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“…Salí a la calle, llevando una alfombrilla verde, vestido con chilaba y tocado con un fez.
-La noche vigesimoséptima es una noche de revolución -me había dicho mi tío.
-Una noche de fe – añadió Kenza.
-La Noche del Poder ( N.del T.: Laylatû lqadr, la noche del destino o la noche del decreto divino. Se trata de la vigesimoséptima noche del Ramadán en la que, según la tradición, todos los deseos son otorgados) -dijo mi madre.
Estaba chupando un dátil, el último que le quedaba del kilo que había traído el Señor de Medina. Preguntaron a la vez:
-¿A dónde vas?
-No lo sé -contesté-, a dar una vuelta por ahí, a callejear, a fumar y a beber en una taberna, tal vez entrar en una mezquita y en ese caso rezar a quien se me ocurra. Los negocios paternos todavía se resienten, no lo olvidéis.
Era la Noche del Poder. Un ulema de los Karauin había encendido un cirio de cera virgen al atardecer, y cuarenta alminares rutilantes de bombillas azules, amarillas, rojas y verdes se habían iluminado, cuarenta gargantas habían gritado la llamada a la fe, el contenido de las tiendas se había vaciado precipitadamente en las calles, mercados y andrajos perfumados con sándalo e incienso, y los que no creían creyeron, los que se arrastraban echaron a andar, surgían petardos y bengalas, transformándose en hogueras de leña por encima de las cuales saltaban, como se salta a la comba, agarradas de la mano o en corro, chiquillas y viejas, sin acordarse ninguna de que habían tenido hambre, sed, frío, calor, dolor en el alma y miseria en el cuerpo, y que la vieja había sido la chiquilla, y que ésta a su vez sería la vieja, desdentada, ajada, oliendo a estiércol, a reclusión, a clavo y a orina, y los mendigos en hordas engrosadas con los que lo serían mañana, que atravesaban la muchedumbre como los narcisos de nieve, llevando serones, cestos de palmito y sacos de yute en los que normalmente la caridad islámica debía verterse en monedas, pero en los que solamente caían higos agusanados, nueces podridas, trapos, restos viscosos de las cazuelas, zapatos viejos, ropa vieja, vuelve el año que viene, ya han pasado veinte de tus hermanos; secuencias temporales: esas manos que -tendones blancos, hoyos azulados entre tendones, nerviosas y despavoridas- reciben un mendrugo de pan y luego se transforman -dignas de una dina y de un calor humano- cuando llevan ese mendrugo a otro mendigo, que carece de pan y que solo tiene muñones, o es un lisiado sin piernas atado a un mojón de la esquina por miedo a que se le antoje echarse a rodar como un tonel y se pierda como un niño en este cataclismo de ruidos y vidas; secuencias también en ese par de ojos de granuja clorótico, en los que se plantan y se injertan sobreexcitaciones, luces y estruendo, y los cierra, como mi madre había cerrado los suyos en el autocar de Julio César, y se pregunta si no será que Dios, a la luz del cirio de cera virgen, ha dado rienda suelta a todas las criaturas del infierno para que confraternicen con los ángeles en esta Noche del Poder…”

“(…)
Apagué el cigarrillo.
-¿Ya no le gustan las metáforas?
-¿A dónde quieres ir a parar?
-Estamos en ello.
Mi colilla todavía se podía fumar. Tres o cuatro bocanadas le traen sin cuidado; y a mí me harán mucho bien. La vuelvo a encender.
-Aún podemos llegar a un acuerdo. Estoy dispuesto a olvidar todo lo que ha sucedido. ¿Qué digo?, ya lo he olvidado todo. Dispuesto a comerme las habas, a no dormir si le parece, a permitir a su esposa la transcendencia que está esperando -mírela: se ha engalanado- y mañana renacerá Dris, su hijo, y Dris, su esclavo. Con la condición…
-¿Condiciones? ¿A nosotros, condiciones? ¿Pero de quién se están burlando aquí?
Nos levantamos al mismo tiempo. Y mientras su tarbús rueda por el suelo, y yo apago el centímetro de colilla con los dedos, me pregunto si el mendigo se ha marchado, por qué el reloj no toca ya, qué hora puede ser, y si el gato ha decidido morirse.
-Con la condición…
-Nada de condiciones, ni de chantajes.
-¿Acaso va a soplarme encima y convertirme en cenizas? Ya no creo en las mil y una noches. Con la condición, digo, de que se resigne a cambiar su teocracia en paternidad. Necesito un padre, una madre y una familia. Y también indulgencia y libertad. Y si no, haber limitado mi enseñanza a la escuela coránica. Habas, esperas, oraciones, servilismo y mediocridad. Una ligera reforma que podría concederme, sin que por ello se atente contra soberanía puesto que sigo bajo su tutela. El borrico ha crecido y ahora necesita tres sacos de avena. Y no intente persuadirme de que precisamente usted no ha dejado de ser un padre fuera de serie, algo que yo no he dejado de ignorar. Porque le respondería que ese tarbús que nos separa es una calabaza. Bueno, ¿qué?
-¿Y si no?
-Si no, el segundo filo de la navaja. ¿Sentado o de pie?
-De pie, perro.
-Como usted quiera, un perro que lo va a morder. Pero antes reflexione. Confío en usted. Usted es inteligente, muy inteligente, inteligentísimo. Y sé que no tolera, no ya la idea de que me haya rebelado contra su autoridad (lo hice desde los cuatro años, usted lo sabía y lo aceptaba), sino que esta rebeldía haya podido alcanzar su objetivo. ¿La teocracia musulmana? La cuarta dimensión. Sin embargo, usted tiene que haber oído hablar de Atatürk. Si continúa revistiéndose con la toga de su intransigencia, habrá un segundo Atatürk. Aquí. Ahora mismo. ¿He sido claro?
He entrecortado las palabras, gritándolas o susurrándolas, me trae sin cuidado, y además eso no es lo esencial. Cincuenta y ocho años, barba negra, calvo, y buena presencia, reducido a sí mismo, lo quiero mucho. En Europa hubiese sido un mediocre tendero o un íntegro funcionario.
-¿Has terminado?
-Creo que sí.
-Sal.
Esa breve palabra arrojada con la punta de los labios: igual que un salivazo.”

DRIS CHRAIBI
