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«¡OH, LARACHE!», UN POEMA DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN

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LARACHE – foto de Akram Serifi Bouhsina

Mi amigo y paisano León Cohen me envía una vez más uno de sus textos, pero, en contra de lo habitual, no se trata de uno de sus relatos, sino un bellísimo poema dedicado, cómo no, a Larache; pero también a gente muy querida por León. En ese sentido, es un halago que me haya incluido entre ellos, y, especialmente, que lo haya hecho también con mi padre.

El poema hay que leerlo con tranquilidad, con los ojos entrecerrados, como escuchando de fondo el romper de las olas en Ain Chakka…

Sergio Barce

Desde el Balcón del Atlántico, Larache contempla al mar 

y este la mira encantado.

¡Oh Larache!

¡Larache! Hoy te canto, y te recuerdo

Con tu pedazo de mar y tu trocito de cielo,

Con la luz que te ilumina,

Con tu Playa de las Olas y con la del Matadero,

-¿Qué diré de la Otra Banda, del Espigón, de su Barra?-

Con la vega del río Lukus donde reinan los naranjos,

-que diría Federico-

Con tus salinas, tus sargos, tus angulas, tus sábalos,

Con la cuesta del Fondak y con la del Aguardiente,

Con el barrio de las Navas y con los Cuatro Caminos,

Con tu Plaza de España y tu Torre del Judío,

Y con tu Calle Real bajando del Zoco Chico,

Con la Calle Barcelona y el paseo de Chinguiti,

Con tu Iglesia del Pilar y la Snoga de Pariente.

¡Tantos recuerdos, Larache!

¡Oh Larache! Tú eres mi infancia y mi patria.

¡Oh Larache! No olvides nunca a tus hijos,

Que a ti yo nunca te olvido.

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Dedicado a mi padre, a Pepe Osuna, al Momi, a Gibilo, a Driss (el de los cacahuetes), a Mr.John, a mi prima Flora, a Yudá “Pesetilla”, a mi amigo Santi Hernández, a Facundo, a Bouchaib, a Auda, a Mohamed Sibari, a Cardosa el taxista, a los limpiabotas del callejón del Pozo, a Federico y a Serfati del Hotel España, a mi amiga Danielle Quiot, a mi amigo Eduardo Ortega, a Perejil el zapatero, a Machaco, al Dr. Machín, al Sr. Benchuch el practicante y cómo no a mi amigo Sergio Barce y a su padre Antonio, a todos los larachenses que no he olvidado nunca y que no puedo nombrar.

 León Cohen enero 2017

***

León Cohen Mesonero ha publicado, entre otros libros La memoria blanqueada (Hebraica Ediciones, 2006), Entre dos aguas (Hebraica Ediciones, 2012), Cartas y cortos (2011) o Apuntes (Círculo Rojo, 2014).

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BALCÓN ATLÁNTICO de Larache – foto de Akran Serifi Bouhsina

 

 

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«PROFANACIÓN Y OLVIDO DEL ANTIGUO CEMENTERIO CRISTIANO DE LARACHE», POR CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

Me envía Carlos Tessainer un artículo sobre Larache que, como siempre, está lleno de sentimientos encontrados. Y, como es también habitual en él, repleto de datos que no dejan de sorprenderme y que sólo sirven para aumentar mi admiración por su capacidad investigadora e histórica, y envidiar esa memoria que le caracteriza. También vuelvo a solidarizarme con sus palabras. Carlos y yo tenemos pendiente un viaje a Larache, tenemos la idea de desbrozar el pueblo en el que crecimos para sacarle las entrañas y buscar lo que se nos quedó allí. Me conformo por ahora con leerlo y compartir la misma rabia. Y que conste que a los dos nos duele cualquier cicatriz de Larache, sea cual sea, se trate de la confesión que se trate. No nos resignamos a que un lugar tan especial y rico vaya perdiendo su pasado de esta manera humillante y triste con la que se va borrando su historia.

Sergio Barce, enero 2017

Existe en Larache un antiquísimo cementerio cristiano del que pocos conocen su existencia, pero cuyas ruinas, profanación y total abandono, son muestra cuanto menos de la desidia de la que todos tenemos una parte de culpa.

No, no se trata del antiguo cementerio de La Marina, el que se halla camino del faro y fue restaurado a cargo del Gobierno español a comienzos de este siglo; ni tampoco del cementerio nuevo o de Sidi Laarbi, situado en el coloquialmente conocido como “Barrio de las Latas”. Éste del que quiero hablaros, está en el otro extremo de la ciudad. Acompaño este escrito de un plano de Larache en el siglo XIX, mediante el que el lector podrá situar sin dificultad su localización que, no obstante, no me resisto a detallar.

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A la derecha, junto al cementerio hebreo, el cristiano. Mapa escaneado del libro «Larache» de Guillermo Duclos y Pedro Campos (Junta de Andalucía, 2000)

Si se inicia el recorrido en la Avenida Mohamed V, en la calle lateral del “Jardín de las Hespérides”, dejando a la izquierda el castillo “Laqaliq” o de “Las Cigüeñas”, se llega a una bifurcación de la que parten dos cuestas. Se iniciará el descenso de la antaño conocida como “Cuesta del Alemán” (porque en ella tuvo su sede hasta 1945 el Viceconsulado de Alemania en Larache) o “Cuesta del Judío” (por la proximidad en su lateral izquierdo y en una calle paralela y situada a un nivel más elevado de la torre del mismo nombre) y que actualmente se llama Avenida  Zellaka. Y así se llega en su acera derecha a lo que fue sede del citado Viceconsulado de Alemania y residencia particular del Vicecónsul Adolf Renschhausen hasta su fallecimiento en Larache en 1948. Es un hermoso edificio que aún se conserva, aunque como todo lo antiguo de la ciudad, necesitado de una restauración, como puede apreciarse en el mal estado de la crestería que corona la fachada.

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Fachada del antiguo Viceconsulado de Alemania en Larache

El citado edificio, hace chaflán con una calle estrecha, que desde siempre se llamó Derb Nakhla (o de las Palmeras), ya que conduce a la parte trasera  de parte del viejo cementerio judío de la ciudad, recientemente restaurado y caracterizado por la abundancia de palmeras existentes en el mismo.

Iniciando el recorrido por la citada calle y tras finalizar la fachada lateral del que fue Viceconsulado de Alemania, a los pocos metros se llega a una vivienda de “autoconstrucción”, que en realidad esconde el primitivo cementerio cristiano de Larache.

“Descubrí” aquel lugar siendo niño, en las muchas correrías que junto a  mis amigos, realizábamos los veranos por distintas partes de la ciudad. Recuerdo que no sin cierto reparo (pues pensé que me iban a regañar por haber ido a un lugar tan alejado de mi casa y “donde me podía pasar cualquier cosa”) se lo comenté a mis padres, a lo que contestaron de inmediato: “¡Sí, es el cementerio de los Gallego!”. Me dijeron que era conocido con ese nombre por los numerosos miembros de esa familia enterrados en él, nada extraño si se tiene en cuenta que esta familia española estaba establecida en Larache ya en la segunda mitad del siglo XIX.

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Sepultura de María Josefa Gallego

Hablo del año 1969. Y he de decir que el pequeño recinto, de unos doscientos o trescientos metros cuadrados (tal vez algo más) estaba ya en estado ruinoso; pero conservaba su tapia e incluso una vieja puerta de madera con restos de haber estado pintada en color marrón oscuro.

En el plano de Larache del siglo XVIII no se encuentra ubicación alguna de cementerio cristiano, como curiosamente tampoco aparece en él la existencia de ningún cementerio judío (algo incomprensible pues, en aquella época, existía población de este credo religioso residente en la ciudad).

Comparando los planos de Larache en los siglos XVIII y XIX, encontramos que las zonas representadas son casi idénticas, aunque es en el del siglo XIX donde aparece explícitamente indicada la existencia de ambos cementerios. Localización lógica: extra muros de la ciudad y relativamente próximos al cementerio musulmán de Lal-la  Mennana.

Sea como fuere, no se puede ubicar la existencia en Larache de un cementerio cristiano (salvo el que existió durante la ocupación española en el siglo XVII en las proximidades de la Explanada del Majzén, en la plazuela de la actual mezquita  Anwuar) hasta el siglo XIX.

Ya en el año 1950, el estado de total olvido que sufría el cementerio (que no sé si llegó a ser desacralizado) motivó el que algunos de los familiares de los allí enterrados, realizasen un adecentamiento del lugar, ordenando la limpieza del recinto, a la reparación de las tapias y sepulturas y a elaborar una relación de los que allí estaban sepultados y que fue posible tanto por el conocimiento que tenían del lugar de enterramiento de determinadas sepulturas como por las inscripciones de las lápidas. Este adecentamiento fue realizado por D´Arcy DE CUEVAS, Juan GALLEGO  URRESTARAZU  y  Lewis  FORDE  III  (CLAREMBAUX). El resultado fue un listado de veintisiete enterramientos, datando el más antiguo del 29 de septiembre de 1868 (perteneciente a A.B.T. DUNCAN) y el más reciente a María del Carmen  LEÓN SÁENZ, con fecha de fallecimiento del 15 de abril de 1923, cuando contaba dos años de edad.

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Sepultura de Alejandro Saenz y Atalaya, una de las pocas que se conservan sin destruir

Debe destacarse que en 1923, ya no se enterraba a los cristianos en este cementerio larachense, pues pasados uno o dos años desde el desembarco español del 8 de junio de 1911, se habilitó en el camino del faro de Punta Nador el nuevo cementerio de La Marina, que estuvo en funcionamiento hasta comienzos de la década de 1930. Por tanto, en fecha tan avanzada como 1923, el viejo cementerio cristiano del que se habla, no debía de estar desacralizado, lo que permitió a la familia LEÓN SÁENZ enterrar a esta niña junto a otros familiares que aparecen en el referido listado.

Es curioso destacar que tras el desembarco español de 1911, no aparece (salvo el de 1923) ningún enterramiento, datando los tres últimos de 1910. La familia “ocupante” en la actualidad del referido lugar, asegura que existen treinta y ocho tumbas (la mayoría cubiertas por chabolas), lo que vendría a corroborar el listado de enterramientos de 1950 realizado por los señores  DE  CUEVAS,  FORDE  y GALLEGO, en el que, en un escrito anexo, D´Arcy  DE  CUEVAS  hace  constar que sólo han podido ser identificadas veintisiete de las sepulturas, siendo ilegibles en el resto de las existentes el nombre del fallecido.

Digo esto porque siempre oí a mi padre o a personas mayores nacidas en Larache decir que, allí estaba enterrada una enfermera militar que desembarcó con el ejército español en 1911, falleciendo poco tiempo después. Pero en la relación de sepulturas de la que se habla, no aparece ningún enterramiento en este año o en años posteriores, salvo el de 1923.

Puede suponerse que tras el desembarco de 1911 y antes de que se habilitase como cementerio cristiano el terreno ubicado en el camino del faro de la ciudad, este pequeño cementerio hubiera continuado siendo utilizado durante uno o dos años más y que sean las sepulturas de aquella época (1911-1912-1913) las que no pudieron ser identificadas en 1950, lo que explicaría la diferencia entre las veintisiete que pudieron ser identificadas en 1950 y las treinta y ocho que afirman que existe la familia que actualmente vive sobre gran parte de este lugar.

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Sepultura de Emmanuel Clarembaux (Agente Consular de Bélgica en Larache)

Entre los allí enterrados, figuran tres hijos y un nieto del que fuera Vicecónsul de España en Larache  Teodoro  DE  CUEVAS  Y  ESPINACH;  el que fue Vicecónsul de Italia en Larache: Nicolás GUAGNINO (fallecido el  19 de noviembre de 1873), cinco miembros de la familia GALLEGO, el que fuera Agente Consular de Bélgica en Larache: Emmanuel  CLAREMBAUX  (fallecido el 15 de febrero de 1900 y cuya lápida, que aparece en una de las fotografías que acompaña este artículo, ha sido recientemente arrancada).  Y, bajo un mausoleo, el que fue Vicecónsul de Gran Bretaña en Larache desde 1894: Lewis FORDE II (FLAVELLE) (fallecido el 4 de enero de 1904), al que luego sucederían en el cargo su hijo Lewis FORDE III (GUAGNINO) y su nieto Archibald FORDE (CLAREMBAUX). Su lápida, aparece manchada a propósito con restos de pintura.

El citado mausoleo hecho en mármol, se remataba con un busto también en mármol del difunto, de gran calidad artística, como puede apreciarse en una de las fotografías que ilustran este artículo y cuyo original obra en mi poder.

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Busto de LEWIS FORDE II (Vicecónsul de Gran Bretaña en Larache)

Pero como en 1950 servía como objetivo de puntería a las pedradas que le lanzaban los niños (preferentemente a la nariz, lo que puede comprobarse en la fotografía), la familia FORDE decidió retirarlo y llevárselo a su domicilio. Hoy en día se halla en una residencia particular.

Lo cierto es que, aunque abandonado, este lugar ha sido objeto de visita en distintos momentos por personas que saben que allí están enterados sus familiares.

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Mausoleo de LEWIS FORDE II

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Detalle del Mausoleo de Lewis Forde

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Así, a finales de la década de 1980, Fernando LEÓN SÁENZ, bisnieto, nieto y hermano de tres de los allí enterrados, fue desde Estados Unidos a Larache a visitar el cementerio. Quedó espantado por lo que vio, yendo al bajalato para interesarse por la responsabilidad de este lamentable estado; le contestaron que al ser una “propiedad privada”, ellos no podían hacer absolutamente nada. La cuestión está en que siendo supuestamente propiedad privada, no se ha esclarecido de quién es la titularidad de aquel terreno. Dado que los franciscanos no llegaron a Larache hasta 1888 y, habiendo sido identificados ocho enterramientos anteriores a esta fecha  (el primero en 1868), cabe la posibilidad de que los pocos cristianos residentes en Larache antes de 1888, entre ellos las familias españolas  DE CUEVAS y GALLEGO, adquiriesen colectivamente el solar para uso funerario, quedando “diluida” en la comunidad cristiana la referida titularidad.

El caso es que en esta cuestión de cuidado y conservación de los cementerios cristianos, al menos en el norte de Marruecos, la Iglesia como tal, siempre se ha lavado las manos. En algún momento el “camposanto”  (que por algo se les llama así) debió ser sacralizado, para permitir los enterramientos según el rito cristiano-católico. Pero ¿fue en alguna fecha desacralizado y por ello dejó de ser “camposanto”? Me gustaría saberlo, así como si también el Arzobispado de Tánger es conocedor de esta situación.

Ya sé que a la Iglesia de Larache (como institución religiosa), poco se le puede pedir, pues en la actualidad su presencia es casi “testimonial”. No obstante, me consta que siempre soslayó cualquier compromiso o responsabilidad con respecto a los cementerios critianos en la ciudad. Recuerdo cómo a comienzos de la década de 1970, cuando nuestros mayores se quejaban al párroco de turno acerca del creciente deterioro del cementerio cristiano nuevo (el de Sidi Laarbi), era frecuente el que obtuvieran como respuesta: “De quien hay que ocuparse es de los vivos, no de los muertos”. Y yo preguntaría: ¿aunque se estén profanando sepulturas en un “camposanto”?

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Utilización actual del cementerio

Y con respecto a lo que pudiese hacer la Cancillería de España en Larache (por la que tanto hicimos hace pocos años para que no fuese cerrada por el Gobierno de España), me consta que fue tan solo hace unos cuatro años cuando un empleado de la misma, de nacionalidad española, tuvo conocimiento de la existencia del viejo cementerio: y fue porque un amigo y paisano judío se lo comentó y le llevó a visitar el lugar, para gran sorpresa del citado empleado.

¿Conoce el actual canciller  -que lleva bastantes años ejerciendo el cargo- tan siquiera la existencia de este cementerio y, sobre todo, la situación en que se halla? ¿Sabe que más del  noventa y cinco por ciento de los allí enterrados son españoles?

Antes de escribir lo que estoy ahora escribiendo, me he preguntado durante mucho tiempo si merecía la pena, por cuanto en mi convencimiento está la duda de si para algo puede servir.

Pero como historiador e hijo de Larache, he creído necesario que mis paisanos tengan conocimiento de cuanto he escrito en estas líneas, todo ello documentado. He querido y quiero que conozcan lo que quizá no sabían. Pues yo lo sé y pienso que es necesario dejar constancia escrita de un capítulo de la historia de Larache, ya que lo que no se escribe, sin más se pierde.

Si vais a Larache, id al lugar que os indico. Llamad a la puerta de la casucha de “autoconstrucción”. Os abrirán y, conocedores de que no tienen derecho alguno sobre el recinto, una familia musulmana de la que algunos de sus miembros tienen la nacionalidad española por haber residido durante largo tiempo en Cádiz, os dejará pasar. Y tras una infravivienda construida sobre sepulturas, podréis acceder a un “patio” en que se hallan, dejadas de la mano de Dios y de todos nosotros, sepulturas profanadas de la comunidad cristiana –insisto, la mayoría españoles– establecida o nacida en Larache desde la segunda mitad del siglo XIX. ¡El espectáculo os conmoverá!

Sí, me he preguntado durante mucho tiempo si contar lo que ahora escribo, debía ser escrito. Si era necesario o tal vez oportuno. Pero cuando de Larache hablo, cuando de ti pueblo mío -¡mi tierra!- se trata, no puedo ser indiferente. Y además, tenía la “obligación”, la “deuda” de haceros partícipes de ello.

Lo que os cuento, quizá pueda “escocer” a alguien; a alguien o a quienes debían de ser conocedores de una realidad bochornosa. A los que ocupan cargos para ser representantes de España en Larache, aunque de fallecidos se trate; sobre todo teniendo en cuenta que, la inmensa mayoría de las sepulturas allí ubicadas, son de españoles.

Y como no puedo ser indiferente, no sólo pongo en conocimiento de quien me quiera leer tanto la historia como la denigrante situación del primitivo cementerio cristiano de Larache. Sino que valiéndome de la generosidad de este blog, donde tiene cabida todo aquello que con respeto, sentido común y cariño se refiera a nuestro pueblo, hago una petición expresa a la Cancillería de España en Larache (¡que vayan y constaten in situ la realidad de lo que en estas líneas dejo constancia!), al Consulado de quien dependa y a la misma Embajada de España en Rabat, para que, respetando a quienes allí viven, que de nada tienen culpa, se proceda a la exhumación de todos los restos allí enterrados y que los trasladen a una fosa común del nuevo cementerio cristiano de Sidi Laarbi, colocando una placa con el nombre de los veintisiete fallecidos que en 1950 pudieron ser “censados”. Para facilitarles datos, quedo a su disposición.

No pido que desalojen a la familia o familias que sobre parte de las sepulturas viven y que utilizan la parte trasera del cementerio como “patio” para tender la ropa o sacudir alfombras. Insisto en que ellos de nada son culpables, pues están alojados en lo que fue abandonado. Como mucho, que tuviesen que soportar las molestias de lo que para ellos supondría el que tuvieran que levantar el suelo de “sus” casas para poder realizar las exhumaciones.

Sí que sería importante el que, por su valor artístico, fuese trasladado en su totalidad el mausoleo del Vicecónsul británico Lewis Forde. La pérdida de este testimonio europeo en Larache de la etapa precolonial, sería imperdonable. Dada la nacionalidad del allí sepultado y el que fuese desde 1894 hasta 1904 Vicecónsul de Gran Bretaña en Larache, bien se podría informar e implicar en este asunto al Consulado de Gran Bretaña en Tánger y a la misa Embajada Británica en Rabat.

Cuando hace pocos años fue restaurado el viejo cementerio judío cercano al cristiano del que os informo, fue desagradable el que la policía marroquí tuviese que desalojar a las familias que sobre él vivían. Ante los gritos y lamentos de quienes desalojaban, alguien dijo: “¡No son ellos los que gritan y lloran, si no los muertos a quienes vosotros dejasteis abandonados!” Frase lapidaria que merece cuanto menos ser objeto de reflexión.

Cuando este pasado verano un matrimonio -compañeros profesores-  fueron de visita a Rabat, pues allí y en el instituto español está destinado actualmente otro compañero nuestro, al recordar que yo era de Larache decidieron desviarse y parar allí. Llegaron a la Plaza de la Liberación (antigua Plaza de España), al Balcón del Atlántico, cuyas vistas quedaron grabadas en sus retinas y al mercado… ¡Tuvieron suficiente!

Me contaron lo que habían visto y me preguntaron con cierto asombro: “¿Pero tú, dónde has vivido?” pues de las otras ciudades que habían visitado (Tánger, Arcila, Xauen) habían quedado prendados… Me dio tanta rabia, tanta tristeza, que esa misma noche busqué el álbum de fotografías hechas por mí mismo en tiempos mejores y de las postales de Larache de comienzos de la década de 1970. ¡Y al día siguiente se las llevé! No daban crédito a lo que les enseñaba (imágenes de las décadas de 1960, 1970 y 1980) y su comparación con lo que ellos habían podido ver. Yo quedé contento con que pudiesen percatarse de lo hermosa y bien cuidada que estuvo la ciudad en la que había vivido.

¿Pero qué ha sido de ella? En abril de 2012 en este blog escribí una “Carta a Larache”, lamentándome de su lejanía física, clamando por su abandono… con profunda tristeza constato que más de cuatro años después, no se ha puesto fin a la situación.

Para que no se sigan cometiendo más desmanes urbanísticos, que progresivamente van privando a la ciudad del encanto que siempre tuvo, para respetar lo que todavía queda y que vale la pena conservar y restaurar (empezando por la misma “Medina”), no estaría de más que se comenzara por respetar los cementerios de las comunidades religiosas que en el pasado convivimos en nuestra ciudad en paz y armonía, constituyendo sin duda un auténtico ejemplo a seguir.

CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

IMÁGENES DE LA UTILIZACIÓN ACTUAL DEL CEMENTERIO:

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LARACHE VISTA POR… EL PINTOR LARACHENSE YOUSSEF EL MARGHINI

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Youssef el Marghini suele enviarme imágenes de sus cuadros, y siempre me acompaña un texto al pie: «espero que te guste».

Claro que me gustan. Los colores de nuestro pueblo me asaltan por sorpresa, y me quedo mirando su creación y me entran ganas de saltar por la pantalla del ordenador y aparecer, como por arte de magia, en Larache. Los cuadros explotan de alegría, rezuman optimismo, te hacen sonreír.

Le pregunté a Youssef cómo los hacía, qué material empleaba, y me escribió una escueta frase: «fotografía, acuarela, óleos y amor a Larache». Todo queda dicho.

Estas son algunas de las obras de Youssef el Marghini que toman a Larache como inspiración. Espero que captéis el poderoso cariño que hay en cada trazo. Dejad que la luz de Larache, modelada por Youssef, nos invada.

Sergio Barce

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LARACHE VISTA POR… AMIN AL-RIHÁNI

Desde Plinio el Viejo, han sido numerosos los escritores, viajeros y científicos que han considerado a Larache como el lugar en el que la mitología griega ubicaba el Jardín de las Hespérides. Yo también lo ubico en Larache, porque qué mejor lugar que el jardín de las flores (Al araish) para situar el jardín propiedad de la diosa Hera en el que nacían las manzanas de oro…

Amín Al-Riháni (1876-1940), intelectual, pensador, escritor libanés, también situó en Larache el mítico jardín de las Hespérides. Este autor de numerosos libros y ensayos, viajero incansable y uno de los padres del nacionalismo árabe, así lo describe en el libro que escribió tras su viaje a Marruecos en el año 1939.

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AMÍN AL-RIHÁNI

Es importante destacar su concepción de la unidad del nacionalismo árabe vista como conjunto, como un lazo que unía a toda la población árabe, y como ideólogo cristiano (era cristiano maronita) subrayaba en esa idea la importancia crucial de Mahoma y del Islam como elementos esenciales de esa misma identidad árabe que él defendía.

Volviendo al libro que escribió sobre Marruecos, titulado Marruecos: viaje por la zona del protectorado español (Al-Magrin al-Aqsá. Rihla fi mintaqat al-himàya al-isbàniya), Al-Riháni, además de exponer en él el origen de la ciudad de Larache y de aportar datos sobre su reciente historia como parte del protectorado español, hace un detallado recorrido por la Medina de Larache partiendo del Zoco Chico, una derscripción que, como decía más arriba, se corresponde con la de la ciudad del año 1939. Es como si Amín Al-Riháni hubiese paseado con una cámara tomavistas y hubiera filmado los lugares por los que pasaba.

Durante su recorrido, además de percatarse del mal estado de conservación en general de la ciudad, lo que más llamó su atención (y que aún hoy en día sigue haciéndolo a los turistas y visitantes de Larache) es que, en las calles de su Medina, apareciesen lápidas en las que se narraba la historia de los personajes que le dan nombre, en árabe y en español. Y al-Rihani, lo cuenta así:

“…El Zoco Chico, con sus tiendas, arcos y puertas, es el más amplio que he visto en la zona. Para sus negocios cuenta con dos bendiciones: en un extremo, el centro religioso, y en el otro, la mezquita. Y en verano cuenta aún con otra mayor, pues al lado de la mezquita hay una hermosa marquesina, que es como un teatro, un salón cerrado con tres muros, cuya zona baja, muros y suelo, está recubierta de azulejos de brillantes colores. Su sola vista solaza a los visitantes.

Allá detrás, los tejados de la ciudad vieja, la puerta abierta a calles y callejones, con casas de las que únicamente se ve un muro con su puerta respectiva. ¡Cuán grande la curiosidad del extraño por estas callejuelas…!

(…) En las calles, sin embargo, por las esquinas, hay algo nuevo, único en su género. En las calles se revela la Historia, la historia de los árabes famosos, a quien desee aprenderla. Tomémosla de las calles de Larache, pues:

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La calle de al-Mu´tamid b. ´Abbâd, con la noticia de su derrota y muerte en Agmât, y su legendario relato, está en la lápida que se encuentra debajo de su nombre.

Y la de Avicena, el famoso médico islámico Abû-´Ali al-Husayn Ibn ´Abd Allâh Ibn Sina, nacido el 370 de la Hégira (980 C.) y fallecido el 427 H. (1037 C.). La lápida está traducida al español.

Aquí, la plaza de Muley Ismâ´il, con una lápida en la que se lee: <Muley al-Mahdî Ibn Muley Ismâ´il Ibn Muley Muhammad I, Jalifa de la zona de Protectorado de España en Marruecos, de 1331 a 1342 (2 de abril de 1913 a 25 de octubre de 1923)>, lo cual está luego traducido al español.

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En la plaza del Soldado Desconocido está el Alcázar Nuevo, que tiene forma marroquí, y que se alza sobre un resto de muralla antigua, de época saadí. En el muro, junto a la puerta, una lápida dice: <En esta plaza y en este edificio se encontraba el Cuartel de la Policía Xerifiana, Compañía núm.6; luego lo estuvo la Policía Indígena, y después las Intervenciones bélicas, siendo óptima base de la hermandad de Marruecos y España sobre unos presupuestos elevados, al amparo de su Alteza el Jalifa Muley al-Hasan y del Generalísimo Franco, el Victorioso, amigo sincero de los musulmanes, 1325-1357/1907-1938>.

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Original procedimiento para aprender la Historia. Apréndela mientras andas, por los zocos de esta ciudad, pero guárdate de adquirirla en las ciudades de nuestro Oriente árabe.

(…) Después del recorrido por la Larache antigua, con ayuda de uno de los niños del mercado, éste me guió a la escuela de recitación del Corán, semejante a las demás escuelas coránicas de Marruecos; un redil de inocentes que masticaban la palabra Alláh ¡mientras, replegada la larga barba sobre su pecho, el profesor dormitaba! Tras este espectáculo, volví a la plaza pública, donde me encontré con el Pachá de la ciudad, Jálib b. Ahmad al-Raysûni, que nos había brindado su hospitalidad el día de nuestra llegada, y que se alegró de que yo recorriera solo la ciudad. Me preguntó si había visitado la escuela pública femenina, la fábrica de alfombras y el edificio de la Asociación Benéfica Islámica. Mi respuesta fueron tres noes, por lo que me preguntó si deseaba visitarlas, ya que entonces me acompañaría. Vayamos, pues, dije…”

Curiosa y detallista narración la de este periodista, analista, viajero y escritor que falleció en su ciudad natal de Freike, en Líbano, a causa de un accidente de bicicleta.

La profesora Mª Dolores López Enamorado, recogió su descripción, más amplia, en su libro Larache a través de los textos.

Sergio Barce, octubre 2016

 

 

 

 

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«LARACHE: MITO E INFANCIA EN LA OBRA DE SERGIO BARCE», POR EL ESCRITOR MARIO CASTILLO DEL PINO

Mario Castillo del Pino, amigo, autor de esa novela maravillosa que es Mi avión herido, me dijo hace tiempo que pensaba escribir sobre el viaje que hizo a Larache acompañado por su familia y por una de mis novelas. Hoy he recibido por fin ese texto, que se ha hecho de rogar. Sin embargo, la espera ha merecido la pena. Al acabar de leerlo, le he enviado un whatsapp a Mario para decirle que ya hablaremos porque, en estos momentos, no podría hacerlo: me ha emocionado demasiado y comienzo a estar mayor para dar ningún espectáculo, por mucha confianza que nos tengamos. En cualquier caso, el texto que ha escrito sobre aquel viaje y lo que ha escrito sobre mis obras ambientadas en Larache, me ha llegado al alma, me ha tocado, me ha hecho volar (por qué negarlo). Es un texto bellísimo en la forma, lo que no me sorprende porque Mario Castillo escribe como quiere; y también es un texto bellísimo en el fondo. Lo he paladeado, primero porque me he sentido reconfortado al descubrir que ese Larache que he ido modelando en mis historias quedará para siempre en el recuerdo de quienes me lean, y segundo porque a quién no le gusta sentir el afecto de un amigo. Yo hoy lo he sentido. Y ahora, ya puedo darte las gracias, Mario.

Espero que disfrutéis de su texto con la misma intensidad que yo.

Sergio Barce, septiembre 2016

 

LARACHE: MITO E INFANCIA

en la obra de Sergio Barce

por Mario Castillo del Pino

   Nacemos demasiado pronto. Seres indefensos y vulnerables. Mal formados e incapaces de mantenernos en pie, de alimentarnos por nosotros mismos, entregados a una experiencia soñada y olvidada. Pero, sobre todo, desposeídos de la habilidad de acumular recuerdos concretos durante los primeros años de nuestra vida. La ausencia de asideros que anclen lo que realmente somos. Es en esa tierra de nadie, aguas pantanosas que desdibujan la realidad bajo una espesa neblina, en donde nace el mito y en donde los sueños más persistentes se nos acomodan para el resto de nuestra vida. Los primeros años de infancia surgen y se recomponen como fantasmas que nos habitarán para siempre, preñados de historias contadas, retazos de memoria ajena que pululan en el entorno familiar, mil veces contadas, mil veces olvidadas. Olores, tactos, luces ocultas en las sombras.

Sergio Barce vivió en Larache algo más de la primera década de su vida. Es en ese momento, a los trece años de edad, en el que desafortunadamente es desarraigado por el destino y traído a tierras extrañas. Digo desafortunadamente porque esa experiencia trunca su letargo infantil, el acogedor, cálido y seguro refugio que para Sergio niño supone Larache. Sin embargo, por otro lado, estoy profundamente convencido de que esos acontecimientos históricos que provocaron el exilio de miles de nativos hispanos en tierras marroquíes es un hecho afortunado, ya que fruto del desarraigo surge todo un corpus literario, una Ítaca milenaria y mitológica a la que todos estamos obligados a retornar. Fruto de esa experiencia, hoy disfrutamos en sus textos de una infancia revisitada, el Avalon difuso que hubiese sido imposible sin la distancia. Por eso es afortunado su exilio y por eso se lo agradecemos sus lectores.

LARACHE (foto página de Radio Larache)

LARACHE (foto página de Radio Larache)

En todos nosotros acontece un momento en la vida en que todo comienza a ser concreto y toma cuerpo. Es ese momento de la adolescencia a partir del cual todo lo vivido es contemporáneo a nuestra memoria y los acontecimientos de nuestra vida tienen fecha en el calendario. Antes de ese punto todo es mítico, velado, irracional. Es por eso que la más tierna infancia, esos primeros años mágicos, no son lugares en un mapa. Esos años son, en definitiva, la geografía del alma.

La mayoría de nosotros compartimos el espacio físico de ambos mundos: el soñado en el duermevela de la infancia y el posterior, fruto de la vigilia aguda y descarnada de la razón; seguimos pisando como adultos los mismos empedrados en donde pateamos nuestros primeros balones soñando que éramos estrellas del fútbol. Todavía continuamos pasando por las mismas calles, pero ahora para, digamos, renovar el carné de conducir o para hacer la declaración de la renta. O entramos en ese mismo portal en donde dimos nuestro primer beso nervioso, pero ahora para recoger el resultado de una prueba médica que nos inquieta o para encargar unos muebles de cocina que no podemos pagar.

Sergio Barce tuvo la “fortuna” de deslindar ambos mundos; los primeros años en África quedaron pues lejos en la distancia y el tiempo. Así, desde el exilio y el desarraigo se fue forjando en Sergio Barce un espacio mítico, inalcanzable. Es en ese entorno plagado de cíclopes, medusas, monstruos y sirenas en donde nos emplaza con una obra dedicada al retorno. El ramillete de libros bellísimos que nos ha regalado a lo largo de los años es su fortuna como poeta y su drama como persona. Para el lector sensible, su Marruecos revisitado es un viaje de introspección hacia lo que realmente somos. Sergio Barce, a lo largo de toda su obra larachense, se vuelve del revés y nos muestra las hilaturas con las que fue tejida su inocencia. Es una traslación vertical, un viaje en el tiempo, una caída a las simas de la memoria. En definitiva, un descenso emocionado por la madriguera que, como Alicia, ha sabido horadar para nosotros.

Sin embargo, sus libros están preñados de desconsuelo y decepción. Al mismo tiempo que nos traslada a las profundidades de su infancia, en algún momento de su vida adulta, tuvo la osadía o el coraje de volver físicamente a los lugares que le inspiraban. Fue, supongo, el pago de una deuda, un compromiso personal, no literario. Es de ese viaje perpendicular del que se nutre su obra, contraposición de la esencia mítica de si mismo y el encuentro con los espacios físicos que la acogen.

Evidentemente todos tenemos nuestro propio Abdelazziz que nos llevara de la mano, todos hemos compartido juegos con nuestros propios Loftis y nuestros propios Dukalis. Todos hemos corrido como Tami por nuestro Zoco Chico y hemos nadado desafiantes en nuestras playas peligrosas. Todos hemos encontrado nuestras sirenas varadas y nos hemos refugiado en nuestros tañidos propios de laúd. Todos hemos soñado largos y emocionados matinales en nuestro propio Cine Ideal. Pero hay una gran diferencia entre su experiencia y la mía. Yo vi crecer a mis amigos, vi envejecer a mis ídolos de infancia, incluso algunos, ya demasiados, se me fueron muriendo por el camino. Vi cómo, después de años de abandono, me derribaron el cine Duque en donde ocultaba la fascinación de unos ojos infantiles. En cambio Sergio Barce y todos los que tienen la “fortuna” de haber conservado intacta la memoria, a los que les guardaron bajo llave los recuerdos míticos de la primera infancia, han tenido que luchar ante la cruel disyuntiva de rememorar la geografía del alma en la distancia, o bien ceder a la tentación de regresar y buscar entre los escombros. Esa disyuntiva define con claridad todas las páginas en las que Larache es la protagonista de su obra.

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

Desde que leí su primer libro hace ya muchos años, Sergio Barce inoculó en mí una inquietud difusa, susurrada, embriagadora, casi opiacea. Larache pasó por tanto a engrosar la larga lista de lugares míticos que atesoro. Sinceramente, nunca pensé que un autor contemporáneo y tan cercano a mí (prometo que nuestra amistad no enturbia un ápice mi criterio como lector exigente) pudiese crearme con tanta intensidad un espacio onírico que me influyese personal e íntimamente con tal virulencia. El Larache mítico de su obra fue creciendo dentro de mí como un ser extraño, me fue habitando y se quedó conmigo para siempre.

Personalmente guardo con celo esos espacios oníricos que me alimentan los mitos. Me gusta protegerlos de la mirada sucia y decepcionada. Los mantengo a la distancia suficiente para que no pierdan el halo tibio y sugerente de lo soñado. La Nueva York de Midnight Cowboy, la Troya de Homero, El Jardín de las Delicias del Bosco, la Venecia de Mann, la Casablanca de Bogart. Todos comparten el privilegio de la ficción pero algunos sufren la desgracia de contar con espacios reales que les han robado el nombre. Los soñados, por fortuna, están a salvo. Sin embargo, los inspirados en escenarios reales están condenados a las hordas de turistas, las cámaras, la decepción. Lógicamente he intentado evitarlos siempre que he podido; no pisar el polvo de mis lugares míticos y dejar que reposen para que me sigan alimentando los sueños. Desgraciadamente no siempre he podido protegerlos. La vida es larga y el mundo pequeño. En algunas ocasiones he sido capaz de crear mundos paralelos, espacios con idéntico nombre (el del mito y el del usurpador mezquino) que han convivido desde entonces sin interferencias. Atesoro, sin embargo, un caso que es excepcional: el Larache de Sergio Barce. El espacio mítico de su obra ha sobrevivido, afortunadamente, a mis botas sucias.

En la primavera de 2013 leí su novela Una sirena se ahogó en Larache. Personalmente creo que es la obra más bella que ha escrito y que encumbra y culmina su serie larachense. Aunque eso el tiempo lo dirá. Dudo que Sergio sea capaz de mantener su pluma alejada del tintero oscuro y espeso de su memoria africana. Fue una obra que me impactó especialmente. Tenía todos los elementos que había atesorado en sus obras anteriores, universos que habían flotado como escombros dentro de un torbellino antes de precipitarse y tomar su forma definitiva. De pronto comprendí que toda su obra anterior no había sido más que un cortejo, un preámbulo, una preparación, un flirteo, un rondar de león al acecho, jugando con su presa. Una sirena se ahogó en Larache es el zarpazo definitivo, la obra que cataliza el mito con el que ha coqueteado durante tantos años. Es una pequeña gran obra dedicada al abandono, el desconsuelo, la vulnerabilidad y, al fin, a la redención y la esperanza.

portada - UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Casualidades del destino, o no, a principios de ese mismo verano de 2013, mi mujer propuso un viaje de familia. Los niños se iban alejando y el viaje del verano siempre ha supuesto un reencuentro, un paréntesis en nuestras vidas paralelas y distantes. El mayor propuso Marruecos. Todos aceptamos ilusionados. He de reconocer, sin embargo, que a mí me asaltó una sombra de duda, un miedo oculto, casi un vértigo. Unos amigos nos recomendaron Assilah, en la costa atlántica. Fue entonces cuando el miedo tomó forma. Sabía que Larache estaba cerca, más al sur. Era un destino fácil de esquivar, las guías para turistas suelen ignorarla para destacar lugares más pintorescos, más a la medida y expectativa de un turista europeo. Pero yo supe desde ese momento que estaba condenado a arrasar la memoria sagrada de mi Larache mítico, que quedaría desde entonces descarnado, expuesto, indefenso bajo los pasos casuales, la mirada trivial, la obscenidad de un selfie. Pude haberlo ignorado, pero no lo hice. El canto hipnótico de la sirena me arrastró sonámbulo. Supe que había perdido la partida, que la atracción hacia el vacío era demasiado irresistible. Rendido, llamé a Sergio y le dije que en unos días visitaría Larache. Me dio el teléfono de un taxista amigo de la familia Barce, de varios de sus íntimos de la infancia, reencontrados, “re-conocidos” tras años de ausencia. No me fue fácil ignorar el miedo cuando identifiqué los nombres que me pasó ilusionado, personajes de sus cuentos, fantasmas de sus novelas larachenses. En los días previos a la partida, releí la Sirena de Sergio Barce. La devoré con gula, con fruición, con ansiedad. En el último momento, casi como un gesto simbólico, metí el libro en mi mochila para que me acompañase.

Unos días después, mientras cruzábamos el mar y el contorno de África se hizo preciso, supe que aquel viaje sería especial. No era mi primera visita a Marruecos. Recordé la primera vez que de niño crucé de Málaga a Tánger a bordo del Ibn-Battuta, cuando mi padre me llevara con apenas ocho años a recorrer el desierto por pistas perdidas en la frontera con Mauritania en 1971 en un destartalado Seat 124. Desde entonces, mis visitas a Marruecos habían sido escasas pero recurrentes. He aterrizado muchas veces en Tetuán, Tánger y Casablanca. He volado sobre el Mediterráneo con el Atlas al frente y el Atlántico perdido en el horizonte. Pero sabía que en esta ocasión sería diferente. Me estaba internando furtivamente en el sueño de otro, profanando sus vivos, sus muertos, sus fantasmas. De alguna manera me alivió el pensar que también eran míos, que el Larache que Sergio Barce nos había confiado en sus páginas sinceras pertenecía a la memoria colectiva de sus lectores tanto como a él mismo.

Llegamos a Marruecos en pleno ramadán. La novena semana del año lunar hace que la vida cambie radicalmente para los musulmanes. Todo se ralentiza, casi detenido. Los restaurantes y bares prácticamente vacíos, las calles desiertas sin el habitual ajetreo vivo y colorido de África. Me resultó extraño. No era el Marruecos que recordaba. Pero me gustó sentir en los silencios la espera paciente. Pasé esos primeros días paseando por la medina de Assilah. Nos refugiamos del calor en las calles encaladas y frescas. Pasamos un día en Chefchaouen, abrumados por el olor esencial a especias y el azul añil de sus paredes. A ratos al caer la tarde, durante esos días de espera, cuando las calles de la medina recuperan la vida, nos refugiábamos cansados en la terraza que da a las murallas de Assilah que miran al mar. Mis hijos se dedicaban a callejear, el mayor con sus lápices y su cuaderno de dibujo, el mediano paseando largamente con un libro bajo el brazo y la pequeña, inquieta, lo capturaba todo con su cámara voraz. Mi mujer y yo nos tomábamos un respiro en la terraza. Yo releía detenidamente el libro de Sergio Barce que siempre me acompañaba como un talismán, un perro fiel, una preparación. Una emboscada.

Tras varios días recorriendo el interior y la costa atlántica, habíamos planeado la visita a Larache para el día siguiente. Nadie en la familia comprendía mi interés y mi insistencia pero se dejaban hacer. Sabían que era importante para mí. De alguna manera, mi visita a Larache se había ido convirtiendo quedamente en el eje de nuestro viaje. Todos lo sabían y estaban dispuestos a acompañarme, a seguir mis pasos sonámbulos. Aquella noche me dormí inquieto, ilusionado, cuando la algarabía de la calle se silenció ya de madrugada.

Como cada mañana, Abdul nos recogió temprano. Queríamos detenernos en un mercado rural a mitad de camino y pasear por las ruinas romanas de Lixus antes de adentrarnos en Larache. Le pedimos que se saliese de la general que va de Tánger a Rabat, así que su Mercedes blanco desvencijado se internó por las carreteras de la costa. Siempre me ha gustado tener el océano cerca. Abdul conoce a la familia Barce desde hace años y durante el camino tortuoso me fue contando historias de Sergio, de su madre. De sus vidas africanas. Yo no solo le dejé hacer, sino que le animaba sutilmente a seguir hablando. Abdul, amable y hospitalario, no se hacía rogar demasiado. Sus historias de la vida durante el protectorado me fueron acercando a la mítica Larache de las páginas de Sergio Barce. En algunos momentos quise vislumbrar en las palabras de Abdul cierto orgullo, incluso nostalgia, de haber sido parte de esa etapa de la historia de su pueblo. Yo esperaba el rencor anidado hacia el colono, silencio tenso al menos. Pero nada de eso ocurrió. Cuestiones políticas e históricas aparte, Abdul se había criado en la mezcolanza cultural del protectorado, era parte de su vida, parte de su infancia. Y nadie reniega del limpio y transparente gozo de los primeros años. En sus palabras quise ver un posicionamiento personal, vital, no político. La mitad de sus mejores amigos de infancia eran españoles. Abdul no renegaba ni sentía vergüenza de sus años españoles. Era su vida, al fin y al cabo.

Tras caminar media hora entre piedras sueltas y sillares insinuados de los restos romanos de Lixus, alcanzamos la parta alta, en donde los muros del templo aún son reconocibles. Sabía que estábamos cerca de Larache, apenas siete quilómetros nos separaban de la desembocadura del río Lucus. Pero me dejé sorprender cuando una vez coronada la colina, miré al sur y la vi. La vi allí en la distancia, sus muros blancos y el acantilado recortado al contraluz del Atlántico. El río desembocando ancho hacia el océano, las casas empinadas que terminan en la escalinata del puerto. Aun en la distancia, creí reconocer las barcas que cruzan el río hacia las playas de la otra banda. Casi pude reconocer a Tami agachado en la orilla junta a su sirena. Ya no pude soportarlo más. Vamos, dije. Y me arrojé a pasos largos colina abajo. Inquieto. Impaciente. Ilusionado. Mi familia me siguió a regañadientes.

Era media mañana cuando Abdul nos dejó en mitad de la plaza de la Liberación, otrora plaza de España. Ovalada, rodeada de arcadas que esconden la frescura de los soportales, me trasladó inmediatamente a los primeros años que Sergio Barce vivió y corrió por esos empedrados. La rodeamos con interés, los bares vacíos, los edificios coloniales abandonados, el olor del pasado. Buscamos primero la librería de Rachid. Teníamos que entregarle un mensaje y un abrazo de parte de Sergio. La librería es amplia y fresca. Me recordó a las librerías de mi infancia; estantes añejos repletos de cuentos infantiles aún en español algunos, textos en árabe, historias descatalogadas de Larache, manuales sobre el Corán; las obras de Segio Barce, cómo no; mostradores con anaqueles de madera bruñida; vitrinas con cristal biselado que atesoran material de oficina que parecen de segunda mano. Pregunté por Rachid, que nos recibió distante y frío. Tras un gesto de duda, confundido, se disculpó pues tenía que marcharse y no podía atendernos como él hubiese querido. Estaba saliendo en ese momento. Tras otra larga pausa que me pareció inhospitalaria, nos dijo que se dirigía al entierro de su padre. Sin más preámbulo, se marchó. Supuse que para Sergio sería importante. Lo llamé al móvil inmediatamente. El padre de Rachid ha muerto, le dije. Supuse que querrías saberlo. Otra pieza se desmoronaba desde la torre desde donde construyó su infancia. Supe que, como Rachid, no tenía muchas ganas de hablar y no le importuné con mis historias de turista casual.

Los primeros pasos por sus calles, me desvelaron algo que ya Sergio me había adelantado. Larache no es una ciudad turística, no es un escaparate para consumistas de imágenes, no es el museo de lo exótico en el que se han convertido muchas ciudades marroquíes. Larache es auténtica y lo supe desde el primer momento que pisé sus calles empinadas. Larache es sucia, desarreglada, caótica, desconchada. Auténtica. Bellísima.

Cruzamos la plaza ovalada y me dirigí sonámbulo hacia la puerta que da acceso al Zoco Chico. Estaba allí, al fin, entre tenderetes con ropas de colores, frutas, especias, pescados. Me detuve nada más entrar, inmóvil, abducido. Metí mi mano izquierda en el bolso que colgaba de mi hombro en bandolera y palpé a ciegas el libro de Sergio. Noté sus bordes y sus páginas, acaricié la cubierta satinada y acogedora. Tami, me dije bajito, a modo de saludo o de eco reencontrado. Mi mujer y los niños se adentraron a curiosear entre los puestos del zoco. Yo me quedé paralizado, mirándolo todo con voracidad, oliendo los colores tibios del medio día, huyendo entre las sombras frescas de los portales, ocultos, sugerentes. Barrí con la mirada la plaza rectangular como si lo buscara. Un niño salió corriendo de un portal y se perdió por una de las callejuelas que bajan a la medina. Esperadme aquí, le dije a mi mujer. Vuelvo enseguida.

Le seguí los pasos. Tuve que acelerar el ritmo para no perderlo. Fui bajando a grandes saltos por las escalinatas que salvan el desnivel hasta el río. Giré en recodos de calles imposibles, observado por mujeres que se asomaban entre la ropa tendida, hombres que se refugiaban a la sombra de los portales, detenidos en el tiempo y refugiados en la inactividad del ayuno. Al fin lo perdí de vista. Me quedé quieto, extenuado, y cuando recobré el aliento fui ascendiendo lentamente por otras calles angostas que no reconocía, deshaciendo mis pasos de vuelta al Zoco Chico. En medio de una callejuela encalada de añil, un letrero grabado en piedra me llamó la atención. Era una placa homenaje al que fuese el último rey taifa de Sevilla. Lo recordé inmediatamente. Sergio Barce lo nombra en Una sirena se ahogó en Larache. Un anciano trabajaba el cuero a la puerta de un taller de curtiduría. Le pregunté sobre la placa y su relación con Larache. Se levantó animoso y en perfecto castellano me contó toda la historia. Pasamos hablando más de quince minutos. Su hija estudiaba aparejadores en la Universidad de Granada y un sobrino vivía en Málaga. Insistió en que pasase a la casa. Llamó a su mujer que con gran algarabía me ofreció té. Le dije que mi familia me esperaba en el zoco y tenía que marcharme. Acababa el Ramadán y nos invitó a comer con su familia para el sábado siguiente. No supe qué decir. La verdad. Volvíamos a España el jueves y nos sería imposible. Agradecido, les ofrecí mis respetos y me marché con la promesa de volver con mi familia. Cuando conseguí encontrar el lugar de nuevo dos horas después, el portal del pequeño taller estaba cerrado. No pude resistirme y le pedí a mi hija que me hiciese una foto con el libro de Sergio y la placa como testimonio de mi lealtad.

MARIO CASTILLO en Larache

MARIO CASTILLO en Larache

Comimos pescado en un pequeño bar junto al puerto y después del almuerzo nos acercamos a las barcas que cruzan la desembocadura del Lucus hasta las playas de la otra banda. Cuántas veces lo había leído en los cuentos y en las novelas de Sergio; cuántas veces imaginado, soñado. Nos tumbamos en la arena al otro lado con la algarabía de fondo de unos niños que se lanzaban al agua desde el espigón, allá en la distancia, a los pies de la medina. Yo releí la escena en que Tami descubre a su sirena varada en la arena. Miré la ciudad blanca al otro lado y lo dejé marchar, imaginando que Tami me miraba mientras leía su nombre en unas páginas ajenas. Tras unas horas, volvimos a cruzar al lado de la ciudad y subimos despacio las calles empinadas. Vimos atardecer desde el mirador del paseo, arriba, en la parte nueva. Cuando el sol se ocultó tras el océano, volvimos nuestros pasos hasta la plaza de España. Abdul nos esperaba con una sonrisa. No preguntó nada. Yo se lo agradecí.

Nos alejamos de Larache en la semioscuridad y cuando cogimos la carretera hacia el norte pude ver el brillo espeso del río mezclarse con las aguas revueltas del Atlántico. Las dos orillas, la ciudad colgada del acantilado, la medina que parece precipitarse hacia el río, las luces que parpadean distantes. Una sirena que agoniza en la playa.

Cuando escribo estas líneas, han pasado ya tres años desde que caminé por las calles de Larache por primera y última vez. A diferencia de otros lugares-mito que han quedado desterrados por la avidez concreta de la realidad, los espacios ensoñados que nos ha legado Sergio Barce siguen igual de vivos en mi memoria como lector. Mis pasos torpes y breves por la ciudad de su infancia no han hecho más que reforzar la bruma velada y difusa que nos regala en sus historias. El Larache de Segio Barce quedará para siempre oculto entre sus luces y sus sombras frescas, sus olores especiados, sus callejuelas estrechas que descienden rodadas hacia el río y el océano, ecos de pisadas infantiles que se pierden en la distancia hasta que se reencuentran con las rocas golpeadas mil veces por las olas de la memoria. Nos quedará el salobre denso del Atlántico que lame el torso bello de una sirena agonizante.

Mi visita a Larache me tranquilizó. Un pensamiento me golpeaba las sienes mientras volvía a subir a bordo en Tánger para encarar de nuevo el trecho de mar que me devolvía al destierro. El de Sergio, el de todos. Un exilio compartido por los que hemos tenido la fortuna de leer la obra larachense de Sergio Barce. Porque de alguna forma nos pertenece a todos. Su recuerdo, su abandono. Tami está a salvo, me repetía sin querer volver la vista atrás mientras la costa africana se diluía en la niebla del estrecho. Tami está protegido de las inclemencias y la erosión del tiempo. Tami nos quedará como un refugio, una esperanza, un recordatorio de que alguna vez todo fue simple y bello.

Rosebud repite para sí Ciudadano Kane en su lecho de muerte. Rosebud. Rosebud. Cuando Sergio Barce intuya cerca el final, retornará con los ojos cerrados a las calles de Larache y buscará. Tami, quizá repita silencioso con una leve sonrisa esbozada. Tami. Tami. Y se dejará ir en paz.

Solo los grandes son capaces de transformar la realidad con la palabra y entregárnosla de vuelta convertida en magia. Yo tengo la fortuna de conocer a uno. Gracias Sergio. Tienes todo mi aprecio como amigo y mi admiración como escritor.

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

LARACHE (foto de la página de Radio Larache)

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