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NOTAS A PIE DE PÁGINA 14 – EL PASO DE LOS AÑOS, LA AUTÉNTICA BOMBA NUCLEAR

No sé si la cercanía de mi cumpleaños me hace pensar más de lo habitual en el paso del tiempo, o sea esa otra sensación, cada día más acusada, de que los días transcurren ya sin rozarnos. El caso es que comienza a obsesionarme el correr de los años, este vivir a contrarreloj, y ahora, de pronto, todo lo que leo o todo lo que veo parece abordar este asunto, aunque sea tangencialmente.

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Asisto al concierto en directo de Iggy Pop. Un espectáculo. Lleno de vitalidad, de fuerza, de ganas de transmitir energía positiva a los asistentes. Se entregó al público. Pero verlo ahí, como siempre con el torso desnudo, a sus 76 años, es también contemplar su deterioro físico que se acrecentaba aún más en las dos grandes pantallas que flanqueaban el escenario. Producía un extraño efecto que movía, por un lado, a la admiración por su testarudez al continuar en la brecha y, por otro, a una especie de congoja o de conmiseración (entendida en el buen sentido) que, curiosamente, fue desapareciendo a medida que transcurría el concierto. El carisma de Iggy Pop y su simpatía borró de un plumazo cualquier atisbo de duda. Pero lo cierto es que, los referentes de nuestra generación, nuestros ídolos musicales o literarios, si no han desaparecido lo harán en los próximos años.

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Veo un western excelente: Old Henry (2021), dirigida por Potsy Ponciroli, con un sobrio Tim Blake Nelson, que interpreta a un viejo pistolero que vive ya retirado en una granja con su hijo pero que, por un hecho fortuito, después de muchos años, se verá obligado a usar de nuevo el revólver. Con evidentes influencias de Sam Peckinpah, homenajes visuales a John Ford y huellas de Sin perdón (Unforgiven) de Clint Eastwood. Se disfruta.

También leo a un veterano, Michel Houellebecq, en concreto su novela El mapa y el territorio (La carte et le territoire, 2010), con traducción del francés de Jaime Zulaika, editada por Anagrama. 

Una novela que se divide en tres partes, pero que, a mi parecer, contiene dos novelas en una. Como es habitual en Houellebecq, se adentra en el epicentro de nuestra sociedad para desentrañar sus miserias. En esta ocasión, él mismo es uno de los personajes y se convierte en coprotagonista también involuntario. La vejez y la edad también juegan un papel importante en este libro. Escribe: 

“…Pues tiene razón: mi vida se acaba y estoy decepcionado. No ha sucedido nada de lo que esperaba en mi juventud. Ha habido momentos interesantes, pero siempre difíciles, siempre arrancados al límite de mis fuerzas, nunca he recibido algo como un don y ahora estoy harto, sólo quisiera que todo termine sin sufrimientos excesivos, sin una enfermedad anuladora, sin dolencias.”

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La novela, como decía, tiene una primera parte en la que se adentra en el mundo del arte, su mercadería y las motivaciones por las que, de pronto, la obra de un pintor o un fotógrafo se convierte en un éxito o en un producto sólo al alcance de ciertas élites, precisamente las mismas que deciden quién accede a esa categoría. El poder del dinero lo abarca todo. Y también analiza acertadamente la relación paterno filial del protagonista. 

“…Su padre había prometido llegar a las seis.

Llamó abajo a las seis y un minuto. Jed le abrió por el interfono y respiró lenta, profundamente, repetidas veces, durante el trayecto del ascensor.

Rozó rápidamente las mejillas ásperas de su padre, que se plantó inmóvil en el centro de la habitación. <Siéntate, siéntate…>, dijo. Su padre le obedeció al instante, se sentó en el borde extremo de una silla y lanzó miradas tímidas a su alrededor. Nunca ha venido, se percató de pronto Jed, nunca ha venido a mi apartamento. También tuvo que decirle que se quitara el abrigo. El padre intentaba sonreír, un poco como un hombre que trata de mostrar que sobrelleva valientemente una amputación. Jed quiso abrir el champán, las manos le temblaban un poco, estuvo a punto de dejar caer la botella de vino blanco que acababa de sacar del congelador: estaba sudando. El padre seguía sonriendo, con una sonrisa un tanto fija. Allí estaba un hombre que había dirigido con dinamismo, y en ocasiones con dureza, una empresa de unas cincuenta personas, que había tenido que despedir y contratar; que había negociado contratos por valor de decenas y a veces centenares de millones de euros. Pero la cercanía de la muerte torna humilde a un hombre y esa noche parecía afanoso de que todo saliera lo mejor posible, parecía sobre todo deseoso de no causar ningún problema, era al parecer su única ambición ahora en la tierra…” 

Luego, en el último tercio de la novela, Houellebecq se decanta por una trama de intriga en la que unos nuevos personajes, dos policías, ocupan varios capítulos tratando de desmadejar el misterioso asesinato de un escritor. Me quedo con la primera parte de este libro, que no obstante me ha sorprendido menos que Plataforma (Plateforme)

Lo contrario que Los años (Les années, 2008), de la gran Annie Ernaux, que regala otra obra redonda, vibrante e inteligente. Publicada por Cabaret Voltaire, con traducción de Lydia Vázquez Jiménez. En este libro, a la misma altura de El acontecimiento o El hombre joven, novelas que ya comenté en su momento, la escritora francesa disecciona con una agudeza envidiable cómo el transcurrir de los años va modificando nuestras aspiraciones, cómo los sueños se varan en la realidad, cómo nuestras ansias de libertad, las ganas por cambiar el mundo o de hacer girar el devenir se van torciendo hasta que todo se hace irreconocible y, mirar atrás, se torna fatigoso y desalentador.

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A partir de varias fotografías de la propia escritora tomadas a lo largo de su vida, desde la infancia hasta su madurez, repasa su existencia y el entorno social, político e histórico de cada decenio. Una novela-ensayo enjundiosa, enriquecedora, en la que nos podemos reconocer en algunos instantes.

Escribe Annie Ernaux tras contemplar una fotografía fechada en 1980:

“…Hasta donde remontaban los recuerdos, nunca había habido tantas cosas concedidas en tan pocos meses (algo que en seguida olvidaríamos, incapaces de concebir una vuelta a la situación anterior). La pena de muerte abolida, el aborto gratuito, los inmigrantes clandestinos legalizados, la homosexualidad autorizada, una semana más de vacaciones al año, una hora menos a la semana de trabajo, etc. Pero la tranquilidad se alteraba. El gobierno reclamaba más dinero, nos lo pedía, devaluaba, impedía que la moneda saliera del país para controlar el cambio de divisas. La atmósfera se hacía adusta, el discurso (<rigor> y <austeridad>) se volvía punitivo, como si tener más tiempo, más dinero y más derechos fuera ilegítimo, como si tuviéramos que volver a un orden natural dictado por los economistas…”

Lo que relata lo sitúa en Francia, en los ochenta, pero, al leer estos párrafos, ¿no parece que nos habla de la España actual? Quizá porque los ciclos históricos se repiten y porque, como bien expresa ella, la memoria es muy corta. Las semejanzas con el tiempo que nos está tocando vivir resulta cuanto menos inquietante. Los derechos tan arduamente conquistados, en peligro por la sombra alargada de la nueva extrema derecha (que es la vieja extrema derecha que ha vivido agazapada durante años) y por los dictados restrictivos de Christine Lagarde & Co.

Y sentencia Ernaux al abordar su vejez:

“….constata con sorpresa que, cuando le hacían un dictado de Colette, la escritora aún vivía, y puede que su abuela, que tenía doce años cuando murió Víctor Hugo, disfrutara del día de fiesta con motivo de aquel funeral de Estado… (…) Y mientras crece la distancia que la separa de la desaparición de sus padres, veinte y cuarenta años, y cuando nada en su manera de vivir y pensar se parece a la de ellos (<se revolverían en su tumba>), tiene la impresión de acercarse a ellos. A medida que el tiempo disminuye objetivamente ante ella, este se extiende cada vez más, más allá de su nacimiento y de su muerte, cuando imagina que, dentro de treinta o cuarenta años, se dirá de ella que conoció la guerra de Argelia como se decía de sus bisabuelos <han visto la guerra de 1870>…”

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Hablando de guerra. Espectacular la nueva cinta de Christopher Nolan. Oppenheimer es un alarde cinematográfico y narrativo. Obligatoria su visión en pantalla grande, donde es más apreciable su montaje, que en algunos tramos me recuerdan al adoptado por George Clooney como realizador en su memorable Buenas noches, y buena suerte (Good night, and Good luck, 2005), la excelente fotografía del suizo Hoyte Van Hoytema, la increíble banda sonora de Ludwig Göransson y un reparto en estado de gracia encabezado por Cillian Murphy, uno de los actores fetiches de Nolan que, en el papel protagonista, hace uno de sus mejores trabajos. Imborrable la pequeña pero esencial escena en la que Oppenheimer y Einstein intercambian unas palabras. La expresión del viejo científico ante lo que le revela el primero, su mutismo al cruzarse con Lewis Strauss (al que da vida Robert Downing jr.) resume a la perfección lo que significaba el resultado del descubrimiento al que acababa de llegarse.

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Como igual de simple pero también inolvidable es la secuencia con la que finaliza Los Febelman (The Febelmans, 2022), la última película de Steven Spielberg. Un bellísimo homenaje al cine clásico, un tributo al maestro John Ford al que, curiosamente, da vida otro director de culto: David Lynch. Pocas veces, con tan poco, se ha hecho una declaración de amor al cine con tanta carga emocional.

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Vuelvo a ver Atlantic City (1980), de Louis Malle. Lo hago por el simple placer de volver a regodearme en la insuperable interpretación de un Burt Lancaster ya viejo y cansado. Pero que da una lección magistral. Lancaster es en este film un matón de pequeña monta que se construye toda una fantasía para hacerse pasar por uno de los gánsteres más importantes de su época. Nos habla de las miserias humanas y de la redención. Pero también, de nuevo, del paso de los años y de la vejez.

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Y también rescato otro clásico de Elia Kazan: Baby doll (1956), con los excelentes Karl Malden, Eli Wallach y Carroll Baker. Basada en una obra de Tennessee Williams, la historia transmite una tristeza y una soledad desasosegante. Y, como ocurre en otras obras teatrales de Williams, el personaje femenino está lleno de contradicciones, resulta a veces irritante y desquiciado, pero siempre despierta nuestra ternura ante tanto sinsabor como el que padece.

Sigo escribiendo, embarcado en una nueva novela que avanza y que crece. Lleno páginas que no sé si acabarán siendo definitivas o no. Eso nunca se sabe hasta que tienes la historia completa y comienzas a retocar, a pulir y a podar. Incluso el final al que me lleva su trama es probable que no sea el mismo que ahora intuyo. El tiempo lo dirá.

Sergio Barce, 6 de agosto de 2023

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LEYENDO «EL PASAJERO» (THE PASSENGER – STELLA MARIS), DE CORMAC McCARTHY

«¿Tenías problemas con la bebida?

Problemas no sé. Supongo que debería decir que sí. Me despertaba en sitios extraños. Una vez me desperté en el coche de alguien y pensé: Tío, ¿y si un día te despiertas muerto? Creo que ahí fue cuando decidí plantarme. Digo yo, si te mueres borracho, ¿te da tiempo a volver a estar sobrio antes de enfrentarte a Dios?

Es una buena pregunta. No lo sé.

Lo estuve pensando. Me imaginé curda perdido delante de él. Y lo que él diría. Y lo que diría uno, ya puestos.

Bueno, a mí me parece que el alma no se emborracha.

Webb se quedó pensando en esas palabras. Ya, dijo. Puede que la tuya no.»

Fragmento de la novela El pasajero (The passenger – Stella Maris), editada por Random House, con traducción de Luis Murillo Fort.      

 

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«EL MILLÓN DE LARACHE. CIEN AÑOS DESPUÉS (1923-2023)», UN LIBRO DE CARLOS SÁNCHEZ TÁRRAGO

Releo primero El escándalo del millón de Larache, de Rafael López Rienda, publicado por Imprenta Artística Sáez Hermanos, Madrid, en 1922, antes de sumergirme en El millón de Larache. Cien años después (1923-2023), del historiador Carlos Sánchez Tárrago, obra necesaria para comprender el caso del desfalco que destapó todo un mundo de corrupción y enriquecimiento dentro del ejército español en Marruecos, que había provocado, entre otras cosas, que apenas un año y medio antes las tropas derrotadas en Annual sufriesen ese descalabro por falta de suministros y avituallamiento. La corruptela en el Cuerpo de Intendencia de Larache era la punta del iceberg. Una obra necesaria, digo, porque la obra de López Rienda estaba inconclusa, ya que el proceso judicial contra los encausados aún no había acabado cuando denunció los hechos en su valiente publicación. Y lo que vino después es lo que Carlos Sánchez Tárrago, con una documentación exhaustiva, además de reconstruir los hechos desde el comienzo de los acontecimientos, viene a cubrir con este libro.

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Me gusta de ese ensayo histórico la claridad expositiva de cuanto se relata. Para ello, el autor se sirve de un estudio de la documentación relacionada con el caso que es tan completa que creo que no se le ha escapado ningún dato relacionado con este escándalo, que, en su época, hizo mover los cimientos no sólo del ejército sino también de la administración española en general. Ver cómo las tropas españolas asentadas en Marruecos sufrían escasez de alimentos, de armamento, de avituallamiento y de uniformes decentes, mientras un grupo de oficiales y suboficiales, junto a civiles encubridores y cómplices, se enriquecían de manera descarada, no es trago de buen gusto, pero sí una realidad que periodistas valientes para la época, como el propio Rafael López Rienda o el director del periódico La Acción, Manuel Delgado Barreto (bajo el seudónimo de El duque de G.), se decidieron a denunciar y criticar abiertamente.

El libro de Carlos Sánchez se divide en distintos apartados que nos hace avanzar cronológicamente desde distintos puntos de vista: arranca con un resumen del libro denuncia de Rafael López Rienda, a modo de apertura, para refrescar la memoria de lo acaecido en el Cuerpo de Intendencia de Larache, con el desfalco de 1.055.000 pesetas de la época; continúa con otro «resumen explicativo» de las razones por las que España estaba presente en Marruecos y qué fue el desastre de Annual, así como los debates parlamentarios que surgieron en el Congreso de los Diputados sobre la corrupción en la administración tanto militar como civil, con lo que el lector está ya familiarizado con el asunto que va a exponer y analizar a continuación.

De esta manera, rescata los artículos de prensa que trataron el escándalo que había explotado en Larache en 1922 y, a partir de aquí, recopila todas las intervenciones y documentos que arrastra tras de sí el proceso judicial contra el capitán Jordán, el civil Gargallo, chófer y socio de Jordán, y los también encausados el comandante director, don Emilio Muñoz Calchinari; el interventor, don Juan Montes Castillo, y los capitanes Fernando García Bremón y Mauro Rodríguez Aller. Leemos los atestados e intervenciones del fiscal y defensores del Consejo de Guerra celebrado en Ceuta y del Consejo Supremo de Guerra y Marina.

Pero, además, Carlos Sánchez Tárrago completa toda esta detallada crónica con lo ocurrido con la querella que se interpone contra Rafael López Rienda, la campaña del ya mencionado periodista Manuel Delgado «duque de G.», las réplicas en la prensa por alguien que se cobijaba bajo el seudónimo de «El comandante Ele» (muy ilustrativas) y acaba, acertadamente, con unas páginas dedicadas con admiración y respeto a la figura del periodista, escritor, fotógrafo y cineasta que fue Rafael López Rienda, que me ha parecido realmente interesante.

Subrayar las notas a pie de página, completando así la información sobre publicaciones y personajes intervinientes en esta crónica «de sucesos», así como los detallados datos biográficos con el que acaba este libro de todos los involucrados de una u otra forma en este asunto.

Hay en el libro de Carlos Sánchez documentos rescatados de un gran valor y que debería resaltar, pero son muchos, así que escojo sólo algunos de párrafos como botón de muestra: 

«En los protagonistas del millón de Larache había una muda discreción. Danzaban en los cabarets y se hundían en las timbas en el maravilloso Tánger… sus sueldos. Casas y alguna que otra industria funcionan en Larache, aunque, claro está, a nombre de un buen ciudadano responsable y testaferro»

«…el desastre de Annual supuso importantes pérdidas en vidas humanas y un agujero importante para la economía nacional. Ni siquiera sirvió de lección. Una excusa podía atribuirse a los continuos cambios de gobierno. En cualquier caso, los partidos políticos, conocedores de la grave situación, podrían haber hecho algo para impedirlo. Se necesitaba una continuidad de gobierno, siendo los políticos los que no contribuían precisamente a ello. El caso es que <la casa quedó sin barrer> y aquellos polvos condujeron a esos lodos. Tendrá que ser un periodista, El duque de G., y un periódico, La Acción, los que promuevan una campaña contra la corrupción a partir de la noticia de ese escándalo que, de manera valiente, había destapado López Rienda con su libro…»

«Escribe el duque de G. en el periódico La Acción: «…Le cuesta mucho para manifestarse a la colectividad. Es preciso estimularla, empujarla, orientarla… Yo no he querido hacer otra cosa con estos artículos. Callarme significaba, a mi entender, algo así como estar viendo resquebrajarse un edificio y no avisarse a los moradores. El desastre de Annual, que desde el primer instante atribuí, más que a todos los defectos, a las deficiencias inconcebibles de la administración, que tenían al Ejército falto de todo, robusteció mis propósitos y el escándalo de Larache me decidió a decir lo que he dicho, en cumplimiento de sagradas obligaciones. Alguien tenía que romper el silencio y convertir la murmuración en razonamientos a la luz del día…

(…) Es necesario nivelar el presupuesto -gritan periódicamente los políticos-. No, señores; lo que hay que nivelar es la honradez. Que sean tan honrados los de arriba como los de en medio y los de abajo, y verán ustedes cómo el presupuesto se nivela solo, sin necesidad de reforma alguna…

(…) En estos días me estoy yo enterando de cosas que no sospechaba. Un lector me dice: <Malo estará eso de la administración militar; pero lo que sucede en el Cuerpo donde yo presto mis servicios al Estado es un horror>. Otro me apunta lo que sucede en Aduanas… Sería interminable la lista. No se piensa más que en la <juerga>, en el buen vivir, en el lujo. ¡A robar a Sierra Morena, que yo no doy mi dinero, a cambio de privaciones, para que disfruten de la vida unos cuantos desahogados!»

«Informe del fiscal en el Consejo Supremo de Guerra y Marina. Madrid, 12 de junio de 2023: (periódico La Voz) El fiscal comenta la sentencia recaída en el Consejo de guerra celebrado en Ceuta, cuya confirmación pide, <por invencible espíritu de rapiña y para repartirse los productos con la cuadrilla de sus amigos>.

Añade a esos antecedentes una historia abreviada del capitán, que cree necesaria, relatando los grandes negocios que hacía, la vida fastuosa que llevaba y las cuentas corrientes por grandes cantidades que tenía abiertas en varios bancos de distintas plazas. También recuerda que hay abierto otro procedimiento para indagar quién se beneficiaba del botín que se repartía en el Parque de Intendencia de Larache, en el que están complicados varios oficiales, y que por peleas de estos con Jordán se reveló, como se revelaron, los desfalcos de este, disolviéndose la <cuadrilla>, que fue a parar a la cárcel. 

No hay locura en Jordán. No sufría otra enfermedad que las irregularidades de su estómago a consecuencia del alcohol.

¿Qué ocurrió en toda esta historia? En Larache se repartían algunos oficiales de Intendencia de los que manejaban fondos, del más alto al más bajo, la cantidad de trescientas mil pesetas mensuales que obtenían haciendo diversos equilibrios y operaciones. A Jordán, entre otras cosas, le correspondían cuatro mil duros mensuales. Vino a España con licencia de dos meses, y al volver a Larache se encontró con que no le habían guardado los ocho mil duros a que tenía derecho. 

Esta y otras circunstancias, entre ellas la de que estaba en malas relaciones con sus compañeros, hicieron que al entregársele el millón para pagar las atenciones del mes de julio -era el 2 de septiembre- quisiera arreglar las cuentas pendientes, y ante la resistencia de sus compañeros, amenazara con guardar el millón, convencido de que, en caso de ir a prisión, irían también todos aquellos, guardándose mutuamente las espaldas, así como se guardaban los provechos. No le salieron las cosas como pensaba y se vio ya en tal trance, que amenazó con pedir el retiro y quedarse con el millón, hasta que, de tumbo en tumbo, llegó la sustracción a conocimiento del juez militar, y Jordán fue encarcelado. 

El millón se encontró en poder de su consorcio, el encargado del negocio de automóviles, Gargallo, a quien acusa el Sr. Noriega de encubridor.

La substracción es clara, a juicio del fiscal, y el Consejo de guerra de Larache obró como tenía que obrar; por lo cual no tiene que hacer más que pedir nuevamente la confirmación de la justa sentencia.»

Como decía al comienzo, el trabajo realizado por el historiador Carlos Sánchez Tárrago es encomiable. Buscar, hallar, ordenar, clasificar y dar sentido a todo el embrollo periodístico y jurídico del escándalo del millón de Larache ha debido de ser una tarea ardua, pero los resultados de este esfuerzo han merecido la pena. A mi entender, con este libro se cierra el círculo y se aclara una historia turbia y vergonzosa que salpicó a la Intendencia de Larache, pero que desveló las prácticas infames que algunos miembros del Ejército utilizaban para enriquecerse a costa de sus propios compañeros y subordinados.

Y, como también señalé antes, la última parte del libro, dedicado a la vida de Rafael López Rienda, es un justo homenaje a un personaje muy interesante que desarrolló gran parte de su trabajo periodístico y cultural en Larache. Y eso es también de agradecer.

Un libro imprescindible para quienes desean profundizar en uno de los hechos más escandalosos ocurridos durante el Protectorado español en Marruecos.

El millón de Larache. Cien años después (1923-2023), se ha editado por Sial/Casa de África.

Sergio Barce, 9 de julio de 2023

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VIRGINIA WOOLF Y LOS JUDÍOS

En el magnífico libro Siete mujeres (7 femmes), de Lydie Salvayre (El Desvelo Ediciones), con traducción de Marta Cerezales Laforet, leo estos párrafos que me hacen reflexionar muchísimo sobre la condición humana, tal y como le ocurre a Salvayre al llegar a este punto en su capítulo dedicado a su admirada Virginia Woolf:

«Entonces aparece Leonard Woolf.

Leonard ha conocido a Thoby (hermano de Virgina) y a todos esos jóvenes de buena familia en la universidad de Cambridge. Él procede del pueblo, o más exactamente de una familia que acaba apenas de emerger de la clase de los tenderos, y judía para más inri. Pero es brillante, y eso compensa.

Leonard, al acabar la universidad, se trasladó a Ceilán, lejos de lo que amaba. Ocupó durante seis años las muy aburridas funciones de gobernador, cazó el tigre, aprendió el tamil, asistió a ahorcamientos y fornicó con prostitutas, algo asqueado, sin embargo.

Cuando vuelve a Londres, Vanessa le invita a cenar y Virginia a compartir la casa donde vive.

A las dos, dice que sí.

Luego, envalentonado, pide a Virginia que se case con él. Virginia duda un momento ante ese tembloroso misántropo judío. Duda, tanto más cuanto que no siente por él ningún estremecimiento sexual, lo que le declara algo abruptamente. Como le dije el otro día, usted no me atrae físicamente, no siento ninguna atracción física hacia usted. Hay momentos -cuando me besó el otro día- en los que no siento más allá de lo que sentiría una roca.

Pero como por otra parte se da cuenta de que tiene otras muchas cualidades, Virginia, después de veinte debates interiores y cuatro noches de insomnio, acaba por aceptar. Tengo que confesarte algo, escribe a su amiga Violet Dickinson, me caso con un judío que no tiene un céntimo.

La mayoría de los que han estudiado la obra de Viriginia Woolf han cerrado púdicamente los ojos ante sus comentarios en relación con los judíos. Pero esos comentarios existen, y cualquiera que lea su Diario, puede descubrirlos.

Por ejemplo, en 1910, durante un crucero en Portugal con Adrian, se queja de cruzarse con un montón de judíos portugueses y otros objetos repugnantes. El 4 de enero de 1915, anota en su Diario: No me gusta la voz de los judíos; no me gusta la risa de los judíos. Más tarde reprocha a la madre de Leonard el pensar que sus hijos, esos judíos y judías aburridos y feos, son hombres y mujeres espléndidos, etc…

Yo hubiera podido decidir cerrar los ojos ante ese aspecto de Virginia Woolf. La admiración incondicional que le profeso hubiera podido conducirme a la negación más obstinada. Y hubiera podido pretender, con una mala fe de la que soy capaz, que las palabras de Virginia no querían decir lo que decían. Habría sido un error. Porque hubiera renegado de lo que, precisamente, Virginia Woolf me enseñó o me vuelve a enseñar: que los hombres tienen un corazón complicado, lleno de contrabando, que sus movimientos íntimos escapan a la razón, que sus disonancias interiores son a menudo misteriosas, desgarradoras las paradojas que les agobian, y laberínticas las combinaciones de su espíritu.

Virginia Woolf, que durante sus años jóvenes denigra a los judíos con frivolidad, se casa con un judío al que llama, afectuosamente, mi judío. No es la primera de sus contradicciones.

Pero hay que señalar que, en el grupo de Bloomsbury, el antisemitismo es, en cierto modo, normal, un tic del pensamiento, un reflejo tan mecánico como el de colocar el tenedor a la izquierda o decir gracias y hasta luego, un legado que no merece la pena discutir y que Virginia, que sin embargo se opone con fuerza a los pensamientos predeterminados, comparte, a nuestro pesar, con su entorno. Pero podemos estar tranquilos, Virginia Woolf lo volverá a poner en tela de juicio y se dedicará en sus escritos a criticar implacablemente los prejuicios que infectan su medio social. Y más aún, durante los años anteriores a la Segunda Guerra mundial, no dejará, al lado de Leonard, de tomar claramente posiciones antifascistas y hará esta declaración que será parte de su leyenda: Todos somos judíos. Con la llegada de Hitler al poder, Virginia, Leonard y la mayoría de sus amigos de Bloomsbury combatirán sin reserva el antisemitismo que, durante su juventud, habían odiosamente divulgado…»

 

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EL MILLÓN DE LARACHE

Tengo en mi mesa, junto a otros libros, dos de los títulos pendientes de leer en los próximos días. Se tratan de la edición de 1922 de El escándalo del millón de Larache, escrito por Rafael López Rienda, publicada por la Imprenta Artística Sáez Hermanos, de Madrid, y la reciente obra del historiador Carlos Sánchez Tárrago, titulado El millón de Larache: Cien años después (1923-2023), que ha editado Sial/Casa de África. El primero de los títulos lo leí hace años, así que se hace necesaria una relectura antes de hincarle el diente al libro de Carlos. Sin duda, será muy interesante analizar los dos puntos de vista y la información complementaria que Carlos Sánchez Tárrago aporta tras la investigación que ha efectuado sobre unos de los mayores escándalos acaecidos dentro del estamento militar africanista español.

 

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