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EN LA HORA ÚLTIMA DE JEAN-CLAUDE CARRIÈRE

Hace apenas unos días falleció el gran actor Christopher Plummer (os recomiendo una de sus grandes últimas interpretaciones “Remember”, de Atom Egoyan, que podéis encontrar en Filmin).

Y hoy, como si asistiésemos a la desaparición paulatina, inexorable y dolorosa de todas nuestras referencias culturales, nos ha dicho adiós uno de los últimos genios: Jean-Claude Carrière.

Tal y como me ocurrió en enero de 2013, hoy tampoco he podido evitar la tentación de acudir a mi amigo Juan Pablo Caja –del que tenéis un link de enlace desde este blog- y vuelvo a colgar esta entrevista que le realizó a Jean-Claude Carrière. Pero ya decía entonces que Juan Pablo lo explica mejor que yo… Que disfrutéis de nuevo con la entrevista.

Sergio Barce, febrero 2021

 “Tenemos que hacer cualquier cosa, menos cualquier cosa”

En noviembre de 2011, Jean-Claude Carrière, de paso por Barcelona, tuvo la amabilidad de visitar el Club Pickwick, despacho y plató ocasional de la productora Pickwick Films, para grabar una serie de breves intervenciones para el programa “Amb Filosofia”, espacio de divulgación filosófica que se emite por el Canal 33 de la televisión autonómica catalana. Aprovechando la visita, y como preparación a la grabación de las tomas para el programa, tuvimos también la fortuna de poder grabar esta conversación con el periodista Emilio Manzano (presentador y director de “Amb filosofia”): casi una hora de entrevista en la que nos habla de Buñuel, de su relación con España (acababa de publicarse el libro “Para matar el recuerdo”, las memorias españolas de Carrière), de cine, del Quijote como oráculo, y de otras cosas que encontraréis en este vídeo, inédito hasta el momento, y que compartimos ahora en la red entre amigos y seguidores del programa y de Pickwick Films, nuestra productora… en fin, para los que estuvimos allí, una velada que vivirá en el recuerdo y que rematamos con buen vino del Bierzo, callos, sobrasada mallorquina, y amena charla con un siempre agudo, fascinante, charmant, Jean-Claude Carrière. Espero que os interese.

Juan Pablo Caja

AQUÍ TENEÍS EL ENLACE PARA VER LA ENTREVISTA:

JEAN-CLAUDE CARRIÈRE (1931) fue uno de los máximos exponentes del surrealismo francés. Se graduó en Literatura e Historia.

Uno de los guionistas más emblemáticos e influyentes del cine europeo, trabajó con Luis Buñuel en “Diario de una camarera” (Le journal d´une femme de chambre, 1964), “Belle de jour” (1967), “La vía láctea” (La voie lactée, 1969), “El discreto encanto de la burguesía” (Le charme discret de la bourgeoisie, 1972), “El fantasma de la libertad” (Le fantôme de la liberté, 1974) y “Ese oscuro objeto del deseo” (1977).

También ha colaborado con Luis García Berlanga en “Tamaño natural” (1973).

Otros guiones suyos son: “La piscina” (La piscina, 1969) de Jacques Deray, “Viva María!” (1965) y “Milou en mayo” (Milou en mai, 1990) dirigidas por Louis Malle,  ”El tambor de hojalata” (De blechtrommel, 1979), “El ogro” (Der unhold, 1996) y “Círculo de engaños” (Die fälschung, 1981) las tres de Volker Schlöndorff, “El regreso de Martin Guerre” (Le retour de Martin Guerre, 1982) de Daniel Vigne, “Antonieta” (1982) de Carlos Saura, “La insoportable levedad del ser” (The unbearable lightness of being, 1988) de Philip Kaufman, “Valmont” (1989) y “Los fantasmas de Goya” (2006) ambas de Milos Forman, “Cyrano de Bergerac” (1990) y “El húsar en el tejado” (Le hussard sur le toit, 1995) las dos de Jean-Paul Rappeneau, y “La artista y la modelo” (2012) de Fernando Trueba.

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IBÍRICO O EL LABERINTO DE LA MEDINA

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Le anuncié al pintor tangerino Ibírico que escribiría un artículo sobre su obra plástica, sin saber muy bien entonces por dónde lo enfocaría. Pero tras estudiar su trabajo con detenimiento, contemplando el fruto de esa labor multidisciplinar a la que se entrega con tanta pasión, llegué a la conclusión de que, desde el comienzo, ha sido un artista en fuga, un creador que huye hacia adelante, construyendo sin parar a la búsqueda de algo inasible pero que está por descubrir. Esa búsqueda tiene sus raíces y tiene su trayectoria.

Su infancia y su juventud se desarrollaron en su ciudad, Tánger, donde aprendió varios idiomas. Me cuenta Ibírico que trabajó durante treinta y tres años en Iberia, efectuando largos viajes transatlánticos durante todo ese tiempo. De manera que crece en las callejuelas de la medina de Tánger, en un laberinto construido por la mano del hombre durante siglos de historia, y los años posteriores son un continuo ir y venir por todos los países. Y, mientras tanto, su pasión artística trenzándose en un mundo interior al que las callejuelas y las rutas transatlánticas iban dejando marcas y seguramente cicatrices.

Observo sus óleos, sus obras en técnicas mixtas, sus dibujos, sus creaciones metálicas, y siempre me topo con algo que es constante: la presencia del laberinto.

La medina de Tánger es un laberinto permanente y las rutas trazadas por los aviones son laberintos efímeros. Es como si Ibírico no lograra desprenderse ni de sus calles de infancia y juventud ni de esos viajes interminables, como si buscara la salida y no quisiera hallarla, enredado en los recuerdos y tal vez en el placer de patear los callejones, los pasajes, los corredores desconocidos.

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Kasbah II

En sus óleos el laberinto es interior y personal, pero lo vierte en las callejas de la medina tangerina pintando esos muros que se abren y se cierran, diseñando senderos que no conducen a ninguna parte, con fachadas sin ventanas y sin puertas, como si los viejos moradores negaran la entrada al intruso. Obras como “Kasbah I” o “Kasbah II” son muestra evidente de ello.

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RELOJ SOLAR

“Reloj solar” o “Sueño atemporal”, por su parte, plasman un laberinto diferente, pareciera visto desde el aire, como si así Ibírico tratara de sorprender a sus constructores y hallar desde el aire, desde la cabina del avión, el trazado ideal que le ayude a salir de su secreto.

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ARQUETOSOMIO

Los que crea con técnica mixta pasan a ser laberintos más inquietantes o sinuosos, de forma concéntrica, como espirales o como caparazones de caracoles antiguos, laberintos que paren de restos de fósiles o de huellas atemporales de viajeros de otros planetas dejadas en la tierra. Parecen a veces mapas sin descifrar, mapas que no llevan a destinos concretos, que se varan en la nada de la pura creatividad artística. Se entrecruzan estas obsesiones en obras tituladas “Constelación”, “Túnel del tiempo” o “Arquetosomio”.

Más explícitos son sus dibujos, a una parte de los cuáles Ibírico titula directamente bajo el lema de “Laberintos”. Estos son más complejos aún, quizá más pensados, con una clara influencia de técnicas orientales.

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LABERINTO ZONA II

Los dibujos bajo el nombre de “Laberinto zona II”, “Interior” o “Musaraña”, muestran un mundo más desestructurado, en el que el laberinto se confunde con imágenes de seres vivos que se camuflan en ellos y escenas oníricas enredadas en líneas que parecen tiradas desde una torre de control. Hay un universo interior en plena ebullición que transita entre rutas de estrellas y rutas terrenales, sugerencias de estructuras deformadas por la fantasía y un aquelarre de trazos rectos como de ciudades espaciales que se hunden en cerebros que también parecen medinas.

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EL PENSADOR II

Incluso en sus retratos es posible hallar al laberinto, como en el titulado “El pensador II”, donde el cuerpo del hombre retratado es en sí mismo un laberinto absoluto, quizá porque la misma confusión que es la vida lleva a Ibírico a imaginar que todo es un eterno laberinto por el que vagamos sin saber a dónde vamos y sin adivinar cuándo acaba. Más aún, sus creaciones para “Etiquetas de Vinos”, son la recreación de laberintos enrojecidos por el líquido que corre por sus pasadizos tras la pisada de la uva. Y tampoco en ellos hay salida, como si todo abocara a la misma conclusión árida y desalentadora. La vida gira y gira y no nos lleva a ninguna parte.

Probablemente sea porque Ibírico reside en un laberinto, en el laberinto de su medina nunca abandonada.

Sergio Barce, febrero 2021

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UNOS PÁRRAFOS DE «UNA PUERTA PINTADA DE AZUL», DE SERGIO BARCE

El relato que cierra mi nuevo libro Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal – Málaga, 2020) se titula Cara de luz. Aquí tenéis el arranque de esta historia con la que recorreréis muchas de las calles de Larache.

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«CARA DE LUZ

   Larache, año 2010.

   Al verlo, nadie diría que es un hombre que ya frisa los ochenta, porque físicamente su apariencia es impecable y representa menos edad. Pero hay quien sabe más de él que el propio Ahmed, que parece haber ocultado en un arcón bajo llave una parte de su vida. La realidad es que, a veces, sufre ausencias incomprensibles y es incapaz de recordar detalles relevantes de su pasado. Su fino humor y la serenidad que transmite lo hacen ser apreciado, respetado y muy querido por toda la gente que lo conoce. El Hach Ahmed el Ouazzani es un artista, un artesano de la madera y un enorme intérprete de laúd y de bandolina. Siempre alardea de que tocó junto a don Aurelio y a Sidi Dris Cherradi, y cuando cuenta esas anécdotas lo hace mirando al vacío, pensativo, con una sombra de nostalgia inevitable en los ojos.

   Hoy, como cada jornada, sale de su casa, situada entre la calle Gharnata y la avenida Mohamed Zerktouni. Se detiene en la acera y mira al cielo. Nublado, como cada amanecer. Ahmed sabe que, en menos de un par de horas, lucirá un sol del diablo y que hará tanto calor como el que viene soportando desde primeros de mes. Por esa razón, se ha puesto una candora fresquita, de color beige. Le agrada sin embargo esta hora, porque es más suave de temperatura y aún no hay demasiada gente por la calle.

   Camina con las manos cogidas a la espalda, el torso levemente inclinado hacia adelante, lo que provoca que su famosa nariz cyranesca parezca anunciar su llegada unos centímetros antes de alcanzar su meta. Luce Ahmed un bigote que se dejó crecer idéntico al del protagonista de una película egipcia que vio en su juventud, allá por el cincuenta y cinco. Desde entonces, jamás se lo ha quitado. Su apostura y ese bigote, junto a una poderosa mirada que encallaba en cualquier alma cándida, causaba estragos entre las chicas. De cabello agrisado y escaso, aunque repartido aún con una decente proporcionalidad, su bigotito ahora apenas se aprecia, tan blanco, tan deshilachado, que se rasca a ratos como si de un tic nervioso se tratase. Sus ojos negros, que albergan en sus pupilas un aroma a resignación, ahora le lagrimean de manera intermitente, como si reprimiera en todo momento las ganas de llorar. Ahmed ya no es el hombre alto que fuera, pero mantiene esa elegancia en el porte que siempre ha acentuado su delgadez.

   Verlo caminar es casi un ritual en Larache, como si formara parte del decorado urbano. Ahmed el paseante, Ahmed el pensativo, Ahmed el maestro. Le llaman de muchas maneras, pero cuando se dirigen a él siempre es El Hach Ahmed. Él que hizo la peregrinación a la Meca a principios del setenta y seis, poco tiempo después de la Marcha Verde, cuando tras ahorrar lo suficiente tuvo para pagar el viaje. Y ahora va a cumplir con el rito de la oración de fayar.

   Sus pasos son firmes para un hombre de su edad, y sortea con cierta agilidad los obstáculos con los que se encuentra. Las calles están mal asfaltadas y en las aceras hay losas rotas. Al pasar por la puerta de su taller de carpintería, se resiste a mirarlo porque se le atraganta una cierta congoja, de manera que acelera el paso. Desde que se jubilara, el taller lo regenta su hijo, pero su hijo es un desastre. Las terminaciones de sus trabajos dejan mucho que desear y algunos muebles ni siquiera consiguen mantenerse en pie, desequilibrados o con una pata más larga que el resto. Hace tiempo que ya no quiere saber nada de las quejas que le trasladan sus antiguos clientes. ¿Qué culpa tiene él de que su hijo sea un desmañado?

   Aunque tiene cerca de casa la mezquita Hassan II, prefiere desplazarse hasta la de Mohamed VI, emplazada junto al cementerio musulmán, que es más amplia y luminosa. Cuando llega, la voz del almuédano llamando al rezo le da la bienvenida. Deja sus zapatos en la entrada, junto al resto de los otros zapatos y de las babuchas, las zapatillas deportivas y las sandalias que enmudecen sus pisadas respetuosamente, ahí quietas como huellas cinceladas en piedra. Ahmed cumple con las abluciones de rigor y ya dentro nota en la planta de los pies la textura mullida y confortable de la alfombra que cubre el suelo de la mezquita. Luego, junto al resto de los fieles, se inclina y se incorpora repetidamente siguiendo al imán. A veces, pese a que hace un esfuerzo denodado por no distraerse, acaba por pensar en Houria, sin querer, sin resistirse al final tampoco. Houria ocupa buena parte de sus pensamientos de cada día.

   Desayuna en el Valencia, después de su lento y pausado caminar por la avenida Mulay Ismail, donde se demora asomándose al Balcón del Atlántico. Le gusta ese ir y venir del mar hasta la costa, ese romper de las olas contra las rocas de Ain Chakka sin más sentido que el de crear una sinfonía de imágenes. Le atrapa ese horizonte difuso que copula con el cielo de manera permanente y que le hace pergeñar una hipótesis absurda, la idea de que quizá el mundo acabe justo allí, donde la vista no llega, y de que sea falso que la tierra es redonda. Pero no se entretiene más que lo justo, y en poco rato llega a la calle Ibn Battuta, por la que sube y cruza hasta llegar a la cafetería, ya en la avenida Hassan II.

   El Valencia está en los bajos del anodino edificio que se construyó tras la demolición del Teatro España.

   –Un latrocinio imperdonable -suele clamar Ahmed en su perfecto español cuando discute con alguien de la pérdida del teatro, ocurrido hace ya demasiados años.

   Le gusta esa palabra: latrocinio. Y mezclar su dariya materno con palabras de su segundo idioma y con algunas expresiones de jaquetía que aprendió de sus amigos hebreos de la Medina, de los que ya solo queda Curro Mellul en la ciudad.

   En el Valencia se sienta en una de las mesas de la terraza, que suele ser la misma si no está ocupada por algún intruso. Solícito, le atiende Hassan, que le pone por delante su zumo de naranjas del Lucus, por supuesto, un café con leche muy caliente, cuatro piezas de pan tostado, mantequilla en una concha ovalada de cerámica, mermelada de fresa y de albaricoque, aceitunas aliñadas y un azucarero pequeño con una decena de terrones rectangulares de azúcar blanco.

   Ahmed comienza con el zumo, mientras se va untando la mantequilla, del tipo smen que traen expresamente para él, y no de esas que vienen en tarrinas de plástico y que repudia con desprecio, y a continuación extiende la mermelada con la punta del cuchillo. Luego, echa tres terrones y mueve muy lentamente el café hasta que cree asegurarse de que el azúcar se ha diluido por completo. Le da un pequeño sorbo y el primer bocado al pan, y se da cuenta por el rabillo del ojo de que Hassan lo observa desde el primer escalón de la entrada a la cafetería.

   -¿Todo bien, Hach Ahmed? -le pregunta Hassan.

   Él asiente con la boca llena, y levanta la vista al frente lo justo para ver a Sibari acercarse ayudándose de sus muletas. Viene acompañado de Rachid Serroukh, que trae cara de sueño, restregándosela con una mano, un tanto desaliñado aún, como si acabara de despertarse unos minutos antes y tratara de despabilarse antes de desayunar e ir después a abrir su librería-papelería. Sibari y Rachid, tras saludarlo, toman asiento a su lado, los tres dando la espalda a la fachada para tener una vista panorámica de la avenida.

   -¿Lo mismo de siempre? -les pregunta Hassan a los recién llegados.

   -Lo mismo de siempre. ¿Para qué vamos a complicar las cosas? -replica Sibari, y Hassan entra y regresa al rato con una bandeja con los cafés, las tostadas, mantequilla y aceitunas, y para Rachid rarif recién hecho.

   Ahmed termina su desayuno en silencio, oyendo la conversación entre Mohamed Sibari y Rachid Serroukh, paga a Hassan y se levanta con parsimonia…»

Foto de Emilio Andrade

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«UNA PUERTA PINTADA DE AZUL», DE SERGIO BARCE, EN DES COLONNES

Ayer me llamó Moncef Bouali de la Librairie des Colonnes, de Tánger, para decirme que, gracias a Maribel Navarro, ya tenía mi nuevo libro. Poco después, mi compañero de «caminatas» literarias Farid Othman me hacía llegar esta foto. Es un honor que Una puerta pintada de azul esté en el escaparate de esta mítica librería (junto a uno de los títulos de Tahar Ben Jelloun), donde siempre me tratan como un rey. Un lujazo.

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«LA VIDA PERRA», DE PABLO MACÍAS, MEJOR LARGO DOCUMENTAL DEL CINE ANDALUZ

La mañana no podía empezar mejor: la película La vida perra, dirigida por Pablo Macías y con corealización y música de Soledad Villalba, ha conseguido el Premio al Mejor Largometraje Documental de la ASECAN ANDALUCÍA.

Me he alegrado muchísimo porque sé del esfuerzo que ha supuesto para Pablo Macías y Soledad Villalba llevar este proyecto a buen puerto. Y qué buen puerto. Un gustazo este film, hecho con pasión y amor a Tánger, a Ángel Vázquez, a Juanita Narboni y a todo ese mundo mágico que rodea la historia de ese libro y de sus personajes. Habrá que celebrarlo en Tánger. Digo yo.

Toda la información sobre esta película la podéis tener en la página de Pablo Macías:  https://www.pablomacias.work/lavidaperra

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