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LARACHENSEMENTE

Plaza españa

Dado el estado de encierro obligatorio por el que pasamos, os invito a salir y caminar larachensemente. Para ello, aquí tenéis uno de los relatos que forman parte de mi libro Paseando por el zoco chico, larachensemente (Ediciones del Genal – Málaga, 2ª edición 2015). Espero que su lectura os haga disfrutar y os arranque una sonrisa.

https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/1615869-paseando-por-el-zoco-chico.html

Es el mes de julio. Hace calor. Ahmed baja por la avenida Hassan II, saluda a un par de conocidos que levantan la mano a modo de respuesta en la puerta del Valencia y continúa caminando. Los pasos de Ahmed son lentos, no tiene prisa, y cuando hace este calor prefiere tomarse las cosas con tranquilidad. El atardecer se vislumbra sobre las palmeras de la plaza de España.

Se sienta en la esquina de la terraza del Café Central, en una de las sillas situadas ya al final de la avenida, casi en la esquina. Pepe Osuna lo saluda con un movimiento de cabeza, desde otra mesa. La rotonda de la plaza empieza a desperezarse de la tórrida tarde y ya se ven algunos grupos de amigos pasear de un lado a otro. Algunos dan vueltas a la plaza con lentitud, larachensemente, deteniéndose una y otra vez mientras discuten de algún asunto sin importancia. A esos paseos por la rotonda los larachenses lo llaman grabar un disco.

Pasan diez minutos antes de que Hamid salga del local, con su eterna sonrisa, y le pregunta a Ahmed qué va a tomar. Qué va a ser, responde encogiéndose de hombros. Hamid suelta una risotada y regresa sobre sus pasos. Ahmed lleva treinta años sentándose en el mismo lugar, y siempre pide café solo. Pero a Hamid le gusta preguntarle para que siempre le responda enfurruñado qué va a ser.

Apoya el codo en la mesa y posa la frente en la palma de la mano, como si reflexionara profundamente. En realidad da una leve cabezada, y cuando abre los ojos se encuentra su vaso de café humeante junto a un vaso de agua Sidi Harazem que Hamid, sin perturbarlo, ha dejado en la mesa hace unos minutos. Le gusta el olor del café. Lo aspira. Da un sorbo ruidoso. Mira de reojo a la izquierda, y descubre a Dris Capone discutiendo con Mustapha, el secretario del Consejo Municipal. Luego, los ve besarse en la mejilla y separarse.

Bebe otro poco. En la mesa de al lado se ha sentado Sibari con un español al que no conoce. Se estrechan las manos.

Assalam âlaykum.

-Hoy estás más viejo que ayer, jay.

-Y tú más guapo.

Es así como se saludan desde que tienen memoria. Y no añaden una coma.

Ahmed oye hablar a Sibari con el joven, se entera de que es un poeta que viene a presentar en la Casa de la Cultura un libro que ha escrito sobre jarchas y endechas. Hay unas jornadas culturales organizadas por varias asociaciones locales. Le oye expresarse con palabras atropelladas, y a Sibari tomarle el pelo.

Llegan Abid y Serroukj, que se sientan con los dos escritores. Le dan las buenas tardes a Ahmed que da otro sorbo a su café mientras estudia al grupo de soslayo. El recién llegado les pregunta si suele ir mucha gente a las lecturas de poesía, le dicen que sí, bueno no mucha gente pero la suficiente, en realidad, añade Serroukj, a estos eventos suele ir siempre la misma gente. Pero le dicen que tranquilo, que va a estar bien. Ahmed mira de nuevo por el rabillo del ojo. El escritor está inquieto, echa un vistazo a su reloj una y otra vez.

Abdeslam Kelai se ha acercado por la plaza y lo sorprende dándole unos golpecitos en el hombro. Ahmed arquea las cejas, le da la mano a Abdeslam, retira una silla para que pueda sentarse a su vera. Le pregunta si ha visto a Mounir.

-No sé quién es Mounir –replica Ahmed con desgana.

-Sí, hombre, vive en la calle Real. Su padre tiene un puesto en el Zoco y…

-No me hagas pensar, Kelai… Llevo todo el día con dolor de cabeza.

-Lo conoces –zanja Abdeslam antes de pedir un té a Hamid.

Con un gesto le pregunta quién es el que anda con los tres poetas. Ahmed se encoge de hombros, da otro sorbo a su café, que ya empieza a estar templado, y dice:

-Otro poeta. Y me parece que viene con prisas.

Kelai pone atención y oye fragmentos de la conversación de al lado. Abid le explica al forastero que está a punto de publicar un poemario, pero el otro le replica preguntando si no deberían ir ya camino de la Casa de la Cultura, porque solo quedan quince minutos para la hora en la que ha de presentar su libro.

-Tranquilo –le dicen los tres-. No hay prisas.

Llega Morad Jad y se sienta con ellos. El escritor le hace la misma pregunta al recién llegado.

Bilati, jay –dice Morad arqueando las cejas como si se su impaciencia le molestara.

-Pero quizá haya gente esperando…

-Estamos en Larache… -le dice Serroukj sonriéndole.

-Al que madruga, Dios no lo ayuda –ironiza Sibari.

Morad alza la mano y se la estrecha a Sibari sellando la frase anterior. Mientras, Ahmed hace un gesto con la cabeza y Hamid aparece raudo, le retira el vaso de café y, al cabo de dos o tres minutos, reaparece con otro vaso humeante.

-¡El segundo!

-¿Por qué levantas la voz, jay? –se queja Ahmed-. ¿Quieres que todo el mundo sepa cuántos cafés me tomo?

-Sidi, siempre te tomas dos. Y todos lo saben –le replica Hamid riendo su propia broma.

Ahmed menea la cabeza de un lado a otro en un gesto de infinita paciencia. Pero de pronto se queda muy quieto, con el vaso de café entre los dedos, en el aire, a medio camino. Acaba de descubrir a Filali avanzar a su encuentro, a la altura del Café Lixus, dirigiéndose a la terraza del Central, sin ninguna duda, y viene directamente hacia el lugar donde él se encuentra plácidamente tomando sus dos cafés del atardecer. El rostro de Filali está algo alterado, y eso es señal de contratiempo, de disgusto, de discusión. Ahora parece que la cabeza le va a estallar de verdad.

Aunque sabe que ya es tarde para escabullirse, hace un amago, pero está atrapado entre la mesa que tiene delante y Kelai a un lado y Sibari y sus acompañantes al otro. Así que aguarda ahí sentado, estoico, y se hace el despistado dando un largo trago a su segundo café, pero ya no lo disfruta de la misma manera, y hasta le sabe amargo. 

Filali se planta al fin frente a su mesa, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón; los brazos dejan abierta la chaqueta y al descubierto su prominente barriga. Levanta el mentón al dirigirse a Ahmed.

-Tengo un problema con tu hijo… -dice como preámbulo.

-Entonces ve a hablar con él –responde Ahmed.

-No, no… Estoy harto de él, y por eso te he buscado.

-Deja a Ahmed tranquilo –tercia Sibari.

-No te metas en lo que no te importa –dice Filali con mal humor.

-Vale –responde el otro volviendo a sus cuitas con los otros poetas. Pero en realidad todos ponen su atención en lo que viene.

-A ver, ¿qué ha hecho mi hijo?

-Lo hace todo mal, sidi. Todo. Tú has sido el mejor carpintero de Larache, te lo digo con la mano en el corazón, pero desde que tu hijo se ha hecho cargo del negocio…

-¿Cuál es el problema? –la voz templada de Ahmed se desliza como un susurro, sin alterarse, ni sube de tono ni se destempla.

-Mira, jay. Le encargué un armazón de madera para un sillón. Es para mi anciana madre. Quiero que esté cómoda cuando se ponga frente al televisor o esté cosiendo. Esta mañana lo ha llevado a mi casa, lo ha dejado en medio del salón, y Larbi el tapicero ha traído hace un rato el sillón con la nueva funda que le ha puesto… Ha quedado muy bonito, de verdad. Pero cuando mi madre se ha sentado, ¿sabes qué ha pasado? –los parroquianos, incluso Pepe Osuna, estiran los cuellos para no perder onda, para escucharlo todo-. Que el sillón se ha caído hacia atrás y mi madre, la pobre mujer, se ha dado un susto de muerte… Se ha quedado boca arriba…

-Vaya –Ahmed hace un gesto con las cejas, y luego tuerce la boca-. Un error de cálculo…

-¿Cómo? –Filali frunce el ceño y clava sus ojos en el rostro huesudo y pacífico de Ahmed.

-Un error de cálculo… Seguramente mi hijo no ha situado bien el punto de equilibrio. Si no hay simetría no hay equilibrio. Y si las patas de atrás son más bajas… Habrá medido mal los listones. No tiene arreglo.

-¿Cómo que no tiene arreglo? ¡Claro que tiene arreglo! –la voz de Filali comienza a subir mientras las venas se le hinchan, y el escritor español que está sentado con Sibari y los otros, al ver el cariz de los acontecimientos, pregunta si no sería mejor irse ya a la Casa de la Cultura porque se está haciendo realmente tarde.

-Tranquilo, es temprano. Bilaaati… -le dice Abid.

-Ya son y cuarto… -protesta débilmente-. La presentación debería haber comenzado hace quince minutos, Mohamed Laabi debe estar desesperado, él es el moderador y no querría…

-No hay prisa –trata de tranquilizarlo de nuevo Serroukj, y le hace un gesto para que se calme y centre su atención en lo que dice Filali-. Laabi sabe cuándo llegaremos…

-¿Sabes cómo se arregla esto? –pregunta acercándose un poco más a la mesa de Ahmed-. Haciendo el trabajo como hay que hacerlo. ¡Bien!

-¿Ya le has pagado a mi hijo?

-¡Claro que le he pagado a tu hijo! Me pidió el dinero por adelantado…

-Eso te pasa por ser rico –le lanza Sibari con socarronería, y Filali se muerde los labios.

-Todo tiene solución, jay –dice entonces Ahmed con gesto fatigado-. Todo tiene solución menos la muerte… A ver.  Me dices que al sentarse tu madre en el sillón, éste se ha ido hacia atrás… ¿Sabes lo que hay que hacer? –Filali frunce el cejo esperando la sentencia de Ahmed-. Apoyar el sillón contra la pared, jay. Lo empujas, lo pegas a la pared del salón y safi baraka.

-¿Safi baraka?

Safi baraka, pero de verdad –vuelve a pinchar Mohamed Sibari que se parte de la risa.

-¿Crees que eso lo arregla todo? –el color del rostro de Filali se ha tornado granate, a punto de ebullición.

-Claro que lo arregla. Ya verás como tu madre no vuelve a caerse…

Desconcertado, Filali se queda mirando a Ahmed sin saber muy bien qué hacer. Mientras, el anciano da otro sorbo al café y mira distraídamente hacia la plaza, como si buscara con la vista a alguien. En realidad solo quiere que le dejen en paz para acabar su segundo cafelito.

-Esto no va a quedarse así –farfulla Filali exasperado, pero opta por marcharse y ni siquiera se despide-. Esto no va quedarse así…

-¡Dile a tu hijo que arregle ese sillón, Ahmed! -dice alguien-. Como vuelva a caerse esa mujer…

-Mañana será otro día –dice Ahmed en un murmullo. Y hace un gesto con la mano, como si espantara una mosca.

Pasan dos o tres hombres camino del Club de Funcionarios de Larache, lo saludan.

Ualikum as´alám.

-Kif entsá. Al ajer, el hamdulilá.

Kulshi misián?

-Hamduliláh.

-¿Te vienes a jugar al dominó? –le pregunta uno de ellos a Ahmed.

-Hoy no puedo. Tengo que solucionar un problema de mi hijo.

-¿Vas para el taller?

-No. Mañana. Pero tengo que pensar tranquilamente. Encontrar el punto de equilibrio…

Waha, sidi.

Los funcionarios jubilados continúan su camino, y los poetas se incorporan para marcharse ya a la Casa de la Cultura cuando El Guennouni llega con Rachid, vienen de la Librería Al Ahram.

-No os levantéis, el músico ha avisado de que se retrasa…

-¿No viene el músico? –pregunta el poeta español.

-Sí, pero el hombre tendrá que hacer algo antes… Y sin música, ¿cómo vas a leer tus poemas? Queda mejor con su acompañamiento de la guitarra…

-Pero ya es muy tarde…

-En Larache todo se hace larachensemente –le explica Rachid con una sonrisa torcida en sus labios, socarrona-. Si te dicen que algo empieza a las siete, hasta las ocho no aparece nadie… Shuia, shuia

Ahmed ve que el escritor español da un suspiro y que vuelve a mirar su reloj. Está absolutamente desencajado.

-¡Sidi Mohamed! –interpela a Sibari-. Dile a ese joven que no tenga tanta prisa, me está poniendo nervioso…

-¡Joven! –le dice entonces Sibari al poeta-. Que dice este venerable anciano que haga el favor de no estresarlo.

Pero antes de que pueda replicar algo, todos se quedan por un momento petrificados.

-Ahí viene… -murmura alguien.

Una mujer se acerca caminando desde la avenida Mohamed V en dirección a la de Hassan II, rodeando la manzana. Tiene que pasar por delante de ellos. Todas las tardes pasa por delante de ellos. Es una mujer altiva, orgullosa, que viste una chilaba negra ceñida. Lleva el cabello negro recogido en un moño, los ojos, inmensos, enmarcados con el khol, los labios afrutados. Sabe que llama la atención, y camina a un ritmo que no es ni muy rápido ni muy lento.

-Una diosa… -se oye en la mesa que ocupan Ragala, Aziz y Majid.

-Una estrella ha caído del cielo –dice otra voz desde el lugar donde están sentados Abderrahman Lanjri, Chrif Tribak, Rachid, Kasmi y Yebari. El Hach suelta una carcajada.

La mujer esboza una insinuación de sonrisa, como si se contuviera. Tiene unos ojos tan espectaculares que, al mirar un segundo a las mesas del café, sus pupilas parecen posarse en todos los que la observan pasar. Es como si dominara el aire, como si la brisa se detuviera, como si el reloj se parara. Nadie dice nada.

Ahmed se yergue en su silla, la observa, contiene la respiración. Se lleva una mano al pecho.

-A este hombre se le ha parado el corazón –dice alguien, y la mujer mira de reojo a Ahmed, lo ve con la mano pegada al pecho, y se tapa la boca para ocultar su risa.

-¿Quién dijo que las flores no andan?

-Si esos ojos se posaran un segundo en mí…

Los comentarios se suceden hasta que la mujer, que no ha alterado el ritmo de sus pasos, se aleja y deja la terraza sumida de pronto en el silencio. El poeta pregunta quién es.

-Un sueño que cada tarde pasa por aquí –le explica Sibari.

Ahmed saca unas monedes, hace un gesto y Hamid se acerca a él. Le cobra los cafés, y lo ve beberse el vaso de agua.

-Me tengo que marchar –dice.

Hamid le sonríe. También saben que hasta que no pasa esa mujer misteriosa, Ahmed no se mueve de su poltrona. Así que la rutina se cumple un día más.

-¡Hamid! Cobra por aquí que nos tenemos que marchar…

Los escritores y sus acompañantes se ponen en camino. Van con una hora de retraso al acto de la Casa de la Cultura, pero avanzan muy despacio porque saben que no llegan tarde. Shuia, shuia. Ahmed los sigue a corta distancia, oyéndoles hablar. Lleva las manos cogidas a la espalda, pensando en el error de su hijo al hacer el armazón de madera, pero es un pensamiento vago y lejano, en realidad es algo que puede esperar.

Se cruza con Curro, que se dirige a la Casa de España. Se estrechan la mano, se preguntan por la familia. Curro camina tan despacio como Ahmed, y también lleva las manos cogidas a la espalda. Es una forma de caminar muy peculiar, es la manera de hacerlo de todo el que no va contrarreloj. El aire es cálido, huele a azahar y a mar, un buen atardecer para terminar el día sin prisas. Larachensemente.

Sergio Barce 

 

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

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LARACHE VISTA POR… EL MORO VIZCAÍNO

JOSE MARIA DE MURGA, EL MORO VIZCAÍNO

JOSÉ MARÍA DE MURGA, EL MORO VIZCAÍNO

En su libro Larache a través de los textos (Junta de Andalucía – Consejería de Obras Públicas y Transportes, 2004), Lola López Enamorado recoge, entre los distintos textos, el relato del moro vizcaíno José María de Murga y Mugártegui (Bilbao, 1827 – Cádiz, 1876), redactado en el siglo XIX. De Murga fue un viajero, militar y escritor español que participó en la Guerra de Crimea como agregado de la comisión española. Había estudiado árabe en París, y en Madrid se doctoró en cirugía menor. Abandonó el ejército tras no poder participar en la Guerra de África, y en el año 1863 emprendió su primer viaje a Marruecos que hizo vestido con chilaba y con la compañía de un asno, haciéndose pasar por renegado bajo el nombre de Hach Mohamed el Bagdady. En Marruecos trabajó como curandero, exorcista, sacamuelas, partero e incluso de buhonero. En ese viaje recorrió Tánger, Tetuán, Larache, Alcazarquivir, Mequinez, Fez, Salé, Rabat y Fedala, y luego regresó a España. Fruto de esta experiencia es la obra titulada Recuerdos marroquíes del Moro vizcaíno, publicada en Bilbao en 1868, por la Imprenta de Miguel de Larumbe. Un compendio de impresiones, historia, observaciones etnográficas, radiografía social y reflexiones producto de sus vivencias. Encargó doscientos ejemplares y se los regaló a sus amigos de un lado y otro del Estrecho.

(También hay una publicación más actual de la obra en Miraguano Ediciones)

RECUERDOS MARROQUÍES de José María de Murga miraguano ediciones

En 1870 fue nombrado diputado general del Señorío de Vizcaya, y aunque realizó un segundo viaje a Marruecos, hubo de cancelarlo al poco tiempo de partir, y ya nunca pudo regresar, pese a sus deseos por hacerlo.

Estos datos los aporta tanto Lola López Enamorado, como Federico Verástegui, estudioso de la figura del arabista vasco, y que se puede hallar en el Blog de Roge:

https://blogs.eitb.eus/rogeblasco/2009/09/30/federico-verastegui-recuerda-a-jose-maria-de-murga-%E2%80%9Cel-moro-vizcaino%E2%80%9D/

RECUERDOS MARROQUÍES de José María de Murga

Lola López Enamorado seleccionó un largo extracto de ese relato del moro vizcaíno, del que extraigo únicamente los primeros párrafos:

“…Un encuentro sangriento junto al río de los Judíos (inmediaciones de Tánger) y en el que, aunque vencedor, salió con vida (el rey portugués don Sebastián), merced a su valor desesperado y temerario, no hizo sino afirmarle en su idea de empeñarse en empresas de más cuenta y, apenas puesto el pie en sus Estados, empezóse a ocupar de los preparativos para ella. Con ánimo tan dispuesto no le fue muy difícil dar oídos a las promesas del destronado Cherif ni a este el asegurarle que, apenas desembarcados, el país se sublevaría en masa a nombre suyo y que recibiría, en cambio de su ayuda, muy grandes y ventajosos territorios. Uno de tantos, y que no lo era poco en aquel tiempo, y aun muchos años después, era el puerto de El Araich (Larache) próximo a la boca del Estrecho y verdadero nido de piratas, donde no sólo se abrigaban los africanos sino también los turcos, según se convinieron con el usurpador Abd-el-Melec al darle ayuda.

(…) Obligado se vio don Sebastián a comprender que sus fuerzas no bastaban y abatido y caviloso acudió a su tío el Rey de España, hermano de su madre doña Juana, en demanda de auxilios y de ayuda. Entabláronse las negociaciones por medio del Embajador don Pedro de Alcanora, al que se envió a pedir a Felipe II la mano de su hija Isabel Clara Eugenia. Diole largas en cuanto al matrimonio y le prometió soldados y galeras en número bastante para hacerse dueño del puerto de Larache el que, según expresión del Rey de España, valía él solo todo el África…”

LARACHE A TRAVÉS DE LOS TEXTOS

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MINA

Lástima no contar más que con esta fotografía o al menos haber podido conservar alguna otra con mejor calidad. Pero es lo único que, de aquellos años, guardo de recuerdo de Mina, la mujer que me cuidó de pequeño en Larache, la que preparaba aquellos platos inolvidables de cuscús, harira y tayine, la que me llevaba al farrán para sentarnos allí hasta que el panadero nos entregaba las tortas recién hechas y los dulces que Mina había preparado previamente en casa y que allí se horneaban sin prisas. En el farrán permanecíamos con las manos enlazadas observando absortos las llamas, y, cuando yo desviaba los ojos para mirarla, el resplandor del fuego se reflejaba en la negra piel de Mina, como si se tratara de una mujer hecha de ébano.

Algo de esto lo narro en Mina la negra, uno de los relatos que forman parte de mi libro Paseando por el zoco chico, larachensemente (Ediciones del Genal – Málaga, 2015 – ISBN-978-84-16021-67-3).

MIGUEL A, SERGIO, MINA Y MARISOL Y MONI

Miguel Alvarez, Sergio Barce, y MINA entre Marisol y Mónica Barce, en el cumpleaños de Mónica

Tardé 32 años en reencontrarme con Mina. Jamás olvidaré ese momento. Tan emocionante, tan triste, tan alegre. Fue una borrachera de sensaciones. Nos mirábamos y Mina no dejaba de sonreírme. Pese a la ausencia, a la distancia, a la frontera del tiempo, y sin ni siquiera ser conscientes de ello, nuestro cariño seguía intacto. Bajo la mtarba que se aprecia en esta segunda foto, detrás nuestra, Mina guardaba el pequeño  molinillo de metal con el que me preparaba sus pastas. Treinta y dos años aguardando a que regresara para prepararlos de nuevo. 

Mina sigue en mi corazón.

Sergio Barce, marzo 2020

mina y yo

MINA Y SERGIO, 32 años después

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ENTRE «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS» Y «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER»

EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS

(Ediciones del Genal – Málaga, 2016)

ISBN – 978-84-16871-01-8 

“Entre Málaga y Tánger, entre tiempos presentes y pasados, entre recuerdos que transitan en la memoria del protagonista, Barce compone una novela negra llena de amor por los libros, el cine y los ambientes cargados de humo.

Víctor Pérez, poeta”

SB Y MIS LIBROS

LA EMPERATRIZ DE TÁNGER

(Ediciones del Genal – Málaga, 2015)

ISBN – 978-84-16021-46-8 

Finalista del XVII Premio de Novela

“Vargas Llosa” 2012

&

Finalista del XXII Premio de la Crítica

de Andalucía de Novela 2016

Tánger, ciudad Internacional. Finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta.

Augusto Cobos Koller es un escritor atormentado que desahoga sus frustraciones con la droga, el alcohol y las mujeres. Incapaz de llevar una vida ordenada, sus relaciones son tan caóticas como pasionales.

Durante una de sus noches de juerga, un capitán falangista es asesinado en extrañas circunstancias, y Augusto Cobos se convertirá  inesperadamente en uno de los sospechosos para la Policía  Internacional.

Mientras el inspector Barrada investiga lo sucedido, Augusto Cobos ve cómo su vida se va desmoronando mientras trata de encontrar desesperadamente a la mujer que lo redima, a su emperatriz.

En esta novela descubriremos personajes que, por diferentes razones, se refugiaron en aquel Tánger mítico: desheredados, fugitivos y aventureros, unos reales y otros ficticios… Esther Lipman, Emilio Sanz, las Gerofi, el capitán Iriarte, Paul y Jane Bowles, Ángel Vázquez…

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DE NUEVO, RICHARD FORD

  He dedicado algunos artículos a Richard Ford (sobre sus novelas Canadá y La última oportunidad, para ser más exactos, y también con motivo de la concesión del premio Príncipe de Asturias), y no es necesario decir que es uno de mis autores de cabecera. Desde Un trozo de mi corazón (A piece of my heart, 1976) hasta su último libro, pasando por su trilogía con Frank Bascombe como protagonista en El periodista deportivo (The sporswriter, 1986), El día de la independencia (Independence day, 1995) y Acción de gracias (The Lay of the Land, 2006), todo me parece de una calidad fascinante. Así que, de nuevo, regreso sobre Richard Ford.

Cuando cerré las páginas de su novela Incendios (Wildlife, 1990), me dejó esa sensación que suele habitar en sus historias, la de la devastación o al menos la de un triste vacío. Richard Ford tiene la habilidad de narrar esta pequeña tragedia desde el prisma de un adolescente que comienza a descubrir los sinsabores de la vida, pero tratándolo con un cariño casi protector. Percibimos a través de su relato el progresivo desengaño que va desbordando a ese personaje día a día, cómo su visión de la vida adulta va girando poco a poco hasta sentirse expulsado de ella, como si fuese un testigo incómodo de cuanto los mayores hacen o dejan de hacer.

INCENDIOS

Su padre, que ha ido fracasando en los objetivos que se iba marcando, se convierte de pronto en un brigadista que lucha contra el fuego durante tres días, jornadas que serán fundamentales para el futuro de Joe, que es como se llama el joven protagonista. Pero su padre no acabará siendo ningún héroe. Y su madre conocerá a otro hombre que a ojos de Joe no es sino alguien que le incomoda y que le hace verlo todo de forma turbia y compleja. Toda la vida de Joe queda patas arriba. Pero, como decía antes, Ford logra que nos alistemos al bando de este chico y que sintamos por él una especie de afecto y de simpatía, de compasión, e incluso a veces querríamos hasta protegerlo de la realidad.

“…Yo quería responderle algo, aunque no estuviera hablando conmigo sino consigo, o con nadie. No tenía intención de contarle a mi padre nada de aquello, y quería que ella lo supiera, pero no quería ser el último en hablar. Porque si decía algo, cualquier cosa, mi madre guardaría silencio como si no me hubiera oído, y yo tendría que vivir con mis palabras -fueran cuales fueren- tal vez para siempre. Y hay palabras -palabras importantes- que uno no quiere decir, palabras que dan cuenta de vidas arruinadas, palabras que tratan de arreglar algo frustrado que no debió malograrse y nadie deseó ver fracasar, y que, de todas formas, nada pueden arreglar. Contarle a mi padre lo que había visto o decirle a mi madre que podía confiar en mi absoluta discreción eran palabras de esa clase: palabras que más vale no decir, sencillamente porque, en el gran esquema de las cosas, no sirven para nada.”

(Fragmento de Incendios <Incendies>, con una elegante y cuidadísima traducción de Jesús Zulaika)

Rock Springs

Tan emocionante y conmovedor como la novela Incendios (Wildlife) lo es el libro de relatos Rock Springs (1987), igualmente primorosamente traducido por Jesús Zulaika. Se trata de diez narraciones que nos adentran en el mundo fordiano, lleno de pequeñas tragedias, casi siempre de la mano de un niño o de un adolescente, con familias devastadas por circunstancias que no controlan o provocadas de manera accidental o por el devenir de decisiones equivocadas o a las que empujan la propia vida diaria. En cualquier caso, sus páginas de nuevo se llenan de emoción y nos inunda a veces la compasión por estos personajes que avanzan de derrota en derrota.

“…Una conciencia tranquila es un asco de conciencia -le dijo Claude a su padre por la ventanilla…”

(Del relato titulado Niños)

Y es verdad, ninguna conciencia en los personajes que transitan Rock Springs es una conciencia tranquila. Richard Ford no nos deja indiferente ante ninguna de esas vidas que retrata de manera tan minuciosa y detallista. Hay pasajes memorables en este libro de cuentos, en el que no falta humor, cinismo, drama, y tragedias y pequeñas alegrías. El relato titulado Imperio es, sencillamente, magistral.

“…Sims vio por primera vez a Pauline en Spokane, en una fiesta. Una orgía de alcohol y drogas. Sims estaba sentado en un sofá, charlando con una persona. A través de la puerta de la cocina vio a un hombre pegado a una mujer, manoseándole el pecho. El hombre bajó la parte delantera del vestido de verano de la mujer y le dejó al aire ambos pechos; luego se puso a besárselos mientras la mujer le masajeaba el sexo. Sims comprendió que creían que nadie los estaba viendo. Pero cuando la mujer abrió de pronto los ojos se encontró con la mirada de Sims, y sonrió. Su mano seguía asiendo la verga del hombre. Sims no había visto una mirada más inflamada en toda su vida. Su corazón latió deprisa, y le asaltó una sensación como de ir pendiente abajo en un coche sin control en medio de la oscuridad. La mujer era Pauline.”

Desde Rock Springs, que da título al volumen, hasta el último de los relatos, Comunista, la magia de Richard Ford nos envuelve con su prodigioso dominio del cuento corto. No en vano, es uno de los narradores más poderosos y uno de los maestros indiscutibles del relato. Más aún, en mi mesita de noche tengo siempre a mano la primera edición de su Antología del cuento americano <Selección y prólogo de Richard Ford> (2001) que publicó Galaxia Gutenberg en 2002.

Escribe Ford lo siguiente en el octavo relato de Rock Springs, titulado Optimistas:

“…Las cosas más importantes de una vida cambian a veces tan súbitamente, tan irreversiblemente, que su protagonista puede llegar a olvidar lo más esencial de ellas y sus implicaciones; hasta tal punto queda prendido por lo fortuito de los sucesos que han motivado tales cambios y por la azarosa expectativa ante lo que habrá de suceder después. Hoy no logro recordar el año exacto del nacimiento de mi padre, ni cuántos años tenía cuando lo vi por última vez, ni cuándo tuvo lugar esa última vez. Cuando uno es joven, tales cosas parecen inolvidables y cruciales. Pero cuando los años pasan se desdibujan y se pierden…”

Qué maravillosamente retratado y relatado.

Maquetaci—n 1

Tras la lectura de Flores en las grietas. Autobiografía y literatura (1992-2006), traducido por Marco Aurelio Galmarini; de De mujeres con hombres (Women with men, 1997), traducido por Jesús Zulaika; de Francamente, Frank (Let me be Frank with you, 2014), con traducción de Benito Gómez Ibáñez; de Entre ellos (Between them. Remembering my parents, 2017), de nuevo traducido por Jesús Zulaika, creo conocer mejor el mundo de Richard Ford, y cada día me parece el más sólido de los escritores americanos en vida. No hay fisuras en sus historias, en su narrativa, en su manera de abordar los temas que le obsesionan. Noto la calidez en sus palabras, su esfuerzo por salvar del desastre a esos personajes que tratan de sobrevivir como pueden, que intentan de mostrar lo mejor de ellos mismos y que, sin embargo, son arrastrados por hechos que los sobrepasan. Devastación, pérdida, soledad, desengaño.

Escribe Richard Ford en su autobiografía, antes mencionada, Flores en las grietas:

“…El silencio ha sido siempre cómplice de mi ignorancia; y la ignorancia, la inadaptación y la falta de preparación han sido siempre mis temores más intensos y familiares. Nunca me acerqué a algo difícil y verdaderamente nuevo sin el miedo a fracasar, y pronto.”

Algo que también me sucede a mí.

Y ahora, a sumergirme en su última obra Lamento lo ocurrido (Sorry for your trouble, 2019).

Todas las novelas y libros de relatos de Richard Ford antes mencionados han sido editados por Anagrama.

Sergio Barce, marzo 2020 

Lamento lo ocurrido

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