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“…Mi abuela, ¿sabes Laia?, me cuidó desde que cumplí los cinco años. Era taciturna, igual que tú. Ya te dije que tuvo dos libros en su vida, aunque era analfabeta. No sabía leer ni escribir. Y amaba aquellos libros. Los ojeaba por las tardes, después de sus maratonianas mañanas de ama de casa atareada. Me pasé horas y horas mirándolos con ella. Los primeros años de nuestra convivencia, cuando la veía cogiéndolos del primer cajón de la estantería del salón, donde guardaba las servilletas, me acercaba y me acurrucaba a su lado, para disfrutar con ellos también. Ahora mismo que te estoy contando esto, me viene a la memoria el olor a alheña, con que se embadurnaba y teñía semanalmente el pelo para luego dejarlo bien cardado, y asimismo resucita en mí el aroma a especias, con que condimentaba todos los platos que cocinaba, tayines sobre todo. También me invade el olor del alcanfor que depositaba en las estanterías y que luego habitaba esos libros. No te puedes imaginar cómo me embriagaba de niño esa mezcla de perfumes, esa explosión de fragancias sigilosas. Ahora que lo pienso, creo que fue el olor de mi infancia por excelencia.
¿Qué por qué te estoy contando todo esto? Pues, porque así puedes llegar a conocerme, Laia. Estoy buscando algo, mi verdad supongo. Y si tú me vas a conocer, deseo que me estimes en mi esencia, con toda mi epifanía sembrada de una libertad absoluta. Sin mi abuela soy un espejismo, Laia. Ella hizo que mi vida tuviese un cuerpo y un destino. Pasábamos horas y horas juntos, sin decirnos nada. Nos mirábamos con amor. Sentía su fuerza, su cariño, sabía que sus miradas me cuidaban y que ella velaba por mí. Nunca me lo dijo y siempre lo supe. Su vida, después de haber muerto el abuelo, adquirió sentido cuando me fui a vivir con ella. Yo era la razón que retaba su soledad, su angustia, sus miedos…”

SERGIO BARCE, ABDELLATIF BOUZIANE, MOHAMED EL MORABET Y PEPE SARRIA
“…Un joven de unos veinte años, huérfano desde los seis, había nacido en una ciudad sin mar. Una ciudad sin mar, ni lago ni río. Un vagabundo la visitó por error y la bautizó Contraisla. Y son ese nombre se quedó. En Contraisla fue criado nuestro joven por su tío paterno soltero. Él sentía agradecimiento y cariño por su tío. Su tío sentía lástima y despecho por él. Algunos días, el joven se ponía feliz con lo mínimo que le rodeaba, y en esos días, Contraisla parecía una isla en medio de un inmenso océano. A los doce años, un día de esos de felicidad, pudo leer El viejo y el mar de Hemingway. No la entendió, pero anheló el mar y tuvo un deseo: llegar a pescar con caña alguna vez en su vida.
Era finales de verano. Un verano largo, duro y seco. Nunca antes había vivido un septiembre tan tórrido y denso como ese. Y se propuso cumplir su deseo después de ocho años. Fue al zoco y compró una caña de pescar con el dinero que había ahorrado.
Tenía todo. Tenía todo menos dónde pescar. Pensó. Suspiró. Se rascó la cabeza y, al final, decidió. Se le ocurrió pescar en el pozo del cementerio…”

MOHAMED EL MORABET


María Poveda con su padre. Tras ellos, se puede ver la casa de Raisuni y la persiana que fue acuchillada. La foto data 7 de marzo de 1956, pocas semanas antes de que ocurriesen los hechos.

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VILLA AMPARO – Larache

MARÍA POVEDA Y SERGIO BARCE
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