Abdelkhalak Najmi, traductor, intérprete y articulista en prensa tanyaui, gran conocedor de la literatura creada a partir de la ciudad de Tánger, se ha atrevido a un reto curioso y hasta arriesgado: rascar en el interior de los autores que hemos escrito sobre Tánger y mostrar a plena luz del día todo lo que nos ha llevado a elegir esta ciudad como inspiración o como motivo de creación, de investigación o de simple ambientación literaria. En otras palabras, Najmi con su libro “Conversaciones secretas sobre Tánger” nos hace hablar de Tánger para a la vez volver a escribir de Tánger y soñar con Tánger y, en fin, vivir Tánger. Y, para quien nos lea en estas conversaciones, embozarse con su espíritu.
“Es fácil enamorarse de Tánger, es una ciudad femme fatale…” Esta frase es de Alberto Gómez Font, y expresa en pocas palabras lo que muchos sentimos por esta ciudad. Javier Valenzuela lo apuntala al confesar que “Tánger es para mí la Sherezade de Las mil y una noches”.
El poeta tanyui Farid Othman-Bentria explica que “Tánger es una librería y por eso nos da sensación de libertad, por eso hay un Tánger para cada uno y es mejor escoger el Tánger que nos toca y no cualquier otro…”
Rocío Rojas-Marcos reconoce que “…la primera vez que crucé a Tánger fue con 12 años… Recuerdo muy bien una sensación extraña de trascendencia. …en mí despertó una fascinación que nunca se me ha pasado”.
José María Lizundia llega a afirmar que “Tánger es sobre todo un culto cuasi religioso, una expansión emocional tan inaudita como potente”, pero la sentencia más tajante pertenece a Leopoldo Ceballos cuando dice que “Tánger fue una ciudad única e irrepetible. No es un mito, existió. El mito de Tánger es una falsedad…”
Todas estas frases forman parte de las jugosas e interesantes conversaciones que Abdelkhalak Najmi ha mantenido con 31 autores. No está nada mal para exponer una visión compleja, dispar y hasta contradictoria a veces sobre el Tánger actual, sobre el Tánger internacional y, sobre todo, sobre el Tánger personal e íntimo de cada uno de nosotros.
Quiero destacar algo que puede pasar desapercibido del libro de Najmi y es el hecho de que ha transcrito esas charlas mantenidas con todos nosotros sin censura alguna, sin cortar ninguna de las preguntas formuladas ni ninguna de las respuestas recibidas. Se nota que la libertad que respira Tánger la lleva en las venas. Y también alabo que haya incluido en sus “interrogatorios” a personas tan imprescindibles y fundamentales, por su magisterio, como son Pedro Martínez Montávez o Ramón Buenaventura (uno de los pocos autores que me ha hecho llorar con una de sus novelas tangerinas).
No sé cómo expresar mi agradecimiento a Abdelkhalak Najmi al contar conmigo entre los 31 autores seleccionados, pero me halagó que me ofreciese la oportunidad de expresar lo que Tánger significa para mí, ciudad a la que he dedicado parte de mi obra narrativa. Quizá deba hacer mío el sentimiento profundo que traslada Gonzalo Fernández Parrilla en este mismo libro cuando dice que “me siento marroquí de alguna manera”. Siempre me he sentido así. Y, aunque mis raíces están en Larache, también me siento un poco tanyui, si se me permite la osadía.
“Conversaciones secretas sobre Tánger”, que ha publicado Diwan Mayrat, ya es un libro fundamental para tener una seria referencia de lo que se ha escrito y sobre lo que se escribe acerca de Tánger. Un libro que está calando profundamente (me asombra la capacidad de Abdelkhalak para hacer este incansable “tour” de presentación que está realizando por toda la geografía tanto española como marroquí) y que pasará a formar parte de nuestras bibliotecas como obra de consulta.
Como decía antes, feliz de estar presente en estas conversaciones junto a tantos autores a los que me une el lazo de la amistad y la admiración. Igual al que me une a Abdelkhalak Najmi.
«Todo acaba en Marcela» (Ediciones Traspiés, 2024), de Sergio Barce.
El libro se presentará en Málaga el próximo día 2 de marzo, a las 12.00 horas, en El Tercer Piso, de la Librería Proteo. Y el día 14 de marzo, en la Librería Pérgamo, de Torremolinos. Cuando se aproximen las fechas, se enviará el correspondiente anuncio.
«Todo acaba en Marcela» es una novela negra que retrata lo más osucro del alma humana. Una historia que comienza así:
«Estaba sentado al volante de la Kangoo. Llevaba poco tiempo ahí, pero la cabeza era un torbellino que no cesaba de machacarlo. No sabía qué hacer con su madre, que iba perdiendo la memoria poco a poco, que no quería ingresar en ningún centro y que se empeñaba en continuar viviendo sola, pero sí lo que iba a hacer con Marcela. Solo pensar en ella lo dejaba más noqueado que los golpes de Puma Negro. Junto a Marcela creyó que acabaría siendo otro hombre, lo deseó con vehemencia, con la única pretensión de hacerla feliz. Con el tiempo, todos esos castillos construidos en el aire se fueron desmoronando poco a poco, porque Teo huele a carburante y el mal olor acaba por aparecer cuando tratamos de disimularlo con perfumes baratos. Y ahí estaba ahora, atormentándose con la premeditación de un suicida, sujetando el volante como para evitar que su cuerpo escapara de la furgoneta.
Tomó aire varias veces tratando de calmarse, pero acabó por abrir la guantera y sacó una gorra del Unicaja. Se la guardó en un bolsillo, saliendo del vehículo, y luego se palpó el martillo que llevaba en la muslera del mono, mirando a un lado y a otro varias veces antes de dirigirse al portal de Marcela. Lo único que quería era quitarse de encima ese zumbido que lo martirizaba…»
Una delicia leer la Correspondencia Inédita (1958-1987) entre Carmen Laforet y Emilio Sanz de Soto, que José Teruel ha recogido en un libro editado por Renacimiento. Sus confidencias, sus confesiones, sus temores.
Carmen Laforet es todo menos arrogante; al contrario, en sus cartas descubrimos a una mujer llena de humanidad, como Emilio, y llena de dudas sobre su narrativa y sobre la propia creación literaria. No deja de sorprender que una autora como ella sufriera de esa manera al enfrentarse a cuanto escribía. Pero la entiendo. Crear una nueva obra es un reto y un abismo. Pero Emilio Sanz creyó siempre en ella y, con cada una de sus cartas, le enviaba un soplo de aire fresco y de optimismo. Jamás dudó de que Carmen Laforet era una narradora fuera de lo común. Y se entusiasmaba pergeñando proyectos para ella, dándole ideas para sus artículos periodísticos o reconviniendo a sus inquietudes y a sus miedos.
Y Tánger presente en muchísimos instantes, como algo mágico que impregnó a Carmen Laforet y que añora en numerosas ocasiones.
En una de las cartas de Emilio Sanz, fechada en Tánger el 2 de junio de 1961, le habla de Carlos Saura y de su película Los golfos, y también de Luis Buñuel y de Viridiana, y estos párrafos me parecen modernísimos y actuales y, también, muy divertidos. Escribió Emilio Sanz de Soto:
“…¿De verdad te gustó la película de Carlos Saura? Yo por Carlos siento una verdadera debilidad. Me parece un artista sincero y directo. Que no se anda por las ramas. Que quiere que la imagen le dé <verdad>, y por ello lucha a brazo partido. Y en el cine español, donde todo es <camuflaje>, Los golfos me parece una pedrada en seco y españolísima.
¿Has visto el escándalo que se ha armado con la Viridiana, de Buñuel? La película es de padre y muy señor mío, de borrón y cuenta nueva, de punto y aparte… Con ello quiero decirte que la película es genial. Sobre su antirreligiosidad y sobre su carácter blasfematorio habría mucho que hablar. Comprendo que un <curita> del Observatore Romano se asuste. Pero me apuesto la cabeza de que, por ejemplo, un tipo a lo Cardenal Segura, la hubiese entendido, la hubiese tomado como lo que es: un puro <cachondeo> ibérico, y tras un coscorrón, habría absuelto a Buñuel, con tres Avemarías de penitencia. Porque un español no puede asustarse de Viridiana. A no ser que ese español se asuste de la novela picaresca, de Quevedo, de Larra, de Unamuno, de Valle Inclán, de Valdés Leal, de Goya… y de suma y sigue. De acuerdo en que es una obra inconformista y rebelde. Que arremete contra lo divino y contra lo humano. Contra las mayúsculas: la Iglesia, el Estado, la Burguesía, la Moral, el Código Civil… Pero todo ello, insisto, a la española: cabreado, a patadas, sin ton ni son… Buscarle a todo esto -como hacen los franceses- un sentido religioso o político, es no saber quién es Buñuel. ¿Y quién les explica a los franceses -o al Vaticano- lo que es un aragonés, cazurro y humano, con una visión del cine tan genial, como la que tuvo su compadre Goya de la pintura?
¿Sabes lo que yo haría Carmen? En vez de proyectársela a los del Opus, muertos de miedo y oliendo todos a perfume <Moustache>, se la pasaba a auténticos curas de pueblo, sin miedos y oliendo a cebolla, y estoy seguro, segurísimo, de que estos no le daban más importancia -religiosa- de la que ellos suelen darle a un buen taco o a un chascarrillo bestia.
Esta es mi opinión. Pues en la maldad de Buñuel jamás podré creer, conociéndolo como lo conozco. A sus sesenta y un año sigue siendo un niño travieso, al que se le saltan las lágrimas cuando oye cantar una Jota o La Marsellesa…”
Leer esta correspondencia es darte de bruces con dos personas excepcionales y admirables.
Dejo ya declarado de antemano que no me gustan los toros, pero me ha parecido curioso que un marroquí, en los años 50, fuese torero. Se trata de Amín Ben Mohamed. El cartel de su actuación en la Plaza de Toros de Tánger es de coleccionista, y los dos comentarios o artículos que adjunto los he tomado de la página web del Aula Taurina de Granada.