Archivo de la etiqueta: SERGIO BARCE

FELIZ NAVIDAD – MERRY CHRISTMAS

Como cada año, es un reto felicitaros de una manera original, pero creo que entre mis hijos y yo hemos dado con algo que a todos nos puede alegrar algo: buenos libros y mejores películas. Así que, con la portada de dos magníficos libros de relatos, los de Navidad de Dickens, y los cuentos de Capote, en cuyo volumen se recogen dos cuentos de navidad imborrables, y el póster de esa obra maestra del cine que es QUÉ BELLO ES VIVIR de Frank Capra, os deseo, junto a mis hijos Pablo y Sergio jr, lo mejor en estas fiestas. FELIZ NAVIDAD!

Y PARA QUE EL DULCE SEA DULCE DEL TODO, LO MEJOR ES LEER UNO DE LOS MEJORES CUENTOS CON LA NAVIDAD COMO TELÓN DE FONDO, UN RELATO EXTRAORDINARIO DE TRUMAN CAPOTE, TITULADO PRECISAMENTE UNA NAVIDAD:

Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleáns. El matrimonio sólo duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa: quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que abandonó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me dejó al cuidado de su numerosa familia de Alabama. 

Durante años, rara vez vi a mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleáns, y mi madre, tras graduarse, comenzaba a abrirse camino en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes cariñosos conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.  

EDMUND GWENN como Santa Claus

 Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su espesa barba, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo, bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleáns: mi padre quería que yo fuese a pasar con él la Navidad.    

Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: <Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve>.  

RICHARD ATTENBOROUGH como Santa Claus

¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que siempre soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleáns, ya que Nueva Orleáns es aún más calurosa. Pero qué más da. Trataba de infundirme coraje para emprender ese viaje.

Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. E1 caso es que iba a hacer el viaje solo. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.

Se trataba de un viaje de cuatrocientas millas, poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.

Era Nueva Orleáns. 

Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos cortándome la respiración; reía y lloraba: un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo:

– ¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre?

Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras ya íbamos en un taxi, le pregunté:

– ¿Dónde está?

– ¿La casa? No muy lejos.

– No, la casa no. La nieve.

– ¿Qué nieve?

– Creía que habría un montón de nieve.    

Me miró con extrañeza, pero acabó por reír. 

JOHN MALKOVICH Santa Claus

 – Nunca ha nevado en Nueva Orleáns. Al menos que yo sepa. Pero escucha:
¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover.

No sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta en casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me hubiera dado el beso de buenas noches. Lo cierto es que no conseguía quedarme dormido, de modo que me puse a pensar en lo que me traería Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de cowboy con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua.) También quería una caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio. Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran muy pocas las casas que tuvieran radio o refrigerador.

Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo: un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían a admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no, antes o después recorrieron el camino del altar; en realidad, mi padre lo recorrió seis veces. 

Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente, a todos menos a mí. Eso era lo que me azoraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos, desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí ¡Me sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de qué presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, ni en invierno ni en verano. 

Era una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleáns dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como de plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes ¡Pero esos restaurantes de Nueva Orleáns! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; transcurrirían décadas antes de que volviera a probar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias, sólo pensarlo me da acidez. No señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera.  

BILLY BOB THORNTON Bad Santa

 Mi pobre padre no tenía ni idea de cuán desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad.

Me decía:

– Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleáns?

– No puedo.

– ¿Qué significa que no puedes?

– Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho.

Dijo mi padre:

– ¿Es que a mí no me quieres?

Dije yo:

– Sí. 

Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer.

Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleaba con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido algo fantástico! Ya podía ver a mis primos en el suelo mientras yo volaba por entre las nubes ¡Ver para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, aunque no imaginara qué era lo que me había parecido tan divertido. 

Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión.  

Mi padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces, cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama guardaban otras exactamente iguales ¡Puro Moonshine, licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió entero de un trago. Hecho esto, fue como si el retrato se hubiera desvanecido.  

TIM ALLEN es Santa Claus

Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese pesado y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse caer por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad bajo un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura.

– ¡Vaya! –dijo-. Creer que un Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo.    

Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté:

– Existe un Papá Noel porque lo que hace es voluntad del Señor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad.

Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó:

– ¡Bueno, parece que tenemos a otro predicador entre nosotros!    

Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que permanecer despierto.

La casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilla y rizadas guirnaldas de orquídeas, planta ésta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados. Algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá. Podría haber sido confundida con la casa de un rico; pero era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración.

Por el contrario, no había misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzó por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York al novio adecuado que pudiera permitirle vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cebellina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos aunque nunca mencionara el asunto hasta años después, cuando ya había conseguido poder comprarse collares de perlas que colgaban de su cuello envuelto en pieles. 

Había ido a visitarme a uno de esos internados esnobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; y gritó:

– ¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. ¡Pues gracias a sus mujeres! Piensa en esa larga lista: todas viudas, todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él. Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro; yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, y acabó conmigo, me estropeó.      

TRUMAN CAPOTE

 <Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare… Moon, moon over Miami… This is my first affair, so please be kind… Hey, mister, can you spare a dime?… Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare… >

Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, merodeaban por mi cabeza. Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orleáns en aquella Nochebuena. 

Iluminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. Sigue leyendo

Etiquetado , , , , , , , , , , , , , ,

LARACHE – ALBUM DE FOTOS 1

Hace tiempo quise montar un album de fotografías de Larache y de los larachenses, pero ese proyecto no lo he podido materializar por problemas técnicos, por así decirlo. Sin embargo, he pensado que este blog podría servir de pequeño album, con las fotografías que ya he colgado en él, pero también con las que voy a ir mostrando en este LARACHE – ALBUM DE FOTOS, en el que iré añadiendo las imágenes de mi pueblo, Larache, pero también de su gente. Para esta primera entrega he escogido algunas fotografías mías y de mi familia. La primera de ellas es una fotografía muy curiosa: en ella, sobre la motocicleta de mi abuelo Manuel Gallardo, posan varios niños en una estampa realmente hermosa. Es una fotografía muy bonita, de las que ya no se hacen. Sobre la moto estaban: Angel Muñoz, un niño sin reconocer, Juanito Gallardo -hermano de mi madre que falleció al poco-, Eduardo Morales, Pepe Muñoz, Emilio Morales y mi madre.

En estas otras estampas, se reúnen en la primera de ellas un grupo de amigos entreñables: Gero y Marina, Pepita Rodríguez y Manolo Alvarez, y mis padres, Antonio Barce y Maria Gallardo. Y en la segunda, mis padres. Cada fotografía es un mundo, y cada imagen encierra un sinfín de recuerdos para quienes las protagonizaron, pero también para los que les reconocen.

Las fotos que se exponen a continuación muestran a mi madre asomada a la azotea de nuestra casa en la Avenida Mulay Ismail, en el Balcón del Atlántico. Las vistas son inolvidables, grabadas a nuestras retinas y a nuestros recuerdos casi a fuego. En las otras, mi padre, Antonio Barce, disfruta de la compañía de sus mejores amigos. En la playa de la otra banda, con Manolo González. En la Plaza de España, sentados: Manolo, Carlos Navas, mi padre y Juanito Parra. Y también en la Plaza de España de Larache, mi padre con Dani Céspedes y Oscar Matres. La verdad es que eran unos tipos  muy elegantes.

Para ser una primera entrega no creo que esté tan mal. Como guinda, una imagen del añorado precioso inmueble que albergó el Casino, uno de los edificios más emblemáticos de Larache pasto de la especulación, y que ya sólo vive en el recuerdo, como tantas cosas.     Sergio Barce, diciembre 2011

 

Etiquetado , , , , , , , , , , , ,

LARACHE según BIDÉ DE MAURVILLE, en su relato de la fallida expedición francesa contra los berberiscos que se refugiaban en Larache, en 1765

En 1765, una expedición francesa, al mando de La Touche de Beauregard, trató de tomar Larache para impedir que los corsarios berberiscos, que se refugiaban en el río Lukus y en su puerto, siguieran atacando a los barcos franceses. Sin embargo, fueron rechazados por las tropas del rey de Marruecos.

Lo ocurrido a esta desastrosa expedición, fue relatado por Bidé de Maurville en su <Narración de la Expedición de las chalupas que fueron destacadas el 27 de Junio de 1765 por el Sr. Duchaffault, Jefe de Escuadra que mandaba la del Rey destinada a cruzar delante de las costas de los Estados del Rey de Marruecos, para ir a incendiar los corsarios que había en el puerto de Larache, mandadas por el Sr. De la Touche Beauregard, Capitán de Navío y Comandante del Buque Almirante>, del que reproduzco el siguiente fragmento:

 En la noche del 26 al 27 de Junio, después de haber bordeado y cañoneado durante todo el día la ciudad y los fuertes de Larache, el Sr. Duchaffault destacó ocho chalupas para ir a incendiar un buque que se encontraba a la entrada del río que forma el puerto de esta ciudad y que pasa a lo largo de las murallas de la plaza. Nuestra expedición fue tan feliz que, después de haber entrado en el puerto y haber incendiado dicha embarcación, que abordamos sin resistencia, volvimos a reunirnos con nuestros buques, sin más baja que la de un hombre de nuestra canoa, ligeramente herido.

Poco después tuvimos que lamentar la inutilidad de nuestra expedición a causa de la actividad con que los moros detenían la progresión del incendio, que apagaron totalmente. Es cierto que si la marea no hubiera sido un obstáculo contra la buena voluntad de toda nuestra gente, hubiésemos hecho una nueva tentativa sin pérdida de tiempo; pero la falta de fondo, que nos había impedido franquear la barra de este puerto la noche precedente, nos ofrecía entonces las mismas dificultades, lo que obligó al General a dejar para el día siguiente la empresa de una nueva expedición. Todos los Oficiales coincidían en la resolución del Sr. Duchaffault, que era la de efectuar la acción en pleno día. Siendo esta empresa la única hacedera y por tratarse de añadir a la de la víspera el incendio del Corsario más considerable del puerto, hubiera sido imprudente intentar el abordaje durante la noche, pues este buque se encontraba muy al avante en el interior del río que nos era desconocido y que formaba varias sinuosidades antes de llegar al punto en que estaba amarrado el buque en cuestión. Por otra parte, la poca resistencia que habíamos encontrado al hacer nuestra primera expedición parecía responder del éxito de una segunda. 

Louis Charles du Chaffault de Besné

 No obstante, el General no quiso decidir nada antes de haber consultado con los señores Comandantes que mandaban los demás buques de su Escuadra. El 27 por la mañana les hizo la señal correspondiente para que se rindieran a bordo del buque almirante, así como la señal de Consejo. Bien pronto tuvo la satisfacción de ver que a su intención no se oponía ninguna inspiración contraria, que en cada buque se había formado el mismo proyecto y que todo el mundo tenía la misma confianza que nosotros en el éxito. Sin retener más tiempo a los señores Comandantes, les ordenó que se retiraran inmediatamente a los buques que mandaban, para armar sus chalupas y canoas, debiendo tenerlas listas para unirse a las del General a la primera señal que éste les hiciera. También ordenó prepararse a los Comandantes de los jabeques e ir a fondear lo más cerca posible de la entrada del puerto. Nos pusimos, por nuestra parte, a trabajar para acercarnos más a Larache y, tan pronto como estuvimos a medio tiro de cañón, comenzamos a tirar. Las fragatas, galeotes bombardas y jabeques, que habían recibido la orden correspondiente, hicieron otro tanto. Continuamos haciendo fuego hasta medio día, hora en que cesamos para comer y dar un poco de descanso a nuestra gente, a fin de poder comenzar de nuevo una vez reparadas las fuerzas.

A las dos de la tarde volvimos a bombardear Larache, continuando casi hasta el final de la expedición. A las cuatro, habiendo dado el General la orden de hacer la señal para que las chalupas y canoas viniesen a su bordo, éstas vinieron inmediatamente. El Sr. De Beauregard, Capitán de Navío y Comandante del buque jefe, encargado de esta expedición, designó, antes de partir, las chalupas que habían de incendiar las diferentes embarcaciones que se encontraban en el puerto y formó otras tantas divisiones destinadas a sostenerlas.

Cuando todo fue dispuesto de esta manera, nos pusimos en marcha según la orden ya convenida. Tardamos poco tiempo en llegar a la barca, que franqueamos en buen orden, sin darnos cuenta del gran oleaje que allí reinaba generalmente, así como tampoco experimentamos ninguna dificultad al pasar el castillo y los fuertes que bordean la entrada del puerto y bajo los cuales hubimos de desfilar a medio tiro de pistola. A medida que nuestras chalupas, a cuya cabeza navegábamos, pasaban al otro lado de un pequeño fuerte que forma la abertura del puerto, comenzaron sucesivamente a hacer fuego contra las tropas de moros ocultos detrás de las rocas que bordean la entrada y el interior del río, no dejando de avanzar hacia el primer buque, del que estábamos ya muy cerca. Tan pronto como le dimos alcance, le abordamos con la chalupa de La Terpsichore y subimos a bordo sin que se nos opusiera ninguna resistencia…

(…)   Los moros se adueñaron de nuestra chalupa y exterminaron a casi todos los heridos que en ella encontraron, escapando de esta carnicería solamente los que, por ocupar el fondo de la embarcación, les dieran por muertos aquellos desalmados, en los primeros momentos de su furor.

Así terminó una expedición que nos había inspirado tan buen augurio y que yo creo que no habría tenido resultados tan adversos si hubiésemos encontrado una corriente normal, pero la columna de agua que entraba por un paso tan estrecho, para engrosar un río muy ancho en el interior, ofrecía una resistencia  excesiva para nuestras fuerzas, continuamente debilitadas por el fuego del enemigo; esto fue, según mi opinión, la única causa de nuestra pérdida.

Como el trato que de los moros hemos recibido ha sido para cada uno de nosotros diferente, no me ocuparé de ello en este relato general. Sólo añadiré que, de dieciséis chalupas que fueron destacadas para esta expedición, nueve nada más tuvieron la suerte de salir del río y de volver a la Escuadra. Las otras siete, cuya lista doy a continuación, cayeron en manos de los moros…

 El fragmento está tomado de Larache a través de los textos <Junta de Andalucía, 2004> de María Dolores López Enamorado, que reproducía el texto de Relato de la Expedición de Larache, 1765, de Bidé de Maurville, traducción de la edición francesa original, Ámsterdam, 1765, y que se editó en Tánger, Publicaciones del Instituto General Franco, 1940, dirigida dicha publicación por la Duquesa de Guisa.

 François Joseph Hippolyte Bidé de Maurville nació en 1743 en Rochefort (Francia). Guardamarina, en 1765 embarca a bordo de L´Utile, bajo el mando de La Touche de Beauregard, en la escuadra de M. du Chaffault de Bresné, para, como se ha contado, combatir a los berberiscos en las costas de Marruecos. Fue hecho prisionero en Larache, pasando dos años como esclavo. Luego, participó al lado del monarca alaouí en las negociaciones de paz con Francia, y en 1767 regresa a su país. En 1779 es ascendido a Capitán de Navío y, como tal, hace una campaña en las Indias desde la que es devuelto a Francia acusado de desobediencia. Confinado en la isla de Ré, es finalmente liberado y excluido de la Marina en 1783.

Etiquetado , , , , , , ,

Diálogos de películas 12 – Sólo Woody Allen

Woody Allen y Mia Farrow, en La comedia sexual de una noche de verano

 La comedia sexual de una noche de verano <A midsummer night´s sex comedy>  de 1982

Es un tipo estupendo y un médico muy bueno, de verdad, jamás ha perdido a una paciente. Habrá embarazado a un par de ellas pero jamás perdió una.


La comedia sexual de una noche de verano <A midsummer night´s sex comedy> de 1982

-¿Sabes? Andrew ha inventado un regalo de boda para ti, Ariel.
-¿Ah, sí? ¿Qué es?
-Oh, no es nada. Es un aparato tonto que saca las espinas del pescado, o si lo prefieres, aunque no tiene mucho sentido, podría servir para meter espinas en el pescado.

 

La maldición del escorpión de Jade  <The curse of the Jade Scorpion> de 2001

Vaya, si me muero mientras hacemos algo dígale al embalsamador que conserve la sonrisa de felicidad de mi cara

Mia Farrow en La rosa púrpura del Cairo

La Rosa Púrpura de El Cairo <The purple rose of Cairo> de 1985

Acabo de conocer a un hombre maravilloso; es de ficción, pero no se puede tener todo.

 

La última noche de Boris Grushenko  <Love & Death> de 1975

Nunca debes matar a un hombre, sobre todo si eso significa quitarle la vida

 

El Dormilón  <Sleeper> de 1973

– El sexo ahora es diferente, no tenemos ningún problema, ahora todo el mundo es frígido.
– Eso es increible!, ¿Es que los hombre son impotentes?
– La mayoría si, efectivamente, excepto los que son descendientes de los españoles.
– Ya decía yo que había algo explosivo en la cocina española.

Billy Cristal, Elizabeth Shue y Woody Allen en Desmontando a Harry

Desmontando a Harry  <Deconstructing Harry> de 1997

– Tú no tienes valores, toda tu vida es nihilismo, cinismo, sarcasmo y orgasmo.
– ¿Sabes? En Francia con ese slogan me habrían hecho presidente.

 

Etiquetado , , , , , , ,

Este 15 de Diciembre, en FEZ, exposición LARACHE / AL-ARAICH de la fotógrafa larachense GABRIELA GRECH

 

      El periplo de la Exposición LARACHE / AL-ARAICH  de GABRIELA GRECH, tras vencer los imponderables y muchas trabas inesperadas, poco a poco, va quemando las últimas etapas. En la imagen anterior, una de sus composiciones más emblemáticas, probablemente una de las que más han sorprendido por su originalidad: el mosaico de las tumbas de los cementerios cristiano, hebreo y musulmán de Larache, y en él se dan de la mano los nombres de muchos de los larachenses ya fallecidos, como una metáfora asombrosa de la convivencia que Gabriela vivió en Larache entre las tres culturas. Hermoso homenaje a nuestra gente.

Sigue encaramada en las murallas del Castillo de las Cigüeñas, defendiendo su trabajo con la bandera de Al-Alraich ondeando al viento. Después de pasar por Casablanca, Tetuán y Tánger, en esta última ha sido donde lo hemos celebrado juntos por todo lo alto, y donde muchos larachenses también compartieron con Gabriela la felicidad que le está reportando este sueño en el que se empeñó hace años. Yo lo disfruté especialmente, por el cariño que le profeso a Gabriela, porque gracias a esas cosas que ocurren sin saber por qué razón, después de tantos años sin saber nada el uno del otro, separados como tantos amigos desde que estudiábamos de niños en el Colegio de las Monjas, con trece años más o menos, volvimos a recuperar hace unos años el contacto, y lo cierto es que hemos ido alimentando nuestra amistad con pocas pero buenas e intensas dosis. Es fácil quererla, porque es desprendida y sincera, me gusta como dice las cosas, atropelladamente, pero visceral y segura.  

Gabriela Grech en la exposición de Tánger, rodeada por nosotros

Sus fotografías, sus originales imágenes de su Larache perdido y de su Larache reencontrado, el de las gentes de su pueblo, llegan ahora a FEZ.  Otra nueva oportunidad para poder visitarla.

 

La exposición en la ciudad imperial se inaugura este 15 de Diciembre en la sala del Instituto Cervantes de Fez, donde permanecerá hasta el próximo día 8 de enero de 2012.

Continuará después de esas fechas en Marrakech del 12 de enero al 5 de febrero 2012, y finalmente en Rabat, del 9 febrero al 5 de marzo de 2012.

 Sergio Barce

Etiquetado , , , ,