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RESEÑA DE JOSÉ LUIS RAYA SOBRE «TODO ACABA EN MARCELA», DE SERGIO BARCE

Una nueva reseña sobre Todo acaba en Marcela (Ediciones Traspiés), esta vez de la mano del escritor, articulista y profesor José Luis Raya que se ha publicado en «La Oruga Azul». Una vez más me sorprende el efecto que provoca mi libro, sobre todo cuando lo hace en otro narrador. Le hace sentir a uno bien, la verdad sea dicha. Y es de agradecer, infinitamente, todo cuanto dice de la novela. Así que le doy las gracias por su generosidad.

Aquí tenéis el enlace para leer esta reseña:

  https://laorugazl.blogspot.com/2024/06/todo-acaba-en-marcela-de-sergio-barce.html

 

JOSE LUIS RAYA
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THE DOORS Y «TODO ACABA EN MARCELA»

Me decía José Luís Ortiz, bibliotecario de la Biblioteca Pública Municipal Emilio Prados, de Málaga, que, para él, una de las escenas claves de mi novela Todo acaba en Marcela comienza cuando aparece la canción de The Doors Love her madly y que, a aprtir de ese instante, todo da un giro irrefrenable hacia el infierno…

El fragmento al que se refiere es el siguiente:

«…Levanta la cabeza al oír Love her madly, de The Doors, que suena en el salón después de varios temas de Dylan a los que no ha prestado atención alguna. Sin embargo, la letra de esta canción lo emboza. All your love, all your love, all your love, all your love is gone. So sing a lonely song, of a deep blue dream… Como si Jim Morrison pretendiera martirizarlo al hacerle pensar que Marcela se ha ido para siempre y que ya no regresará jamás. Iván se deja resbalar muy despacio hasta sentarse en el suelo de la cocina, un solar de escombros para sus sentimientos. Deja el vaso ya vacío en el suelo y se mete los dedos en la boca hasta que vomita. Lo que ha expulsado es un revoltijo de alcohol, bilis y restos de alguna comida que ya ni siquiera recuerda haber ingerido, que le empapan los pantalones. Respira de modo abrupto, como si algo le obstruyera los pulmones, sin dejar de escuchar la jodida canción de The Doors, la insidiosa voz de Jim Morrison que parece no acabar nunca. Eah Don’t ya love her as she’s walkin´out the door? All your love, all your love, all your love, all your love is gone. So sing a lonely song, of a deep blue dream, seven horses seem to be on the mark. Don’t ya love her madly? Don’t ya love her madly? Claro que la amo locamente, susurra. Locamente. Y cierra los ojos. La amaba locamente, sí, repite en otro murmullo antes de caer en esa duermevela de resaca, cambiando el verbo presente a pasado. Porque todo es ya pasado en su vida. Iván Sotogrande pertenece a otro tiempo, y ahora solo existe un hombre que es el recuerdo de otro hombre. Sus alucinaciones parecen succionarlo de tal manera que cree estar viviendo las escenas que vagabundean por ese sueño en el que hay sangre y animales muertos. Ve callejuelas desiertas por las que serpentean arroyuelos de agua enrojecida, como si las legiones de Lucifer se hubiesen dedicado a cortar cabezas y la sangre de las víctimas se escapara por debajo de las puertas. Se ve de pronto en una plaza rodeado de bestias sin cabezas, bañadas en su propia sangre y en sus propias vísceras, cercándolo como si todos pretendieran que Iván los pusiera a salvo de algo que ya los ha devorado. Nadie puede librarse del mal. Ni siquiera Marcela, a la que amaba locamente. Y cuando Jim Morrison acaba de cantar, abre los ojos, vidriosos y húmedos, enrojecidos como la sangre de su delirio, y la ve salir por la puerta de la cocina. Eah Don’t ya love her as she’s walkin´out the door? Claro que la amo, aunque sea mientras ella desaparece por la puerta con los pómulos fracturados, con la frente hundida y con la estructura ósea rota a golpes de martillo

 

 

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UN FRAGMENTO DE LA NOVELA «MIRADNOS BAILAR» (REGARDEZ-NOUS DANSER), DE LEILA SLIMANI

Reproduzco unos párrafos de la novela de Leila Slimani Miradnos bailar (Regardez-nous danser, 2022), editada por Cabaret Voltaire y con traducción del francés de mi querida y admirada Malika Embarek.

«…Esa tarde, mientras iba en su coche en dirección a la capital, Henri recordó que estuvo a punto de irse de Marruecos en 1965, solo unos meses después de su llegada. Había hecho el equipaje y llamado al decano de la facultad para informarle de que no era lo que él había venido buscando. Había huido de su exmujer, de una familia y unos amigos con los que no estaba a gusto. De una vida gris y sin alma que ya no palpitaba, que le transmitía la impresión de haber ingresado por adelantado en el corredor de la decrepitud. Él no había dejado atrás todo eso para encontrarse en medio de un país en llamas, un país donde sus propios alumnos podían caer muertos ante sus ojos. Hoy no se arrepentía de su decisión. Si se hubiera empeñado en marcharse y tomar aquel avión que tenía previsto, no habría conocido a Monette, ni el bungaló, ni esta vida que para él era la más dichosa y bella a la que uno puede aspirar. Y, precisamente, esa felicidad, esa buena vida, era la que a veces le parecía obscena, inadecuada. Pues, tras la inmensa alegría, tras la levedad de esa existencia, en una costa fría donde el sol quemaba, percibía la sensación de miedo y asfixia de la gente.

Le obsesionaba el recuerdo de aquellos días de 1965 en los que cientos de escolares había salido a las calles de Casablanca para protestar por una circular que prohibía a los chicos de más de dieciséis años acceder al segundo ciclo de la enseñanza secundaria. En esa época él vivía en el centro de la ciudad, en el barrio Gauthier. Los había visto cruzar por las avenidas inundadas de sol y caminar hasta el barrio obrero de Derb Sultan. Algunos chicos llevaban a las chicas a hombros. Gritaban: <¡Queremos aprender!>, <Hassan II, lárgate, Marruecos no te pertenece!>, <¡Pan, trabajo y escuelas!>. Los padres se habían unido a ellos, y también los parados y los habitantes de los barrios de chabolas, y habían levantado barricadas e incendiado algunos edificios. Al día siguiente, Henri había pasado por delante de la comisaría central, donde un grupo de padres, con el rostro marcado por la preocupación, mendigaban noticias de sus hijos desaparecidos. Apoyados contra las murallas de la nueva medina, unos soldados apuntaban con sus armas a unos escolares que tenían las manos cruzadas en la espalda. Todavía resonaba en su mente el ruido de los disparos, del estallido de morteros, de las sirenas de las ambulancias, y, sobre todo, de las aspas de un helicóptero, desde donde -según dijeron- el general Ufkir disparaba directamente a la muchedumbre. En los días siguientes, Henri había visto huellas de sangre en las calles de Casablanca y pensó que el poder enviaba un aviso a los ciudadanos. Aquí se dispara incluso a los niños, el orden no se negocia. El 29 de marzo, Hassan II había hecho estas declaraciones: <No hay peligro más grave para el Estado que el de los supuestos intelectuales. Más os habría valido ser unos iletrados>. Esa era, pues, la consigna.»

      

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FRAGMENTO DE «MENDEL EL DE LOS LIBROS», DE STEFAN ZWEIG

Para quien sigue mi blog sabe que Stefan Zweig es uno de mis autores de referencia. Y su deliciosa novela corta Mendel el de los libros (Buchmendel) una de sus obras de referencia. No hay nada mejor para aislarse de este mundo infecto que las páginas escritas por el maestro Zweig, siempre lúcido y premonitorio. Hay que leer a Zweig.

Fragmento de Mendel el de los libros (de la traducción de Berta Vias Mahou para Acantilado):

 «…cada mañana el señor Standhartner, el propietario, venía en persona hasta su mesa y le saludaba. Por cierto que la mayoría de las veces sin que Jakob Mendel, enfrascado en sus libros, se diera cuenta. Entraba cada mañana a las siete y media en punto, y sólo abandonaba el local cuando se apagaban las luces. Jamás hablaba con los demás parroquianos. No leía periódico alguno. No reparaba en modificación alguna. Y cuando el señor Standhartner le preguntó cortésmente en una ocasión si no leía mejor con la luz eléctrica que antes bajo el pálido y vacilante resplandor de las lámparas de gas, él levantó la vista y, asombrado, contempló las bombillas. Aquel cambio, a pesar del bullicio y del martilleo de una instalación que había durado varios días, le había pasado por completo desapercibido. A través de los dos orificios redondos de las gafas, a través de aquellas lentes resplandecientes y succionantes, únicamente se filtraban en su cerebro los millares de infusorios negros de las letras. Todo lo demás que pudiera ocurrir a su alrededor fluía junto a él como un ruido sordo. En realidad, había pasado más de treinta años, es decir, toda la parte consciente de su vida, leyendo en aquella mesa cuadrada, comparando, calculando, en un estado de somnolencia constante que tan sólo interrumpía para irse a dormir.

Por eso, cuando vi la mesa de mármol de Jakob Mendel, aquella fuente de oráculos, vacía como una losa sepulcral, dormitando en aquella habitación, me sobrevino una especie de terror. Sólo entonces, al cabo de los años, comprendí cuánto es lo que desaparece con semejantes seres humanos…»

     

 

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UNOS PÁRRAFOS DE «TODO ACABA EN MARCELA», NOVELA DE SERGIO BARCE

La mayor parte de la trama de Todo acaba en Marcela, mi nueva novela que ha publicado Ediciones Traspiés, se desarrolla en Málaga, pero hay una parte esencial en la historia que transcurre en Tánger y en Khemis Sahel. Aquí tenéis un breve párrafo del libro: 

«Se acerca al puerto y disminuye de velocidad. Estaciona el coche en la segunda planta del aparcamiento. Lo hace cuatro días después de que Teo moliese a patadas a Qodsya en ese mismo parking de Algeciras. Revisa lo que lleva: su maleta Kipling, su arma reglamentaria, su faca. Deja la pistola en la guantera.

Saca el móvil y, tras una breve indecisión, graba un audio para María. Llama a Niebla y dile que has recibido un soplo informándote que Mistral ha vuelto y de que sus hombres tienen la agenda, le dice, y añade: hazlo sin rechistar. Es el último favor que te pido. Lo envía y también guarda el móvil en la guantera. Iván recapacitando. Si la Tani no le ha mentido a Pancho, el hecho de que esos rusos busquen con tanto ahínco el álbum de fotos solo puede significar que los viejos fantasmas de Jabato y de Monti se están revolviendo en sus tumbas. Y si todo encaja, como él presiente, acabarán liquidando las deudas que aún tienen pendientes unos con otros.  

A la una y cuarto de la tarde Iván entra en la terminal y saca un billete en Inter Shipping. Cuando se acomoda en el interior del ferry mira por la ventanilla. Sus ojos se pierden más allá del puerto con la curiosa sensación de estar regresando, como si ya hubiese cumplido su misión. Pero al desembarcar en Tánger Med despierta, como si hubiese viajado anestesiado. Pese al calor, el puerto le parece desangelado y frío, rodeado de una multitud que se mueve por instinto. Hay una desorganización llamativa. Cruza la terminal con la Kipling de mano y sale del inmenso edificio. Pleno verano y el cielo gris como de puro invierno, aborregado y cargado de agua. Alguien le ofrece un taxi en perfecto castellano, pero no le presta atención. Iván busca por encima de las cabezas de los que le rodean y entonces lo ve, y se dirige a su encuentro sorteando a los viajeros, a los maleteros, a los guías. Sadik se quita las gafas de sol al descubrir a Iván avanzar a su encuentro. Hola, Sadik. Y Sadik le responde hola, jayAssalam´aleikum. Se besan. Lo siento, añade. Y luego se abrazan. A Sadik se le saltan las lágrimas, pero Iván no se inmuta.

Tengo el coche aquí al lado, le dice al separarse de él. Lo sigue un paso más atrás, fijándose en la figura de Sadik Oubali, sus hombros caídos, su andar desgarbado. Viste un traje gris y camisa blanca sin corbata. Saluda a un gendarme que se cuadra llevándose una mano a la visera de la gorra. Sadik es un hombre de unos cuarenta y pocos años, de cabello rizado y negro, con un bigote a lo Clark Gable, pasado de moda, y pómulos marcados. Aparenta un equilibrio que Iván sabe que es real. También sabe por qué razón posee esa templanza envidiable, conoce a su mujer Laila y a su hija Zohra. Se podría decir que el comisario Oubali es un hombre feliz, que siempre lo ha sido. Sadik se quita la chaqueta y la lanza al asiento trasero. Luego maniobra con prudencia mientras salen del recinto portuario. Tráileres inmensos cruzando de un lado a otro. La desorganización parece extenderse más allá de las dársenas. Hace calor y hay polvo en al aire.

¿Cuánto hace que no nos vemos?, le pregunta. Unos cinco años, más o menos. Iván apenas hace el cálculo y lo dice al azar. Sadik menea la cabeza de un lado a otro. Diez años. Ya han pasado diez años. Al principio no es capaz de asimilarlo, pero luego se da cuenta de lo rápido que ha transcurrido el tiempo. Joder, masculla Iván. Y Sadik suelta una carcajada deslucida mientras pone en marcha el limpiaparabrisas pulsando una y otra vez el botón para que salte el agua. El cristal delantero se embarra y parece ahora más sucio que antes. Insiste hasta que la visión se hace algo más decente. El chergui ya no es el chergui, dice. Ahora arrastra demasiado polvo del desierto. Antes no lo hacía de esta manera, quizá sea consecuencia del cambio climático. Iván asiente recordando que Sadik le hablaba del viento, del famoso chergui tangerino. Ahora, por fin, lo experimenta. Quema, pero me encanta, y si no fuera por este intenso polvo que lo ensucia todo, añade con cierta pesadumbre, sería el viento de siempre. Es como si la vida se enturbiara con el paso de los años. No sé si entiendes lo que quiero decir. Iván lo mira, se percata de que ha perdido algo de cabello, y entrevé un profundo cansancio en esa mirada que fija en la carretera. Ya no reconoce al joven policía que lo acompañó durante aquel largo mes para desarticular la banda de Cachinero y sus socios, los Benadi. Menuda aventura. Los condecoraron a los dos, en España y en Marruecos. Una de esas actuaciones que nunca se olvidan. Sé lo que quieres decir, Sadik, le responde Iván. Tal vez nos estemos haciendo viejos y no nos demos cuenta.»

 

 

Foto: José Luis Raya
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