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LARACHE – ALBUM DE FOTOS 5

Larache siempre ha sido un lugar vivo, dinámico, lleno de lugares donde encontrarse: la plaza de la Liberación, antes de España, el Balcón del Atlántico, el Zoco Chico, La Hípica, Santa Bárbara, los Viveros, la Gaba, la otra banda… Y luego sus cafetines, bares, restaurantes, casinos… Se me ha ocurrido hacer un pequeño recorrido por esos locales, muchos de ellos yo no llegué a conocerlos, y tendré que repartir en varias entregas las imágenes para poder mostrarlas todas. Aquí van algunas. Para empezar, unos amigos a la puerta del mítico Bar Selva.

Abajo, Ernesto Coloma y Manoli Parodi de tapeo por uno de los bares de Larache… Mª José Coloma aclara que sus padres están en el Bar de la Hípica, y que esta imagen se tomó durante la boda de Gladis Ford.Unos amigos, Cristóbal Ramírez y Guillermo, y también Manuel López Herrera, entre ellos, echándose una partida de billar, del que mi padre era tan aficionado. Siempre me cuenta lo bien que lo pasaba con sus amigos jugando al billar, supongo que añorando los tiempos de juventud.

Ange Ramírez me mandó hace mucho esta fotografía de Victoriano Gutiérrez con unos amigos compartiendo un trago. Están en El Pozo del Café Central. Al fondo, Paquito Osuna Nieto; con gafas, Rosell, y a su lado Juan Paz «el canario». Y a la derecha, Ceballos, el portero de fútbol.

Este creo que era el famoso Bar Cocodrilo.

Cualquiera de los bares de Larache traerá recuerdos a muchos. Aquí están Cabrera, Pilar, Pepe Jurado, Pepe Rubio…

Y el Bar La Marquesina, donde están, apoyado en la barra, Rosendo Zabala, y al lado su amigo y empleado Selam. Indica Antonio Recober que junto a Juan Fajardo, está Juan Soriano. 

Una imagen de Berros, Alba, Sebastián, Guillermo… Lamento no poder decir el nombre de todos los que aparecen en las fotografías, pero supongo que poco a poco podremos ir completándolas con los mensajes que podías enviarme cuando reconozcáis a alguien. Y así es como Pablo Serrano me aclara que quien tiene la mano sobre el hombro es su tio Juan, hermano de su padre, de la fundicion de Fajardo.

Una imagen del Hostal, que ha venido regentando Mula. Me acuerdo que una noche desperté sacudido por un temblor que movía mi cama de un extremo a otro de la habitación. Era un terremoto. Vivíamos entonces en el Balcón del Atlántico, y mis padres entraron en el cuarto y nos llevaron en volandas hasta el coche. La gente trataba de salir de Larache cuanto antes. Abajo estaba Marina, y José Miguel y Mari Carmen, y nos marchamos al Hostal a pasar la noche, a la espera de que la sacudida no se repitiera causando alguna desgracia. Siendo un niño, aquello fue una pequeña aventura, emocionante, y una buena excusa para luego jugar en el Hostal con el resto de los niños que, junto a sus familias, también se habían marchado allí y a la Gaba tratando de encontrar un lugar más seguro…

En esta otra foto, en otro de los locales larachenses: Forqué, Carlos, Paquito, Miguel, Carlos, Rafael, Yanko…  De las 3 personas sin identificar, Ana María Antón me indica que su padre es el que está a la izquierda de la foto, se llamaba José Antón Gutierrez, nació en 1933 en Larache y trabajó durante años en la gasolinera BP. Falleció en el 2005 llevando Larache siempre en su corazón.

Otro bar famoso de aquella época: el Bar Mauri. Carlos Nieto identifica en esta estampa al niño, que es Miguel Alvarez García, a la izquierda su tío Barroso, que tenía una barbería en la calle Chinguiti, y a la derecha a su padre, aunque no recuerda su nombre.

Y dando un pequño gran salto en el tiempo, nos metemos en el Restaurante Alkhuzaima, en la avenida Mohamed V, donde nos reunimos en 2004. Ahí está León Cohen Mesonero y esposa, que disfrutó ese viaje de regreso a su calle Barcelona.

Supongo que recordando a su padre a cada paso que dio por la ciudad. El padre de León, Jacob Cohen, fue un gran tirador al plato, qué buen ambiente festivo se vivía en el Balcón del Atlántico cada vez que se celebraba un campeonato, y él  ganó varios trofeos…

Y qué decir del Café Central, lugar neurálgico, imprescindible de Larache, situado en el edificio que domina la Plaza de la Liberación, y que todos los larachenses, de varias generaciones, han tomado siempre de punto de referencia o de reunión, y que ahora ha sido restaurado. En esta imagen, tomada hace unos años, Pepe Osuna, Mohamed Sibari y Carlos Amselem sentados en su terraza.

Pero en cualquier cafetín o cafetería bajo los arcos de la Plaza es un lugar magnífico para compartir un buen té con los amigos de siempre. Aquí estamos Abderrahman Lanjeri, Sergio Barce y Luisito Velasco. Y ahora veo la fotografía y me entran ganas de irme para allá.

En fin, Larache y sus rincones, sus bares, sus cafetines, sus restaurantes… Volveremos a dar otro paseo por ellos, desde la distancia del tiempo, y quizá nos sentemos en la terraza del Café Lixus, donde Jean Genet acudió tantas veces para refugirse en él con sus amigos, donde muchos larachenses pasaron y pasan momentos especiales, personales, intransferibles.      Sergio Barce, enero 2012

CAFE LIXUS

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LARACHE vista por… JAVI LOBO (2)

Mohamed Sibari & Javi Lobo

Ya hay imágenes captadas de Javi Lobo en este blog. Incluso adelanté que había fotografías suyas que retrataban «su» Larache en blanco en negro, y que esas eran estampas fascinantes. De entre las fotos que me envió, de las que hizo en blanco y negro, en tonos grises, con aroma añejo, he escogido ocho que hacen un empate entre las que captan el entrañable afecto por sus amigos y las que detienen el tiempo en las calles del pueblo. Estas últimas encierran una belleza sutil, casi modélica. Las otras respiran simplemente el tiempo de la amistad.

zapatos de segunda mano

Fernando y Miguel Angel

Esos zapatos, que vivieron la vida de otros, aguardando la llegada de quien de nuevo los hará caminar, pisar la tierra, sentir el latido de la impaciencia con una carrera, bien el taconeo de la espera de quizá una ilusión pasajera. Vemos puestos de zapatos viejos en el Zoco Chico como algo natural que, sin embargo, casi se ha desterrado de este otro lado del estrecho, pero que, para otra gente, sin recursos, siguen siendo casi un pequeño tesoro. Mientras, Miguel Angel y Fernando Pérez conversan animadamente en la Casa de España de Larache, bajo la atenta mirada de Javier.

Javier Lobo y Pelé

Es difícil imaginar la Casa de España de Larache sin Pelé, su amabilidad, su sonrisa. Ahí se le escapa junto a Javi, se les nota cercanos. También es difícil no pensar en la misma Casa de España sin Curro, que se marchó a Málaga no hace demasiado. Hay lugares que están indisolublemente unidas a ciertos personajes, eso las hace quizá más humanas, más nuestras. También me gusta esa imagen del mercado que ofrece lo que se puede  vender y que la cámara de Javi parece envolver en un halo de misterio, de lejanía, de sueño brumoso, como si fuese la mercancía de un legendario comerciante llegado a la calle Real desde Tombuctú. Es la magia del blanco y negro, de su blanco y negro…

Luego está la calle Mulay Ismail, mi calle de los primeros años de mi vida. Es una foto tomada antes de que derribaran el chalet de Gomendio, que se atisba a la izquierda. Ya entonces el viejo edificio del fondo, el más hermoso de Larache, comenzaba a desangrarse. Hoy es casi una ruina moribunda, pero hay orgullo en su perfil, en la altivez de su torreón, como si sacara pecho. Su gris pálido es como un escalofrío que recorriera a Javi mientras enfocaba y pulsaba, temiendo seguramente que un día no volviera a ver semejante belleza.

calle Mulay Isamil

Agustin Souza y Javi Lobo

Hay mucho más en las fotografías de Javi Lobo de lo que aparentemente vemos. Incluso en esos pequeños objetos, viejos y usados, que se venden en el zoco, vuelca tanta pasión por llevarse con su cámara a su Larache que termina por dejar algo de sí mismo. Tal vez sea un algo de nostalgia, quizá un mucho de rebeldía contra lo inevitable, y también mucho cariño por los amigos que un día estuvieron a su lado por esas mismas calles, decidiendo si subir al campo de Santa Bárbara o bajar al embarcadero y cruzar a la otra banda…

Sergio Barce, abril 2011

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LARACHE vista por… SARA FERERES DE MORYOUSSEF

En su exquisito libro “Larache, crónica nostálgica” (Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, 1996), la escritora larachense Sara Fereres de Moryoussef, se acerca a la ciudad en la que vivió y creció con la nostalgia propia de la distancia, tanto física como temporal. Igual que a otros autores, como León Cohen, Cristina Martínez o yo mismo, ese retroceder en el tiempo y en el espacio para recuperar la memoria del Larache particular de cada uno de nosotros, conlleva, casi ineludiblemente, el barniz de la idealización. Y es que, cuando la experiencia vital está llena de dulces sabores, las palabras brotan cadenciosas pero pasionales, trémulas a veces pero emocionadas. Sara Fereres no puede evitar una declaración de amor a Larache en cada página de su libro, que es una crónica nostálgica, sí, pero una crónica palpitante también.

Molly Benarroch, Jacobi Benay, SARA FERERES y Anita Benarroch

Se detiene en la descripción del Larache en la que Sara vivió, en cada calle, en cada edificio, y lo hace sin prisas, demorándose en los recuerdos.

Fue durante la década de 1940-50 cuando la ciudad tomó gran empuje. Se construía más, pues había mucha gente nueva de la Península. Casi todas las calles transversales ya tenían vivienda. Se abrieron nuevos comercios y se instalaron más bares y restaurante. Otro cine nuevo surgió, llamado María Cristina, y la gente se expandió viviendo hasta en lugares que antes eran campos pelados.

Como a unos cuarenta metros de nuestro edificio, atravesando la calle Cervantes, se encontraba el Banco Español de Crédito. Era un hermoso edificio cuyas paredes estaban cubiertas de mármol gris, si mal no recuerdo, y que aún existe. Un poco más adelante podíamos ver la única iglesia del pueblo. Pequeño pero atractiva. Muy sencilla, sin ningún estilo, aunque acogedora en su modestia. Estaba situada al fondo de una especie de plazoleta, decorada con macizos de plantas y flores, entre unos setos divisores. No era una gran cosa, sino más bien una iglesia muy adecuada para el pequeño pueblo que era Larache.

De los dos únicos quioscos de diarios y revistas que teníamos, el de Cremades era el más completo. Allí vendían toda clase de lecturas y comiquitas para los niños: Mari-Pepa, Juan Centella, Tarzán, El Fantasma, los de Walt Disney, etc… Cromos para coleccionar y cartones para recortar y armar barcos, casas, automóviles… Ahí no se vendían <chucherías>. Esto que existe hoy en todas partes era, durante mi infancia y parte de mi juventud, casi desconocido entre nosotros. Supongo que por esos mismo apenas había un par de dentistas o tres en Larache.

(…) Dejando atrás la iglesia y Cremades nos encontrábamos en la parte comercial de la avenida. El edificio de los Gallego, separado por un pasaje de otro edificio, la Banca Gallego. Los cafés o tascas, digamos más exclusivos, estaban allí mismo en la avenida: el Café Mau y el Canaletas, con la pastelería de Orozco que los separaba.

Para ir a la calle Chinguiti, el <paseo> de la ciudad, salíamos de la Canaletas y tomábamos a la derecha para entrar al pasaje que nos conducía directamente a ella. La avenida y la calle Chinguiti eran paralelas. En estas calles se encontraban los dos cines y una serie de comercios con toda clase de artículos. También las otras dos buenas pastelerías que teníamos: La Suiza, casi frente al Teatro España, y la <del valenciano> que era también heladería en verano y se hallaba casi al final del paseo. Lo mismo que La Suiza, estaba situada frente al otro cine llamado Cine Ideal.

(…) …teníamos el Cine Ideal que era eso, ideal. Bonito, nuevo y moderno, con asientos tapizados y todo él <sha´aleando>. Allí se estrenaban buenas películas y, como es natural, no nos las perdíamos.”

CINE IDEAL en la calle Chinguiti – hoy Avda. Hassan II

Sara Fereres, como digo, hace un recorrido por todo el pueblo, dedica un capítulo al Zoco Chico, a la época de la guerra, que tanto sufrimiento trajo a gente maravillosa de Larache, condenados al ostracismo por sus ideas, y también describe la playa y el paso del río en barca, cómo no, y las fiestas, el ´Id-el-Kebir, el Purim… Una descripción fiel de la convivencia que mantuvieron las tres religiones en Larache, un ejemplo que no nos cansamos de mostrar al mundo.

Así relata la fiesta del ´Id-El-Kebir y la romería a Lal-la Mennana.

“La fiesta grande era el ´Id-El-Kebir. En Larache dedicaban ese día a honrar a una santa mujer, Lal-la Mennana que estaba enterrada justamente en el cementerio emplazado en todo el centro de la ciudad y que llevaba su nombre.

Ese era un gran día para los musulmanes. Se iniciaba en la víspera. Al día siguiente, desde el amanecer, comenzaban a reunirse los fieles en el entorno del Zoco Chico, cerca de la mezquita y de allí partía la procesión que los llevaría a través de la Avenida Generalísimo Franco hasta el cementerio, donde después de rendir honores a la santa, terminaba la romería.

El propósito era llevar ofrendas a Lal-la Mennana. Los principales entre ellos se llamaban <shrifis>, o sea jeques y precedían la caravana que componía gente llevando ofrendas. El <shrif> iba montado a caballo o mula, de preferencia blanco.

Él mismo iba vestido de blanco. .. (…) Había muchas paradas y en cada una de ellas los devotos <´issauis<, una secta de derviches, se dedicaban a bailar al son de tambores y chirimías, esas flautas morunas de sonido monótono y agudo. Los movimientos eran rítmicos pero violentos. Giraban la cabeza como si fuera un trompo y se excitaban a tal punto que perdían la noción del dolor. Los he visto cortarse, pincharse con hojas de chumberas llenas de espinos largos y agudos, golpearse con hachas la cabeza y sangrar. Hasta caminar sobre carbones encendidos y levárselos a la boca, sin que demostraran sentir dolor…

(…) Curiosamente, la hija de los cuidadores de nuestra huerta era una <´issauía>. Una vez le pregunté cómo hacía y me mostró como se <haireaba> ella al seguir ese ritmo tan enloquecedor. Me dijo que era fácil y que lo intentara. Muy imprudentemente seguí su consejo y terminé vomitando a causa del mareo.”

Y la fiesta del Purim:

“Para la fiesta del Purim todas las casas hebreas de Larache se convertían en pastelerías.

Esta fiesta es la más dedicada a los niños del pueblo judío. Es un día de regalos y golosinas. También los indigentes la disfrutaban. Fiesta alegre para visitar a los amigos y a la familia. Igual que para recibir. Día de puertas abiertas hasta el anochecer.

(…) A la entrada de cada casa se ponía sobre un mueble o mesita una bandeja llena de moneda fraccionaria, para tenerla a mano y ofrecer su óbolo a cualquiera de los tantos indigentes que se presentaban durante el día con ese propósito. Llegaban hombres, mujeres y niños. A cada quien se le daba lo que correspondía: moneda fraccionaria para niños, pesetas o <duros> para los adultos. Los pequeños de la casa ofrecían a los críos y los adultos los hacían a los mayores.”

Avenida Chinguiti – cine Ideal (otra perspectiva)

Sara dedica un hermoso capítulo a un hombre, Abd-el-Kamel, lleno de cariño, ternura y afecto (pero que no transcribo porque creo que merece la pena que lo descubra el lector de este relato). Uno de los más conmovedores de su libro, y que me recuerda mucho a mi cuento “Mina, la negra”.  Y es que, aunque de épocas distintas, las experiencias en Larache nos unen a todos, vivencias casi paralelas que saltan de un decenio a otro, pero que no dejan de estar marcados a fuego por la misma tierra, por la misma gente, por la misma sangre.

Sergio Barce, abril 2011

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