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«MI AVIÓN HERIDO», UNA NOVELA DE MARIO CASTILLO

MI AVIÓN HERIDO portada

La imagen del silencio, novela con la que Mario Castillo ganó el Premio de Narrativa Feria del Libro de Almería, me descubrió a un escritor inmenso. Ahora, veinticinco años después, su última novela Mi avión herido, ha sido galardonada con el Premio de Novela María Zambrano de Málaga, y me ha reafirmado en mi idea: es un narrador excepcional, y que, además, ha crecido con los años.

“…Me acerqué a la puerta de la primera cuadra, la más cercana a la cafetería, en donde el Indio dormía. Golpeé con los nudillos suavemente. No hubo respuesta. Volvía a intentarlo. Nada se movió tras la puerta. Esperé un instante y golpeé de nuevo, esta vez más decidido. Ya he terminado, susurré. Oí ruidos de muelle de somier viejo, un carraspeo y unos pasos dudosos acercarse. El Indio entreabrió la puerta y me miró como si no me conociera. Tenía mal aspecto, ojeras, el pelo enmarañado y no se había preocupado de cubrirse como otras ocasiones. La mano derecha sostenía la puerta a medio abrir, la izquierda se mesaba la larga melena. Durante los segundos que duró su desconcierto, me afané en asomar una mirada furtiva entre las sombras. Ya he terminado, le dije. No pareció haberme entendido. No sé ni siquiera si me oyó. Frunció el ceño y levantó la cabeza hacia el cielo ya casi amanecido. Me volvió a mirar a los ojos y me sorprendió escudriñando el interior a sus espaldas. Me sentí cazado y aparté la vista. Le miré a los ojos con mucha concentración. Ya he terminado, le repetí. Siguió ignorándome mientras me miraba largamente. Giró la cabeza ligeramente hacia el interior, pensativo. Después se sonrió cómplice y tras un breve asentimiento para sí mismo, abrió la puerta de par en par sin dejar de mirarme a los ojos. La escasa luz del amanecer se deslizó por el suelo de albero hasta llegar a los pies de la cama. Para mi sorpresa, aquello no parecía una cuadra. No había comedero y aunque las paredes eran de tabla como las demás, estaba decorado con algunas fotos y pósters de caballos, aperos de labranza, una silla de montar y algunas herraduras colgadas de alcayatas. Su cinta del pelo pendía de un perchero de hierro sobre el cabecero. Una chica joven, casi adolescente, de pelo muy corto como el de un muchacho, estaba tumbada desnuda en la cama. La penumbra dejaba ver una piel muy blanca que contrastaba con el pardo de la manta que se arremolinaba contra la pared de madera de la cuadra. Tenía los pechos muy pequeños y el vello púbico negro azulado y brillante, coronaba unas largas piernas de bailarina. Algo se movió junto a la cama. Fue entonces cuando vi a la segunda chica. Esta otra de pelo rubio y media melena, algo más robusta de carnes y pechos grandes, se removía sobre un jergón en las sombras. Parecía desperezarse, pero ya no me atrevía a mirar más y le devolví la mirada a los ojos del Indio que continuaban clavados en mí. No había perdido la sonrisa juguetona y sorprendida…”

Cuando acabé de leer este nuevo libro, sólo le envié un escueto WhatsApp para que supiera que ya lo había acabado. Mario sabía que lo estaba leyendo. Hablamos hace un par de días. Le había llamado, pero, al no responderme, imaginé que estaría volando. Acerté. Me devolvía la llamada nada más tomar tierra. ¿Qué te ha parecido? Me espetó, con la respiración entrecortada. Le ocurre cuando está ansioso. Le dije que no hubiera podido hablar al acabar con su novela, me sentía entonces demasiado emocionado, y que, por ese motivo, me limité a mandar ese corto mensaje. Con esa frase, Mario comprendió que su libro me había fascinado. Además, añadí antes de que me dijese nada, he volado con sus páginas. Podía imaginar su cara al oírme decirle esto. Estaría sacando pecho como un gallo en su corral.

Mario Castillo tenía algunas heridas en su vida, y además mantenía una deuda pendiente. Mi avión herido le ha servido para abrirse en canal, curarse de alguna manera de esas heridas y saldar esa deuda. Me ha impresionado su desgarro porque conozco la envergadura de la cicatriz que ahora se cierra.

Mario tiene la capacidad de usar el lenguaje como si fuese el dueño del diccionario. Lo hace fácil, pero sus adjetivos, sus sustantivos, su sintaxis, no son en absoluto simples. La riqueza de sus armas es inagotable. Mario Castillo, voy a decirlo, aunque seguramente le incomode, es un hombre culto. Sus conocimientos rezuman a borbotones cuando mantienes una conversación con él, las ideas le brotan con tal rapidez que, a veces, las palabras se le atropellan. Sus alumnos dan fe de ello. Me hubiera gustado ser su alumno, aunque me conformo con ser su amigo. En su libro se asoma ese hombre instruido y cabal.

MARIO CASTILLO foto de Diario de Sevilla

MARIO CASTILLO foto del Diario de Sevilla

Y es que, en Mi avión herido, Mario combina exquisita y sabiamente varias historias y varias épocas de su vida. Por un lado, nos desvela la más sangrante de sus heridas abiertas, que trata de cerrar, que logra cerrar: la muerte de su padre. Una muerte que es inesperada, previsible, dolorosa, devastadora, violenta. Una muerte que sumió a Mario en un mar de preguntas y en un remordimiento que le ha perseguido durante años. Por otro, las pesadillas de aquel terrible accidente de Spantax en Málaga al que él acudió para ayudar en las tareas de salvamento. Otra experiencia vital ésta, pero también desgarradora. Por último, una explicación pendiente a sus hijos: muchos por qué en el aire, que Mario necesitaba responder, aunque ellos no hubiesen formulado las preguntas. Con estas páginas, también paga esta deuda con la que estaba hipotecado.

Pero, ¿por qué ahora? El detonante de esta magnífica narración fue un ataque al corazón que llevó a Mario al borde de la muerte… Esa es la puerta que se abrió a una resolución definitiva: enfrentarse con el pasado, afrontar el futuro.

“…Sin embargo, mi espíritu desasosegado y mi incapacidad física para estarme quieto han impedido, afortunadamente, que me haya convertido en oficinista o sepulturero. Fue durante esos mismos años de infancia cuando me senté con mi padre por primera vez a los mandos de un avión. Arriba, a miles de pies sobre las sombras, en la cabina de una PA28, miré el panel de instrumentos, alcanzable, ajustado a mi cuerpo como un traje de látex, y volví a sentir el ardor en el pecho, esa mezcla de quietud y de zozobra que solo me ofrecían los momentos felices, la clausura de mis cajas de cartón o el escritorio de mi padre. Alcé la mirada hacia las nubes altas en el horizonte y la bruma que me impedía ver la tierra. Me llegaba el sonido grave del motor, taladrado por los bips bips bips agudos de la identificación en morse de una baliza. Avión tuyo, dijo mi padre…”

PA25

De forma que, desde estos cuatro puntos cardinales (el abismo de la propia muerte, cercana y real, la amarga muerte de su padre, los pasajeros calcinados en el Spantax, desvelar los fantasmas más íntimos a sus hijos), Mario Castillo traza su plan de vuelo y nos lleva en su avión herido.

Le dije a Mario: me has hecho volar. Y es cierto. Las páginas de esta novela te llevan por los cielos, sientes lo que el piloto narrador te describe, sientes los mandos, sientes el placer, sientes el miedo.

Junto a Mario Castillo, pisé los restos del Spantax, y me sentí abrumado por ese paisaje de horror; volé por los cielos a su lado, como si llevara una vida haciéndolo; acudí al sepelio de su padre y me embozó la desorientación del piloto que Mario es, perdido en una ruta desconocida; pasé instantes placenteros con sus abuelos (su abuelo me recuerda al mío, se parecen en tantos detalles que me ha sorprendido el comprobarlo) y correteé con el pequeño Mario por el campo; descubrí a su lado el sueño de la aviación cuando despegó pilotando un coche; vi a través de su imaginación lo que sus ojos no llegaban a descubrir en la penumbra del cuarto del Indio (cómo he disfrutado las páginas de su infancia, los días del Ranchito); regresé con Mario al triste pasado de su abuelo encarcelado en el campo de concentración de Torremolinos (la crueldad sin límites que hubo de soportar antes de acabar ese infierno), que me emocionó, como tantas otras cosas; pisé la pista del aeropuerto como si fuera uno más de los pilotos y de los técnicos que pululaban cerca del hangar; me perdí entre la lluvia y sentí miedo, mucho miedo; lo acompañé durante unas horas en la habitación en la que lo habían ingresado, mientras respiraba a duras penas, hasta que Auxi entró y, sigiloso, me escabullí para dejarlos a solas…

Hay también mucho amor en este libro. Me conmovió la relación con su padre, los silencios, las palabras nunca dichas. Curiosamente, el sábado pasado hablé con mi padre, y lo hice más de lo habitual. Mario es el culpable. Se lo agradezco.

Hay muchas páginas en las que se describen varios vuelos. El del horror del Spantax, el de la ilusión cuando se aprende, el de la felicidad plena al volar por primera vez, el del terror al ser consciente, irremediablemente tarde, que no se han cumplido los protocolos, el del último viaje con el avión de tu vida… Pero cuando Mario Castillo se demora en los detalles técnicos, en las maniobras, en las explicaciones primorosas de cada uno de esos vuelos, no habla sólo de lo que parece a simple vista, Mario nos está mostrando algo más: nos habla de él, abriendo de par en par su interior. Hay mucho que desvelar, todo lo que se había prometido descubrir a sus hijos para que supiesen quién es él en realidad. Ha sido un acto de valor.

“…Autorizados a descender directos a Andraitx a mil pies. Preparé el avión y reduje un poco de motor para dejarlo planear suavemente hacia la isla que ya cubría todo el horizonte frente a nosotros. Canturreando su canción inventada, y moviendo el cuerpo como si estuviese poseído, mi padre tiró de la palanca de gases y el avión empezó a descender a quinientos, setecientos, mil pies por minuto en el variómetro. Entonces, en medio de su estribillo desafinado, gritó:

-¡Yuhuuuuuuu! ¡Deja que el viento nos lleve! ¡Vamos! ¡Deja que el viento nos lleve!

Nivelé el avión a mil pies sobre un mar encrespado de olas blancas y rotas cuando teníamos la costa norte de la isla prácticamente frente al morro del avión. De pronto se quedó en silencio, sonriente, pensativo. Nos miramos cómplices un instante y dejamos que el avión se aproximase a los acantilados.

Ese es nuestro lugar de encuentro, el puerto de arribada que me permite la memoria. Arriba, a miles de pies sobre un mar embravecido y distante que arrastra desde el norte una violenta tramontana. Desde entonces cuando establezco régimen de crucero y permito que mi avión se estabilice, cierro los ojos un instante y tras el rugir apagado del motor todavía puedo oír su canturreo entusiasmado. Es allí arriba en donde sigue oculto, donde me espera cada vez que asciendo en su busca, el paraíso de los vivos. Por eso creo que nunca vino a ocupar una silla a la mesa del salón de los muertos. Es allí arriba donde lo encuentro, en cada vuelo. Hasta que un día me enfrente a mis aguas de Toulon, mis balas, mi cordero. Mientras tanto, esperaré paciente sobrevolando la línea del horizonte que me marca el instrumento de mi avión. Donde la luz no proyecta las sombras de un cuerpo que no es mío. Sobre la línea del horizonte…”

Si te hubiese llamado al acabar la novela, no habría podido articular una palabra. Eso también se lo dije cuando hablamos por teléfono. Y es que el último capítulo del libro es el capítulo perfecto para cerrar esta historia. No voy a desvelar nada, pero es sublime: sencillo, emocionante, donde el principio y el fin, el futuro y el pasado se dan de la mano. Es como si te dejara de pronto los mandos del avión, sin avisar… Y vuelas.

-November-Xray, autorizado a despegar pista uno-cuatro… -escuché cuando cerré la novela. Y volé como los pilotos de antes, sin GPS, con una vieja brújula como compañera y dos o tres referencias que Mario me había indicado poco antes de subir.

Sergio Barce – agosto, 2016

Mi avión herido se ha publicado por etclibros El Toro Celeste, Málaga, 2016.

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«MIMOUN», UNA NOVELA DE RAFAEL CHIRBES

Hace unos días, comentaba Salvador López Becerra que estaba releyendo Mimoun, la novela de Rafael Chirbes. Curiosamente, yo hacía lo mismo. Será que a los dos nos atraen todos los libros ambientados en Marruecos, y los compramos (somos ya una especie en extinción, seguimos comprando a través de nuestras cuentas en la Librería Proteo y nos resistimos a “descargar” libros de la “nube tóxica” que lo quema todo) y luego, otro milagro, los leemos. Últimamente se me acumulan los títulos. De pronto, hay una eclosión de novelas ambientas en Marruecos (la mayoría en Tánger) y, por supuesto, hay de todo: bueno, regular y malo. Por eso, como hace Salvador, hay que volver de cuando en cuando a los libros que ya sabemos, con certeza, que nos servirán de refugio (la buena narrativa es eso, un refugio seguro, irreductible y cálido). A Pedro Delgado le fascina también esta novela.

MIMOUN

Volví a Mimoun, a ese pueblo cerca de Fez en el que Chirbes ambienta una historia de desamor. Porque las peripecias de ese profesor español que da clases en la vieja ciudad imperial y que fija su residencia en el pequeño poblado de Mimoun es, ante todo, un retrato del desamor a Marruecos, algo que muchos han vivido en primera persona y que sé que revivirán en las páginas de esta claustrofóbica pero hermosa novela.

Escrita con la sabiduría de los años y de la experiencia, escrita además con una sobriedad engañosa, con ese tipo de narrativa que tanto me gusta: la sencillez del verbo, la desnudez de las frases tiernas, el lento fluir de los párrafos plácidos. Es decir, la aparente simpleza de una narrativa limpia y diáfana pero que, en realidad, es puro pulir día tras día hasta dar con la medida exacta de cada página.

“…Algunas veces, Ahmed se hacía el encontradizo y aparecía vagabundeando cerca de la parada de taxis, en Fez, en la Plaza del Atlas. Nos sentábamos en algunos de los bancos de la plaza, bajo las enormes jacarandas; o tomábamos algo en el Café del Atlas, que a Ahmed no acababa de gustarle porque lo encontraba poco elegante.

A mí me parecían muy hermosos sus espejos, con el azogue quebrándose y las pequeñas motas negras que habían dejado por todas partes las moscas. Aquellos espejos habían de reflejar, cuando llegase la primavera, las flores azules de las jacarandas, que parecían nacer de la niebla de la mañana, colgadas de los árboles aún desnudos. En Marruecos habría de enamorarme de ese árbol que florece antes de echar las hojas.

Los imprevistos encuentros con Ahmed terminaban en alguna de las habitaciones del Jeanne d´Arc. Hoy recuerdo con melancolía el grifo que llenaba con agua tibia la bañera descomunal y el vaho que crecía sobre el agua hasta ocupar toda la habitación. Entre la niebla surgía el cuerpo desnudo de Ahmed como, en primavera, en la Plaza del Atlas, brotaron meses más tarde las flores azules de la jacaranda.

Ciertos atardeceres, ya en Mimoun, y antes de iniciar el ascenso a pie hasta la Creuse, me detenía en alguno de los bares del pueblo para beber. Mi presencia en aquella ciudad apartada causaba una mezcla de curiosidad, simpatía y desconfianza. Mimoun había sido, años antes, un importante centro comercial que se fue desmoronando poco a poco. Los franceses se habían marchado al día siguiente de la independencia, y los últimos judíos abandonaron la ciudad cuando estalló la guerra del Yon Kipur. Quedaba sólo un par de hebreos, propietarios de despachos de alcohol, y denostados.

Cuando yo conocí Mimoun, el barrio francés, con sus villas decó, estaba casi abandonado. Las casas más elegantes habían sido ocupadas por marroquíes enriquecidos que destruían la vieja arquitectura para adaptarla a su modo de vida. Otras villas envejecían, abandonadas, entre jardines que un día fueron magníficos y que ahora habían sido invadidos por la maleza. Entre los matorrales se levantaban todavía sofisticados árboles ornamentales, como restos del antiguo esplendor.

Por otra parte, en el corazón de la decrépita medina, el que fue floreciente mellah se había ido convirtiendo en el barrio de los prostíbulos, y los soldados borrachos orinaban en sus callejas y las chinches se reproducían en silencio bajo el forro de los colchones de paja. Mimoun era una ciudad muerta que sólo se animaba durante el zoco de los jueves, cuando la tomaban al asalto los bereberes del campo cercano, con sus reatas de asnos, sus ovejas y cabras, y las cestas llenas de huevos.”

En Mimoun hay mucha carga de profundidad. No es complaciente con ese Marruecos que retrata, y tampoco con esos personajes que se mueven alrededor de Manuel, el profesor protagonista. La ilusión inicial del profesor recién llegado se irá transformando en un profundo desengaño. Desengaño por quienes conviven cerca de él, como Francisco o Charpent, como Hassan, Rachida o Aixa… Aunque Charpent, quizá, sea lo más positivo que logra rozar Manuel en esta experiencia desilusionante.

RAFAEL CHIRBES

RAFAEL CHIRBES

El pueblo de Mimoun es un microcosmos cerrado, en el que la religiosidad de algunos, representado en el morabito del santón y las constantes peregrinaciones, se entrelazan con la vida disoluta e inmoral de quienes buscan desesperadamente su alma perdida en cafetines convertidos en bares donde se fuma y se bebe y donde las relaciones sexuales, hetero y homosexuales, se convierten en la única tabla de salvación para quienes han embarrancado en ese Marruecos que, torpes e ingenuos, creían conocer. Quizá por eso, ese país que nunca llegan a descubrir en realidad, los devora sin piedad. Hay un barniz de pesadilla en algunas escenas de sexo, lapidarias. Y Chirbes no permite que haya salvación para quien tiene el corazón gangrenado. Francisco y Charpent se convierten, así, en piezas cruciales de la trama y serán, de una u otra forma, quienes abran los ojos de Manuel ante una realidad cruda, fea y carnívora.

Sabia la manera que tiene Rafael Chirbes en mostrar cómo Manuel se siente defraudado ante los que cree que van a ser sus amigos, esos que se muestran tan complacientes al conocerlo y que, en realidad, sólo buscan arrancarle el corazón. Duele a veces este libro. Duele especialmente a los que amamos Marruecos, a los que amamos a ese Marruecos individual y único que nos hemos construido con nuestras experiencias personales. Salvador López Becerra lo entiende mejor que yo, reconoce el paisaje humano de Chirbes, eso al menos intuyo, porque él es más vehemente y yo soy más confiado o más ingenuo. Tenemos que hablar de esto. Necesito aclararlo con él.

“Las pesadillas ocupaban las escasas horas en que conseguía conciliar el sueño.

A medida que fue avanzando el verano, me acostumbré a las noches en vela. Esperaba que amaneciese, sin otra preocupación que la de entender la mecánica de aquella ciudad que volvía a alejarse de mí a fuerza de litros de alcohol. Empecé a buscar amantes con quienes llenar las largas noches que pasaba sin Hassan. Por mi casa, a partir de las diez de la noche, circulaban los compañeros de la última copa, o las prostitutas encontradas en cualquier acera. Dentro de mí fue rompiéndose todo en pedazos. En el colchón de mi cuarto hubo noches en las que nos mezclamos media docena de individuos. Me sentía como un imbécil. Nos acostábamos unos sobre otros completamente ebrios y, luego, en la oscuridad de la habitación, empezábamos a buscarnos con sigilo como si nos importase algo que los demás pudieran darse cuenta.

A veces nos poníamos de uno en uno sobre alguna de las muchachas encontradas al azar; en ocasiones nos tocábamos unos a otros fingiendo no darnos cuenta de nada. La habitación olía mal por las mañanas. No pocas veces tenía ganas de expulsar a toda aquella gente que ensuciaba los pocos rincones de mí mismo que aún quedaban limpios. Luego, a la noche siguiente, volvía a buscar por los bares con ansiedad y todo se repetía.

En Mimoun, ninguna vida de extranjero podía ser secreta. Hassan tenía que saber lo que estaba ocurriendo en casa. Sin embargo, fingía no enterarse de nada. Venía a recogerme muchas mañanas y me conducía hasta la finca en que prestaba sus servicios. Allí, bajo los árboles, creía durante algunas horas que podía recomponerse mi vida. El sol calentaba suavemente y yo leía, mientras los criados se encargaban de servirme el té. En aquellos instantes creía recuperar la pureza que había perseguido durante mis primeros días, pero, luego, la maldita noche volvía a descomponerlo todo. Se había iniciado la que iba a ser mi peor etapa en Mimoun…”

Mimoun es una pieza de orfebrería. Chirbes es el artesano que ha trabajado con el metal y lo ha transformado en una pequeña joya. No es una novela reconfortante, porque la vida de sus personajes está tiznada de desesperanza, pero es sumamente enriquecedora, primero, por su calidad narrativa y, segundo, porque nos abre otras puertas del alma que permanecen habitualmente cerradas bajo llave. Bajar a los infiernos nunca es alentador.

Sergio Barce, agosto 2016

Los extractos de la novela están tomados de Mimoun, colección Narrativas Hispánicas, de Editorial Anagrama, Primera Edición, septiembre de 1988.

 

MEDINA DE FEZ

 

UN CAPÍTULO DE «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Si buscáis una lectura para este verano, os recomiendo mi novela El libro de las palabras robadas, reeditada por Punto de Vista Editores en formato digital. 

EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS PVE

Os ofrezco la lectura de uno de los capítulos de esta novela que transcurre entre Málaga y Tánger, en una trama llena de intriga y secretos, una novela negra que no os dejará respiro.

Para adquirir el libro, podéis hacerlo a través del siguiente enlace:

http://puntodevistaeditores.com/catalogo/el-libro-de-las-palabras-robadas/

 

DALILA Y EL RUBIO

−¿Cuál es el primer recuerdo que conservas de Dalila?

Miré a Moses Shemtov, inseguro, pero no dudé al responder: la recuerdo junto a mi madre… Estábamos Silvia, Ágata, Dalila y yo sentados en una mesa, en la Pastelería La Española −Moses sonrió en cuanto nombré algo que le era tan entrañable−. Hacía mucho frío, y nos sirvieron unos vasos de chocolate humeantes con una bandeja de pasteles. Sólo logro evocar el sabor del chocolate líquido en mi boca, cómo quemaba. Sin embargo no sé por qué estábamos allí. Supongo que esperábamos a mi padre.

−Volvamos a la escena de tu novela −sugirió entonces Moses−, ésa en la que los protagonistas se dicen adiós definitivamente en el aeropuerto; y haz un esfuerzo, piensa en el instante en el que tus padres se despedían en el muelle de Tánger. Tómate todo el tiempo que necesites, pero quiero creer que es algo importante para ti.

Entorné los ojos, dando la última calada a mi pitillo antes de aplastarlo. El humo se elevó señorial, lento, igual que el que escapaba de las chimeneas del Ibn Battuta. Todo seguía ahí.

−El día anterior habíamos estado en la Plaza de Toros. Entramos después de que mi padre convenciera a un guarda que dormitaba bajo la sombra de una puerta entreabierta. Yo estaba junto a Dalila. Su mano se posaba en mi cuello y yo olía su perfume profundo y agradable. Mi padre nos miraba desde la puerta y nos sonrió, haciendo que nos acercásemos con un ademán. Dalila me cogió de la mano. Su vestido rojo rozaba mi brazo, sus tacones resonaban en el suelo y el portero la miró como si jamás hubiese visto una mujer igual. La penumbra del interior me hizo detenerme un instante, lo justo para que nos acostumbrásemos a la oscuridad, pero en seguida Damián nos guió hasta la puerta de cuadrillas. Entramos al ruedo por uno de los burladeros, eso me divirtió, y comencé a jugar por el callejón, entrando y saliendo por los otros burladeros, mientras Dalila y mi padre se dirigían al otro extremo. Damián hizo que ella se sentara en medio del tendido, yo los observaba desde la propia barrera, y notaba que algo especial había en sus miradas. Ella reía, y mi padre la fotografió varias veces.

−Ya vale, cariño –dijo ella en algún instante.

No me asombró en absoluto que llamara cariño a mi padre, imagino que a mi edad ciertas sutilezas pasaban por alto con facilidad.

−Sólo una más –suplicó él, absorbido por su entusiasmo.

Dalila me miró, y nos sonreímos de nuevo. Ella me gustaba. Tenía una manera dulce de posar sus ojos, su boca albergaba un algo que me perturbaba, era demasiado niño para darme cuenta entonces de que simplemente me atraía. Bajó al ruedo, y me abrazó. Yo me dejé hacer porque sentir sus turgentes pechos aplastándose contra mi cuerpo pasó a ser el acontecimiento más extraordinario de todos mis viajes. Me rendí a ella.

Salimos de allí, Dalila asida del brazo de mi padre y yo a su mano, a la que me había entregado como un esclavo. Sólo deseaba que en cuanto estuviésemos en el hotel volviera a abrazarme de la misma manera. Sus pechos se habían convertido en el centro del mundo, e imaginarlos desnudos una profesión de fe.

Cuando llegamos al Continental ambos caminaban a una distancia prudente. Yo seguía atado a la mano de Dalila, a su perfume, al bamboleo de su falda roja que, de pronto, me insinuaba unas pantorrillas prohibidas. Había descubierto algo que hasta entonces jamás me había interesado: las mujeres. Pero en ese instante Dalila era la única mujer del universo que merecía mi atención. Trató de zafarse de mi mano, pero yo me resistía y, tras un suave tirón, desistió de intentarlo de nuevo. Subimos. Notaba que entre ellos había de pronto una distancia insalvable pese a que sólo estaban a unos centímetros uno del otro. Caminábamos por el corredor. La puerta de nuestra habitación se abrió, y Ágata apareció allí en medio, sin decir una palabra. Nos detuvimos, Dalila apretó mi mano y yo le correspondí haciendo lo mismo. Eso me hizo sentir especial, importante. Mi madre volvió a la habitación sin cerrar la puerta.

−Te amo –susurró él con tan escasa energía que creí que había dicho otra cosa.

−No vas a decirle nada…

La voz de Dalila se quebró, y noté que su sangre se congelaba, que sus dedos se contraían, y un segundo después sus labios se posaron en mi cara y noté que humedecía mi piel, no con ellos, sino con las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. El rimel se le había corrido, y su rostro parecía ahora demacrado y sucio. Me conmovió de tal modo que se libró de mi mano sin apenas esfuerzo, ni siquiera me había dado cuenta de que la soltaba, y entonces Damián me empujó hasta la habitación donde nos esperaba mi madre, callada como una tumba, perdida su miraba a través de la ventana. Yo me dirigí en seguida al dormitorio, sin detenerme a escuchar lo que comenzaban a decirse en voz baja, embrujado aún por aquella mujer fascinante. Sólo podía pensar en el contacto de sus senos, en su boca perfecta y en sus ojos, en la manera como miraba a la cámara de mi padre.

Cuando Damián despertó, yo había sacado de nuevo la fotografía de Dalila. La estudié tan detenidamente que fue un milagro que no se borrara. Estaba allí de nuevo, en la plaza, magnetizado por su manera de posar para que Damián consiguiera la imagen que guardaría con celo hasta entonces. Dalila no lo sabía aún, pero mi padre perseguía captar su donaire, su perfección, su aliento vital, y robárselo. Lo confesaba en las cartas, compungido, avergonzado y seguramente arrepentido. Y entonces me di cuenta de que Silvia tenía razón cuando me decía en su casa que algo había ocurrido en Tánger, porque Damián no buscó ningún campo de fútbol para fotografiarlo, como siempre había hecho antes. La respuesta estaba ahí, en ese retrato de Dalila, en esa visita a la Plaza de Toros de Tánger donde mi padre se olvidó del resto del mundo. Lo gracioso era que yo también me había enamorado de ella. Fue un amor infantil, virgen, el amor que se experimenta al abrir los ojos por primera vez al deseo, a la cándida atracción.

Al encontrarnos de nuevo en el puerto, mis cinco sentidos se pusieron en alerta. Quería volver a olerla, ansiaba tocarla, imploraba que sus labios me rozasen, incluso escuchar su voz se antojaba atractivo. Todo fue, sin embargo, rápido y frío, como si las cosas hubiesen de ocurrir por pura inercia.

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LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 5

 

Larache - jardín de la Espérides y Castillo de las Cigueñas

Esto se llama JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES, Larache, y siempre seguirá siéndolo

***

LARASHE L’EZZIZA

Cunando me aleshi de ti mi Larashe,

no jammei que no te volvería a ver.

Larashe de mi niñez de mi mancevez,

mis mejjores años pase contigo.

 

La vida me levo tan leshos de ti, a una resiya estraña,

tierras mares tantas leguas me separan de ti,

pero siempre te levo bien dentro de mi corassón,

mi hermozza, mi Larashe l’ejbiba.

 

Soño con tus blancas cazas, con tus playas risueñas,

¿quien lalea por tu arena?

en ella deshi mis huellas.

¿Quien atraviese el río en la barca?

todavia oigo nuestras rizas,

cunando nadabamos hacia los vapores Portugueses

que venían a peshcar los boquerones.

 

Loz marineros moz ofrecían

vino tinto y boquerones fritos,

que uen tiempo pasabamos,

me sacreaba enseguida

ellos se areían de mi.

 

Tu balcón shalea en el sol,

no hay joya máz endiamantada más fermozza

en todo l’atlantico.

Mizmo tus leones siguen impasibles,

taleando fielmente

sobre el mentado Jardín de las Esperides.

 

Un abel’ha de sicretos guarda esejardín,

de amores enjubilados,

de aventuras prohibidas,

de lágrimas vertidas.

 

Larashe l’eziza anque stoy tan aleshada

sempre m’acodro de ti,

en mi alma te tengo scondida,

tantas membranzas alegres me deshates,

no quero morir sin verte otra vez.

 Versos en jaquetía de Mercedes Dembo Barcessat

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Larache 1928

LARACHE 1928

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Plaza de España de Larache

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Obras en el ferrocarril Larache-Alcazarquivir (de la web de spanishrailway)

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1955 – Ferrocarril Larache-Alcazarquivir – Foto de David Martindell  (de la web spanishrailway)

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Zoco Chico de Larache

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CALLE DEL HOSPITAL

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Residencia del Baja

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Vista aérea de LARACHE

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«HUELLA JONDA DEL HÉROE», UN LIBRO DE MONTERO GLEZ

TANGER  - Cuevas de Hércules

TÁNGER  –  Cuevas de Hércules

Hace unas semanas, me llegó un regalo inesperado por correo postal. María, una amiga, me enviaba un libro. No me explicaba la razón por la que me lo mandaba, porque no acompañó ninguna nota al regalo. Me resultó curioso tanto el hecho de que no hubiese ninguna efemérides cerca que justificara el regalo (pero qué mejor regalo es el inesperado) como el título del libro: Huella jonda del héroe. Comencé a leerlo, y no tardé mucho en comprender porqué María lo había elegido: Marruecos formaba parte de su trama, y, más en concreto, Tánger… Y para más inri, un tema recurrente en el libro es el jardín de las Hespérides. Eso es lo que nos une, entre otras cosas, a María y a mí: nuestro Jardín de las Hespérides de Larache. Ya lo entendía.

…El rey de Micenas encargó a Hércules guindar las manzanas de oro de un jardín; de un vergel fabuloso situado a la salida de Tánger y cerca de Asilah, habitado por las sobrinas de Atlas, conocidas como las Hespérides. Pero en su camino, Hércules se encontraría con un pillete gigantesco de nombre Anteo que le provocó de la misma forma que hoiy provocan al turista todos esos pícaros consumidos por la fiebre.

Hércules mantuvo una pelea a muerte con Anteo, un combate donde nuestro héroe los tuvo difícil pues Anteo era hijo de la Tierra y esta, cada vez que su hijo caía al suelo derrotado, le daba nuevas fuerzas. Así hasta que Hércules lo levantó en el aire y lo ahogó entre sus nervudos brazos. A continuación, el vencedor alivió toda la rabia genital  contenida en la pelea. Lo hizo por todos los agujeros del cuerpo de la viuda de Anteo, una mujer dulce y malvada a la par, como son algunas drogas, y de nombre Tingeria. Hércules se enamoraría de tal forma que fundó una ciudad en su honor, y le puso su nombre: Tánger.

(…)

Huella jonda del héroe

Curioso este libro de viajes. Montero Glez, con una prosa rica y muy ágil, combina elementos tan dispares como inesperados: Tánger, Hércules y sus trabajos, el mencionado jardín de las Hespérides, Camarón de la Isla, Kiko Veneno, los monos de Gibraltar, la grifa, el flamenco, los Rolling, viajes que sólo existieron en la mitología y viajes reales, Paul Bowles, Rancapino, el cante jondo, Cádiz, Triana, Sevilla, el Peñón… Confieso que me lo he pasado muy bien con este libro, muy bien. Te ríes, sonríes, descubres anécdotas curiosas y llegas a un Tánger muy diferente al que has tenido ocasión de conocer o imaginar. Montero González construye un universo tan personal como sugerente, fascinante, rico en matices y en giros inesperados… Sólo lamento que su jardín de las Hespérides lo sitúe en Tánger y no en Larache, pero es la eterna disputa. Para mí, siempre estará en Larache, entre otras cosas porque así lo dejó dicho Plinio el Viejo, y ya se sabe que más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Esta obra fue galardonada con el Premio Llanes de Viajes de 2012, y realmente uno viaja a donde no podía imaginar cuando comienza a entrar en estas páginas llenas de música y de imágenes vertiginosas. Es otro libro con el que te trasladas a Tánger (llamativa la eclosión de títulos publicados en los últimos años de novelas, poemarios y libros de viajes ambientados o referidos a la ciudad tangerina), pero éste en concreto es probablemente uno de los más insólitos y originales. Así que tengo que agradecerle a mi amiga María que tuviese el impulso de regalármelo, sin más, sin una razón conocida. Gracias, María.

Para M.O. / Sergio Barce

(…) …De  premio, la bella Tingeria recibió los fluidos mitológicos de Hércules en su vientre, alumbrando un hijo luchador de nombre Palemón y fundando, en honor de Tingeria, la ciudad del pecado: Tánger, desde donde escribo estas líneas.

Es noche, a esas horas en las que las calles están vacías y los gatos se ponen a rebuscar por los cubos de basura, a la puerta de los cafés. Por lo que alcanza mi oreja, además de un eco místico, hay denuncia en sus maullidos. Las hambres siempre fueron poco originales, vienen a asegurarme. Mientras los gatos se revuelven, aparece un hombre que lleva un mono en sus brazos. Lo conozco de vista, a él y a su mono que, nada más verme, se abalanza hasta mi cabeza. Es experto en despiojar. Animalito.

Yo me dejo, y mientras el mono busca parásitos entre mis cabellos, me da por pensar que las costas son gemelas porque antes estaban pegadas. Prueba es la fauna del Peñón con sus famosos monos, una especie de macaco que se conoce como <mono rabón>, que es mono africano de rabo corto y que, por llevar la contraria a la mitología y no por otra causa, los científicos indican que llegó a nuestra península con el único fin de entretener a la población inglesa de la Roca…

Los fragmentos del libro están tomados de Huella jonda del héroe, Imagineediciones, Primera edición, abril de 2012.

Montero González

Montero Glez

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