Archivo de la etiqueta: SERGIO BARCE

Con WOODY ALLEN & GROUCHO MARX, de nuevo

 

«Te voy a contar una historia tremenda acerca de la anticoncepción oral: le dije a esa chica si quería hacer el amor conmigo y me dijo que no»
(
Woody Allen)

Hermanos Marx


 

» Groucho: ¿Qué quiere?
Enfermera: Tenemos que ver si tiene temperatura.
Groucho: No sea tonta. Todo el mundo tiene temperatura
(Última broma de Groucho en su lecho de muerte – 1977)


 

 

 

 

 

«Prefiero que me incineren a que me sepulten, y ambas cosas a un fin de semana con mi mujer».
(
Woody Allen)

 

 

 

 

 

Agente: Oiga, esta foto de su pasaporte no se le parece.
Groucho: Bueno, tampoco se parece a usted.

 

 

Groucho

Chico, Groucho & Harpo Marx

«El dinero es mejor que la pobreza, aunque sólo sea por razones económicas».
(
Woody Allen)


 

«Groucho (Maestro): ¡A ver, usted! -señalando al alumno Harpo- ¿Qué forma tiene el mundo?
Harpo: No sé.
G: Bueno. ¿Qué forma tienen mis gemelos?
H: Cuadrada.
G: No mis gemelos de diario; los que llevo los domingos.
H: Oh. Redonda.

HARPO & GROUCHO

G: Muy bien, entonces ¿qué forma tiene el mundo?
H: Cuadrada los días de diario y redonda los domingos

W.A.

 

 

 

 

«De dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿hay posibilidad de tarifa de grupo?».
(
Woody Allen)

 

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22 de marzo: Presentación de LA CIUDAD DEL LUCUS de LUIS MARIA CAZORLA

LUIS MARÍA CAZORLA

El próximo día 22 de marzo, a las 19:30, en la Sociedad General de Autores y Editores, en Madrid, la editorial ALMUZARA organiza la presentación de la novela “La ciudad del Lucus” del escritor larachense Luis María Cazorla Prieto.

Aun cuando ya he hablado de él en varias ocasiones y también he tenido la oportunidad de contar semanas atrás mis impresiones sobre esta obra tan ligada a Larache, no me resisto a poner esta nota en mi blog para quienes sienten el mismo afecto que yo hacia Luis Cazorla y para los que tengan la curiosidad de leer su novela. La presentación que anuncio es una oportunidad para disfrutar de su compañía y pasar un buen rato hablando de su libro, de sus personajes y de su ciudad natal.

Por otro lado, además del propio Luis María Cazorla, “La ciudad del Lucus” va a ser presentada por cuatro destacadas figuras: Andrés Amorós, Luis Alberto de Cuenca, Julia Navarro y Manuel Pimentel, con unas trayectorias profesionales y creativas que merecen ser destacadas.

 

Andrés Amorós es ensayista, crítico literario e historiador de la literatura español. Doctor en Filología Románica, Catedrático de Literatura Española en la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, fue el creador de la Biblioteca del Teatro Español del s.XX cuando ocupó el cargo de director cultural de la Fundación Juan March. Desde el año 1999 dirige la Compañía Nacional de Teatro Clásico y es director del Instituto de Artes Escénicas y de la Música. Ha sido galardonado con el Premio Nacional de Ensayo, el de la Crítica Literaria o el Premio José María de Cossío.

Luis Alberto de Cuenca, poeta y ensayista, es Doctor en Filología clásica. Ocupó el cargo de director del Instituto de Filología del CSIC y de la Biblioteca Nacional. Además de su obra poética con títulos como “La vida en llamas” (2006), premio Ciudad de Melilla, “Poesía 1979-1996” (2006), Edición de Juan José Lanz, “Jardín de la memoria” (2007), Universidad de las Américas, Puebla, México, antología personal o  “La mujer y el vampiro” (2010), con ilustraciones de Manuel Alcorlo, Breviarios de Rey Lear, Luis Alberto de Cuenca ha traducido a Homero, Eurípides y Gérard de Nerval, entre otros autores, siendo galardonado con el Premio Nacional de Traducción por su versión del Cantar de Valtario. Es miembro de la Real Academia de la Historia.

 

 

Julia Navarro, periodista y novelista, trabajó para la Agencia OTR/Europa Press. Como escritora ha publicado diversas obras periodísticas e históricas como “Nosotros, la transición” o “La izquierda que viene”. Como novelista ha cosechado varios éxitos de ventas con “La hermandad de la sábana blanca”, “La Biblia de barro”, “La sangre de los inocentes” o “Dime quién soy”.

Manuel Pimentel, escritor y ex político, es ingeniero agrónomo, licenciado en Derecho y diplomado en Alta Dirección de Empresas. Fue, entre otros cargos en su  carrera política, Ministro de Trabajo y Asuntos Sociales, cargo que abandonó por su oposición a la guerra de Irak. Creó posteriormente las editoriales Almuzara y Berenice. Como escritor, Manuel Pimentel ha publicado ensayos, relatos y novelas, y entre estas últimas destacan “Peña Laja” (Barcelona, Planeta, 2000) “Monteluz” (Barcelona, Planeta, 2001), “Puerta de Indias” (Barcelona, Planeta, 2003), “La ruta de las caravanas” (Barcelona, Planeta, 2005) y “El librero de la Atlántida” (Córdoba, Almuzara, 2006).

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Otros libros, otros autores: CERVEZA CALIENTE (Memoria vaga de un verano perezoso) de JUAN PABLO CAJA

Hace unos días Juan Pablo Caja me envió un ejemplar de su novela “Cerveza caliente (Memoria vaga de un verano perezoso)” (bcn press – Barcelona, 2011), con un curioso diseño de portada de Roger Cano que me pareció lo suficientemente sugerente como para imaginar que su interior iba a ser igualmente interesante. Y así ha sido. La verdad es que me lo he pasado francamente bien con su lectura.

“¿Qué título le pongo a estas notas dispersas, a estos recuerdos, si algún día los convierto en un libro?”

Es lo que dice el autor en algún momento del relato; tras leerlo hay que responderle que ha acertado con el título. Y siendo sincero, creo que es el tipo de libro que a uno le gustaría escribir si pretendiera hablar de sus amigos, si quisiera contar algo de alguno de ellos en particular. En el caso concreto de “Cerveza caliente”, con la excusa de narrar la experiencia que supuso trabar amistad con un exiliado húngaro llamado Lajos en los años ochenta, Juan Pablo Caja teje un curioso retrato tanto de la ciudad de Palma donde se desarrolla la historia como de este hombre que subsistía haciendo caricaturas a los turistas, pero también lo es de los otros amigos-personajes que se fueron interrelacionando tanto con Lajos como con Juan Pablo (no sé si he dicho que es un relato autobiográfico, o una ficción biográfica como dice su contraportada, o quizá sean las notas dispersas que antes indicaba él mismo): Sebastián “el freelancer”, Pep, “Huan”, María o Lucía, que es como una sombra que planea constantemente sobre el narrador.

“…el Mini blanco en el que íbamos Lucía y yo se detuvo finalmente frente al semáforo rojo, en las Avenidas, a la altura del Ramón Llull, más exactamente en la esquina del bar El Cañizo (“El Coñazo”, rebautizado popularmente). El motor del coche zumbaba como solamente lo hacían los minis, con aquel ronroneo característico, un poco pasado de decibelios, que subía de vueltas, y volumen, al más mínimo toque de pedal. Creo recordar que estábamos en silencio. Ella y yo. Alguna discusión. O simplemente el silencio que oprime: el que aparece cuando nada de lo que se puede decir sirve; el que, de romperse, solamente conseguiría hacer daño. Más daño…”

grupo Galactus, del que forma parte Juan Pablo Caja (segundo por la izquierda)

Pero es el personaje de Lajos el que centra la mayor parte de la historia, como si fuera el centro de atracción del resto de las historias. Juan Pablo Caja narra con socarronería, desde la distancia de los años, y eso le permite observarlo todo con ese afecto que sólo se le tiene a los amigos que fueron (quizá alguno lo sea aún). La novela, sus notas dispersas, están muy bien escritas porque sabe narrar y crear atmósfera, construir personajes y definir situaciones. Sus descripciones de las calles y de los locales de Palma, en los que introduce pequeñas dosis de humor, me parecen extraordinarias. Como lo son los pequeños detalles que introduce a modo de “salpicaduras”, escenas aisladas, fogonazos de aquellos días. Hay una en particular entre el narrador y Lajos que me parece magistral:

“-Tengo otro sueño que contarte, Lajos. Esta noche. Raro de cojones, y al final tenía que ver contigo.

Trago de cerveza.

-No sé a santo de qué, quizá por las fiestas patronales del lugar, una familia de campesinos aparece en una plaza empedrada de pueblo. Son siete, ocho, quizá diez personas, todos agrupados alrededor del que debe de ser el abuelo, inválido, en una silla de ruedas chirriante y destartalada. El viejo tiene aspecto de enfermo, pálido, y una cara de momia, piel apergaminada, adherida directamente a los huesos, cuatro mechones de cabellos sin vida, mal repartido por una calva de piel mate, con extrañas protuberancias, granos añejos, una verruga. La familia está reunida, apiñada, en el centro de la plaza. Son seis o quizá ocho personas. El abuelo, los padres, los hijos. A la abuela no la recuerdo, no debía formar parte del sueño. A medida que el tiempo pasa y la fiesta avanza, al abuelo le va afectando la bebida. Le van ofreciendo copas de aguardiente y él pasa de la inactividad total, pasivo y enfermo en la silla de ruedas, a una creciente excitación. Se va poniendo cada vez más rojo, más nervioso. Finalmente arranca a cantar. En el sueño ya no veo más que su cara enrojecida, en primerísimo plano, la piel estropeada, las encías desdentadas, el cabello sin vida. Y los ojos brillantes: el abuelo está cantando ya, a voz en cuello, con todas sus fuerzas. Canta, grita, canta, grita. Casi parece que intenta caminar, bailar, pero sigue en la silla de ruedas, erguido, lanzado hacia adelante, chillando.

-¿Y cuándo aparezco yo?, ¿qué tiene que ver conmigo?

-Pues… ahora no consigo recordarlo. Y cuando me desperté lo sabía. No sé, no me acuerdo de nada, pero tengo la sensación de que estabas allí, en el sueño, de que formabas parte de él, y parte importante. Sí importante. Estoy seguro. Pero. No sé cómo. Sí.”

Juan Pablo Caja

No sé si es cierto o no que con esos amigos tratara de publicar las obras del húngaro Karinthy, tal y como lo cuenta en la novela, pero aquellas noches de tertulia bebiendo vino barato o cerveza me traen recuerdos que todos hemos compartido por esa época. Sea como fuere, Juan Pablo Caja trata a todos los personajes con una ternura que parece inevitable, y aunque también es el relato del naufragio de la vida entre Lajos y Margit, su mujer, un paralelismo sabiamente jugado con el del narrador y Lucía, pese a estas derrotas, como digo, al acabar de leer la novela lo haces con una suave sonrisa dibujada en los labios. Un placer.

Olvidaba decir dos cosas. La primera es que Juan Pablo añadió en el interior de su novela la dedicatoria más original que me han hecho: ¡Esta “cerveza” es para Sergio!. La segunda es contar cómo conocí a Juan Pablo. Fue en el Gobierno Militar de Palma de Mallorca. Creo que en el año 86. Él era funcionario civil, yo soldado de reemplazo cuando aún existía la mili. Me destinaron los meses de servicio al departamento de “Hojas”, donde en una oficina diminuta, compartíamos las horas muertas y el oxígeno tres soldados, un teniente y un comandante, además del civil Juan Pablo, que, siento decirlo, creo que nos observaba con curiosidad, tal vez pergeñando algún relato que, quizá, tenga escondido en un cajón. El comandante se apellidaba Moll, y esperaba a que el reloj marcara las diez de la mañana para abandonar la oficina e ir a “conferenciar” con el general en su despacho. El resto de oficiales del Gobierno Militar hacía lo mismo. Lo que allí dentro hacían era jugar a las cartas y despacharse unos buenos lingotazos de ginebra, ron o whisky. Recuerdo que Juan Pablo me sacó alguna vez del encierro y de llevar puesto el uniforme, y que me dejó pasar alguna noche en su casa. También recuerdo que visitamos algún bar del casco antiguo, y que me hizo sentir por unas horas una persona normal. Luego, cuando me licencié, me marché y nunca más supe de él.

Pero llegó internet, google, y el resto de la parafernalia cibernética, y un día Juan Pablo me envió un correo preguntándome con cautela si yo era el Sergio Barce que él había conocido en aquella oficina esquelética del Gobierno Militar de Palma. Y sí, lo era. Y desde ese instante nos hemos escrito periódicamente y hemos ido posponiendo nuestro reencuentro en persona que ahora, con una cerveza de por medio, se hace ya ineludible.

(No quiero dejar pasar esta oportunidad, para recordar el otro delicioso librito que me envió Juan Pablo Caja titulado “Intermedio” (Calima Ediciones – Palma de Mallorca, 2003). En él, con su humor tan característico, reproduce varios textos de campañas publicitarias –Juan Pablo se dedica al mundo de la publicidad, y en este blog tenéis el enlace a su página web- que, según advierte, “encontró” en el cajón de uno de los empleados de la empresa “McCormack & McCormack” que acababa de cerrar sus oficinas en Barcelona. Uno de esos textos es el siguiente:

“La luz de la mañana, nítida, fresca, ilumina el cuarto de baño. Es una estancia corriente, con las paredes embaldosadas de color claro. Todo es claro, luminoso. Solamente un estante junto al lavabo contrasta gracias a los colores, más acentuados, de un par de cepillos de dientes, un tubo de dentífrico, y diferentes frascos de colonias, botes de cremas, y otros pequeños objetos de baño difíciles de identificar así, a simple vista, desde donde estamos viéndolo.

En uno de los rincones del baño hay una pequeña báscula de pie.

Se abre la puerta, y entra una mujer joven. Sobre una camiseta talla XXL y unos pantalones anchos de pijama, lleva una bata ligera.

Entra en el baño, repito, y, de inmediato, estornuda sonoramente. Coge un pañuelo de tisú de una caja que hay junto al lavabo y se lo lleva a la nariz. Sus ojos están llorosos, ligeramente enrojecidos, su nariz congestionada. Vuelve a estornudar. Esta mujer, joven bella, está muy resfriada.

Se mira al espejo. Se da media vuelta y observa su cuerpo reflejado. Sacando los pies de las zapatillas, se sube a la báscula. Observa su peso y deja escapar un lamento amargo. Decepción: ha vuelto a ganar peso. La expresión de su cara es clara.

Baja de la báscula. Coge otro pañuelo y se oye, fuera del campo de visión, cómo se suena. Un sonido elefantino que es inmediatamente seguido por el ruido que hace el pañuelo, cargado de mucosidad, al caer en el fondo de la papelera: como si acabase de lanzar una bolsa de basura al fondo del contenedor.

Vuelve a entrar en el campo de visión. Como si tuviera que asegurarse de que es cierto lo que ha visto antes, la cifra inesperada en la báscula, vuelve a subirse a la misma.

Mira el resultado, los kilos, y ahora la expresión es de alivio: ha recuperado su peso normal.

Se oye una voz en off: ¿Problemas de congestión nasal?

La imagen del baño es sustituida bruscamente por un pequeño frasco de cristal de color azul: el envase de Respirol.

Sigue la voz: Prueba Respirol.”)

Pero ya digo, junto a una buena jarra, para pasar un buen rato con los amigos: “Cerveza caliente”.

Sergio Barce, febrero 2011

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LARACHE vista por… PALOMA FERNÁNDEZ GOMÁ (2)

Ya hice hace unos días una reseña del precioso libro Ángeles del desierto (Colección Ancha del Carmen – Ayuntamiento de Málaga, 2007), poemario de Paloma Fernández Gomá, dedicado a varias ciudades marroquíes, entre ellas Larache. Y como sé que ella no se molestará por mi osadía, tras haber reproducido aquí sus poemas «Larache», «Café Central» y «Lalla Menana», ahora le toca a otros tres inspirados igualmente en Larache y con títulos igualmente emblemáticos: «Lixus», «El Zoco Chico»y «Callejones de Larache».

(Diseño de la cubierta de Ángeles del desierto: Antonio Herráiz)

LIXUS

En la cadencia de los siglos

permaneces ausente

y recuerdas el rumor de voces

acunadas de viento,

el agua que fluye en el anochecer

llevando en su costado

el tiempo transcurrido

donde la hierba estuvo crecida

o pastó el ganado.

Tu ausencia ha cobrado matiz violeta

y vence la inerte mirada,

tornando en claridad

una lengua de fuego, ya fatigada

La poesía de Paloma es tan exquisita que logra fácilmente no sólo transmitir la interioridad de los sentimientos, es que, a la vez, nuestras sensaciones físicas perciben el detallado recorrido de sus versos. Caminamos por los lugares a los que ella nos lleva, y olemos, tocamos, saboreamos..

EL ZOCO CHICO

Zigzagueantes las calles

son recintos del ajetreo de vendedores

exponiendo sus mercancías.

El color cohabita las celosías

y en humedad acoge todo el olor

de la hierbabuena.

Tierna, la fruta rezuma

y abalorios diversos se disponen

en los puestos.

Alfombras, gasas y especias bordean

el intrincado camino del zoco.

Desde el arco se escucha el zumbido

de algunas abejas

que ocasionalmente liban el néctar

de flores abandonadas

junto a la canasta de higos

MEDINA DE LARACHE

Las viejas calles de la vieja ciudad de Larache parecen, en cada poema de Paloma Fernández Gomá, llenarse de gente, palpitar con sus vidas, rezumar con los recuerdos que habitan tras las vantanas entreabiertas.

CALLEJONES DE LARACHE

Las calles se estrechan

en franjas de azulete, verde o amarillo.

La encrucijada se torna claridad,

cuando se hornean tortas de harina

o pan reciente de sal, mínimo de levadura.

El mar va penetrando los dinteles

o filtra el yodo de su acento

a través de ventanas

que se estrechan bajo la techumbre

de callejones sin salida.

El rumor del oleaje resbaló

y fluye, ahora, por la medina

desde la plaza de España

hasta la desembocadura del Lucus

 PALOMA FERNÁNDEZ GOMÁ

Aunque la poesía parece condenada a una extraña marginalidad, lo cierto es que los versos nos apaciguan, y si son como los de Paloma, llenos de ternura y delicadeza, además nos regalan un algo de sosiego que, tal y como se suceden los acontecimientos actuales, quizá sean incluso la mejor terapia para todos. Ahora, tras haber callejeado por la Medina, haber parado en algún puesto del Zoco Chico, no estaría nada mal sentarnos en la terraza del Café Lixus y tomarnos un té con yerbabuena y azahar.

Sergio Barce, febrero 2011

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«VALOR DE LEY», la otra historia

Pablo Cantos

Hace años que voy al cine con mi amigo Sergio Barce. A veces las cosas acaban en empate; otras, como esta, en goleada. Acertamos con la elección. Sin embargo, no pintaban así las cosas cuando llegamos: una excursión de abuelos sometidos a la suma perversa de audífono mal calibrado más azafata poco instruida, había dejado el océano de la sala plagado de náufragos en butaca ajena. Un desafío. Una desesperación: ¿Le importaría…? ¿Cómo? Yo de aquí no me muevo. Murmullos, desaires y quejas mientras la bobina publicitaria iba dejando votos de felicidad cristalizada en urbanizaciones chispeantes, estrenos inminentes o burbujas refrescantes; mercaderías todas de chamarileros que escriben bajo cada promesa la leyenda “próximamente”, porque ya se sabe que la dicha es bien ajeno y aplazado. Y, entretanto, la parroquia a lo suyo, que el partido estaba en la grada: Sergio se fajaba con la concurrencia tan prisionero de su propia educación como del desahogo ajeno hasta que, sin más víctima que la paciencia, pudo ocupar su asiento. Y enseguida comenzó la historia: un asesinado, un propósito de venganza, y un tren llegando entre vaharadas de humo hasta un poblacho áspero y hediondo. Y por primera vez, se oyó el silencio. Mandaban los Coen con su filigrana rocosa, como manda el western de toda la vida. Nadie volvió a hablar en la sala; todo lo más, la súplica apagada de algún veterano que pedía orientación a su compañero de asiento porque la memoria le había escamoteado la identidad de cualquiera de los personajes vigorosos que se pasean por esta película. Lo demás ya lo cuenta mi amigo Sergio en su crónica ilustrada y certera, que es también el testimonio rendido de un niño que soñó con ser noble y valiente. A los abuelos también les gustó; seguro, porque solamente sonríen a la salida quienes se han divertido dentro.

Pablo Cantos, 26 de febrero de 2011

P.D. de Sergio Barce: He de decir, Pablo, que yo también me olvidé de los abuelotes que ocupaban la mayor parte del cine en cuanto el aliento del tren inundó la pantalla, pero sólo hasta el instante en el que una anciana, a tres butacas de distancia, justo cuando Cogburn (Jeff Bridges) se disponía a sacar el revólver, contestó su móvil y se puso a charlar probablemente con su nieta de lo que iban a almorzar al día siguiente. No fueron suficientes los constantes siseos de los espectadores que tenía alrededor para arredrarla, ella continuó impasible con su Nokia desenfundado, pegado al oído, e insistiendo en que era mejor un puchero que la parrillada. Cuando por fin volvió a enfundar su arma en su cartuchera de imitación, Cogburn hizo lo mismo en la pantalla. Creo que se había dado por vencido, aunque le dedicó una mirada de soslayo que la hundió en su asiento, sólo por unos segundos…

Tienes razón, pese a esa banda de forajidos que nos rodeaba y nos empujaba contra el acantilado, fue una perfecta jornada de cine. ¡Que vivan los Coen! (que dirían los hombres de Villa)

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