Hay, entre distintos tratadistas e historiadores, una controversia: el golpe de Estado del 36, ¿se inició antes en Larache o en Tetuán? ¿Tal vez en Melilla? Según he indagado, el primer disparo, quiero decir, la primera bala que sale de un arma de fuego en Marruecos y que da lugar a la guerra civil, acaece en Larache. No es ningún mérito para mi pueblo, al contrario. Es una mancha, pero fue así. Y los golpistas, los falangistas y fascistas, se hicieron fácilmente con el control de Larache. He de decir también, en descargo, que hubo algo de resistencia. De ahí los disparos, la depuración y los fusilamientos. El doctor Matamala, a decir de todos un hombre piadoso y justo, abnegado médico que no desatendió a ninguna persona humilde, fue sacado de su casa en pijama y fusilado sin más. Por republicano. Sólo es un ejemplo.
En la nueva novela que escribo, dedicada a la figura de mi abuelo Manuel Gallardo, hay lugar para hablar de soslayo de todo esto, porque, además de los antecedentes familiares (la mayoría de mi familia es republicana por transmisión sanguínea) está también la propia convicción de que ellos merecen un reconocimiento y no el olvido. Es el caso de mi tío abuelo, por la rama paterna. El hermano de mi abuela María Salud Cabeza, todo un personaje en Larache que se enfrentó a los fascistas sin ser detenida y sin ser censurada, una madre coraje; su hermano, como digo, hubo de huir por rojo de Larache. Lo hizo pegando tiros subido en una camioneta para poder pasar la frontera hacia la zona francesa. Luego, logró llegar a Barcelona, donde luchó en el último bastión, hasta que hubo de cruzar otra frontera que, irónicamente, lo llevaba de nuevo a tierra francesa. No se portaron bien los franceses con los españoles republicanos. Los hacinaron, los encerraron, los deportaron a muchos de ellos, porque la Francia de entonces era pro-nazi, que no se nos olvide este detalle histórico, tan vergonzoso para el país de la libertal, la igualdad y la fraternidad. Y ese fue el caso de mi tío abuelo, que se llamaba Manuel Cabeza Aranda. Las autoridades francesas lo entregaron a la Gestapo por ser republicano español, y fue ingresado primero en el Stalag VII-A Moosburg, desde donde escribía cartas a su familia, y luego trasladado al campo de concentración de Mauthausen, de infame recuerdo. Abajo tenéis su filiación y sus datos personales, que ha hallado mi primo Antonio Barce rebuscando en archivos gaditanos. Como se comprueba, murió a mano de los nazis apenas un mes antes de cumplir los treinta años. Sólo pudo aguantar cinco meses en el campo de la muerte.
Y todo esto lo escribo porque hace apenas unos días, justo cuando mi primo me enviaba su descubrimiento, un amigo, Rafael Guerrero Moreno, con el que comparto el formar parte de la junta directiva de la Asociación Foro Ibn Rushd, ha sido galardonado con el Premio Lorca, en el Festival Internacional de Cine de Granada, por el documental que ha dirigido titulado «Rotspanier: los esclavos españoles del nazismo«, un documental que recupera precisamente la memoria de aquellos 70.000 esclavos españoles que, durante la ocupación nazi de Francia, fueron utilizados para construir el Muro Atlántico de la costa gala. Y una cosa ha llevado a la otra. Como si nos uniesen invisibles hilos que nos llevan a tratar entre todos de no olvidar y de mantener viva la memoria histórica, le pese a quien le pese.
Ayer tuvimos la fortuna de que Héctor Márquez, una vez más, nos regalase un buen encuentro en el Tercer Piso de la Librería Proteo, en Málaga. En esta ocasión nos reunimos alrededor de Fernando Méndez-Leite, para hablar de su primera novela: Fracaso sentimental en la calle 50, que ha publicado la Editorial Renacimiento.
La presentación corrió a cargo de Moisés Salama y de Héctor. Moisés acaba de estrenar un documental dedicado precisamente a la figura de Fernando Méndez-Leite, titulado «La memoria del cine«, y se nos proyectó un atractivo tráiler que invita a ver ese documental. Pero la estrella, sin ninguna duda, fue el propio Fernando, que posee una memoria prodigiosa y milimétrica, capaz de retrotraerse a su niñez para recitar por orden alfabético sus compañeros de pupitre. Eso le permitió contarnos anécdotas muy interesantes y divertidas de los rodajes en los que ha intervenido (El hombre de moda o La Regenta), su relación con otros realizadores o con actores (Juan Luis Galiardo, Ana Belén, Juan Diego, Aitana Sánchez-Gijón…), su proceso creativo, su ardua labor para escribir esta novela. Luego, compartimos comida y café, Méndez-Leite, Moisés Salama, Rosa, Héctor y Mariángeles Tarifa, y José Garriga Vela y yo. Hablamos largo y tendido de cine y de literatura. Un día muy provechoso.
Esta imagen es la del actor Toni Servillo en la maravillosa cinta La gran belleza (La grande bellezza, 2013), de Paolo Sorrentino. Pertenece a la escena de la inolvidable fiesta inicial con la que arranca la película y que sirve de preludio para presentarnos a Jep Gambardella, el protagonista al que da vida Servillo. Una película barroca, original, divertida, sensual y muy italiana, en el mejor sentido de la palabra. Un homenaje al «dolce far niente».
¿Cómo olvidar ese instante en el que, en esa fiesta desmadrada, pero vacía y llena de impostura e hipocresía, la escena se va ralentizando con Jep Gambardella en primer plano para dedicarnos una de las frases más emblemáticas del cine de los últimos años? Dice Gambardella/Servillo: <De pequeño, a esta pregunta mis amigos daban siempre la misma respuesta: «El coño». Pero yo respondía: «El olor de las casas de viejos». La pregunta era: ¿Qué es lo que realmente te gusta más en la vida? Estaba destinado a la sensibilidad. Estaba destinado a convertirme en escritor.>
Esta mañana llegó un pequeño paquete a mi despacho. La remitente era Sara Mesa. Nos habíamos conocido en la entrega del premio de la Crítica, en Granada. Apenas tuvimos tiempo de hablar como a mí me hubiera gustado hacerlo, pero cuando hay tanta gente alrededor es difícil encontrar el momento oportuno. Ahora lo lamento. Y, sin embargo, al abrir el paquete me encuentro dos novelas de Sara: Cara de pan y Un amor. Publicadas por Anagrama. Ambas dedicadas, junto a una preciosa postal con el retrato de Scott Fitzgerald, en cuyo reverso me escribe unas líneas llenas de calidez. Me quedo observando los libros, el sobre ya vacío y sus palabras escritas a mano. Tiene una letra agradable, entre juvenil y expresionista. Y pienso que es un detalle que dice mucho de la persona. Ahora he de hacerle llegar mi gratitud. Y se me ocurrió hacerlo contando la belleza de su gesto.
Asisto a la presentación del libro La Andalucía de Miguel Hernández, una antología seleccionada y comentada por Juan José Téllez. Todo un lujo escuchar a Juanjo, su lucidez, sus rápidas y acertadas réplicas, aprehender su compromiso humanista. Me gusta el ritmo con el que nos regala sus impresiones sobre el poeta de Orihuela y cómo salpica de anécdotas cada episodio que nos descubre de su vida y de su poesía. Hay un extraño y vivificante aire de libertad en la sala mientras lo hace, como si hubiésemos dejado el aire envenenado e irrespirable del resto del mundo en el exterior. Qué terapéutico es volver a Miguel Hernández:
Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.
Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.
Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.
Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.
El pasado jueves, 26 de octubre, recogí el premio de la Crítica de Andalucía al mejor libro de relatos por El mirador de los perezosos. Un acto cargado de buenas vibraciones. Allí tuve la suerte de conocer a Ángeles Mora, ganadora en la categoría de poesía por Soñar con bicicletas, y a Sara Mesa, premiada por su novela La familia, que yo había leído semanas antes; un libro que navega entre las oscuras sombras de los secretos familiares, un libro que transmite un permanente desasosiego y que vuelve de regreso días después de acabado. Escribe Sara Mesa:
“Padre acusaba a madre de ser demasiado blanda con Damián. Cuanto más blanda, decía, más blandura, fíjate qué carnes para la edad que tiene. Madre lo defendía, aunque sin traspasar ciertas fronteras. Era curioso: había abandonado al niño de bebé debido a una depresión nunca diagnosticada, se pasó los primeros años de su vida sin apenas mirarlo, y ahora que estaba en plena adolescencia, se volcaba más en él que en los otros, achuchándolo o dándole golosinas a escondidas. ¿No era, después de todo, quien más la necesitaba? Con seis años menos que Damián. Aquí, el pequeño, parecía seis años mayor: voluntarioso, independiente, irresponsable pero dispuesto a afrontar él solito las consecuencias de su irresponsabilidad y, para colmo, dotado del arbitrario toque del encanto. En cuanto a las niñas, se criaban solas, por así decirlo, y más desde que había llegado Martina, con sus secretos de niñas en los que era mejor no meterse. Ella intuía que había algo físico en Damián que ponía de los nervios a Padre, algo que iba más allá de la gordura. Era la piel tan blanca -como cruda-, la redondez de los ojos azules, ¡las pecas! -que nadie más tenía-, los andares de cerdito y la torpeza de las manos, que no agarraban con fuerza…”
La familia, de Sara Mesa, ha sido editada por Anagrama. Ángeles Mora estaba especialmente nerviosa, pese a ser una poeta laureada y reconocida en todo el país. La emoción la embargaba. Sus palabras, sus recuerdos, nos aclararon el motivo de esa dicha. Escribe Ángeles Mora:
Buscar la luz, no mirar por los rotos donde el rencor oculta su negrura infinita.
Yo, que no tuve bicicleta, soñé con bicicletas y lloré al despertar.
La huella de aquel sueño, Me ayudará a cruzar con esperanza caminos prohibidos.
Soñar con bicicletas ha sido publicada por Tusquets Editores.
Ha sido un regalo haber conocido a estas dos escritoras al fin, y aparecer junto a sus nombres en esta edición del Premio Andalucía de la Crítica.
Tal y como manifesté al recoger el galardón por mi libro de relatos, es insólito y casi un milagro que mi libro haya llegado hasta ahí habiendo sido publicado por una pequeña editorial malagueña como es Ediciones del Genal. Por eso me enorgullece que el jurado se haya fijado en mi obra y que la haya considerado merecedora del premio. Creo que la baraka y los yinns tanyauis han tenido algo que ver con todo esto.
SERGIO BARCE, ÁNGELES MORA Y SARA MESA
Hace unas semanas, leí la biografía de Anna Ajmátova que ha escrito Eduardo Jordá para Zut Ediciones. Narrada en primera persona, como si fuese la propia poeta rusa quien se autobiografiara, una historia que es a un tiempo conmovedora, dolorosa y heroica. Sería una rara avis en los años que vivimos, porque escritores que defiendan sus principios como hizo Ajmátova ya suelen ser casos aislados. La represión física, moral y creativa, la censura demoledora que padeció en su obra, y que sufrió durante su larga vida, fue atroz e injusta. Leemos en este libro el siguiente episodio en la vida de Anna Ajmátova:
“…A pesar de la partida de (Isaiah) Berlin, el año empezó bien. Firmé un contrato para una nueva antología de poemas y me invitaron a recitar mis poemas en el Salón de las Columnas de Moscú. Aplausos, gritos, ramos de flores lanzados al escenario. Después leí en el Bolshói de Leningrado. Hubo los mismos aplausos y los mismos ramos de flores lanzados al escenario. Pero Nadia Mandelstam, que había venido a pasar unos días conmigo, notó que nos hacían una foto con flash cuando entrábamos de noche en la Casa de la Fontanka. Yo no le di importancia. <Es solo magnesio>, le dije. Pero luego llegó el verano, y luego llegó el mes de agosto. Y justamente había acabado de comprar mi ración de arenques cuando me encontré al escritor Zóschenko por la calle. <Anna Andreiévna, ¿qué vamos a hacer ahora?>, me preguntó muy agitado. Yo no sabía de qué me hablaba. <Todo irá bien, no te preocupes>, le contesté, porque me dolió ver a Zóschenko, que siempre estaba de buen humor, tan apagado y tan nervioso.Pero luego, al llegar a la Fontanka, me enteré de lo que había pasado. El Comité Central del Partido Comunista había aprobado una resolución que nos condenaba a Zóschenko y a mí por nuestra estética decadente y burguesa. En la resolución se reproducían las palabras del camarada Zhdánov -era al que mi hijo había intentado matar según los delirios de nuestros chequistas-, quien aseguraba que mi poesía era obra de una <medio puta y medio monja>, o más bien de <una monja que era a la vez una puta y que alternaba la fornicación con las plegarias>. Todo lo que yo había escrito era la obra de <una dama medio loca de la aristocracia que se pasaba la vida correteando entre los encuentros amorosos y las capillas>. Me gustaría saber cuánto le pagaron al pervertido que escribió estas frases para el camarada Zhdánov, aunque ahora imagino que no le pagaron nada y que las escribió por puro deseo de lamer las botas de los poderosos y conseguir un piso mejor o un coche nuevo…”
Una mujer y poeta admirable Anna Ajmátova, un alma rebelde, como tantas otras escritoras silenciadas. Ella que escribió:
Soy vuestra voz, calor de vuestro aliento, El reflejo de todos vuestros rostros, Es inútil el batir del ala inútil: Estaré con vosotros hasta el mismo final.
Y por eso me amáis ávidamente, Con todos mis pecados y flaquezas, Y por eso me entregasteis sin mirar Al mejor de todos vuestros hijos, Y por eso no me preguntasteis Por ese hijo ni una sola vez, Y llenasteis con el humo de alabanzas Mi casa ya vacía para siempre. Y dicen que más estrechamente ya no es posible unirse Y que más irreversiblemente ya no se puede amar… Como la sombra quiere separarse del cuerpo, Como la carne quiere separarse del alma, Así deseo yo que me olvidéis vosotros.
(Para muchos, de Anna Ajmátova – Traducción de María Teresa León)
Tan valiente como Anna Ajmátova me parece Marjane Satrapi, la creadora iraní de esa novela gráfica llena de hondura que es Persépolis, con traducción de Carlos Mayor, editada por Reservoir Books. Me ha parecido embaucadora y muy aleccionadora esta historia (habría que escribirla con mayúsculas) de Irán a través de la propia vida de la autora. Su lectura desvela y revela lo que es el Irán de hoy, un país retrógrado y radical que cercena la libertad de sus ciudadanos, especialmente de las mujeres, de una forma lacerante. Muy recomendable su lectura.
Para acabar este corto recorrido por escritoras que han invadido agradablemente mi espacio literario, regreso a la Alhambra con la novela histórica de María Isabel Peral del Valle, titulada Dos hermanos en la corte de Muhammad el Zurdo, finalista del certamen de Novela Histórica Ciutat de Llíria – Francisco Gil de Moriana, en 2021.
Con una prosa rica y muy bien documentada, María Isabel Peral nos lleva hasta la Granada del siglo XV, para relatarnos los acontecimientos que cimentaron la caída y el fin de Al-Ándalus, las traiciones, las luchas intestinas, las venganzas y los intereses espurios que hundieron al reino granadino en una crisis de la que ya no pudo recuperarse. Interesantes los personajes reales creados por la autora. Leemos en esta novela:
“Cuando al amanecer amainó, Abdul se asomó a la desolación de aquel desierto de agua. Nada se veía en el horizonte, solo una línea gris plomo sin principio ni fin que sobrecogía el alma. El Zurdo permaneció toda la noche escrutando la mar, pensó Abdul, abrumado por el peligro de la tormenta. Después le confesó que más temía entrar en las aguas del de Aragón, atracar en Mallorca y que allí les emboscaran. Decidió, no fiándose del cristiano, cambiar el rumbo. Ordenó arriar en Vera, puerto musulmán. Lope Alonso, que iba en la otra galeota, continuó hasta Cartagena para llevar a los cristianos los ricos presentes del sultán de Túnez.
Llegaron a Vera en otoño. El Abencerraje, caíd de la ciudad, hizo lo necesario para inclinar al pueblo a la causa de Muhammad. Cuando desembarcaron, los recibieron con gran algarabía. Los caídes de Iznalloz y Mojácar lo aclamaron emir.
Descansaron apenas dos días para reponerse de la resaca. Partieron hacia Almería, a cuyas puertas los recibió una embajada de sometimiento.
Zhar, las mujeres y los niños se alojaron en aquella ciudad blanca, a esperar la rendición de la Alhambra. El resto de hombres capaces de batallar marcharon hacia Granada. Se unieron por el camino canteros de Macael y Albánchez, que como arma llevaban sus picos y mazas de trabajar el mármol. También los habitantes de Alcudia la Roja, que llegaron con tinas de agua dulce que abundaba en sus propias casas. Más los sederos de la Calahorra, que les entregaron sus ahorros. Conforme avanzaban, se le iban uniendo ciudades como Málaga, Ronda y otras poblaciones más pequeñas.
El Zurdo envió embajadores a las cortes cristianas para solicitar reconocimiento. La respuesta fue que se mantendrían al margen hasta divisar qué bando obtenía la victoria.
Lo de siempre, pensó el Zurdo, esperan que los granadinos nos destruyamos en guerras internas…”
Dos hermanos en la corte de Muhammad el Zurdo, ha sido publicada por Edeta Editorial.