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RESEÑAS DEL POETA JOSÉ SARRIA SOBRE «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS», DE SERGIO BARCE

Esto es un lujazo. Acaban de aparecer sendas reseñas rubricadas por José Sarria (recién galardonado en Italia con el Premio Pablo Neruda a su trayectoria poética) sobre mi libro El mirador de los perezosos (Ediciones del Genal – Premio Andalucía de la Crítica 2023), que se han publicado, la más resumida, en <Cuadernos del Sur>, y, la más extensa, en <Todo Literatura-República Ibérica de las Letras>.

Os dejo los dos enlaces para poder leerlas: 

  https://www.diariocordoba.com/cuadernos-del-sur/2023/12/30/narrativa-memoristica-sergio-barce-96270296.html

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https://www.todoliteratura.es/noticia/59003/criticas/la-narrativa-memoristica-de-sergio-barce.html

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PALABRAS DE JOSÉ SARRIA SOBRE «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS» EN LA ENTREGA DEL PREMIO ANDALUCÍA DE LA CRÍTICA

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El pasado jueves, en el impresionante marco del Palacio de Carlos V, en la Alhambra, Granada, se entregaron los XXIX Premios Andalucía de la Crítica. Tras la lectura de cada una de las actas de cada uno de los premios por parte de María Rosal Nadales, un miembro de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios leía una semblanza o defensa de las obras galardonadas en las distintas categorías. Manuel Gahete lo hizo sobre Soñar en bicicletas, ganadora del Premio de Poesía, de Ángeles Mora; Francisco Morales, sobre La familia, ganadora del Premio de Novela, de Sara Mesa; y José Sarria, sobre mi libro El mirador de los perezosos, ganador del Premio de Relatos. Tras estas intervenciones, Ángeles, Sara y yo, improvisamos o leímos unas palabras para agradecer el premio. He de confesar que ha sido una suerte conocer personalmente tanto a Ángeles Mora como a Sara Mesa.

Y he de confesar igualmente que las palabras que dedicó José Sarria a mi libro me llegaron muy hondo. Su semblanza me pareció de una gran belleza y sinceridad, además de entrañables y afectuosas, y por eso le di y le vuelvo a dar las gracias.

De manera que, además del reportaje fotográfico, aquí reproduzco tanto las palabras de José Sarria como mi propia intervención, para quienes deseen leerlas.

Sergio Barce, octubre 2023 

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«La historia se ha encargado de legitimar los estados y sus fronteras. Pero, existe un territorio que une a las mujeres y a los hombres mucho más allá de las delimitaciones políticas o naturales.

Esta región que trasciende a la geografía o al derecho internacional es el denominado continente sentimental, aquel en el que se encuentran, entrecruzan e hibridan culturas, lenguas o creencias. Es lo que ocurre en la demarcación de esa frontera imaginaria que inicia el recorrido en Andalucía para navegar, a través del Estrecho de Gibraltar, hasta alcanzar la región septentrional africana: emplazamiento de historias comunes, amalgamado por lo bereber, lo hispanovisigodo, lo árabe, lo sefardí y lo andalusí. En ese espacio singular, diría yo, casi mágico, que es el norte de Marruecos se produce el encuentro continuo de religiones, de creencias, de lenguas, de culturas, alcanzándose una hibridación, un mestizaje, que ofrece al escritor un marco novelesco de incomparable valor que muchos autores han sabido llevar a sus obras.

Tánger conserva el hálito de las lenguas (francés, español, dariya o haquetía), que supo poner banda sonora a la vida cotidiana de la antigua ciudad internacional, aquella que tuvo que ser la Casablanca de Humprey Bogart si la gente de Hollywood hubieran aprendido algo de geografía. En sus antiguos cafetines y teterías deambulaban Moisés Garzón Serfaty, Ahmed Daoudi, Ahmed Mohamed Mgara o Mohamed Lachiri, con sus primeros escritos en español bajo el brazo. La decadencia del Teatro Cervantes aún recuerda el día que recaló entre sus bambalinas la compañía de Juanito Valderrama y su plaza de toros fue testigo de algunas de las faenas que encumbraron a El Cordobés a lo más alto del reinado taurino, mucho antes de que fuera reconvertida, la plaza, en campo de hacinamiento para quienes, llegados de los lugares subsaharianos intentaron, un día, alcanzar el Dorado del norte.

Ese magma inconmensurable de lugares, personajes, historias y sentimientos, ha sido el material creativo que han sabido emplear, magistralmente, autores como Tahar Ben Jelloum, Mohamed Chukri, símbolo de resiliencia a partir de su emblemática novela El pan a secas, anfitrión de la Tánger internacional que supo recibir a la pléyade de artistas y escritores de la generación beat como Paul Bowles y su esposa Jane, Tenessee Williams o William Burroughs que erigieron a Tánger, en sus noches de desenfreno existencialista, como oasis de lo imposible.

Todos ellos, unos y otros, desde Ángel Vázquez, allá por los años  60/70 con su novela La vida perra de Juanita Narboni, hasta los más recientes, Leon Cohen Mesonero, Rafael de Cózar, Ramón Buenaventura, Antonio Lozano, Pilar Quirosa o Lorenzo Silva, han pretendido, han intentado, describir un tiempo en tránsito, anudar una época, unas personas, sus esperanzas, sus anhelos, sus frustraciones, en un marco tan inestable, tan movedizo, como es el de las fronteras y los espacios compartidos.

Y es ahí, en ese marco referencial de LA FRONTERA, donde aparece y se incardina toda la obra de nuestro autor, de nuestro cuentista y novelista, Sergio Barce, el español que nació en el año 1961 en Larache, el pied-noir (al igual que Albert Camus en Argelia) y que a los quince años abandona Marruecos junto a su familia, después de tres generaciones de estancia continua en el país alauí, para llegar a convertirse en el “moro” (tal y como lo bautiza “El Pichi”, hermano marista de su primer colegio malagueño).

Esta “expulsión” del Jardín de las Hespérides, va a significar para el escritor la imperiosa necesidad de volver a reconstituir su mundo, de volver a restablecer el orden perdido, hasta convertirse en el máximo representante de la NARRATIVA MEMORÍSTICA del periodo del Protectorado español y su posterior edad: relatos del recuerdo de una época que se resiste a desaparecer, relatos de la frontera de la épica cotidiana, vistos desde el asombro, desde la imaginación encendida del nesrani que fue para los vecinos del Jardín de las Hespérides.

El mirador de los perezosos es una hialina tesela dentro de ese gran mosaico que ha ido semillando nuestro autor desde su iniciático Jardín de las Hespérides (del año 2000) hasta Una puerta pintada de azul (del año 2020).

Barce ha establecido, a través de su obra, un mundo mitológico, en el triángulo áureo de las ciudades de Tánger, Tetuán y Larache, donde el encuentro continuo de culturas fluye y se desarrolla en la cotidianidad que surge en y desde universos distintos, pero imbricados en lo consuetudinario y que conforma el magma narrativo barciano que ahora se expande con esta nueva entrega que discurre, magistralmente contada y vivida, en el dédalo de calles, plazas y cafetines que conforman la ciudad Tánger, sus espacios decadentes o idílicos de la otrora ciudad internacional (“Sabes que Tánger es la ciudad de las quimeras? En ninguna otra ciudad del mundo encontrarás tantas ilusiones perdidas” – afirma el hombre que se detiene, junto al protagonista, en la barandilla del nuevo puerto deportivo); o en el suelo de la habitación 409 del hotel Rembrandt, donde Delio Bláquez intenta recordar quién es; o en los doscientos treinta y ocho pasos que separan la casa de la exuberante Amina de la babuchería del protagonista del relato “Dar Niaba”; o en el café Hafa, una pequeña Ítaca flotando entre el Mediterráneo y el Atlántico, lugar donde los narguiles embriagan el extravío; o en el Boulevard Pasteur, donde te cruzas con mujeres cuyas pestañas “aletean como las alas de una mariposa”, arteria donde se ubica el Café París cerca del Mirador de los perezosos (relato homónimo al libro) donde tiene su pequeño universo de venta ambulante el viejo Abdelkrim, quien, alcanzada casi la ancianidad, evoca el cuerpo de Ghizlane que olía a locura y en el que encontró “un refugio y un campo de batalla, un hogar y un abismo” o en el taller de Joao Fragoso, pintor venido de Oporto para quien posa Saloua, cuyos labios afrutados siguen oliendo a jazmín y miel, una diosa de cuarenta y ocho años que se ofrece a un artista incapaz de pintarla tal y como él anhela.

Escribía Jaroslav Seifert que “recordar es la única manera de detener el tiempo”. Sergio ha detenido no solo el tiempo, sino el naufragio, bajo una magistral narrativa memorística, elevando un texto épico, heroico y solidario. Nos abre esta mágica “puerta azul” y nos invita a pasar y a pasear, rescatando a todos aquellos que conformaron su infancia y su adolescencia para reinstaurar, con su palabra, un nuevo Elíseo, donde caminan y transitan invulnerables, inmarcesibles y eternos.

“Y ahora -siguiendo la hospitalaria invitación del señor Beniflah, uno de los personajes de su libro Paseando por el Zoco Chico-, todos los que quieran pasar, que entren. Todos los que deseen comer, que pasen”.

El mirador de los perezosos es el mundo que Sergio Barce ha creado para todos: su legado, una página más del testamento que ha construido a lo largo de casi veinticinco prodigiosos años y que nos entrega como testimonio de resistencia “a través de los ojos del niño que fue”, tal y como le enseñó hace tiempo Brital, el vendedor de chucherías.

Alcanzada la madurez creativa, Sergio Barce toma asiento en alguna de las sillas vacías del Café Central de Larache, escucha las bromas de Sibari, de Akalay o su padre Antonio, y sonríe satisfecho. Saborea un té con flores de azahar, mientras suena de fondo, diferente, angelical, el “color vibrante de la voz suave y nunca destemplada” de Haviva y vuelve a sonreír porque sabe que ha cumplido su misión: mantener vivo el recuerdo y la imagen de quienes habitan, ya por siempre, en la que fue y será “ciudad de las quimeras.

José Sarria«

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«Escribió Cervantes en el Quijote que “De gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofende es la ingratitud”. Como no me considero un ingrato, ni pretendo ofender a Dios, en especial hoy, lo primero es agradecer a los miembros del jurado que hayan considerado “El mirador de los perezosos” merecedor del galardón en la categoría de libro de relatos. Y felicitar, tanto a quienes quedaron finalistas en la misma categoría, como a Sara Mesa, ganadora en la categoría de novela, y a Ángeles Mora, en la de poesía.

Confieso que, al recibir la noticia del premio, no sentí que la felicidad se me desparramara por los poros, sino una especie de incredulidad, tal vez porque no esperaba lograrlo. Pero con el paso de los días, y hoy, tan cerca del lugar donde residió el poeta Ibn Al Jatib, al que se conoció como Du Al-Mitataýn, “el de las dos muertes”, me siento reconfortado y orgulloso, que no recompensado. En especial, orgulloso de haber llegado hasta aquí a través de una pequeña editorial malagueña, que es Ediciones del Genal, que ha mimado mi libro. La recompensa, sin embargo, es otra cosa.

Escribió el maestro Richard Ford que “escribir es un acto que elijo hacer para ser útil en el mundo. Y me da mucho placer ser útil a otras personas a las que no conozco”.

Suscribo sus palabras. Porque para mí, dar placer al lector es mi recompensa.

Una joven me contó que su madre era ciega, que ella le leía una y otra vez el libro que me había pedido que le dedicara. Y luego me desveló que, mientras se lo leía, conmovidas por la historia, lloraban juntas. ¿Hay mayor recompensa para un escritor que ésta? Creo que no.

Bryce Echenique dijo que “el cuento es una especie de ajedrez que tiene que terminar con un jaque mate”. No sé si eso debe ser así, pero si sé que mis cuentos no son el resultado del azar, sino de mucha constancia y de muchas horas dedicadas a lograr su perfección. Aunque todos sean imperfectos.

Escribir es una necesidad para mí. No concibo la vida sin hacerlo. Mi mundo ya lo conocen bien quienes me han leído: Larache y Tánger. Tardé años en descubrir que era allí donde me aguardaban las historias que debía contar. Era mi niñez en Marruecos la que había cimentado al hombre que soy. Y sólo al regresar allí se me reveló esa realidad. Ese es mi Macondo. Mi refugio personal y literario.

Llegar hasta hoy, que no sé si es un punto de inflexión o sólo un mero accidente, se debe en gran medida a dos personas: al dramaturgo Miguel Romero Esteo, que me enseñó a narrar y me descubrió a los autores de los que más he aprendido, y al cineasta Pablo Cantos, que siempre creyó en mí. Los dos me animaron a no cejar en el empeño, a seguir tecleando. Los dos han desaparecido. Pero siguen vivos en mi memoria. A ellos les dedico este premio.

En su libro “La enfermedad de escribir”, Charles Bukowski dice que “no hay nada más mágico y hermoso que ver las palabras cobrando vida en la página en blanco”. Me parece incontestable. Porque es cierto que es mágico y hermoso ver crecer la historia que relatas, acabarla para dar placer a alguien que te lee, pero al que no conoces, y también darle jaque mate con tu cuento, es decir, dejarlo con la miel en los labios cuando llega al punto final.

Para acabar, querría añadir dos cosas más: la primera, agradecer especialmente a Remedios Sánchez, como presidenta de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios, y a su junta directiva, todo el esfuerzo y el trabajo que vienen desarrollando en estos últimos años, y el trato tan cercano que siempre nos dispensa.

La segunda y última es que, siendo como soy un escritor marxista, no me resisto a dejar de mencionar al gran filósofo que fue Groucho Marx, cuando dijo: “Desde el momento en que cogí su libro, me caí al suelo rodando de risa. Algún día espero leerlo.” Lo que yo espero es que nunca me digan algo así.

Sergio Barce«

   

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IMÁGENES DE LA PRESENTACIÓN DE «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS» EN ALGECIRAS

Arropado por la poeta y querida amiga Paloma Fernández Gomá, y por la concejala de cultura del Ayto de Algeciras, Pilar Pintor, presentamos el pasado lunes mi libro de relatos «El mirador de los perezosos» en esa ciudad. Gracias a todos los que nos acompañaron, en especial a mis paisanos Eduardo Espinosa, Carmen Vega, Javi Lobo y León Cohen, y coincidir por fin con mi amiga la escritora Emy Luna; además del resto de asistentes. Y mi agradecimiento a Juan Moya por las fotografías. Fue un día entrañable.

 

 

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PRIMER CAPÍTULO DE «MALABATA», UNA NOVELA NEGRA DE SERGIO BARCE

Ya traté de embaucaros con el primer capítulo de mi novela El libro de las palabras robadas (Ediciones del Genel, 2016). Hoy lo hago también con el primer capítulo de otras de mis obras: Malabata (Ediciones del Genal, 2019), una novela negra ambientada en el Tánger de la postguerra, en la que aparece por vez primera el personaje del inspector Amin Hourani (que amenaza con reaparecer en una nueva entrega). 

Malabata arranca así: 

     «Un par de días después de su regreso del desierto de Erg Chebbi, Amin Hourani entró en el Café Colón. Llevaba aún prendido el excitante sabor nocturno de Yamila y saber que volvería a verla en pocas horas abría una pequeña puerta a la esperanza que tanto necesitaba ahora. Se dirigió a la mesa en la que estaban sentados Augusto Cobos y Paul Bowles. Los dos escritores discutían tal vez sobre la novela que Augusto acababa de publicar. Los saludó con un ademán y se dejó caer en la silla que quedaba vacía.

—¿Te encuentras bien, Amin?

La pregunta le llegó como si le gritaran desde muy lejos y reaccionó moviendo la cabeza de un lado a otro. Pese a la decepción por tantas cosas como habían ocurrido en las últimas semanas notó la mano de Paul presionándole el hombro con una inesperada calidez. Su mirada, atravesando el humo que se rizaba desde el Olympic Bleue que sostenía Augusto Cobos entre los dedos, se perdía en la calle que encuadraba el ventanal.

—Mi mejor hombre ha muerto y no he podido hacer nada por evitarlo —dijo.

El inspector jefe Hourani no podía librarse de la imagen de Christian Tesson yaciendo sobre el frío mármol en el depósito de cadáveres, solo y olvidado, algo que le costaba asimilar porque creía que el subinspector no merecía ese final tan trágico. La vida termina siendo injusta demasiadas veces, pero si meditaba en profundidad sobre todo lo ocurrido tenía que admitir que en realidad nada podía haber acabado bien en esa historia. Ahora le parecía que había transcurrido un siglo y, sin embargo, todo se desencadenó tras el asesinato de Jacques Duhamel, cometido apenas unas semanas atrás.

Hourani recordaba que miró una y otra vez ese cuerpo tendido sobre un charco de sangre, una sangre oscura y densa que se había extendido rodeando al cadáver como una suerte de amenaza de sombras. Observó que la boca, torcida a un lado, hacía intuir todo el horror del crimen. Le habían cortado el cuello de un tajo después de apuñalarlo al menos una treintena de veces y tenía las manos agarrotadas, como si hubiese intentado contener la sangre que había explotado en su yugular. Una carnicería. Y además de todo eso, Jacques Duhamel había sido sodomizado con una violencia exacerbada destrozándole el ano hasta convertirlo en una masa deforme de sangre, carne y piel arrancada a tiras. Amin Hourani era incapaz de imaginar cuánto debió de sufrir.

En el charco se distinguían las huellas de los zapatos de los agentes que merodeaban alrededor del cadáver y del médico que habría de certificar su defunción y, como pequeños sellos de lacre, unas monedas recubiertas también de sangre. Se atusó el bigote meneando la cabeza de un lado a otro, con el fez inclinado a la derecha, como un perro de presa que oteara los alrededores antes de lanzarse a la caza.

—Dime, jay, ¿no viste anoche a nadie por aquí cerca? —se dirigía a un hombre que aguardaba a su lado, de unos cincuenta años, enjuto, al que la chilaba parecía quedarle demasiado grande. Lo vio menear la cabeza de un lado a otro, con aire orgulloso. No parecía impresionado en lo más mínimo por lo ocurrido.

Hourani miró hacia el final de la calle de la Tenería, pero se topó con el muro que levantaba la neblina de la madrugada. No había curiosos cerca, aunque no dudaba de que los estarían observando desde los ventanucos. Se alejó lentamente del hombre al que había estado interrogando hasta alcanzar al subinspector Tesson que parecía absorto en sus pensamientos. Sujetaba una libreta entre las manos y llevaba un sombrero negro de ala corta echado hacia atrás y un traje gris marengo algo gastado, de corte italiano, camisa blanca y una corbata negra que se había aflojado al desabotonarse el cuello de la camisa.

—¿Qué ha sacado del vigilante, jefe?

—Tiene un cuarto de madera cerca de la puerta principal. Se queda toda la noche dentro, sin salir, y hace de vigilante. Aunque no sé qué podría hacer si alguien tratase de entrar. Tu sais… —suspiró y miró a su alrededor, por encima de los agentes que seguían buscando alguna pista entre la basura que se agolpaba a la puerta trasera de La Mar Chica—. No ha visto ni escuchado nada.

—Eso no se lo cree nadie —farfulló Tesson chasqueando la lengua—. Pero no va a abrir la boca.

La sirena de un vehículo policial se acercaba a toda velocidad y su estridente sonido inundó la calle. El sol comenzaba a levantar y los primeros rayos de la mañana cayeron justo sobre el inerte rostro de Jacques Duhamel. Eso produjo un efecto óptico atroz resaltando la sangre reseca en su piel ceniza. El subinspector lo observaba en silencio balanceando levemente su cuerpo.

—Es como si lo hubiese violado un batallón de hombres… —dijo el comisario jefe tras atusarse el bigote.

—¿Llevará usted el caso? —preguntó el otro con voz apagada tocándose el borde del ala del sombrero.

—Será lo más prudente.

—De acuerdo. ¿Me necesita para algo más?

—Tesson… No se lo tome a mal, pero es lo mejor para todos.

Miró a su ayudante con sus ojos oscuros y profundos sin ganas de mantener ninguna discusión. Christian Tesson había fruncido el ceño, apretando los dientes, y luego dobló la libreta entre sus manos airadas. Llevaba demasiado tiempo con cuadernos en blanco y silencios recelosos a su alrededor, y aunque creía adivinar que al igual que él Amin Hourani había aterrizado en Tánger buscando su refugio, escapando quizá de algo inconfesable, también sabía que era un hombre prudente y cabal que nunca haría nada que perjudicara a sus subordinados. Y en esta ocasión además la razón lo asistía por completo.

—Le veré en la comisaría —dijo al fin dándole la espalda.

—¡Sólo un par de cosas más! —apuró el inspector jefe—. ¿Sabe cuánto dinero hay tirado en el suelo?

Se fijó entonces en las monedas embalsamadas por la sangre del joven Duhamel.

—Francamente, no me había detenido a… —la comisura de sus labios pareció crisparse o al menos eso le pareció a Hourani. Luego se encontró con una vaga expresión de angustia en su mirada—. ¿Cuál era la segunda cuestión? —preguntó apremiante.

No podía disimular un cierto desasosiego, como si le incomodara continuar allí por un instante más. Notaba que a Hourani le costaba empujar a sus intenciones o a sus órdenes o a lo que fuese que quisiera decirle.

—Límpiese el zapato… —le sugirió entonces en un murmullo de disgusto.

El subinspector bajó la mirada y advirtió unas salpicaduras de sangre que le cubrían la puntera del zapato derecho. Sacó un pañuelo blanco del bolsillo del pantalón y frotó la mancha concentrando en ella toda la cólera acumulada hasta que desapareció por completo. Al incorporarse se dio de bruces con los ojos de su superior que se limitaba a asentir levemente con la cabeza.

—Hoy hemos actuado como una auténtica manada de elefantes —dijo arqueando las cejas—. Como unos arrogantes y estúpidos principiantes.

—Lo siento.

Sabía que el reproche iba dirigido a él puesto que era el oficial de mayor graduación de los que se encontraban en el escenario del crimen, pero su disculpa era fingida. Sólo deseaba marcharse de allí lo antes posible, así que dio media vuelta y se alejó con paso firme. Hourani lo vio llegar a la esquina caminando con los hombros caídos, como si soportara un gran peso a sus espaldas, hasta girar sin mirar atrás. Desapareció con la determinación de quien abandona un lugar definitivamente. Echó entonces una ojeada a los agentes que seguían moviéndose a su alrededor.

—¡Abdel! Ayi, ayi! —llamó de pronto al más joven de sus hombres que estudiaba con curiosidad la expresión de la víctima—. ¿Qué haces? —el agente respondió encogiéndose de hombros—. Ayi! ¿Qué hacías? Dime, ¿qué estabas haciendo? ¿Es que nunca has visto un cadáver?

A Abdel le parecía que el inspector jefe era de esa clase de hombres destinados a grandes empresas. Le imponía su estatura y su mirada implacable, sus manos fuertes y grandes.

—Es el primer muerto que… ¿Puedo comentarle algo, señor? —fue su ilusión por hacer bien las cosas la que lo envalentonó, y Hourani asintió—. Hace un tiempo estuve en el nuevo Kursaal Internacional…

Bajó los ojos como si al decir aquello se hubiese avergonzado. El fino vello que le crecía en el bigote como una sombra pálida acentuaba su aspecto frágil y adolescente. Amin Hourani lo miró de arriba abajo. Le costaba imaginarse a ese chico en ese local, entre los habituales que bajaban del Monte Viejo y los clientes que llegaban en sus lujosos yates desde Montecarlo o la Florida. Pero intuyó que le tenía reservado algo interesante.

—¿Te invitaron? —le preguntó sin evitar un tono socarrón en la pregunta.

—Fui con el inspector Medina. Seguíamos a esos americanos que…

Hourani asintió con la cabeza interrumpiéndolo con un ademán. Él mismo se lo había impuesto a Medina como compañero, aunque le jodiera trabajar con los novatos. Se podía acusar a Sebastián Medina de muchas cosas, pero nadie dudaba ni de su entrega cuando trabajaba ni de su lealtad con los compañeros. El inspector jefe vio llegar a la ambulancia que se llevaría al cuerpo de Jacques Duhamel. Por un segundo pensó en lo absurdo que resultaba utilizar una ambulancia para transportar un cadáver.

—Al grano.

—Aquella noche ocurrió algo que podría tener algo que ver con lo sucedido —Abdel se llevó las manos a la espalda como si diera un parte de guerra—. Este hombre… Jacques Duhamel, apareció por detrás del escenario e interrumpió el espectáculo; la música cesó y se armó un pequeño alboroto en el cabaret. Parecía estar borracho y derribó varias mesas buscando la salida. El inspector Medina me dijo que le pareció que iba herido. Entonces alguien gritó que necesitaban un médico. Entre los espectadores estaba el doctor Mazzoni y se dirigió de inmediato a los camerinos. El inspector me ordenó que siguiese al médico por si había algún problema. Hallé un herido por arma blanca. Sólo había sido una disputa entre borrachos que se peleaban por una prostituta y me marché al poco, en cuanto llegó la patrulla.

—¿Una puta trabajando entre bastidores en el nuevo Kursaal? —Hourani se ajustó el fez—. No se permite que entren solas, y si alguna lo hace es porque llega bien acompañada.

—Tal vez me equivoque, señor. Tal vez fuese una de las bailarinas del espectáculo.

—Pues ése es un detalle que no debiera pasarte desapercibido —alisándose el bigote miró a Abdel con fingida reprobación. A veces debía de actuar con arreglo a su rango—. Je ne peux pas y croire! ¿Es que te parece lo mismo una puta que una bailarina?

—Mi padre decía que las prostitutas tienen algo de artistas porque para verlas hay que pagar entrada.

Hourani se rio de su ocurrencia y el joven esbozó una sonrisa mirando de soslayo a su alrededor. Rezó para que nadie más lo hubiese oído. El inspector jefe pensó que era inútil tratar de mostrarse severo cuando enfrente tenía a un hombre aún íntegro.

—Es una manera curiosa de enfocar el asunto. Pero continúa, Abdel.

—Pues verá, señor. Me encontré con dos hombres, dos españoles. Uno estaba tan borracho que apenas reparé en él. Estaba en el suelo cubierto de vómitos. Y había otro malherido, con un corte en la cara. Le habían dado un buen navajazo. El doctor Mazzoni lo atendió enseguida y comentó que su rostro quedaría marcado para siempre.

Amin Hourani chasqueó la lengua y entornó los ojos, abrochándose la chaqueta de doble pecho, cepillada con cuidado. Llevaba la raya del pantalón perfectamente marcada, la corbata impecable, al igual que la camisa celeste. Incluso en el color rojo del fez se presumía su pulcritud. Metió las manos en los bolsillos y luego miró por encima de Abdel.

—¿Y qué hiciste entonces?

—Me acerqué a él. En cuanto me identifiqué pareció calmarse. Aunque la herida tenía mala pinta no le di importancia a lo ocurrido porque se trataba de una simple riña. Además, me tranquilizó que el inspector Medina hablase con ese hombre que le prometió acudir a la comisaría para denunciar los hechos —Abdel añadió esto último forzando la voz con la intención de mostrarse como un agente que sabe por dónde pisa o tal vez para cubrir su propia intervención—. Imaginé que la patrulla que llegaba en ese momento se encargaría del asunto y detendrían al agresor, al que ese hombre había identificado como Jacques Duhamel.

—D´accord —el inspector jefe sonrió sin ocultar una inesperada simpatía por ese agente bisoño y entusiasta—. Profetizo que un día ocuparás mi puesto. Sí, Abdel, llegarás alto.

—Incha Al´láh! Gracias, señor.

—Este es un mal asunto, jay. Un feo asunto.

—No comprendo —el agente se sintió aturdido.

—Abdel, si ése fuese un muerto de hambre probablemente yo no estaría aquí y a nadie le importaría ese cadáver. Pero cuando la víctima es el hijo de uno de los hombres más ricos de Francia lo que llevamos entre manos se transforma entonces en un turbio asunto.

Dieron unos pasos alrededor del cuerpo. La actitud de Hourani evidenciaba que su cabeza no cesaba de trabajar. La luz metálica de la mañana cubría su piel oscura como una capa de espeso aceite. Con la punta del pie señaló entonces las pesetas teñidas de bermellón.

—Cuando comprueben cuántas monedas hay ahí tiradas, infórmame.

Volvió a dar unos pasos separándose de Abdel. Calculó que desde la puerta de servicio de La Mar Chica hasta el lugar donde yacía el joven no habría más de diez metros. De noche no debía de resultar nada fácil poder verlo confundido con la basura que se amontonaba allí. La gente salía por la puerta principal buscando el puerto, la avenida y la subida al boulevard y Jacques Duhamel había muerto entre bolsas, desechos y un denso olor a orines. Había muerto como un perro sarnoso. Un perro al que habían torturado de la manera más sádica. Desvió la mirada y se quedó quieto observando cómo los enfermeros levantaban el cuerpo, lo depositaban sobre la camilla y finalmente lo cubrían con una sábana blanca.

 

Amin Hourani era un hombre hecho a sí mismo. Pertenecía a una vieja dinastía de desarraigados. Hijo de emigrantes marroquíes, pero de nacionalidad belga, había nacido en Beirut, a donde regresaría siendo ya adulto para abandonarlo de nuevo. Se marchó del Líbano a bordo del Gizéh con la única compañía de su maleta de madera. Y dos semanas más tarde, bajo un fuerte aguacero, desembarcaba en Tánger. Lo hizo justo al inicio de la cuarta oración que él cumplió en la cubierta del mercante arrodillándose en dirección a La Meca. Eso ocurría pocas semanas antes de que se permitiese al general Franco ocupar la plaza.

Llegaba a Marruecos con la experiencia de sus años de policía en Bruselas y su trabajo de asesor en Beirut con el ánimo maltrecho y la vaga ilusión de reconstruir su vida en el país de sus ancestros, aunque él no lo conocía más que de boca de su abuelo. La tristeza de ese cielo grisáceo lo compungió hasta el extremo de hacerle recordar el entierro de su padre, sepultado en tierra extraña sin la compañía de ninguno de los suyos. Al bajar al muelle pensó que la suerte estaba echada.

—Incha Al´ láh —murmuró cuando sellaron su pasaporte.

Once años después de aquel primer día el inspector jefe Amin Hourani se consideraba ya un tanyaui de los pies a la cabeza. Y tenía muy claro lo que significaba ser un auténtico tanyaui: no eres de ningún sitio, careces de patria y desconoces tu bandera, pero sabes quiénes son tus amigos y dónde deberías morir.

Una vez que la ambulancia se llevó el cuerpo de Jacques Duhamel, Amin Hourani decidió caminar solo y sus pasos lo llevaron a la Pensión Fuentes. Llegó sumido en sus recuerdos, fumando uno de los puros cubanos que la señora Hutton solía enviarle cada mes, y al instante percibió la incomodidad que su presencia acababa de provocar en algunos de los clientes. Se sentó en una de las mesas más apartadas y en seguida Manuel le sirvió un vaso y una tetera humeante junto al periódico del día. Vertió el té y luego se echó atrás acomodándose en la silla mientras daba otra calada al puro. Siguió con la mirada los movimientos autómatas de Manuel hasta que a hurtadillas alguien se le acercó por la espalda y le habló al oído.

—Jefe, ¿es cierto que le han cortado el cuello al hijo de monsieur Duhamel? —el olor a coñac oxidado que le llegó del intruso hizo que Hourani reconociese al viejo Anselmo, perenne aspirante a periodista de sucesos. La voz se había barnizado con un fingido y torpe tono de seducción—. Dígame algo que no se sepa, que pueda publicar en el España.

—Creemos que es obra de los masones —deslizó como si compartiera con Anselmo una información reservada—. Lo han ejecutado siguiendo un viejo ritual empleado por una de las logias más antiguas, tu sais.

—¡Menudo notición me está pasando, jefe! —Anselmo sacó un pequeño bloc de la americana de pana que colgaba de sus hombros con deslucida elegancia y escribió algo con un lápiz—. ¿Algo más, jefe? Siempre que no le comprometa, por supuesto.

—Que como publiques algo de la estupidez que acabo de inventarme te mando al inspector Medina.

—¡Joder!

El aliento nauseabundo de Anselmo desapareció y Hourani recuperó algo de la placidez que solía hallar en el café de la Pensión Fuentes. Desplegó el periódico que había sobre la mesa. En su portada leyó la noticia de la victoria del partido Wafd en Egipto. El artículo explicaba que algo se movía bajo los cimientos de los países árabes, pero sin profundizar en ese nuevo aire de independencia que comenzaba a soplar. Luego, dejando el periódico a un lado, Hourani pensó vagamente en Jacques Duhamel, en el tajo abierto en su cuello, en las puñaladas que cosían su torso, en la manera salvaje y ruin como había sido violado, en la indignidad del género humano, algo que siempre le sorprendía pese a su larga experiencia con lo más ignominioso y lo más bajo del hombre, y quizá por esa misma razón enseguida la imagen de la víctima fue borrada por aquella otra que guardaba de su llegada a Tánger. Era la imagen del día en el que en la cubierta del Gizéh se había arrodillado bajo una intensa cortina de lluvia que fue abrazándolo poco a poco. Podía notar aún aquellas gotas de agua que se escabulleron entre su cabello, colándose por el cuello de su camisa, chorreándole por la cara, y cómo la ropa mojada se fue adhiriendo a su cuerpo como una incómoda segunda piel. Y también era capaz de recordar la voz del almuédano orando desde la Gran Mezquita y cómo él fue repitiendo las aleyas jurándose que redimiría su vida desde la nada, seguro de que en Tánger lo esperaba la felicidad que hasta ese momento le había sido tan esquiva. Mientras rezaba, sus lágrimas saladas se mezclaron con el agua de lluvia. Continuó con el rezo, aferrado a él para poder seguir adelante. Sólo le quedaba la oración y la vieja maleta que sujetaba con una cuerda, la misma vieja maleta que vio a su abuelo cruzar todo el norte de África y a su padre salir del Líbano para llevar a toda su familia a tierras belgas. Recordaba con nitidez que su boca le temblaba, como el resto del cuerpo, y que en medio del rezo pronunció el nombre de Salwa. Sabía que era la última vez que iba a pensar en ella, que cuando bajase al muelle dejaría su recuerdo en el barco como un equipaje sin dueño, pero repetía su nombre como si se tratara de otra aleya, dolorosa y descarnada. Podía aún sentir la fragilidad del cuerpo de Salwa. La había estrechado entre los brazos el último día que había pasado en Beirut. Fueron apenas unos minutos, escondidos en el taller de su hermano, envueltos en el sándalo y el cuero. Había sentido bajo el caftán su cuerpo menudo, espigado, en el que los huesos parecían de cristal. La había palpado con las manos abiertas aprendiéndose de memoria cada pliegue, cada sombra, cada silencio. Los labios se le habían enredado con su cabello negro y ensortijado que olía a campo abierto. Notaba la calentura de su respiración, el abismo que comenzaba a separarlos, el desmayo que atenazaba a Salwa y que le impedía decir palabra. Hourani logró hablar y lo hizo por los dos. Nada podía hacerse. Salwa había decidido antes, incluso mucho antes de conocerlo, y tendría que partir sin ella. Sólo había conseguido atrapar su intensa mirada memorizando aquellos ojos negros que no se habían cerrado mientras había durado su beso, aquellos ojos negros que lo habían traspasado hasta llegarle al estómago escarbando con una desesperación de agonía. Jamás había sentido un dolor como ése, que lo obligaba a abrir la boca para respirar y a dar bocados al aire para tratar de no desfallecer. Jamás antes había sido tan consciente de que estaba solo, terriblemente solo.

—Buenos días, inspector jefe.

Amin Hourani pareció despertar. Levantó los ojos y reconoció al hombre que acababa de saludarle al pasar a su lado. Era el director de las Galeries Lafayette.

—Buenos días —respondió segundos después no sin cierto esfuerzo.

Miró la tetera tratando de calcular el tiempo que llevaba allí sentado. Se llenó otro vaso, abrió de nuevo el periódico y buscó el número de la lotería agraciado en el día anterior, pero como siempre no era el elegido por Medina…» 

 

Foto de Fran Morales
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