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FRAGMENTO DE «TODO ACABA EN MARCELA», NOVELA DE SERGIO BARCE

Aquí tenéis un fragmento de mi novela Todo acaba en Marcela (Ediciones Traspiés). Unos párrafos en los que el personaje de Teo el Bizco comienza a tomar forma y a convertirse en las siguientes páginas, según he leído en varios comentarios y reseñas, en el personaje más odiado y odioso de los que pueblan las novelas negras editadas en los últimos años…

«Teo el Bizco es un hijo de puta y siempre lo ha sido. El mote le viene de su padre que sufría estrabismo. Era un buen mecánico, pero era otro hijo de puta. Teo ha heredado el garaje, su mala leche y el mote, aunque apenas tiene el ojo izquierdo levemente desviado. Teo el Bizco no es bizco, pero bizquea cuando pierde los nervios. Repara motores desde los doce años y cree que su piel huele a carburante. Vive obsesionado con eso, y también con Marcela, con la que salió durante siete meses, y de eso hace ya unos cuatro años. Pero no ha dejado de pensar en ella y la llama cuando se emborracha, cuando le invade la melancolía. Aunque es una melancolía muy peculiar.

   Esa mañana estaba concentrado en un Dacia Sandero. Era un mal día, de esos en los que no daba pie con bola. Se le había complicado el reductor de presión. Había hecho esto miles de veces, pero nada salía como debiera, y a eso se añadía el calor. El garaje era una sauna, un infierno. Se había hecho un implante de pelo hacía apenas un mes y medio y el sudor provocaba que le picara la cabeza y que se rascara una y otra vez. Cerca de él andaba Kaspárov, su ayudante, que ni es ruso ni se llama Kaspárov, pero es un loco del ajedrez, aunque eso no significa que sea un buen jugador. Teo se pasó el dorso de la mano por la frente y luego se rascó la cabeza pidiéndole que le acercara una llave. Kaspárov se la trajo obediente. Caminaba arrastrando los pies, igual que un anciano, aunque acababa de cumplir solo diecinueve. Siempre ha tenido poco espíritu deportivo, pero cumplía y cobraba lo que decidía su jefe, cada mes una cifra distinta que le pagaba cuando le salía de los cojones. Eso lo decía Teo en el bar Tano, a voces. ¡Le pago cuando me sale de los cojones! Kaspárov lo observaba manipular el Dacia, admirado de su habilidad. Lo conoce desde que era niño, cuando venía con su abuelo, y ha aprendido de Teo todo lo que sabe, lo suficiente como para acabar trabajando con él desde hacía un año y pico. Tal y como anda el mundo, a Kaspárov le parecía que tenía mucha suerte. Ahora le miraba el implante capilar, que no era ninguna obra maestra, con esos pelos añadidos que parecían de jabalí o de algún otro animal, porque eso no podía tratarse de cabello humano. Teo le pidió otra llave más pequeña, y se la trajo, obediente, arrastrando los pies como un viejo. Cuando se la entregó, hizo un movimiento con el torso, como si tratara de fijar la distancia, y se lo soltó de golpe. La Tani dice que Marcela se casa.

   Teo se quedó con los ojos clavados en el reductor, pero solo veía delante la cara de Marcela. La Tani dice que la Marcela se casa. Era una frase que se le enredaba al pecho, una frase que funcionaba como una bomba de racimo que le iba desgarrando miembro a miembro. Casi cuatro años sin Marcela, una intensa relación que lo había marcado para el resto de su existencia. Luego parpadeó unos segundos y apretó la pieza, tanto que la partió por la mitad. Sudando como un pollo asado, picándole la cabeza. Se cagó en todo a voces. Lanzó la llave contra la pared, y Kaspárov se apartó prudente.

   Se marchó y dio varias vueltas con la Kangoo. Se metió por calles por las que hacía tiempo no transitaba hasta detenerse cerca del bar Tano, en el Jardín de la Abadía. Bajó dejando la furgoneta en doble fila, echando espuma por la boca, sudando, hasta la polla del calor y del verano, y hasta la polla del picor que causaba el implante de cabello. Pidió un tinto y luego otro, y otro. Quería dejar de pensar en Marcela, pero la noticia que le acababa de dar Kaspárov lo consumía. Tenía ganas de romperle la jeta a alguien, de romperle la crisma a Marcela y a ese pedazo de mierda con el que se iba a casar. Pidió otro Ribera y el camarero se lo sirvió, y se quedó ahí junto a la botella como esperando a servirle el siguiente. ¿Qué miras?, lo increpó Teo con malas artes. Tranquilo, le dijo el hombre apartando la vista a un lado. Salió del bar Tano con la mirada clavada en el suelo.

   Llevo diez minutos tocando el claxon, protestaba un hombre mayor al ver que Teo abría la puerta de la Kangoo. El hombre no podía salir porque la furgoneta bloqueaba su coche. Teo el Bizco no le respondió, simplemente dio dos zancadas y de una patada le hundió la puerta delantera a su vehículo, como si fuera mantequilla, y sin abrir la boca se metió en la furgoneta y se marchó. El hombre mayor se quedó como congelado, con cara de estúpido, tan estupefacto que solo era capaz de mirar la puerta abollada de su coche, un 600 que había cuidado durante cincuenta años como si fuese una joya. 

   Durante horas, Teo recorrió la ciudad hasta detenerse a la puerta de otro bar, por la zona de El Palo, repitiendo la misma escena con otro camarero, dejando su mala baba, incomodando a los parroquianos con su aspecto de troglodita, sudando como un cerdo. Y luego a una cervecería. Hasta que alguien le dijo que se fuese a la mierda, que no jodiera a sus clientes, que iban a llamar a la policía local. Y siguió dando vueltas sin destino alguno, quemando gasoil, bebido y fuera de sus casillas, sujetando el volante con una mano, con la otra manipulando el móvil. Llamó, y enseguida oyó la voz de Marcela. No la veía desde hacía mucho, pero la acosaba cada vez que se acordaba de aquellos meses en los que estuvieron juntos o cuando a solas en su dormitorio se empalmaba sin motivo. Tengo que verte, le dijo. Había impostado la voz para ocultar que el corazón le latía a cien, para disfrazar los insultos que le llenaban la boca. Estaba borracho, pero es un perro viejo que sabe controlarse cuando le interesa, modulando las frases para que no se le trabe la lengua. ¿Para qué?, preguntó Marcela. Tengo un problema y necesito que me aconsejes. Ella tardó en reaccionar. Estaba decidiendo qué ponerse para marcharse a cenar con Iván. ¿Qué clase de problema? No se fiaba de Teo, pero había contestado a su llamada. Bastaba con que viera su número en la pantalla del móvil para que respondiese enseguida. Teo carraspeando. Creo que mi madre empieza a perder la memoria y no sé si ingresarla en algún centro, dijo improvisando sobre la marcha, un buen cebo para una enfermera como ella, que trabaja en la planta de Geriatría del Civil. Tengo mucho que hacer y además hoy ceno fuera, respondió temblando de miedo. Y colgó de golpe. Teo dio un puñetazo al volante. ¡Me cago en dios!

   A Marcela se le atragantaban los planes, lo conocía tanto que supuso que volvería a llamarla. Eso no se lo había contado nunca a Iván, que si le colgaba a Teo llamaba y llamaba hasta que debía de contestar de nuevo para evitar su cólera. Ella tenía grabada su mala hostia desde la última tarde que se vieron, pero para qué iba a decírselo, solo habría servido para que hiciese una locura, para que se les jodiese el futuro. Entonces se dio cuenta de que había una llamada perdida de Iván. Miró la hora. ¿Vienes ya de camino?, le preguntó él. Vamos a dejar la cena, le respondió, y continuaron hablando sin que ella pudiera ordenar sus ideas. Iván acabó por enfadarse. Y Teo volviendo a llamar en cuanto él colgó, tal y como Marcela ya presagiaba, y ella otra vez respondiendo como si no pudiera evitarlo. Tienes que ayudarme, le rogaba con voz lastimera. Fingía como un actor del método. Si vienes enseguida lo hablamos y te marchas, cedió Marcela mordiéndose los labios, arrepintiéndose. Perfecto. ¿Dónde vives ahora?, le preguntó. Fue el instante en el que se sintió morir, el momento en el que hubiera preferido evaporarse, pero le facilitó las señas. Nos vemos en un rato, le dijo Teo apagando el móvil sin darle tiempo a poder cambiar de opinión. Diez minutos después ya estaba en el portal de la casa de Armengual de la Mota…»

 

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«TODO ACABA EN MARCELA», DE SERGIO BARCE, SEGÚN TINA SUAU

Me llega otro comentario o reseña sobre mi novela Todo acaba en Marcela (Ediciones Traspiés). En esta ocasión, de la catedrática de Filología Tina Suau, que, además, es una tanyaui de pura cepa. Así que sus palabras tienen doble valor para mí. No me resisto, con el previo permiso de ella por supuesto, a compartir las sensaciones que ha experimentado con mi libro. 

Sergio Barce, 16 de mayo de 2024

«Hola, Sergio, aquí van mis comentarios sobre “Todo acaba en Marcela”.

Te felicito por una buenísima novela, Sergio, eso para empezar.

He leído tu Marcela con mucho interés, por ser tuya y por las reseñas que te han hecho. Aparte de lo que ya se ha dicho, yo detectaba algo más en tu narrativa, y creo que ya sé lo que es. Se trata de tu estilo, claro, es parte de lo que me hace amar o no amar una novela.

Estoy de acuerdo con lo que dijo Susi Bonilla y otros, respecto a la visión cinematográfica que transmites, respecto a la crudeza que describes, respecto a la narración febril tan típica de novela negra, respecto a las “parejas” de personales: Marcela/Qodsya, Teo el bizco/Los hermanos de Qodsya, Ivan Sotogrande/Sadik Oubali, y los lugares dobles: Málaga/Tánger, barrios de Málaga/Khemis Sahel. No sé si es parte de tu diseño de la novela, o si te salió así de natural. La cuestión es que están ahí.

También tocas temas éticos muy interesantes, sobre cómo deben actuar los policías, y por supuesto, la violencia de género. Pero no solo va de violencia de género, es solo uno de los temas. La novela es para mí como un mosaico de todo lo que te estoy diciendo, a nivel temático, pero también a nivel formal, de escritura. Quizá por mi deformación profesional –soy filóloga y llevo años analizando el discurso-, he creído observar, además de lo anterior, otras características, que para mí son la esencia de tu narración y de tu estilo.

Por una parte, vas describiendo HECHOS, narrados cronológicamente y con algún flashback, hechos que son los puntales de la historia, desde el brutal asesinato de Marcela, hasta la también despiadada reacción de Dris y Abdelhamid, con la guinda del pastel que aporta Iván. Por otra parte, la narración va alternando estos hechos objetivos con descripciones emocionales subjetivas, que son para mí la salsa de tu estilo narrativo. Antes y después de cada hecho, de cada acto, hay una profundización emocional tanto de lo que sienten los personajes, como de lo que al lector le quieres transmitir, describiendo las situaciones con muchas, pero muchas metáforas e imágenes destinadas a causar sensaciones. Aquí es donde está uno de los secretos para mí.

Me he fijado en la cantidad de veces que utilizas la palabra “como”, muchísimas. Los “como” te sirven para hacer comparaciones plagadas de sensaciones e iniciar esas imágenes conectadas con sentimientos –de asco, de rabia, de dolor, de amor- que tú quieres transmitir, y lo consigues. Todo esto lo vas encauzando con completo dominio y te metes al lector en el bolsillo, causando una tensión enorme que tiene su punto álgido en Khemis Sahel, donde explota, y luego viene la liberación…es, perdóname la expresión y la confianza, como un orgasmo (espero que no te moleste esto). ¡¡Chapó!!

Me ha emocionado especialmente cómo describes el encuentro de Iván con su amigo Sadik y su familia. Se trasluce ahí con infinita dulzura tu amor por Marruecos, por Tánger y por sus gentes.

¡Enhorabuena y un abrazo!

Tina Suau» 

Tina Suau y Sergio Barce
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LO QUE J.M. Y C.C. DICEN DE LA NOVELA «TODO ACABA EN MARCELA»

Recibo sendos correos de dos lectoras, muy críticas pero muy fieles a mis libros, con sus impresiones acerca de mi última novela Todo acaba en Marcela (Ediciones Traspiés). Y, la verdad, estos comentarios son de los que merecen ser releídos con atención porque han escarbado muy profundamente en esta obra y han llegado a las entrañas. De manera que comparto con vosotros los correos de J.M. y C.C.   

«…El domingo abrí la novela y comencé a leerla. Me quedé asida a Marcela sin poder darle una tregua hasta la página 110. Ya por la tarde seguí leyendo hasta terminarla. La brevedad es de agradecer siempre. Pienso en el tiempo que habrás dedicado a componerla y yo, con apetito voraz, me la zampé en unas horas. Las imágenes siguen flotando en mi cabeza. Así, de tirón, como en un bufé que todo entra por la vista y luego pasas a digerir ‘la calidad’ de cada ingrediente. Todo exquisito. ¡De diez! 

Los efectos de anzuelo son tan afilados que me mantuve presa de una serie de sensaciones encadenadas que todavía están en mi órbita. Encuentro un dominio absoluto de la trama y muchísima documentación. La prosa es la que te caracteriza desde la primera página, así que te hallé sin tener que desplazarme a Tánger.

Los personajes son perfectos, geniales, tanto los secundarios como los protagonistas. Me recuerda a la preparación de un guion de John Ford que mandaba a sus asesores escribir una biografía de cada personaje. Cada secuencia está afilada como dardos que hacen diana sin descanso. La lluvia la escucho, la veo y se desliza de forma continua como si marcara un compás oculto. El agua, en sus diversas apariencias, va calando como un fluido que empapa y penetra por cada poro de la piel. Los nombres, los apodos, los alias son logros de un gran ingenio; no es fácil dotar a toda una comunidad con una fonética que comparta tan buen cartel.

Ha sido un rapto en el que he seguido el rastro de los olores, aromas, colores, incluidos los celestes de Matisse, texturas, matices… todos muy logrados.

El narrador ha bajado a los infiernos de la condición humana para contarnos de primera mano lo que ahí acontece para luego elevarse y con una dicción perfecta, como los tipos que frecuentan el Olimpo.

El final es un portento de imágenes diluvianas. Se nutre de numerosas escenas dantescas tan plenas de tipismos que hasta las casas se quedan en los huesos. La trama está perfectamente hilada con la ausencia de diálogos con guión. Es impresionante como cambias de un tiempo a otro sin apenas darnos cuenta. 

Es la mejor novela que has escrito en cuanto a la forma: ¡estilazo Barce! 

C.C.»

«…No sé si me gustó o no la portada, a tres tintas. El negro, el blanco, el rojo. El negro de una historia muy oscura, el blanco del título y de la piel de Marcela, el rojo de sus labios, de la sangre y de tu nombre Sergio Barce. No sé qué sensación exacta me produjo, pero recuerdo que me descolocó un poco. 

Comencé la lectura que tanto me intrigaba y me empezaron a cargar las palabras malsonantes. Términos que tanto se utilizan en la calle, en cualquier lugar, en muchas casas, en muchas películas o… en alguna novela. Pero ésta, ya me habías avisado, era diferente. Aunque me cargara por momentos, el vocabulario era real, sacado de la vida misma; por eso que seguí leyendo, leyendo, leyendo…  A decir verdad, me costaron las primeras páginas (…). Nunca elijo una novela negra, pero venía de ti.

La violencia de Teo el Bizco me daba náuseas y me hacía sentir realmente mal como mujer. Empecé a querer a Qodsya desde el primer instante que la vi soportar en su cuerpo el maltrato de una bestia como Teodoro, de ese ser tan vil por el que ella hacía cualquier cosa que él le pidiera. A Marcela no tuve tiempo de quererla, se fue demasiado pronto, con un número tatuado para siempre en el recuerdo: el 59. Me hice cómplice de María en su amor aún vivo por Iván a pesar de su nuevo colega, amante, amigo Pancho. 

Pero es que todo lo he visto, lo he presenciado, es más, he podido escuchar a todos y cada uno de los personajes. Los sucesos en esta historia se palpan con las manos, me llega el olor del zulo del taller con huellas de las barbaridades que Teo allí cometía. Y lo más hermoso es de qué manera vas hilvanando, Sergio, los diferentes pasajes con palabras dulces, con pensamientos maravillosos y con momentos y personajes entrañables como son, en nuestro Tánger, el comisario Sadik Oubali y su mujer Laila. Ese instante en el que se abrazan y lloran, el momento en el que Iván se culpa una y otra vez y nos llegan las palabras de consuelo, en dariya, de la hermosa mujer de su amigo.

Qué bonito es que nos vayas nombrando lugares inolvidables de Tánger; nos refrescas la memoria y volvemos a revivir de tu mano nuestro pasado, nuestra infancia. Qué entrañable que cites a Mustapha Akalay -amigo también mío y de mi familia- entre los amigos de Sadik. Y qué sensación tan única leer un WhatsApp de un hijo con las palabras Te quiero.  Hay también amor. No, por supuesto, todo no es NEGRO. 

Llegué a un punto que no podía dejar de leer, tenía el corazón en un puño. Fue algo casi adictivo. ¿Qué te digo Sergio? ¡Qué bien lo transmites, qué bien te metes en cada papel! Y todo me lo creo, me convences. Y cómo se nota que la mano se te va sola al escribir, las palabras van fluyendo sin esfuerzo ninguno. Lo intuyo, me llega así. Una GRAN pequeña novela. 

En estos tiempos de violencia contra la mujer, días en que un día sí y otro también nos llegan noticias escalofriantes de actos salvajes cometidos contra mujeres, es una lectura que también debe hacer reflexionar. Realmente parece un caso absolutamente verídico.

Sergio, vas a tener otro éxito enorme con “Marcela” sabes que te lo deseo de todo corazón. Es el tema acertado en el momento preciso.

J.M.» 

 

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VALENCIA – LA ESCRITORA SUSI BONILLA PRESENTÓ «TODO ACABA EN MARCELA», NOVELA DE SERGIO BARCE

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«Pese a su llamativa portada, casi de cómic,  realizada por la ilustradora Ángela Martín Salinero, no estamos ante un libro. Estamos ante una película. Y no de esas que los fines de semana nos inducen a la siesta. Una película de Goya, de Óscar o de cualquier premio que se tercie. 

Han pasado bastantes años desde que conocí el trabajo de Sergio y, nada más comenzar a leer este, me invadió un intenso deseo de que llegase a Valencia para comprobar que era la misma persona caballerosa y elegante que yo recordaba. Tan solo con las primeras páginas de esta novela experimenté una sensación muy inquietante.  Este no es mi Sergio, me lo han cambiado, pensé. Pero NO. Sergio no cambia, Sergio crece y cuando has leído una obra suya que te parece insuperable llega la siguiente, se adueña del más difícil todavía y te demuestra que lo es.

Hasta ahora, Malabata era su novela más dura. Una trama policial descarnada y salpicada de sangre a la que Marcela ha superado con una crueldad que te araña en cada página. Con Marcela se ha rebautizado. En lugar de Sergio Barce yo le llamaría Sergio Sangre o cualquier nombre similar que nos llevase a la figura de un vaquero del lejano oeste que atrapa al malvado más malvado de todos los malvados. Un bautizo en el que no se derrama agua bendita sino sangre, sangre a borbotones. 

En solo dos páginas sentimos asco, odio, horror y una rabia intensa que sigue con nosotros durante toda la historia. Solo quieres correr hacia un objetivo, necesitas castigar, incluso torturar. Necesitas ajusticiar. No sientes que lees, sientes que conduces por las carreteras de Málaga, conduces mientras rebuscas en tu interior la brújula que te devuelva a ese antes del instante en el que toda tu vida cambió para siempre. 

La novela comienza fuerte, con sangre, martillazos, un rostro desfigurado y un dolor físico y psíquico que te estrangula el alma mientras te preguntas si puedes seguir sintiendo tanto malestar. Y sí. Sergio mantiene el ritmo y la tensión te invade durante toda la narración. Ya no tienes paz. Pese al brutal comienzo, el ritmo se mantiene trepidante hasta el final. Nos atrapa con secuencias, escenas encadenadas con planos perfectamente encajados y diálogos integrados en el texto. Un texto tremendamente ágil y adictivo. 

La historia consigue centrar nuestra mente en el momento presente, algo muy valioso como entrenamiento para nuestro bienestar mental. Nos focalizamos en la trama y nuestra atención permanece en ella sin distracción alguna pues nos sentimos partícipes de lo que va ocurriendo a través de la sensorialidad que envuelve cada pasaje. 

El maltrato a la mujer aparece en la obra de un modo que yo no había experimentado hasta ahora. Sin extenderse demasiado en ello aborda todas sus caras, desde el más sutil daño psicológico hasta llegar a la violencia del asesinato pasando por la crueldad verbal y física. La palabra maltrato queda muy pequeña en esta historia y sentimos en cuerpo y alma el desgarro de la violencia de género. Es una novela de venganza, articulada con muchas piezas, el maltrato es una de ellas y la forma de mostrarlo consigue introducirlo en nuestras vidas como en la vida real, casi sin darnos cuenta, en muchas ocasiones pasando desapercibido hasta que es demasiado tarde. Sientes en tu interior la vejación, la impotencia, el miedo, el dolor, el desconsuelo, la rabia, la ira y el vacío que deja una mujer en la vida de sus allegados. Una mujer que deja de tener una identidad para convertirse en un número. A Marcela le roban la vida y la humanidad. En dos páginas se convierte en la 59 y tú sientes un odio que, quizás, nunca antes habías sentido, un odio y una repulsión sin límites hacia Teo, el bizco. Y ya se desencadena el entramado interno que va a zarandearte durante toda la lectura. ¿Dónde están los límites? ¿Cuáles son nuestras líneas rojas? 

Y es que, aunque estamos ante una novela de género negro que cumple con disciplina todos los requisitos como tal, lleva impreso el sello Barce y eso hace que nos encontremos con personajes nada simples, con seres con múltiples aristas tan reales como cualquier ser humano y es a través de estos personajes cuando junto al maltrato y la venganza encontramos otros temas que interesan al autor y que aparecen en otras de sus obras como la corrupción, el paso del tiempo, la figura de la madre, la relación paterno filial, las relaciones de pareja y el arraigo a nuestra infancia y nuestras raíces. 

El sello Barce nos regala una narrativa sensorial y cuidada con mimo. Sergio es un creador de atmósferas. Sientes olores,  temperaturas y escuchas sonidos. El garaje, el interior de los vehículos, el granero, las casas, los bares… Aparece otra constante del autor que es la atracción por los ambientes cargados de humo, de hecho, llama la atención que muchos personajes son fumadores. Unos ambientes que siempre me parecen metáfora de nuestra existencia, como seres que estamos en constante búsqueda de claridad. Encontramos guiños traviesos al arte. El cine y la música salpican el texto y le dan verosimilitud. También guiños hacia la literatura, nombrando alguna de sus obras anteriores. En este caso es Malabata la que aparece en el texto, quizá por destronada o por agradecimiento a ser la precursora de un Sergio muy negro. El detallismo aparece como en obras anteriores enriqueciendo la historia y dotándola de gran verosimilitud. Las ciudades son tratadas como un personaje más, con sus luces y sombras, y también el héroe de Sergio en esta novela dista bastante de ser todopoderoso e invencible. Iván muestra la disciplina y la fragilidad, la pelea y la vulnerabilidad. Un personaje con cicatrices y límites que pueden llegar a ser borrados. Esa humanidad lo hace muy real y lo acerca al lector.

Inicialmente me sorprendió que no fuese Tánger el escenario elegido para esta novela. Es Málaga, aunque, como no podía ser de otro modo, Sergio acaba desembarcando en Tánger y llegando a Larache. También entre Málaga y Tánger transcurre otra novela de Sergio: El libro de las palabras robadas.

Es mágico sentir como nada más pisar suelo tangerino hay algo que suaviza nuestro interior a pesar de que la trama sigue siendo desalmada. Sentimos cierto refugio, como si volver al hogar, a nuestra niñez, nos acunara de algún modo. Tánger dulcifica sin que la trama pierda ni un ápice de su ferocidad. Y en este escenario aparecen otros olores, otros sonidos y de nuevo el valor del arraigo, en los platos típicos, en los reencuentros, en los viejos lugares.

Viajamos por las carreteras de Málaga y, al mismo tiempo, realizamos un viaje interior en el que nos preguntamos cómo un ser humano puede convertirse en un monstruo, cuáles son nuestras líneas rojas para pasar al lado oscuro y cuantos monstruos podemos tener a nuestro alrededor sin saberlo.

Sergio no puede disimular su sello. Tiene una voz propia, aunque asesine de modo cruento, muestre hombres que huelen a carburante o coches que rezuman orines. Su elegancia narrativa es inigualable. Sergio trenza, y va intercalando emociones, luces y sombras, cambio y permanencia, pérdidas y encuentros, música y letra. Trenza con agilidad y precisión sin dejar ningún cabello despeinado.

Pese al título de la novela, os aseguro que todo empieza con Marcela. El dolor convierte a las personas en fieras heridas y una fiera herida solo ataca, aunque te acerques para ayudarla. En ese momento en que el dolor es insoportable se desdibujan los límites del bien y del mal y la venganza ciega y anula. Es entonces cuando nos cuestionamos la ley y la justicia, a todo y a todos, incluso a nuestro propio yo. ¿Dé que seríais capaces si os arrebatan a un ser querido? ¿Podríais torturar?  ¿Hacer daño sin ningún remordimiento? ¿Dónde queda la empatía? ¿Dónde queda el humano que deja de serlo? 

Como dijo un personaje de Malabata : “Un hombre no sabe lo que puede hacer hasta que se enfrenta a una situación extrema. Llevamos la semilla del mal larvada en nuestra alma. De eso no tengo ninguna duda”

Marcela os obligará a evaluar cómo y cuándo vuestra semilla podría germinar.

Susi Bonilla»

Estas palabras de Susi Bonilla planearon por entre los asistentes a la presentación de mi novela Todo acaba en Marcela (Ediciones Traspiés) el pasado 27 de abril, para encandilarlos y seducirlos. Como me ocurriera en Barcelona, con Youssef El Maimouni, en Valencia, con mi querida Susi Bonilla, sabía que todo iría sobre ruedas, que nadie como ellos para hacer que mi libro fuera mejor de lo que es. Y releyendo todo lo que destripó Susi de esta historia negra, descubro que ha sido un análisis minucioso y admirable. No puedo estarle más agradecido.

Estuve rodeado de muy buenos amigos, Susi, Celia Corrons (responsable de estas buenas imágenes que acompañan a este post), Alicia Muñoz Alabau, Tina Suau, Rafael Tormo, José Luis Rodríguez, Francesca Sergi (que es quien ha traducido algunos de mis cuentos al italiano y que trabaja en mis novelas), Nieves Martínez, Marisa Ramón (mi fiel lectora) o Mauro Guillén con quien compartimos luego una cena en la que brindamos por el nacimiento de su nueva nieta: Claudia. El mejor día para esta celebración.

Impresionante el ambiente de la Feria del Libro de Valencia. Y feliz por esta hermosa presentación y la posterior firma en la caseta de Librería BiblioCafé.

Sergio Barce, 5 de mayo de 2024 

  

Cena la noche antes con mis amigas Nieves Martínez y Francesca Sergi
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José Luis Rodríguez, de BiblioCafé, de anfitrión perfecto
SUSI BONILLA, genial, como siempre
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Firmando para mi amiga Alicia Muñoz Alabau. Ella me firmó su nueva novela. Nos leemos.
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Entre mis amigias Susi Bonilla y Celia Corrons
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Con Francesca Sergi, mi traductora al italiano
Con Tina Suau, siempre hablando de Tánger cuando nos vemos
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BARCELONA – ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE «TODO ACABA EN MARCELA», NOVELA DE SERGIO BARCE

Decir que, en Barcelona o en Vilafranca del Penedés, mis presentaciones siempre resultan perfectas, no es ninguna exageración. Al contrario. Y este año no ha sido ninguna excepción.

El pasado 20 de abril, de la mano de mi amigo el escritor Youssef El Maimouni, se presentó mi novela «Todo acaba en Marcela» (Ediciones Traspiés) en la Librería Fahrenheit 451, que dirige Sergio Lledó. La librería ha cambiado de ubicación para mejorar, con un nuevo espacio muy acogedor y sugerente. Lástima que aún no tuviera lista la cafetería (tal y como se aprecia en las fotos, la «barra» aún estaba cubierta), pero cuando la tenga ya disponible, ese rincón para las presentaciones de libros será un rincón de lujo, como lo ha sido conmigo y con mi novela.

Sabía que Youssef, como ya hiciera al presentar mis relatos de «Una puerta pintada de azul», daría en la diana al hablar de «Todo acaba en Marcela». Fue conciso, ameno y divertido, y la charla que mantivimos alrededor de esta historia negra, negrísima, derivó a un cambio de impresiones con algunos de los asistentes que hizo el acto ágil y corto, porque, cuando se está a gusto, las manecillas del reloj vuelan. Lo pasamos realmente bien.

Y yo, rodeado de amigos, lo disfruté aún más. Aunque me fallaron Naima, Laila, María Josefa y Joana, que son mis fieles, me acompañaron, entre otros, mis queridos Juan Pablo Caja, Maribel Fernández Gallardo, Cristóbal Ramírez y Ana, Juan Antonio Alguacil, José María Fernández Gallardo y Mercedes Castañé; Francisco Antúnez y Hortensia; Abdelmalek Rghioui, y la directora de cine y ya amiga entrañable Isabel Fernández; mi admirado Juan Gabriel López Guix, que vino acompañado de su padre, un hombre genial y divertido; y también José Miguel Feria, siempre a mi lado; y Alberto Fuentes, Isaac, Marcos García y Blaujuan, entre otros. Es decir, mucho larachense, tangerino, alcazareño y barcelonés… Por cierto, el pintor Blaujuan se llevó un ejemplar de «El mirador de los perezosos» y luego se hizo un selfi que compartió en instagram.

Como en la anterior ocasión, Sergio LLedó fue el anfitrión perfecto para esta presentación que me supo a poco. Con Youssef El Maimouni todo se hace fácil. 

Al día siguiente, domingo, invitado por Olga Martínez, de la editorial Candaya, estuve firmando en el <Sant Jordi – Trobada d´editorials independets Canada + Candaya>, en Poble Sec, donde coincidí con Jose Garriga Vela, autor de referencia de Candaya y amigo fraternal, con el que luego, días después, he coincidido también firmando en la Feria del libro de Málaga. Luego, estupendos momentos de nuevo con Youssef y Juan Pablo Caja.

En fin, que el viaje a Barcelona ha sido de lo más fructífero y acertado. Habrá que regresar. Incha alláh.

  Sergio Barce, 4 de mayo de 2024

 

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A la puerta de Muntaner, Número 38. La casa donde vivió mi amigo el escritor Jose Garriga Vela, en la que ambientó su primer gran éxito, titulado precisamente «Muntaner, 38». Era una visita obligada.
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Con Ricky, Juan Pablo Caja y Ypussef El Maimouni, la noche antes, calentando motorres
Con Juan Antonio Alguacil
Con Sergio Lledó, a la puerta de la Llibreria Fahrenheit 451, en su nueva ubicación. Un proyecto precioso y arriesgado, pero que triunfará.
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Escuchando a Youssef El Maimouni
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