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“ASÍ HABLABA AL-BUHALI”, UN LIBRO DE AHMED EL GAMOUN

 

Conozco a Ahmed el Gamoun desde hace años. Hemos coincidido en varios actos y encuentros literarios, tanto en Málaga como en Tánger y Casablanca. Siempre me ha parecido un hombre discreto, prudente y que nos observa a todos con sus pequeños ojos con una cierta distancia, analizándonos con la intensidad de quien ya sabe de qué va todo, probablemente buscando material para sus estudios y para sus relatos. Es callado, pero cuando toma la palabra, cuando se enfrenta a su pasión, la literatura y lengua españolas, su verbo se hace incontenible.

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Me llega su libro de relatos Así hablaba Al-Buhali, editado en 2019 por Editorial Diwan, de Madrid (a la que debemos mucho todos los autores y estudiosos de la literatura relacionada con Marruecos). Y, tras leer estos cuentos, uno tiene la sensación de haberse sumergido en un mundo muy particular y privado, el mundo de El Gamoun.

Poseedor de un español escrito que muchos narradores hispanos envidiarían (no olvidemos que la lengua materna de Ahmed el Gamoun es el árabe, que es natural de Khenifra, al sur de Marruecos, es decir, de la zona en la que la influencia del español es prácticamente nula), sus relatos se ofrecen a la lectura con una sencillez y una fluidez pasmosas, y hay en su mirada una acidez crítica no exenta de fino humor e ironía, pero sin olvidar nunca su obsesión intelectual: la de convertir el idioma español en nexo de unión entre dos culturas que se miran a pocos kilómetros de distancia, pero que, a veces, parecen vivir de espaldas una de la otra. El Gamoun es de esos pequeños colosos que se afanan por derribar murallas y cercas. Su visión humanista empapa sus palabras.

En este libro destacaría en especial cuatro relatos: La higuera, El joker, La Atlántida, un cuento original y contra corriente en su manera de abordar el problema de la emigración clandestina, y, por encima de todos, el titulado La pensión Atocha. Rico relato que hará las delicias de un buen lector de narraciones cortas. Posee frescura, humor, una mordaz visión de las relaciones humanas, y una foto fija muy acidulada de su propia experiencia vital en la capital de España.

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Extracto de La pensión Atocha:

“…Al reparar que yo no comía cerdo y andaba siempre con el mismo menú, tortilla de huevos, trocitos de atún o sardinas a la plancha, se atrevió a reprocharme un día:

-La verdad es que los moros sois unos tontos al no comer cerdo. ¡Qué fiambres, qué chorizos os perdéis! -Fue a la nevera y sacó un trozo de jamón-. ¡Mira qué maravilla! -Me decía con el trozo de carne en la punta de mi nariz-. Es una carne muy limpia porque el cerdo come bellotas y se cría fácilmente. Así habrían resuelto su hambre endémica y no tendrían que perecer en pateras.

Su tono reprobador y sarcástico llegaba al colmo cuando, al terminar yo de comer, me veía sacar mi pequeña tetera. Paraba de comer y se complacía siguiendo mis gestos y reparando cómo iba pasando alternativamente el dorado líquido del vaso a la tetera. Y para acicatear más su curiosidad, yo ponía mucha diligencia al tomar el primer sorbito como un añejo catador. Rompió a reír.

-¡Madre mía! -Dijo, atónita-. ¿Cómo os atrevéis a beber tan caliente brebaje y con este calor? ¡Qué gente tan rara! -Se santiguó.

Con el vaso de té en la mano, le contesté:

-El mejor antídoto contra el calor es el calor; contra el veneno es el veneno; contra una mujer, es otra mujer, ¿no?

-¡Ah!, en asuntos de mujeres sois los más doctos, si yo fuera una mora -dijo con los dientes apretados- a cualquier otra mujer que se atreviera a compartir mi cama le estamparía esta sartén en la cara.

El desafío no paraba en estas amonestaciones. Se levantó y sacó de la nevera una botellita de San Miguel que puso frente a la alargada nariz de la tetera.

-¡Mira qué frescura! -Enseñándome el chispeando líquido que iba llenando la copa-. Nada en el mundo puede apagar la sed como una cervecita fresquita. Quien diga lo contrario es un chiflado.

Sobre la mesa la botellita de cerveza y la tetera sostenían un simbólico duelo. Dos emblemas aparentemente inconciliables: calor y frío, sol y nieve, Oriente y Occidente, media luna y cruz…, dos manos que comían de dos platos diferentes en una mesa convertida en un reducido espacio bélico. Dos personas cara a cara, atrincadas cada una en su caparazón cultural…”

Y tras su socarronería, un emocionante relato que enternece y que llega a lo más hondo. Habría que quitarse el sombrero solo por su valiente desafío: escribir sus obras en español.

Así narra el profesor Ahmed el Gamoun.

Sergio Barce, noviembre 2020

 

CASABLANCA – Paula Carbonell, Mohamed el Morabet, Aziz Amahjour, Mohamed Abrighach, José Sarria, Sergio Barce, Boujemaa El Abkari y Ahmed el Gamoun

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