un lugar privilegiado y excepcional.

Aquella plaza de Larache desapareció, y no puedo dejar pasar la ocasión para acusar una vez más a los autores de ese atentado cultural contra la ciudad que, por capricho, por desidia, por pura incultura, decidieron que no tenía ningún valor, ni arquitectónico ni histórico, y, sin embargo, ahí están los archivos para demostrarles todo lo contrario.

Sergio Barce, octubre 2014

LARACHE 1 (M.Bertuchi)

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LARACHE 2

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LARACHE 3

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LARACHE 4

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GRABADO

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BIBLIOTECA PABLO CANTOS

Pablo Cantos presentando su película Imaginario - foto de malagahoy.es

Pablo Cantos presentando su película «Imaginario» – foto de malagahoy.es

Hace ya un año y medio que mi amigo Pablo Cantos inició su viaje sin retorno dejando una herida abierta en quienes lo conocíamos, en quienes lo queríamos. No hay un solo día, y no exagero en absoluto, que no me acuerde de él, aunque sea fugazmente, unos segundos.

El otro día, durante la presentación en Librería Proteo de mi libro, lo notaba por allí cerca. Le habría gustado este libro, me habría abrazado al acabar el acto, me habría dicho algo especial, como siempre. Me consuelo imaginándolo.

Ayer fue el Día de las Bibliotecas. Y el poeta Víctor Pérez, con el que tengo ya una incipiente amistad de complicidades, me envió unas fotos. Son las que pongo a continuación. Gracias Víctor por  adivinar que me conmoverían y hacer que esbozara una sonrisa de orgullo. Víctor las había tomado en el Instituto de Enseñanza Secundaria Pablo Ruiz Picasso de Ciudad Nueva Málaga. El instituto le dedicó su biblioteca a Pablo, pasando a llamarse: Biblioteca PABLO CANTOS. Y yo no había tenido ocasión de verlo. 

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Biblioteca PABLO CANTOS. Escribo su nombre en mayúsculas, porque Pablo se merece que todo lo que se diga de él se escriba en mayúsculas. Me emociona incluso poder poner este pequeño comentario, no sé qué tiene Pablo que vuelve como si fuera el amanecer. No consigue irse del todo. No quiero que se vaya del todo. Y quizá esa biblioteca que lleva su nombre haga que sea aún más difícil que cruce ese mar oscuro y desconocido y postergue la travesía, que decida quedarse aún a pocos metros de la orilla, sentado en la barca de Caronte, leyendo uno de los libros que guardan sus estanterías, para darnos alguna de sus lecciones magistrales. 

Los responsables del centro tomaron en su momento la mejor de las ideas. Ya digo que yo no había tenido la oportunidad de verlo, pero gracias a estas fotos de Víctor ya me hago una idea de la suerte que tienen los alumnos del Pablo Ruiz Picasso. Espero que sepan que PABLO CANTOS se escribe todo en mayúsculas, porque él era un hombre en mayúsculas, y que también sepan que definitivamente no partirá hasta que todos los libros, todos, sean leídos.

Sergio Barce, octubre 2014

INSTITUTO PABLO RUIZ PICASSO:

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«EL GENTILICIO LARACHENSE», POR JOSÉ MANUEL GALINDO

En septiembre de 2013, mi querido amigo José Manuel Galindo, escribió un comentario en la página de «HHH los de Larache», sobre el gentilicio larachense. Y después de releerlo, no puedo estar más de acuerdo con él. Lo suscribo por completo.

José Manuel me pidió que escribiera algo sobre este asunto, y desde que me lo sugirió, ando dándole vueltas al asunto y no encuentro nada más que añadir a lo que él ya dijo entonces.

Sin embargo, no me resisto a contar una breve anécdota: hace ya tiempo, escribí uno o varios relatos, no recuerdo cuáles. El hecho es que, no sé dónde, había leído por entonces algo sobre los larachenses pero no refiriéndose a ellos con este gentilicio, sino que los mentaban como larachís, y yo, como una esponja, lo absorbí y, quizá influenciado también por el hecho de que en árabe «yo soy larachense» se dice «ana laraishi», utilicé esta palabra: larachí.

José Manuel Galindo, que iba leyendo esos textos míos, se fue calentando. Y digo bien: calentando (cabreando, acelerando, enfureciendo). Hasta que un día no pudo más y explotó, y me escribió pidiéndome por favor que dejara de utilizar esa maldita palabra porque él era un larachense, y siempre habíamos sido larachenses. A santo de qué pasábamos ahora a denominarnos larachís. 

Plaza de España / de la Liberación - LARACHE

Plaza de España / de la Liberación – LARACHE

Cuando leí su correo, tragué saliva, hice acopio de toda mi diplomacia y, admitiendo mi equivocación, corregí mis textos. Pedí perdón a José Manuel y regresé al redil. Desde aquel día, en el que mi amigo Semanué me dio ese cariñoso tirón de orejas, no se me ha ocurrido utilizar otro gentilicio que el de larachense. Y con mucho orgullo.

Así que, quién mejor que él para aclararnos este asunto… Y lo digo con absoluta sinceridad. Por eso os invito a leer este interesante y acertado escrito de José Manuel Galindo sobre algo tan, aparentemente, baladí. Que no lo es. Os lo aseguro (doy fe de ello, después de ver peligrar mi gentilicio).

Sergio Barce, octubre 2014

Os voy a contar una historia que os va a sonar a conocida, porque posiblemente sea muy parecida a la de muchos de vosotros.

Cuando ocurrió lo que os quiero contar, yo era muy pequeño, pero pude darme cuenta de que había una palabra que siempre era la misma y que mi familia utilizaba para identificarme. Más tarde comprendí que esa palabra con la que, no sólo mi familia, sino también mis vecinos de Las Navas, me llamaban, era mi nombre.
Pasaron muchos años y aunque aún no había oído hablar de la Teoría de Conjuntos, un día me di cuenta de que yo formaba parte de un conjunto de personas que teníamos en común el haber nacido en el mismo pueblo, un maravilloso lugar a orillas del Atlántico. No formábamos un conjunto uniforme, había gente de todas las edades, pertenecíamos básicamente a tres de las religiones más extendidas por el mundo y convivíamos en paz, respetándonos mutuamente.
Mi nombre es una seña de identidad dentro de mi entorno más próximo, familia y amigos, y en otro nivel, el gentilicio “larachense” es una seña de identidad que me pertenece por nacimiento.

Puesta de sol LARACHENSE

Puesta de sol LARACHENSE

En el entorno geográfico próximo a nuestro pueblo, se nombra como tetuaní al nacido en Tetuán, ceutí en el caso de Ceuta, tangerino en el caso de Tánger y larachense en el caso de Larache. Ni tetuanense, ni ceutense, ni tangerense o tangerí, ni larachí, ni larachino, ni laracheño, en nuestro caso (éste último, de nuevo cuño, lo he podido leer muy recientemente en un artículo sobre La Gaba, reunión anual que supongo que todos conocéis). Sencillamente, supongo que es una cuestión de usos y costumbres, que al cabo del tiempo hacen ley. Probablemente nuestros abuelos emplearan por primera vez el término, y consagrado por el uso, llegamos a conocerlo nosotros y a hacerlo nuestro.
Tenemos una Real Academia de la Lengua, que limpia, pule y da esplendor a nuestro idioma, incorporando nuevas palabras consagradas por el uso, pero nuestras señas de identidad las tenemos que defender nosotros, porque nadie se va a ocupar de hacernos el trabajo.
¿Es trascendental el asunto?, pues no, porque hay muy pocos asuntos trascendentales, pero en HHH Los de Larache se dice que “tendrán cabida en nuestro grupo quienes hayan nacido o vivido en Larache, así como aquellos que por alguna otra razón se sientan vinculados a nuestro querido pueblo”. Esta declaración delimita a un grupo de personas muy amplio, con muy diferentes grados de conocimiento y de tiempo vivido allí, y flaco servicio les haremos los que hayamos vivido más tiempo en Larache a los que tengan una relación menos sólida o menos duradera con nuestro pueblo, si nosotros mismos no respetamos nuestras señas de identidad. Lo que conseguiremos es formarles una buena empanada mental a los que vayan viniendo.
Para mí, es también una cuestión de respeto a nuestros padres y abuelos. Ellos inventaron el gentilicio “larachense” y no seré yo quien a estas alturas discuta la idoneidad o no de esa elección.
Buen día, paisanos larachenses y, por ende, africanos.
                                             José Manuel Galindo

Madrid, año 2005 - Sergio Barce, Ange Ramírez y José Manuel Galindo, en la primera asamblea de "Larache en el Mundo"

Madrid, año 2005 – Sergio Barce, Ange Ramírez y José Manuel Galindo, en la primera asamblea de «Larache en el Mundo»

 

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE «PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE» EN LA LIBRERÍA PROTEO-PROMETEO DE MÁLAGA

Charla previa entre escritores: Sergio Barce, Mario Castillo (de espaldas) y José Garriga Vela

Charla previa entre escritores: Sergio Barce, Mario Castillo (de espaldas) y José Garriga Vela

El pasado viernes, se presentó en la Librería Proteo-Prometeo de Málaga mi libro de relatos Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Jam Ediciones /GB, Valencia) de la mano de José A. Garriga Vela, un privilegio del que tengo que alardear por partida doble: porque es uno de mis escritores de cabecera, y porque es un amigo con el que, como él mismo dice, me une una complicidad especial.
José A. Garriga leyó un texto, larachensemente, al ritmo de sus palabras. Siendo sincero, me fascinó lo que había escrito para la ocasión: un relato, que es su relato para hablar de mis relatos. Me pareció maravilloso.

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Y vi la reacción en el rostro de los asistentes, cautivados desde el primer momento por su manera de leerlo.

Para quienes no tuvieron la suerte de escuchar a Jose, ha tenido el detalle de enviarme su intervención, y la acompaño a esta breve crónica para que podáis disfrutarla y descubrir lo que él supo ver en mis cuentos.
Luego, hubo un simpático coloquio, y salimos agradecidos por la masiva asistencia y por el trato tan cercano y atento del personal de Proteo-Prometeo.

Sergio Barce 

Las fotos que se acompañan a esta breve nota, son obra, claro, de mi amigo y fotógrafo excepcional José Luis Gutiérrez. Del que os facilito su página:

http://www.jlgfotografo.com/

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PASEANDO POR EL ZOCO CHICO LARACHENSEMENTE

El verano de 1980 conocí Larache, desde entonces he vuelto varias veces. Sin embargo me han quedado grabados dos viajes: el primero hace alrededor de diez años, el segundo hace tan sólo unos días, y en ambas ocasiones la compañía de Sergio me ha guiado por la ciudad visible y la invisible. Esta tarde voy a leer algunas de las anotaciones que he ido escribiendo en el cuaderno de mi último viaje a Larache, que comenzó el 22 de septiembre y está finalizando ahora. Aquí están anotadas esas imágenes, experiencias y sensaciones que se producen en los viajes y que sólo mencionarlas nos hacen revivir el pasado. En realidad los viajes no acaban hasta que se olvidan y esto es muy difícil que ocurra.
El cuaderno de viaje empieza así: “Esta mañana he vuelto a sentir el mar como si lo estuviera viendo por primera vez. Sergio me acercó una caracola al oído y dijo: “¿Lo oyes?, ¿cómo se puede encarcelar la belleza en una jaula tan diminuta? No hay nada más grande que el océano. Es tan inmenso que hay mares en su interior”. Íbamos los dos paseando por la playa bajo la luz de Larache. Sus palabras, igual que el paisaje que se extendía ante nosotros, poseían un efecto hipnótico. Yo escuchaba en silencio. Luego, escrutando la línea del horizonte, añadió: “¿De qué tonalidad son los amigos?, ¿qué tipo de cámara sería capaz de captar ese arco iris invisible que ahoga los grises tristes y amargos?”. Al oírlo, recordé a los amigos presentes y los que ya no están. Pensé que a mí también me encantaría poseer esa cámara capaz de borrar la desgracia.

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA durante su intervención

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA durante su intervención

Después de estos días puedo confesar que conozco más profundamente Larache y mucho mejor a Sergio, un amigo al que apenas veo y con el que guardo esa extraña complicidad que alcanzamos con determinadas ciudades y algunas personas. Nos une el cine, la literatura, los paseos por el zoco chico y por los rincones secretos que se ocultan en los pliegues del cerebro. Sergio Barce pertenece a ese tipo de escritores capaces de encerrar un mundo en una frase, igual que encierra el mar en la jaula mágica de una caracola. Me he sentido un privilegiado al pasear con él por Larache, andar y desandar hasta encontrarnos con los recuerdos, la fantasía, los seres queridos presentes y los queridos ausentes; toda la fuerza del sedimento que van dejando los sueños. Sergio ha tocado mi fibra sensible: el pasado que vuelve. Los fantasmas que regresan para instalarse felices en el castillo imborrable de la memoria. La memoria, la única capaz de expulsar la muerte.
Hablo de la complicidad que me une a Sergio, detalles ínfimos que me estremece recordar, como el silbido de su padre al llegar por la tarde a casa que es el mismo silbido de mi padre al volver del trabajo por las tardes. Y los gusanos de seda que su madre le llevaba en una caja de cartón con hojas de morera son los mismos que traía mi madre. Recuerdos de seda que vencen el olvido. Sergio iba al cine Ideal de Larache y yo al cine Emporio de Barcelona. Larache, Barcelona, Málaga, qué más da, cuando se apaga la luz en la salas de cine los dos estamos en el mismo lugar de la película. Los lugares de la memoria y la fantasía que mencionaba antes. “¡Cuántas películas habrás visto!”, le preguntó alguien una vez al hombre del carrillo con chucherías y frutos secos que se instalaba todas las tardes delante del cine Ideal. Y el hombre del carrillo dice Sergio que se quedó pensando un buen rato, hasta que respondió en silencio: “El cine que conozco lo he visto a través de los ojos de los niños”. Quizá así contemplamos nosotros las películas del pasado, a través de los ojos del niño que fuimos y que nunca nos abandona.

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta
Estos días he paseado con Sergio por la niñez y adolescencia. Sus amigos de entonces son ahora también mis amigos y durante el mes sagrado del Ramadán nos convertimos en los dueños de las calles de Larache. Esos amigos que Sergio tuvo que abandonar en 1973 para viajar a Málaga, igual que yo había hecho cuatro años antes con mis amigos de Barcelona. Dos viajeros a contracorriente. Málaga se convirtió en el destino de ambos y en Málaga a Sergio lo apodaron el Moro y a mí el Polaco; dos extranjeros en casa. Desde la perspectiva que aporta la distancia y el paso del tiempo, Sergio observa la silueta del otro continente, tan cercano y lejano a la vez. Piensa en los muertos que viven bajo el agua, los emigrantes que cruzan el Estrecho con la esperanza y la ilusión de encontrar una vida mejor. Lo que Sergio llama: “Ese anzuelo indigno que ha creado Dios”. No hacen falta más palabras.
Esta tarde, antes de reunirme aquí con vosotros, me he sentado a beber un té mientras disfrutaba releyendo un cuento maravilloso, todo con calma, sin prisas, larachensemente, como los paseos que estoy dando con Sergio Barce por el territorio de su imaginación. Larachensemente puede ser el inicio de una novela. Y hay detalles en los cuentos y en los paseos que he caminado y leído y releído estos días que muestran detalles que hacen de Marruecos, como dice Sergio, “un lugar digno, decente e irrepetible”, detalles como los de Yebari, el vendedor de libros, un auténtico Larachense, incapaz de quedarse con el dinero de los libros que vende de Sergio. “El autor es el dueño de la obra”, dice Yebari, y al instante añade: “¿Quién lo ha escrito, hombre? Para mí es un placer poder venderlo”. Hay aquí encerrados tantos paseos maravillosos, como el titulado Ellos vuelven a Larache, un cuento incontable que sólo Sergio consigue expresar en palabras. Y las distintas lenguas, razas, religiones, que conviven en Larache. Y la tumba de Jean Genet mirando al corazón del océano, los mares dentro del mar misterioso. Y el taller de bicicletas de Yasim con el póster de Eddy Merckx subiendo por la pared del local mientras Yasim y todos nosotros marchamos en el pelotón perseguidor. Y el edificio de la Unión Bancaria Hispano Marroquí. Y los hogares de la familia. Los amigos, tantos amigos, tantos personajes de novela, tantas y tantas historias.
Y ahora para terminar, como diría el señor Beniflah, todos los que quieran pasar, que entren. Todos los que deseen disfrutar larachensemente este magnífico y conmovedor paseo por el zoco chico, que pasen. Al otro lado les espera Sergio Barce, asomado al balcón del Atlántico desde donde se divisa la curvatura del mundo.

José Antonio Garriga Vela

MÁS IMÁGENES DE LA PRESENTACIÓN:

Firmando a Marichu

Firmando a Marichu

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Firmando a Ana María Cuevas. Detrás Marina López, José Luis Pérez Fuillerat...

Firmando a Ana María Cuevas. Detrás Marina López, José Luis Pérez Fuillerat…

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José A. Garriga y el maestro Linares

José A. Garriga y el maestro Linares

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Sergio Barce y José Garriga

Sergio Barce y José Garriga

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Firmando a Julia Sousa y Antonio Herráiz, y detrás Santiago Souviron, Jesús Ortega, Claudia Santos...

Firmando a Julia Sousa y Antonio Herráiz, y detrás Santiago Souviron, Jesús Ortega, Claudia Santos…

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