Mi novela SOMBRAS EN SEPIA se editó en 2006 por Pre-Textos, tras ser galardonada con el Premio de Novela Tres Culturas de Murcia. El jurado lo formaban autores tan prestigiosos como Luis Mateo Díez, Jon Juaristi, Pedro García Montalvo, Clara Janés y Manuel Borrás. Hay un capítulo en la novela en la que relato cómo el protagonista, al regresar a Larache, se va dando cuenta, poco a poco, de que los recuerdos estaban ahí, aunque él no lo hubiera creído, y de que es en Larache donde se hallan realmente sus raíces. Ese capítulo es el que transcribo a continuación:Nunca había imaginado que esa sensación de desarraigo pudiera acentuarse como lo había hecho al volver a pisar Marruecos. Yebari le había animado en cierta medida al considerarlo un paisano más, como en realidad él se había sentido siempre, aunque su documento nacional de identidad español no lo dijese. Pero ahora que bajaba en dirección al puerto, después de haber sucumbido al encanto decrépito y decadente del Zoco Chico y de las calles Sidi Ahmad Tami y Qasba, se encontraba con otra realidad más hiriente. Sin duda, eran las mismas callejuelas de la Medina por las que un día jugó con Abderrahman El Anjari y con Antoñito Guerrero, los pasajes por los que descubrió la aventura irrepetible de verse a escondidas con Salma, las cuestas románticas que arroparon sus abrazos a Carlota, y, sin embargo, ahora que, en busca de Nadja, volvía a pisarlas, muchos años después, le resultaban tan lejanas que eran como un paisaje desértico.
Al final de la calle 2 de Marzo, Samir le invitó a cenar en un pequeño restaurante de pescadores. Sólo había cuatro mesas y ellos eran los únicos clientes. La brisa del puerto estaba hecha de una humedad helada, que se metía bajo la piel y era imposible evitarla, por muy abrigado y forrado que se estuviese. Les vino bien la cena, filetes de atún y lenguado, para calentar algo el cuerpo y engañar al desaliento que los embargaba a ambos. Se habían pasado dos largas horas recorriendo la vieja ciudad y nadie parecía haber escuchado hablar de Nadja ni de su familia. Hubo quien le dedicó una atención nada complaciente a Abel, interrogándose probablemente acerca de las oscuras razones de ese desmesurado interés que un enzerani estaba demostrando por una pobre chica marroquí. En un cafetín, le aseguraron que ninguna joven que respondiera a la descripción que ofrecía había pisado la Medina.
-Es normal –dijo Samir-. Hay mucha gente nueva. Pero no te desesperes. Tú tranquilo, jai.
En los aledaños del marsa sólo quedaban ya los restos de la pesca que no se había podido vender. Olía a pescado podrido, pero también a sal y a madera mojada. Los escalones que subían a la Medina estaban destentados, las fachadas desconchadas y el camino hasta la salida de la ciudad era, en su mayor parte, un terrizo convertido en un barrizal destartalado. A Abel Egea se le ocurrió que allí se habían detenido todos los relojes y nadie se había preocupado de nada, ni siquiera de volver a darles cuerda… Decidieron, pues, subir por la carretera del puerto. Al perfilarse el Castillo Lakbibat, ladeado, de rodillas, perdida su dignidad, vencido y humillado por la desidia de las autoridades que lo habían abandonado a su triste suerte, con sus muros mordisqueados, Abel apoyó una mano en el hombro de Samir y se puso a toser. El dolor de los bronquios se sumó al dolor de su propia estima, como si contemplar otra vez el desgraciado destino de esos muros derrengados fuera igual que verse a sí mismo frente a un espejo.
-Lo siento –musitó recuperándose de la tos-. Me ha impresionado ver este lado del castillo… Desde el Balcón no me había parecido tan grave, pero ahora, no sé… Se está cayendo a pedazos…
-¿Quieres que vayamos por otro camino? ¿Volvemos por la Medina?
Abel Egea seguía observando las grandes piedras que se habían ido desprendiendo de los muros, las grietas profundas, las cúpulas resquebrajadas y las hondas incisiones en las paredes hechas a base de hachazos gigantes. Desde la otra cara, ya había vislumbrado su deterioro, pero esta otra perspectiva era tan atroz como cuando un cirujano abre para operar y, súbitamente, se encuentra con un cáncer inesperado y triunfante al que ya sólo cabe dejar que acabe su devastadora tarea.
-¿Qué más da? –respondió fatigado, antes de levantar el mentón, con gesto desafiante-. ¿Piensas que ver todo este desastre me afecta? ¡Pues claro que me afecta, maldita sea! Pero puedo contarlo, jai. Eso quiere decir que sigo vivo y que continúo sintiendo… Me marché y no puedo exigir nada. Las cosas son como son, Samir. Y las acepto. Pese a que este castillo y los antiguos edificios van enmudeciendo, yo sigo amando todo esto, con sus heridas, con sus ausencias, con sus gangrenas… No puedo adivinar el futuro que le espera a cuanto nos rodea, ni siquiera mi futuro… Hay que esperar y ver qué nos trae el destino en su zurrón de viaje. Algunas veces hay sorpresas agradables.
-Incha ´al´aláh! –añadió Samir.
-Sí, que sea lo que Dios quiera…
Abel se hizo un ovillo en la cama, aterido por la espesa humedad que había asaltado la ciudad con la complicidad de una noche opaca y ladrona. Contra su propio pronóstico, se quedó dormido enseguida. Apenas soñó. Se despertó con la primera oración del día, al amanecer, oyendo a la decena de almuédanos que llamaban desde los minaretes diseminados por la ciudad. Había uno que destacaba del resto y Abel podía seguir cada una de sus palabras, acallando a los demás. La luz entraba por la ventana con una claridad sorprendente, pese a lo temprano de la hora. Se escuchaba una discusión en el interior de alguna casa. Abel miró la puerta del cuarto de baño, de madera pintada de beige y con la parte de arriba de cristal translúcido. De pronto, oyó la voz de Carlota al otro lado de esa puerta.
-¡Marido! ¿Iremos al baile del Casino?
-¡Tú qué crees?
El Casino estaba al borde mismo del acantilado, sobre el Balcón. Su salón, espacioso, con una solería de contrastes grises y negros, estaba habitualmente habitado por sillones confortables que animaban a largas conversaciones al atardecer, con un café humeante o un té verde con flor de azahar. Cuando se organizaba un baile, los sillones se retiraban y el salón parecía aún más grande de lo que ya era. La orquesta, situada junto a un lateral, comenzaba con un pasodoble y podía terminar con una conga alocada y divertida. Había historias para todos los gustos. Nadie había olvidado el baile de disfraces en el que Ricardo llegó, como Dios lo trajo al mundo, montado en un caballo blanco. El revuelo que se formó fue de órdago y hasta las autoridades se vieron en la necesidad de tomar cartas en el asunto para evitar un escándalo mayor.
Lo curioso era que Abel Egea apenas recordaba el hecho en sí de bailar con Carlota, el acto físico de abrazarla y dejarse llevar con el son de un tema de Frank Sinatra o de Paul Anka, sino el escapar con ella de la sala abarrotada y ruidosa, llevarla en volandas hasta la esquina de la Casa del Flecha y allí, acorralándola entre sus brazos, besarla y sentir la dulzura de sus labios entregados. Luego, se asomaban al Balcón, en medio de la oscura madrugada, y sentían la presencia vital y salvaje del mar, estrellándose contra las rocas, con el latir incesante de su corazón bravucón y pirata. Abel le pasaba un brazo por los hombros y la atraía para sentirla todo lo cerca que podía, rozando con el torso sus senos agitados. El aire le removía a ella el cabello, pero siempre con una primorosa delectación, como cohibido. En aquel lugar, sólo les acompañaba la luna, una luna grande, redonda, extraordinariamente enigmática.
Seguía mirando la puerta del baño y continuaba oyendo la voz de Carlota, con una nitidez estremecedora. También podía olerla, ese aroma a madreselva que envolvía la casa, que la hacía a Carlota inconfundible y especial. Nunca supo por qué debió desaparecer antes que él, por qué ese atroz tormento de sobrevivirla, por qué ese continuar sin su compañía; le parecía la mayor injusticia del mundo.
Se aferró a su almohada como si abarcara con su abrazo vacío la cintura poderosa de Carlota. Le gustaba reposar la cabeza en su espalda, el pecho apretando las nalgas de su mujer, abrir las manos para cubrir con sus dedos ese vientre y el diminuto ombligo picasiano. Escuchaba su respiración siempre plácida, jamás hubo nada que la perturbara o la inquietase, salvo, quizás, cuando los chiquillos vinieron corriendo por las calles gritando que el nieto de la Motrilica se había ahogado en la playa. El pobre Manuel Martín se quedó sin su hijo como si le hubiesen arrancado el corazón a navajazos y, aunque sus amigos buscaron consuelos imposibles, nadie pudo borrarle la expresión de asombro y de precariedad que se instaló en su rostro igual que una sombra nocturna. Carlota lloró aquella noche el vacío eterno que iba a acompañar a aquella mujer que la atendía en la pescadería jugueteando con su revoltoso nieto que solía escapársele por entre las piernas, como un gato escaldado.
-¡Este niño me va a matar un día a disgustos! –protestaba la Motrilica sin poder adivinar que sus palabras eran más que una profecía.
La anciana solía decir que las aguas revueltas de Atlantis se lo habían llevado igual que a una cáscara de nuez, flotando a su caprichoso delirio, sin opción a que su padre pudiera franquear las olas premeditadamente crecidas para que nunca llegara a tiempo. Manuel Martín recogió el cuerpo de Manolín en la orilla, cubierto de algas verdes y marrones, con los labios morados y los ojos impregnados de sal, que parecían congelados, con los iris estallando en una última mirada perdida que se hundía en un vacío irreal y etéreo.
Cuando Manuel Martín llegó a la pescadería, la abuela se desmayó, cayendo de espaldas sobre las cajas de sardinas. Alguien aventuró la noticia de que a la Motrilica le había dado un pasmo y que había fallecido de la impresión. Sin embargo, la anciana, con demasiadas heridas después de tantos años de bregar con esta vida injusta, malquerida y cabrona, siguió en su pescadería, aunque con la risa apagada y las ilusiones definitivamente arrinconadas. Carlota hablaba con ella con la sensación de que, a veces, no la escuchaba, tal vez recordando las carreras insensatas de Manolín por entre la mercancía recién llegada del marsa. Sólo la Motrilica seguía escuchando a su nieto detrás del mostrador de mármol y se removía inquieta por ver si era capaz de descubrirlo por allí y conjurar todos los males que parecían haberse cebado con su familia.
-¿Quieres quedarte quieto? –decía entre dientes mirando a un lado del puerto en el que no había más que cubos vacíos. Carlota pagaba al instante para que la Motrilica no descubriese que se le escapaba una lágrima por culpa de sus delirios desesperados.
Carlota se arrebujaba a su cintura, sin poder contenerse, y le contaba a Abel las veces que había visto a Manolín gastarle bromas de niño a su abuela y cómo los dos se reían en medio de la jarana del marcado. No era capaz de imaginar al niño ya sin vida, que fuese cierto que nunca más fuera a reaparecer bajo las faldas de su abuela.
-Me da mucha pena ver a esa mujer hablar sola. Las pesadillas la están consumiendo igual que una llama funde la cera de una vela…
Abel Egea se llevaba entonces a Carlota al Bar Matías y se tomaban dos chatos para espantar la tristeza y la amenaza de la depresión. Ella, que no bebía mucho, cogía un puntito de alegría que la recuperaba de esa congoja. Luego, si había alguna buena película se la llevaba al Ideal o al Avenida.
-Ponen una de Cary Grant.
A Carlota le chiflaba la apostura e hidalguía de Gregory Peck, los ojos de Paul Newman y la virilidad de Jorge Mistral. Abel Egea prefería a Marlon Brando, James Dean o Montgomery Clift, sin un orden determinado de preferencia. Aunque, puestos a elegir, no podía evitar inclinarse más por la sensualidad montuna de Ava Gardner ni por la carnalidad envenenada de Marilyn ni, menos aún, por la pasión desatada de Sofía Loren. Que una cosa eran los buenos actores y otra ser un imbécil.
-¿Recuerdas La colina del adiós? –gritó Carlota desde el cuarto de baño. Se sombra se proyectaba en el techo, chinesca, mientras se movía por entre los jabones y los afeites que llenaban la habitación de una dulzura limpia y fresca.
Abel, al escucharla, se removió en la cama y echó los brazos atrás, cruzando las manos bajo la nuca. Claro que se acordaba de aquella película, la más romántica de todas. La vieron en el anfiteatro del Ideal. Carlota estuvo todo el tiempo conteniendo la emoción, cogida de su mano como si pudiera perderse en medio de un tumulto, hasta que Jennifer Jones subía la colina sabiendo que ya nunca iba a encontrar allí arriba a William Holden. En ese instante, Abel sintió cómo Carlota se ponía a temblar y a enjugarse las lágrimas con un diminuto pañuelo que llevaba escondido en la manga de su jersey. Con los créditos finales sólo se escuchaban la banda sonora de Alfred Newman y el lloriqueo entrecortado de algunas mujeres, en medio de un silencio contenido. Entonces, Carlota acercó sus labios a la oreja de Abel.
-Yo te quiero aún más… Y tú, ¿cuánto me quieres tú?
The End. Las luces, al encenderse de golpe, sorprendieron a Abel Egea entregado al beso más apasionado que le había dedicado a Carlota, casi de manera desesperada, sin saber muy bien cómo demostrarle todo lo que bullía en su interior. Poco podía hacer para competir con aquella película, pero le reconfortó comprobar que a Carlota le tiritaban los labios y que apenas fue capaz de levantarse, sacudida aún por su impetuosa bizarría y por el desconcierto al no poder recordar enseguida dónde se encontraban. Dos días después, volvieron a ver La colina del adiós, y Carlota exigió, de nuevo, otra dosis de arrebato.
La almohada estaba mojada por el rocío de sus lágrimas, pero Abel Egea seguía tumbado boca arriba, con el resuello de aquella banda sonora perdiéndose lentamente en el eco lejano de su memoria, dejándose capturar por las primeras horas de la mañana. En unos minutos, había recuperado más de Carlota de lo que había pensado en ella en los últimos años, como si encontrarse en Larache le hubiese abierto de par en par las puertas de la nostalgia, de la que tanto había abominado, a la que tanto había esquivado y ahora sabía porqué.
-¿Te apetece que compremos unos pasteles en Montecatine? –la voz de Carlota sonó divertida, adivinando que a Abel se le había vuelto a olvidar la fecha.
-¿Celebramos algo? –la pregunta de Abel estaba tamizada por el temor a un acontecimiento importante. No se atrevía a levantar la vista y apretaba los dientes para que sólo fuese un capricho de Carlota.
-¡Ay, marido! ¡No tienes remedio! No sé qué voy a hacer contigo… ¿Te acordarás alguna vez de mi santo?
-¡Dios!
Tenía que salir a toda prisa, aprovechando que ella se metía en la cocina para preparar el almuerzo y se iba a la Burraquía. Sólo Ismail podía aconsejarle bien.
-¡Ah, jai! ¡Siempre igual! –le reprendía Ismail con su risa ladeada, socarrona-. Tú sabes qui la mujera si no tiene rigalo, safi baraka! ¡Tú cabisa loca!
Pero luego echaba una ojeada a lo que tenía en el bazar y le sacaba una tetera mágica con la que se preparaba un té tan suave como los pétalos de rosas o una vajilla recién importada de China, con su sello de autenticidad, que no se encontraba en ningún otro lugar de Marruecos y, por supuesto, tampoco en España.
-¿Es muy cara?
-¡Qui cara, hombre! Para tu mujera no caro, llévatelo… Tú mi paga cuando quiera. Barato. Siempre barato para tu mujera…
La verdad es que Isnail siempre acertaba, aunque ninguno de sus regalos producía los efectos anunciados. La tetera era como las demás y la vajilla podía comprarse en cualquier tienda de Ceuta, pero qué más daba si servían para sacar a Abel del aprieto.
Se mordía los labios, imaginándose a David Benasuly viéndolo en ese estado. No se lo creería, claro que no. Lidia, sin embargo, sabría comprenderlo y hasta le resultaría conmovedor. Se echó rapé y lo aspiró, sentado al borde de la cama, con los codos clavados en los muslos. Sabía que tendría que salir a la calle dejando a Carlota en la escuálida habitación del Hotel, entre sus perfumes imaginados.
Hamid le sirvió café con leche, zumo de naranja y churros, que le trajo de su puestecillo que había instalado junto a la puerta de Bab Barra. Abel le deslizó unos dirhams que eran sólo para Hamid, por ser tan entregado y tan atento. En una de las mesas del Central reconoció a Mohamed Sibari, que escribía en una pequeña libreta, con las gafas levantadas y apoyadas en la frente, lo que no dejaba de resultar peculiar. Y, en otra, junto a una de las ventanas, a Bennani. Tenía los ojos cansados, como si hubiese visto demasiado, el cabello y el bigote grises como el gris del otoño, con un periódico entre las manos que también parecía contener sólo noticias antiguas. Era como si empezara a darse cuenta de que realmente estaba allí, de nuevo, en la ciudad que lo había convertido en todo lo que era, en la ciudad que le había inseminado lo mejor de sí mismo. Ya no le cabía la menor duda de dónde era realmente y de que, como sus calles, él también estaba viejo.

Larache en el Mundo – Antonio Mesa, José Edery & Sergio Barce, al fondo Carmen Allué, y de refilón José Luis Gómez
Si bajamos por la empinada Calle Real (antigua calle Marina en honor a este general que fue Alto Comisario, posteriormente calle 8 de Junio en conmemoración al desembarco español en Larache y actualmente calle 2 de Marzo) procurando no resbalar por su pronunciada pendiente, sobre todo en los frecuentes días de humedad que suele cubrir de neblina matinal principalmente la parte antigua de la ciudad, a la izquierda, tras sobrepasar la bocacalle de la Cuesta del Hamám, comenzaba la calle Oddi. Esta, más estrecha, se unía a la anterior en mitad de su trayecto para desembocar en el Barandillo (antes casi al borde del mar y actualmente separado de éste por unos jardines y una carretera de circunvalación) formando una sola callejuela, teniendo en sus cercanías al finalizar a la izquierda la mezquita de la Zauía Nasería construida en el siglo XVIII, frente al edificio del antiguo colegio español del primer Patronato Militar.
Banco que ocupaban los meknasis Salomón Toledano (padre de las dos parejas de mellizas Esther-Mercedes y Chelo-Anita) que actuaba como administrador, saliah (oficiante) y parnás (organizador); su hermano Rebí Abraham (padre del larachense nacido alrededor del año 1918 Boris Toledano Oziel, el Presidente de la Comunidad Israelita de Casablanca, y el más anciano y veterano a nivel mundial) y Jacob Toledano (no eran familia, propietario de la Tienda “La Favorita” bajo los arcos de la Plaza España), así como los hermanos Emquíes (especias y ultramarinos en la calle Italia). Todos ellos con su numerosa prole y familiares.





Una sirena se ahogó en Larache
de Sergio Barce
(Editorial Círculo Rojo, 2011)
por José Sarria
Tras la lectura de Una sirena se ahogó en Larache, de Sergio Barce, experimenté la sensación de intertextualidad que subyace en el relato, frente a la novela El pan desnudo, de Mohammed Choukri. Ambos son dos textos que, con la diferencia temporal que les separa, comparten espacio creativo, a la vez que personajes de la escenografía del norte de Marruecos. Los protagonistas podrían ser perfectamente transferibles de un relato a otro; pero, a pesar de compartir el cosmos social y otros elementos similares, el objetivo de ambos libros es bien diferente.
Según Mezouar El Idrissi, cuando Mohammed Choukri escribió su novela autobiográfica El pan desnudo, lo hizo “buscando un ideal para salir de un ambiente social deprimido y sórdido … / … buscando un sentido a su existencia, a la condición humana, pero sintiéndose extraño en su propia tierra, perseguido por circunstancias y lugares llenos de miseria y privación” [1].
Por su lado, Sergio Barce, autor de Una sirena se ahogó en Larache, está marcado de forma indubitada por la experiencia vital de su infancia, que transcurrió en las calles de Larache. Barce no se siente un extraño en la que fue su tierra, al contrario, hace de ella una utopía sobre la que fundamentar la construcción de su obra. Él no busca, como Choukri, un “ideal para salir de un ambiente deprimido”, sino que utiliza este magma de la experiencia que habita en su memoria y lo reelabora para construir un relato en la frontera de la épica cotidiana, visto desde el asombro, desde la imaginación encendida de los niños, con los ojos infantiles de Tami, su protagonista.

Choukri y Barce utilizan similares escenarios y personajes, si bien con objetivos disímiles. El primero para denunciar y reivindicar una salida, el segundo para regresar a aquellos lugares en los que junto a su familia (que residía en Larache desde la época del Protectorado) vivió los primeros años de su vida. Prueba de ello son sus anteriores novelas En el Jardín de las Hespérides (2000), Últimas noticias de Larache y otros cuentos (2004) y Sombras en sepia (2006), libro con el que obtuvo el Premio de Novela Tres Culturas de Murcia, todas enmarcadas o referenciadas en un pasado localizado en esta ciudad, que pulsiona, de forma definitiva, la actividad creadora del novelista.
Como ha escrito el profesor Abdellatif Limami, “con Una sirena se ahogó en Larache, se consigue finalmente el reto tan deseado: escribir del Larache de hoy pero desde dentro de una familia marroquí muy humilde, con muchos problemas de cara al futuro de sus hijos y plasmar al mismo tiempo la desilusión que supone la desaparición paulatina de la memoria y la historia de un pueblo a favor de una mera política del lucro o tal vez de la ignorancia … / … El relato gira entonces en torno a una niñez castrada que sólo salva la desbordante imaginación. De una familia muy humilde, Tami, un niño de casi diez años, a imagen del niño yuntero, crece como una herramienta, a los golpes destinado. Los relatos que su imaginación teje constituirán la única válvula de escape que le permite resistir y erguirse” [2].
Efectivamente, Tami mostrará desde el principio de la novela una imaginación desbordante, cuyos efectos plásticos se hacen visibles a través de la interconexión de dos planos narrativos (quizá el mejor logro del texto) que describen, por un lado, la cotidiana realidad y, por otro lado, la eclosión de una fantasía sin límites, y que el autor fusiona a la perfección en el relato, con una descripción de continuidad magistralmente labrada. Son brillantes los momentos en los que Tami, arrebatado por el éxtasis de su ilusión, escapa de su entorno y huye a otros universos que ha conseguido crear en su inocente corazón gracias a las múltiples historias que ha escuchado de su abuelo, El Hach, sobre el rescate que protagonizó Barbarroja de la Princesa de Argel, de Salah al-Din, de Scheherezade o del sultán Mülay al-Mansür al-Dahabi, o de los viajes de Simbad, de Ulises o de las caravanas de camellos camino de Tombuctú.
Sergio Barce lleva a Tami, desde su virginal concepción del mundo, desde su inocente interpretación del marco que le rodea, hacia una especie de deriva a través de los personajes del relato (El Hach, su abuelo materno, su madre Rachida, la hermosa Salwa, Miguelito, el niño español amigo de Tami, el halcón Horr, su hermano Ahmed, o su padre Mohammed) hasta conseguir la complicidad del lector con el protagonista, en esa amalgama de sentimientos, de proyectos y de ideales, con sus luces y sombras, que supone el despertar de la niñez en el trayecto hacia la adolescencia.
Todo el relato se encuentra enmarcado en el dédalo de calles, plazas y monumentos que conforman la ciudad de Larache. Sergio Barce, conoce a la perfección estos lugares, y los cincela en el texto con la esperanza del amante que confía en la resurrección de la amada que dormita. El Balcón del Atlántico, el Zoco Chico, el Castillo de las Cigüeñas, la Calle Real, el café Lixus, la Torre del judío, el Santuario Lalla Menana o el Jardín de las Hespérides, permanecen en el recuerdo del autor y conforman la cosmogonía del relato sobre la que sustentar la historia y a sus personajes.

El momento álgido de la novela se produce cuando Tami cree haber encontrado a una sirena varada en la playa peligrosa. La nereida es la metáfora, el símbolo de la fantasía del niño, en la que se refugia para trascender de su incierta realidad. Sin saber distinguir si lo vivido es cierto o forma parte de su imaginería desbordante, los acontecimientos se aceleran entre la incredulidad de sus más cercanos y la crueldad de quienes creen que ha enloquecido. Los acontecimientos se van sucediendo en la cotidianidad del Larache contemporáneo, desde la ingenua visión de un niño que envuelve de emotividad todo el relato, a pesar de la dureza de algunos capítulos, como el que relata los abusos vividos por Tami a manos de Pierre, un “enzerani” de casi sesenta años. El niño luchará por desterrar sus miedos y sus necesidades más inmediatas, adentrándose en su mundo de fantasía, en donde la justicia y la honestidad vencen a los valores de su realidad más cotidiana, ayudado por héroes, paladines, aguerridos generales y, como no, por el recuerdo de aquella hermosa sirena.
Como leemos en la contraportada del texto, Una sirena se ahogó en Larache es, en definitiva, una “narración que fluye en la frontera que separa las aventuras imposibles de las realidades infranqueables, pero también es una crónica de la vida en las calles de la ciudad vieja de Larache”. Aunque, en las últimas coordenadas de la novela, pudiera existir una denuncia social, éste no es el objetivo del autor, sino más bien contemplar el mundo desde el candor de la infancia, con la inocente mirada de los niños, para hacer posibles otras vivencias, frente a la severidad de un presente decadente que, por doloroso, se hace inaceptable.
[1] Fragmento del artículo “El otro rostro de Mohammed Choukri”, de Mezouar El Idrissi, publicado en “Marruecos Digital” (15-11-2006).
[2] Fragmento de la presentación del profesor Abdellatif Limami, en el Colegio Luis Vives de Larache (14-05-2011)


