LA EMPERATRIZ DE TÁNGER, DE SERGIO BARCE
Por Fuensanta Niñirola
«Es desperta, de sobte, com un vell huracà, ( Se despierta de pronto como un viejo huracán
i ens tomba en terra els dos, ens ajunta, ens empeny. ( y nos tumba en tierra a los dos, nos junta, nos enlaza)
El nostre amor és un amor brusc i salvatge, ( Nuestro amor es brusco y salvaje
i tenim l’enyorança amarga de la terra, ( y tenemos la añoranza amarga de la tierra
d’anar a rebolcons entre besos i arraps» ( de andar a revolcones entre besos y abrazos)
Vicent Andrés Estellés, Els amants.
Ambientada de modo impreciso, en los años del Tánger internacional -cuarenta, cincuenta-, la ciudad era en esa época un continuo bullir de todo tipo de figuras: literarias, con el grupo formado alrededor de Paul y Jane Bowles, que atraía personajes de toda índole y procedencia a su alrededor. Políticas, puesto que en Tánger se refugiaban muchos exiliados españoles, gente de izquierdas, pero también muchos aventureros y “buscadores de recompensas”. Artísticas, con muchos de sus miembros atraídos por el clima libertario tangerino, organizando encuentros y soireés, plenas de alcohol y marihuana, que compartían con sus colegas literatos.
No sabría decir si el protagonista de esta narración es Augusto Cobos, escritor tangerino de origen español, o la Mujer (así, con mayúscula) cuyo imperio ejerce, dominante y pleno sobre el escritor, llevándole y trayéndole, haciendo de él un esclavo del sexo. Tánger es también la otra protagonista, puesto que respiramos su ambiente, sentimos su viento y lluvia en la piel, vagamos por sus calles, cafés y tugurios, miramos las gentes que lo pueblan y el mar que lo circunda. El Hombre/la Mujer/la ciudad.
Es esta una novela en la que su autor se moja. Y cuando digo que “se moja” no me refiero tanto a que a lo largo de todas sus páginas resuene continua la lluvia sobre Tánger, creando un clima no tanto meteorológico, sino de una tensión, un estado de ánimo muy especial, tanto en los personajes como en el lector. Es curioso, la primera visita del pintor Matisse a Tánger, allá por 1912, se desarrolló durante casi un mes de lluvia constante, como ocurre en esta novela. El recuerdo sensual de Matisse persistirá entre estas páginas.
Sergio Barce, insisto, se implica mucho en el texto, no tanto en plan autobiográfico -que también, imagino- como en los aspectos literarios, humanos, emocionales. El autor llega muy hondo en su recreación de Augusto: diríamos que cala hasta los huesos, (siguiendo con el símbolo de la lluvia), abre al lector las entrañas del hombre, del escritor, del amante. Reflexionando sobre su vida, en los momentos de lucidez, de racionalidad entre una u otra pasión.
La narración desarrolla la acción aproximadamente durante un mes -aunque el tiempo, en esta historia, es algo subjetivo, gomoso, impreciso y muy personal- un mes en el que la lluvia es continua: a veces suave y silenciosa, a veces violenta y ventosa, huracanada, creando un “pathos” especial en Augusto, y por simpatía, en el lector, que acaba por sentir la humedad en su cuerpo al cabo de horas de lectura. Las sensualidad, incluso escatológica, es constante a lo largo de estas páginas. Olores, sabores, sensaciones táctiles, oscilando entre el calor y el frío, entre lo suave y lo pegajoso, entre lo dulce y lo amargo, si algo produce esta novela es una inmersión en el mundo físico, cotidiano, y a la vez un mundo en el que lo azaroso predomina sobre lo previsto. La naturaleza, el lado natural del hombre, triunfa sobre el racional, y el protagonista sufre esos vaivenes, transmitiendo al lector una impresión de debilidad, de incoherencia, mezclada con una gran voluptuosidad…y a la vez de una terrible soledad. No sé si el autor conoce los versos que cito más arriba, de V.A. Estellés, pero creo que esa es la pasión que impregna al protagonista.
Augusto Cobos es un escritor del círculo de los Bowles, un hombre en la cuarentena, solitario, inestable, convencido de su independencia; sin embargo, está dominado por continuas dependencias: adicto al alcohol, a las drogas, al café, a la escritura compulsiva (por cierto, muy curiosa la historia de cómo llega a sus manos la Olivetti)…pero sobre todo, adicto al sexo femenino, es incapaz de reprimir sus impulsos cuando una mujer le atrae. Y le atraen muchas, aunque en la novela se concentra en tres: Yamila, una bailarina marroquí, con la que mantiene una relación de fuerte atracción sexual desde años atrás; Carmen Montes, una madura española funcionaria consular, que le lleva unos quince años y con la que ha iniciado una relación con un atractivo especial; y finalmente, Miriam Benasuly, una esplendorosa adolescente de catorce, una “Lolita” que suscita en Augusto una pasión demoledora. La disección del personaje es despiadada, lo presenta como un hombre desnortado por completo.
Ese escritor presenta su flamante novela en Tánger, y el lluvioso día de la presentación ocurren muchas cosas a la vez, cosas que apenas es capaz de digerir. Su amigo, el político de izquierdas Pablo Cantos le anuncia que ha de escapar de Tánger. Al mismo tiempo, Augusto conoce a la adolescente Miriam, de la que se queda prendado. Tras el acto de presentación, se ve inmerso en una noche loca, coge una cogorza impresionante, de la que apenas recuerda cosas al día siguiente, pero lo poco que recuerda es inquietante: compartió la velada con una risueña dama polaca, un extraño desconocido con una pistola, y un jovencito, entre vapores de alcohol y humos perturbadores. Seguía lloviendo. Más tarde se enterará de la muerte, en circunstancias oscuras y turbias, de un falangista, y la situación se complica. Continúa lloviendo. A partir de ahí las cosas irán muy deprisa para Augusto, enredado en una trama inquietante.
Una excelente novela que mezcla sensualidad, intriga, ficción y realidad. Pero sobre todo, un retrato literario de Tánger, una investigación literaria profunda sobre la naturaleza humana, y una especial mirada masculina hacia el misterio femenino.
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Acabo de realizar un viaje vertiginoso y secreto por el espacio y el tiempo sin moverme de casa. Me acompañaban Sergio Barce y La emperatriz de Tánger. Nada más pisar la otra orilla, descubrí que no estábamos en el presente sino a mediados del siglo pasado. Cuando Tánger era una ciudad seductora y enigmática instalada en el centro del mundo y la gente regresaba o la visitaban los que nunca habían estado para ver lo que se decía en los libros, el cine y los periódicos. Enseguida me sumergí en la vida cotidiana de unos personajes de ficción que, como sucede siempre en las buenas novelas, acabaron convirtiéndose en seres reales de carne y hueso. Anduve con Sergio por las callejuelas de Tánger igual que anteriormente habíamos caminado juntos por el Zoco Chico de Larache. Sergio posee la facultad de abstraerme del presente y llevarme al mundo de la ficción.
Desde el inicio del viaje confundí al protagonista con el autor de la novela. Augusto Cobos se convirtió en Sergio Barce. Yo era incapaz de distinguir quién de los dos suplantaba al otro. No acababa de creer que Sergio fuera el hombre solitario que vagaba por los bares y los cabarés de Tánger tratando de escapar de la realidad con alcohol, drogas y sexo. Las tardes en el Café de París. Las largas y frenéticas noches en el Kurssal, el Casino, La Mar Chica, el Lucifer. ¿Qué fue lo que me impulsó a relacionarlos hasta el extremo de confundirlos?, quizás que ambos se refugiaban en la misma novela para actuar impunemente. El personaje real suplantando al ficticio y viceversa. Desde el inicio del viaje, tuve la sensación de que Sergio me había invitado a protagonizar una película de cine negro: Casablanca en Tánger. Allí estaban Augusto Cobos, Yamila, el inspector Barrada que suplantaban a Rick Bogart, IIsa Bergman y al mismo capitán de policía Louis Renault, perdón, quiero decir Claude Rains.
Cuando leo una novela suelo tomar una posición que me mantiene en un discreto segundo plano, como si fuera un espía que se dedica a investigar los recursos del narrador. Me fijo en la trastienda que permanece oculta y en la cual se almacenan las armas y estrategias utilizadas por el escritor para alcanzar sus deseos. Me refiero a las armas literarias, no al arma de fuego que se dispara en la novela. Sergio Barce consiguió involucrarme en la trama desde el inicio, desde que me presentó a Yamila y caí seducido ante ella, e inmediatamente después conocí a Esther Lipman en el mismo hotel Minzah en el que yo me alojaba. Después me cautivó Carmen y también la joven Miriam. Nunca me había enamorado de tantas mujeres en tan breve espacio de tiempo. Luego fui descubriendo a otros personajes que buscaban su lugar en el mundo y de todos y cada uno de ellos me fui sintiendo cómplice de una u otra manera. Hay momentos que no se olvidan. Recuerdo los paseos por el Boulevard con Sergio Barce y Paul Bowles. Aquella noche que nos quedamos estupefactos al pasar por delante del cine Roxy y ver en la fachada el cartel de La emperatriz de Tánger, a veces suceden cosas que parecen sueños. Nos detuvimos a mirar el escaparate de la Librairie des Colonnes y vimos expuestas las novelas que todavía no habíamos escrito pero que ya revoloteaban en el interior de nuestras cabezas. Cómo voy a olvidar las tertulias en el Cafetín de Isa hablando de las novelas perdidas y los amigos comunes, y el más cercano de ellos, el que tenemos más presente, el inolvidable Pablo Cantos, personajes entrañables que habitarán siempre en las profundidades oceánicas de la memoria.
Ahora voy a desempeñar el papel de espía. A través del tiempo vislumbro al novelista Sergio Barce andando por las calles cuando La emperatriz de Tánger aún no había cobrado cuerpo. Lo sorprendo con la mirada atenta y tomando notas mentales, como el director de cine que busca las localizaciones de la película. Hasta que el mundo de Sergio adquiere forma y nos permite traspasarlo e irrumpir en la intimidad de los personajes. Las imágenes se van proyectando en la imaginación de cada lector, como si Sergio Barce tuviera la facultad de rodar los sentimientos y plasmarlos desnudos delante de nuestros ojos. La sencillez y soltura con la que cuenta la vida cotidiana de la ciudad cosmopolita de Tánger logra trasladarnos en el tiempo y acudir a los lugares de la novela como si viviéramos el presente en nuestra propia ciudad. Entonces descubrimos personajes que nos seducen y otros que nos inquietan, como si los protagonistas de la novela formaran parte de un grupo de viejos amigos y conocidos que desvelan gestos maravillosos y actitudes inconfesables. Esos gestos y actitudes que se guardan ocultos igual que la identidad de sus autores. Como los secretos de las parejas que la propia pareja desconoce.
La emperatriz de Tánger nos atrapa y nos conduce hacia donde Sergio desea, después nos deja a solas para que cada cual saque sus propias conclusiones. La voz del narrador en tercera persona posee un ritmo absorbente, un metrónomo que va marcando el compás de cada una de las historias personales. La voz escrita y la imaginación del lector se encargan del resto. No voy a hacer ninguna sinopsis de la novela. Les dejo en el puerto de Tánger, recién desembarcados. Enfrente tienen el hotel Continental y más arriba el Minzah. Reserven habitación, cierren los ojos y dispónganse a presenciar lo que es capaz de hacer un amigo por salvarnos la vida bajo el cielo protector de Tánger.
José A. Garriga Vela
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«La emperatriz de Tánger»
de Sergio Barce
Vivir de cerca la atmósfera de Tánger, respirar el aroma de una ciudad única en un momento histórico, confluir con personas y situaciones que nos pondrán al borde del peligro y nos seducirán con las historias de desasosiego y ausencias, de esperanzas y frustraciones, es la llave con la que Sergio Barce nos abre esa ventana al pasado que nos hará disfrutar desde el principio al fin de esta extraordinaria novela, novelón diría yo.
Mézclese el humo y la pasión de un escritor como Augusto Cobos Koller y la interminable búsqueda de su emperatriz de Tánger, Carmen, Yamila, Miriam, una mujer que le arrastre hasta la agonía y el éxtasis, un poco de majoun y ruleta rusa, unos Bowles perdidos en un oasis repleto de agua de lluvia que les destroza su creación literaria, un malvado capitán falangista desaparecido, un policía local poeta y entrañable. Un cocktail preparado con maestría y agitado con brío, que nos hará disfrutar en cada página.
Una obra maestra del género negro, un libro visual que nos hará sentir escalofríos y caricias sedosas, una maravilla, créanme.
VÍCTOR MANUEL PÉREZ BENÍTEZ, 29 de abril de 2015