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CALENDARIO PRESENTACIONES DE LA NOVELA «MALABATA»

A medida que se vayan fijando las fechas y lugares de las diferentes presentaciones de mi novela Malabata, lo iré anunciando. Están pendientes de confirmar las que se harán en Valencia, Ceuta, Tánger y Madrid.

Pero os adelanto las fechas y lugares de las que ya son definitivas, para que anotéis en vuestros calendarios:

 

SEAP

MÁLAGA –  15 de Octubre

En la Sociedad Económica Amigos del País

Presenta el poeta y viajero infatigable

Víctor Pérez Benítez

VP

VÍCTOR PÉREZ

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LP

TORREMOLINOS –  25 de Octubre

En la Librería Pérgamo

Presenta el novelista y aviador romántico

Mario Castillo del Pino

MCP

MARIO CASTILLO

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LBLL

BARCELONA –  23 de Noviembre

En la Librería Barra Llibre  (en el barrio de Sants)

Presenta el escritor, músico y publicista on a battlefield

Juan Pablo Caja

JPC

JUAN PABLO CAJA

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malabata

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«MALABATA», DE SERGIO BARCE, YA EN LA LIBRAIRIE DES COLONNES DE TÁNGER

 

Malabata en Librairie des Colonnes

Tánger, 27 de septiembre 2019. Mi novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019) ya en la Librairie des Colonnes, junto a los libros de dos amigos, Limones  negros, de Javier Valenzuela, y Cócteles tangerinos, de Alberto Gómez Font. ¿Qué mejor compañía?

Mi agradecimiento a mi hermano Abderrahman Lanjri por llevar los ejemplares hasta Tánger.

***

Yousef, Abderrahman y Abderrahman Lanjri

Mi novela Malabata invadiendo la Librairie des Colonnes, de Tánger, de la mano de tres amigos y paisanos larachenses: Youssef Chghaich, Abderrahman Assorhani y Abderrahman Lanjri.

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RESEÑA POR EL POETA VÍCTOR PÉREZ A LA NOVELA «MALABATA», DE SERGIO BARCE

malabata

En el siguiente enlace y más abajo, en este mismo blog, podéis leer la reseña que ha escrito el poeta Víctor Pérez, perteneciente al grupo Capitel de Málaga, sobre mi novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019).

https://siroco-encuentrosyamistad.blogspot.com/2019/09/malabata-de-sergio-barce.html

 

El cabo de Malabata a 10 Km de la ciudad de Tánger, posee un faro y un castillo medieval, desde hace ya casi cuarenta años existe un proyecto de unir a través de un túnel ferroviario subterráneo, bajo el mar, la punta Malabata con punta Paloma en España; unir África y Europa es el sueño que nació cadáver, como muertos parecen los sueños de los protagonistas de la novela de Sergio Barce que junto a “El libro de las palabras robadas” y “La emperatriz de Tánger” completa una trilogía cuyas escenas se desarrollan en Tánger durante los años cuarenta y cincuenta, años en los que la capital tangerina, dotada de un status privilegiado de ciudad internacional, fue ocupada por personas y personajes huidos de acontecimientos y lugares sometidos a las consecuencias del final de la segunda guerra mundial, un mundo de perdedores sin escrúpulos que buscan su salvación a toda costa.

La novela de Sergio Barce es excepcional, para mí la mejor de las tres, mantiene una tensión narrativa desde la primera a la última página. Todo comienza como así debe ser para una buena novela noir: un asesinato, mejor decir de dos asesinatos.

“El inspector jefe Hourani no podía librarse de la imagen de Christian Tesson yaciendo sobre el frío mármol en el depósito de cadáveres, solo y olvidado, algo que le costaba asimilar porque creía que el subinspector no merecía ese final tan trágico. La vida termina siendo injusta demasiadas veces, pero si meditaba en profundidad sobre todo lo ocurrido tenía que admitir que en realidad nada podía haber acabado bien en esa historia. Ahora le parecía que había transcurrido un siglo y, sin embargo, todo se desencadenó tras el asesinato de Jacques Duhamel, cometido apenas unas semanas atrás”.

La narración vira hacia el pasado para a través de las investigaciones policiales intentar desentrañar a los asesinos del primer crimen. Una investigación dirigida por el inspector jefe marroquí nacido y criado en Bélgica Amin Hourani, que previa a su llegada a Tánger había trabajado en Beirut.

Una novela llena de violencia y rencores, de traidores y espías, pero también plagada de ternura y esperanza. Un ambiente nocturno y sórdido (el de los cafetines tangerinos), pero también de penas y fracasos aliviados en la apacibilidad y humanidad de los personajes. La novela se lee con vértigo y te mantiene en tensión desde las primeras a las últimas escenas. La habilidad de Barce es conseguir evocar con sus descripciones y diálogos, crear imágenes dotadas de poderío. Como lector no he leído “Malabata” con los ojos, sino con los “ojos de la mente”, que, como decía Stevenson, es encontrar la pepita de oro, que desde luego, la ha conseguido.

Se contagian las pasiones del autor: la literatura y el cine, que encontramos determinantes en toda la novela, como son el libro raro de Goethe o la escena de Gary Cooper en “Solo ante el peligro”.

Los personajes secundarios son magníficamente dibujados, lo que dice mucho de la textura y equilibrio de toda la trama. Así el subinspector Medina, ayudante del inspector jefe Hourani, adscrito permanentemente al mismo número de lotería que comparte con su jefe, es un policía expeditivo y angustiado, escéptico, sabedor que los sueños quedan igual que los cadáveres en una cuneta o Christian Tesson, el inspector que lleva impregnando en su alma el rencor y el odio de un pasado cruel del cual exige venganza o Yamila, una bellísima danzarina, que le arrebata el alma a Hourani y que a su vez es la última esperanza a la que se agarra el inspector jefe.

Novela con mayúsculas, con momentos líricos también memorables como la siguiente escena en el desierto:

Por fin pudo encenderse un cigarro. Había dejado a sus hombres acostados en el interior de la tienda y se había llevado consigo un candil que dejó en el suelo, junto a sus pies. Se sentó al abrigo del muro de piedra, bajo un cielo inconmensurable repleto de estrellas que parecía fáciles de ser asidas con las manos, como simples racimos de uva colgados del techo. El desierto es así de inextricable, capaz de ofrecer los horizontes más lejanos y a la vez la posibilidad de rozar la luna con la yema de los dedos.”

Una novela llena de humo y de soledad, de sueños rotos y de esperanzas cosidas de un hilo.

Una nota aclaratoria del autor nos avisa de que no es todo real, a mí me lo parece, o por lo menos así podía haber sido sin duda, es la verosimilitud lo que hace a “Malabata” tan compacta, sedosa y atractiva.

El Glosario de árabe es un aporte inteligente y oportuno que nos ayuda no solo a comprender ciertas expresiones de los diálogos, sino que nos enseña expresiones muy fáciles de aprender y que son de gran utilidad, como Shukram (gracias), Saha (salud) o Safi (ya está).

Como lector habitual, afirmo con rotundidad que Sergio Barce se ha convertido en uno de los mejores escritores euroafricanos de novela noir.

Mi enhorabuena.

Víctor Pérez Benítez

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Víctor Pérez, Mónica López y Sergio Barce

 

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FRAGMENTO DE LA NOVELA «MALABATA», DE SERGIO BARCE

Fragmento de la novela Malabata (Ediciones del Genal – Málaga, 2019), de Sergio Barce

Amin Hourani era un hombre hecho a sí mismo. Pertenecía a una vieja dinastía de desarraigados. Hijo de emigrantes marroquíes, pero de nacionalidad belga, había nacido en Beirut, a donde regresaría siendo ya adulto para abandonarlo de nuevo. Se marchó del Líbano a bordo del Gizéh con la única compañía de su maleta de madera. Y dos semanas más tarde, bajo un fuerte aguacero, desembarcaba en Tánger. Lo hizo justo al inicio de la cuarta oración que él cumplió en la cubierta del mercante arrodillándose en dirección a La Meca. Eso ocurría pocas semanas antes de que se permitiese al general Franco ocupar la plaza.

Llegaba a Marruecos con la experiencia de sus años de policía en Bruselas y su trabajo de asesor en Beirut con el ánimo maltrecho y la vaga ilusión de reconstruir su vida en el país de sus ancestros, aunque él no lo conocía más que de boca de su abuelo. La tristeza de ese cielo grisáceo lo compungió hasta el extremo de hacerle recordar el entierro de su padre, sepultado en tierra extraña sin la compañía de ninguno de los suyos. Al bajar al muelle pensó que la suerte estaba echada.

Incha Al´ láh —murmuró cuando sellaron su pasaporte.

Once años después de aquel primer día el inspector jefe Amin Hourani se consideraba ya un tanyaui de los pies a la cabeza. Y tenía muy claro lo que significaba ser un auténtico tanyaui: no eres de ningún sitio, careces de patria y desconoces tu bandera, pero sabes quiénes son tus amigos y dónde deberías morir.

Una vez que la ambulancia se llevó el cuerpo de Jacques Duhamel, Amin Hourani decidió caminar solo y sus pasos lo llevaron a la Pensión Fuentes. Llegó sumido en sus recuerdos, fumando uno de los puros cubanos que la señora Hutton solía enviarle cada mes, y al instante percibió la incomodidad que su presencia acababa de provocar en algunos de los clientes. Se sentó en una de las mesas más apartadas y en seguida Manuel le sirvió un vaso y una tetera humeante junto al periódico del día. Vertió el té y luego se echó atrás acomodándose en la silla mientras daba otra calada al puro. Siguió con la mirada los movimientos autómatas de Manuel hasta que a hurtadillas alguien se le acercó por la espalda y le habló al oído.

—Jefe, ¿es cierto que le han cortado el cuello al hijo de monsieur Duhamel? —el olor a coñac oxidado que le llegó del intruso hizo que Hourani reconociese al viejo Anselmo, perenne aspirante a periodista de sucesos. La voz se había barnizado con un fingido y torpe tono de seducción—. Dígame algo que no se sepa, que pueda publicar en el España.

—Creemos que es obra de los masones —deslizó como si compartiera con Anselmo una información reservada—. Lo han ejecutado siguiendo un viejo ritual empleado por una de las logias más antiguas, tu sais.

—¡Menudo notición me está pasando, jefe! —Anselmo sacó un pequeño bloc de la americana de pana que colgaba de sus hombros con deslucida elegancia y escribió algo con un lápiz—. ¿Algo más, jefe? Siempre que no le comprometa, por supuesto.

—Que como publiques algo de la estupidez que acabo de inventarme te mando al inspector Medina.

—¡Joder!

El aliento nauseabundo de Anselmo desapareció y Hourani recuperó algo de la placidez que solía hallar en el café de la Pensión Fuentes. Desplegó el periódico que había sobre la mesa. En su portada leyó la noticia de la victoria del partido Wafd en Egipto. El artículo explicaba que algo se movía bajo los cimientos de los países árabes, pero sin profundizar en ese nuevo aire de independencia que comenzaba a soplar. Luego, dejando el periódico a un lado, Hourani pensó vagamente en Jacques Duhamel, en el tajo abierto en su cuello, en las puñaladas que cosían su torso, en la manera salvaje y ruin como había sido violado, en la indignidad del género humano, algo que siempre le sorprendía pese a su larga experiencia con lo más ignominioso y lo más bajo del hombre, y quizá por esa misma razón enseguida la imagen de la víctima fue borrada por aquella otra que guardaba de su llegada a Tánger. Era la imagen del día en el que en la cubierta del Gizéh se había arrodillado bajo una intensa cortina de lluvia que fue abrazándolo poco a poco. Podía notar aún aquellas gotas de agua que se escabulleron entre su cabello, colándose por el cuello de su camisa, chorreándole por la cara, y cómo la ropa mojada se fue adhiriendo a su cuerpo como una incómoda segunda piel. Y también era capaz de recordar la voz del almuédano orando desde la Gran Mezquita y cómo él fue repitiendo las aleyas jurándose que redimiría su vida desde la nada, seguro de que en Tánger lo esperaba la felicidad que hasta ese momento le había sido tan esquiva. Mientras rezaba, sus lágrimas saladas se mezclaron con el agua de lluvia. Continuó con el rezo, aferrado a él para poder seguir adelante. Sólo le quedaba la oración y la vieja maleta que sujetaba con una cuerda, la misma vieja maleta que vio a su abuelo cruzar todo el norte de África y a su padre salir del Líbano para llevar a toda su familia a tierras belgas. Recordaba con nitidez que su boca le temblaba, como el resto del cuerpo, y que en medio del rezo pronunció el nombre de Salwa. Sabía que era la última vez que iba a pensar en ella, que cuando bajase al muelle dejaría su recuerdo en el barco como un equipaje sin dueño, pero repetía su nombre como si se tratara de otra aleya, dolorosa y descarnada. Podía aún sentir la fragilidad del cuerpo de Salwa. La había estrechado entre los brazos el último día que había pasado en Beirut. Fueron apenas unos minutos, escondidos en el taller de su hermano, envueltos en el sándalo y el cuero. Había sentido bajo el caftán su cuerpo menudo, espigado, en el que los huesos parecían de cristal. La había palpado con las manos abiertas aprendiéndose de memoria cada pliegue, cada sombra, cada silencio. Los labios se le habían enredado con su cabello negro y ensortijado que olía a campo abierto. Notaba la calentura de su respiración, el abismo que comenzaba a separarlos, el desmayo que atenazaba a Salwa y que le impedía decir palabra. Hourani logró hablar y lo hizo por los dos. Nada podía hacerse. Salwa había decidido antes, incluso mucho antes de conocerlo, y tendría que partir sin ella. Sólo había conseguido atrapar su intensa mirada memorizando aquellos ojos negros que no se habían cerrado mientras había durado su beso, aquellos ojos negros que lo habían traspasado hasta llegarle al estómago escarbando con una desesperación de agonía. Jamás había sentido un dolor como ése, que lo obligaba a abrir la boca para respirar y a dar bocados al aire para tratar de no desfallecer. Jamás antes había sido tan consciente de que estaba solo, terriblemente solo.

—Buenos días, inspector jefe.

Amin Hourani pareció despertar. Levantó los ojos y reconoció al hombre que acababa de saludarle al pasar a su lado. Era el director de las Galeries Lafayette.

—Buenos días —respondió segundos después no sin cierto esfuerzo.

Miró la tetera tratando de calcular el tiempo que llevaba allí sentado. Se llenó otro vaso, abrió de nuevo el periódico y buscó el número de la lotería agraciado en el día anterior, pero como siempre no era el elegido por Medina.

Malabata cubierta frontal

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