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LECTURA RECOMENDADA

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                                              Foto de Roxy Treceño

Para estas fechas, ¿qué voy a recomendar? Pues mi trilogía tangerina. En estas novelas encontraréis intriga, drama, crimen, traición, el Café de París, amistad, espionaje, venganza, la Librairie des Colonnes,  desierto, amor paterno filial, amor carnal, el Marshan, melancolía, humo, contrabando, jaquetía, sueños, pasión, el Monte Viejo, sexo, fe, añoranza, mayoun, frustración, viajes, el Minzáh, fantasía, guerra, el Café Fuentes, violencia, hachís, suspense, misterio, Marruecos, Tánger… 

Todo está en las páginas de El libro de las palabras robadas, La emperatriz de Tánger y Malabata, publicadas por Ediciones del Genal (Málaga).

 


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PRIMER CAPÍTULO DE «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

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Aquí tenéis el primer capítulo completo de mi novela La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal – Málaga, 2015), finalista del XVII Premio de Novela Vargas Llosa y del XXII Premio de la Crítica de Andalucía.

ISBN – 978-84-16021-46-8

Cuando llegó al barrio de Hafa tuvo la sensación de que todos los ojos se posaban en él y de que incluso sabían qué era lo que le traía hasta ese lugar. Pese a esa certeza, Augusto Cobos Koller, tras abotonarse la chaqueta de lino blanca y ajustarse el nudo de la corbata, encaminó sus pasos hacia la casa de Yamila con la excitación que experimentaba cada vez que iba a su encuentro, una excitación que alimentaba su orgullo masculino y su vanidad, habitualmente resentida y hambrienta.

     Bajó la cuesta aprisa, con la brisa húmeda acariciando su sudorosa frente. Veía, por entre las casas, el mar asomando en calma, como una inmensa alfombra que se extendiese hasta el límite mismo del horizonte. Se iba cruzando con los niños que llenaban las calles del barrio, a los que evitaba por un innato rechazo a los pequeños, y siguió bajando, empujado por su propia urgencia. Las pisadas dirigiéndolo como si no pudiera evitarlo. Llevaba varios días sin verla y un ardor lo corroía por dentro, igual que si le estrangulasen las entrañas. Sabía muy bien qué iba a hacer en cuanto la viese. Era un hecho cíclico e inevitable.

     Dobló la esquina y entró en un callejón estrecho y sombrío, escoltado por ventanas herméticamente cerradas. El suelo del callejón estaba salteado de charcos embarrados, en los que flotaban diminutos envoltorios de papel arrugados y colillas y cerillas quemadas. Se escuchaba el zumbido agitado de las moscas. Las paredes cuarteadas se proyectaban en la pesarosa superficie de los charcos, como un espejo roto en el suelo.  

     Miró por encima del hombro. Estaba solo. Se detuvo entonces ante una puerta verde, de madera astillada y goznes moribundos. Había una aldaba adherida de una forma imposible a la madera, como si jamás hubiese sido utilizada. Volvió a comprobar que nadie lo vigilaba, aunque siempre tenía la vaga sospecha de que, desde alguno de los ventanucos de los otros edificios, le observaban. Miró al cielo, nuboso, coactivo.

     Golpeó con los nudillos. Por un segundo pensó en el padre de Yamila, que Hamid  pudiera estar en la casa. No habría sido la primera vez que ese viejo le fastidiase la fiesta. Pero Yamila le había comentado que esa tarde estaría sola, y ahora volvió a golpear la puerta con más contundencia, algo más desesperado.

     Se miró el anillo de plata que llevaba en el dedo anular de la mano derecha en el que tenía grabado un áspid desafiante. Se lo había regalado Carmen al poco de conocerse, y verlo le hizo sentir cierta ansiedad. Con la otra mano comenzó a hacerlo girar sin sacárselo del dedo mientras aguardaba a que ella acudiera a su llamada. Comenzaba a chispear. Se desesperaba cuando Yamila tardaba en abrir e, impaciente, se puso a dar pequeños taconazos contra el suelo. Era tal su excitación que creía no poder contenerse más y, en voz baja, suplicaba que apareciese de una vez por todas.

     Al fin la hoja se abrió muy despacio, y entró sin contemplaciones. Yamila se apartó, pegándose a la pared del pasillo. Augusto empujó la puerta de un manotazo y se cerró ruidosamente. Al entrar fue como si la noche hubiese echado sus candados pero, a pesar de la penumbra, sus pupilas se encontraron con una intensidad crispada, llenas de abismos. En las de Yamila habitaba un cierto aroma a desaliento. Las de él, por el contrario, sin un escorzo de sentimiento, centelleaban de manera primitiva. Sus alientos se medían, tanteándose en un pulso de atracción.

     -¿Está tu padre? –de pronto, dudando, se había quedado quieto, tenso y conteniendo la respiración.

     –La –respondió confusa Yamila-. Ya sabes que no…

     Augusto Cobos se agachó, metió las manos por debajo del lívido caftán, y las dejó libres para que treparan por las piernas, yendo por delante de lo que su cerebro le transmitía; aún no era capaz de sentir el tacto de la piel, sólo avanzaba y buscaba, no había más. La atrajo hacia sí, pero eran sus manos las que seguían actuando a su antojo, mientras él era sólo un invitado. Su boca atrapó los labios ateridos de Yamila que había cerrado los ojos. Fue entonces cuando su consciencia alcanzó a su deseo fundiéndose con ella en un movimiento brusco de las extremidades.

     Las respiraciones se hicieron torpes, era el único sonido en la casa, vacía y somnolienta. De pronto, ella sintió cómo el sexo febril de Augusto la penetraba con el violento apetito de las anteriores ocasiones, con la misma desesperación. Era como si un brazo tanteara por su interior registrándolo todo. Abrió las piernas cuanto pudo para que llegara más adentro. Las embestidas eran apremiantes, pero no quería que ahora se detuviese, sabía que era el único instante en el que pasaba a ser suyo por completo. Él resollando con ansiedad sobre su cuello, alejado de cualquier nexo con el mundo exterior, y ella notando el ardor de la respiración con la certeza de que entonces Augusto no esperaba más que su entrega incondicional.

     No se habían movido del pasillo, petrificados aún por el instante, atados a sus alientos, agitados. Les llegaba como un eco el tamborileo de una fina lluvia. El borde de una manta de cordero colgaba de la terraza y, a causa del aire, golpeaba con suavidad contra una de las ventanas. Era un sonido sordo y repetitivo, un sonido que empezaba a sacar de quicio a Augusto. Le habría dado un manotazo a esa manta y la habría arrojado al patio, sin dudarlo. Pero sabía que, pese a todo, aquella no era su casa.

     Yamila aún temblaba, apoyada la espalda contra la pared. Aturdida, refugiaba sus manos entre las piernas, como si así pudiese retener unos minutos más la placidez que se había instalado en su sexo. Creía que se caería de un momento a otro, exhausta, vencida, en un desmayo de excitación.

     Augusto por su parte se había recompuesto tranquilamente el traje de lino, aunque ya quedaría arrugado sin remedio. Encendió un Olympic Bleue y le dio una profunda calada, pensativo. También se había recostado contra la pared del pasillo, descansando los hombros y la nuca, sintiendo así el frescor seco de los ladrillos desiguales. Como a ella, le ardía la piel. Pero cerró los ojos tratando de calmarse.

     Exhaló el humo con parsimonia, llenando el corredor de una nube densa y grisácea, pasándose una mano por la cabeza, una y otra vez, como si así aplacara el baño de sudor que le empapaba la espina dorsal. Abrió los párpados, y la miró entonces. Tras el humo, el rostro de Yamila se desdibujaba, con los ojos entornados, la boca entreabierta, tenía la piel erizada, manteniendo las manos temblorosas entre las piernas. Le pareció frágil, pero irradiaba una poderosa atracción difícil de explicar para él. Permanecieron embozados por el silencio, como aguardando una señal para lanzarse de nuevo el uno al otro.

     La voz del almuédano llamando a la oración de la tarde sumió a la casa en un irreal letargo, y Augusto comenzó poco a poco a sentirse molesto. El golpeteo de la manta contra la ventana, la llovizna repiqueteando en unos tablones, esa voz profunda convocando a los fieles, la respiración cálida de ella. Apuró el cigarrillo y tiró la colilla al suelo, aplastándola con el tacón de su zapato. Pensó en cuántas veces había sucedido ya esto mismo, y, sin embargo, cada ocasión se antojaba única e irrepetible. Incluso el olor montuno de Yamila parecía distinto, aunque lo reconociera siempre. Pero quería marcharse aun sabiendo perfectamente que no iba a dejarla así. Así no.

     Volvió a mirarla. Estaba deseando salir de la casa y acercarse al Café de París. Eso era lo que le gustaría hacer. Y pensó con un regusto de amargura que nunca se encontraba en el lugar en el que realmente le apetecía. La seguía mirando, y se dio cuenta de que no sabía lo que quería, de que nunca lo había sabido.

      Yamila también lo escrutaba. En cierto sentido lo temía, e incluso había ocasiones en las que dudaba sobre lo que realmente buscaba en ella. Sólo le cabía aguardar con esa paciencia aprendida de su madre, como si no existiera otro remedio, y, sin embargo, aunque estaba acostumbrada a que, una vez que se vaciaba, Augusto desaparecía hasta otro día, prefería pensar que en esta ocasión volverían a encontrarse esa misma noche en el cabaret, donde él se sentaría en su mesa habitual para verla danzar, para devorarla con su mirada, para hacerla creer que ella era la única. Luego quizá entraría en el camerino para dejarle algún regalo, medias importadas, un frasco de perfume francés, dinero. Quería convencerse de que la quería, de que era sincero con ella, pero lo demostraba de  una manera errática y confusa, de una forma devastadora. 

     En ese momento Augusto Cobos dio un paso, impulsivo e inesperado, y acercó sus labios a los suyos y se los mordió intensamente mientras daba un tirón del caftán. Los senos de Yamila quedaron al aire igual que rosas agitadas por el viento. La obligó a darse la vuelta, y el caftán cayó al suelo. Le besó el cuello, la espalda y las nalgas, y luego deslizó una mano por el sexo rasurado, tan distinto al de Carmen, y la oyó resoplar con esa especie de fiebre inconfundible. Sus alientos ardiendo como los de alimañas en celo. Entonces, súbitamente, se separó de ella para observarla en su desnudez, como si fuera una obra de arte: un cuerpo joven, moreno, aún turgente, quizá demasiado hermoso o demasiado perfecto. Ella se ruborizó, como le ocurría cada vez que la miraba, temblando de arriba abajo. Augusto volvió a tocarla, y Yamila se removió, casi agónica, levantando las caderas. Entonces la frotó con un atrevimiento canalla y a ella se le doblaron las piernas, debilitada por un placer intenso e insoportable, desbordada por la confusión, por el caos. Pero el caos se hizo más confuso cuando de pronto, alevosamente, Augusto Cobos dejó de tocarla, como si le quemara su fuego, como si se hubiera dado cuenta de que se aburría, de que había perdido todo interés. Un frío lacerante recorrió la piel de Yamila.

     Sin decir nada, Augusto abrió la puerta de la calle. Las últimas luces de la tarde se posaron en Yamila, que trató de cubrirse con los brazos, temiendo que alguien pasara por el callejón y pudiera verla. La puerta se cerró de un seco portazo, y ella permaneció allí quieta, en el pasillo, sin comprender esas formas bruscas de Augusto, sin descifrar lo que le cruzaba por la mente a ese enzerani del que quizá no debiera haberse enamorado. 

 

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«EL LABERINTO DE MAX», DE SERGIO BARCE

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Pedro Pujante, Sergio Barce & Pablo Aranda

En marzo de 2018 apareció mi novela corta El laberinto de Max, dentro de la colección <Manguta de Libros>, de Ediciones del Genal & Mitad Doble Ediciones, junto a autores como Pedro Pujante, Herminia Luque, Jess Lavado, Eloísa Navas, Presina Pereiro, Salvador Rivas, José A. Sau y, por supuesto, al añorado y siempre recordado Pablo Aranda. 

HL SB ...

Herminia Luque, Sergio Barce, Eloísa Navas, Presina Pereiro y Jess Lavado

Para quienes no hayáis leído este libro, os regalo el primer capítulo, la mejor manera que encuentro para animaros a leer el resto de esta historia que transcurre entre libros…

Me he quedado tan sorprendido de que mi padre me haya llamado después de tantos años que no he sabido reaccionar. Pero le he confirmado que iría. Luego he colgado, sin aliento. Lo hago por Silvana, no por él. Y porque me encuentro en las últimas.

Ahora que estoy frente al local, no sé si ha sido una buena idea venir. Nunca me ha gustado su negocio. Siempre he hecho lo contrario que Max. Desde niño. Sobre todo en la adolescencia. Si mi padre quería ir a la playa, yo protestaba porque prefería la montaña. Si proponía ver una película de Hitchcock, yo sugería una cinta de Berlanga. Me pidió que me cortara el pelo, y me dejé melena. Por joder. Decidí no abrir un libro porque él regenta una librería. Esa es la razón de que no haya leído una novela en casi cuarenta años. También por joder. Nos distanciamos. Luego, al marcharme tras acabar los estudios, dejamos de vernos. Y nos hemos convertido en unos extraños.

Pero llevo ya dos años en el paro. Las ayudas sociales se acaban el mes que viene. Silvana ha debido de verme más apurado que en otras ocasiones. La verdad es que lo estoy. Por eso habló con su abuelo, sin que yo lo supiera. No sé qué le habrá contado a Max para convencerlo. Apenas cruzamos unas frases por teléfono, lo imprescindible. No sabía muy bien qué decir. ¿De qué hablas con alguien a quien has decidido eliminar de tu vida? El hecho es que me ha ofrecido trabajo en su negocio. Le respondí que lo pensaría. La realidad es que yo no sé nada de libros. Seguramente me necesitará para llevar la contabilidad. O algo así. Sea lo que sea, no voy a embarcarme con él. Max insistió. Hube de prometer que vendría a verlo para poder colgar de una puñetera vez.

Apenas me llega para pagar los gastos necesarios. Ni un solo capricho. El alquiler comienza a ser un problema. Adeudo ya dos meses. La primera vez que me retraso. Mis zapatos cumplen su primer lustro. Me es imposible hacerle un buen regalo a Silvana. Y el hándicap es mi edad. Nadie contrata a alguien con cincuenta y cinco años. Ya no soy joven. Tampoco viejo. Bueno, un poco mayor, digamos que maduro. Me consuelo porque me dicen que las canas hacen interesante. Me mienten. Para que no me deprima. La realidad es que todo se desmorona.

Silvana me encontró en casa borracho como una cuba. Me había soplado casi toda la botella. Llamó y no entendía lo que le decía. Eso la alarmó. Eso y que no volviera a descolgar cuando telefoneó de nuevo. Abrió con el duplicado que guarda de mis llaves. Vomité. Grité. Lloré. Ahora siento una vergüenza enorme. Me vio como nunca me había visto antes. Hice el ridículo. Y se rio mucho oyendo mis gilipolleces. Aunque se niega a contarme cuáles fueron mis palabras. Seguramente puse a parir a su madre. Es una arpía, de eso no cabe la menor duda. Pero no merece ningún insulto. Eso lo convierte todo en más deplorable.

En los quince minutos que llevo aquí parado no ha cesado de entrar gente a la librería. Un hecho que me parece insólito. He oído que todas están cerrando. No tengo demasiadas ganas de cruzar la calle y ver a Max. Los dos nos hemos atrincherado. No hemos querido saber nada el uno del otro. Durante años. Habrá envejecido. Claro. Como yo.

Al empujar la puerta he reconocido el olor. Es el mismo de siempre. Huele a madera y a libros. Llamativamente, el local me parece ahora más amplio, más grande. Hay al menos diez personas entre los estantes, curioseando o buscando algún título. Tantos que es imposible que nadie pueda leerlos todos. He de reconocer que la librería es preciosa. Mi padre tuvo buen gusto al montarla. Madera por todas partes, al estilo británico. No le ha hecho falta reformar nada. La concibió como un pequeño laberinto que impidiera a los clientes salir en seguida. Qué cabrón. Pero parece que eso le ha dado mejores resultados de lo que nadie hubiera imaginado. Hizo una fiesta al inaugurarla. Yo era un niño. Besó a mi madre delante de todos, como hacían los actores de cine, y me avergoncé. Luego volqué un tazón de chocolate sobre las piernas de una de mis primas. Suerte que ya se había enfriado. Si no, le hubiera causado quemaduras de segundo grado. Me castigaron encerrándome en el desván de la librería. Allí me rodeaban sombras siniestras, ruidos extraños. Alguien habitaba tras aquellas paredes, alguien que me vigilaba. Podía escuchar su respiración, cansada y rota. Pasé tanto miedo que decidí no volver a subir. Aunque hubo una segunda ocasión. Algo más tarde. Y aquí sigue la librería de Max, abierta, funcionando, con clientes. Un milagro en estos tiempos. Joder, creo reconocer a uno de los que buscan en los anaqueles de literatura clásica. Lo vi en varias ocasiones en mi niñez. Debe de llevar todos estos años dando vueltas, tal vez nunca haya podido encontrar la salida. Por eso seguirá en literatura clásica. Creo que era un pedante.

Llegar a la caja también es un poco complicado. Max la ubicó en el centro del pequeño laberinto. Este olor me rejuvenece. Quién me lo hubiera dicho. Zigzagueo y veo la vieja mesa de nogal. La mesa hace las funciones de mostrador. Es como si el tiempo se hubiera detenido aquí dentro.

No conozco a la mujer que está ahí sentada, junto a la caja registradora. Ya no se ven ese tipo de cajas registradoras. Recuerdo que, cuando había que limpiar, mi padre la levantaba y decía que pesaba treinta quilos. Treinta quilos sin monedas ni billetes, vacía. Le da un toque original al sitio. La empleada está leyendo. Esa era una norma de Max. Quien trabaje conmigo debe saber de qué tratan todos los libros que vendemos y ha de leérselos. Eso predicaba. Ella debe de estar cumpliendo sus órdenes. La mesa llena de ejemplares y de papeles, rodeándola. Me acerco. No levanta la cabeza y carraspeo. Ahora sí. Joder, qué guapa es la tía.

Después de recobrarme (confieso que me ha descentrado por completo), le pregunto por el señor Bazlen. Aunque sigo perdido en su rostro, como atontado. Me responde que no está en estos momentos. Al poco me lo repite, porque no me he enterado la primera vez. Reacciono. Torpemente. Yo soy el señor Bazlen. Lo digo casi de manera automática. Lo he hecho sin mala intención. En seguida me doy cuenta de que puede parecer que le tomo el pelo. De hecho, ella ha arrugado el ceño y mira a un lado y a otro. Es posible que piense que está frente a un chiflado. Soy su hijo, añado con rapidez. El hijo de Max. Trato de salvar el descalabro. Es entonces cuando ella esboza la sonrisa más hermosa que he visto en mucho tiempo. Soy Lili, se presenta. Me extiende la mano y se la estrecho. Habría preferido besarla. Y yo le respondo. Como Lillie Langtry. Ella aguarda a que le aclare de quién le hablo. La criatura más hermosa del mundo, le desvelo entonces, o eso es lo que afirmaba el juez Roy Bean cuando hablaba de Lillie Langtry. Ah. Lili solo rezonga eso: ah. No parece que le haya hecho gracia mi piropo enmascarado. Ava Gardner interpretó a Lillie Langtry, apostillo. La verdad es que, aunque no leo un libro desde hace más de treinta y tantos años, por joder, veo mucho cine. Quizá demasiado. Lili me transmite su desinterés. Puede esperarlo aquí, su padre no tardará mucho. Y añade: si quiere echar un vistazo… Y me invita con un gesto a que me entretenga con los libros y a que la deje en paz.

Actúo como si me interesara por los volúmenes que se exponen en literatura española actual. No conozco a ninguno de esos escritores. Así que no voy a perder el tiempo. Para qué. Lo que realmente hago es observar a Lili. Está leyendo. Concentrada. Se acerca una mujer con un vestido horrible a la mesa mostrador. Lili reacciona dibujando de nuevo esa sonrisa arrebatadora que había desaparecido. Es como para comprarle el libro que ella proponga. Sin discutirlo. Me lo llevo porque es usted bellísima. Eso es lo que le diría al pagarle. Veo cómo le indica a la señora del vestido horroroso los expositores de las ediciones de bolsillo. Y vuelve a su tarea. Me cuesta dejar de admirarla. Entonces llega Max a la librería. He reconocido su peculiar manera de abrir y cerrar la puerta. No podría describirla, porque aparentemente no es nada peculiar. Pero nadie abre y cierra una puerta como Max Bazlen…

EL LABERINTO DE MAX

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ASÍ COMIENZA MI NOVELA «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS»

Así arranca mi novela El libro de las palabras robadas (Ediciones del Genal). Uno de los libros que más me enorgullece.

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El libro de las palabras robadas -

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UNA PUERTA PINTADA DE AZUL

La nueva criatura está llegando a las últimas horas de gestación. Es fascinante ver cómo un libro va formándose antes de salir a la calle.

Con la ayuda de Nuria Ogalla, con la que he colaborado en otras ocasiones, que es perfeccionista, tenaz e imaginativa, mis libros acaban por ser editados con una primorosidad y un estilo difícil de ver incluso en las editoriales de peso. La calidad del papel elegido, el tamaño de las letras (siempre lo suficientemente grandes para que la lectura sea un goce y no un calvario), la revisión una y otra vez del texto para eliminar cualquier error taquigráfico (algo que se echa cada vez más en falta en grandes lanzamientos en los que este importante detalle parece haberse relegado), la elección de la portada, el diseño del conjunto… Todo es fácil con ella. 

Una puerta pintada de azul, que publicará Ediciones del Genal en las próximas semanas, ya está casi a punto. Ocho relatos ambientados en Larache.

De nuevo, Nuria es la que me va aportando ideas tan sugerentes como certeras. La portada o cubierta es realmente preciosa, ya tenemos los textos para la contraportada, la foto de la solapa así como la dedicatoria, los agradecimientos… Todo va encajando en un ejercicio de equilibrista en el que la sutileza va ganando terreno. Este libro de relatos va a nacer con los mejores cuidados, entre algodones.

Nuria Ogalla acaba de enviarme el colofón. Lo leo dos, tres veces, y ahora sé que nada puede salir mal con este libro. Hay demasiado cariño puesto en él como para que algo falle.

Sergio Barce 

UNA PUERTA PINTADA DE AZUL portada frontal

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