Archivo de la etiqueta: SERGIO BARCE

OS DESEO A TODOS UN FELIZ AÑO 2012

Sólo quiero desearos un estupendo año 2012,

que sea de película

pero de las buenas 

John Wayne y Maureen O´Hara en EL HOMBRE TRANQUILO (The quiet man)

 que nos inunde la pasión por la vida

y todo lo que haga ilusionarnos

MY BLUEBERRY NIGHTS

  y aunque sea un tanto tópico 

os deseo toda la felicidad del mundo,

 pero eso es lo que anhelo para mis amigos y para la gente que quiero. 

Desayunos con diamantes (Breakfast in Tiffany´s)

  

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ESTE BLOG HA SOBREPASADO LAS 100.000 VISITAS

Sí, mi blog acaba de sobrepasar las 100.000 <CIEN MIL> visitas, que se dice pronto, en quince meses y medio de andadura. Gracias a todos por la confianza, sólo espero seguir enganchándoos a mis pequeñas locuras literarias, cinematográficas y, sobre todo, larachenses. 

Por supuesto, volví a estar en la casa en la que viví de pequeño, como se puede comprobar por la foto; y volví a asomarme a la misma ventana. A través de este blog he podido regresar a Larache en muchas ocasiones, y como el hombre maduro que ya soy, miro al pasado con la distancia del recuerdo, contemplando cómo todo va cambiando a nuestro alrededor, inexorablemente, y me refiero a todo, a veces para mejor, en otras muchas ocasiones no sabemos muy bien para qué.  En cualquier caso, mi blog es también vuestra ventana a mis fantasías, a la memoria recobrada y al futuro que nos aguarda con sus sorpresas, y espero seguir contando con todos. Tampoco pensé que este blog me serviría para estrechar los lazos con muchos de mis amigos, pero así es. Hay quienes esperan los artículos con impaciencia, lo he notado los días que he estado fuera y he tardado más de lo normal en colgar algo; y otros que me dan sus sugerencias o sus ideas, y me vienen muy bien, porque temo a veces ser reiterativo o aburrido. Si esto último ocurriera, por favor, dadme un toque de atención… Gracias a todos de nuevo.

Sergio Barce

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Un fragmento de mi novela LA EMPERATRIZ DE TÁNGER

Aunque aún inédita, y ya veremos por cuanto tiempo dada la crisis actual, que está mermando la posibilidad de que las editoriales se lancen a publicar nuevos títulos que no sean los de autores con unas ventas aseguradas, os muestro un retazo, un pequeño fragmento de mi novela LA EMPERATRIZ DE TÁNGER, una historia de intriga, de desamor, de desengaño, ambientada en el Tánger Internacional de los años cuarenta y cincuenta.

Sergio Barce, diciembre 2011

(…)

  Entró en el <English Bar>. Estaba lleno. Se bebió un par de vasos de ginebra en la barra, y pidió otro más. Iba mezclando demasiadas bebidas diferentes. Lo sabía, pero no iba a evitarlo. De pronto, tenía a una chica a su lado. Le dijo que se llamaba Latifa, pero él se limitó a seguir bebiendo, apurando el tercer vaso, pensando en el siguiente. Al fin, en algún momento, salió en busca de oxígeno. Creía estar abandonando el <English Bar>, pero podía ser cualquier otro sitio. Sólo vivía ráfagas, como si durmiera y al abrir los ojos intermitentemente se encontrara en cada ocasión en una ciudad distinta. A partir de algún instante inconcreto, caminaba junto a un hombre. No sabía su nombre. También les acompañaba una mujer. Ella reía. Reía todo el tiempo y su risa se le hincaba en las sienes, como las sirenas que aullaban por las mañanas en el puerto. La escuchaba, una voz encerrada en su cerebro. Parecía divertida, no paraba de reír por cualquier cosa. La presentación de la novela le parecía ahora que hubiera ocurrido hacía más de un mes y no esa misma tarde; la noche le había apresado con su misteriosa facultad de engaño, y seguía caminando con esa pareja de desconocidos.

  Entraron en el <Morocco Palace>. La mujer que le acompañaba, ahora abrazada a él, lo besó largamente; a Augusto le pareció el beso más largo de su vida. Sintió unos labios anchos, tiernos, sabrosos. Se habían sentado en una mesa, en un rincón del local. Pidió una botella de algo, incapaz de poder leer la etiqueta. La mujer llenó los vasos. El hombre que los había acompañado hasta allí no se separaba de ellos. Sonaba la música a todo volumen. Vio que el tipo les hablaba de un asunto aparentemente importante, y Augusto lo miraba con atención, pero sin escucharlo ni reconocer sus facciones, borrosas, sólo seguía el movimiento mudo de sus labios. Apuró su vaso, lo apuró varias veces, pero curiosamente seguía intacto, lleno, hasta el borde. La chica que tenía a su lado seguía riendo y su risa se le metía igual que un punzón hasta la nuca. Volvieron a besarse, varias veces, y siempre tenía la sensación de que los besos eran interminables. Era lo único de lo que se daba cuenta realmente. Esa desconocida le mordía los labios sin cerrar los ojos, y él creía meterse en ellos y andar por su interior; notaba la turgencia de su seno rozándole el brazo, la temperatura tibia de su muslo pegado a su pierna, el olor de su aliento, fresco como la brisa de la noche. Vio súbitamente una pistola, pero no podría jurar si era un recuerdo de horas antes.

  Estuvo agarrado a la taza del retrete hasta que no le quedó nada en el estómago. Se despertó de golpe, con un sobresalto, cuando Fatiha entró dando un portazo. Se sentía como los perros: solo, enfermo y cansado. Se duchó con agua fría. La criada le preparó café negro. También lo vomitó. Se acostó, hecho un ovillo, agarrándose la barriga, sintiendo punzadas frías en medio de la boca del estómago. Lentamente, volvió a recuperar el sueño mientras trataba de recordar cómo había llegado a su casa, pero no era capaz de hacerlo, simplemente había amanecido en su cama como si hubiera tenido una larga y agotadora pesadilla.

  Se despertó a las cuatro y media de la tarde. Se dio otra ducha. El agua le resbalaba por la piel erizándosela. Recordó de pronto a la mujer que no cesaba de reír; sólo tenía su risa y unos ojos grises bajo la red de unas pestañas llamativas, y sentía sus besos interminables y la mirada fija de aquellos ojos inmensos, y de nuevo la boca obcecada y temeraria. Así era como lo recordaba él. Y decenas de rostros confusos rodeándole, y también el cañón de una pistola que se le acercaba hasta el entrecejo rumiando un disparo inminente. Oyó el nombre de Pablo, en susurros, pronunciado como si fuera una palabra prohibida que saliera de una voz ahogada, tal vez impostada pero irreconocible. Podía escuchar su propio nombre con una sensación de opresión. También estaba seguro de haber visto a Jean-Jacques Deferre y que se habían retado con la mirada, con el desafío burdo y torpe de los borrachos. Probablemente habrían coincidido en algún bar. En realidad, mientras le duraba la peor borrachera de su vida, debió de haberse encontrado con medio Tánger.

 

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FELIZ NAVIDAD – MERRY CHRISTMAS

Como cada año, es un reto felicitaros de una manera original, pero creo que entre mis hijos y yo hemos dado con algo que a todos nos puede alegrar algo: buenos libros y mejores películas. Así que, con la portada de dos magníficos libros de relatos, los de Navidad de Dickens, y los cuentos de Capote, en cuyo volumen se recogen dos cuentos de navidad imborrables, y el póster de esa obra maestra del cine que es QUÉ BELLO ES VIVIR de Frank Capra, os deseo, junto a mis hijos Pablo y Sergio jr, lo mejor en estas fiestas. FELIZ NAVIDAD!

Y PARA QUE EL DULCE SEA DULCE DEL TODO, LO MEJOR ES LEER UNO DE LOS MEJORES CUENTOS CON LA NAVIDAD COMO TELÓN DE FONDO, UN RELATO EXTRAORDINARIO DE TRUMAN CAPOTE, TITULADO PRECISAMENTE UNA NAVIDAD:

Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleáns. El matrimonio sólo duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa: quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que abandonó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me dejó al cuidado de su numerosa familia de Alabama. 

Durante años, rara vez vi a mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleáns, y mi madre, tras graduarse, comenzaba a abrirse camino en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes cariñosos conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.  

EDMUND GWENN como Santa Claus

 Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su espesa barba, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo, bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleáns: mi padre quería que yo fuese a pasar con él la Navidad.    

Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: <Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve>.  

RICHARD ATTENBOROUGH como Santa Claus

¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que siempre soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleáns, ya que Nueva Orleáns es aún más calurosa. Pero qué más da. Trataba de infundirme coraje para emprender ese viaje.

Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. E1 caso es que iba a hacer el viaje solo. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.

Se trataba de un viaje de cuatrocientas millas, poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.

Era Nueva Orleáns. 

Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos cortándome la respiración; reía y lloraba: un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo:

– ¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre?

Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras ya íbamos en un taxi, le pregunté:

– ¿Dónde está?

– ¿La casa? No muy lejos.

– No, la casa no. La nieve.

– ¿Qué nieve?

– Creía que habría un montón de nieve.    

Me miró con extrañeza, pero acabó por reír. 

JOHN MALKOVICH Santa Claus

 – Nunca ha nevado en Nueva Orleáns. Al menos que yo sepa. Pero escucha:
¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover.

No sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta en casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me hubiera dado el beso de buenas noches. Lo cierto es que no conseguía quedarme dormido, de modo que me puse a pensar en lo que me traería Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de cowboy con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua.) También quería una caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio. Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran muy pocas las casas que tuvieran radio o refrigerador.

Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo: un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían a admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no, antes o después recorrieron el camino del altar; en realidad, mi padre lo recorrió seis veces. 

Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente, a todos menos a mí. Eso era lo que me azoraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos, desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí ¡Me sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de qué presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, ni en invierno ni en verano. 

Era una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleáns dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como de plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes ¡Pero esos restaurantes de Nueva Orleáns! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; transcurrirían décadas antes de que volviera a probar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias, sólo pensarlo me da acidez. No señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera.  

BILLY BOB THORNTON Bad Santa

 Mi pobre padre no tenía ni idea de cuán desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad.

Me decía:

– Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleáns?

– No puedo.

– ¿Qué significa que no puedes?

– Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho.

Dijo mi padre:

– ¿Es que a mí no me quieres?

Dije yo:

– Sí. 

Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer.

Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleaba con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido algo fantástico! Ya podía ver a mis primos en el suelo mientras yo volaba por entre las nubes ¡Ver para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, aunque no imaginara qué era lo que me había parecido tan divertido. 

Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión.  

Mi padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces, cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama guardaban otras exactamente iguales ¡Puro Moonshine, licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió entero de un trago. Hecho esto, fue como si el retrato se hubiera desvanecido.  

TIM ALLEN es Santa Claus

Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese pesado y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse caer por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad bajo un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura.

– ¡Vaya! –dijo-. Creer que un Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo.    

Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté:

– Existe un Papá Noel porque lo que hace es voluntad del Señor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad.

Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó:

– ¡Bueno, parece que tenemos a otro predicador entre nosotros!    

Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que permanecer despierto.

La casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilla y rizadas guirnaldas de orquídeas, planta ésta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados. Algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá. Podría haber sido confundida con la casa de un rico; pero era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración.

Por el contrario, no había misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzó por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York al novio adecuado que pudiera permitirle vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cebellina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos aunque nunca mencionara el asunto hasta años después, cuando ya había conseguido poder comprarse collares de perlas que colgaban de su cuello envuelto en pieles. 

Había ido a visitarme a uno de esos internados esnobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; y gritó:

– ¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. ¡Pues gracias a sus mujeres! Piensa en esa larga lista: todas viudas, todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él. Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro; yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, y acabó conmigo, me estropeó.      

TRUMAN CAPOTE

 <Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare… Moon, moon over Miami… This is my first affair, so please be kind… Hey, mister, can you spare a dime?… Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare… >

Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, merodeaban por mi cabeza. Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orleáns en aquella Nochebuena. 

Iluminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. Sigue leyendo →

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LARACHE – ALBUM DE FOTOS 1

Hace tiempo quise montar un album de fotografías de Larache y de los larachenses, pero ese proyecto no lo he podido materializar por problemas técnicos, por así decirlo. Sin embargo, he pensado que este blog podría servir de pequeño album, con las fotografías que ya he colgado en él, pero también con las que voy a ir mostrando en este LARACHE – ALBUM DE FOTOS, en el que iré añadiendo las imágenes de mi pueblo, Larache, pero también de su gente. Para esta primera entrega he escogido algunas fotografías mías y de mi familia. La primera de ellas es una fotografía muy curiosa: en ella, sobre la motocicleta de mi abuelo Manuel Gallardo, posan varios niños en una estampa realmente hermosa. Es una fotografía muy bonita, de las que ya no se hacen. Sobre la moto estaban: Angel Muñoz, un niño sin reconocer, Juanito Gallardo -hermano de mi madre que falleció al poco-, Eduardo Morales, Pepe Muñoz, Emilio Morales y mi madre.

En estas otras estampas, se reúnen en la primera de ellas un grupo de amigos entreñables: Gero y Marina, Pepita Rodríguez y Manolo Alvarez, y mis padres, Antonio Barce y Maria Gallardo. Y en la segunda, mis padres. Cada fotografía es un mundo, y cada imagen encierra un sinfín de recuerdos para quienes las protagonizaron, pero también para los que les reconocen.

Las fotos que se exponen a continuación muestran a mi madre asomada a la azotea de nuestra casa en la Avenida Mulay Ismail, en el Balcón del Atlántico. Las vistas son inolvidables, grabadas a nuestras retinas y a nuestros recuerdos casi a fuego. En las otras, mi padre, Antonio Barce, disfruta de la compañía de sus mejores amigos. En la playa de la otra banda, con Manolo González. En la Plaza de España, sentados: Manolo, Carlos Navas, mi padre y Juanito Parra. Y también en la Plaza de España de Larache, mi padre con Dani Céspedes y Oscar Matres. La verdad es que eran unos tipos  muy elegantes.

Para ser una primera entrega no creo que esté tan mal. Como guinda, una imagen del añorado precioso inmueble que albergó el Casino, uno de los edificios más emblemáticos de Larache pasto de la especulación, y que ya sólo vive en el recuerdo, como tantas cosas.     Sergio Barce, diciembre 2011

 

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