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Cuaderno de cine: SÓLO NOS QUEDA EL VIEJO ESCLAVO ESPARTACO

Kirk Douglas es Espartaco

Tras la muerte de Elizabeth Taylor (que era algo más joven), pensé que de aquel grupo de actores extraordinarios nacidos alrededor del año 15 ya sólo queda con vida Kirk Douglas. Mi memoria cinéfila está poblada de decenas de films protagonizados por este grupo irrepetible, mítico, de películas asociadas irrenunciablemente a sus protagonistas y que son casi de obligatorio visionado. Y si no, ahí va una muestra:

BURT LANCASTER (1913-1994) con “FORAJIDOS” (The killers, 1946), “EL TEMIBLE BURLON » (The Crimson pirate, 1952), «DE AQUÍ A LA ETERNIDAD” (From here to eternity, 1953) “APACHE » (1954) , «EL FUEGO Y LA PALABRA” (Elmer Gantry, 1960),  “EL HOMBRE DE ALCATRAZ” (Birdman of Alcatraz, 1962), “EL GATOPARDO” (Il gatopardo, 1963) o “ATLANTIC CITY USA” (1980).

Burt Lancaster como Elmer Gantry (El fuego y la palabra)

Gregory Peck es el capitán Ahab de Moby Dick

 

 

 

 

 

 

GREGORY PECK (1916-2004) y “DUELO AL SOL” (Duel in the sun, 1946),  “EL PROCESO PARADINE” (The Paradine case, 1948),  “EL HIDALGO DE LOS MARES” (Capitan Horatio Homblower, 1951),  “EL MUNDO EN SUS MANOS” (The World in his arms, 1952),  “VACACIONES EN ROMA” (Roman holiday, 1953),  “MOBY DICK” (1956), “HORIZONTES DE GRANDEZA” (The big country, 1958),  “MATAR A UN RUISEÑOR” (To kill a Mockingbird, 1962),  “YO VIGILO EL CAMINO” (I walk the line, 1970) o  “GRINGO VIEJO” (Old gringo, 1989).

RICHARD WIDMARK (1914-2008) y “EL BESO DE LA MUERTE” (Kiss of dead, 1947), “CIELO AMARILLO” (Yellow sky, 1948),  “PANICO EN LAS CALLES” (Panic in the streets, 1950),  “DESAFIO EN LA CIUDAD MUERTA” (The law and Jake Wade, 1958),  “DOS CABALGAN JUNTOS” (Two ride together, 1961), “VENCEDORES O VENCIDOS” (Judgement of Nuremberg, 1961),  “EL GRAN COMBATE” (Cheyenne Autum, 1964) o “MADIGAN” (1968).

Richard Widmark es Madigan

Sterling Hayden es Johnny Guitar

 

 

 

 

 

STERLING HAYDEN (1916-1986) que protagonizó “LA JUNGLA DE ASFALTO” (The asfalt jungla, 1950), “JOHNNY GUITAR” (1954), “ATRACO PERFECTO” (The killings, 1956),  “¿TELEFONO ROJO? VOLAMOS HACIA MOSCU” (Dr.Strangelove, 1963) o “EL PADRINO” (The Godfather, 1972).

WILLIAM HOLDEN (1918-1981) que fue el actor de “EL CREPUSCULO DE LOS DIOSES” (Sunset Boulevard, 1950),  “TRAIDOR EN EL INFIERNO” (Stalag 17, 1953),  “SABRINA” (1954), “LA COLINA DEL ADIOS” (Love is a many splendored, 1955), “PICNIC” (1956),  “EL PUENTE SOBRE EL RIO KWAI” (The bridge over the River Kwai, 1957),  “GRUPO SALVAJE” (The wild bunch, 1969) o “FEDORA”(1978).

William Holden es Pike Bishop en Grupo salvaje

Robert Mitchum es Harry Powell en La noche del cazador

 

 

 

 

 

 

 

ROBERT MITCHUM (1917-1997) que protagonizó “RETORNO AL PASADO” (Out of the past, 1947),  “CARA DE ANGEL” (Angel face, 1952), “RIO SIN RETORNO” (River of no return, 1954),  “LA NOCHE DEL CAZADOR” (The night of the hunter, 1955),  “EL CABO DEL TERROR” (Cape fear, 1961),  “ELDORADO” (1966),  “YAKUZA” (The Yakuza, 1975), “ADIOS, MUÑECA” (Farewell, my lovely, 1975) o “EL HOMBRE MUERTO” (Dead man, 1995).

ANTHONY QUINN (1915-2001) que actuó en “VIVA ZAPATA!” (1952),  “LA STRADA” (1954),  “LOS DIENTES DEL DIABLO” (The savage innocents, 1960),  “BARRABÁS” (Barabbas, 1962), “ZORBA, EL GRIEGO” (Zorba the Greek, 1964),  “VIENTO EN LAS VELAS” (A high wind in Jamaica, 1965), “LAS SANDALIAS DEL PESCADOR” (The shoes of the fisherman, 1968) o “LA HERENCIA FERRAMONTI” (L´eredita Ferramonti, 1975).

Anthony Quinn es Zorba el griego

Yul Brynner es Chris en Los 7 magníficos

 

 

 

 

 

 

YUL BRYNNER (1915-1985) que hizo “EL REY Y YO” (The King and I, 1956), “LOS DIEZ MANDAMIENTOS” (The ten commandments, 1956), “LOS HERMANOS KARAMAZOV” (The brothers Karamazov, 1958), “LOS SIETE MAGNIFICOS” (The magnificent seven, 1960), “TARAS BULBA” (1962) o “ALMAS DE METAL” (Westworld, 1973).

Todos ellos han desaparecido. El último Richard Widmark en 2008, que se marchó tan reservadamente como fue su vida.

Kirk Douglas es Van Gogh en El loco del pelo rojo

Pero ahí está Kirk Douglas, aún nos queda KIRK DOUGLAS (1916), protagonista de  “EL IDOLO DE BARRO (Champion, 1949), “BRIGADA 21” (Detective store, 1951), “CAUTIVOS DEL MAL” (The nad and the beautiful, 1952), “ULISES (Ulysses, 1954), “20.000 LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO” (20.000 leagues under the sea, 1954), “EL LOCO DEL PELO ROJO” (Lust for life, 1956), “SENDEROS DE GLORIA” (Paths of Glory, 1957), “LOS VIKINGOS” (The Vikings, 1958), “EL ULTIMO TREN DE GUN HILL” (Last train from Gun Hill, 1959), “ESPARTACO” (Spartacus, 1960), “DOS SEMANAS EN OTRA CIUDAD” (Two weeks in another town, 1962),  “EL COMPROMISO” (The arrangement, 1969) o “EL DIA DE LOS TRAMPOSOS” (There was a Crocked man, 1970), y se mantiene ahí como testigo de esta generación que nos ha regalado escenas imborrables.

Jean Simmons & Kirk Douglas en Espartaco

Me pregunto qué se le pasará por la cabeza a alguien como él. Amigo íntimo de Burt Lancaster y de Jean Simmons, también recientemente desaparecida, con quienes coprotagonizó varias películas, Douglas asistió a la última entrega de los Oscar, y verle en el escenario me causó una extraña sensación de congoja. Le recordaba pleno, lleno de energía, dirigiendo a los esclavos como el rebelde Espartaco o ágil y atlético en “Los vikingos”, siempre lleno de fuerza, irradiando una energía que algunos criticaban porque le hacía sobreactuar. Yo nunca lo creí, simplemente ocurría que tenía tantas ganas de interpretar, de triunfar, de comerse el mundo, que Kirk Douglas traspasaba las pantallas. Pero ahí, en el escenario de la entrega de los Oscar, lo habría abrazado para darle las gracias por tantos buenos ratos de cine magistral, por todos y cada uno de sus personajes, pero también por el de todos esos compañeros de generación que he nombrado. Parecía que estaba a punto de desvanecerse mientras entregaba la estatuilla, que se desharía como polvo. Cerré los ojos, porque prefiero recordarlo como Ulises, navegando por el Boreas, luchando contra Polifemo… Precioso homenaje el que le hizo Tornatore en su film “Cinema Paradiso”.

Yo no sé cómo homenajearle, quizá por eso lo haga con este pequeño artículo, ahora que aún sigue vivo. Y vuelvo a preguntarme, qué pensará alguien como él al verse en sus viejas películas, cuando irradiaba toda aquella fuerza, mientras  que todo se va apagando inexorablemente a su alrededor… Ahora que recuerdo, también nos queda Lauren Bacall (sí, algo más joven, pero es la Bacall). Y Eli Wallach (1915), que no fue una estrella como todos ellos, pero que fue Caldera en “Los siete magníficos” y Tuco en “El bueno, el feo y el malo”. Quedan estelas… Pero yo soy Espartaco. ¡Yo soy Espartaco!

Lauren Bacall & Kirk Douglas en Diamonds, film de 1999

Sergio Barce, abril 2011

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MOHAMED CHUKRI y FERNANDO DE ÁGREDA

Fernando de Ágreda

Mi amigo Fernando de Ágreda tuvo la paciencia y el detalle de enviarme hace ya unas semanas la postal que Mohamed Chukri le envió en 1986 para felicitarle por el año nuevo. Es sencilla, pero entrañable, y con el permiso de Fernando la he escaneado para que podamos disfrutarla todos, y para ver la letra de Chukri, su caligrafía, como si fuesen las huellas de una leyenda que hubiesen quedado grabadas en la memoria de su amigo.

Junto a esta postal, y las palabras del escritor Mohamed Chukri, trascribo un fragmento de un escrito de Fernando de Ágreda en el que cuenta uno de sus encuentros con Chukri.

Poner estas palabras que se dedican ambos amigos, es emocionante y reconfortante. De alguna manera, compenso a Fernando por mi tardanza en hacerlo, no p’or desidia sino porque tengo tanto material que me van enviando los amigos que a veces temo no cumplir con todos y no sé a cuál darle prioridad. Seguro que me perdona por ello, porque cuando vuelva a ver esta postal y estas palabras seguramente volverá a invadirle la nostalgia por el amigo que ya no está.

Sergio Barce, marzo 2011

Mohamed Chukri

Fragmento de “MOHAMED CHUKRI en Lavapiés”, por Fernando de Ágreda

Entro en el Metro, en la estación de Moncloa y, en poco tiempo, alcanzo la de Lavapiés directamente. Salgo a la calle, en plena plaza, cerca del Centro de Teatro y enfilo la calle Argumosa. Voy caminando viendo con asombro cómo ha cambiado esta zona de Madrid; personas mayores, emigrantes que van a sus quehaceres, tiendas nuevas y antiguas, locutorios… Parece un escenario en el que se mueve y se mezcla lo antiguo con lo moderno sin un orden establecido.

Hay bares y terrazas, obras en la calle, como si quisieran transformarla, ensanchando la horma de las aceras y los edificios. A poco de iniciar el recorrido mis ojos se fijan en un rostro conocido, allí, sentado plácidamente en una terraza, ante un vaso de cerveza está Mohamed Chukri, con su inseparable cigarrillo mirando distraídamente a la gente.

Me acerco y surge el gesto de sorpresa: me extiende su mano y yo me inclino, como si quisiera abrazarle. Me viene a la memoria nuestro primer encuentro en el Café Raccasa, en pleno Zoco Chico tangerino, donde Chukri se instalaba y escribía, como si aquel escenario fuera tan acogedor como la propia casa. Entonces tenía otra dirección: el “Collage Ibn Batouta” B.P. 136, en la misma y única ciudad (“sólo como un preso en la gran celda que es Tánger, desde 1981”), en cuya biblioteca trabajaba o enseñaba.

La primera sensación me la ofrece su acento tan especial, su fácil expresión en la misma lengua en la que nos comunicamos. Se nota que aprecia esa forma de pronunciar las palabras y hablar con la gente, es un idioma que él ha querido incorporar a su vida y a su escritura. Parece que nos conociéramos desde hace mucho tiempo.

Me imagino que el mundo se ha detenido: todo se centra en nuestro encuentro. Somos dos seres entre los que se transmite una corriente de amistad que envuelve cada gesto, cada palabra, cada silencio. La presencia de Chukri en este barrio de Lavapiés no resulta extraño, quizá sólo para él, que sólo amó una misma ciudad: Tánger, donde vivió desde 1951, y más que eso: el teatro de la vida en esa ciudad que hizo suya para siempre.

Por eso quisiera imaginar la presencia de Chukri entre nosotros, esta misma tarde. No sería difícil que él pudiera amar esta ciudad: Madrid, y este barrio que hoy nos parece más próximo a esa cultura, a esas maneras que nos traen su recuerdo.

Siempre añoraré las breves visitas en las que nos reunimos. Sólo me queda la imagen quieta de un hombre admirable, digno, muy digno, un amigo irrepetible: “Yo estoy comprometido socialmente. Me inclino a defender a las clases marginadas, olvidadas y aplastadas. No soy Espartaco, pero creo que todas las personas tienen una dignidad que tiene que ser respetada. Aunque no hayan tenido oportunidades en la vida”, como reconoció el mismo Chukri en la entrevista que mantuvo con Javier Valenzuela, publicada en “Babelia”.

¡Leamos a Chukri! Algún día me gustaría publicar las cartas que me envió Chukri en su castizo español que dominaba con soltura. Será la imagen de un escritor que todavía no era “famoso” en el mundo literario.  Ahora, por ejemplo, encuentro su felicitación de Año Nuevo, en una bonita postal y dice:

“Tánger, 16 de enero de 1986

Querido Fernando:   Feliz año nuevo, aunque es un poco tarde. He pasado una larga temporada en Casablanca para publicar, durante tres meses, tres libros: “Al-jayma”, colección de relatos, censurada, después de ser bien vendida, “Maynun al-ward”, relatos, segunda edición después de la primera edición libanesa, y “Al-suq al-dájili” en los próximos días, porque tengo que corregir algunas faltas. Te doy las buenas gracias por tu buena amistad y amabilidad y por el artículo sobre Jean Genet.

Hasta pronto. Tu amigo que siempre te aprecia,

Mohamed Chukri”

Fernando de Ágreda, arabista, ha trabajado para la Dirección General de Relaciones Culturales y Científicas, de la Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), y se ocupó de la redacción de la Revista «Awraq«, de Estudios sobre el Mundo Árabe e Islámico contemporáneo. También ha sido profesor en la Facultad de Filología, departamento de estudios árabes, en la Universidad Complutense de Madrid y ha publicado varios artículos sobre la literatura marroquí contemporánea y sobre los hispanistas del mundo árabe en revistas dedicadas a estos temas.

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LARACHE vista por… ALI BEY (Domingo Badía)

Domingo Badía, disfrazado de Ali Bey

En 1805 llega a Larache el aventurero Domingo Badía, disfrazado de musulmán con el nombre de Ali Bey. Personaje muy curioso, con una vida aventurera y trepidante, fue espía de Godoy, y por esa razón fue finalmente expulsado de Marruecos a través del puerto de Larache. He tomado su “Viajes por Marruecos” en la edición de Salvador Barberá Fraguas, Punto de Lectura, Ediciones B, julio de 2000. Lectura que recomiendo por su curiosidad, y por los detalles de ese viaje y las notas aclaratorias del mismo, y que, creo, utilizaré en algún otro artículo próximamente.

En su mencionado libro “Viajes por Marruecos”, Domingo Badía, o Ali Bey, escribió:

“…después de atravesar un riachuelo, entramos en Larache a la una de la tarde.

Laraisch, que los cristianos llaman Larache, es una ciudad pequeña, que tendrá unas cuatrocientas casas, situada en la cuesta septentrional de una colina escarpada, desde donde se extienden las casas hasta la orilla del río, cuya embocadura es un abra para los buques grandes. Los bastimentos que no pasan de doscientas toneladas pueden entrar en el río, pero tienen que descargar para pasar la barra.

Hay en Larache varias mezquitas; la principal es de buena arquitectura. Vese también un espacioso mercado rodeado de arcos, sostenidos por columnitas de piedra (La alcaicería). Es el más hermoso que he visto en el país. Fue construido por los cristianos, al igual que las principales fortificaciones. Después de haber poseído esta ciudad los españoles, fue reconquistada por Muley Ismail. (Nota: Larache fue cedida por el sultán sa´di Muhammad aî-`Sayj y ocupada por el Marqués de San Germán el 20 de Noviembre de 1610. Muley Ismail la reconquistó en Noviembre de 1689 tras un asedio que duró dos meses. La aventura quedó saldada por parte española sólo lustros después cuando se obtuvo por fin la liberación de los últimos cautivos).

Por el lado de tierra protege la ciudad una buena muralla con su foso, y la puerta y el puente están defendidos por dos medio bastiones. La alcazaba o castillo, que está por parte de tierra al sur de la ciudad, es un pequeño cuadrado de bastiones con orejones, rodeado de fosos, todo bien bastante conservado, a excepción de parapeto, que se haya ya muy deteriorado. Por desgracia, la ciudad carece de agua; la que beben viene de un manantial situado a la orilla del mar, a ciento ochenta toesas de la muralla, en un sitio a cubierto de los fuegos de la plaza (Nota: se trata de la fuente de Sidi Álláh Ibn Ahmad en la vertiente exterior de la barranca rocosa). Se saca también de otro manantial que dista una legua. A un extremo de la ciudad, en la embocadura del río, hay un castillo que me dijeron fue construido por Muley Yezid (Nota: Se trata de una edificación más antigua que el reinado de Muley Yezid /1790-1792/. Este sultán visitó cuatro veces Larache durante su reinado, según relata ad-Du´ayyif, pero que no señala que se dedicara en esas breves etapas de visita a la construcción o reparación de las fortalezas. Este castillo, llamado de San Antonio por los españoles, es más antiguo que el de la parte de tierra o de las Cigüeñas). La fortaleza cuadrada está guarnecida por varias pequeñas culebrinas. Defienden la embocadura del puerto dos baterías colocadas al sur y otra batería o castillo por el mismo lado con cañones y mortero, situada a trescientos cincuenta toesas de distancia (Nota: se trata del Castillo de Nador, llamado de los Genoveses en el siglo XVII). Al norte del río o del puerto no hay especie alguna de fortificación.

A trescientas toesas al sur de la última batería de cañones y morteros, hay sobre la lengua del agua algunas obras, que vistas desde el mar tienen apariencia de  una fortaleza pero que no son sino ruinas de una casa y de un molino de viento.

A sesenta toeses al ESE del Castillo cuadrado, está la capilla o santuario de una santa mujer, patrona de la ciudad, llamada Léla Menána. Allí se venera su sepulcro .(Nota: Lälla Mennana Mishähiyya, la patrona de Larache, protectora de los viajeros, cuyo mausoleo en medio de los jardines se encuentra fuera de las murallas del antiguo Larache ) Jamás he podido desembrollar la complicación de ideas que ha suscitado en mi espíritu la existencia de la canonización de una mujer, con la exclusión del paraíso anunciada tácitamente por la ley a su sexo. Pero Dios sabe más que los hombres.

La costa del sur la forma una roca bastante elevada y la del norte una pequeña franja de arena.

De orden del sultán Sidi Mohamed Salami, que era bajá de la ciudad, se destinó para alojamiento la mejor casa, situada sobre el gran mercado, al lado de la mezquita principal.

A pesar de estas ventajas, no pudiendo subir al terrado para ver el cielo enteramente descubierto, me fue imposible tomar distancias lunares, pero mi longitud quedó bien establecida por los eclipses de los satélites… La temperatura es muy suave e igual a la de Andalucía.


La ciudad está rodeada de arena roja, que considero como un detrito de feldespato, con grandísima disposición a aglutinarse. La roca elevada del mediodía la forman capas perfectamente horizontales, muy delgadas y próximas unas a otras, lo cual forma un tejido apizarrado, cortado perpendicularmente a la orilla del mar. Dichas capas de roca son formadas únicamente por la arena roja ya aglutinada en el delgado tejido apizarrado.

Hay algunos huertos en Larache. Los víveres son buenos y el agua, aunque fuerte, no es malsana.

Consecuencia del viaje de Uschda fue la enfermedad que me aquejó por diez días… Tomé los baños del mar y aproveché la ocasión para enriquecer mis colecciones de productos marítimos.

 Hallábase a la sazón en Larache una corbeta de Trípoli; después de haber pasado muchos meses en el río, dio orden el sultán de fletarla a su costa, destinando la cámara de popa para mi travesía a Levante… El domingo 13 de Octubre de 1805, día de mi partida, fui por la mañana a despedirme del bajá, quien me hizo las mayores demostraciones de aprecio y consideración, añadiendo que si quería embarcarme a las tres de la tarde, asistiría a mi partida. Lisonjeóme demasiado tal propuesta para no consentir en ella. Embalados mis equipajes y cargados a bordo, acudí al puerto a la hora convenida para embarcarme con todas mis gentes. Pregunté por el bajá y me respondieron que iba a llegar. Mientras venía la chalupa, aguardé algunos instantes en la orilla del mar, en un sitio donde la muralla forma un ángulo entrante, y donde se halla un callejón que sale del ángulo. Llegada la chalupa y no apareciendo el bajá, me disponía ir a bordo, cuando por un lado y otro se presentaron dos destacamentos de soldados y otro tercero desembocó por el callejón. Los dos primeros se apoderan de todas mis gentes, el otro me rodea y me ordena embarcarme solo y partir al instante. Pregunto la causa de tan extraño proceder y me responden: Es orden del sultán. Pregunto por el bajá y me dicen imperiosamente: Embarcaos. Entonces vi claramente la mala fe del sultán y del bajá, quienes hasta el último instante habían ordenado se me hiciesen los mayores honores por las tropas y pueblo, mientras meditaban el golpe que debía herirme profundamente, pues miraba yo con tanto interés la suerte de las personas que me eran afectas, como la mía propia.

Embárqueme en la chalupa, despedazado el corazón por los gritos de algunas personas de mi comitiva, desoladas por esta separación. Bajé el río, devorado por la rabia y la desesperación, hasta llegar al paso de la barra, donde los fuertes golpes de las olas me excitaron el mareo, lo cual fue beneficio para mi salud, pues el vómito desembarazó mi cuerpo de una enorme cantidad de bilis, pero extenuado por tan violentas sacudidas morales y físicas, llegué casi sin sentido a la corbeta que estaba anclada a poca distancia fuera de la barra. Habiendo subido a ella, me condujeron a la cámara y me metieron en la cama. De este modo salí del Imperio de Marruecos…”

Domingo Francisco Jordi Badía y Leblich nació en Barcelona en 1767 y murió en Damasco en 1818. Fue militar, espía, arabista y aventurero, conocido también como Alí Bey el-Abbassi. Estudió árabe en Córdoba y estudió la aerostación. Ya en Madrid, el ministro Godoy le envió a varios países musulmanes bajo el disfraz de Ali Beu el-Abbassi, recorriendo Argelia, Libia, Turquía, Grecia, Siria, Egipto, Arabia, y, como queda dicho, Marruecos. El rey José I, hermano de Napoleón, le nombró alcalde de Córdoba (pues se había ofrecido a trabajar para la corte francesa que había invadido España). Su vida azarosa y aventurera tuvo un final digno de ella: cambió su nombre por el de Ĥãŷŷ ‘Ali Abu ‘Uțmãn (Ali Othman) y se marchó a Damasco, donde fue desenmascarado por los servicios secretos británicos que lo envenenaron en la capital siria.

Describió en sus libros sus viajes por Marruecos, Trípoli, Chipre, Arabia, Siria y Turquía, y dejó también descritas sus observaciones sobre Geografía, Botánica, Zoología, Entomología, Geología y Meteorología. Fue el primer español no musulmán en pisar La Meca y en entrar en el santuario de La Kaaba. Su famoso libro “Viajes por Marruecos” fue editado en su momento en varios países europeos.

Sergio Barce, marzo 2011

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Mi novela «SOMBRAS EN SEPIA» según Abdellatif Limami (Universidad de Rabat)

 

Minoría existencial y minoría nostálgica en la novela «Sombras en Sepia» de Sergio Barce

Artículo de ABDELLATIF LIMAMI 

Profesor de la Universidad de Rabat 

publicado en el Semanario «La Mañana» de Casablanca (16-08-2006)

Todos somos al fin y al cabo una minoría existencial o nostálgica. Gozamos y sufrimos de la misma manera que los que pertenecen a nuestra misma categoría social, religiosa o mental, y nos identificamos plenamente con el sentimiento de añoranza que sólo comprenden aquellas personas que sufren de la misma situación. Con la última novela de Sergio Barce, nos encontramos en el centro de esta noción de minorías: unas existenciales, en el sentido sartiano del término (luchar para poder sobrevivir), y otras, más psicológicas, vinculadas estrechamente con el sentimiento de impotencia frente al recordar nostálgico. Y en estos parámetros se inscribe “Sombras en sepia”: una minoría existencial que cruza el estrecho en pateras en busca del soñado e idílico paraíso dorado; y una minoría de corazones que palpitan en la otra orilla, prisionera de un tiempo que nunca se fue ni se desvaneció, y que sigue siendo, humanamente hablando, casi como aves sin nido. De tal forma, nos encontramos en este relato, llevados por el ritmo infinito de una novela que, a alta velocidad, nos traslada de un movimiento a otro:

Por una parte está el presente de la narración, centrado en el casual e inoportuno encuentro entre un español larachense ubicado en Málaga (Abel) y una mujer que acaba, con un niño de cuatro meses, de cruzar el estrecho en patera (Nadja / Zakarías); por otra parte, y a través del flash back esta vez, topamos con el soplo nostálgico que nos narra historias truncas, nunca acabadas, cargadas de un sentido plural: las de un malagueño cuyo corazón late todavía en el Larache de la infancia y adolescencia.

En fin, y en una marcha casi solitaria, la narración nos conduce a una desesperada búsqueda del protagonista (la de Nadja) que se transforma finalmente en una búsqueda de sí mismo. Pero qué más da si el acto de buscar, legítimo en el ser humano, conduce a uno a encontrarse consigo mismo y a mover cenizas con el propósito de reavivar el fuego: la desesperación de los convidados al cementerio del Mediterráneo, excluidos y marginados en su propia sociedad de origen; y el pesar y sufrimiento de una minoría que, aún bien instalada e integrada en su nuevo espacio, se siente frustrada por un mundo implacable en que prevalecen el lucro y el egoísmo.

Se trata de unas minorías que viven y que sangran ante la indiferencia de todos: la vida queda sostenida aquí por el nostálgico recordar (una historia inocente, una amistad, un romance de amor…) y la gangrena motivada en el relato por el espectáculo desolador de un “rebaño” condenado en las profundidades del mar por ser marginado y desprovisto de una seña de identidad. Pero es también gangrena el triste espectáculo de un Larache que va acabando con su historia a favor de una política del cemento y del lucro; y el del despiadado mundo occidental en que la lógica del consumo determina el ser o el no ser. Así, del presente de la narración, que implica la cruda realidad de las pateras, nos trasladamos al nostálgico recuerdo que nace de chispas y cenizas, y finalmente a la búsqueda del otro, es decir de si mismo.

La trayectoria podría ser calificada incluso de hernandiana: vivir con tres heridas: la de un mar-cementerio, la de rostros postergados y finalmente la de una seña identitaria en que pasado, presente y futuro se confunden y en la que, encontrar al otro es encontrar a sí mismo.

“Sombras en sepia” narra la historia de un hombre mayor, viudo y jubilado, cuya monótona vida va a ser alterada de pronto al encontrar en la playa a una joven marroquí con su bebé recién llegados en una patera. El encuentro dará lugar a un romance y a una entrañable relación cuyo desenlace será sin embargo trunco, a causa de la llegada del marido de la joven para llevársela a Marruecos. Entonces, y en un acto de desesperación, el protagonista emprende un viaje a Marruecos, en busca de Nadja. Pero en realidad, estaba en busca de sus propias raíces.

Según los miembros del Jurado, esta búsqueda le sirve al protagonista “como itinerario espiritual de regreso a un mundo al que emigró y que le crea la sensación de desasosiego, de no sentirse perteneciente ni al Marruecos perdido, ni a la España en la que vive en soledad”. Esto corrobora el alto significado del título: “Sombras en sepia” que deja entrever a una especie de fantasmas que aparecen en una de estas antiguas fotos en blanco y negro, convertidas con el tiempo, en un fondo oscuro y amarillento.

La novela, ganadora de la primera edición del Premio de Novela “Murcia Tres Culturas”, convocado por el ayuntamiento de Murcia -dicen los primeros recortes de la prensa- es una esperanzadora muestra de la convivencia entre “la comunidad marroquí y la española”, (La Opinión, 20 de octubre de 2005, Murcia) y un acto de fe de “una persona muy involucrada en la integración de la cultura marroquí en nuestro país”. La calidad de la obra, la atestigua la alta calidad intelectual de los miembros que integran el jurado: Luís Mateo Díez, Premio Nacional de Narrativa y miembro de la Real Academia de la Lengua Española, Clara Janés, poeta y traductora (Maître es Lettres por la Universidad de la Sorbona), Jon Juaristí, Premio Nacional de Literatura y ex Dctor del Instituto Cervantes, Luís García Montalvo, escritor, y Manual Borrás, editor.

El protagonista de la novela, Abel Egea, es un ex larachense instalado en el presente de la narración en Málaga. Pero más que el retrato físico, del cual tan sólo sabemos que es un hombre corpulento, de espaldas anchas, con sesenta y siete años, un “escaso cabello gris”, un “pequeño bigote gris asaetado de canas” y una “prominente barriga” que “le recriminaba sus años de inactividad”, lo que más prevalece en la presentación del personaje es su retrato moral: un ser prisionero de un rutinario paisaje de ladrillos, cuya vida es concebida como una tomadora de pelo y cuyo futuro, una lucha contra quienes, cada día, le restaban veinticuatro horas de existencia. El personaje da finalmente la impresión de alguien que “deambula por el insomnio de su locura” (y cuya vida había pasado tan de prisa que era imposible tener ya sesenta y siete años: “-He vivido –dirá el protagonista en un intento sintetizador de su existencia- en un permanente desarraigo. No sé qué hacía allí, pero sabía que tampoco podía volver. Los que nacieron en Marruecos, y que nada tenían que ver con el ejército…. Te hablo de la población civil, la que nos quedamos tras la independencia, la que apostamos por trabajar en el Marruecos libre, en nuestro país, porque nos sentíamos tan marroquíes como vosotros, hubiésemos deseado permanecer en nuestros pueblos… Nosotros éramos felices en Larache, /…/ Muy felices. Todos nuestros amigos estaban aquí… Pero llegó la marroquinización y no se nos permitió obtener la doble nacionalidad, se nos exigía permiso de residencia incluso a los que habían nacido aquí y llevaban toda su vida en Marruecos, sin conocer otro lugar más que éste…De pronto, éramos extranjeros. Insensatos, creímos que, por consiguiente, éramos españoles… Allí tampoco nos querían. Cuando llegamos a España, nos decían que íbamos a robarles los puestos de trabajo /…/ Así que, de pronto, no éramos españoles, pero tampoco marroquíes…”

Samir, un personaje larachense, al escuchar el discurso del protagonista, le dirá: “he descubierto que escondes más heridas de las que tú mismo crees tener”.

En esta soledad existencial, el azar le hace encontrar al protagonista a una joven con su hijo de cuatro meses (Nadja y Zakarías), recién salvados milagrosamente de una patera y cuya vuelta al país de origen representa una vuelta a los infiernos. Nadja es una niña marroquí de 17 años de agradables facciones, suaves contornos y hermosos ojos verdes de oliva, originaria de Tlata de Reixana. El escaso español que posee, sólo le permite afirmar su deseo de no volver al país y de encontrar cobijo y trabajo en España: “- Mi dijeron qui lispania mucho trabaja. Io viene a Hispana sola con mijo. Io necesita dinero para Zacarías. Io busca trabaja por papeles. Safi”

El encuentro en sí va a desenclavar una vuelta atrás, provocando así, en cierta medida, una reconciliación del personaje con su pasado, y recordándole incluso su primer amor de niño en Marruecos con Salma, cuyo parecido con Nadja es producto del azar: “Todo había sido un simple espejismo que le había aparecido por casualidad o por un accidente retórico”, “Se fue así reconciliando con un pasado que tenía postergado de manera canallesca, como si tuviera algo de qué avergonzarse”. “Nadja ha conseguido algo, y tengo que reconocerlo. Me ha hecho volver a pensar en Marruecos, en Larache.”

La Medina de Larache

Tal situación, genera dos discursos que caracterizan y definen a dos minorías: la de los inmigrantes clandestinos y de su mundo, por una parte, y por otra, la de una minoría de españoles que tuvieron que dejar Marruecos y “condenarse” así a vivir entre el aquí y el allá. Las condiciones de la minoría de inmigrantes vienen especificadas en el relato a través de tres pausas: la de la imaginación del protagonista, que concuerda con la realidad y la de dos espacios muy representativos que son la Subdelegación del Gobierno (en España) y la alusión a la Asociación Pateras de la vida (en Marruecos) que intenta, desde dentro, ayudar y rescatar a algunos de los inmigrantes clandestinos, del sucio comercio de los traficantes de humanos.

Si la llegada de Nadja y su hijo a España en patera inicia el relato, las condiciones de esta travesía sólo aparecen al final. En un esfuerzo de recreación, Abel entreverá a Nadja, con Zakarías en brazo: “caminando por la orilla del Lükus y cruzando esas montañas que se enfurecen con el invierno, los bosques inhabitables, las llanuras resecas. Una ruta arisca, imperdonable, pretoriana. Un territorio poblado de sepulturas anónimas, de esqueletos desintegrados, de fantasmas abatidos en absurdas guerras”. La imaginará también: “ con los pies ensangrentados, las zapatillas de deporte húmedas y rotas, los cabellos asidos por el sudor de la cara, dirigiéndose con determinada fascinación a una inexistente Europa engalanada por los estafadores. Su llegada a una incierta playa tangerina, la espera interminable en una noche como boca de lobo hasta embarcar en una patera maltrecha e inquietante…”

La primera parada de estos inmigrantes se opera en los lugares insalubres y escondidos donde se refugian los inmigrantes antes de emprender lo que muchas veces es un “viaje sin retorno”; lugares controlados por una mafia que hace del ser humano el objeto de su lucro y donde procuran intervenir los ejecutivos de la Asociación Pateras de la Vida para ayudar y corregir, como pueden, el tiro. El lugar en sí es “uno de los refugios preparados para los ilegales”, y cuya descripción hace resaltar las condiciones más inhumanas, que escapan a veces a las cámaras y a las plumas: una casa “demasiado poblada para sus escuetas dimensiones” y en cuyo interior yacen almas perdidas; habitaciones abiertas donde “dormitaban una treintena de personas, en su mayoría de raza negra, junto a los que se reconocían también a los marroquíes más olvidados. Todos se hacinaban igual que desperdicios o que despojos, la escoria de la que nadie quería saber nada de nada; mejor muertos que ociosos, mucho mejor lejos, en países desarrollados que pudieran explotarlos a gusto, que delinquiendo en su propia tierra. Formaban un buen cuadro de almas perdidas”.

El cuadro final es el de unas “caras inexpresivas” tumbadas sobre “esteras sucias y malolientes” en un clima donde predominan: “la suciedad, el mal olor y el deterioro”. Es un mundo, dirá el narrador que “violaba una intimidad vergonzosa” y cuyos moradores no eran más que “simples réplicas almacenadas”. Un lugar finalmente donde mejor se entiende –dirá Abel- “la vacuidad de nuestras fronteras, la artificialidad de nuestras diferencias, esa impostura instalada en el poder que nos conduce a ciegas a seguir a unos líderes manipuladores y ególatras”. Una de las imágenes más esperpénticas que ofrece el lugar es la de una mujer embarazada que sufre, en la resignación más absoluta, su amargo destino: “Una mujer embarazada estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Sus pies mostraban las huellas del sufrimiento, llenos de cicatrices y eccemas, con un par de uñas rotas, con sangre coagulada”.

En cuanto al otro espacio, situado esta vez en la otra orilla, es el relativo a la Subdelegación del Gobierno donde “marroquíes que se apiñaban en una de las puertas acristaladas”, negros africanos y sudamericanos “sentados en silencio en los informales sillones negros de trazas modernistas” y donde “guardar su turno” era una angustia permanente y una necesidad absoluta. El clima general es tan desolador como el primero: una mujer que parecía como “una forzuda sacada de un parque de atracciones de los años treinta o cuarenta”; el triste espectáculo de seres que “mataban su espera desesperadamente dando pequeños paseos en círculo” mientras que otros “charlaban en jergas incomprensibles”, con voces reducidas a “un murmullo resignado”, y conversaciones en que se pisaban lenguas que se confundían “en una ridícula torre de Babel”. En esta caótica dependencia, los funcionarios serán entrevistos por el protagonista narrador como representación de “la nueva clase dominante” o “nueva burguesía funcionarial que pasaba por encima del resto de la ciudadanía”, es decir, “los nuevos privilegiados” de la patria. El panorama final es el de una “ciénaga burocrática”. El propio discurso del responsable de inmigración denota cierto pesar por la situación, pero que no altera en absoluto la implacable lógica maquinaria administrativa: “Muchas veces he de cerrar un expediente con una propuesta de expulsión, y sé, en mi fuero interno, que probablemente esté matando la esperanza de alguien que merecería otra suerte/…/ Pero las cosas son así, es imposible acertar en todos los casos. Cometemos muchas injusticias, involuntariamente.”

Frente a esta situación, la voz rebelde del protagonista se levanta en forma de protesta en contra de quienes juegan con la vida de desgraciados y se aprovechan de ellos: “Detestaba a los que jugaban con la vida de esos desgraciados y a los que, sobre todo, se aprovechaban de mujeres sin futuro para darse un festín con ellas /…/ La mayoría son pequeños delincuentes, raterillos. Algunas mujeres vienen con la esperanza de casarse, es otra fórmula que les permite mantenerse a flote. Y la vergüenza es que todo esto ocurre en un país de emigrantes…” Dice Abel en una discusión con David, y refiriéndose a la estancia de los dos en tierras magrebíes: “en mis tiempos éramos nosotros los que buscábamos las habichuelas en su tierra”.

Este discurso, reiterado más de una vez en la novela, expresa el malestar de una franja de la población española que contempla con resignación el mundo infernal de los ilegales, llegando incluso al extremo de auto-culpabilizarse por alimentar inconscientemente la filosofía de los nuevos fascistas “que sólo comen en los Mc Donald’s y estudian guerrilla urbana contra los mendigos y los inmigrantes negros en las consolas de sus juegos interactivos”.

“Nosotros hemos sufrido la emigración, jai, y sabemos lo dura que es esa vida. Y, en realidad, estamos en deuda…Hoy es ella y el niño, mañana pueden ser nuestros propios nietos”. “Todos somos emigrantes. Créame. Ahora gozamos de una buena racha, pero nadie puede asegurarnos que dentro de cuarenta años no estarán nuestros nietos cruzando el mar para buscarse su futuro. El mundo es redondo y da muchas vueltas”.

Como queda señalado antes, el encuentro del protagonista con Nadja no hace más que activar un fuego apenas enterrado, hasta tal punto que nos encontramos, desde la primera página de la novela con el fantasma de un hombre viudo, quien, a sus sesenta y siete años, y desbordado por la nostalgia, no ha podido dejar el pasado atrás y olvidarlo; un ser que seguía viviendo “acompañado por la presencia inquietante de las ausencias y por la inesperada intromisión de un horizonte imposible”; un ser finalmente cuyo futuro “había dejado de existir” para darle paso a lo único que le quedaba: un recuerdo “con imágenes permanentemente en evolución, igual que fragmentos de películas que se proyectaran en una pantalla recóndita”. Son detalles, pero que se mantienen y que “son la esencia del recuerdo y la mejor coartada para el progreso”.

El recordar aquí es primero y sobre todo el Larache de la infancia. “Aquí -afirma el protagonista refiriéndose a esta ciudad – es donde fui realmente feliz”. Larache, prosigue el personaje en otro contexto, “es mi única bandera”; sobre todo cuando sabemos que allí es donde están enterrados sus padres. Su historia empezó cuando su padre decidió “buscar fortuna en tierras magrebíes”. Pero, desde entonces, en sus pupilas, en su corazón así como en el aire que penetra sus pulmones, todo se resume en vivencias, sensaciones y sentimientos larachenses. Pero la memoria, como bien lo señala el protagonista, es también “un penoso recordatorio de nuestras pequeñas miserias”. Y en efecto, el espacio larachense recreado y que corresponde al presente de la narración, es un mundo en decadencia, en el sentido de una progresiva destrucción de su alma y de su carga histórica. Así aparecen en el relato los vestigios del pasado o, simplemente la morada o espacios de la infancia: la casa Raisuni, cuyas paredes estaban cubiertas “de enredaderas” que “disimulaban las grietas inmisericordes y las manchas de humedad”; el antiguo casino que ya no está en su solar por haber desaparecido; el Castillo San Antonio que no es más que un viejo guerrero malherido:

Castillo Laqbíbat (o de San Antonio)

“Se había imaginado verlo ahí, chulesco, erguido con sus robustos muros desafiando al mar, como el paladín que siempre había sido, defensor romántico de la ciudad frente a los ataques de Poseidón. Pero no era así. En su lugar se encontró con un viejo guerrero malherido” con paredes “erosionadas por la rapiña insensata del olvido”. Es el Castillo Laqbibat, que aparece como “ladeado, de rodillas, perdida su dignidad, vencido y humillado por la desidia de las autoridades que lo habían abandonado a su triste suerte, con sus muros mordisqueados” con “piedras que se habían ido desprendiendo de los muros”, “grietas profundas”, “cúpulas resquebrajadas”, “hondas incisiones en las paredes hechas a base de hachazos gigantes” tal “un cáncer inesperado y triunfante”.

Es el Teatro de España que, de un espacio de esplendor que acogió a ilustres artistas (Antonio Machín, Antonio Molina), ha dejado “su lugar decimonónico y majestuoso a un edificio impersonal de apartamentos”; el cine Ideal, única construcción del art deco del norte del país y que hoy no es más que “un solar donde unos camiones estaban descargando material para los cimientos de algún otro inmueble globalizado”; la avenida, felicidad de ayer, hoy “un viejo decorado al que ya le faltaba una parte importante de la tramoya”; la propia casa de la infancia no es más hoy que “una sombra del pasado”, un solar de “escombros y de maderas mojadas y de vigas y ladrillos amontonados de manera impúdica” que cubrían sus sueños de adolescente, una especie de “úlcera sangrante”…

La política del lucro de los sucesivos responsables de la ciudad ha prevalecido más que la fibra histórica que hubiera podido darle al país otro monumento histórico y otra riqueza turística. “Lo que importa a esa gente -dirá el protagonista- es el negocio, aunque haya que saltarse las leyes y las normas de buena convivencia….”.

Pero, a pesar del trise panorama, Abel Egea permanece fiel a su amor por esta ciudad que constituye su única bandera: “yo sigo amando todo esto, con sus heridas, con sus ausencias, con sus gangrenas”; sobre todo porque allí es donde ha aprendido a ser tolerante y a convivir con las demás culturas y religiones: “el señor Beniflah les daba tanto la bienvenida como sellaba de manera solemne el ritual de esa celebración que congregaba cada año a la familia, al mejor amigo del señor Beniflah, un cristiano, y a otro hebreo y a un musulmán para sentarse todos juntos alrededor de la misma mesa y recordar, con la lectura de varios textos, la liberación del pueblo de Israel…”

“Era un tiempo increíble. Mis amigos musulmanes acudían a mi casa en las Navidades y, el día de Reyes, recibían algún obsequio /…/ Yo acudía a la fiesta del Mulud y a la del Aid el Kebir, lo que confirma el larachense Yebari, con sentir y nostalgia, en comparación con las atrocidades del mundo actual, determinadas por el rechazo del otro, el fanatismo y el individualismo: “hablando con mi hermano, comentábamos lo curioso que era el que conviviésemos en Larache tantas culturas y nunca, nunca, hubo un solo problema /…/ Había iglesias católicas, mezquitas y sinagogas, y nos respetábamos por igual”.

El mismo discurso lo recoge Samir, otro personaje de la novela, haciendo hincapié en la cruda realidad que emite hoy la televisión: la de judíos y musulmanes que se sangran a diario cuando la posibilidad de convivencia es real: “Es difícil para ellos entender que un judío y un musulmán puedan compartir una fiesta, que puedan estar sentados a la misma mesa “, “ cómo van a creerme si sólo escuchan hablar en las televisiones europeas del terrorismo islamista”. Abel, recogiendo las palabras de su difunta esposa Carlota, notará con razón que “vivimos una época de miedo, una época de sinrazón, una época de iluminados; y como nativo del país, que se siente parte integrante de la problemática de su población, hará suyo el dolor de ver o leer casos de marroquíes detenidos o perseguidos por terroristas o supuestos terroristas: “Cuando las noticias hablan de que han detenido a un marroquí vinculado con un grupo terrorista, sufro. Sufro tremendamente. Porque pese a mi nacionalidad, me sigo sintiendo de aquí”.

Este discurso del protagonista, con el que cerramos esta presentación, es más que un testimonio de fidelidad a este espacio que lleva en él como “un pedacito entrañable”. Es un acto de amor que conlleva significados plurales, de acuerdo con el espíritu general de la obra: salvaguardar el recuerdo y las tiernas convivencias, reintegrar una imagen auténtica a veces ensuciada por la ignorancia de uno o por las actitudes fanáticas de otro; realzar el lado humano que tiene uno, antes de ser un simple sujeto de una sociedad de consumo…..en fin, y a través del recuerdo, mostrar cómo uno no puede, a pesar de los pesares, ser despojado de su identidad que lo llama desde las profundidades: que sea Nadja o Abel, dos minorías y dos voces todavía calladas.

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LUIS MARIA CAZORLA, jurista larachense

Luis María Cazorla Prieto, nació en Larache en 1950. La verdad es que no sé por dónde comenzar, puesto que su currículum es tan amplio como diverso, aunque supongo que Luis me permitirá resaltar, antes que otra cosa, nuestra amistad, que se va cimentando poco a poco y que es realmente entrañable. Y además, tengo la primicia, que comparto con quienes osáis en leer mi blog, de que, en pocas semanas, verá la luz su próxima novela LA CIUDAD DEL LUCUS, obviamente ambientada en gran parte en Larache, como ya anuncia su título. Será, pues, en el instante en el que se edite, cuando hable de Luis María Cazorla escritor de ficción. Hoy, como adelanto, hablaré de Luis María Cazorla jurista. Sigue leyendo →

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