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«EL REINO DEL PAN BLANCO COMO LA NIEVE», UN RELATO DE HERMINIA LUQUE

Otra vez la Generación BiblioCafé. Me gusta descubrir poco a poco a los compañeros que forman parte de este grupo con el que Mauro Guillén está haciendo juegos de magia, y algo de malabarismo.
Hoy voy a hablar de Herminia Luque, que es, de todos los integrantes de la GB, la que más cerca vive de mí. Ella en Rincón de la Victoria, yo en Torremolinos, y en medio tenemos Málaga, que es como el ombligo de la carretera de la costa.

SesionContinuaPortada
Coincidimos ya en dos de los volúmenes publicados por Jam Ediciones: Sesión continua y Por amor al arte. En el primero se incluye su cuento La vida es bella. Me resultó simpático, porque es un ejercicio de divertimento puro y simple: escribir un relato en el que en casi todas las frases hay un título de película. Parece fácil, pero no lo es si, a la vez, se quiere contar una historia que tenga sustancia. Herminia lo consigue, y además hace sonreír con este trabajo de puzzle cinematográfico.
En Por amor al arte compartimos otro tipo de relatos. Quiero pensar que mejores narraciones, porque, a cada reto, tratamos de superarnos. El mío se titula La Venus de Tetuán, el suyo Retrato de dos hermanas. No pueden ser más distintos, pero nos une en ellos un fino hilo: Marruecos, aunque sea cogido por los pelos… Tu cuento me recuerda la Juanita Narboni de Ángel Vázquez, le escribo a Herminia, y ella me responde que se alegra de que me haya dado cuenta de que le apasiona la Narboni. No dejas respirar, le explico, es un relato fantástico. Ella me responde que también le ha gustado mi cuento, que recreo muy bien ese ambiente que tan bien conozco. Se refiere a Marruecos, claro.

POR AMOR AL ARTE - portada
Pero es verdad que su relato está magníficamente estructurado, con esa manera de describir sin pausa, como si el tiempo corriera en contra. Me parece el texto de una narradora excelsa.
Fragmento de Retrato de dos hermanas:

(…) …inicua pecadora, pecatriz, mezcla de pecadora y consumada actriz, tantos años guardándoselo, pero al fin se sabe todo, hoy tenía que ser veintitantos años después, no, no me la da con queso, cómo no voy a reconocerlo yo, acaso no he vivido toda la vida con ella, no la he cuidado, de chica, de grande, estando enferma, hasta cuando no se daba cuenta, en el baño, por ejemplo, cuando se bañaba en la tina colorada de niña y luego ya de jovencita cuando se daba esos baños tan largos, qué impudor, lo que estaría pensando mientras se pasaba por los pechos la esponja y se le quedaba allí la espuma como unas flores de almendro, el centro de las corolas color de rosa, las horas muertas se hubiera pasado en el agua si yo no hubiera aporreado la puerta harta ya de mirar por la cerradura, ella sin alterarse lo más mínimo, erguida frente al espejo y secándose con las toallas de hilo, las buenas siempre, las ásperas no, pero quién me lo iba a decir que ese cuerpo de pagana me lo iba a encontrar hoy en ese cuadro… (…)

Los dos andamos ahora tratando de organizar la presentación de Por amor al arte en Málaga, para finales de este mes. Esto es un anuncio subliminal, no sé si dan cuenta, pero ya avisaremos de lugar, día y hora…
Herminia Luque me ha enviado su cuento El Reino del Pan Blanco como la Nieve para poder hablar de su obra narrativa, de presentarla en mi blog. Es un relato con el que ganó en 2010 un premio en el certamen “Pilar Paz Pasamar” del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera.

HERMINIA LUQUE durante a presentación de la Generación BiblioCafé en Madrid

HERMINIA LUQUE durante a presentación de la Generación BiblioCafé en Madrid

A Herminia le gustan los relatos de mujeres de otros tiempos. Lo noto en estos dos cuentos: el de Retrato de dos hermanas y en este de El Reino del Pan Blanco como la Nieve. Tiene ese poso amargo que los entrelaza, pero son diametralmente opuestos en su manera de estar contados. Uno es febril y sincopado, esto otro es triste y emotivo. La historia es de una simpleza descarnada, pero Herminia Luque la enfunda con la ternura del dolor y con una pátina de melancolía abrumadora. La memoria, los recuerdos que regresan por un detalle aparentemente nimio… Un relato bello y conmovedor.
Leer a Herminia Luque es entrar en un universo personal y tornasolado, de tiempos en los que la venganza más execrable y vil convertía a mujeres admirables en tristes sombras de sí mismas, y es el fulgor de su narrativa el que se introduce por las rendijas del pasado para rescatar fugazmente los recuerdos que se van perdiendo irremediablemente.
                                   

Sergio Barce, noviembre 2014

El Reino del Pan Blanco como la Nieve

No, no quería el pan. Había comido algo de eso que parecía pescado, aunque tenía forma de barritas, todas iguales. Y un poco de sopa. Lo que no se había atrevido a probar era esa masa, transparente y roja, que se mecía en el plato como un corazón vivo.

La mujer de las piernas delgadas insistía –era terca como una mula:

-Tome un poco de pan. El médico le dijo…
Eso la enfureció. El médico. Qué médico. Don Braulio nunca le había dicho eso. Arrojó el pan al suelo. La mujer torció el gesto:
-No puede seguir así, sin comer prácticamente nada.
La interpeló de nuevo:
-¿Quiere que le haga una tortilla?
Por toda respuesta apartó la bandeja, despejando una parte la superficie de la mesa camilla. Luego se retrepó en el sillón orejero.
-Está bien, duerma un poco –refunfuñó la mujer.- Por lo menos así no consume calorías –dijo como para sí.
Ella sólo quería descansar. Un cansancio inmenso le barrenaba el cuerpo, se le incrustaba hasta la médula de los huesos. Con el calor del brasero eléctrico pronto se apoderó de ella una agradable modorra. Cerró los ojos. Ya no estaba en casa de esa señorita que la conminaba a todas horas para que se tragase toda aquella comida. Y sin embargo ella estaba sumamente delgada: llevaba unos pantalones negros tan ceñidos que le hacían unas patitas como de mosca. Ahora camina con presteza por la cuesta que lleva a casa de su abuela, detrás de los naranjos. Le gusta ir a casa de su abuela Encarnación porque le da de merendar. Y siempre le cuenta un cuento. El de los siete cabritillos, tan tontos y que no escarmentaban nunca. El de Estrellita y su moco de pavo, que le crece en la frente. El del Enano Saltarín, con su canción incluida. Aunque el que más le gusta es el del Reino del Pan Blanco como la Nieve.
Mira el pelo blanco de su abuela, recogido en un moño blando sobre la cabeza, tan lindo. Su abuela no viste de negro riguroso, como el resto de las abuelas que conoce, sino con ropas de tonos grises, con rayas o florecitas blancas. Eso a pesar de ser viuda. Pero ese es el luto de alivio. Claro que el abuelo Raimundo se había muerto hacía muchísimos años, antes de que ella naciera, y sin embargo se le guardaba luto como si sólo hiciera tres años que se hubiera muerto.
Su abuela se sentó en la butaca de tela verde con una franja vertical y le hizo señas para que se acercara. Ella obedeció.
-Ahora te contaré el cuento del Reino del Pan Blanco como la Nieve.
Y volvía a contarle su cuento favorito, el del reino en el que el pan era blanco por completo, como si no tuviera corteza. Blanco como la cal. Blanco como el algodón en rama. Blanco como la nieve recién caída en enero.
Pero lo que más le gustaba era el colofón del cuento. Después de contarle las peripecias de los dos niños perdidos en el bosque, muertos de hambre, que encontraban el Reino del Pan Blanco y volvían a su casa cargados de panes blancos y de monedas de plata relucientes, su abuela le daba una enorme rebanada de pan blanco. No siempre podía darle pan, y por eso se tenía que conformar con los anises o cuatro peladillas como mucho. Pero cuando le contaba el cuento, ella sabía ya que después venía el trozo de pan inmaculado. Aunque a veces, incluso, para colmo de su felicidad, lo rociaba con un chorreón de aceite y un poquito de azúcar.
Ella se lo comía con una fruición solemne, porque en su casa no había este tipo de pan. Todos los días comían migas. Migas con tocino, si lo había. Migas con bacalao, en Cuaresma. Y por la noche, pan bazo. Un pan oscuro como la misma noche, que acompañaba a una sopa clara con un poco de col o de nabo flotando. El pan de la cartilla de ración. El único pan que llegaba a su casa. Su madre había intentado que el molinero le vendiera harina para hacer pan blanco en el horno que había en la casa. Que ella se la pagaría con lo que fuese. Con los cubiertos de plata. Con la vajilla inglesa. Que le pidiera lo que quisiera. Pero por amor de Dios, que le diera un poco de harina de la que tenía en esos sacos gordezuelos, escondidos debajo de la trampilla del molino. Y el molinero le decía que qué más quisiera él, pero que no podía. De verdad. Que se le murieran sus hijos si mentía. Como lo pillaran vendiéndole a la mujer de un rojo, lo trincaban a él y lo metían en chirona, con la de familia que tenía que alimentar, fíjese usted qué desgracia. Y tan bien describía su hipotética desgracia que hasta se le saltaban las lágrimas, imaginándose el molino parado, el caz mudo, las sacas vacías. Los niñicos con las tripas rugiendo de hambre. Y su madre volvía cabizbaja y le decía, anda niña, ve a casa de la abuela, que te cuente el cuento del pan blanco como la nieve. Y si te sobra algo, le traes algo a tu hermanillo. Y ella iba muy vivaz, muy contenta por el camino empedrado, el que pasaba por delante de la casa de don Braulio, y luego entre fincas de naranjos; el camino más largo pero el más bonito para llegar a casa de la abuela Encarnación.
Un ruido brusco la sobresaltó. Era un portazo. Se oyó una voz masculina saludando. La mujer de las piernas delgadas como patas de mosca le contestaba. Siguió con los ojos cerrados. No le apetecía ni abrir los párpados. El cansancio de siempre. El que le llegaba hasta la médula de los huesos.
Un hombre joven entró en la habitación. La mujer le chistaba para que se callase.
-Déjala, está dormida. No veas qué día ha tenido hoy,
-Pues yo no la veo hoy tan mal – se inclinó sobre ella.
-Es un suplicio, Andrés. No puedo más, me faltan las fuerzas.
-Tranquila –decía el hombre tratando de consolar a la mujer, que se retorcía las manos.- No te preocupes. El mes que viene irá a la residencia.
-Tu madre estará allí mejor cuidada. Tienen especialistas en demencias seniles y…
-Ya lo sé –el hombre la interrumpió con cierta brusquedad. Ahora era él el que lloraba. Pero no como el molinero: lloraba de verdad. Con los párpados entrecerrados vio, no obstante, cómo trataba de disimularlo limpiándose rápidamente con el dorso de la mano la lágrima que surcaba su mejilla, a la vez que se agachaba para coger un trozo de pan del suelo.
Un trozo de pan negro. Un trozo de pan bazo. Pan integral lo llamaba la mujer de las piernas como patas de mosca.

Herminia Luque

Herminia Luque Ortiz nació en Granada en 1964. Se licenció en Geografía e Historia en la Universidad de Granada, realizando también dos años de postgrado en Historia del Arte. En la actualidad, da clases en un centro de educación secundaria de Vélez-Málaga y reside en el Rincón de la Victoria (Málaga).

HERMINIA LUQUE

HERMINIA LUQUE

En 1990 recibió el segundo premio del certamen de narrativa breve para jóvenes del Ayuntamiento de Cádiz, y en 1992, un galardón del Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Málaga por un conjunto de relatos.
Ha publicado poesía en antologías como Inéditos (Huerga y Fierro, 2002), y relatos en Narradores almerienses (La General, 1991), Relato español actual (Fondo de Cultura Económica, 2002), Espacios (Systime, Arhus, Dinamarca, 2003), Cuentos engranados (Granada, Transbooks, 2013), o Sesión continua (Valencia, Jam Ediciones, 2013).
Su pasión por el siglo XVIII le ha llevado a escribir sobre diversos temas del siglo ilustrado e investigar sobre autores como Juan Pablo Forner (Los vicios de Jazmín. El concepto de Naturaleza en Juan Pablo Forner, en Juan Pablo Forner y la Ilustración, Mérida, 2006).
En el 2010 recibió un premio en el certamen “Pilar Paz Pasamar” del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera por el relato El Reino del Pan Blanco como la Nieve, así como otro galardón en el concurso de relato policíaco organizado por la Comisaría Provincial de Málaga.
Publicó también en 2010 su primera novela Bitácora de Poseidón (Sevilla, Paréntesis). En 2011 apareció su novela histórica El códice purpúreo asimismo en Paréntesis Editorial.
El libro Al sur de la nada, compuesto por tres novelas cortas, fue publicado en 2013 por e.d.a libros.
Su blog literario es http://www.lunaresnegros.blogspot.com. Y su página web http://www.herminialuque.com.

Al sur de la nada

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«EL BLOCAO» (1928), DE JOSÉ DÍAZ FERNÁNDEZ

El blocao (publicado por Ediciones del Viento) es un pequeño libro escrito por el periodista y luego político José Díaz Fernández, libro que tuvo un gran éxito de ventas tras su publicación en 1928.

EL BLOCAO portada
Leer El blocao es leer muy buena literatura. No sólo es un libro más sobre la guerra de Marruecos y sus terribles consecuencias, es también un retrato amargo, duro y, sin embargo, bellísimo de aquella locura que se convirtió en una dolorosa sangría para España y para Marruecos.
Son siete relatos en los que la narrativa de José Díaz te subyuga de una manera absoluta. La crudeza de alguna de las historias sólo muestran la realidad de aquella experiencia que marcó tan profundamente al autor. Y, sin embargo, uno descubre que su visión de aquella tragedia es lúcida y crítica. No ve a los marroquíes como un enemigo que lucha insensatamente contra ese designio que lanzaba a España a ocupar Marruecos porque era su obligación moral y natural, como predicaban por entonces algunos africanistas, sino que los marroquíes luchaban porque se ocupaba su territorio por fuerzas extranjeras.
El primero de los relatos es el que da título al libro, y es, sencillamente, magistral. Magistral en su factura narrativa, y magistral la historia que cuenta. A mí me conmovió su lectura cuando lo leí hace años, y ha vuelto a hacerlo ahora de nuevo al releerlo una tercera vez.

“…Una de mis distracciones era observar, con el anteojo de campaña, la cabila vecina. La cabila me daba una acentuada sensación de vida en común, de macrocosmos social, que no podía obtener del régimen militar de mi puesto. Desde muy temprano, mi lente acechaba por el párpado abierto de una aspillera. El aduar estaba sumergido en un barranco y tenía que esperar, para verlo, a que el sol quemase las telas de la niebla. Entonces aparecían allá abajo, como en las linternas mágicas de los niños, la mora del pollino y el moro del Rémington, la chumbera y la vaca, el columpio del humo sobre la choza gris.
Buscaba a la mujer. A veces, una silueta blanca que se evaporaba con frecuencia entre las higueras hacía fluir en mí una rara congoja, la tierna congoja del sexo. ¿Qué clase de emoción era aquélla que en medio del campo solitario me ponía en contacto con la inquietud universal? Allí me reconocía. Yo era el mismo que en una calle civilizada, entre la orquesta de los timbres y las bocinas, esperaba a la muchacha del escritorio o del dancing. Yo era el náufrago en el arenal de la acera, con mi alga rubia y escurridiza en el brazo, cogida en el océano de un comedor de hotel. Y aquel sufrimiento de entonces, tras el tubo del anteojo, buscando a cuatro kilómetros de distancia el lienzo tosco de una mora, era el mismo que me había turbado en la selva de una gran ciudad.
Nuestra única visita, aparte del convoy, era una mora de apenas quince años, que nos vendía higos chumbos, huevos y gallinas.
—¿Cómo te llamas, morita?
—Aixa.
Era delgada y menuda, con piernas de galgo. Lo único que tenía hermoso era la boca. Una boca grande, frutal y alegre, siempre con la almendra de una sonrisa entre los labios.
—¡Paisa! ¡Paisa!
Chillaba como un pajarraco cuando, al verla, la tromba de soldados se derrumbaba sobre la alambrada. Yo tenía que detenerlos:
—¡Atrás! ¡Atrás! Todo el mundo adentro.
Ella entonces sacaba de entre la paja de la canasta los huevos y los higos y me los ofrecía en su mano sucia y dura. Yo, en broma, le iba enseñando monedas de cobre; pero ella las rechazaba con un mohín hasta que veía brillar las piezas de plata. A veces, se me quedaba mirando con fijeza, y a mí me parecía ver en aquellos ojos el brillo de un reptil en el fondo de la noche. Pero en alguna ocasión el contacto con la piel áspera de su mano me enardecía, y cierta furia sensual desesperaba mis nervios.
Entonces la dejaba marchar y le volvía la espalda para desengancharme definitivamente de su mirada…”

“Para desengancharme definitivamente de su mirada… “ Qué preciosa frase.
Este cuento narra la aburrida vida en un blocao, esa especie de trinchera que era como una tumba anticipada para los soldados que luchaban en Marruecos. Una especie de féretro de tierra y piedra, de arena y de sacos. Y de ese pequeño espacio, José Díaz crea un universo tremendo y terrible.

Regimiento Alcántara - en Annual

Los otros seis relatos El reloj, Cita en la huerta, Magdalena roja, África a sus pies, Reo de muerte y Convoy de amor, encierran pequeños mundos e historias sorprendentes. El reloj es un relato de guerra que nos conduce a la compasión por ese soldado algo bruto que tiene en su enorme reloj un extraño refugio para huir de la realidad del combate. Su final es tan sencillo como desolador.
No hay un cuento en este libro que deje indiferente. Incluso esa historia tremenda de la Magdalena roja, con ese personaje de Angustias López que, en mi opinión, retrata como en ninguna otra obra la forma de ser del revolucionario anarquista y sindical de la época. Idealismo y fanatismo, revolución y desengaño.
Pero quizá sea Convoy de amor el cuento que más impacta, junto al primero, El blocao.

blocao

Convoy de amor es la historia de una desesperación, esa a la que aquella guerra absurda llevó a muchos jóvenes a una muerte sin sentido. Un pequeño convoy, de hombres deshechos, agotados, enfebrecidos por la fiebre del combate y por la fiebre de la abstinencia sexual obligada, han de escoltar a una mujer provocativa e insensata bajo un sol abrasador… Leer este relato es como estar junto a los personajes. José Díaz consigue ese efecto hipnótico del gran narrador que es el de trasladar al lector al lugar de los hechos, y conseguir que los experimente y los sufra vívidamente, Y esta historia te deja con una extraña sensación de derrota, como si al acabarlo fueras más consciente de lo que José Díaz Fernández ha estado contando en todos sus cuentos: el absurdo y la sinrazón de la guerra que enfrentó a España y Marruecos, por el interés de unos y el capricho de otros.

“…Minutos después el convoy de Audal estaba en la carretera, dispuesto a partir. Lo componían el cabo, seis soldados, dos acemileros y dos mulos. En uno de éstos se habían colocado una jamuga para Carmen, que llegó con el coronel entre una doble fila de ojos anhelantes. El coronel la ayudó a subir a la cabalgadura, sosteniendo en su mano, a manera de estribo, el pie pequeño y firme. Fue aquél un instante espléndido e inolvidable, porque, por primera vez y en muchos meses, los soldados del zoco vieron una auténtica pierna de mujer, modelada mil veces con la cal del pensamiento. Ya a caballo, Carmen repartía risas y bromas sobre el campamento, sin pensar que sembraba una cosecha de sueños angustiosos. Diana refulgente sobre la miseria de la guerra, en lo alto de un mulo regimental, mientras los soldados la seguían como una manada de alimañas en celo, Carmen era otra vez la Eva primigenia que ofrecía, entre otras promesas y desdenes, el dulce fruto pecaminoso.
Aquellos hombres se custodiaban a sí mismos. Porque, de vez en cuando, la falda exigua descubría un trozo de muslo, y algún soldado, sudoroso y rojo, exhalaba un gruñido terrible.
El sol bruñía la montaña y calcinaba los pedruscos. Al cuarto de hora de camino, Carmen pidió agua. El cabo le entregó su cantimplora y ella bebió hasta vaciarla.
—¡Qué calor, Dios mío! ¿Falta mucho?
—¡Huy, todavía!…
Le cayeron unas gotas en la garganta y ella bajó el escote para secarse. Pelayo sintió que la sangre le afluía a las sienes como una inundación.
Al devolverle la cantimplora, Carmen le rozó los dedos con su mano. Y Manolo Pelayo estuvo a punto de tirar el fusil y detener al mulo por la brida, como los salteadores andaluces…”

José Díaz Fernández, como tantos intelectuales de valía, lo más granado de nuestra literatura y de nuestra ciencia, hubo de marcharse exiliado de España tras la guerra civil. Un final triste para un escritor inmenso.
                                                                Sergio Barce, octubre 2014

JOSE DIAZ FERNANDEZ

JOSE DIAZ FERNANDEZ

José Díaz Fernández nació en Aldea del Obispo (Salamanca) en 1898. Periodista, trabajó en El Noroeste de Gijón, y tras su regreso de Marruecos en El Sol, de Madrid, y fue director de la revista Nueva España.
Tras el desastre de Annual, se incorpora al ejército y luchará en Marruecos. Sus experiencias en la guerra, las plasmará en su libro El blocao (1928) que obtendría el premio de El Imparcial.
A causa de su oposición a la dictadura de Primo de Rivera, tras ser encarcelado, es desterrado a Lisboa. Tras pasar por la política, al finalizar la guerra civil, se exilió en Toulouse, donde fallecería en 1941.

LA BIBLIOTECA ISLÁMICA DE MADRID TIENE ENTRE SUS LIBROS «EL BLOCAO». EN EL SIGUIENTE ENLACE PODÉIS ACCEDER.

 

http://cisne.sim.ucm.es/search*spi~S18/X?SEARCH=blocao&searchscope=18&SORT=D

 

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LARACHE, EN EL «LIBRO DE ORO IBERO AMERICANO» DE LA EXPOSICIÓN DE SEVILLA DE 1929

PORTADA

Con ocasión de la Exposición Iberoamericana de Sevilla (llamada también Exposición Universal), inaugurada el 9 de mayo de 1929 y clausurada el 21 de junio de 1930, y que fue la primera Exposición Internacional para dar muestra del hermanamiento entre los países de la Península Ibérica con América, se editó un libro catálogo: el Libro de Oro Ibero Americano. Catálogo Oficial.

Libro de oro

En este impresionante catálogo hay páginas dedicadas a Larache, Alcazarquivir y Arcila, que son las que traigo a mi blog. Y como aparece la ciudad del Lucus, Mariano Bertuchi me lo ha hecho llegar como siempre hace cada vez que encuentra algo de mi querida Larache.

Cabe recordar que la impresionante Plaza de España de Larache fue consecuencia directa de esta Exposición de Sevilla, ya que tanto el diseño como el tipo de cerámica y motivos utilizados en la plaza eran réplica de la de Sevilla, construida ex profeso para ese evento. Mientras que en sus bancos aparecen representadas todas las provincias de España en paños de azulejos, así como los bustos de españoles ilustres en sus muros, en la de Larache aparecían (lástima utilizar el tiempo verbal pasado) pasajes de El Quijote.

La reseña en el catálogo es un breve esbozo de historia de Larache, de la que me ha llamado la atención esa mención a la isla de Genra, que luego fue tierra firme; el que en esa época se estuviera montando un museo en Larache con los restos arqueológicos encontrados en Lixus (se indica en el catálogo que ya había más de 2.000 objetos) que obviamente nadie sabe desde hace tiempo dónde estarán; la descripción del Vivero y del Campo de Experimentación para agricultores y ganaderos o los detalles que se cuentan de la yeguada de Smidel-Má.

En fin, que me ha parecido un documento tan curioso como relevante para subrayar una vez más que Larache siempre ha sido un lugar privilegiado y excepcional.

Aquella plaza de Larache desapareció, y no puedo dejar pasar la ocasión para acusar una vez más a los autores de ese atentado cultural contra la ciudad que, por capricho, por desidia, por pura incultura, decidieron que no tenía ningún valor, ni arquitectónico ni histórico, y, sin embargo, ahí están los archivos para demostrarles todo lo contrario.

Sergio Barce, octubre 2014

LARACHE 1 (M.Bertuchi)

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LARACHE 2

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LARACHE 3

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LARACHE 4

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GRABADO

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BIBLIOTECA PABLO CANTOS

Pablo Cantos presentando su película Imaginario - foto de malagahoy.es

Pablo Cantos presentando su película «Imaginario» – foto de malagahoy.es

Hace ya un año y medio que mi amigo Pablo Cantos inició su viaje sin retorno dejando una herida abierta en quienes lo conocíamos, en quienes lo queríamos. No hay un solo día, y no exagero en absoluto, que no me acuerde de él, aunque sea fugazmente, unos segundos.

El otro día, durante la presentación en Librería Proteo de mi libro, lo notaba por allí cerca. Le habría gustado este libro, me habría abrazado al acabar el acto, me habría dicho algo especial, como siempre. Me consuelo imaginándolo.

Ayer fue el Día de las Bibliotecas. Y el poeta Víctor Pérez, con el que tengo ya una incipiente amistad de complicidades, me envió unas fotos. Son las que pongo a continuación. Gracias Víctor por  adivinar que me conmoverían y hacer que esbozara una sonrisa de orgullo. Víctor las había tomado en el Instituto de Enseñanza Secundaria Pablo Ruiz Picasso de Ciudad Nueva Málaga. El instituto le dedicó su biblioteca a Pablo, pasando a llamarse: Biblioteca PABLO CANTOS. Y yo no había tenido ocasión de verlo. 

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Biblioteca PABLO CANTOS. Escribo su nombre en mayúsculas, porque Pablo se merece que todo lo que se diga de él se escriba en mayúsculas. Me emociona incluso poder poner este pequeño comentario, no sé qué tiene Pablo que vuelve como si fuera el amanecer. No consigue irse del todo. No quiero que se vaya del todo. Y quizá esa biblioteca que lleva su nombre haga que sea aún más difícil que cruce ese mar oscuro y desconocido y postergue la travesía, que decida quedarse aún a pocos metros de la orilla, sentado en la barca de Caronte, leyendo uno de los libros que guardan sus estanterías, para darnos alguna de sus lecciones magistrales. 

Los responsables del centro tomaron en su momento la mejor de las ideas. Ya digo que yo no había tenido la oportunidad de verlo, pero gracias a estas fotos de Víctor ya me hago una idea de la suerte que tienen los alumnos del Pablo Ruiz Picasso. Espero que sepan que PABLO CANTOS se escribe todo en mayúsculas, porque él era un hombre en mayúsculas, y que también sepan que definitivamente no partirá hasta que todos los libros, todos, sean leídos.

Sergio Barce, octubre 2014

INSTITUTO PABLO RUIZ PICASSO:

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«EL GENTILICIO LARACHENSE», POR JOSÉ MANUEL GALINDO

En septiembre de 2013, mi querido amigo José Manuel Galindo, escribió un comentario en la página de «HHH los de Larache», sobre el gentilicio larachense. Y después de releerlo, no puedo estar más de acuerdo con él. Lo suscribo por completo.

José Manuel me pidió que escribiera algo sobre este asunto, y desde que me lo sugirió, ando dándole vueltas al asunto y no encuentro nada más que añadir a lo que él ya dijo entonces.

Sin embargo, no me resisto a contar una breve anécdota: hace ya tiempo, escribí uno o varios relatos, no recuerdo cuáles. El hecho es que, no sé dónde, había leído por entonces algo sobre los larachenses pero no refiriéndose a ellos con este gentilicio, sino que los mentaban como larachís, y yo, como una esponja, lo absorbí y, quizá influenciado también por el hecho de que en árabe «yo soy larachense» se dice «ana laraishi», utilicé esta palabra: larachí.

José Manuel Galindo, que iba leyendo esos textos míos, se fue calentando. Y digo bien: calentando (cabreando, acelerando, enfureciendo). Hasta que un día no pudo más y explotó, y me escribió pidiéndome por favor que dejara de utilizar esa maldita palabra porque él era un larachense, y siempre habíamos sido larachenses. A santo de qué pasábamos ahora a denominarnos larachís. 

Plaza de España / de la Liberación - LARACHE

Plaza de España / de la Liberación – LARACHE

Cuando leí su correo, tragué saliva, hice acopio de toda mi diplomacia y, admitiendo mi equivocación, corregí mis textos. Pedí perdón a José Manuel y regresé al redil. Desde aquel día, en el que mi amigo Semanué me dio ese cariñoso tirón de orejas, no se me ha ocurrido utilizar otro gentilicio que el de larachense. Y con mucho orgullo.

Así que, quién mejor que él para aclararnos este asunto… Y lo digo con absoluta sinceridad. Por eso os invito a leer este interesante y acertado escrito de José Manuel Galindo sobre algo tan, aparentemente, baladí. Que no lo es. Os lo aseguro (doy fe de ello, después de ver peligrar mi gentilicio).

Sergio Barce, octubre 2014

Os voy a contar una historia que os va a sonar a conocida, porque posiblemente sea muy parecida a la de muchos de vosotros.

Cuando ocurrió lo que os quiero contar, yo era muy pequeño, pero pude darme cuenta de que había una palabra que siempre era la misma y que mi familia utilizaba para identificarme. Más tarde comprendí que esa palabra con la que, no sólo mi familia, sino también mis vecinos de Las Navas, me llamaban, era mi nombre.
Pasaron muchos años y aunque aún no había oído hablar de la Teoría de Conjuntos, un día me di cuenta de que yo formaba parte de un conjunto de personas que teníamos en común el haber nacido en el mismo pueblo, un maravilloso lugar a orillas del Atlántico. No formábamos un conjunto uniforme, había gente de todas las edades, pertenecíamos básicamente a tres de las religiones más extendidas por el mundo y convivíamos en paz, respetándonos mutuamente.
Mi nombre es una seña de identidad dentro de mi entorno más próximo, familia y amigos, y en otro nivel, el gentilicio “larachense” es una seña de identidad que me pertenece por nacimiento.

Puesta de sol LARACHENSE

Puesta de sol LARACHENSE

En el entorno geográfico próximo a nuestro pueblo, se nombra como tetuaní al nacido en Tetuán, ceutí en el caso de Ceuta, tangerino en el caso de Tánger y larachense en el caso de Larache. Ni tetuanense, ni ceutense, ni tangerense o tangerí, ni larachí, ni larachino, ni laracheño, en nuestro caso (éste último, de nuevo cuño, lo he podido leer muy recientemente en un artículo sobre La Gaba, reunión anual que supongo que todos conocéis). Sencillamente, supongo que es una cuestión de usos y costumbres, que al cabo del tiempo hacen ley. Probablemente nuestros abuelos emplearan por primera vez el término, y consagrado por el uso, llegamos a conocerlo nosotros y a hacerlo nuestro.
Tenemos una Real Academia de la Lengua, que limpia, pule y da esplendor a nuestro idioma, incorporando nuevas palabras consagradas por el uso, pero nuestras señas de identidad las tenemos que defender nosotros, porque nadie se va a ocupar de hacernos el trabajo.
¿Es trascendental el asunto?, pues no, porque hay muy pocos asuntos trascendentales, pero en HHH Los de Larache se dice que “tendrán cabida en nuestro grupo quienes hayan nacido o vivido en Larache, así como aquellos que por alguna otra razón se sientan vinculados a nuestro querido pueblo”. Esta declaración delimita a un grupo de personas muy amplio, con muy diferentes grados de conocimiento y de tiempo vivido allí, y flaco servicio les haremos los que hayamos vivido más tiempo en Larache a los que tengan una relación menos sólida o menos duradera con nuestro pueblo, si nosotros mismos no respetamos nuestras señas de identidad. Lo que conseguiremos es formarles una buena empanada mental a los que vayan viniendo.
Para mí, es también una cuestión de respeto a nuestros padres y abuelos. Ellos inventaron el gentilicio “larachense” y no seré yo quien a estas alturas discuta la idoneidad o no de esa elección.
Buen día, paisanos larachenses y, por ende, africanos.
                                             José Manuel Galindo

Madrid, año 2005 - Sergio Barce, Ange Ramírez y José Manuel Galindo, en la primera asamblea de "Larache en el Mundo"

Madrid, año 2005 – Sergio Barce, Ange Ramírez y José Manuel Galindo, en la primera asamblea de «Larache en el Mundo»

 

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