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OTRO RELATO PARA LEER: «EL CALLEJÓN SIN SALIDA»

Continuamos en alarma y el refugio más seguro es la lectura y el cine. Como ya vengo haciendo estos días, os ofrezco uno de mis relatos para haceros esta travesía más llevadera. Hoy, el titulado El callejón sin salida, que forma parte de Paseando por el zoco chico, larachensemente (Ediciones del Genal, 2ª edición 2015). Es el escogido porque Ángela López Cobos me lo recordó ayer al decirme que lo estaba releyendo.

Que lo paséis bien. Y cuidaos, por favor.

EL CALLEJÓN SIN SALIDA

Hago girar la ruleta, y gano un barquillo. Me gusta la bombona metálica del barquillero, la panza roja, los dibujos del frontal, la corona plateada donde gira la ruleta. Me dice que lo intente de nuevo, y vuelvo a ganar cuando la hoja se detiene. Le doy el barquillo a Emilio. Me giro, veo el carrito que hay en la esquina del Conservatorio, compro un cartucho de garrapiñadas, están calientes. El hombre, que para atender su modesto carro viste sin embargo pulcramente un babi azul de susi, me lo entrega con cuidado para que no se caigan, me fijo en sus dientes, siempre le asuman las paletas por entre los labios, me sonríe, es un buen hombre y creo que disfruta vendiendo sus golosinas y sus garrapiñadas, garbanzos, pipas y caramelos a los niños. Cuando pasen unos años y regrese a Larache, él seguirá ahí como si formara parte del paisaje de la avenida Hassan II.

De pronto la puerta del Conservatorio se abre, y don Aurelio, orondo, serio, sale echando una ojeada a su reloj de bolsillo. Al levantar la vista, me ve y sus ojos me estudian de una manera curiosa, como si se preguntara por qué no soy alumno suyo. No sé tocar ningún instrumento y jamás aprenderé, pese al empeño de mi padre en regalarme cada Navidad un instrumento diferente, guarda la esperanza de que termine por sucumbir a alguno.

Vamos a entrar en el Ideal, ponen una película francesa de las guarras. Hay cola, pero Emilio Gallego nos cuela y como no tenemos entrada nos sentamos dos en cada butaca. Luisito Velasco está a mi lado, Lotfi Barrada y José Gabriel Martínez en la otra. La película empieza y nos quedamos mirando la pantalla con la boca abierta. Hace calor. Y la temperatura sube. Hay un corte, la bobina se ha atascado.

-¡Radio! ¡Radio! –gritan desde la platea.

Luego, la película continúa y el silencio se hace sepulcral. Ver las actrices desnudas nos causa un efecto anestesiante… Ya tenemos tema de conversación para toda la semana.

Me voy al callejón sin salida. Es el callejón de mis juegos desde que nos hemos mudado de Mulay Ismail a la avenida Mohamed V. La nueva casa está en el edificio de granito de Uniban, residimos ahí porque mi padre trabaja en esta entidad. En nuestra misma planta vive la familia Matamala, los Álvarez y Antoñito Guerrero, antes vivía Torres. Recuerdo que cuando la selección de fútbol de Holanda ganó el Campeonato del Mundo -vale, no lo ganó, es verdad, pero en mi recuerdo lo hicieron-, Manolo y Miguel Álvarez salieron conmigo y nos pusimos a jugar a la pelota. Yo era Neeskens, Miguel hacía de Cruyff y su hermano Manolo imaginaba ser Kroll. Me tomaban el pelo porque yo era más pequeño, y porque ellos eran del Real y yo del Atlético de Madrid.

Pero donde disfrutaba de veras era en el callejón de abajo, el callejón sin salida. Allí jugábamos a la pelota durante horas, sin descanso. A veces el balón caía en el huerto que hay entre la iglesia y la parte de atrás del Banco, y saltábamos la tapia para cogerla. En otras ocasiones, el balón se quedaba sobre el destartalado techo del almacén que cerraba la calleja y era preciso recuperarla con cuidado, trepando hasta allí arriba, pisando luego las viejas tejas como si fuésemos funambulistas; aunque lo peor era cuando se colaba por un boquete que había abierto entre el muro y las tejas, entonces había que deslizarse hasta abajo para recuperarla. Todo el local estaba lleno de escombros y olía a humedad, seguramente habría ratas y, por eso, cuando me tocaba a mí bajar al interior para buscar la pelota, lo hacía lo más aprisa posible, como si me llevara el diablo.

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Larache – el callejón sin salida

En ocasiones, mientras jugábamos nuestro partido, aparecían otros niños de la calle Daisuri o del barrio de la Alcazaba, que solían invadir nuestro territorio atacándonos con piedras. Para defendernos, teníamos un buen arsenal de naranjas verdes, repartidas estratégicamente tras la tapia y también en el techo de la iglesia del Pilar, hasta donde nos encaramábamos para atrincherarnos. Nunca hubo heridos, que yo recuerde, e incluso sabíamos cuándo iban a atacar, en una permanente guerrilla entre calles. Pero un día formamos tal batalla campal que aparecieron los mejaznis y tuvimos que escapar saltando por la tapia de la iglesia, escabulléndonos como ladronzuelos. Luego vimos que, a los chavales a los que los agentes habían logrado coger, les dieron una buena manta de golpes ,y la gente se arremolinó en la avenida para ver qué ocurría. Durante bastante tiempo abandonamos nuestras reyertas.

Existía otro motivo para detener nuestro juego y abandonar el callejón. Eso sucedía cuando escuchábamos acercarse algún cortejo fúnebre. Corríamos hasta la avenida y nos quedábamos allí quietos, silenciosos, observando al difunto que era transportado a hombros por varios hombres y al resto de los acompañantes que lo seguían caminando muy aprisa, y, hasta que no terminaban de pasar todos, no regresábamos. Con lo traviesos que éramos a esa edad ahora me sorprende el respeto que demostrábamos en tales ocasiones, quizá porque lo aprendimos por la costumbre de nuestros mayores, y la costumbre que no se impone es la mejor de las enseñanzas.

También recuerdo los días que hacíamos carreras de bicicletas en el mismo callejón sin salida. Consistía en ir lo más aprisa posible desde la pared del almacén hasta la acera de la bocacalle, ya en Mohamed V, y regresar de nuevo. Cierto día, iba tan rápido, pedaleando con todas mis fuerzas, queriendo ser el más veloz de todos, que me estrellé contra la pared al no calcular debidamente la distancia de frenada. Caí de espaldas, con la bicicleta encima, y me quedé allí unos segundos sin sentido, tendido en el suelo.  

En el último portal del callejón solíamos escondernos para fumar. Y nos pasábamos horas hablando. No era una callejuela muy larga, pero en ella se desarrolló un mundo de aventuras y de juegos, y de pequeños secretos.

Cuando el sol caía sobre la callejuela, los hombres del Casino Israelita se sentaban en el suelo y jugaban a las damas. Solíamos quedarnos allí acuclillados a su lado observando la partida. Todo con calma, sin prisas, larachensemente.

Me sorprende qué es lo que retenemos en nuestra memoria. Yo, en concreto, de todo lo que estoy contando ahora, puedo reconstruir perfectamente aquella pared que cerraba el callejón, que lo convertía en un callejón sin salida, y puedo hacerlo al detalle: una pared húmeda con unas letras rojas descoloridas y borrosas que iban desapareciendo entre desconchones, también la forma del tejado moribundo, siempre con el latente peligro de desplome, y por el que andábamos conteniendo la respiración en busca del balón, y el olor del interior del almacén abandonado, los escombros y las paredes interiores semiderruidas, sus maderas podridas. Incluso recuerdo los dos lugares exactos del muro del huerto que utilizaba para escalarlo: el primero era el que hacía esquina entre el propio muro y la pared del almacén, porque podías asirte al hueco abierto en las tejas y era fácil impulsarte, y el otro estaba justo en medio del muro, donde existía una dentellada en la parte de arriba con la forma y el tamaño justo para que los dedos se acoplaran perfectamente. Quedaba, como último recurso, el ayudarte apoyando el pie en la reja de hierro, pero esto era más incómodo y, además, te podían ver los empleados de la oficina de Uniban y te llamaban la atención golpeando en las cristaleras.

El interior del huerto también sigue fresco en mi memoria: las hojas secas del suelo, el olor de las naranjas, los troncos de los árboles. Cuando los del otro barrio nos atacaban, corríamos por encima del muro como si fuera un camino seguro, aunque no lo era, pero nos lo conocíamos a la perfección y bordeábamos así el huerto hasta llegar al techo de la iglesia, compuesto de pequeñas terrazas superpuestas. Un lugar perfecto para esconderse y esperar al enemigo.

Tengo ahora en mis dedos el tacto cierto de ese muro, la rugosa piel fría y dura de las pequeñas naranjas verdes, la pintura seca de las paredes exteriores de la iglesia. Conservo en los pulmones el aire del callejón, guardo en mi interior las voces de los amigos retumbando en un eco del ayer pidiendo que les pasara la pelota, los gritos de júbilo al marcar un gol. También la de los hombres que salían del pequeño casino para que no molestásemos.

Como las ventanas de mi casa daban al callejón, mi madre, y otras veces Mina, asomaba la cabeza y me daba una voz para que fuera a merendar. Mis amigos subían conmigo y, después de darnos un buen atracón de pastas, nos íbamos al Jardín de las Hespérides para recolectar los dátiles que habían caído de las palmeras y estaban diseminados por el suelo, dátiles que pasaban a formar parte de nuestro arsenal de defensa. Teníamos que hacerlo aprisa para que no nos descubriesen los niños de Alcazaba. Sin embargo, si ya había oscurecido bastante, solíamos utilizar los dátiles para lanzárselos a las parejas de enamorados que, sentadas entre las sombras de la noche, se besaban y abrazaban. Teníamos que huir muy, muy a prisa para que no nos pillaran… Travesuras que creo que todos hicimos.

Un relato de Driss Sahraoui, que releo en estos momentos, me ha llevado a la avenida Mohamed V, he recordado estos pequeños episodios de mi infancia ocurridos tras dejar mi primera casa en la calle Mulay Ismail para ir a vivir al robusto edificio de Uniban, donde actualmente está el Banco de Marruecos, y una cosa ha llevado a la otra, y me ha encantado volver a ser aquel niño que jugaba en ese pequeño callejón sin salida en el que se han quedado nuestras voces y nuestros gritos, impregnado aún con el recuerdo de nuestros sueños inocentes.

Sergio Barce

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

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«EL EXILIO Y EL REINO» (L´EXILE ET LE ROYAUME, 1957), DE ALBERT CAMUS

Invitación a la lectura.

Me he sumergido estos dos últimos días, de nuevo, en las páginas de El exilio y el reino (L´exile et le royaume, 1957), un libro de relatos de Albert Camus que me ha llevado desde tierras argelinas hasta la selva amazónica para sacarme de este confinamiento al que todos estamos sometidos.

ALBERT CAMUS

Albert Camus

Cuando escribo de un maestro, me contengo y trato de ser lo más parco en mi análisis. Porque, ¿qué voy a descubrir a estas alturas en la obra de Camus? Sin embargo, sí puedo contagiaros del entusiasmo por la buena literatura, por el placer de una lectura en la que, además, aprendes a narrar mientras disfrutas de magistrales descripciones, no solo de los ambientes, de los lugares o de los paisajes que envuelven a la trama, sino también del interior de los personajes.

Hay tres relatos en este libro que siempre me han llamado poderosamente la atención: La mujer adúltera, El renegado o un espíritu confuso y, sobre todos, El huésped. Los tres enraizados en Argelia, secos, duros, en los que sus protagonistas buscan un sentido a sus existencias en parajes áridos y desolados, o bien desconocidos, en paisajes que no son más que la exteriorización del alma humana, de la desilusión o de la frustración por lo que son conscientes que van a perder. Y, no obstante, asoma siempre la fraternidad o el leve soplo de esperanza por el ser humano. Quizá, como decía antes, sea El huésped el relato que mejor refleje lo que este libro pretende ser.

lejos de los hombres

El huésped fue llevado a la pantalla por David Oelhoffen en 2014, bajo el título de Lejos de los hombres (Loin des hommes, 2014), una de mis películas favoritas y de la que escribí un artículo, cuyo enlace os facilito:

https://sergiobarce.blog/tag/lejos-de-los-hombres/

Sergio Barce, marzo 2020

Fragmento del relato El huésped, de Albert Camus, con traducción del francés de Manuel de Lope. Publicado por Alianza Editorial.

“…El viento aumentó durante la noche. Las gallinas se removieron un poco, luego callaron. El árabe se volvió de lado presentando la espalda a Daru, y éste creyó oírle gemir. Después estuvo al acecho de su respiración, más fuerte y regular. Escuchó aquel aliento cercano y soñaba sin poder dormirse. En la habitación, donde hacía años que dormía solo, aquella presencia le molestaba. Pero le molestaba también porque le imponía una especie de fraternidad que en las circunstancias presentes rechazaba, y que conocía bien: los hombres que comparten la misma habitación, soldados o prisioneros, quedan unidos por un extraño lazo, como si se despojaran de sus armaduras al mismo tiempo que de sus vestidos, y como si cada noche se juntaran, por encima de sus diferencias, en la antigua comunidad del sueño y la fatiga. Pero Daru despejó esos pensamientos, no le gustaban esas tonterías, tenía que dormir.

Sin embargo, algo más tarde, cuando el árabe se agitó imperceptiblemente, el maestro seguía sin poder dormir. Al segundo movimiento del prisionero se puso tenso, alerta. El árabe se incorporó lentamente sobre un brazo, con un movimiento casi de sonámbulo. Sentado sobre la cama, esperó, inmóvil, sin mover la cabeza hacia Daru, como si estuviera escuchando con la mayor atención. Daru no se movió: se le acababa de ocurrir que el revólver se había quedado en el cajón del escritorio. Más valía actuar enseguida. Sin embargo continuó observando al prisionero que, con el mismo movimiento sin roces, había plantado los pies en el suelo y, después de esperar un rato, comenzaba a levantarse lentamente. Daru iba a llamarle cuando el árabe empezó a andar, esta vez con un paso natural, pero extraordinariamente silencioso. Se dirigía hacia la puerta del fondo, que daba al cobertizo. Hizo girar el picaporte con precaución y salió tirando de la puerta tras él, sin llegar a cerrarla. Daru no se movió. Únicamente pensó: <Se escapa. Un problema menos>. Sin embargo aguzó el oído. Las gallinas no se movían: por lo tanto el otro estaba en el campo. Entonces le llegó un débil ruido de agua y no entendió de qué se trataba hasta que el árabe apareció otra vez en el marco de la puerta, la volvió a cerrar con cuidado y se acostó de nuevo sin un ruido. Daru entonces le volvió la espalda y se durmió. Más tarde aún le pareció oír desde el fondo del sueño unos pasos furtivos alrededor de la escuela. <Estoy soñando, estoy soñando>, repitió. Y dormía.”

EL AXILIO Y EL REINO Alianza editorial

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FOTOS DE CINE 6

Aquí están ellos. Marcello y Sofía. Rodaron creo que unas catorce películas juntos: Cuori sul mare (1950) de Giorgio Bianchi, Nuestro tiempo (Tempi nostri, 1954) de Alessandro Blasetti, La ladrona, su padre y el taxista (Pechato che sia una canaglia, 1954) de Blasetti, La bella campesina (La bella mugnaia, 1955) de Mario Camerini, La suerte de ser mujer (La fortuna di essere donna, 1956) de Blasetti, Ayer, hoy y mañana (Ieri oggi domani, 1963) de Vittorio de Sica, Matrimonio a la italiana (Matrimonio all´italiana, 1964) de De Sica, La guapa y su fantasma (Questi fantasmi, 1967) de Renato Castellani, Los girasoles (Il girasoli, 1970) de De Sica, La mujer del cura (La moglie del petre, 1970) de Dino Risi, Pupa, Charlie y su gorila (La pupa del gangster, 1975) de Giorgio Capitani, Una jornada particular (Una giornata particolare, 1977) de Ettore Scola, La viuda indomable (Fatto di sangue fra due uomioni per causa di una vedova. Si sospettano moventi politici, 1978) de Lina Wertmüller y Prêt-à-porter (1994) de Robert Altman. Entre ellas, hay más de una joya.

Mastroianni y la Loren fueron una de las parejas cinematográficas más rutilantes de la historia del cine.

Sophia Loren and Marcello Mastroianni

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MIS VIEJOS LIBROS DE ESTUDIOS

Aún conservo dos viejos libros de la infancia. El primero es el Iqraa de Ahmed Boukmakh, con el que estudiaba árabe en los hermanos Maristas de Larache, y el segundo el Mèthode de lecture, de Tranchart. Y los dos me traen muy buenos recuerdos.

IQRAA - Manual de Ahmed Boukmakh 1

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IQRAA 2 1

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OS INVITO A LEER MI RELATO «LA VENUS DE TETUÁN»

Seguimos en este confinamiento global. Después de ofreceros mi cuento Larachensemente como terapia para pasar el tiempo, he decidido invitaros a seguir leyendo otros relatos míos para tratar de que todo se haga menos amargo.

Para hoy, rescato este otro titulado La Venus de Tetuán que forma parte del libro colectivo de la Generación BiblioCafé Por amor al arte (Jam Ediciones, – Valencia, 2014). 

Es un texto con una gran dosis de sensualidad, y tal vez sea ahora un buen momento para que lo sensorial y lo erótico invadan nuestras casas… Ojalá logre atraparos con esta historia.

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Lienzo de Claudio Bravo

LA VENUS DE TETUÁN

 Llevaba años sin saber nada de él, y cuando recibió la llamada de Jadiya no supo negarse a ir. Pero de aquel trabajo en Tetuán recordaba muy a menudo los apacibles días, las largas sesiones en el estudio, las playas de Martil, los paseos hasta la plaza del Feddan, los valses embriagando las estancias, a veces, incluso, lo que nunca ocurrió. No podía hacer demasiadas conjeturas porque todo le parecía inesperado y extraño, y, sin embargo, cómo eludir esa cita, cómo despreciar la última voluntad de un hombre como Rivanera. Sin embargo, seguía sin comprender por qué al final se había acordado de ella.
Mientras el taxi, un viejo modelo Mercedes de los setenta, avanzaba por la carretera, un calor húmedo y cansado la acompañó durante la mayor parte del trayecto hasta Tetuán. El taxista le hablaba en perfecto castellano de su familia, del tiempo, de Castillejos, de que Marruecos no notaba la crisis porque llevaban toda la vida en crisis, del año que pasó en Barcelona trabajando en la construcción… Paloma cerró los ojos en algún instante, acunada por la voz del hombre, por el monótono ronroneo del motor, por el bochorno que entraba por la ventanilla del coche. En la breve duermevela quizá, fue cuando regresaron como la pleamar los largos meses que pasó con Rivanera. Se acordó de su casa, un riad en la vieja medina situado en una callejuela estrecha pero con un mirador espectacular, los colores, las voces, los alumnos que pasaban por allí, y aquella copia de La Venus del espejo de Velázquez que presidía el patio. Rivanera la había hecho reproducir a tamaño real y, cada mañana, se sentaba frente al cuadro y lo contemplaba durante una hora.
Pero en esta ocasión iba al encuentro de la sombra del artista. Jadiya le rogó que fuera porque, aunque hacía un mes que ya lo habían enterrado, debía enseñarle algo, algo que no podía dejar de ver, algo que él había legado para ella, pese a los años sin ningún contacto entre ellos. No le dijo de qué se trataba y Paloma no lo preguntó.
Paloma tenía una coqueta tienda de ropa en Sevilla, pero durante quince años fue una de las modelos más solicitadas por los pintores de Madrid. Modelo y musa, así la describieron en algún artículo de prensa. Y cuando Rivanera la reclamó para que acudiera a su estudio en Tetuán, fue sin pensarlo. Eso ocurrió en 1996. Entonces Paloma acababa de cumplir veinticinco años. Se miró las manos, delgadas, desde hacía tiempo le iban apareciendo manchas en la piel, muescas del tiempo que avanzaba imparable, y pensó que comenzaban a transformarse en las manos de una mujer mayor.
Rivanera pasaba por ser uno de los mejores pintores realistas del momento, y trabajar para él como modelo suponía entonces elevar el caché. Le pagaría bien, y además, durante su estancia en Marruecos, tendría cubierta la manutención y la estancia. La recibió en su casa como si esperase a alguien que iba a salvarlo de algún desastre. Eso halagó a Paloma, y se rindió en seguida a los educados modales de Rivanera, a su voz tranquila y modulada, a sus largos monólogos mientras pintaba, a sus discos. Pero lo primero que hizo cuando ella entró en la casa, fue enseñarle la réplica del Velázquez.
-Es la perfección –dijo entre dientes-. Lástima que no tengamos el original, ¿verdad?

La acomodó en la casa adyacente a la suya, a la que solo debía ir para asearse, cambiarse y dormir. Y salvo las horas que no estuviera obligada a posar, era libre de hacer lo que se le antojara. Paloma se acostumbró en seguida a su nuevo ritmo de trabajo, a los apacibles desayunos con rarif recién hecho y untado de miel, acompañada de Rivanera y de Jadiya, a veces también con algún admirador que él nunca dejaba en la calle, a las cenas en la terraza bajo el cielo embaucador del viejo Tetuán, a los largos paseos. Iba acordándose de esas escenas, que habían sido su única compañía en los últimos años, y de aquella casa, siempre llena de lienzos, caballetes, óleos, pinturas, y sobre todo de música, música que resonaba sin parar deteniendo las horas. Era fácil encontrar la casa de Rivanera porque se escuchaban los conciertos desde las callejas cercanas, como invisibles anzuelos lanzados al aire. Paloma sonrió. Veía a Rivanera con Jadiya entre sus brazos, bailando un vals, la chica con las mejillas rojas como rosas… Durante las dos primeras semanas creyó que ella era su amante. Luego supo que nunca hubo nada entre ellos. Solo era una alumna de la Escuela de Bellas Artes que, para pagarse sus clases, trabajaba en la casa. Para su suerte, Rivanera, además, le enseñaba el oficio.
El primer día, Rivanera le pidió a Paloma que posara vestida con un caftán. Garabateó bocetos, ideas, líneas. Una semana después le dijo que ya se había adaptado a ella, que le resultaba cómoda su compañía, y entonces comenzó a pintarla desnuda. Para eso la había contratado. A Paloma nunca le había resultado violento hacerlo, en realidad era extraño que un pintor no se lo pidiese. Tenía un cuerpo esbelto y fibroso, y el cabello negro y largo. Sus ojos recluían el eco de un misterio.
Por las mañanas, cuando entraba en la casa grande para desayunar, Paloma encontraba a Rivanera arrellanado en un sillón de mimbre, estudiando La Venus del espejo, y, dependiendo de su humor, con Chet Baker o con Miles Davis en el tocadiscos, a esa hora casi inaudibles, como un siseo de compases. Se quedaba allí una hora, y luego entraba en la cocina y se sentaba con ellas, y les hablaba del cuadro de Velázquez, como si cada día descubriera algo nuevo en esa pintura.
-Busca algo. Es la verdad –solía decir Jadiya meneando la cabeza de un lado a otro cuando él se encaminaba a la habitación convertida en su estudio.
Ahora que las rememoraba, a Paloma se le antojaba que aquellas maratonianas jornadas de trabajo nunca le pesaron en absoluto. Fue muy fácil posar para él.
Cuando Rivanera le enseñó el lienzo acabado, con ella de motivo, en un desnudo frontal y directo, a Paloma le pareció tan real que creyó estar viéndose en un espejo. Sin saber por qué, se ruborizó, y los dos rieron y sus miradas se cruzaron en unos segundos de palabras innecesarias.
Al día siguiente, Rivanera montó la cama. Jadiya se encargó de retocarla, de cubrirla con una sábana y de poner cada pliegue en el lugar exacto en el que sabía que él deseaba que estuviera, incluso la posición del almohadón tenía que estar en su sitio. También fue Jadiya quien le dio las instrucciones precisas de cómo debía de posar para esta nueva obra. Tendida en la cama boca arriba, desnuda, por supuesto, pero de costado, la pierna superior extendida, la que quedaba debajo ligeramente recogida, el brazo izquierdo sobre el pecho y la mano derecha asomando tras su silueta a la altura de las nalgas, la cabeza apoyada en el almohadón pero girada en dirección al caballete, mirando al maestro, como si ya llevara un tiempo recostada aguardando a que llegase su amante.
-Qué guapa… Es la verdad –dijo Jadiya antes de salir del estudio.
A Paloma nunca dejó de sorprenderle la desenvoltura y seguridad de esa chica de diecinueve años que parecía una adulta en el cuerpo de una adolescente.
Rivanera entró en el estudio y estuvo contemplando a Paloma, casi sin pestañear. Y luego, súbitamente, lanzó el pincel en un movimiento de inspiración. En ese instante, desde algún lugar de la casa, llegaron los primeros acordes del primer vals.
-Busca algo. Desde hace mucho tiempo. Es la verdad –era un latiguillo que Jadiya le repetía a menudo.
-¿Sabes por qué me ha elegido a mí como modelo? –le preguntó Paloma días después, caminando por la calle Tranqat mientras la chica elegía las verduras y las frutas que habían ido a comprar.
-Busca su Venus del espejo –Jadiya pareció ruborizarse-. A mí me ha retratado algunas veces. Y han venido muchas modelos, que han posado como tú… Pero no es lo que quiere.
-Es la verdad –se adelantó Paloma, y Jadiya se echó a reír dándole una palmadita en el hombro.
Tardó diecinueve meses en acabar el cuadro. Nunca dejó que Paloma lo viera. Como un misterio imposible. Y durante todo ese tiempo, Rivanera apenas le habló de su vida, que Paloma fue intuyendo como si deshiciera una madeja, y eludió su mirada, como si temiera perder la concentración. Se limitaba a contar anécdotas que conocía de la vida de los músicos que escuchaban en cada sesión, anécdotas increíbles y divertidas de Mozart, y de Strauss, y de Bach y de Rossini, o a describirle al detalle las pinturas de otros artistas. Evitaba la realidad.
Baker o Davis lo acompañaba cada mañana al escrutar el cuadro de la Venus de Velázquez, y luego comenzaban los valses y los conciertos y las óperas. Jadiya se encargaba de poner el tocadiscos. Rivanera tenía toda la colección de música clásica Deutsche Grammophon, y cuando se editaba un nuevo disco le llegaba enseguida desde Hannover. El jazz era personal, lo escuchaba a solas en su dormitorio.
Paloma no tardó en conocer a algunos profesores destinados en el Jacinto Benavente y en el Juan de la Cierva, con los que se veía en la Casa de España. Y también se aficionó a los tayin de carne que preparaba la madre de Jadiya. Poco a poco hizo una vida más o menos rutinaria, y hasta tuvo pequeños escarceos con un par de hombres con los que trató de consolarse pero de los que apenas se acordaba. Donde realmente se sintió a gusto durante los meses que pasó en Tetuán, fue en la casa de Rivanera. Tal vez la música tuviera algo de culpa. En algún momento, años después, supo que jamás había sido tan feliz como entonces, que solo allí había estado a punto de lograrlo.
Jadiya solía entrar en el estudio sin avisar, y traía té con chuparquía o zumo de naranja con pastas. Paloma se cubría con una túnica liviana y Rivanera dejaba a un lado el pincel y la paleta, y servía el té a la manera tradicional, tal y como Jadiya le había enseñado. Y los tres conversaban durante un rato.
Paloma volvió a sonreír, cómo no acordarse de aquel día en el que ambas creyeron que Rivanera regresaba al caballete para proseguir con su obra y, sin mediar palabra, dio un sorprendente giro sobre los talones, asió a Jadiya de la cintura y la hizo bailar al compás de Strauss. La chica reía a carcajadas. Luego, la dejó e hizo lo mismo con Paloma, que giró y giró llevaba por la firme destreza de Rivanera hasta que, mareada, se sentó en el borde de la cama. Notaba el fluir de la sangre, un sofoco, una necesidad. Su mareo era dulce y reconfortante, como si la hubiesen besado en la boca hasta dejarla sin aliento. Y Paloma se llevó una mano al pecho, mirando de soslayo al retrovisor del taxista, temiendo que el hombre hubiese notado su inesperada excitación. Pero tenía los ojos clavados en la carretera, y Paloma suspiró aliviada.
Todo había sido especial; especial e irrepetible. Hacer este viaje parecía despertarla de un lamentable e indecente olvido. Y no encontraba una explicación plausible. Hasta que de pronto sintió que su vida se podía escribir en una sola cuartilla.
Dejaron el coche en una plazoleta adoquinada. El taxista le llevó la maleta hasta la puerta de la casa, y se despidió con un ademán. La puerta se abrió, y Paloma, al levantar los ojos, reconoció de inmediato a la mujer que le sonreía dulcemente y que la miraba con cierta emoción desde su rostro enmarcado por un hiyab turquesa. Se abrazaron. Las dos temblando.
Al entrar, el aire caliente quedó fuera, y Paloma agradeció el frescor del interior. Las paredes estaban llenas de obras de Rivanera, como un mosaico interminable. Jadiya parecía conservar su juventud intacta, aunque había en sus gestos un resto de cansancio y un recogimiento. La Venus del espejo continuaba en su sitio, pero descolorida y envejecida.
Se sentaron en la mesa de la cocina, palpándose las manos mientras se preguntaban una a la otra cómo les había ido en esos casi veinte años que ya habían pasado y que tenían escritos en las arrugas de la piel. Jadiya se había casado y había enviudado, su marido murió en un absurdo accidente de tráfico. Tenía un hijo de dieciséis años que estudiaba en el Juan de la Cierva. Vivía bien. Y no temía al futuro porque Rivanera le había legado la casa y una buena cantidad de dinero. Se portó bien hasta el final.
-Era un hombre bueno. Es la verdad –sentenció.
Y Paloma esbozó una sonrisa al escucharla. No había cambiado nada.
-Me enteré de su muerte por Rachid Sebti, que me localizó no sé cómo…
-¡Ah Rachid! Sí. Se respetaban mucho…
Paloma recordaba a aquel Rachid que buscaba la luz en su pincel y que también pintaba mujeres desnudas. Venía a veces al estudio, y analizaba con ojos inquisitivos la técnica de Rivanera. Hablaban entre ellos en francés, casi en susurros, como si trataran de hallar un secreto que tenían delante de sus ojos pero que no veían. Podía verlo allí parado, en el vano de la puerta, observándola primero a ella, luego al cuadro que Rivanera seguía pintando después de trece meses intensos, y al final mirándola de nuevo con una sonrisa mal disimulada, para al final asentir con la cabeza y, sin decir nada, marcharse. Paloma intuyó en aquel momento que el cuadro comenzaba a cobrar vida. Pero Rachid no volvió al estudio mientras Paloma continuó en Tetuán.

-¿De qué ha muerto? –preguntó Paloma.
-Se estaba quedando ciego, ¿sabes? Tenía que ayudarle a hacer casi todo… Decidió que la vida no tenía ningún sentido si ya no podía pintar.

Almorzaron en silencio, y mientras tomaban un té con hierbabuena y flor de azahar, Paloma miró a Jadiya, interrogándola. Ella asintió, y la condujo directamente hasta el estudio en el que posó para Rivanera. Los cuadros se amontonaban en el suelo, como hojas caídas en otoño, pero los que colgaban de las paredes, una decena de óleos y grabados, se abalanzaron sobre Paloma y le arrebataron el alma. No podía respirar. Jadiya la ayudó a sentarse, y la abanicó con un trozo de cartón.
Los cuadros eran cinco retratos y cinco desnudos. Y todos los retratos y todos los desnudos eran de Paloma. Paloma mirando de frente, Paloma de perfil, Paloma pensativa, Paloma dormida, Paloma viva. Veía su cuerpo desnudo, joven y lozano, expuesto al mundo en poses que nunca hizo: apoyada contra un muro blanco, sentado en una silla de enea, tumbada en un suelo de terrazo, bañándose en un hammán, mirándose a un espejo de cuerpo entero. Verse así fue como montar en un tiovivo que girase desbocado. Y notaba que había perdido algo indescifrable.
Jadiya le trajo agua con limón, la tranquilizó, le contó que Rivanera se arrepintió siempre de no decirle lo que sentía. Paloma clavó sus ojos en las oscuras pupilas de Jadiya, que con su silencio le confirmaba lo que una vez solo pudo intuir. Rivanera era demasiado tímido, excesivamente prudente, quizá fue un cobarde.
-Siempre hablaba de ti.
-¿Eso es verdad?
-Eso es verdad.
-Me pintó dormida… -dijo mirando emocionada ese cuadro en concreto.
-Fueron muchas sesiones, y a veces caías rendida… -Paloma frunció el ceño, incapaz de acordarse de que eso hubiera ocurrido realmente-. Él aprovechaba esos momentos y te pintaba. Nunca volví a verlo tan feliz. Nunca.
Una rara sensación recorrió su espalda. De pronto comprendía que aquello que a veces había rememorado no había sido el sueño o la fantasía que creía que era. Ocurrió una tarde, al marcharse Jadiya. Ella seguía posando, tendida en la cama, en la misma postura de los meses anteriores, pero debía de estar tan cansada que se relajó, girando la cabeza. Estaba medio dormida pero inusualmente inquieta. De pronto, notó la cercanía de un aliento sobre su cuello, sintiendo que el borde de la cama se hundía con suavidad, que una mano se posaba entre sus piernas y que un dedo rozaba, casi imperceptiblemente, su sexo. Paloma decidió que dejaría que sucediera lo que parecía ya ineludible. Lo esperaba. Lo deseaba. Pero un segundo después, la desarbolaba una agria sensación de decepción al notar que volvía a estar sola en la cama. Ahora sabía con certeza que esa fue la única vez que Rivanera lo intentó.
-Aquel día volví a la casa porque había olvidado algo, y entré justo cuando él estaba sentado a tu lado, acariciándote… Al verme, se apartó de ti avergonzado. Creo que se sintió mal por mi culpa. Nunca hablamos de eso.
Paloma se preguntaba si Jadiya también era capaz de leer sus pensamientos, pero se limitó a abrazarse a ella. Luego, Jadiya se incorporó y se acercó al único caballete que había en la estancia, cubierto por una sábana grisácea.
-Encontró la Venus que siempre estuvo buscando. Eso es verdad… La tituló La Venus de Tetuán. Y eras tú.
Dio un tironazo del extremo y la sábana se deslizó suavemente, como si fuese el telón de un teatro que se abriera para mostrar el escenario. Paloma se llevó las manos a la boca, como si reprimiera un grito, y se quedó ahí tan quieta que incluso dejó de respirar. Al fin veía el cuadro para el que posara de modelo durante un año y medio, al fin tenía delante el secreto de Rivanera. Y rompió a llorar como si nunca antes hubiera llorado.
Jadiya le secaba las lágrimas con las manos, le besaba los párpados, le susurraba que se tranquilizase.
-No me di cuenta –dijo Paloma entre sollozos-. Nunca me di cuenta de cuánto me amaba.
-Hasta el final… -añadió Jadiya-. Dejó estos cuadros para ti. Por eso te llamé..
El ferry surcaba las aguas del estrecho dejando una estela blanca a su espalda. Paloma estaba sentada, pero hubo de levantarse y salir a babor, para que le diera el aire. Estaba mareada. Sentía náuseas, y vomitó. Llevaba los treinta primeros minutos de travesía pensando en aquel día en el que Rivanera estuvo a punto de ceder a su deseo, sin saber que la tuvo a su merced, rendida. Se atormentaba preguntándose por qué no lo intentó de nuevo, por qué nunca le dijo nada. Cerraba los ojos al pensar que cuando Rivanera dio ese paso atrás los condenó a ambos.
Paloma rompió a llorar. No podía contenerse. Era un llanto roto y seco, personal e íntimo. Mientras se desahogaba apoyada en la barandilla, no dejaba de pensar que, si Rivanera no hubiese descubierto a Jadiya en la puerta del estudio, seguramente su mano habría continuado hasta apoderarse de ella y sus días más oscuros se habrían iluminado con sus besos, sus días más fríos se habrían abrigado con sus abrazos y sus días más silenciosos se habrían llenado de valses.

Sergio Barce

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