
Gracias por este libro sensible, culto y bello. “El mirador de los perezosos” me enamoró, espero que “Una puerta pintada de azul” también lo haga. Para mi leer es un vicio… Y leerte es nuevo. Es cierto que nunca he estado en Marruecos ni en todos los lugares que describes, pero es como si viajases allí y vivieras todo lo que narras.
Terminé mi segunda experiencia contigo. MARAVILLOSA. Es real, puro, emotivo, íntimo, nostálgico, lleno de color, belleza y sabiduría. Envuelto de tus días enlazados en mezclas exquisitas de culturas, que enseñan en cada línea y despiertan los cinco sentidos, algo que a mí me maravilla. Poder oler, saborear, tocar, oír, ver… Sólo leyendo o contemplando, es como beber un buen vino, oír una buena música, ver colores, oler flores en primavera o acariciar un alma. Ha sido una sorpresa encontrarte y seguiré leyéndote, llevando conmigo esa esencia que desprende tu forma de escribir.
«¿Es una casualidad si las primeras novelas marroquíes evocan la infancia? e incluso en el título: La caja de las maravillas, de Ahmed Sefrioui (1954), Infancia entre dos orillas (Fi-l-tufula) de Abdelmajid Benjelloun (1957). Es una novedad significativa: en los textos árabes antiguos, el niño no suele estar presente. Hayy Ibn Yaqzán es una excepción. A partir de 1954, los marroquíes escriben sobre todo, o en primer lugar, para evocar su infancia, su nacimiento, lo que implícitamente significa una manera de señalar, de atestiguar la emergencia de una literatura. Toda novela se p`resenta entonces como una partida de nacimiento. De la literatura como registro civil…
Empezamos a escribir cuando aprendimos a leer y nos llevaron, según los avatares de la formación, a la escuela de los egipcios o a la de los franceses. La literatura presupone la escritura, la escuela y en consecuencia una lengua especial, más exactamente dos lenguas, el francés y el árabe clasico. Por lo tanto, la literatura marroquí sólo surgió a partir del día en que nuestra madre, esa <loca de la casa> nos metió en un cofre y nos entregó a la mar, a lo desconocido, a los peligros de la escuela, al albur de otra lengua, de otras lenguas, en una isla en la que sirenas, quimeras y animales desconocidos emiten sonidos insólitos. Nos encaminamos a la morada de esas criaturas para recuperar un atraso cultural del que todos éramos conscientes, viajamos hacia islas lejanas, París, El Cairo, a veces Damasco y Beirut, para imitar, hasta el punto de confundirse con ellas, las voces y los cantos de los seres que las habitan. Buscábamos una familia sustituta, una lengua de escritura, un sol, una gacela. Desde ese punto de vista, la laiteratura marroquí tiene la consistencia de una sombra, de un reflejo lunar».