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«EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS», UNA NOVELA DE LEONARDO PADURA

 

El escritor cubano Leonardo Padura nos propone, en su novela El hombre que amaba a los perros, reconstruir el asesinato de Liev Davídovich, es decir, León Trotski, en un interesante juego narrativo. Para ello, entrelaza las vidas de Liev Davídovich y la de su ejecutor, el español Ramón Mercader, en historias paralelas hasta que al fin ambas se unen en un destino macabro e insalvable; y entre medias, la propia del narrador que nos habla desde una Cuba decadente y desilusionada que no es sino el reflejo de lo que nos relata sobre los dos protagonistas y la caída del sueño revolucionario, como si todo se repitiera de manera cíclica.

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Esta novela nos desvela quién fue Ramón Mercader, y contemplamos su recorrido vital no sin cierto desconcierto, porque, a fin de cuentas, a lo que asistimos es al retrato de un hombre que, aferrado a sus convicciones políticas, fue incapaz de ver la realidad del sistema estalinista que lo utilizó desde el comienzo como un simple peón que necesitaban para deshacerse de alguien muy molesto para el régimen ruso. Y esas convicciones arrancan de su juventud, de la guerra civil española, de su creencia irrenunciable de estar actuando de la manera correcta.

   “…En el lujoso Hispano-Suiza en que se desplazaba, África lo había llevado a recorrer los arrabales y los pueblos cercanos a Barcelona para que Ramón viera el caos al que trotskistas y anarquistas estaban llevando el país. Fuera de las Ramblas y los centros neurálgicos de la ciudad, se había instalado una lamentable desolación, con calles interrumpidas por absurdas barricadas, fábricas paralizadas, edificios saqueados hasta los cimientos, iglesias y conventos convertidos en ruinas carbonizadas. África le contaba de los fusilamientos ejecutados por los anarquistas y de cómo crecía entre los obreros el temor a expresar sus opiniones. La clase media y muchos propietarios de industrias habían sido despojados de sus bienes, y el proyecto de crear una industria militar navegaba por un mar de voluntarismos sindicalistas. La escasez de productos se había adueñado de tiendas y mercados. La gente tenía entusiasmo, era cierto, pero también hambre, y en muchos lugares el pan solo podía ser adquirido tras largas colas y únicamente si se tenían los cupones distribuidos por anarquistas y sindicalistas, convertidos en dueños de una ciudad en la que el gobierno central y el local apenas eran referencias lejanas. Aunque los anarquistas aseguraban que haber entrado en una era de igualdad bastaba para mantener el apoyo de unas masas esclavizadas por siglos, África se preguntaba hasta cuándo duraría el entusiasmo, la fe en la victoria.

-Esta República es un burdel y hay que meterla en cintura.

Ahora, en un lapso de pocos meses, cuando volvía del olor a sangre y de los rugidos de un frente donde caían diariamente jóvenes como su hermano Pablo o su amigo Jaume, Ramón se encontraba una ciudad cansada, más aún, desencantada, asediada por las escaseces y ansiosa de regresar a una normalidad quebrada por la guerra y los sueños revolucionarios. Era como si la gente solo aspirara a llevar una vida común y corriente, a veces incluso al precio infame de la rendición. Pocos días antes, el devastador ataque de los franquistas sobre Málaga, donde la infantería y la marina rebeldes, con el apoyo de la aviación y las tropas italianas, habían masacrado a los que escapaban de la ciudad, había hecho mella en la fe de la gente…”

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RAMÓN MERCADER tras su arresto

La novela es además un fresco histórico gigantesco de los años que transcurren desde la guerra civil española hasta la muerte de Ramón Mercader: pasamos por la guerra mundial, por el exilio itinerante de León Trotski, por la preparación del atentado, por las vidas privadas y singulares de los personajes que vivieron en primera persona esos acontecimientos, y somos testigos de cómo Ramón Mercader fue aleccionado e instruido para alcanzar su objetivo, y de cómo Trotski, en paralelo, seguía luchando por sus ideales, ya a años luz de distancia de las de su enemigo mortal Josef Stalin. Demoledora la visión de Leonardo Padura del sistema comunista soviético, de su deformación y de su transformación en el monstruo que llegó a ser, capaz de acabar con sus propios compatriotas y con sus propios seguidores; y melancólica y desilusionada su recreación de la Cuba en la que el narrador vive mientras va reconstruyendo esta historia que acaba por escribir.

Una novela que es además sumamente detallista, que entra en los vericuetos más íntimos de la vida de Ramón Mercader y en la de los hombres y los nombres tras los que se disfrazó para llegar hasta su objetivo. Fascinante su Jacques Mornard y su manera de moverse en el submundo de las intrigas, del espionaje, de la traición y de la muerte. Impresionante también el personaje de Caridad, la madre de Ramón. Y efectivo y sugerente la recreación que Padura hace de Trotski, de su estado de ánimo en cada etapa de su largo exilio, de sus reacciones ante los acontecimientos terribles que suceden en la Unión Soviética y, por supuesto, de su estancia en la Casa Azul de Diego Rivera y Frida Khalo.

“Una noche de finales de marzo, terminada la cena, Natalia, Jean van Heijenoort y Liev Davídovich, junto a los moradores de la Casa Azul, prolongaron una de las amables veladas en las que, con frecuencia, se le exigía al exiliado que narrara los más disímiles recuerdos de su existencia. Como se sentía animado, se lanzó a relatar la historia de su relación con el mariscal Tujachevsky, el joven y elegante oficial que, en los días de la guerra civil, gracias a su capacidad como estratega, había sido bautizado como <el Bonaparte ruso>. Natalia, que conocía aquellos episodios y entendía poco y mal el inglés que utilizaban como lengua franca, fue la primera en retirarse, y de inmediato la siguió Rivera, quien ya almacenaba en su sangre una cantidad impresionante de whisky. Frida, vencida por el sueño, fue la siguiente, y entonces Von Heijenoort se esfumó, discretamente.

La sonrisa de Cristina, el vino ingerido y las ansias acumuladas por varias semanas de cercanía provocaron la previsible explosión. Más de una vez, en cenas y paseos, Liev Davídovich había deslizado una mano hacia las piernas o los brazos de Cristina, solo como un juego cariñoso, y ella, coqueta y delicadamente, siempre con una sonrisa, había impedido cualquier avance, aunque sin disuadirle del todo, sugiriendo quizás que escarceos y sonrisas eran parte de un rito de acercamiento al que por fin el hombre se lanzó esa noche. Entonces, para su sorpresa, ella lo detuvo y le pidió que no confundiera admiración y afecto con otros sentimientos. Sin entender la reacción de una mujer que hasta ese momento parecía aceptar sus insinuaciones, Liev Davídovich se quedó mudo, con los deseos congelados.

Molesto por el fracaso, avergonzado por haber cedido a un impulso que ponía en peligro su relación con los dueños de la casa y, peor aún, la solidez de su matrimonio, el hombre se llamó a la cordura para desterrar el alarido hormonal que lo había superado. Se impuso pensar si sus intenciones con la joven no habían sido más que una embriaguez pasajera provocada por el magnetismo de una piel tersa: una manifestación absurda de la fiebre de la cincuentena, se dijo.

Cuando Frida se enteró de lo ocurrido, ella misma asumió el papel de confidente y le ofreció el magro consuelo de ponerlo al día de los desmanes sexuales de su hermana, tan aficionada a aquellos juegos de calentamiento de varones e, incluso, al más sórdido engaño: Cristina había sobrepasado todos los límites cuando se metió en la cama con el mismísimo Diego, algo que Frida se había tragado, aunque nunca les perdonaría ni a su marido ni a su hermana. La ternura y la comprensión de la pintora, salpicadas de coquetería, llevaron a Liev Davídovich a preguntarse si no habría calibrado mal sus posibilidades, y empezó a redirigir sus intenciones, que pronto adquirieron una vehemencia avasalladora, capaz de alterar sus horas de vigilia y de sueño con la imagen de la mujer que le había confiado tan íntimas revelaciones…”

Cuando llegamos al instante crucial del asesinato de Liev Davídovich, hemos compartido su vida, sus creencias, sus derrotas y sus pírricas victorias, y con él la de Ramón Mercader, como dos espejos que se reflejasen y se repeliesen; pero sobre todo hemos transitado durante años en un largo viaje cuyo destino solo es la muerte y la destrucción.

Leonardo Padura ha sabido aunar Historia en mayúscula con la historia más cercana a la realidad, y como si de una novela de intriga y suspense se tratara, incluso consigue que dudemos en algún instante si el hecho luctuoso se producirá al final o no, como si Ramón Mercader hubiese podido cambiar de idea en esta novela o como si alguien o algo hubiera podido evitar lo que ya está escrito por la Historia.  

“…Solo si se producía una milagrosa conjunción de casualidades lograría salir de la casa tras asestar el golpe, y tuvo la certidumbre de que, si se atrevía a darlo, algo ocurriría y se le troncharía aquella ínfima opción. La próxima vez que entrara en la fortaleza, tal vez conseguiría sobreponerse y matar al hombre más perseguido del mundo, el anciano cuya respiración podía escuchar, a dos pasos de él; cuyo cráneo seguía invitándolo. Sin embargo, ahora estaba completamente seguro de que él no lograría escapar. En realidad, ¿estuvo alguna vez prevista la fuga? Se convenció de que sus jefes sin duda preferirían que lograse salir de la casa, pero que lo consiguiera o no, eso carecía de importancia, y Ramón comprendió que lo habían destinado a cometer un crimen que, a la vez, sería un acto suicida. Más aún: su mentor había diseñado aquel montaje con tal maestría que, en el desenlace, el propio condenado se encargaría de fijar la fecha de su muerte y, para alcanzar la máxima perfección, también la de su victimario. Y comprendió que su inmovilidad respondía a aquella macabra coyuntura, capaz de dominar su cuerpo y su voluntad…”

Un libro, en fin, que se lee con sumo placer porque una vez sumergido en sus páginas es muy difícil no seguir entre ellas y empaparse de su ágil y excelente prosa.

El hombre que amaba a los perros ha sido publicado por Tusquets.

Sergio Barce, diciembre 2020

 

LEONARDO PADURA
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LA FRONTERA LÍQUIDA Y REMEDIOS SÁNCHEZ

 

El libro La frontera líquida. Estudios sobre literatura hispanomagrebí, editado y coordinado por José Sarria y Manuel Gahete, y publicado por Tirant Humanidades (Valencia, 2019), se recogen todas las ponencias y estudios presentados en el Congreso celebrado en Córdoba en el mes de noviembre de 2019, en el que tuve la fortuna de participar. Sigo ofreciendo extractos de cada uno de los artículos recogidos en este volumen.

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El segundo que os traigo es la ponencia de Remedios Sánchez, muy interesante y necesaria en estos días, que tituló Aquellas revistas de los cincuenta: Al-Motamid y Trina Mercader como adalid de la convivencia cultural hispanomarroquí, del que extraigo los siguientes párrafos:

“…bajo esas premisas de convivencia forzada (el Protectorado español en Marruecos), ¿qué sucede con la cultura? Escribe Trina Mercader, residente en ese momento en Larache, algo que refleja muy bien la realidad histórico-social y cultural de ese momento:

<Larache poseía, en lo cultural, un ambiente oficial mantenido por las Autoridades españolas, en lo que fue Protectorado español. Una serie de actos como conciertos, conferencias, exposiciones, que iban destinados a la intelectualidad española, a los que asistía algún marroquí joven. Estos actos estaban impulsados por la mecánica proteccionista, ensalzando la superioridad del país protector sobre el país protegido. La cultura española, venía a decir, es superior a la cultura marroquí, siempre silenciada. Esta situación artificial, producto del comportamiento político, daba lugar a un desprecio mutuo, que por mutuo nos equilibraba.>

Al-Motamid se funda como herramienta para favorecer el diálogo intercultural, desde la conciencia de un nutrido grupo de escritores, liderados por Trina Mercader, de que <la cultura viva de Marruecos existía. Bastó que alguien la convocara sin otros intereses que los estrictamente culturales, para que hiciese acto de presencia>. Al-Motamid, que se publica desde su fundación de manera bilingüe (español y árabe), concita el interés de los escritores jóvenes de ambas lenguas que iniciaban su carrera, tal y como ha estudiado Fernández Hoyos.

Ya desde el mismo nombre de la revista, tomándolo del último rey abadí de la taifa de Sevilla, amante de la poesía, género al que se dedicó activamente, resulta una declaración de intenciones y pretende propiciar sinergias porque, como escribe la propia Mercader, la publicación <aparece bajo la advocación de Al-Motamid, como homenaje al pueblo hermano, con impulso de sincera cordialidad…>

(…) Al equipo de la revista donde Trina ejerce como directora se suman, desde el número ocho, autores melillenses como Jacinto López Gorgé (el responsable de la otra publicación imprescindible de semejante perfil, Ketama, suplemento de la revista de investigación Tamuda, publicada entre 1953 y 1959), Pío Gómez Nisa, Eladis Sos o Juan Guerrero Zamora. Por la parte árabe, los primeros traductores son Driss Diuri (como figura esencial en la primera etapa), Abdel Malik Nader y Ahmed Tadlaui. Conforme avanza Al-Motamid (a partir del sexto número, en 1947, se amplían las traducciones de autores que escriben en lengua árabe); se incorporan, bien de manera habitual, bien de forma esporádica, Nayib Abu Malham, Ibn Azzuz Haquim, Muhammad al Arabi al Jattabi, Mohammed Ailzani, Muhammad Sabbag o Amina al-Loh para la traducción del árabe.

Son años duros los primeros de la publicación, pero con mucha ilusión por parte del equipo encabezado por nuestra escritora; en él se da cabida a voces que se inician y a poetas consagrados en ambas lenguas para mutuo conocimiento; entre los árabes, Abdelkader El Mokkadam, traducido por Driss Diuri; Mohammad Al-Boanani, Ibrahim al-Ilgui, Abdallah Guennun, Idris El Ya´i, Mijail Naima, Bulus Salama, la palestina Fadwa Tuqan, el chileno de origen sirio Benedicto Chuaqui, el tunecino Abulqasim al-Shabbi o el egipcio Ali Mahmud Taha. Por la parte española, encontramos la firma de Carmen Conde, Vicente Aleixandre (fascinado por el trabajo de Trina para sacar adelante la revista), Rafael Alberti, Pablo Neruda, Luis López Anglada, Miguel Fernández, José Hierro, Leopoldo de Luis, Leopoldo Panero, Rafael Laffón, la propia Trina Mercader, Jacinto López Gorgé con sus acercamientos -traducidos al árabe- a la realidad de la poesía española, etcétera (se trata de una extensa nómina de colaboradores); o los grandes arabistas del momento: Emilio García Gómez, Pedro Martínez Montávez, Soledad Gibert, José María Casciaro, Fernando de la Granja y Enrique Perpiñá, Es decir, una nómina verdaderamente significativa que revela la magnitud del trabajo llevado a cabo por la alicantina.

(…) …eso era lo que buscaba: un equilibrio cultural , conocer la cultura del otro desde el respeto mutuo y el amor compartido por la literatura…”

Continuará con los siguientes ponentes.

Sergio Barce, diciembre 2020

 

REMEDIOS SÁNCHEZ
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«EN EL NOMBRE DE PADRE», UNA NOVELA DE LUIS SALVAGO

Últimamente, cuando me aventuro a leer una novela ambientada en Marruecos, en especial en Tánger, que es la ciudad que acapara últimamente el foco literario, lo hago con cautela y hasta con cierta reticencia. Empiezan a cansarme esos libros (algunos con cierto éxito) en los que, desde el comienzo, te das cuenta de que el escritor no conoce en absoluto Marruecos, ni a su gente, ni siquiera a la ciudad en la que ambienta su trama, y que bien podría haberla situado en Estambul o en Barcelona, porque no habría diferencia alguna. Repudio las novelas en las que el lugar donde transcurre la historia que me cuentan es de cartón piedra.

Acabo de leer En el nombre de Padre, de Luis Salvago. Luis y yo nos conocemos virtualmente, pero nos comunicamos con bastante asiduidad. Sabía que había logrado el premio Vargas Llosa con esta novela, pero apenas había reparado en su argumento hasta que ayer sábado me llegó el volumen. Leí en la contraportada que el protagonista era un joven de Tánger, y que la época en la que se desarrolla son los años de la guerra civil… Lo confieso, eso hizo que entrara con aprensión en la novela, pero me he leído sus 332 páginas en dos sentadas y me he puesto en seguida a escribir de ella. Todo eso significa que me ha parecido magnífica, que el Marruecos que Luis Salvago describe, tanto Tánger como Cabo Juby, no son un mero decorado, y que su visión del estallido de la guerra civil española no es la visión manida de siempre.

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Su narrativa, como demuestran los siguientes párrafos, es aguerrida y firme.

“…En Tánger, la despedida es un acto social extremadamente frecuente. Le gente llega, establece un negocio, escapa del matrimonio, busca un matrimonio, huye de la ley, se alista en el Ejército, deserta, entra en el juego, sale del juego, bebe, fraterniza con los moros, los detesta; se piensa en Tánger como un lugar de tránsito, donde la gente no viene para quedarse, sino para tentar a la suerte. Podría pensarse que se vive con sensación de perpetua provisionalidad, pero eso no es del todo cierto: en la conciencia colectiva de los ciudadanos existe la abstracta creencia de que aquel que se va siempre puede volver. Nada es definitivo, nada es absoluto. De modo que una despedida nunca es trágica, a no ser que su destino sea el camino de un cementerio.

Al llegar a la calle Ohm descubrimos que habíamos caminado en dirección contraria. Volvimos sobre nuestros pasos, atravesando la medina. La ropa tendida ondeaba en las azoteas y ventanales. En el suelo, los gatos se alimentaban de los restos de comida que la gente abandonaba en los rincones. Los niños gritaban y corrían persiguiéndose sobre la acera húmeda. Se escuchó de pronto un ruido de motor, parecido al que mi madre hacía con su antigua máquina de costura; al poco vimos cruzar por encima de nuestras cabezas dos biplanos Breguet XIX que apenas duraron dos segundos en el espacio entre los edificios. Aquello también era provisionalidad: los aviones, las estaciones de tren, los puertos de mar y las sirenas de los barcos evocan provisionalidad. Mariza hundió más su cabeza en el suelo. Los bordes de la toca ya le cubrían parte de los ojos cuando llegamos a la entrada y un vigilante nos abrió la puerta.

Las copas de las higueras cubrían los flancos del cementerio y, bajo la sombra de sus grandes hojas, Mariza se encorvaba todavía un poco más. Creo que asociaba el olor de la fruta macerada a la descomposición de la carne y a una idea de acabamiento, y parecía encogerse y hacerse pequeña como si pretendiera desaparecer. Estaba hermosa, cierto, siguiendo mis pasos, acongojada en apariencia ante el desfile de tumbas, de silencios y de flores muertas. Pero, ¿a quién no le viene bien una cura de realidad?

Tal vez la visión de los aviones y esa precipitación a lo escabroso hizo que para una vez que Mariza abría la boca me hiciera una pregunta inconveniente:

-¿Crees que habrá una guerra?”

Los personajes, bien construidos, sólidos, nos sumergen en la vida cotidiana de Tánger, pero el padre del protagonista, al que se conoce como el Matarife, esconde tantos secretos y muestra tal grado de insensibilidad que la historia se torna inquietante. Ese padre que vive obsesionado con sus ideales políticos y con las armas, ese padre que instruye a su hijo para un destino que cree sublime y que supone ya escrito, ese padre que es capaz de convertir a su hijo en un potencial asesino… Así dicho, parece una historia imposible o excesiva, pero Luis Salvago escribe con tal soltura, con tanta seguridad, que a través de sus páginas nos vemos arrastrados por esta febril relación paternofilial que es a un tiempo original y visceral, distinta y sorprendente.

Hay instantes de tensión que deja al lector descolocado, asombrado de que alguien pueda actuar de esa manera para que sus ideas y principios calen en un hijo. Pero es a partir de la ausencia de ese padre, sin embargo tan omnipresente, cuando las páginas pasan una tras otra, y yo, como lector, me dejo llevar embaucado por una historia apasionante, amarga y dura, sin duda, pero hipnótica. Porque cuando León, el protagonista, ese hijo que vive en cierta manera aplastado por la pesada sombra de su padre, llega a su destino como soldado, a Cabo Juby, entramos en otra dimensión. Es ahí donde Luis Salvago despliega una narrativa aún más atractiva, más envolvente, y crea un microcosmos plagado de sensaciones y de sentimientos. El desierto, el silencio, la soledad, la ausencia y el destierro, pero también la pasión, el amor, la amistad, la honestidad, la cobardía, el perdón y la traición. Hay muchos temas que la pluma de Luis Salvago sabe encajar de manera casi matemática, sin que nada sobre, sin que nada falte.

Y crea la atmósfera perfecta en cada escena que imaginamos, como cuando comienza el levantamiento de las tropas en Marruecos contra el Gobierno legítimo de la República. Leyéndolo, uno se hace una idea cabal y muy creíble de lo que sucedió esos días en los cuarteles.

“…Entraron tres hombres: un capitán y dos tenientes, a una cierta distancia de él. Llevaban pistolas y apuntaban al techo con ellas. Cuando alcanzaron el centro de la sala se detuvieron. El capitán dio entonces dos pasos adelante, tan cerca de nosotros que podía ver el brillo de sus botas, las más limpias que vi en mi vida. Su expresión era severa y no podía anunciar nada bueno. Una vez se hubo asegurado la atención se aclaró la voz.

-Voy a pronunciar unas palabras -dijo-. Espero de ustedes una respuesta. De todos ustedes -insistió.

Se quedó en silencio. Comenzó a recorrer con la mirada cada uno de los rostros, uno por uno, despacio, tal como si los fuera dibujando en un papel imaginario con un lápiz imaginario.

-Piensen antes de responder.

La advertencia dejó a todos sobrecogidos. No a Demetrio, él buscaba citas en Vuelo nocturno, esperaba sorprenderme. De modo que yo me distraía con el brillo de unas botas y él se sumergía en la profundidad de la lectura.

El capitán se volvió hacia uno de los tenientes, le dijo algo al oído y este, con resolución, elevó más la pistola, estiró el cuello y gritó:

-¡Viva la República!

Los sonidos fueron absorbidos, devorados por un significado que, sin embargo, resultó incomprensible. Las gargantas crepitaron, alguien arrastró una silla y cayó al suelo. Muchos se quedaron a medio camino de levantarse, a medio camino de sentarse, a medio camino de todo. Por un momento temí escuchar a Sebastián, que hubiera aparecido a mis espaldas y no descubriera que esas palabras de euforia encerraban una trampa. Lo busqué a voleo entre la gente. ¡Qué expresiones de desconcierto encontré en esas miradas! Eran palabras incongruentes, inesperadas. Como tirarse al río y no mojarse. Estaban aturdidos, como yo. Alguien alzó el puño, un soldado de Aviación. <¡Viva la República!>, gritó. Se le rompió la voz, de tanto entusiasmo. Se unieron más voces aquí y allá, arrastradas todas por un misterioso fervor. El capitán los contaba, sus ojos iban y venían, se posaban en uno, luego en otro, con insistencia, dibujaba un esbozo con las pupilas, este trazo aquí, este otro allá. Yo imaginaba a cada uno de ellos con su expresión de arrebato, la ropa revuelta, sus figuras impresas en una lámina de Padre: La libertad guiando al pueblo. Solo que en esa escena imaginada no existía libertad que guiara, ni bandera a la que seguir, porque los colores se volvían confusos, imposibles de identificar. Tres más sentados a una mesa, también de Aviación, se levantaron, hicieron suya la proclama, aunque ya con cierta tibieza. Su determinación no era la misma que la de los primeros, porque en el último instante, probablemente, habían atisbado la mentira y, sin embargo, no pudieron dominar el impulso.”

León se convierte en lo que la vida le tenía predestinado, de manera insoslayable: en un soldado de la Compañía Disciplinaria destinada en Cabo Juby, en un fusilador. Y es ahí donde se introduce un elemento perturbador que le sirve al autor para plantear una visión del conflicto civil desde una perspectiva asombrosa, y, además, para ahondar en la disyuntiva moral y ética del hombre que ha de ejecutar a otro por orden de la superioridad.

La novela es ágil al introducir entre tanto dolor y tanto desasosiego una extraña y sugerente historia de amor entre León y una periodista, anclada en ese lugar perdido de dios. Pero es en el desenlace de todas las historias que se han ido entrecruzando cuando la novela nos coge por sorpresa y evita lo predecible, dejándonos noqueados.

Es esta una historia de perdedores: la de esos españoles a los que el levantamiento contra la República los sorprendió en el lugar equivocado o la de esos españoles que se plegaron a las circunstancias por cobardía o por pura supervivencia, la de esos españoles que lucharon contra sus propios ideales y contra su propia gente. No hay vencedores ni victoria que celebrar, sino un silencio que llega del desierto, desde lo más lejos, un silencio que nos abruma.

En el nombre de Padre es una novela exquisita, poderosa, excelente. 

Ha sido publicada por La Huerta Grande Editorial.

Sergio Barce, noviembre 2020

LUIS SALVAGO

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«ASÍ HABLABA AL-BUHALI», UN LIBRO DE AHMED EL GAMOUN

 

Conozco a Ahmed el Gamoun desde hace años. Hemos coincidido en varios actos y encuentros literarios, tanto en Málaga como en Tánger y Casablanca. Siempre me ha parecido un hombre discreto, prudente y que nos observa a todos con sus pequeños ojos con una cierta distancia, analizándonos con la intensidad de quien ya sabe de qué va todo, probablemente buscando material para sus estudios y para sus relatos. Es callado, pero cuando toma la palabra, cuando se enfrenta a su pasión, la literatura y lengua españolas, su verbo se hace incontenible.

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Me llega su libro de relatos Así hablaba Al-Buhali, editado en 2019 por Editorial Diwan, de Madrid (a la que debemos mucho todos los autores y estudiosos de la literatura relacionada con Marruecos). Y, tras leer estos cuentos, uno tiene la sensación de haberse sumergido en un mundo muy particular y privado, el mundo de El Gamoun.

Poseedor de un español escrito que muchos narradores hispanos envidiarían (no olvidemos que la lengua materna de Ahmed el Gamoun es el árabe, que es natural de Khenifra, al sur de Marruecos, es decir, de la zona en la que la influencia del español es prácticamente nula), sus relatos se ofrecen a la lectura con una sencillez y una fluidez pasmosas, y hay en su mirada una acidez crítica no exenta de fino humor e ironía, pero sin olvidar nunca su obsesión intelectual: la de convertir el idioma español en nexo de unión entre dos culturas que se miran a pocos kilómetros de distancia, pero que, a veces, parecen vivir de espaldas una de la otra. El Gamoun es de esos pequeños colosos que se afanan por derribar murallas y cercas. Su visión humanista empapa sus palabras.

En este libro destacaría en especial cuatro relatos: La higuera, El joker, La Atlántida, un cuento original y contra corriente en su manera de abordar el problema de la emigración clandestina, y, por encima de todos, el titulado La pensión Atocha. Rico relato que hará las delicias de un buen lector de narraciones cortas. Posee frescura, humor, una mordaz visión de las relaciones humanas, y una foto fija muy acidulada de su propia experiencia vital en la capital de España.

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Extracto de La pensión Atocha:

“…Al reparar que yo no comía cerdo y andaba siempre con el mismo menú, tortilla de huevos, trocitos de atún o sardinas a la plancha, se atrevió a reprocharme un día:

-La verdad es que los moros sois unos tontos al no comer cerdo. ¡Qué fiambres, qué chorizos os perdéis! -Fue a la nevera y sacó un trozo de jamón-. ¡Mira qué maravilla! -Me decía con el trozo de carne en la punta de mi nariz-. Es una carne muy limpia porque el cerdo come bellotas y se cría fácilmente. Así habrían resuelto su hambre endémica y no tendrían que perecer en pateras.

Su tono reprobador y sarcástico llegaba al colmo cuando, al terminar yo de comer, me veía sacar mi pequeña tetera. Paraba de comer y se complacía siguiendo mis gestos y reparando cómo iba pasando alternativamente el dorado líquido del vaso a la tetera. Y para acicatear más su curiosidad, yo ponía mucha diligencia al tomar el primer sorbito como un añejo catador. Rompió a reír.

-¡Madre mía! -Dijo, atónita-. ¿Cómo os atrevéis a beber tan caliente brebaje y con este calor? ¡Qué gente tan rara! -Se santiguó.

Con el vaso de té en la mano, le contesté:

-El mejor antídoto contra el calor es el calor; contra el veneno es el veneno; contra una mujer, es otra mujer, ¿no?

-¡Ah!, en asuntos de mujeres sois los más doctos, si yo fuera una mora -dijo con los dientes apretados- a cualquier otra mujer que se atreviera a compartir mi cama le estamparía esta sartén en la cara.

El desafío no paraba en estas amonestaciones. Se levantó y sacó de la nevera una botellita de San Miguel que puso frente a la alargada nariz de la tetera.

-¡Mira qué frescura! -Enseñándome el chispeando líquido que iba llenando la copa-. Nada en el mundo puede apagar la sed como una cervecita fresquita. Quien diga lo contrario es un chiflado.

Sobre la mesa la botellita de cerveza y la tetera sostenían un simbólico duelo. Dos emblemas aparentemente inconciliables: calor y frío, sol y nieve, Oriente y Occidente, media luna y cruz…, dos manos que comían de dos platos diferentes en una mesa convertida en un reducido espacio bélico. Dos personas cara a cara, atrincadas cada una en su caparazón cultural…”

Y tras su socarronería, un emocionante relato que enternece y que llega a lo más hondo. Habría que quitarse el sombrero solo por su valiente desafío: escribir sus obras en español.

Así narra el profesor Ahmed el Gamoun.

Sergio Barce, noviembre 2020

 

CASABLANCA – Paula Carbonell, Mohamed el Morabet, Aziz Amahjour, Mohamed Abrighach, José Sarria, Sergio Barce, Boujemaa El Abkari y Ahmed el Gamoun

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EL GRAN ESPEJO (THE BIG MIRROR), UNA NOVELA DE MOHAMED MRABET

“Sentado allí solo, meditando sobre los últimos acontecimientos, Ali se convenció de que Rachida, al no haber conseguido cortarle el cuello a él, había matado a aquel hombre en su lugar. Estaba seguro de que había sido el grito de la chica del espejo lo que le había salvado. Y al mismo tiempo, esas dos ideas le parecían absurdas.

Rachida era su mujer y como la amaba no podía soportar la idea de que se estaba volviendo malvada.

Entonces recordó que la enfermedad de la belleza hacía que lo irreal se asemejara a lo real. Ali se sentía poseído por el mal, al borde de algo peligroso y maligno. Se echó a llorar.

Los trabajadores que pasaban cerca de la caseta, al oírlo, se paraban y llamaban a la puerta para ver si se encontraba bien.

Seguid con vuestro trabajo. Sé lo que me vais a decir. El mayor favor que me podéis hacer es dejarme solo.

Ali se incorporó, sintiendo que la boca oscura de la enfermedad se estaba aproximando, preparado para tragárselo. A veces la percibía tan cerca que podía notar cómo lo tocaba. En su mente flotaba la imagen de una tela blanca manchada de rojo. Al recrearse con detenimiento en aquella visión, le recorrió de repente una enorme ola de felicidad.

Sí, un musulmán vestido de blanco y con algo de sangre. Rachida tenía razón. Es como vestir seda y tomar miel…”

EL GRAN ESPEJO portada

Este fragmento pertenece a la novela El gran espejo (The big mirror) de Mohamed Mrabet que, en su momento, transcribió Paul Bowles. Acaba de ser editada por Cabaret Voltaire con traducción del inglés de mi querido amigo Alberto Mrteh, de lo que me alegro especialmente.

Narración ambientada en Tánger, aunque la ciudad en este caso no es ningún personaje relevante, se trata de un cuento fantástico, que se mueve entre lo gore y lo fantasmagórico. Intuyo trazos e influencias de Bowles en cuanto a ese tipo de tramas en las que la presencia de la brujería y de lo mágico marroquí siempre lo atraían de manera casi desaforada. Pero en este caso, la historia de Mrabet es algo menos contenida, y la novela parece querer dar algún quiebro o giro para dar a continuación un paso más retorcido que el anterior, tal vez en busca de aliento o de un hilo conductor, pero no estoy seguro de que termine de cuajar. Al menos es mi sensación. 

Es curiosa, sin embargo, esta historia de amor arrebatado y de locura contagiosa, que posee entre sus párrafos escenas de gran fuerza sensitiva y de una poderosa sensualidad, algo que tal vez pueda sorprender a lectores poco habituados a la narrativa marroquí. Pero echo en falta probablemente la fascinación que me han causado los anteriores libros de Mohamed Mrabet. Quizá la vida de la calle, la vida dura e inmisericorde de la calle, que tan bien conoce y que tan bien plasmó en Amor por un puñado de pelos (Love with a few hairs) y en El limón (The lemon) sea el terreno en el que Mrabet mejor relata y que a mí, personalmente, es la que me llega a las entrañas. No obstante, El gran espejo se deja leer gracias a la reconocible sencillez de su forma de contar y es seguro que embrujará a los lectores que busquen precisamente ser hechizados por alguna historia nada realista o ser desbordados por algo inesperado.

Sergio Barce, noviembre 2020

Alberto Gómez Font y Mohamed Mrabet

Alberto Gómez Font y Mohamed Mrabet

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