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Sólo espero que este modesto blog sirva para alimentar nuestras inquietudes y recordarnos que el respeto y la convivencia entre las tres culturas fue y es posible.

Sergio Barce, mayo 2012

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En la UNIVERSIDAD DE TETUÁN, el pasado 25 de abril – MARRUECOS-LARACHE en las novelas de SERGIO BARCE

Después de recalar en Larache para estar presente en los actos del Día del Balcón Atlántico el pasado domingo 22 de abril, me dirigí a Tetuán donde he participado en el Seminario sobre El Español en el Mundo, que se celebró en la Facultad de Letras de Tetuán de la Universidad Abdelmalek Esaâdi, en colaboración con el Aula Universitaria del Estrecho de Cádiz y el Instituto Cervantes de Tetuán.

Mi ponencia se titulaba: “Marruecos en las novelas de Sergio Barce”.

Primera cuestión: no sabía si preparar un texto para leerlo en el Seminario, como hicieron algunos de los ponentes, o bien improvisar, como hago la mayor parte de las veces, dejándome llevar por lo que me sugiere el tema y por la reacción del auditorio.

Primera confesión: me dejé llevar por mi intuición, y por lo que me dijeron después los asistentes, creo que acerté.

Khadija Yahya Lamrani, Sergio Barce,, Mouad El Mejdki, Prof. Abdellatif Limami, Prof. Abdellatif Ghailani Rzin y Fayssal Ouetta

Segunda cuestión: cómo entroncar mi tema con las otras ponencias, tales como “El idioma español en el mundo: actualidad y proyección” o bien “Orientaciones metodológicas actuales en la enseñanza de lenguas”, porque, después de escuchar las ocho ponencias que se desarrollaron el martes 23, pensé que no estaría a la altura de los profesores e investigadores a los que había escuchado esa primera jornada.

Segunda confesión: las palabras del poeta y profesor Abderrahman El Fathi durante la divertida cena que compartimos esa noche ahuyentó mis temores, porque El Fathi me dijo que las ponencias del días siguiente no eran tanto de carácter metodológico como de creatividad en español en Marruecos y que, por tanto, podía dar rienda suelta a lo que yo expresaba en mis libros, y de la manera que creyera más pertinente.

Tercera cuestión: mi ponencia “Marruecos en las novelas de Sergio Barce” sabía a ciencia cierta que acabaría por transformarse en “Larache en mis novelas” y que, inevitablemente, me emocionaría en cuanto me metiera en faena, porque hablar de lo que uno escribe desde las entrañas apareja esta consecuencia inevitable. La duda que me asaltaba era si los profesores y estudiantes que asistían al seminario entenderían las razones más profundas que me llevan a escribir de Larache.

Tercera confesión: la moderadora, la encantadora profesora Rachida Gharrafi, me lanzó sin paracaídas haciendo una presentación e introducción de mi persona que me facilitó el inicio; luego, a medida que hablaba, me di cuenta que el auditorio me seguía con tanta atención que me sentí en seguida como en casa. Me sorprendió, eso sí, que a muchos de los asistentes se les saltaran las lágrimas, lo que no parece muy propio de un seminario. Indescriptible mi satisfacción al terminar el acto: primero porque uno de los profesores asistentes, Abdellatif Ghailani, me dijo que había hecho que se emocionara recordando el Larache de su niñez, porque su padre era larachense y él pasaba los veranos en el pueblo, y también porque una de las integrantes del comité organizador me confesó que jamás había estado presente en un acto tan emotivo y especial como el que acababa de presenciar.

El profesor Abdearrahman El Fathi rodeado de varios de los alumnos asistentes

No sé cómo agradecerle a Abderrahman el Fathi que me invitara al seminario, no sé si le será suficiente que le diga que ha sido una de las ocasiones en las que me he sentido más pleno como escritor, y que gracias a él, además de estrechar nuestra amistad y la que ya compartíamos ambos con el profesor Abdellatif Limami, con el que he vuelto a compartir momentos inolvidables, además de eso, me ha regalado la oportunidad de conocer a personas extraordinarias como los mencionados profesores Rachida Gharrafi y Abdellatif Ghailani, con los que me faltó tiempo para hablar, o como los profesores Francisco Zayas, Hassan Amar, Souad Annakar, el inspector El Khadir Al-Azhari, el Consejero de Educación de la Embajada española D.Antonio Feliz, al profesor (y gran piloto de helicópteros) Enrique Lomás, o como esas tres encantadoras y especiales personas que son la poeta Yolanda Aldón, la esposa del profesor Limami, Nezha, y la profesora Nisrin Ibn Larbi Fathi, o como el director del Instituto Cervantes de Tetuán D.Luis Moratinos, que me demostró una amabilidad y cordialidad exquisita, y como a ese montón de estudiantes que, para mi sonrojo pero también para mi satisfacción, me pidieron una y otra vez que me fotografiara con ellos…

Con Amani, una de las alumnas asistentes al acto

Fue entonces cuando me di cuenta de cuán profundo había calado mi charla, porque mientras nos hacíamos estas fotos de recuerdo algunos de estos alumnos me agradecieron mis palabras, mis recuerdos, también mis críticas y mi nostalgia del Larache que nos gustaría ver hoy, porque esos alumnos son larachenses que estudian en la Universidad de Tetuán, y la manera como me transmitían su simpatía, su calidez y su afecto, es indescriptible, pero impagable: algo que te llega al corazón. Como lo hicieron los propios estudiantes tetuaníes que fueron amabilísimos.

Y después de toda esa emoción, de que se cerraran estas jornadas de tanta altura con los aplausos que allí se escucharon, prueba de su éxito y por ello felicito de nuevo a Abderrahman El Fathi, esa misma tarde asistimos en el Instituto Cervantes a la presentación del poemario de Yolanda Aldón “Cádiz y la otra orilla, a sorbos de a-mar y versos” que presentó D.Luis Moratinos. Reconozco que los actos poéticos no son lo mío, pero también reconozco que me alegré de estar presente en este en concreto porque, sinceramente, Yolanda Aldón supo ganarse al público con sus palabras pero, sobre todo, con sus versos, y es que, aunque ya he leído el libro y lo recomiendo sin duda, escuchar su poesía recitada por la propia autora gana verdaderamente en quilates, en emoción e intensidad, de manera que fue la guinda a las jornadas.

Luego, aprovechamos para despedirnos cenando en la Casa de España de Tetuán, donde, curiosamente, también cenaban, cantaban y bailaban, los profesores de los Liceos franceses, lo que no deja de ser paradójico. Durante la cena, D.Luis Moratinos me preguntó si estaría disponible para ir en septiembre a Tetuán para presentar mi novela “Una sirena se ahogó en Larache” en el Instituto Cervantes. Después de toda la experiencia vivida estos días, la respuesta era evidente, así que, si la invitación se concreta finalmente, Incha Al´láh, me encantará reencontrarme con mis amigos Limami, Nezha, Abderrahman, Nisrin, Rachida, Yolanda, Luis (espero que él me permita esta licencia) y los demás, para hablarles de nuevo de las calles y de la gente de mi pueblo a través de mi novela, y hacer que Larache luzca de nuevo aunque sea en la febril imaginación de este escritor que espera no haber aburrido a quien se haya aventurado a leer esta pequeña crónica.

 Sergio Barce, abril 2012

 

(Nota: apenas tengo fotografías del seminario pero a medida que las consiga las iré añadiendo a este post)

     

   

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LARACHE – ALBUM DE FOTOS 10

En el primer capítulo de mi novela EN EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES (Aljaima – Málaga, 2000) escribí lo siguiente:

(…) …Y, sin embargo, furtiva pero impetuosamente, de golpe, esos añejos recuerdos cruzaron ante mis ojos en un torbellino de imágenes lanzadas a fuego cruzado cuando entreví, allá a lo lejos, desde la suave curva que el vehículo tomaba, a mi pueblo.

Larache, a lo lejos

Descubrí sus casas blancas salpicadas de pinceladas azules apiñándose sobre la mansa ladera que se yergue tibia sobre el Lukus, como una inmensa bandera ondeando frente al océano. El atardecer las teñía con esa coloración dorada que volví a ver en Tánger, pero que allí, en Larache, parece más áurea, más intensa, es como si el sol se mostrase aquí más indulgente que en el resto de Marruecos. Me retumbaba el corazón a cien por hora y hasta mis manos temblaban, qué confuso todo, el ayer con el presente y lo rememorado con lo olvidado, lo que se deseó y cuanto detestamos, pero emergiendo entre esa maraña se abre paso la emoción pura y simple que destila y depura y solo saca a flote lo que en algún momento nos tocó el corazón.

Nayib, el taxista que nos llevó del puerto de Tánger hasta Larache, detuvo su reluciente Mercedes de segunda mano importado de Alemania justo al centro del puente que cruza el río, pasadas las ruinas romanas de Lixus, y posó una de sus enormes manos en mi hombro.

-No iora, jáy. Demasiado tiempo sin volver…

¿Quién no ha vivido una experiencia parecida al regresar después de los años? Este album de fotografías es como un viaje de regreso, de la mano de las imágenes que cada uno de nosotros ha ido guardando. También de las que ahora hacemos cuando volvemos, o de las que hacen los que viven actualmente en Larache. Todo forma parte de la misma memoria, la que atesora el pasado y la que cultiva el futuro, es decir, el germen de la  memoria que será.

Y luego entras en Larache, y llegas a la Avenida Mohamed V…

La avenida Mohamed V estaba flanqueada no sólo por los hermosos edificios de una y dos plantas, la mayoría de ellos aún se conservan, por suerte, pintados de blanco y azul, sino por unos preciosos arriates llenos de plantas y palmeras… En esta imagen, estamos mi madre Maru Gallardo y yo, Sergio Barce, precisamente en la avenida, sería el año 1968 más o menos, y en el cochecito mi hermana Marisol.

Dirección a la Plaza de España, hoy de la Liberación, dejas a la derecha el santuario de Lalla Mennana y el Jardín de las Hespérides, y en otra época a la izquierda, tras pasar la iglesia, estaba la tienda donde trabajaba mi abuelo paterno, Manuel Barce: La Bandera Española, hoy Bazar Yebari.

Estos viejos carteles anunciando los negocios que estaban funcionando en el pueblo, me los envía Paco Selva. Y seguramente traerá recuerdos a muchos de los que los conocieron. Pero si seguimos el camino emprendido, aterrizamos finalmente en el regazo de la Plaza de España, que es a donde siempre terminamos todos al volver. Un lugar que fue espectacular:

La Plaza, la fuente, las palmeras, la arquería y los edificios del Hotel España. Café Central, Café Lixus y Hotel Cervantes, también el Casino cuando estaba en pie… Un conjunto arquitectónico único en todo Marruecos. Aquí está León Cohen con su tía Mery…

León Cohen Mesonero con su tía Mery en la Plaza de España

Yo, de pequeño, también solía ir a la Plaza a jugar, a ver los peces de colores, a correr o a montar en bicicleta. Sergio Barce en la Plaza…

Y del pasado, Paco Selva me ha hecho llegar varias fotografías, hoy cuelgo las de diferentes equipos de fútbol, la mayoría de los jugadores son difíciles de identificar, pero en la próxima entrega de fotos incluiré las que contienen a futbolistas que sí hemos conseguido reconocer, bueno, los que Paco ha identificado. Hay que recordar que su padre fue presidente del CF Las Navas y del CF Larache, y por esta razón guarda infinidad de fotos de partidos de fútbol disputados en Santa Bárbara. Estos cuatro equipos deben ser de los años 20 y 30, supongo.

Al igual que estos dos:

En las siguientes fotos que Paco me ha pasado, sí se reconocen, en la superior, a Lama, y, en la inferior, a Emilio y Facundo. Estos datos, por supuesto, son de Paco Selva, por edad él sí puede hacerlo, yo por entonces ni siquiera había nacido.

Estas otras ofrecen una curiosidad en la segunda de ellas: la visita del Valencia CF a Larache… Los grandes equipos de la liga española, jugaban en Santa Bárbara, desde el Atlético Aviación al Athletic de Bilbao…

Esta imagen me la enviaron hace mucho, y no recuerdo quién (espero que me refresquen la memoria). Los espectadores acuden en 1953 a ver un partido del Chabab (así es como me llegó la información junto a esta foto, pero, como bien dice León Cohen, debió de ser el Larache CF, ya que el Chabab apareció más tarde).

Ya que estamos en esos años pasados, que aunque no viví sí conozco por tantos relatos de mi familia y amigos, recupero esta fotografía del Taller de Agustín Barrajón, que nombro en algún relato.

Si se me permite otro paréntesis familiar, aquí están mi madre, Maru Gallardo, con mis abuelos, Manolo Gallardo, que fue policía de tráfico en Larache, y mi abuela Eduarda Martínez. Tras la independencia de Marruecos, mis abuelos se marcharon a Málaga, desde donde siempre recordaban los buenos años vividos en el barrio de la Bilbaína, y los años de Alcazarquivir, los de Villa Sanjurjo o los de Ghemis Sahel, porque vivieron en todos esos lugares… Mis padres continuaron en Larache, para mi suerte.

E inevitablemente, imágenes de los colegios, donde se reconocen la mayoría de los amigos. Esta primera es de los HH Maristas, en el curso que compartieron, de arriba abajo y de izquierda a derecha: Galice, Manolo Hernández, Abdelmeji ben Abdelkrim, Vicente Pro, Antonio Ubeda ,Joaquín  Garcia, Pepe Alberca, Pepe García Gálvez, Paco Osuna, Cristóbal Ortiz, Claudio Columé, Ramón Sánchez, Ricardo Toledo, Daniel Calbo, Jose Ponce, Julián Aixelá y Pepe Edery.

Años después, del mismo centro, otros compañeros, de mi curso, aunque yo no aparezco, como casi nunca cuando hacían estas fotos de grupo, no sé si me ponía enfermo por esas fechas o simplemente es que rehuía posar… El hecho es que nunca estoy junto a mis compañeros de los Maristas, lo que lamento. De aquí sólo logro recordar a Juan Carlos Palarea, Francisco Javier Palarea, Miguel Angel Aguilar, Pablo Serrano Morón, Lotfi Barrada, José María López Garry, Luis Velasco, Guerrero… Se agradecería ayuda para completar la foto. El primero en hacerlo ha sido Vicente Palomares para indicar que él es el que aparece en la quinta fila a la izquierda y su hermano Antonio Palomares en la cuarta, ambos con vestimenta de rayas; y en la fila quinta a la derecha, junto al macetero, Pablo Aledo. Y Juan Carlos Palarea me aclara algunos otros: Pepe Cáceres, José Gabriel Matínez y Luis Simón. Joaquín Mauriño añade que, en la primera fila a la derecha, sentado y con una mano sobre el hombro está Diego Mauriño Medero; y justo más a la derecha, un escalón más arriba (al lado del niño que está de pie) está Victoriano Mauriño Medero. La foto debe ser sobre el año 71.

En esta otra, del Colegio de Nuestra Señora de los Ángeles, reconozco a las que luego serían compañeras mías de clase: Conchi Lama, Gabriela Grech, PeponaTambién Juan Carlos Palarea me indica que están su hermana Viki Palarea y Cristina Navarro. Y como bien indica Mati, la segunda de pie, de izquierda a derecha, es ella, Mati López Quesada, y  la siguiente Marina López Matres.

Hay tiendas y negocios unidos al apellido de su dueño, que son imborrables de nuestra memoria… Es el caso de Rosendo:

Como también son imborrables los amigos de la infancia, a los que hemos visto en alguna ocasión pero que siguen ahí como parte de nosotros. Eso me ocurre con Aguilar, que vivía a mitad de la calle Chinguiti, donde además su madre tenía una peluquería. Recuerdo los días en su casa haciendo espiritismo, o lo que creíamos que era espiritismo y que sólo nos hacía temblar de miedo y partirnos de risa…

Una fotografía de unos amigos: Manuel Fernández Padilla, Pablo Serrano, Juan Cuevas y Juan José Brito.

Quizá sea Miguel Alvarez una de las personas que más relaciono con mi familia y con mi niñez. Era mayor que yo, pero pasé muchos momentos a su lado, y es como de mi familia.

En esta imagen Miguel Alvarez y yo estamos con nuestras madres, en la Gaba.

La familia Alvarez vivía al lado nuestra en la última planta del edificio de Uniban. Manolo Alvarez era compañero de trabajo de mi padre. En los otros pisos de esa planta vivían Torres y Matamala. Pero antes de irnos a la avenida Mohamed V para residir en el inmueble de Uniban, mi niñez estuvo en el Balcón del Atlántico, en concreto vivíamos en este edificio que aún continúa en pie, y nuestras ventanas son las que están justamente sobre el cartel de la teleboutique:

Más anuncios del pasado, y más apellidos: Coloma, Alarcón, Revilla

Me gusta construir este album con los recuerdos pero también con el presente de la ciudad. Mis amigos de ahora son también fundamentales. Esta mañana me ha llamado Abderrahman Lanjeri para contarme que Luis Cazorla estaba por la Medina explicando a un grupo de personas dónde se desarrolla la historia que narra en su novela «La ciudad del Lucus»… Abderrahman es un luchador por conservar a Larache en pie, por defender su patrimonio. En esta imagen, lo vemos organizando al grupo que, hace unos años, hicimos una batida por la playa peligrosa para concienciar a la gente de que hay que mantenerla limpia. Fue muy divertido. Llevábamos unas camisetas azules que rezaban: TODOS SOMOS LARACHE, y en caracteres más pequeños todos los apellidos larachenses que recordábamos…

No puedo dejar de mencionar a la madre de Abderrahman, que hace un cuscús alucinante. Aquí está junto a la princesa larachense Angeles Ramírez.

Uno de los poetas de nuestra ciudad, el elegante Mustapha Bouhsina, que de tarde en tarde nos regala algún poema sobre Larache. Si alguien es sentimental, sus poesías le llegarán. Un escritor infatigable.

Y otra persona que merece la pena conocer de entre nuestros paisanos es Said Hauat, siempre disponible para cuanto hemos necesitado al realizar alguna actividad en Larache.

De Abdelmawla Ziati, autor teatral larachense, he hablado en este blog, por su inagotable esfuerzo por levantar el teatro en la ciudad, y por sus obras. En esta fotografía aparece junto a otros dos autores larachenses, a quienes tengo un gran respeto y afecto: Ahmed Demnati y Mohamed Benaboud.

De Demnati quiero colgar alguna poesía en este blog, y aunque me ha enviado poemas sueltos, aún no he conseguido ninguna traducción al castellano, pero ya llegará, y podré ponerlas en los dos idiomas.

En esta otra fotografía aparecemos varios larachenses, en una reunión informal que hicimos en Málaga, en El Pimpi. Estamos, y José Miguel Palarea me ha ayudado a completar todos los nombres: delante, Miguel Montecatine, detrás, Mercedes e Isabelita Matamala; siguen Isabel Barrales, Charo Matamala, Sole, Alfonso Ariza, Augusto Sarmiento, Sergio Barce, Juan Carlos Palarea, Jose Miguel Palarea, Juan A. Hidalgo y Pepito.

En esta otra imagen, que me ha pasado Karim, hay otro montón de paisanos y amigos y conocidos, que son fantásticos: Karim Ouhrich, Zineb Naoual, Sarita NL, Mounir Kasmi, con el que he compartido ya un montón de mesas redondas y buenos momentos, Mariam Benani, Said Allam, Isadac Fatima Zohra, Touriya Alem, Rajaa Zaidi, Igor Quezada, Abdo Didane, Khalid Didane y Morad Jah.

Joaquín García Camúñez me ha enviado esta composición fotográfica que él mismo ha hecho. Tres amigos que se reencontraron 55 años después, muchos años sin olvidarse unos de otros, que se retrataron juntos; debajo, ellos cuando eran chavales: Joaquín, Claudio Columé y Manolo Hernández Saris; y abajo cuando estudiaban juntos, y como él dice, al volver a verse decidieron ser niños de nuevo, en Larache…

Ya casi al final de mi novela «Sombras en sepia» (Pre-Textos – Valencia, 2006), el protagonista, Abel Egea, se despide de Samir cuando está a punto de marcharse de Larache.  Y dice así:

(…) Como le había prometido, Samir vino a despedirse de él. Se lo encontró a la puerta del Hotel Salam, departiendo con Abdeslam. Abel se había traído el Orion hasta la misma entrada del establecimiento y los dos le ayudaron a meter la maleta, el bolso de mano y unas bolsas con algunas compras: naranjas e higos secos, chuparquía, hierbabuena, dátiles, especias y ejemplares de «La Mañana» que le facilitó Rachid, el dueño de la Librería Al Ahram.

Abel le deslizó unos dirhams a Abdeslam, que se lo agradeció varias veces, efusivamente. Por su parte, Samir le dio un largo y sincero abrazo, besándole en las mejillas.

-¿Volverás? -le preguntó cuando se soltaban.

-Por supuesto.

No era una contestación con la que pretendiese cubrir el expediente, sino que había decidido hacerlo de nuevo. Tenía muy claro que ya no existen distancias, que, en menos de cinco o seis horas, se plantaba en Larache. Y no quería desaprovechar ese lujo.

-Me alegra oírlo. Ya sabes dónde tienes tu casa.

-Shukram, jai -respondió Abel.

-Lamento que no la encontrásemos -Samir apretó los labios, notando que algo se les evaporaba de las manos, una sensación de desencanto-. Te lo digo de verdad.

Sin decir nada, Abel se metió en el coche. Miró al frente; en nada le afectaban las palabras de Samir. Sabía, perfectamente, dónde estaba, lo que anhelaba, qué era lo que le esperaba en los próximos años. Y se sintió bien consigo mismo. Con una flema digna de un amanuense, Abel se había sacado el saquito con el tabaco y se sirvió una buena rayita de rapé. Luego, sonrió, lacónico.

-¿Sabes qué es lo que yo más lamento?

Samir negó con la cabeza. Pero al fondo de los ojos glaucos de Abel, vislumbró un lejano estremecimiento. Abel giró la llave y el motor bramó por el tubo de escape. Volvió a fijarse en el final de la Avenida Hassan II, en el perfil gigantesco de La Tulipe. El desconcertado Samir apoyó las manos en el borde de la ventanilla del coche, como si temiera que Abel acelerase y lo dejara allí.

-Dímelo -suplicó.

No le habría perdonado que se  hubiese llevado consigo la respuesta. Pero Abel le miró, con una expresión suave y relajada, que utilizó también en sus palabras, cargadas de sinceridad.

-No haber regresado antes…

Sergio Barce

LARACHE – foto de Itziar Gorostiaga

OS AGRADECERÍA A TODOS ME ENVIÁSEIS FOTOGRAFÍAS VUESTRAS PARA IR AÑADIENDO AL BLOG. PODÉIS HACERLO A MI CORREO: barceabogado@gmail.com


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Mis cuentos en el Instituto Miguel Servet de Sevilla

El viernes pasado, tuve la oportunidad de intervenir en la Semana de Animación a la Lectura en el Instituto Miguel Servet, de Sevilla. Invitación que agradezco profundamente, porque fue una grata experiencia.

Sergio Barce y Rosario Chaparro, en un momento de la charla

La presentación corrió a cargo de Rosario Chaparro, jefa del Departamento de Lengua, que fue muy generosa en sus elogios, y enormemente amable conmigo. La idea era que, hablando de mis libros, y especialmente de mis relatos cortos, tratara de abrir en los estudiantes el interés o, al menos, las ganas por acercarse a mis historias. Una excusa para invitarles a ver los libros como algo atractivo.

Había pensado, en principio, leer alguno de las historias de Ultimas noticias de Larache y otros cuentos (Editorial Aljaima, Málaga – 2004), pero luego, a medida que les iba relatando mi experiencia en Larache, las anécdotas y los motivos por los que escribo ambientando estas historias en mi pueblo, deseché la lectura y pasé a la narración oral.

Rodeado por los profesores Vanessa, Consuelo, Rosario y Luis

En algún instante, les expliqué que, en realidad, esa es la manera de narrar habitual en Marruecos, que la transmisión oral de los cuentos populares nunca ha necesitado de la escritura, y que, lo que estaban oyendo, era la forma más natural y primitiva de relatar.

Los alumnos asistentes

También les hablé de mis novelas: En el jardín de las Hespérides <Ajaima, Málaga – 2000>, Sombras en sepia <Pre Textos, Valencia, 2006> y Una sirena se ahogó en Larache <Círculo Rojo, Almería . 2011). Creo que les fascinó la historia de Mina, la negra, y también mi cuento Moro, que les conté como una experiencia real de lo que significa la xenofobia; supongo que eso les acercó más a este problema.

Luego, cuando hube acabado, los alumnos de segundo que llenaban la biblioteca del centro, preparada para la ocasión, y que habían seguido mi charla narrativa en silencio, lo que me sorprendió, lo confieso, comenzaron a bombardearme con preguntas. Esa, y no otra, fue la prueba de que habían escuchado con atención mi relato oral. Unos me preguntaban sobre mi vida en Marruecos, sobre mi infancia en Larache, otros sobre la técnica narrativa, cómo me enfrentaba a mis historias para poder trasladarlas a un relato o a una novela, qué era lo que me movía a escribir, si cuando comenzaba una novela ya sabía el final de antemano… Sorprendentemente, Rosario Chaparro tuvo que interrumpir las preguntas porque nos habíamos pasado de tiempo. La verdad, a mí se me hizo corto. Ojalá que a ellos también. Me gustó la experiencia, y me divertí descorriendo la cortina tras las que guardo mis historias. Gracias a los miembros del Centro Miguel Servet, así como a sus alumnos, por su acogida y por el trato recibido.

Sergio Barce, noviembre 2011

Francesco Vertedor y Sergio Barce, al final del acto

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LARACHE en un fragmento de mi novela «SOMBRAS EN SEPIA»

Mi novela SOMBRAS EN SEPIA se editó en 2006 por Pre-Textos, tras ser galardonada con el Premio de Novela Tres Culturas de Murcia. El jurado lo formaban autores tan prestigiosos como Luis Mateo Díez, Jon Juaristi, Pedro García Montalvo, Clara Janés y Manuel Borrás. Hay un capítulo en la novela en la que relato cómo el protagonista, al regresar a Larache, se va dando cuenta, poco a poco, de que los recuerdos estaban ahí, aunque él no lo hubiera creído, y de que es en Larache donde se hallan realmente sus raíces. Ese capítulo es el que transcribo a continuación:

Nunca había imaginado que esa sensación de desarraigo pudiera acentuarse como lo había hecho al volver a pisar Marruecos. Yebari le había animado en cierta medida al considerarlo un paisano más, como en realidad él se había sentido siempre, aunque su documento nacional de identidad español no lo dijese. Pero ahora que bajaba en dirección al puerto, después de haber sucumbido al encanto decrépito y decadente del Zoco Chico y de las calles Sidi Ahmad Tami y Qasba, se encontraba con otra realidad más hiriente. Sin duda, eran las mismas callejuelas de la Medina por las que un día jugó con Abderrahman El Anjari y con Antoñito Guerrero, los pasajes por los que descubrió la aventura irrepetible de verse a escondidas con Salma, las cuestas románticas que arroparon sus abrazos a Carlota, y, sin embargo, ahora que, en busca de Nadja, volvía a pisarlas, muchos años después, le resultaban tan lejanas que eran como un paisaje desértico.

Al final de la calle 2 de Marzo, Samir le invitó a cenar en un pequeño restaurante de pescadores. Sólo había cuatro mesas y ellos eran los únicos clientes. La brisa del puerto estaba hecha de una humedad helada, que se metía bajo la piel y era imposible evitarla, por muy abrigado y forrado que se estuviese. Les vino bien la cena, filetes de atún y lenguado, para calentar algo el cuerpo y engañar al desaliento que los embargaba a ambos. Se habían pasado dos largas horas recorriendo la vieja ciudad y nadie parecía haber escuchado hablar de Nadja ni de su familia. Hubo quien le dedicó una atención nada complaciente a Abel, interrogándose probablemente acerca de las oscuras razones de ese desmesurado interés que un enzerani estaba demostrando por una pobre chica marroquí. En un cafetín, le aseguraron que ninguna joven que respondiera a la descripción que ofrecía había pisado la Medina.

Puerto de Larache

-Es normal –dijo Samir-. Hay mucha gente nueva. Pero no te desesperes. Tú tranquilo, jai.

En los aledaños del marsa sólo quedaban ya los restos de la pesca que no se había podido vender. Olía a pescado podrido, pero también a sal y a madera mojada. Los escalones que subían a la Medina estaban destentados, las fachadas desconchadas y el camino hasta la salida de la ciudad era, en su mayor parte, un terrizo convertido en un barrizal destartalado. A Abel Egea se le ocurrió que allí se habían detenido todos los relojes y nadie se había preocupado de nada, ni siquiera de volver a darles cuerda… Decidieron, pues, subir por la carretera del puerto. Al perfilarse el Castillo Lakbibat, ladeado, de rodillas, perdida su dignidad, vencido y humillado por la desidia de las autoridades que lo habían abandonado a su triste suerte, con sus muros mordisqueados, Abel apoyó una mano en el hombro de Samir y se puso a toser. El dolor de los bronquios se sumó al dolor de su propia estima, como si contemplar otra vez el desgraciado destino de esos muros derrengados fuera igual que verse a sí mismo frente a un espejo.

Castillo Laqbíbat o de San Antonio

-Lo siento –musitó recuperándose de la tos-. Me ha impresionado ver este lado del castillo… Desde el Balcón no me había parecido tan grave, pero ahora, no sé… Se está cayendo a pedazos…

-¿Quieres que vayamos por otro camino? ¿Volvemos por la Medina?

Abel Egea seguía observando las grandes piedras que se habían ido desprendiendo de los muros, las grietas profundas, las cúpulas resquebrajadas y las hondas incisiones en las paredes hechas a base de hachazos gigantes. Desde la otra cara, ya había vislumbrado su deterioro, pero esta otra perspectiva era tan atroz como cuando un cirujano abre para operar y, súbitamente, se encuentra con un cáncer inesperado y triunfante al que ya sólo cabe dejar que acabe su devastadora tarea.

BALCON ATLANTICO

-¿Qué más da? –respondió fatigado, antes de levantar el mentón, con gesto desafiante-. ¿Piensas que ver todo este desastre me afecta? ¡Pues claro que me afecta, maldita sea! Pero puedo contarlo, jai. Eso quiere decir que sigo vivo y que continúo sintiendo… Me marché y no puedo exigir nada. Las cosas son como son, Samir. Y las acepto. Pese a que este castillo y los antiguos edificios van enmudeciendo, yo sigo amando todo esto, con sus heridas, con sus ausencias, con sus gangrenas… No puedo adivinar el futuro que le espera a cuanto nos rodea, ni siquiera mi futuro… Hay que esperar y ver qué nos trae el destino en su zurrón de viaje. Algunas veces hay sorpresas agradables.

-Incha ´al´aláh! –añadió Samir.

-Sí, que sea lo que Dios quiera…

Abel se hizo un ovillo en la cama, aterido por la espesa humedad que había asaltado la ciudad con la complicidad de una noche opaca y ladrona. Contra su propio pronóstico, se quedó dormido enseguida. Apenas soñó. Se despertó con la primera oración del día, al amanecer, oyendo a la decena de almuédanos que llamaban desde los minaretes diseminados por la ciudad. Había uno que destacaba del resto y Abel podía seguir cada una de sus palabras, acallando a los demás. La luz entraba por la ventana con una claridad sorprendente, pese a lo temprano de la hora. Se escuchaba una discusión en el interior de alguna casa. Abel miró la puerta del cuarto de baño, de madera pintada de beige y con la parte de arriba de cristal translúcido. De pronto, oyó la voz de Carlota al otro lado de esa puerta.

-¡Marido! ¿Iremos al baile del Casino?

-¡Tú qué crees?

Casino

El Casino estaba al borde mismo del acantilado, sobre el Balcón. Su salón, espacioso, con una solería de contrastes grises y negros, estaba habitualmente habitado por sillones confortables que animaban a largas conversaciones al atardecer, con un café humeante o un té verde con flor de azahar. Cuando se organizaba un baile, los sillones se retiraban y el salón parecía aún más grande de lo que ya era. La orquesta, situada junto a un lateral, comenzaba con un pasodoble y podía terminar con una conga alocada y divertida. Había historias para todos los gustos. Nadie había olvidado el baile de disfraces en el que Ricardo llegó, como Dios lo trajo al mundo, montado en un caballo blanco. El revuelo que se formó fue de órdago y hasta las autoridades se vieron en la necesidad de tomar cartas en el asunto para evitar un escándalo mayor.

Lo curioso era que Abel Egea apenas recordaba el hecho en sí de bailar con Carlota, el acto físico de abrazarla y dejarse llevar con el son de un tema de Frank Sinatra o de Paul Anka, sino el escapar con ella de la sala abarrotada y ruidosa, llevarla en volandas hasta la esquina de la Casa del Flecha y allí, acorralándola entre sus brazos, besarla y sentir la dulzura de sus labios entregados. Luego, se asomaban al Balcón, en medio de la oscura madrugada, y sentían la presencia vital y salvaje del mar, estrellándose contra las rocas, con el latir incesante de su corazón bravucón y pirata. Abel le pasaba un brazo por los hombros y la atraía para sentirla todo lo cerca que podía, rozando con el torso sus senos agitados. El aire le removía a ella el cabello, pero siempre con una primorosa delectación, como cohibido. En aquel lugar, sólo les acompañaba la luna, una luna grande, redonda, extraordinariamente enigmática.

Seguía mirando la puerta del baño y continuaba oyendo la voz de Carlota, con una nitidez estremecedora. También podía olerla, ese aroma a madreselva que envolvía la casa, que la hacía a Carlota inconfundible y especial. Nunca supo por qué debió desaparecer antes que él, por qué ese atroz tormento de sobrevivirla, por qué ese continuar sin su compañía; le parecía la mayor injusticia del mundo.

Se aferró a su almohada como si abarcara con su abrazo vacío la cintura poderosa de Carlota. Le gustaba reposar la cabeza en su espalda, el pecho apretando las nalgas de su mujer, abrir las manos para cubrir con sus dedos ese vientre y el diminuto ombligo picasiano. Escuchaba su respiración siempre plácida, jamás hubo nada que la perturbara o la inquietase, salvo, quizás, cuando los chiquillos vinieron corriendo por las calles gritando que el nieto de la Motrilica se había ahogado en la playa. El pobre Manuel Martín se quedó sin su hijo como si le hubiesen arrancado el corazón a navajazos y, aunque sus amigos buscaron consuelos imposibles, nadie pudo borrarle la expresión de asombro y de precariedad que se instaló en su rostro igual que una sombra nocturna. Carlota lloró aquella noche el vacío eterno que iba a acompañar a aquella mujer que la atendía en la pescadería jugueteando con su revoltoso nieto que solía escapársele por entre las piernas, como un gato escaldado.

-¡Este niño me va a matar un día a disgustos! –protestaba la Motrilica sin poder adivinar que sus palabras eran más que una profecía.

La anciana solía decir que las aguas revueltas de Atlantis se lo habían llevado igual que a una cáscara de nuez, flotando a su caprichoso delirio, sin opción a que su padre pudiera franquear las olas premeditadamente crecidas para que nunca llegara a tiempo. Manuel Martín recogió el cuerpo de Manolín en la orilla, cubierto de algas verdes y marrones, con los labios morados y los ojos impregnados de sal, que parecían congelados, con los iris estallando en una última mirada perdida que se hundía en un vacío irreal y etéreo.

Cuando Manuel Martín llegó a la pescadería, la abuela se desmayó, cayendo de espaldas sobre las cajas de sardinas. Alguien aventuró la noticia de que a la Motrilica le había dado un pasmo y que había fallecido de la impresión. Sin embargo, la anciana, con demasiadas heridas después de tantos años de bregar con esta vida injusta, malquerida y cabrona, siguió en su pescadería, aunque con la risa apagada y las ilusiones definitivamente arrinconadas. Carlota hablaba con ella con la sensación de que, a veces, no la escuchaba, tal vez recordando las carreras insensatas de Manolín por entre la mercancía recién llegada del marsa. Sólo la Motrilica seguía escuchando a su nieto detrás del mostrador de mármol y se removía inquieta por ver si era capaz de descubrirlo por allí y conjurar todos los males que parecían haberse cebado con su familia.

-¿Quieres quedarte quieto? –decía entre dientes mirando a un lado del puerto en el que no había más que cubos vacíos. Carlota pagaba al instante para que la Motrilica no descubriese que se le escapaba una lágrima por culpa de sus delirios desesperados.

Carlota se arrebujaba a su cintura, sin poder contenerse, y le contaba a Abel las veces que había visto a Manolín gastarle bromas de niño a su abuela y cómo los dos se reían en medio de la jarana del marcado. No era capaz de imaginar al niño ya sin vida, que fuese cierto que nunca más fuera a reaparecer bajo las faldas de su abuela.

-Me da mucha pena ver a esa mujer hablar sola. Las pesadillas la están consumiendo igual que una llama funde la cera de una vela…

Abel Egea se llevaba entonces a Carlota al Bar Matías y se tomaban dos chatos para espantar la tristeza y la amenaza de la depresión. Ella, que no bebía mucho, cogía un puntito de alegría que la recuperaba de esa congoja. Luego, si había alguna buena película se la llevaba al Ideal o al Avenida.

-Ponen una de Cary Grant.

A Carlota le chiflaba la apostura e hidalguía de Gregory Peck,  los ojos de Paul Newman y la virilidad de Jorge Mistral. Abel Egea prefería a Marlon Brando, James Dean o Montgomery Clift, sin un orden determinado de preferencia. Aunque, puestos a elegir, no podía evitar inclinarse más por la sensualidad montuna de Ava Gardner ni por la carnalidad envenenada de Marilyn ni, menos aún, por la pasión desatada de Sofía Loren. Que una cosa eran los buenos actores y otra ser un imbécil.

Cine Avenida – sala

-¿Recuerdas La colina del adiós? –gritó Carlota desde el cuarto de baño. Se sombra se proyectaba en el techo, chinesca, mientras se movía por entre los jabones y los afeites que llenaban la habitación de una dulzura limpia y fresca.

Abel, al escucharla, se removió en la cama y echó los brazos atrás, cruzando las manos bajo la nuca. Claro que se acordaba de aquella película, la más romántica de todas. La vieron en el anfiteatro del Ideal. Carlota estuvo todo el tiempo conteniendo la emoción, cogida de su mano como si pudiera perderse en medio de un tumulto, hasta que Jennifer Jones subía la colina sabiendo que ya nunca iba a encontrar allí arriba a William Holden. En ese instante, Abel sintió cómo Carlota se ponía a temblar y a enjugarse las lágrimas con un diminuto pañuelo que llevaba escondido en la manga de su jersey. Con los créditos finales sólo se escuchaban la banda sonora de Alfred Newman y el lloriqueo entrecortado de algunas mujeres, en medio de un silencio contenido. Entonces, Carlota acercó sus labios a la oreja de Abel.

-Yo te quiero aún más… Y tú, ¿cuánto me quieres tú?

The End. Las luces, al encenderse de golpe, sorprendieron a Abel Egea entregado al beso más apasionado que le había dedicado a Carlota, casi de manera desesperada, sin saber muy bien cómo demostrarle todo lo que bullía en su interior. Poco podía hacer para competir con aquella película, pero le reconfortó comprobar que a Carlota le tiritaban los labios y que apenas fue capaz de levantarse, sacudida aún por su impetuosa bizarría y por el desconcierto al no poder recordar enseguida dónde se encontraban. Dos días después, volvieron a ver La colina del adiós, y Carlota exigió, de nuevo, otra dosis de arrebato.

La almohada estaba mojada por el rocío de sus lágrimas, pero Abel Egea seguía tumbado boca arriba, con el resuello de aquella banda sonora perdiéndose lentamente  en el eco lejano de su memoria, dejándose capturar por las primeras horas de la mañana. En unos minutos, había recuperado más de Carlota de lo que había pensado en ella en los últimos años, como si encontrarse en Larache le hubiese abierto de par en par las puertas de la nostalgia, de la que tanto había abominado, a la que tanto había esquivado y ahora sabía porqué.

-¿Te apetece que compremos unos pasteles en Montecatine? –la voz de Carlota sonó divertida, adivinando que a Abel se le había vuelto a olvidar la fecha.

-¿Celebramos algo? –la pregunta de Abel estaba tamizada por el temor a un acontecimiento importante. No se atrevía a levantar la vista  y apretaba los dientes para que sólo fuese un capricho de Carlota.

-¡Ay, marido! ¡No tienes remedio! No sé qué voy a hacer contigo… ¿Te acordarás alguna vez de mi santo?

-¡Dios!

Tenía que salir a toda prisa, aprovechando que ella se metía en la cocina para preparar el almuerzo y se iba a la Burraquía. Sólo Ismail podía aconsejarle bien.

-¡Ah, jai! ¡Siempre igual! –le reprendía Ismail con su risa ladeada, socarrona-. Tú sabes qui la mujera si no tiene rigalo, safi baraka! ¡Tú cabisa loca!

Pero luego echaba una ojeada a lo que tenía en el bazar y le sacaba una tetera mágica con la que se preparaba un té tan suave como los pétalos de rosas o una vajilla recién importada de China, con su sello de autenticidad, que no se encontraba en ningún otro lugar de Marruecos y, por supuesto, tampoco en España.

-¿Es muy cara?

-¡Qui cara, hombre! Para tu mujera no caro, llévatelo… Tú mi paga cuando quiera. Barato. Siempre barato para tu mujera…

La verdad es que Isnail siempre acertaba, aunque ninguno de sus regalos producía los efectos anunciados. La tetera era como las demás y la vajilla podía comprarse en cualquier tienda de Ceuta, pero qué más daba si servían para sacar a Abel del aprieto.

Se mordía los labios, imaginándose a David Benasuly viéndolo en ese estado. No se lo creería, claro que no. Lidia, sin embargo, sabría comprenderlo y hasta le resultaría conmovedor. Se echó rapé y lo aspiró, sentado al borde de la cama, con los codos clavados en los muslos. Sabía que tendría que salir a la calle dejando a Carlota en la escuálida habitación del Hotel, entre sus perfumes imaginados.

Hamid le sirvió café con leche, zumo de naranja y churros, que le trajo de su puestecillo que había instalado junto a la puerta de Bab Barra. Abel le deslizó unos dirhams que eran sólo para Hamid, por ser tan entregado y tan atento. En una de las mesas del Central reconoció a Mohamed Sibari, que escribía en una pequeña libreta, con las gafas levantadas y apoyadas en la frente, lo que no dejaba de resultar peculiar. Y, en otra, junto a una de las ventanas, a Bennani. Tenía los ojos cansados, como si hubiese visto demasiado, el cabello y el bigote grises como el gris del otoño, con un periódico entre las manos que también parecía contener sólo noticias antiguas. Era como si empezara a darse cuenta de que realmente estaba allí, de nuevo, en la ciudad que lo había convertido en todo lo que era, en la ciudad que le había inseminado lo mejor de sí mismo. Ya no le cabía la menor duda de dónde era realmente y de que, como sus calles, él también estaba viejo.

Sergio Barce

 Algunas de las fotos son de Itziar Gorostiaga, y otras están tomadas del blog de Houssam Kelai, cuyo enlace lo tenéis en este mismo blog.

 

  

     

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