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LARACHE vista por… el poeta MOHAMED MAMOUN TAHA «MOMATA»

 MOMATA  De Ksar el Kbir (Alcazarquivir) pero hijo adoptivo de Larache, es el poeta Mohamed Mamoun Taha “Momata”, autor, entre otros libros, de Lágrimas de una pluma (Editions Marocaines et Internacionales – Tánger, 1993), aunque también se editó en Larache, o Susurros (Imprenta Najah El Jadida – Casablanca, 1995).

    Tras vivir en Aislah, Momata estudió arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid. Desde siempre, cultivó la poesía. Comenzó publicando en la prensa marroquí de expresión francesa, que aceptó curiosamente sus poemas escritos en español, y después lo hizo en las páginas en español de L’Opinion (Rabat) y en el periódico La Mañana (Casablanca). Tras instalarse definitivamente en Larache, esta ciudad y la de Asilah, se convierten en sus máximas fuentes de inspiración. Influenciado por la poesía española, Momata es uno de los poetas marroquíes más importantes que han escrito su obra en castellano. La muerte, el paso del tiempo y el cansancio, las ausencias, la amistad… son los temas recurrentes de su obra, así como el amor o su visión de temas actuales del momento. No tuve la oportunidad de conocerle personalmente, pero mantengo una entrañable amistad con su hijo con el que, cuando nos vemos en Larache, mantengo largas charlas sobre los problemas de la ciudad y su decadencia…

    En cualquier caso, hoy traigo el poema que escribió a Larache, en concreto a las ruinas del Hospital Guebibat, y que Mohamed Mamoun Taha «Momata» tituló

  DESPOJOS DE UNA SILUETA

…Ya los vientos aúllan

en tus oscuros corredores,

las lluvias se derraman

sobre tus azoteas,

y las ventanas

por donde se asoman

los años fatigados,

la telaraña ha tejido

sus tupidas cortinas…

Tu maltrecho torreón

de donde se ve el Lucus

con sus aguas dormidas

y las olas del mar

al besar la orilla;

hoy, todo es agonía

cual náufrago solitario

que tiende sus brazos a la nada,

mientras el tiempo

con mano despiadada

arranca sus almenas

para esconderlas luego

en la sombra del olvido.

Tus indefensas ruinas

donde el tiempo, con saña,

va ahondando las heridas,

y tu figura gris

asomada al vacío

cual piedra caballera,

que desaparece

durante la noche

y se vuelve a erguir

con la aurora;

se irán al mar un día

dejando en su lugar

una marcada huella

de ladrillos y argamasa.

Cuando miro de frente

los despojos de tu silueta

que aún los años mecen,

me inunda la tristeza.

Quisiera ver un día

borrarse tu remanente

de silencio y agonía,

arrojando tu historia

a los abismos del olvido

que Larache no llorará

por tan poca cosa.

      Como digo, no llegué a conocerlo, pero en el año 2006, en el transcurso del II Festival Musical de Larache y Terceras Jornadas Culturales, que organizamos “Larache en el Mundo”, “Larache Al Mada” y la “Asociación Al-Khazaba”, rendimos un merecido homenaje, tanto a Momata como al otro poeta larachense por excelencia: Dris Diuri. Y me siento orgulloso de que lo hiciésemos.

 Sergio Barce, marzo 2012

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PASEANDO POR LARACHE, un relato mano a mano de LEÓN COHEN y SERGIO BARCE

Larache – foto de Javi Lobo

Hace unos días, le propuse a León Cohen escribir algo a medias, accedió, y finalmente nos ha resultado una especie de relato-diálogo sobre los recuerdos, Larache y cómo nos ha marcado nuestro pueblo, para bien y para mal. Como todo primer experimento, es imperfecto, pero probablemente sea el germen de algo mejor que está por llegar. Es una conversación que pudo transcurrir durante un paseo por el Balcón del Atlantico o tomando una cerveza en el Bar Central. En esta charla, entre informal y estructurada, dos larachenses, opinamos, recordamos, discrepamos, viajando desde la nostalgia hacia la más patente realidad, y no dejando nunca de manifestar nuestro gran cariño por el pueblo que nos vio nacer y crecer.

Lo hemos titulado PASEANDO POR LARACHE…

León: ¿Recuerdas Sergio cuando me reservaste en diciembre de 2004 una habitación en un pequeño hotel en el Zoco Chico? Subí  las escaleras y la cosa no me agradó nada, sobre todo por la humedad y más que por la humedad por la sensación de humedad. El dueño del hotel, un francés insípido del que no recuerdo casi nada, me comentó, el muy osado, que si yo ignoraba que Larache era junto a Londres la ciudad con mayor humedad. El tipo era doblemente ignorante: desconocía que yo era larachense  y que además era químico físico, es decir que me dedicaba entre otras cosas a explicar  que era eso de la humedad relativa. Recuerdo que me sentí agredido por aquel individuo, que con sus palabras me estaba robando sin saberlo, mi identidad y mi pasado. No le conté nada de lo que ahora te digo, le dije simplemente que lo sentía mucho y que desconocía eso que me decía y me despedí.

Sergio Barce y León Cohen durante las jornadas de Diciembre de 2004, con Abdellah Djbilo, Mohamed Laabi, Mohamed Akalay y Mohamed Sibari

Sergio:Lo recuerdo perfectamente. Tuve que buscarte con urgencia otro sitio, creo que al final os alojé en el Hotel Essalam, en la avenida Hassan II. No es gran cosa, pero el conserje, Abdeslam, es una persona fantástica, de esos que sabes que no tienen maldad y es él el que compensa las carencias del establecimiento. Lo cierto es que me desilusionó el incidente porque había escogido con mucha intención el otro lugar porque estaba en el Zoco Chico y porque, además, tiene desde la terraza una vista deslumbrante de todo Larache, pero noté en tu rostro que no era de tu agrado y se solucionó. Luego, traté por todos los medios que os sintierais bien durante el encuentro que, por cierto, deparó instantes muy emocionantes. Pero desconocía lo que cuentas, y entiendo lo que dices. Creo que a todos nos han ocurrido pequeños detalles como ése, y que nos han dolido.

Sergio Barce con Amado, subidos a uno de los leones de las Hespérides

Ese sentimiento del que hablas lo he experimentado cuando he tratado de hacer alguna gestión en Larache con la asociación, queriendo montar algún acto o encuentro cultural –que siempre ha tenido como objetivo dar a conocer a los creadores larachenses, de cualquier ámbito-. Recuerdo al anterior alcalde que me citó en una estación de gasolina en vez de en la Baladiya, yo estaba muy entusiasmado intentando que colaborasen para levantar el festival de música, y también me esforzaba por hacerle comprender que nuestro objetivo era defender el patrimonio cultural larachense (creo que pensaba que le hablaba de la herencia española, cuando lo que siempre hemos defendido es el conjunto de la historia del pueblo, desde las ruinas romanas de Lixus hasta la huella árabe, desde las sinagogas e iglesias hasta las mezquitas y zagüías, los castillos, los inmuebles con valor arquitectónico, todo, porque todo el conjunto es lo que hace singular a Larache). Pero pese a mi pasión, le recuerdo mirando el reloj cada dos minutos, como si oyera llover. Noté que poco a poco mis palabras se fueron diluyendo, sabía que todos los proyectos que le estaba exponiendo le importaban un bledo, y me sentí desengañado y muy desilusionado, aunque luego terminamos por montar por nuestra cuenta y con la ayuda de otras asociaciones locales todos los eventos musicales, literarios y pictóricos que  pusimos en marcha durante casi cinco años. Pero te digo una cosa: el sentimiento que albergamos sobre Larache es insobornable. Te puedes llevar muchas desilusiones, pero nunca muere, siempre lo superas porque las raíces son profundas. Hay centenares de larachenses que nunca volverán porque ya no reconocen a la ciudad… No hablo sólo de larachenses españoles, también de marroquíes. Te cuento una anécdota: a finales del pasado año llegó una mujer marroquí a mi despacho, en Torremolinos, y me dijo que tenía un asunto relativo al negocio que tiene con su marido, viven en Londres y querían que les hiciera unas gestiones; el caso es que me dijo que venía a verme porque alguien le había dicho que yo era de Larache y que era un abogado que trataba con mucha deferencia y afecto a la gente de allí, y que ellos eran también larachenses… Y entonces comenzamos a hablar de la playa, del río, de las calles, y en algún instante, cuando reconocíamos que la ciudad cada vez está peor cuidada y deteriorada, me dijo que echaba de menos la ciudad en la que ella creció, lo bonita que era Larache con sus jardines, y que ya había decidido no volver nunca más porque le daba mucha pena ver cómo estaba desapareciendo la ciudad de su niñez; entonces se puso a llorar. De verdad que me emocionó ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas compartiendo esos recuerdos comunes y el dolor por lo que se ha perdido irremediablemente. Y añadió, con la voz temblorosa, que sólo volvería el día que muriera su padre para acudir a su entierro. Y ya no pudimos continuar hablando.

León: Hemos escrito mucho sobre Larache y sobre la generación de nuestros padres, sobre aquellos hombres que nos parecían gigantes, luchadores e inasequibles al desaliento. Aquella generación de superhombres que poblaban nuestro pueblo y nuestra infancia, algunos de cuyos nombres y apellidos todos llevamos impresos en nuestra memoria. Pero como un día me comentó una amiga, hemos hablado y escrito muy poco de nuestra generación, de la generación siguiente, aquella que vivió su infancia y adolescencia y que sin saber ni cómo ni por qué, un buen día casi por sorpresa, tuvo que abandonar su pueblo, sin comerlo, ni beberlo, y peor aún, sin esperarlo. Creo que esta es la ocasión para recordarlos y recordarnos. Nombres o apellidos como Serna, Ochoteco, Caravaca, Cuqui Ros, Padilla, Romualdo Fernández, Simón Abecasis, Maír Benarroch, Elías Benguigui, Abdeslam, Mustafa Amiar, Tuito y Joaquin Aiselá, Filali, los hermanos Amselem, Santiago Hernández, el inefable Sibari y tantos otros…

Sergio: Eso es verdad, León. Pero quizá lo hacemos como homenaje a nuestros padres. Incluso en las fotografías que estamos colgando en el blog (muchas de ellas me las has mandado tú), ocurre lo mismo, son de generaciones anteriores. Pero trato de incluir las de la tuya y la mía, porque deseo crear un álbum intemporal, intercultural, intergeneracional. Recuperar, como dices, a esas otras generaciones posteriores. Y aunque hay una pequeña diferencia de pocos años entre tú y yo, cuando éramos niños esos pocos años eran casi insalvables, nosotros éramos los mocosos y vosotros los jóvenes que se comían el mundo… Los nombres que citas los conozco pero para mí eran los mayores, y me relacionaba más con los que os seguíamos: Juan Carlos Palarea, Lotfi Barrada, Juan Yankovich, José Gabriel Martínez Yepes, Marina López Matres, Conchi Lama, Gabriela Grech, Luisito Velasco, Yamila Yacobi, Pablo Serrano Morón, José María López Garry… Pero en definitiva, todos estamos unidos por el mismo lazo, el de Larache, y este lazo se ha ido consolidando con los años, me parece genuino y diferente, porque no he conocido a nadie que hable de su pueblo con tanta pasión y cariño como lo hace la gente de Larache.

Dime, León, ¿qué sientes cuando regresas y ves la silueta de Larache perfilándose a lo lejos?

León Cohen y su hermano David en el espigón

León: Mi distanciamiento de Larache empezó en 1958, con apenas once años. Sin embargo y aunque parezca una contradicción, aquella situación convirtió a mi pueblo en más próximo, lo interioricé muy pronto y siempre deseaba volver. Entre 1958 y 1964, siempre estuve “volviendo” a Larache, a mi casa, viniendo de Zoco el Arba o de Rabat, en cuyos internados respectivos pasé casi siete años. Solía reencontrarme con mi pueblo en Navidad, Semana Santa y para las vacaciones de verano. Puedo por lo tanto afirmar, que desde muy pequeño, volver a Larache fue para mí un deseo constante, casi una necesidad, y que siempre me produjo gran placer. Yo tengo dos recuerdos imborrables llegando a Larache: Uno por las salinas y las ruinas de Lixus, viniendo de Tánger o de Tetuán y otro por la fábrica de harina y Santa Barbara. Ambas entradas confluían en Cuatro Caminos. Pero hay en mi memoria un recuerdo aún más entrañable si cabe, que  era cuando se hacía de noche y al llegar al Crinda viniendo de Tánger (no sé si lo escribo correctamente)  ya se divisaba el destello del faro de Larache, recuerdo muy bien que eran destellos alternos, un primer destello y pasados unos segundos dos destellos seguidos. Esos destellos nos indicaban la proximidad de nuestro pueblo.  Era nuestra referencia nocturna.

En cuanto al sentido de tu pregunta Sergio, pasados cuarenta y siete años, tengo que decir, que aunque mi pueblo no dejará nunca de serlo, como lo siguen siendo mi infancia y adolescencia, mi deseo de volver ya se ha secado, ya no existe, ya dejó de ser hace mucho tiempo.   

Sergio:  He tenido que rumiar tu contestación. Me ha producido un efecto extraño, aunque ya me lo habías dicho de palabra alguna vez, pero leerlo ahora de nuevo, ver que tu deseo se ha “secado”, como dices, de verdad que me ha desolado. Y no eres el único larachense que lo dice… Pero al leerlo o al oírlo se me encogen las entrañas, me invade una sensación de frustración o de devastación. Me rebelo contra las causas que lo provocan, aunque no sirva de nada hacerlo, porque aún, después de tantos años, sigo sin comprender ese proceso de arrasar como sea el viejo Larache que hace que sus hijos se sientan extraños en su pueblo… Hay como una maquinaria lenta pero irrefrenable que apisona la ciudad en la que varias generaciones han crecido. Qué sería de Marrakech si construyeran sobre la plaza Jamma  el Fna, de Córdoba si tirasen la Mezquita, o si en Fez decidieran que la Medina va a convertirse en un nuevo barrio residencial… Larache es la única ciudad que conozco en la que sistemáticamente sus responsables van derribando su propia historia. Los edificios que se levantan en lugar del Teatro España, del Teatro María Cristina /cine Coliseo, los que han enterrado el Cine Ideal, el antiguo Casino, las villas del Balcón, los viejos edificios de principios del siglo XX… Todos ellos catalogados como inmuebles de especial protección…  Menuda ironía. Quizá porque fueron declarados patrimonio de los larachenses fueron abatidos. Pero siendo todo esto verdad, y aunque, te confieso también, sea cada vez más duro regresar por estas mismas razones, también te digo que volver te hace conocer a más larachenses que residen allí y que te abren sus puertas, como siempre han hecho, y a mí, personalmente, me hacen sentirme en mi casa, de nuevo en mi casa.

Una de las veces que estuve en Larache durante las jornadas que hacíamos en verano, recuerdo que caminaba por el callejón que linda con el viejo conservatorio de Don Aurelio y la iglesia, donde ahora está la oficina de Majid Yebari, y que comunica las avenidas Hassan II y Mohamed V. Iba pensativo, después de un día agotador tras una de las actividades, y de pronto se me acercó una chiquilla, no tendría más de doce años, con un pañuelo celeste en la cabeza, y con una sonrisa esplendorosa. Me tocó el brazo y me alargó una postal de Larache, de las que venden en los quiscos, y me dijo que me la regalaba porque había estado en el festival y me había escuchado hablar de Larache y quería que me llevara un recuerdo de mi pueblo. En ese instante, olvidé el cansancio, la presión, los problemas de las jornadas, y tras ver cómo se alejaba sin dejar de reír guardé la postal como si fuera el mejor regalo que podían hacerme. Ese gesto lo compensó todo. Y ese tipo de gesto, me reconcilia con Larache, aunque sólo sea gracias a su gente, la más modesta casi siempre, porque es en ellos donde aún queda algo de ese Larache que nos ha marcado tanto.  Pero fuera de eso, quizá todo se está perdiendo.

León: Ni quería, ni deseo que este paseo se convierta en un paseo por la nostalgia o la melancolía. Este ha de ser un paseo por el realismo. Por mera casualidad, nacimos en un país colonizado, en pleno Protectorado Español y sufrimos las consecuencias.  Contemplada desde la perspectiva del tiempo transcurrido, creo que la colonización fue a pesar de todo un hecho globalmente positivo para Marruecos. Tanto en el norte como en el sur quedaron unas ciudades, unas infraestructuras viarias, y una estructura cultural innegables. El nuevo Larache, aquel que nació a partir de 1911, fuera de la Medina y de la Calle Real, y que alcanzó su máximo esplendor durante nuestra infancia, el Larache que nosotros conocimos, fue una ciudad arquitectónicamente atractiva. Nadie puede negar que la Plaza de España, era y sigue siendo, como poco única.  Tuvimos la suerte de vivir en una ciudad bendecida por la naturaleza, una naturaleza generosa. Cuando la abandonamos, nunca mejor dicho, la dejamos al libre albedrío de sus nuevos dirigentes. Parece que con un criterio muy miope, algunos de estos se dedicaron a borrar toda huella del colonialismo español  y el resultado es el que es. Así de simple. Pretender darle una vuelta de tuerca a la Historia para recobrar lo ya destruido es una pretensión ilusa y vana, por muy bien intencionada que parezca.  Creo por lo tanto, que recordarla a través de nuestros libros y relatos, es la mejor manera de enaltecerla y mostrarla a aquellos que no la conocen. Nos queda siempre la esperanza de que algún día la bella Lixus volverá a recobrar su esplendor, porque nada ni nadie podrán alejarla de ese sol y de ese mar incomparables. Salud amigo Sergio.

Sergio: Beslama, amigo León.

 Por León Cohen Mesonero

& Sergio Barce Gallardo

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«DIARIO DE INVIERNO» (Winter journal) de PAUL AUSTER

    Cada año tengo una serie de citas ineludibles. Sólo nombraré tres de ellas: ver la película anual de Woody Allen y, si hay suerte ese mismo año, los nuevos libros de Paul Auster y Philip Roth.

    Acaba de salir el último de Auster: Diario de invierno (Winter journal). No es una nueva novela, sino lo que anuncia el título, una especie de diario escrito desde la distancia del tiempo.

Su inicio es revelador de lo que pretende su autor:

     <Parece que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro>.

     En efecto, Paul Auster hace un somero, sencillo y cálido repaso a su vida, sin honduras innecesarias, para reflexionar sobre el paso del tiempo y cómo todo nos llega a todos: las enfermedades, los achaques, las desilusiones, las pequeñas victorias, el amor, el equilibrio… La escritura es fluida, se le nota relajado, y con una gran ternura repasa su existencia con las mujeres que han compartido su vida hasta llegar a su gran amor, un amor rocoso y sin fisuras, que encontró hace ya muchos años en su actual esposa.

    Hay muchos episodios de su “diario” con el que me identifico de una manera absoluta. Cuando habla de su aspecto físico, y hay que reconocer que Paul Auster tiene un aspecto muy peculiar, y cuenta cómo hay quien le cree de origen paquistaní, hindú o europeo, casi todo el espectro, hace toda una declaración de principios que suscribo sin dudarlo:

(…) <Como no sabes nada de tus orígenes, hace mucho que decidiste presumir de que eres un compuesto de todas las razas del hemisferio oriental, en parte africano, árabe, chino, indio y caucasiano, el crisol de muchas civilizaciones enfrentadas en un solo cuerpo. Lo mismo que cualquier otra cosa, es una postura moral, una forma de eliminar el asunto de la raza, a tu juicio un falso problema que sólo puede traer deshonor a la persona que lo saque a relucir, y por tanto has decidido conscientemente ser todo el mundo, aceptar a todos los que llevas en tu interior con objeto de ser tú mismo de una forma más libre y plena, puesto que la cuestión de quién eres es un misterio y no albergas esperanzas de que algún día se resuelva>.

    Paul Auster repasa una a una todas las casas en las que ha vivido, y saca partido de esos recuerdos, a veces jocosos, otras veces hirientes o simplemente distantes. Hay peripecias aleccionadoras, como el incidente con la señora Rubinstein, y es también interesante su punto de vista y opinión acerca de los franceses, a los que conoció en profundidad en los años que residió en París. Y me parece divertidísima la anécdota de las actas que su mujer levantaba como secretaria en las reuniones de los miembros de la cooperativa dueños del edificio en el que vivieron durante un tiempo.

   También es fácil reconocerse en esos episodios que relata de las reuniones anuales de la familia para celebrar el día de Acción de Gracias o en las viejas disputas familiares.

(…) <Aún había que tratar la cuestión del carácter de tu madre, y aunque sólo haga dos días que hayan descubierto su cadáver, aunque el crematorio de Nueva Jersey tenga previsto quemar su cuerpo hasta reducirlo a cenizas esta misma tarde, eso no impide a tu tía ponerla verde. Treinta y ocho años después de que abandonara a tu padre, la familia ha codificado su letanía de quejas contra tu madre, ya es el tema de una historia ancestral, viejas habladurías convertidas en hechos fehacientes, ¿y por qué no repasar la lista de sus fechorías por última vez, con objeto de despedirla adecuadamente antes de irse al lugar adonde merece ir? Nunca satisfecha, dice tu tía, siempre buscando otra cosa, demasiado coqueta para su propio bien, una mujer que vivía y respiraba para llamar la atención de los hombres, obsesa sexual, algo puta, que se acostaba con cualquiera, una esposa infiel; una pena que alguien que por otra parte poseía tantas buenas cualidades haya sido semejante desastre. Siempre habías sospechado que los suegros de tu madre hablaban de ella de ese modo, pero hasta esta mañana nunca lo habías escuchado con tus propios oídos. Murmuras algo en el teléfono y cuelgas, jurando  no volver a hablar con tu tía nunca más, no dirigirle jamás una sola palabra durante el resto de tu vida>.

   Como ocurre en todas sus obras, no impide que aflore el Paul Auster político, analizando la evolución de la sociedad norteamericana. Hay un párrafo que me ha parecido sugerente, muy de actualidad ante la situación tan crítica por la que pasa en nuestros días la educación pública, y que muestra su lado humano y comprometido:

(…) <…tuviste educadores buenos y algunos mediocres, unos cuantos profesores excepcionales y alentadores y otros pésimos e incompetentes, y tus compañeros iban desde los brillantes, pasando por los de inteligencia normal, hasta los semirretrasados mentales. Eso es lo que suele ocurrir en la enseñanza pública. Todos los que viven en  el barrio pueden ir gratis, y como tú creciste en una época anterior al advenimiento de la educación especial, antes de que establecieran colegios aparte para dar cabida a niños con presuntos problemas, cierto número de tus compañeros de clase eran discapacitados físicos. Ninguno en silla de ruedas que recuerdes, pero aún puedes ver al niño jorobado con el cuerpo torcido, a la chica a quien faltaba un brazo (un muñón sin dedos sobresaliéndole del hombro), al niño al que se le caía la baba sobre la pechera de la camisa y a la niña que apenas era más alta que una enana. Echando ahora la vista atrás, consideras que esas personas constituían una parte fundamental de tu educación, que sin su presencia en tu vida, tu idea de lo que entraña el hecho de ser humano quedaría empobrecida, carente de toda hondura y simpatía, de toda comprensión de la metafísica del dolor y la adversidad, porque aquéllos eran niños heroicos, que tenían que trabajar diez veces más que cualquiera de los otros para encontrar su sitio>.

    Un libro, en definitiva, lleno de sugerencias, ameno, que se lee casi sin darnos cuenta, plácidamente, y que nos trae, este año, no al Paul Auster novelista, sino al Paul Auster intimista y reflexivo. Un delicatessen.

Sergio Barce, febrero 2012

 Los textos están tomados de la Primera Edición, febrero 2012, publicada por Anagrama, y con traducción del inglés de Benito Gómez Ibáñez.  

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Este 29 de Febrero, en MALAGA – Presentación del libro de relatos UN CINE EN EL PRÍNCIPE ALFONSO Y OTROS CUENTOS de MOHAMED LAHCHIRI

El Centro Andaluz de las Letras (CAL) continúa con su programa de actividades Letras Capitales en Málaga, el próximo miércoles, 29 de febrero, con la presentación de la nueva novela del escritor Mohamed Lachiri, Un cine en el Príncipe Alfonso y otros relatos, publicado por Ediciones Dar Karaounies.

El encuentro será en la sede del Centro Andaluz de las Letras a las 20.00 horas,

y estará conducido por Francisco Morales Lomas y José Sarria.

Una ocasión inmejorable para escuchar de mi entrañable amigo Lahchiri sus extraordinarios relatos, y que ya varias veces me ha permitido colgar de mi blog para nuestro deleite como lectores empedernidos.

Sergio Barce

Mohamed Lahchiri (Ceuta, 1950), es periodista, docente y traductor hispano-marroquí. Su obra, escrita directamente en castellano, forma parte de la denominada Literatura Hispanomagrebí. Ha traducido para la prensa marroquí y árabe textos de Neruda, García Lorca, Miguel Hernández, Vicente Aleixandre, Julio Cortázar, García Márquez, Juan Rulfo, Mario Benedetti, Horacio Quiroga y Borges, entre otros. En 1994, publica su primer libro de cuentos, «Pedacitos entrañables», y en el 2003 el segundo, «Cuentos ceutíes». Ya en 2006 publicó su tercer libro de cuentos, «Una tumbita en Sidi Embarek». Es, además, autor de la novela “Una historia repelente”, publicada por entregas en el diario “La Mañana” en el verano del 2001 y de una antología de poesías (traducidas al árabe) de Nicolás Guillén, publicada en el diario “Al Ittihad al-Ichtiraki”.

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LARACHE y la ASIGNATURA DE TERAPEÚTICA FÍSICA, un relato del Doctor JOSÉ EDERY BENCHLUCH

El escritor larachense Dr. José Edery

    José Edery, después de publicar su libro «Viajando por el Magreb Hispánico», parece que se aburría un tanto y se ha puesto a escribir de nuevo, supongo que le ha entrado el «mono» de la narrativa, y, como suele hacer, tiene la deferencia de enviarme su último relato, un retazo de sus recuerdos de estudiante, para colgarlo en mi blog para deleite de todos. Es un relato muy divertido, la verdad, en el que Larache se convierte involuntariamente en la protagonista de la anécdota.

Sergio Barce, febrero 2012

    LARACHE Y ASIGNATURA DE TERAPÉUTICA FÍSICA

En los exámenes orales universitarios existe la creencia constatada de que cuando el alumno permanece largo tiempo en la sala a puerta cerrada examinándose o delante del tribunal en sesión pública, es señal inequívoca que va aprobar e incluso sacar buena nota. Si por el contrario el tiempo es corto y breve lo más probable es que suspenda o regrese en septiembre.

Yo cursaba el tercer curso de medicina, que en realidad era el cuarto si contábamos tras el Preuniversitario, el curso Preparatorio común a las carreras de ciencias con biología, matemáticas, física y química. En dicho curso las materias eran la Farmacología con  el “Manual de Velázquez” dada por el emblemático “Don Emilio” Muñoz, el catedrático más elegante y dandy de España; la Patología General enseñada por el Profesor de la Higuera alias “El Breva”, la Fisiología Especial por el Prof. Rafael Mora (hermano del Catedrático de Histología Abelardo) y la Terapéutica Física que impartía el catedrático Ignacio García Valdecasas “El Chispa”, oriundo de la granadina región de Riofrío (Loja) uno de los mayores criaderos actuales de esturión y caviar beluga de Europa. (ver  “Viajando por el Magreb Hispánico”).

El sobrenombre de “El Chispa” tenía su lógica ya que entonces la asignatura trataba principalmente de aparatos terapéuticos eléctricos (Rayos X, Onda Corta, corrientes galvánicas etc.) y sus fundamentos. Una asignatura con pocas patologías, árida y poco atrayente, y sobre todo basada en la Física. Materia esta que había impartido en Preparatorio en Granada el duro catedrático “Don Justo” Mañas, a causa de cuyos exámenes los alumnos se iban a otras facultades para poder aprobar ya de por sí un difícil curso selectivo.

Don Ignacio García Valdecasas era un hombre alto, de aspecto serio, de tez bronceada por el campo, con un andar como cansino y algo encorvado que daba la sensación de una persona rural más que de un profesor universitario. Aunque ello encubría una gran humanidad, profundos conocimientos profesiones y una amplia cultura. Pero su verdadera afición era sus tierras y olivares en Riofrío. Durante mi etapa ministerial conocí a dos de sus hijos: un destacado letrado en Jaén y un prestigioso diplomático y Embajador, con el que establecí una estrecha amistad y recordando siempre en nuestras conversaciones  a su padre.

Medina de Larache

La clase de Terapéutica Física comenzaba a las nueve de la mañana, por lo que “era obvio” que yo no asistía nunca por mi incompatibilidad fisiológica, a lo largo de mi vida universitaria y luego profesional, de levantarme “tan temprano”. Llegó en el mes de junio  el correspondiente examen final de la asignatura, de la que al no llevarla preparada pensaba dejarla para septiembre. Fue entonces cuando nuestro compañero de curso ¿Gerardo? Cánovas, murciano que residía en el Colegio Mayor Isabel la Católica, sobresaliente estudiante  y persona de una gran religiosidad practicante (“desapareció “de la facultad a partir de dicho curso) como la mayoría de los compañeros de entonces, me convenció para presentarme al examen. Era medianamente alto y fuerte con una constitución semejante a la de Alfredo Segura Sánchez.

Me atiborré de comprimidos de Preludín (otros solían tomar Simpatina o Centramina) durante una semana con casi un continuo insomnio y una hiperactividad mental; y un jueves por la tarde tras esperar unas dos horas me llegó mi turno oral para examinarme. A Cánovas por lógica alfabética le correspondió antes, y al terminar el examen, que duró apenas diez minutos, con mucha desilusión me dijo que le habían dejado para septiembre (nunca más supe ni supimos de él). Por su resultado me iba a retirar del examen pero me convenció para que me presentase cuando me llamaran, y a pesar de su decepción y tristeza se quedó acompañándome.

El lugar del examen era una gran sala con hileras de grandes bancos de madera separados por un ancho pasillo central. Y al fondo a la derecha un estrado con una mesa, a bastante distancia de la primera fila (por lo que no se podía apenas escuchar al profesor ni al examinado) donde se enfrentaban catedrático y alumno.

Don Ignacio alzó la cabeza y con voz fuerte, pero con unas facciones que mostraban gran extrañeza casi gritó: ¡¡José Edery Benchluch¡¡ (Aquí se le trabó un poco la lengua con el segundo apellido). Acudí a la mesa deprisa, pero con paso mesurado posiblemente por la hiperactividad, seguridad y optimismo que me producía el Preludín.

Me dijo de inmediato: <Yo a Vd. no le conozco ni le he visto nunca en mis clases, pues le recordaría, sobre todo por sus apellidos >. Por lo que casi me iba a retirar dando por asegurado el suspenso. Pero por efecto milagroso de la droga le respondí con voz firme pero respetuosa:

<Discúlpeme Don Ignacio, pero es que a las nueve de la mañana tengo que asistir todos los días a la sinagoga para mis rezos.>

<Por favor, repítame lo que ha dicho, por si lo he entendido mal.>

<Si Señor. Como soy judío y practicante, mi deber religioso es participar con mis correligionarios a los rezos en la sinagoga de la calle Arandas, por la Plaza de la Universidad.>

Muy respetuoso hacia los demás por su formación humana y social y sus firmes creencias religiosas, aunque fueran diferentes, su semblante cambió por uno más agradable e interesado.  En la España de esos tiempos, aunque existía una grandísima ignorancia (y en la actual), pero no incultura, sobre personas y ortodoxia de las otras religiones, existía un gran respeto religioso en el trato personal entre ellas.

Intercambiamos preguntas y respuestas. Curiosamente conocía mi ciudad natal, Larache, donde tenía amigos, entre ellos la familia Gomendio, propietarios del Lukus, la mayor empresa y terrenos agrícolas del Protectorado; y un amigo colega, el doctor Rogelio Consuegra así como de otras personas y hechos que no recuerdo. ¡Han transcurrido 56 años¡ Hablamos durante cerca de tres cuartos de hora de ellos, de mi ciudad, de religión, etc. Todo ello ante la expectación y casi admiración de mis compañeros, como supe más tarde, pues suponían que estaba realizando un brillantísimo examen por el tiempo que transcurría. Si hubieran conocido la temática que intercambiaban el examinante y examinador, no se lo habrían creído.

En un momento dado miró su reloj, y casi sorprendido por el largo tiempo transcurrido, interrumpió la conversación y me hizo sacar dos papeletas con temas del examen (normalmente era una cada vez). Me preguntó que cuál prefería y cómo había preparado la asignatura. Fui correcto y le respondí que regular. Y apenas llevaba dos minutos exponiendo el tema que había escogido, me paró y con gran sorpresa por mi parte me dijo, con un tono cariñoso:

<Creo Señor Edery que no voy poder darle un sobresaliente como probablemente se merece; debido a su no asistencia a las clases a lo que doy gran importancia. ¿Qué le parece un notable?.> A lo que le respondí muy serio simulando contrariedad y educadamente:

< Lo que Vd, decida Don Ignacio. Muchas gracias.>

Y regresé al banco donde me esperaba con una cara de sorpresa que nunca se me olvidará mi querido compañero Cánovas. Y de paso observaba las miradas de admiración, asombro, respeto, o todo junto en una sola expresión, de los compañeros que esperaban su turno de examen, ante mi “larga exposición” en tiempo y temática entre profesor y alumno. Y que no podían escuchar ni nunca sospecharían, por la distancia existente entre ellos y la mesa del examinador.

Tengo que aclarar que en Granada nunca asistí a una ceremonia en una sinagoga, ya que desde 1492, no existen ni se realizó ninguna apertura nueva, incluso hasta el día de hoy. Ni de la inventada por mi, puesto que la única ubicación de un templo era un oratorio casi clandestino de confesión baptista al que asistí con un amigo, situado cerca de la Facultad de Derecho en la calle Arandas. Y la colonia judía en la ciudad entonces estaba compuesta únicamente por la familia Godman, propietaria de la academia de lenguas extranjeras “Mangol” en la calle Reyes Católicos. Y por nueve estudiantes universitarios (entre ellos los larachenses, futuros médicos, Esther Amselem y Alejandro Abehsera) procedentes del entonces Protectorado de España en Marruecos, de Ceuta y de Melilla. Y que para un acto colectivo religioso judío es obligatorio la presencia de un mínimo de diez hombres adultos (minián).

 Dr. José Edery Benchluch .

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